Feb 8 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 8 de febrero de 2010: “Infinito”.

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            “Infinito”. Una palabra que debería no serlo. Un lugar del lenguaje donde el lenguaje –como en el caso de “Dios”- revienta; y revienta por ser incapaz de ser lenguaje.

         No querría que en mi conferencia se produjera un estado de satisfacción intelectual, ni siquiera un éxtasis intelectual como los que experimentaba Aristóteles contemplando la inmensidad de los cielos. Mi intención es abrir una ventana y que veamos, y que olamos, la brutal –casi demoníaca- brisa de lo sin forma, de la omnipotencia del Dios-Diablo que acecha por las grietas de todos los mundos: de todas las finitudes que se sostienen milagrosamente en el infinito.

         Los pitagóricos de la antigua Grecia rechazaban el infinito. Aristóteles, aunque no era tan pitagórico como su maestro Platón, se negaba a otorgar realidad a la serie infinita de números naturales.

         Y es que eso que sea el “ser humano” no puede vivir sin límites. Su propia estructura biológica es un sistema de equilibrios milimétricos (una mínima dosis de veneno le mata). 

         Pero tampoco puede vivir limitado. Es como si no cupiera en ninguna finitud y tuviera que expandir con las manos de su mente y de su corazón cualquier universo en el que se le quiera confinar.

         Quizás sea porque en realidad el ser humano no es un ser humano, sino la encarnación –aparentemente finita- de una gigantesca divinidad que no es capaz de contentarse eternamente en ninguna de sus creaciones.

         La Física actual -esa intrépida retratista de fantasmagorías- todavía cree en la finitud de lo que hay (o al menos en la finitud de sus leyes: de hecho aspira ahora a reducirlas todas a una: la soñada teoría unificada). Es una creencia admirable si tenemos en cuenta la sucesiva incineración de modelos de finitud que se viene produciendo, al menos, desde Aristóteles.

         El infinito.

         Giordano Bruno lo identificó con Dios. Stefan Zweig con el Demonio.

         De los dos me voy a ocupar en el cuerpo central de mi conferencia, el cual pretendo ordenar así:

 

         1.- Los finitistas: la tradición pitagórica.

         2.- Giordano Bruno: el Mesías del infinito[1].

 

         3.- El romanticismo alemán: la pasión por el infinito, la vida y la muerte.

         4.- Stefan Zweig: La lucha contra el demonio[2] (contra el infinito). Leeré algunos párrafos de esta gran obra.

 

 

         Finalmente intentaré expresar mis propias ideas (mis propios dibujos de lo indibujable). Son básicamente las siguientes:

 

         1.- Hablamos –o estas palabras hablan- desde un cosmos en el que estamos ubicados sistémicamente; cohesionados por amor y movilizados (hechizados) por una idea de belleza cósmica (el sumatorio de todos nuestros arquetipos). Ese cosmos es nuestro hogar, nuestro solaz, nuestro infierno también. Pero no hay cosmos que resista el oleaje del océano en el que flota. Si se observan con detenimiento sus costuras, sus remates, sus diques de contención, enseguida se aprecia su transparencia, su fragilidad; y su olor, imborrable, a infinitud, a insoportable fertilidad, a creatividad, a Demonio, a Dios… a Nada.

         2.- Como he señalado al comienzo de esta presentación, eso que sea el ser humano no puede existir sin confinamiento cósmico (necesita ser “algo” en “algo”); pero tampoco puede respirar si ese cosmos no deja alguna rendija abierta. A esas rendijas se asoma, desde dentro, el filósofo (y el poeta, es lo mismo); el místico mete la cabeza en ellas, necesita respirar más de lo normal, y puede ocurrir incluso que se tire por ellas para incinerarse en la inmensidad que nos acosa y nos alimenta: en esa descomunal matriz sin tamaño que nos da el existir y nos lo quita (que se lo da a sí misma en realidad, finitizándose, jugando a que es mortal sin serlo: sin poderlo ser).

         3.- Creo que en estado de meditación –en radical silencio mental/en radical quietud de todas las bailarinas lógicas- se accede a infinito, al Demonio si se quiere… y la sorpresa que nos llevamos es que “eso” es Dios. Más que Dios incluso. O que es Nada. Y que es glorioso. Como glorioso es que de ahí, de ese barro onírico, puedan surgir tantos mundos imaginarios. Podríamos decir que el Yoga –entre otras tradiciones místicas- ofrece un reposo en el infinito: un saberse el infinito: un saberse esa mano gigantesca que rodea y moldea los mundos: que se moldea y finitiza a sí misma creando cosas tan maravillosas como este universo desde el que escribo ahora.

 

         En abril del pasado año hice una meditación sentado en una meseta de nieve, en el Pirineo, rodeado por una galaxia de montañas silenciosas, bajo una cascada de luz que me impedía abrir los ojos.

         En silencio radical.

         No aguanté mucho. Enseguida sentí la inmensidad y casi me revienta por dentro. Sentí –supe- de pronto que ya había existido en infinitos mundos; y que me quedaban infinitos por habitar… siempre que yo quisiera seguir entrando y saliendo por los escenarios de Maya. Abrí los ojos, respiré profundamente y contemplé el horizonte, y también los latidos de mi viscoso corazón. Y me asustó el tamaño de lo que hay, de lo que está pasando, de lo que somos.

         De lo que es.

         Me asustó y me maravilló sentir, con claridad, que somos infinitos. Que somos el infinito.

         La imagen que he elegido para esta conferencia muestra a un hombre descendiendo por algo gigantesco. Eso es meditar: una inmersión en el infinito “interior” (aunque ahí se diluye la dualidad interior/exterior): un lugar donde no se siente miedo, ni deseo, ni soledad, ni aburrimiento: un lugar donde por fin sentimos ser quiénes somos.

         El infinito. El infinito vivo y soñador.

        

 

 

 

 

         David López

         Sotosalbos, febrero de 2010.

           

[1] Recomiendo dos obras para acercarse a Giordano Bruno: 1.- Frances A. Yates: Giordano Bruno y la tradición hermética, Ariel, Barcelona, 1994; y 2.- Miguel A. Granada: Giordano Bruno (Universo infinito, unión con Dios, perfección del hombre), Herder, Barcelona, 2002.

[2] Stefan Zweig: La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche), Acantilado, Barcelona, 1999.



Jan 31 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 1 de febrero de 2010: “Idea”.

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            “Idea” es una palabra que procede del griego (Eidos) y cuya traducción al español es “visión”.

         José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, destaca tres modos de considerar la “idea”: 1) como equivalente a concepto (esta palabra es accesible desde aquí), 2) como entidad mental;  y 3) como cierta realidad. Es este último modo el que voy a desarrollar en mi conferencia.

         Un sinónimo de “idea” es “arquetipo”. Fue muy utilizado por el neoplatonismo y por el cristianismo que se enraizó en esa corriente filosófica. Platón habla de un demiurgo –un artesano, un simple artesano- que hace el mundo a partir de unos arquetipos que no son suyos. Y lo hace además de forma chapucera. No hay por tanto, en el modelo de totalidad platónico, creación en sentido estricto, sino simple labor artesanal, mecánica. Y hasta fraudulenta.

