Mar 8 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 8 de marzo de 2010: “Materia”.

 

       “Materia”.

       Una palabra.  “Materia” solo -¿solo?- es una palabra.

       Proviene del griego hyle. Este símbolo permitía transmitir y compartir tribalmente un modelo de mente, un concepto: algo así como el que nosotros sentimos con el símbolo “madera cortada” o, también, “materia prima con la que hacer cualquier cosa”. En latín el símbolo fue materia, y el concepto a él asociado sería algo así como “madera para cualquier tipo de construcción”.

       ¿Y qué se construye con la materia? ¿El mundo? ¿Es el mundo una suma de cuerpos materiales que bailan y mutan, esclavizados, al son de unas leyes que lo explican, o que podrían explicarlo, todo?

       ¿De qué está hecho un sueño por fin conseguido? Me refiero, por ejemplo, a un beso en los labios de una mujer amada, deseada años atrás. Un beso junto a un lago italiano. ¿Está ese beso -y los corazones y las fantasías en él entrelazados- constituido por átomos muertos sometidos a leyes físicas tan implacables como muertas?

       ¿Por qué la mayoría de las metafísicas tienen pavor a la vida, a la libertad, a la creatividad de Dios y a la de los hombres?

       ¿De qué está hecha la materia de los sueños?

       Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

       Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

       Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real. Shakespeare escribió esto en la primera escena del cuarto acto de La tempestad:

          Our revels now are ended. These our actors,
          As I foretold you, were all spirits and
          Are melted into air, into thin air:
          And, like the baseless fabric of this vision,
          The cloud-capp’d towers, the gorgeous palaces,
          The solemn temples, the great globe itself,
          Ye all which it inherit, shall dissolve
          And, like this insubstantial pageant faded,
          Leave not a rack behind. We are such stuff
          As dreams are made on, and our little life
          Is rounded with a sleep.

         Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada por un dormir.

         Cabe preguntarse: ¿quién –o qué- duerme en ese dormir que envuelve todas las vidas? Y, sobre todo, ¿ese soñador es creador? ¿Cabe moldear la materia o está ya eternamente sometida a leyes?

         En mi conferencia, tras esta introducción, trataré el concepto de materia siguiendo este orden:

         1.- La materia en la física presocrática.

         2.- La materia en Aristóteles: “aquello con lo que algo se hace”.

         3.- La  materia en el pensamiento cientista y en el pensamiento mágico.

         4.- La materia en Schopenhauer. Gnósticos y maniqueos. La materia es el Mal.

         5.- El materialismo desde Descartes. Los Charvakas de la India antigua.

         6.- La materia en el siglo XX.

         7.- La materia en la metafísica Samkya: el sufrimiento y la esclavitud derivan de identificarse con la experiencia psíquico-mental (la prakriti o materia).

         Finalmente compartiré sensaciones. Sería para mí un privilegio que los asistentes a mi conferencia sintieran lo que yo siento ante la materia. Para ello quizás sean de utilidad estas ideas:

       1.- Creo oportuno diferenciar entre materia como “masa” informe con potencialidad para adoptar formas (lo que para los neoplatónicos era un receptáculo sin medidas ni cualidades) y materia como “lo que llena el espacio”, o “conjunto de cuerpos físicos”, o “variaciones de densidad en un campo unificado”, etc. La primera concepción de “materia” sugiere una especie de nada que podría ser cualquier cosa. La segunda es ya un algo legalizado. Veo más vida en el primer tipo de materia, aunque para los neoplatónicos fuera el mal (como para los pitagóricos).

       2.- Si la materia es esa masa in-formable, cabría imaginar una “masa” prodigiosa que tuviera, a la vez, infinita potencialidad (infinita capacidad para adoptar formas, para ser una natura naturata) e infinita potencia creativa (natura naturans). Esa “masa” prodigiosa sería Dios –el Dios metalógico-: siendo Nada puede fabricar consigo mismo cualquier mundo.