         ¿De dónde provienen esos arquetipos? ¿Están ahí, eternos, inmutables? ¿Podemos crearlos? Pensemos en la idea de igualdad, o de átomo, o de galaxia, o de estrella, o de agujero negro, o de nube, o de labios de mujer… o de ipod.

         ¿Conocemos las ideas o a través de las ideas?

         En la imagen que hay sobre estas líneas vemos al demiurgo de Matrix hablando con una de sus criaturas (un ser humano que se creyó único y que, sin embargo, como muestran los monitores que rellenan las paredes, es una copia contingente de un modelo artificial). Ese demiurgo (“el arquitecto”) está en la película al servicio de algo que le supera, que no entiende, algo que en esa filosófica trilogía lleva por nombre “las máquinas”.

         Cualquier artista humano lucha por materializar una idea, una imagen de lo real, un arquetipo, que le viene. Que le viene de un lugar extraño. Extraño porque no se sabe muy bien si es interior o exterior al yo del artista.

         Es la inspiración: el ser asaltado de pronto por un argumento, por un color, por una melodía, por un sistema filosófico, por una nueva forma de encadenar los acontecimientos históricos, por una nueva forma de mirar y de amar a una hija.

         ¿De dónde vienen esas ideas?

         ¿Por qué siente tanto placer un artista cuando consigue hacer real –eficaz- una idea?

         Esa idea, una vez inoculada en esas prodigiosas algas que yo he llamado “Humanidad”, formarán ya parte de su sabia, de las energías interiores que fluyen entre las mentes, los cuerpos y los corazones que están en red; aunque no quieran.

         Veo las ideas como arquetipos a disposición de todos los demiurgos en red que componen la Humanidad. En la pasada conferencia dije que pertenecemos a una red de magos. También cabe llamarlos demiurgos, en sentido platónico: recibimos una gran lluvia de arquetipos y, en virtud de ellos, configuramos nuestro cosmos. La suma de todos nuestros arquetipos –el armazón desnudo de todas nuestras ideas - sería la idea de Belleza; lo Bello absoluto: eso a lo que tiende cada uno de nuestros movimientos artesanales.

         Platón hizo referencia a la Idea de Belleza como la cúspide de una ascensión por niveles de belleza crecientes. ¿Sería eso nuestro paraíso?

 

         A partir de esta introducción voy a estructurar el cuerpo central de mi conferencia así:

 

1.- Platón y la jerarquía de las ideas. ¿Cuál es la idea suprema, la más capaz de unificar lo que se presenta como múltiple?

2.- Berkeley: las ideas las coloca Dios en la mente humana.

3.- Kant: tres ideas para seguir caminando hacia el infinito: alma, mundo y Dios.

4.- El empirismo norteamericano: William James: la idea –la verdad- es lo que mueve. Lo que tiene fuerza.

 

         Finalmente ofreceré un breve esquema de mi visión sobre lo que sea la “idea” –mi “idea de la idea”-. Estos son sus puntos fundamentales:

 

         1.- Eso que llamamos “ser humano” en realidad es un Demiurgo –un mago, un dios menor, menor al menos en este nivel de conciencia en el que ahora ocurren mis frases. Por eso el ser humano está siempre necesitado de ideas, de arquetipos con los que configurar su mundo (su nada en realidad). Estaríamos ante la ideologías en sentido muy amplio (como “logos de ideas”: paquetes de arquetipos entrelazados: me imagino todo el conjunto de arquetipos que permiten autodenominarse y autocosmizarse como “de derechas” o “de izquierdas” o “apolítico”).

         2.- Todo el obrar humano (el obrar, no el contemplar) se reduce construir, conservar o destruir mundos o trozos de mundos. Desde la teología hindú se podría decir que somos Ishvara: un Dios menor que es, a la vez, Brahma (constructor del cosmos), Vishnú (conservador del cosmos) y Shiva (destructor del cosmos). Los tres en armonía. Los tres sagrados.

         3.- Como demiurgos recibimos arquetipos, ideas, y actuamos en virtud de ellos. También podríamos decir que el ser humano es un jardinero-hortelano: cultiva lo que le interesa, lo que necesita, pero también custodia simples formas por su belleza, por su capacidad de representar arquetipos. Y ese jardinero-hortelano puede llegar a sufrir desgarradoramente cuando su jardín (su cosmos) se aleja en exceso de los arquetipos que le movilizan. ¿Que le esclavizan?

         4.- ¿Cuál es el origen de esos modelos? Desde un punto de vista muy cerebralista/materialista podría decirse que, de pronto, por azar, en una masa encefálica de las muchas que están formando el alga-Humanidad tiene lugar un nuevo circuito de conexiones neuronales. Será una “buena idea”, una idea contagiosa, expandible por el interior de las algas, si es fértil. ¿Fértil para qué? Pues para seguir “viviendo”, estando aquí: soñando en definitiva. Una buena idea sería la que aumenta la belleza de un cosmos (la que corresponda a ese cosmos en concreto). Imaginemos el cosmos punk de Sid Vicious: una buena idea es mutilar el propio cuerpo con una cuchilla de afeitar.  Una buena idea sería por tanto la que optimizara los hechizos de Maya (esa bailarina que nos convence de que es mejor vivir que no vivir en un determinado sueño). En el caso de Sid Vicius el ideal de belleza, según sus declaraciones, consistía en estar enterrado, sin vida, bajo tierra. Un arquetipo más.

         5.- Creo que las ideas provienen de nuestras profundidades. Creo que somos dioses autohechizados. Autohechizados con nuestra propia imaginación… que se origina “donde” no puede hablarse de pluralidad. Solo “ahí” dejamos de ser artesanos.

        

 

         Schopenhauer afirmó que la contemplación de las ideas objetivadas en el espectáculo del mundo, pero sin desear el mundo, proporcionaba un adelanto, mínimo en intensidad y brevísimo en el tiempo, del placer que nos espera cuando no tengamos –no seamos- este ansioso yo. La obra del genio artístico, según la filosofía de Schopenhauer, tendría una función casi salvífica; o al menos propedéutica: permitiría imaginar la gloria eterna que nos aguarda.

         Pienso que quizás morir -en el sentido de ir perdiendo ese yo que muere- sea morir de belleza (abrasarse en la belleza): algo así como elevar miles de grados el fuego blanco del placer que produce contemplar algo que nos parezca excepcionalmente bello. Y quizás quepa morirse en parte y acceder a otro mundo: un mundo paradisíaco por la mínima dosis de yo que llevaríamos a él.

         Se me ha ocurrido -la idea- de terminar este texto con una imagen de Muerte en Venecia: una película basada en una obra de Thomas Mann que también podría haberse titulado “Muerte en belleza”.

 

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            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.

           

             

 

           

           

 

 

 

 


Jan 25 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 25 de enero de 2010: “Humanidad”.

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         Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa.

         En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

         Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

         Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

                        Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

         Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que me propongo estudiar -gozar y sufrir- con vosotros, queridos filósofos, en mi conferencia.

            Se me ocurre ya una definición:

         “Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

         Sobre qué sea un “ser humano” me ocuparé otro día. Baste por el momento la imagen que ofrece de forma espontánea el tejido lingüístico que ahora nos une.

         En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de nuestro “Diccionario de los mundos”. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

 

         En mi conferencia trataré los siguientes temas, siempre desde una perspectiva fundamentalmente filosófica:

 

        1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.

        2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

        3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

        4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

        5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

        

         Finalmente, expondré mis propias ideas. Ofrezco ya este resumen:

 

         1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

         2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

         3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

         4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

         5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

 

         Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

         En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

         Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

         Eso es la Humanidad.

 

 
 
 
 
 
 
 

 

 

            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.

           

 

           

 

           

           


Jan 19 2010

Próximo curso de meditación: sábado 6 de febrero de 2010.

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         La palabra meditación se utiliza para nombrar una antiquísima actividad “humana” (o, si se quiere, una radical no-actividad) que excede las posibilidades semánticas de cualquier lenguaje. Podría decirse –fracasando siempre- que esa palabra se refiere a una relajación absoluta –a un silencio radical- que “nos” lleva/devuelve a la prodigiosa Nada/Todo que somos: algo que ha querido ser nombrado con palabras como nirvana, satori, moksa, samadhi, Grunt, fusión con Dios, libertad.... “Allí” no hay dioses ni seres humanos ni ateísmo ni materia ni Historia ni lenguajes ni verdades. “Allí” hay paz. Inmensidad. Libertad. Y, sobre todo, fertilidad infinita. Por eso, desde “allí” podemos reconfigurar y sublimar nuestra vida; esto es: nuestra mirada; esto es: nuestro mundo.

                                     

         El curso es de un día intensivo –nueve horas- y combina teoría y práctica. La parte práctica consiste en una serie de meditaciones guiadas cuya duración total es de cuatro horas. La comida se realiza en silencio: concepto límite que es la clave del curso.

         Y para visualizar el insólito fenómeno de la meditación en sus manifestaciones filosóficas, místicas y poéticas incluyo una clase teórica -de hora y media aproximadamente- en la trato las siguientes ideas:

 

-         Raja Yoga: el samadhi.

-         Vedanta: equivalencia entre Brahman y Atman.

-         Maestro Eckhart: el Grunt: si yo no hubiera querido no existiría ni yo ni Dios mismo.

-         El satori del Zen: el silencio abisal: lo que escucha Dios antes y después de la Creación.

-         Los universales en la filosofía europea. Meditar es desactivar los universales.

-         Kant: la Naturaleza como producto artificial de la mente.

-         Simone Weil: solo descreándome puedo participar en la Creación.

-         San Juan de la Cruz: la Llama de amor viva: “acaba ya, si quieres”.

 

 

         Si conecto estas ideas con el curso de Filosofía que estoy impartiendo este año (El diccionario de los mundos), podría decir que en estado de meditación se oye el silencio -y se percibe la prodigiosa inmensidad- de la sala de baile donde quieren bailar todas las bailarinas lógicas (todas las palabras: todos los mundos posibles e imposibles).

         En cualquier caso, creo que la práctica cotidiana de la meditación puede transformar nuestra vida -y nuestra muerte- en algo maravilloso. Quizás porque en ese estado -que no es ni de vida ni de muerte- descubrimos quiénes somos en realidad. Y lo que somos en realidad supera toda maravilla y toda gloria imaginables desde el nivel de conciencia puramente “humano”.

        

 

        

 

         Lugar: Calle Tejadillo, 10; Sotosalbos (Segovia). 60 minutos desde Madrid por la carretera de La Coruña. 90 minutos por la carretera de Burgos.

         Fechas y horarios: sábados de 11.00 a 20.00 horas.

         Inscripciones:  tno. 629166961. Correo electrónico: contacto@davidlopez.info

         Matrícula: 50 euros.

 

         * Los asistentes, en caso de que lo deseen, están invitados a comer. Esta comida se realiza en riguroso silencio.

 


Jan 18 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del lunes 18 de enero de 2010: “Hecho” e “Historia” (segunda parte).

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En esta conferencia voy a seguir perfilando las tres ideas básicas que compartí en la anterior:

1.- La historia es una narración, un fenómeno poético con un fabuloso poder para movilizar las mentes y los corazones de los hombres. Lo ocurrido en el pasado es tan inefable -tan gigantesco, tan prodigioso- como lo que ocurre, y lo que ocurrirá, en ese río sin materia que llamamos “tiempo” y cuya existencia fuera de mi mente es tan impensable como mi propio pensamiento… y como mi propia mente.

2.- Cabe la irrupción, en el futuro,  de modelos de pasado que nos sean absolutamente inimaginables en este presente histórico desde el que escribo ahora. Serán, además, modelos de pasado que engarcen con impecable lógica hechos incuestionables (o al menos incuestionados). Pero siempre tendrán una textura poética: siempre serán hechizos formas hechizadas y hechizantes de parcelar el infinito. Y será siempre así, creo yo, aunque esos modelos se construyan desde la máxima honestidad (esto es: sin mentir deliberadamente y sin ahorrar esfuerzos intelectuales).

3.- En nuestra conciencia –al menos en este nivel en el que ahora nos comunicamos- es perceptible una brisa: nuestra historia personal (individual). En la pasada conferencia afirmé que esa historia tiene también una componente poética: es algo incorporado a frases que se entrelazan. Y sugerí la posibilidad de re-poetizar esa historia personal buscando nuevas –aunque siempre honestas- redes fácticas.

Para perfilar estas ideas voy a apoyarme en el baile de cuatro bailarinas lógicas: “Aufhebung”, “Belleza”, “Cosa”  y “Cosmos”. Recomiendo leer la presentación que hice de cada una de ellas. Basta con deslizarse por esta página hasta encontrarlas.

Terminaré mi conferencia con una pregunta-rugido. ¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando en el fondo de todo lo que pasa? ¿Qué demonios está haciendo Dios -o no Dios- en este instante; y en todos?

Responder a esta pregunta-rugido sería, siempre, entregarse a Vak: la palabra: la Diosa que nos posee según el Rig Veda. La Historia, como ciencia, no dejará de ser nunca una sucesión de teorías configuradoras de hechos.

Recordemos esta cita de Goethe:

“Todo hecho es ya teoría”.

Creo que podemos crear nuevas teorías (nuevas poesías –nuevas ideas) que, desde el rigor y la honestidad, aumenten la capacidad de ilusionar y de nutrir que tiene nuestra historia (nuestra fantasía); tanto personal como colectiva.

La clave está en las palabras: las bailarinas lógicas: las sacerdotisas de Vak…  Si es que queremos seguir soñando. Si es que queremos seguir en ese autohechizo del que habló Novalis.