       3.- Creo que los términos Materia, Maya y Magia significan lo mismo: nombran la esencia del espectáculo que se presenta ante nuestra conciencia. Y en ese espectáculo estarían incluidos nuestros pensamientos y nuestro propio yo tanto psíquico como óptico (lo que aparece ante los espejos, lo que vemos en las fotos, la parte de cuerpo visible desde donde están nuestros ojos…). Estoy de acuerdo con Schopenhauer en que somos los secretos directores de esas obras de teatro.

       4.- Según lo anterior me considero materialista. Amo la materia. Amo la textura –a veces feroz- de este sueño prodigioso. Mi rechazo al materialismo, digamos, dualista (el que distingue entre materia y espíritu) se deriva de su desprecio hacia los mundos. Creo que cabe amar a Maya sin perderse en ella. Mejor dicho: sólo desde “fuera” se la puede amar de verdad.

       5.- En estado de meditación podemos contemplar la materia pura. O casi pura. Nuestra conciencia siente que esa nada podría autoconfigurarse en cualquier mundo imaginado: podría ocurrir cualquier Creación. En mayúscula.

       Vuelvo a aquel sueño en el que pude echar a volar desde la escalera de mi infancia. ¿Qué sentí en realidad mientras acariciaba ese vegetal onírico, mientras respiraba el aire y la luz de mi propia imaginación?

       Sentí estupor maravillado. Eso es lo que, según los filósofos, ofrece la Filosofía. La Filosofía con mayúscula.

       David López

       Madrid, marzo de 2010.


Jan 25 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 25 de enero de 2010: “Humanidad”.

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         Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa.

         En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

         Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

         Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

                        Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

         Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que me propongo estudiar -gozar y sufrir- con vosotros, queridos filósofos, en mi conferencia.

            Se me ocurre ya una definición:

         “Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

         Sobre qué sea un “ser humano” me ocuparé otro día. Baste por el momento la imagen que ofrece de forma espontánea el tejido lingüístico que ahora nos une.

         En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de nuestro “Diccionario de los mundos”. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

 

         En mi conferencia trataré los siguientes temas, siempre desde una perspectiva fundamentalmente filosófica:

 

        1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.           

        2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

        3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

        

        4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

        

        5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

        

         Finalmente, expondré mis propias ideas. Ofrezco ya este resumen:

 

         1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

         2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

         3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

         4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

         5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

 

         Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

         En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

         Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

         Eso es la Humanidad.

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.

           

 

           

 

           

           


Nov 30 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 30 de noviembre de 2009: “Dharma”.

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         Voy a intentar asomarme en esta conferencia a lo que sea el Dharma. No es posible una traducción de esta palabra sánscrita. Pero cabe aproximarse al concepto que ella propone con vocablos como “ley”, “orden”, “religión”, “deber”, “justicia”, “mérito moral” o “virtud”.

         Gavin Flood, en su obra El hinduismo [1], afirma que la finalidad del dharma es “producir lo que es bueno”. ¿Bueno para qué? ¿Para la creación de un cosmos? ¿Para su mantenimiento? ¿Para su destrucción? ¿Qué es lo que hay que hacer?

         Una de las obras fundamentales de Lenin -y del inefable siglo XX- lleva por título ¿Qué hacer? En ella presupone, a diferencia del profeta Marx, que, si no se hacen bien las cosas, lo mismo la Historia no culmina en una sociedad comunista.

          Volvamos al hinduismo. Dharma también se traduce como “camino” (similar al Tao chino): el camino que cada uno debe encontrar y debe seguir. ¿Para qué? Bueno, al parecer, para salvarse, para glorificarse, él, y el propio cosmos (Rita) que le alimenta a él, que le da sentido, que le permite ser algo, luchar por algo, soñar algo: el Dharma sería un orden divino, invulnerable, que protege a quien lo protege.

         Pero, si es invulnerable, ¿para qué protegerlo?