Es suyo el retrato que hay sobre este texto. Creo que estamos ante un poeta/filósofo -un “hecho” de nuestra historia- que merece mucha más atención.

 

 

David López

Sotosalbos, enero de 2010.


Jan 11 2010

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 11 de enero de 2010: “Hecho” e “Historia” (primera parte).

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         Me ha parecido oportuno unir a estas dos bailarinas lógicas: “Hecho” e “Historia”. Pedirles que bailen juntas ante nosotros. Y lo van a hacer en dos tiempos, en dos conferencias.

         Creo que un significado básico de  “historia” podría ser “sucesión de hechos susceptible de ser incorporada a una narración”. Otro podría ser “estudio del ser de eso que se despliega, se articula, en hechos narrables”.

         En la primera conferencia trataré de acercarme a la palabra “hecho”. Y lo haré utilizando algunos materiales que nos ofrece eso que se ha llamado “Historia de la Filosofía” (desgraciadamente no dispongo de todos; ni dispondré nunca de ellos).

         Me gustaría reiterar que para ver –y para abrazar en lo posible- estas y otras palabras –a estas y a otras bailarinas lógicas- estoy nutriéndome de una preciosa, aunque gélida, galaxia lógica que me acompaña desde hace décadas: el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora. Mando una sonrisa, desde aquí hacia allí: allí donde este filósofo pueda haber perpetuado su conciencia: allí donde pueda recibir mi agradecimiento.

         ¿Tenemos historia más allá de nuestra muerte –o de nuestra vida, de nuestra vida visible por otros aquí-? Algunas religiones creen que sí. O dicen que es paradisíaco creer que sí.

         Ortega y Gasset, en su introducción a las Lecciones de Filosofía de la Historia de Hegel, citó a Goethe así[1]:

         “Todo hecho es ya teoría.”

         Y aclara esta cita con un pie de página en el que afirma lo siguiente:

         “Hegel devuelve a los historiadores la acusación que estos dirigen a los filósofos de “introducir en la historia invenciones a priori””.

         Y sigue Ortega citando a Hegel:

         “El historiador corriente, mediocre, que cree y pretende conducirse receptivamente, entregándose a los meros datos, no es, en realidad, pasivo en su pensar. Trae consigo sus categorías y ve a través de ellas lo existente”.

         Pero tanto Ortega como Hegel, a pesar de su lucidez filosófica, creyeron en la historia en sí: en que efectivamente ha habido una concatenación de hechos concretos, independientes del hecho de ser o no pensados por un ser humano.

         ¿Qué es un hecho? ¿Qué es la historia?

         “¿Cuál es la textura ontológica de esta?”, se pregunta Ortega en esa introducción a la obra de Hegel.

         Y sigo yo preguntándome: ¿estamos ante un fenómeno puramente narrativo, un prodigio poético de descomunal influencia en los corazones de los humanos, o realmente hay algo objetivo que se ha desplegado y se despliega en ese misterioso río entre físico y metafísico que es el Tiempo?

 

         En mi conferencia me acercaré así a la palabra “hecho”:

         1.- El hecho como fuente de lo verdadero: “es un hecho”.

         2.- Tipos de hechos: humanos y naturales. Reflexiones sobre el principio antrópico, el dualismo hombre-materia y la libertad.

         3.- Wittgenstein: “El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas”.

         4.- El “hecho atómico” como relación entre cosas. Pero, ¿qué es una cosa?

         5.- Los cartógrafos de Borges. Baudrillard. Los “conspiranoicos”: el poder miente y manipula ubícuamente.

         6.- ¿Cuál es El Hecho Total: Eso (Esto) no parcelado con las tijeras de los universales? ¿Qué ha pasado siempre y pasa ahora y pasará siempre? ¿Pasa algo en realidad, en el sentido de acceder al ser y dejar de serlo?

 

         Después de abrazar a la bailarina “Hecho” -y sentir el temblor de su nada-  me acercaré a “Historia” (la cadena, el sumatorio ordenado de “hechos”) así:

          1.- Preguntas cruciales: ¿Existe la historia en sí, objetiva, más allá del pensamiento humano, más allá de la forma que tienen los lenguajes de recortar el infinito a través de los universales? ¿Es la historia humana un momento de la historia natural, un salto cualitativo en el devenir mecanicista que caracteriza a la naturaleza no humana?

         2.- Filosofía formal de la Historia y filosofía material de la historia.

         3.- Visiones de la historia: “causalidad en la historia”, “motores de la historia”, “fases de la historia”… “fines de la historia”.

         4.- El problema de la existencia del tiempo más allá de la mente humana.

 

         Finalmente expondré mi propia visión sobre la historia:

 

         Siento, en mi mente, que, sin faltar a la honestidad ni al rigor ni al equilibrio mental, cabe la propuesta de “modelos de pasado” absolutamente “otros” de los que ahora están canonizados socialmente: modelos, además, escrupulosamente respetuosos con los “hechos” e implacablemente coherentes con la lógica que exigen las colectividades científicas.

         Siento que la narración canónica actual está construida con espejismos como “Edad Media”, “Renacimiento”, “Oriente”, “Occidente”, “Progreso”, “Lucha de clases”, “Capitalismo”, “consumismo”, etc.

         Pero, a su vez, los “modelos de pasado” que van a irrumpir  estarán construidos con otros espejismos, otras palabras huecas pero poderosísimas. Y honestas.

         Lo “ocurrido” es inefable, infinito. Lo que ocurre también lo es. Pero hay que vivir en algún cosmos. No cabe existencia sin cosmos; y no cabe cosmos sin hechizos.

         Estas reflexiones son extensibles a lo que podríamos denominar historia vital de cada individuo pensante en un cosmos concreto. Sobre esta idea en particular me extenderé en la clase que el martes 12 de enero impartiré en la sede de la International Coach Federation.

         Allí propondré la posibilidad de embellecer la autonarración vital: ponerla al servicio de la vida, de la ilusión, de la fascinación…Considero que toda vida ofrece material suficiente para transmutarla en belleza. Y hacerlo, además, sin faltar a la verdad de los “hechos”.

         Esa posibilidad de transmutación poética de la propia vida podría ser considerada como una manifestación de nuestra condición de magos.

 

         La fotografía que he elegido esta vez muestra un simple abrazo. Es lo que siento que pasa cuando abrazo con las manos de mi mente a cualquiera de las bailarinas lógicas. Es terrible y maravilloso a la vez: se diluyen, muestran la nada de su carne de palabras: su piel de arco iris.

         Y es que la Filosofía tiene algo de terrible, pero también ofrece un erotismo extremo, cercano a lo divino: hay un momento en ese abrazo en el que siento que esa piel de arco iris que tienen las bailarinas lógicas palpita, suda, ama. Y la bailarina descansa un rato en los brazos de mi mente, agotada de tanto bailar, preparada para mostrar su no-ser: preparada para disolverse en el magma lógico de mis pensamientos.

         Pero, en verdad, el objetivo que me propongo en este curso no es disolver a estos seres prodigiosos, sino explicitar su gloriosa materia onírica, su poder genésico, su capacidad de inocular mundos en las mentes.

 

 

         David López

         Sotosalbos, enero de 2010.

 

[1] Hegel, G.W.F., Lecciones sobre filosofía de la historia universal (traducción de José Gaos, introducción de José Ortega y Gasset), Alianza editorial, Madrid, 1980.



Dec 25 2009

Feliz Navidad.

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    Navidad significa nacimiento.

    Nacimiento prodigioso.

    Entrada de un Dios en su Creación para fabricar el paraíso.

    Y es que el paraíso es un modelo de mente.

    Desde el modelo de totalidad del cristianismo Jesús es Verbo: palabras.

    Jesús es la forma que tuvo un Creador de mundos de entrar en su propia Creación. ¿Para qué? Para decir -decir- a los seres humanos cómo acceder a otro mundo: a otro nivel de conciencia.

    Jesús es Verbo; palabra hecha carne: una propuesta de modelo de mente –y de corazón también-. Y no me parece una mala propuesta.

    Jesús trajo consigo una compañía de bailarinas lógicas. Y pidió a sus apóstoles que las llevaran a todos los rincones de la Tierra.

    Para que entraran en las mentes de los hombres. Y las transformaran en paraísos.

    Yo espero que en esta Navidad haya nacido en vuestras mentes, y en vuestros corazones, la más preciosa bailarina lógica que podáis imaginar. Sea o no cristiana.

    Pero sobre todo os deseo una mente generosa: una mente capaz de acoger a muchas bailarinas, con cariño, con respeto, con fascinación.

 

    Feliz Navidad.

      David López.

     Londres, 2009.

 

 


Dec 14 2009

Escuela libre de Filosofía. El diccionario de los mundos. Conferencia del 13 de diciembre de 2009: “Fe”.

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         Unamuno cosió esta frase en el tejido de mitos de que dispone ese precioso mito que llamamos “Humanidad”:

         “La fe no es creer en lo que no se ve; sino crear lo que no se ve”.

         Hay otra frase suya que dice más –más si cabe-: “Creer es crear”. ¿Debemos incluir también lo visible en lo creable? ¿Qué es lo visible, por cierto? ¿No es algo que está ahí, siempre, cosmizado, independiente de lo que quiera creer o no el ser humano?

         La verdad es que parece que hay algo exclusivo del “ser humano” que ofrece posibilidades aterradoramente fértiles. Ese algo es de lo que pretendo ocuparme en esta conferencia: la fe.

         “Tú ten fe y verás cómo consigues lo que estás soñando”.

         ¿Qué es esa fuerza descomunal? ¿Dónde se ejerce, en qué espacio? ¿Dentro de nuestra mente? ¿Dentro de la mente de Dios? ¿Hay diferencia entre ambas?

         La palabra fe se ha considerado en ocasiones como un tipo de creencia que se circunscribe a lo religioso. Pero, ¿qué es lo religioso? ¿Lo religioso es tomar conciencia de un vínculo con la Omnipotencia, con lo divino, con nuestro yo esencial –único-?

         ¿Se puede crear al propio Dios, en tanto “Dios existente” (yo le llamo “Dios lógico”), como aseguraron el Maestro Eckhart y el maestro Feuerbach?

         La foto que he elegido para esta conferencia muestra a un grupo de hombres construyendo –soñando/creyendo- un andamio en un espacio que parece infinito. Es una imagen que me produce un extraordinario sobrecogimiento estético y metafísico. Y es que veo en ella un sumatorio que resquebraja mi mente y la deja con olor a infinito; mejor dicho: a infinita creatividad. Si efectivamente nuestra fe, o nuestra voluntad de crear, tienen efectos creativos -configurativos de realidades objetivas-, cabría visualizar en un todo armónico la suma de los actos de fe de todos los seres humanos: de todos los que existieron y existirán (si es que insistimos en atribuirlos a ellos –a nosotros- esa facultad excepcional de creer/crear).

         Uno de los obreros -uno de los creyentes- de la foto parece estar fabricando el propio sol, el propio Dios sol, o a lo mejor el sol como esfera ígnea dentro del dibujo mítico que la ciencia hace todavía del universo. Ese obrero, en cualquier caso, parece estar creando un “sol”: un decisivo foco de fuerza en el todo en el que él cree. 

         Trato de imaginar el rugido final de todos los actos de fe, de todas las creencias. Y trato de pensar cuál puede ser la energía genésica resultante de ese gigantesco coro de sueños. Quizás cabría ver ahí la Creación con mayúscula, siempre viva, siempre fertilizando la nada; ubicua y omnipotente, pero autodifractada, en cada ser humano que es capaz de creer/crear: de tener “fe”.

         Schopenhauer, en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza, incluyó un sorprendente capítulo titulado “Magnetismo animal y magia”. Una sola convicción ilumina todas las frases de este capítulo. Es ésta: el ser humano tiene acceso en su interior a la omnipotencia: a algo capaz de dejar en suspenso las leyes de la naturaleza y provocar fenómenos imposibles. Pero para ello hay que creer, creer, por ejemplo, que una barra de metal puede curar (mesmerismo). Basta con creer. Y con imaginar. Creer en que lo imaginado puede fecundar la nada.

         Imaginación. Fe. Omnipotencia. Realidad.

         Pero, ¿quién/qué cree en nuestro creer? ¿Quién sueña en nuestro soñar? ¿Cuánto hay todavía por crear? ¿Es el ser humano, como pensó Sartre, una nada que se tiene que configurar a sí misma, darse sentido a sí misma ante la obvia inexistencia de Dios?

 

         El objetivo de mi conferencia será, sobre todo, compartir el sobrecogimiento que me produce imaginar, atisbar, el sumatorio de actos de fe de todos los seres humanos, el estruendo de esa descomunal catarata de actos de fe (de sueños). Para ello creo que será útil abordar de forma ordenada los siguientes temas:

 

          1.- Fe versus razón (modelos de fe en conflicto).

         2.- Filosofía de la fe: Friedrich Heindrich Jacobi. (En español tenemos esta interesenate edición: Cartas a Mendelssohn y otros textos / Friedrich Heinrich Jacobi ; prólogo, traducción y notas de José Luis Villacañas, Círculo de Lectores, Barcelona, 1996.)

          3.- La fe en el pensamiento de Unamuno.

          4.- Gianni Vattimo: Creer que se cree[1].

 

         Por último expondré mi propia visión de ese poder que parece estarse manifestando en cada rincón de lo existente; de lo existente al menos para eso que sea el “ser humano”.

         Mis ideas básicas se han desplegado, supongo que casi algorítmicamente, a partir de estas palabras de la Biblia: “Si no creeréis, no existiréis” (Isaías VII, 9)[2].

 

-         Toda existencia (toda Maya/ toda bailarina) requiere fe (fe en que existe lo objetivo). Y dentro de lo existente estarían esos hombres a los que da el aviso el citado párrafo de la Biblia: si ellos no creen, no hay existencia, y sin existencia no existen ni ellos mismos: los seres humanos. Ellos deben creerse que su ser es ese: que son seres humanos fenoménicos, ahí, en los existente. En lo objetivo.

-         Tener fe es creer en que lo que no se ve (postularlo). En este sentido la ciencia siempre exige actos de fe. Popper habló de la religión de la ciencia.

-         Sin fe (sin creación en definitiva) no existiría lo existente, lo objetivo: no habría ninguna bailarina bailando ningún cosmos ante ningún sujeto. La fe, cuando es creadora, es la antítesis de la sabiduría (de la iluminación si se quiere). La sabiduría, cuando es absoluta, diluye el dualismo sujeto-objeto: incinera los mundos en la hoguera de la nada.

-         El regreso a la Nada requiere la ausencia absoluta de fe: un nihilismo radical que permitiría, utilizando una expresión de D.T. Suzuki, estar con Dios antes de que Él dijera “hágase la luz”.

-         Pero ahora, ahora que escribo esto, hay algo; y ese algo, en caso de que efectivamente la fe sea creadora, habría que considerarlo fruto de la fe: de la fe de alguien… ¿nuestra en el pasado? ¿de nuestros padres u otros seres que nos amaron y que mediante la fe nos fabricaron, o nos fabrican, esta realidad?

-         Las masas de mitos que están ahí disponibles nos ofrecen modelos arquetípicos de realidad configurable en virtud de un acto de fe. Viviríamos en una especie de gigantesco mercado de sueños posibles. Un creador, un verdadero creador, sería alguien capaz de ofrecer sueños nuevos: nuevos modelos de mente: nuevas opciones de fe.

 

                   Yo no sé que se está construyendo con el soñar de todos los soñadores… con ese gigantesco andamio que están levantando, a la vez, todos los que creen en algo.

                   ¿Qué está creando Dios a través de creer/crear de sus criaturas? ¿En qué cree Dios? ¿No sería maravilloso poder asomarse a su obra, con las manos entrecruzadas en la espalda, como si fuéramos jubilados?

                   Salvador Paniker, en una obra titulada Asimetrías[3], afirmó que la fe es la confianza en la realidad. Es una preciosa definición. Tener fe es confiar en que algo grandioso se está construyendo a golpe de sueños. A golpe de creencias.

                   Y que estamos implicados en esa grandiosa construcción.

 

      David López

      Sotosalbos, diciembre 2009.

[1] Gianni Vattimo: Creer que se cree, Paidós Studio, Barcelona, 1996.

[2] Se trata de una cita de la Biblia que he encontrado en la siguiente obra: Raimon Panikkar, Mito, fe y hermenéutica, Herder, Barcelona, 2007. En ella hay un profundo estudio del fenómeno de la fe.

[3] En la sección de críticas literarias se pueden leer mis comentarios a esta obra.



Dec 7 2009

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 7 de diciembre de 2009: “Dios”.

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La palabra “Dios”: el lugar más extremo que cabe encontrar en el cosmos de las palabras: el gemido más sobrecogedor que cabe oír en él: la retorsión del lenguaje más fabulosa que cabe contemplar.

Me acerco ahora, aturdido, muy desconcertado, tropezando, a una bailarina extrema. Dicen que es la última en abandonar el baile de los mundos (de las dualidades, de las existencias, de las objetividades). Es la más grandiosa de todas las bailarinas posibles. El Maestro Eckhart quiso librarse de ella en un sermón del siglo XIV que se conoce como Beati pauperes spiritu. En este sermón aquel dominico dijo: “Pido a Dios que me libre de Dios”. ¿Para qué? ¿No es suficiente el cándido ateísmo?

En mi conferencia hablaré de esa palabra prodigiosa; de ese símbolo que da cuenta de un concepto (de una forma de mente en definitiva). Pero de lo que haya detrás de ese símbolo, o de lo que quiera la mente (¿el cerebro?) capturar con ese concepto, es mejor callar.

“Dios”. ¿Qué burrada es esa? Hay quien se consuela sustituyendo este símbolo por otros aparentemente más asépticos y evolucionados como “Universo”, “Leyes Naturales”, “Naturaleza”, “Energía”, “Nada”, “Ser humano creador de la fantasía de los dioses”… Pero para no reventar filosóficamente en los abismos de estos sustantivos es imprescindible aflojar la lucidez filosófica. Y es que la tempestad física y metafísica de lo que hay es ineludible (si es que hay diferencia, por cierto, entre lo físico y lo metafísico).

No cabe pasar a palabras la hoguera mágica en la que estamos ardiendo –eso que sea lo que hay aquí ahora mismo-, pero sí cabe practicar la teo-logía en sentido literal y estricto: hablar de “Dios”. Hablar, solo hablar, solo secretar frases, más frases todavía, en el gran tejido de frases en el que está tejida nuestra inteligencia. Y hablar, solo hablar, de “Dios”: de la palabra “Dios”. No hay otra opción. ¿Y para qué este esfuerzo? ¿Para agotar a esa última bailarina con bailes imposibles, autocontradictorios, lógicamente letales (como haría el Zen con sus crueles koanes)? ¿O es que en todo decir se está trasparentando lo que no puede ser dicho, como si las frases humanas estuvieran flotando, convulsas, como algas lógicas, en un océano meta-lógico que lo empaparía todo con su olor inexpresable?

         La imagen que he elegido para contemplar el baile de la más grandiosa de las bailarinas posibles muestra a un hombre rezando. No es éste el momento de reflexionar sobre qué sea eso de rezar. Valga simplemente  decir que esta foto me ha permitido visualizar, quizás, lo que el Maestro Eckhart quiso retirar: la palabra “Dios”, que sin duda es el eje lógico de todas las palabras que contiene ese libro que sostiene el hombre de la foto.

Me impresiona la pureza geométrica del vector que trazan a la vez su cráneo, sus antebrazos, el libro y sus manos. ¿Se dirigen a la Omnipotencia suplicando amor? ¿Ofreciendo amor? ¿Suplicando favores? ¿Ofreciendo favores? Creo que el taller metafísico está en el libro. ¿Entra Dios, desde fuera, en la cabeza y en el corazón del hombre a través del libro? ¿O es lo contrario: que el hombre mediante el libro crea a Dios (Unamuno)? ¿O es que ocurre todo a la vez; como por arte de Magia?

El Dios que presupone esta imagen es un Dios que yo quisiera llamar “lógico”: creador mediante el logos, o creado mediante el logos. Es igual: se trataría de un suceso mágico y sagrado, sí, pero meramente lingüístico. Que no es poco.

Estaríamos ante el Dios que puede existir. Ahí. En lo existente. O no existir. Existir o no existir en lo objetivo. En lo objetivo que se presenta ante el sujeto: la teatral Vorstellung a la que se refería Schopenhauer.

Ese Dios puramente existente, esa maravilla física y metafísica, es la que han sentido algunos: una presencia inefable e hiper-real de la que William James se ocupó con valentía y brillantez en sus famosas conferencias sobre religión (Las variedades de la experiencia religiosa: estudio de la naturaleza humana, edit. Península, Barcelona, 1986).

Pero ese Dios existente, y su mundo, y su ser humano amado, serían determinaciones inesenciales, aunque gloriosas diría yo, del Ser (o de lo que por tal entendió Heidegger). O de la Nada si se prefiere. A ese fondo de todos los fondos (Grunt), a esa fuente de todos los dioses y de todos los mundos (Nirguna Brahaman), a esa Nada Mágica, se dirige el místico: no el teólogo. Ni el filósofo. Ni siquiera el poeta.

Esa “cosa/Nada” ni existente ni no existente quisiera yo denominarla ahora, consciente del chirriar de mis grilletes lingüísticos, “Dios metalógico”. Sé que esto es una contradicción porque no se puede meter algo en una frase y decir que ese algo no es lingüístico. Pero creo que la expresión puede servir de herramienta para abrir alguna ventana en los muros de la mente.

 

A partir de estas reflexiones iniciales intentaré ordenar mi conferencia así:

1.- El libro de los veinticuatro filósofos (edit. Siruela, Madrid, 2000). Leeré y comentaré alguna de las definiciones de Dios que se contienen en este famoso texto medieval.

2.- El modelo de totalidad que presupone el ateísmo.

3.- Kierkegaard: “Creer en Dios es creer en que todo es posible”: la apertura a lo imposible, a lo mágico, frente a la sumisión a un todo legaliforme.

Por último compartiré una experiencia íntima.  Creo que en Filosofía no podemos eludir la honradez empírica: hay que soportar –y comunicar a otros- lo que se experimenta (aunque se trate de un “hecho” incompatible como el tejido lógico más favorable para la supervivencia social). ¿Cabe hablar de “hechos” más allá de lo que permite experimentar nuestra mente lingüistizada? Quizás no. Pero en cualquier caso yo hablaré de lo que se me presentó, lo que irrumpió de forma absurda e inesperada, dando un paseo nocturno por los alrededores del aeropuerto de Lyon, hace ya casi veinte años:

Algo gigantesco que no era yo, algo/alguien consciente, vivo, casi carnal, que me amaba de forma descomunal, lo tomo todo, lo fue todo, lo transparentó todo: los árboles, los postes de la luz, los surcos del sembrado que desdibujaba la noche, las estrellas, los edificios, los coches, los aviones… Fue una experiencia grandiosa que censuré durante años por exigencias de mi caja lógica.

¿Era aquello lo que la palabra “Dios” pretende significar? ¿Era aquello mi yo esencial (Atman-Brahman) que se traslucía a través de las imágenes de mi mente?

         Yo no estaba rezando, no rezaba nunca, ni había texto alguno entre mis manos fabricando prodigios metafísicos.  El único credo al que estaba adscrito era el cientista-ateísta. “Aquello” que tenía delante no me pidió ni me prometió nada. Sólo se mostró. Descomunal. Glorioso. Omnipotente. Omnisintiente. Siendo todo lo existente ahí, ante mí … y amándome de una forma casi insoportable.

         Quizás el libro que sostiene el hombre de la foto está sirviéndole de dique, de filtro lógico, para no ser arrollado por eso que a mí se me presentó en Lyon.

Cabría decir, quizás, que la palabra “Dios” protege al hombre, y al lenguaje del hombre, y a las religiones del hombre, para no morir, todos abrasados -abrasados de belleza y de amor- en la hoguera mágica de lo Innombrable.

 

David López

Sotosalbos, diciembre de 2009

 


Nov 30 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 30 de noviembre de 2009: “Dharma”.

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         Voy a intentar asomarme en esta conferencia a lo que sea el Dharma. No es posible una traducción de esta palabra sánscrita. Pero cabe aproximarse al concepto que ella propone con vocablos como “ley”, “orden”, “religión”, “deber”, “justicia”, “mérito moral” o “virtud”.

         Gavin Flood, en su obra El hinduismo [1], afirma que la finalidad del dharma es “producir lo que es bueno”. ¿Bueno para qué? ¿Para la creación de un cosmos? ¿Para su mantenimiento? ¿Para su destrucción? ¿Qué es lo que hay que hacer?

         Una de las obras fundamentales de Lenin -y del inefable siglo XX- lleva por título ¿Qué hacer? En ella presupone, a diferencia del profeta Marx, que, si no se hacen bien las cosas, lo mismo la Historia no culmina en una sociedad comunista.

          Volvamos al hinduismo. Dharma también se traduce como “camino” (similar al Tao chino): el camino que cada uno debe encontrar y debe seguir. ¿Para qué? Bueno, al parecer, para salvarse, para glorificarse, él, y el propio cosmos (Rita) que le alimenta a él, que le da sentido, que le permite ser algo, luchar por algo, soñar algo: el Dharma sería un orden divino, invulnerable, que protege a quien lo protege.

         Pero, si es invulnerable, ¿para qué protegerlo?

         La fotografía que he elegido para asomarme a eso que sea el dharma fue tomada en 1945. En Normandía. Corresponde al desembarco “dharmico” de un grupo de soldados. Algunos, como se ve, están ya en el agua. Sus cuerpos, temblorosos, jadeantes, cumplidores, cubiertos por ropas robotizantes y por armas lógicas, están ya sacudidos por la fría inestabilidad del océano -Anrita- y por el miedo a la muerte. A recibirla y a darla. Uno de los soldados parece que se ha quedado en la embarcación, que no se decide a ofrecer su corazón al sacerdote que está oficiando en este sangriento rito salvífico. Los ojos del soldado rezagado miran hacia sus compañeros de dharma; y también hacia un espacio metafísicamente prodigioso: una simbiosis de luz y de tinieblas donde los desgarros mutuos generan una belleza que no parece ser de este mundo. Allí están combatiendo dos ejércitos, dos custodios de dos universos no compatibles. El idioma sánscrito tiene una palabra para ese espacio moral y letal: Dharmakshetra (o Kurukshetra). Se trata de un campo donde  los Paandavas luchan contra los Kauravas para reestablecer el orden divino.

         El orden divino: dharma. Más bien: el ordenar, la acción ordenar que culminaría en un cosmos. Y que lo mantendría como tal.

         El orden divino que aquellos soldados querían reestablecer lleva nombres-dioses como “Democracia”, “Libertad”, “derechos humanos” … Se trata de un cosmos (Rita) que requiere, para su sustento, que se cumpla el dharma. Que todos sus componentes cumplan su dharma.

         ¿Aquellos soldados estaban siguiendo su dharma? ¿El suyo propio o el que les impuso su sociedad? ¿Hay diferencia?

         Raimon Panikkar [2] afirma que el hinduismo es simplemente dharma. Y que si eso que llamamos desde fuera “hinduismo” pudiera elegir un nombre para sí mismo, el nombre elegido sería: sanaatana dharma (orden perenne).

         Orden perenne. Eterno. Inamovible.

         Y dice también Panikkar en el libro citado que el hombre debe conocer cuál es su propio dharma: su svadharma: “algo así como el puesto óntico de cada ser en la escala de los seres”.

         ¿Para qué?

         Muchos pensadores hindúes y estudiosos del hinduismo responderían: para alcanzar la salvación (Moksa): algo así como saber qué se es en realidad: saber que se es Dios, porque no hay otra cosa que pueda ser lo que es.

         ¿Se salvarán los soldados que vemos avanzar, triturados por el miedo y la fe, hacia esa playa donde luchan dos bailarinas lógicas enemigas? El Gita dice que es mejor cumplir el dharma propio, aunque sea defectuosamente, que el de otra persona a la perfección.

         El Gita es un texto feroz y maravilloso que arranca con un desfallecimiento ético, con una duda. El príncipe Arjuna no quiere combatir contra un ejército en el que están sus familiares. Pero el auriga que conduce su carro de combate se convierte de pronto en una encarnación de Krishna. En Dios. En el Uno omnipotente y omnisapiente. Y Dios dice: tienes que combatir. Tienes que matar. Es tu deber. Tu dharma. No tengas miedo a morir, ni a matar, porque, en verdad, nadie muere ni mata. Porque no hay nadie individual. Todo soy yo y yo soy eterno y yo soy tú. Esta batalla que te aterra es Maya. Pero es necesario que, mientras te identifiques con este personaje en Maya, cumplas con tu papel. Si no lo haces, te espera la desgracia. La tuya y la de tu pueblo (la de tu cosmos).

 

         Miro al soldado americano que todavía no ha sido capaz de saltar al océano. Imagino que tuviera presentes las palabras de Krishna, y que, en cumplimiento de su dharma, se entregara con fe a esa guerra. Y que de pronto, en medio de la sangre y los gritos y las vísceras de sus congéneres, tuviera la gran visión: se viera en todo, en todo lo existente, siendo todo: en los otros cuerpos humanos, en la arena blanca y roja y negra de la playa, en las nubes puras e indiferentes, en las algas aceitosas de gasoil y en las mentes ensangrentadas.

         Así, efectivamente, cumpliendo con su deber, el soldado habría conseguido saber quién (qué) era… mientras luchaba además por el sostenimiento de su cosmos: eso de la “Democracia”, etc.

 

         Acabo de exponer las ideas –o las sensaciones- básicas sobre las que voy a construir mi conferencia; la cual seguirá este orden:

 

         1.- La palabra “Dharma”. Haré mención a su origen y expondré los significados de algunas palabras del sánscrito que contienen este vocablo. Creo que así, y gracias a la riqueza de esa lengua, podremos colocar cámaras en posiciones privilegiadas. Las palabras serán éstas [3]:

 

-         Dharmabala.

-         Dharmakaaya.

-         Dharmakshetra.

-         Dharmapatnii.

-         Dharmashaastra.

-         Dharmavidyaa.

 

         2.- Materialización del dharma. Trataré de ofrecer una imagen del gigantesco sistema resultante del dharma (del hinduismo). Para ello mencionaré sus fuentes lógicas y esbozaré un dibujo del cosmos humano y divino, físico y metafísico, resultante de su despliegue. En ese dibujo mostraré el sistema de castas (jaati) y de colores (varna), las etapas vitales (aashrama) y, por último, los rasgos básicos del dharma de la mujer y del rey hindues.

         3.- En la última parte de mi conferencia reflexionaré sobre el modelo de totalidad implícito en el concepto mismo de dharma. Para ello meteré las manos en la suposición de que estamos en un orden. Que “lo que hay” está ordenado. Ordenado ya. Y que solo cabe conocer-se en ese orden, y armonizarse beatíficamente en él, en una suerte de extática (o entática más bien) fusión ético-matemática. Parece ser ésta la posición que adopta Panikkar en la obra a que antes he hecho mención.

        Yo ofreceré otra posición: no hay orden eterno e inviolable. No puede haberlo. Si lo hubiera no cabría la opción de seguirlo o no. Creo que lo que hay es posibilidad infinita de ordenación; no orden infinito. ¿Cómo? ¿Desde dónde? ¿Con qué libertad? La moral, toda ley, todo imperativo, presupone libertad. Libertad para no cumplir el deber. Para no seguir el dharma. Pero la libertad del hombre en cuanto hombre fenoménico parece insostenible. Libre solo puede ser algo que carezca de esencia (de forma de ser). La escolástica lo expresaba así: operari sequitur esse (el obrar es consecuencia del ser). Schopenhauer ganó un premio convocado por la Real Academia de Noruega gracias a esta obviedad. Solo puede ser libre algo que carezca de esencia; que no sea nada (y que tenga potencia suficiente como para ser cualquier cosa). Creo que no hay forma de no sostener que el dharma, cualquier camino a seguir, o no, solo lo puede seguir, o no, en libertad, quien lo instaura (quien lo legisla; quien lo imagina). ¿Dios? Una palabra desastrosa. Pero fertilísima. De ella nos ocuparemos el lunes 14 de diciembre.

         Quizás sea más correcto hablar de “Nada”; de “Nada libre y omnipotente”.

         Volvamos a la fotografía del desembarco de Normandía. ¿Qué está pasando, de verdad, en el fondo abisal de lo que se ve en esa imagen? Si nos dejamos tomar por las palabras del Gita cabe preguntarse:

         ¿Qué hace “Dios” ahí (Krishna), temblando de frío y de miedo y de dudas, ensangrentándose, despiezándose, odiándose a sí mismo autodifractado en varios cuerpos y mentes con apariencia de ser individuales? ¿Qué pretende con tanto auto-sufrimiento?

         ¿Qué quiere Dios? ¿Qué está construyendo mediante los dharmas que ha legislado para canalizar su monstruosa fuerza?

         ¿Cuál es el dharma de Dios; en cuanto Dios creador? Quizás, simplemente, que haya algo en lugar de nada. Y que ese algo, desde dentro, ofrezca paraísos e infiernos creíbles y creables; y también posibilidades de ordenar, y de ordenarse, en mitad del infinito e hiperfértil caos que sería la mente del propio Dios.

         También cabría decir que el Dharma de Dios (en cuanto Dios creador) sería crear bailarinas, y bailar en ellas: encarnarse en esas deliciosas criaturas lógicas que están bailando en este curso para todos nosotros.

 

           David López

           Sotosalbos, noviembre de 2009.

         

 

           

[1] Flood, G.: El hinduismo, Cambridge University Press, Madrid, 1998.

[2] Panikkar, R.: Espiritualidad hindú, Kairós, Barcelona, 2005.

[3] Estas palabras las he recopilado de un léxico sánscrito-alemán: Mittwede, M.: Spirituelles Wörterbuch Sanscrit-Deutsch, Sathya Sai Vereinigung e.V., Dietzenbach, 2005.