         La fotografía que he elegido para asomarme a eso que sea el dharma fue tomada en 1945. En Normandía. Corresponde al desembarco “dharmico” de un grupo de soldados. Algunos, como se ve, están ya en el agua. Sus cuerpos, temblorosos, jadeantes, cumplidores, cubiertos por ropas robotizantes y por armas lógicas, están ya sacudidos por la fría inestabilidad del océano -Anrita- y por el miedo a la muerte. A recibirla y a darla. Uno de los soldados parece que se ha quedado en la embarcación, que no se decide a ofrecer su corazón al sacerdote que está oficiando en este sangriento rito salvífico. Los ojos del soldado rezagado miran hacia sus compañeros de dharma; y también hacia un espacio metafísicamente prodigioso: una simbiosis de luz y de tinieblas donde los desgarros mutuos generan una belleza que no parece ser de este mundo. Allí están combatiendo dos ejércitos, dos custodios de dos universos no compatibles. El idioma sánscrito tiene una palabra para ese espacio moral y letal: Dharmakshetra (o Kurukshetra). Se trata de un campo donde  los Paandavas luchan contra los Kauravas para reestablecer el orden divino.

         El orden divino: dharma. Más bien: el ordenar, la acción ordenar que culminaría en un cosmos. Y que lo mantendría como tal.

         El orden divino que aquellos soldados querían reestablecer lleva nombres-dioses como “Democracia”, “Libertad”, “derechos humanos” … Se trata de un cosmos (Rita) que requiere, para su sustento, que se cumpla el dharma. Que todos sus componentes cumplan su dharma.

         ¿Aquellos soldados estaban siguiendo su dharma? ¿El suyo propio o el que les impuso su sociedad? ¿Hay diferencia?

         Raimon Panikkar [2] afirma que el hinduismo es simplemente dharma. Y que si eso que llamamos desde fuera “hinduismo” pudiera elegir un nombre para sí mismo, el nombre elegido sería: sanaatana dharma (orden perenne).

         Orden perenne. Eterno. Inamovible.

         Y dice también Panikkar en el libro citado que el hombre debe conocer cuál es su propio dharma: su svadharma: “algo así como el puesto óntico de cada ser en la escala de los seres”.

         ¿Para qué?

         Muchos pensadores hindúes y estudiosos del hinduismo responderían: para alcanzar la salvación (Moksa): algo así como saber qué se es en realidad: saber que se es Dios, porque no hay otra cosa que pueda ser lo que es.

         ¿Se salvarán los soldados que vemos avanzar, triturados por el miedo y la fe, hacia esa playa donde luchan dos bailarinas lógicas enemigas? El Gita dice que es mejor cumplir el dharma propio, aunque sea defectuosamente, que el de otra persona a la perfección.

         El Gita es un texto feroz y maravilloso que arranca con un desfallecimiento ético, con una duda. El príncipe Arjuna no quiere combatir contra un ejército en el que están sus familiares. Pero el auriga que conduce su carro de combate se convierte de pronto en una encarnación de Krishna. En Dios. En el Uno omnipotente y omnisapiente. Y Dios dice: tienes que combatir. Tienes que matar. Es tu deber. Tu dharma. No tengas miedo a morir, ni a matar, porque, en verdad, nadie muere ni mata. Porque no hay nadie individual. Todo soy yo y yo soy eterno y yo soy tú. Esta batalla que te aterra es Maya. Pero es necesario que, mientras te identifiques con este personaje en Maya, cumplas con tu papel. Si no lo haces, te espera la desgracia. La tuya y la de tu pueblo (la de tu cosmos).

 

         Miro al soldado americano que todavía no ha sido capaz de saltar al océano. Imagino que tuviera presentes las palabras de Krishna, y que, en cumplimiento de su dharma, se entregara con fe a esa guerra. Y que de pronto, en medio de la sangre y los gritos y las vísceras de sus congéneres, tuviera la gran visión: se viera en todo, en todo lo existente, siendo todo: en los otros cuerpos humanos, en la arena blanca y roja y negra de la playa, en las nubes puras e indiferentes, en las algas aceitosas de gasoil y en las mentes ensangrentadas.

         Así, efectivamente, cumpliendo con su deber, el soldado habría conseguido saber quién (qué) era… mientras luchaba además por el sostenimiento de su cosmos: eso de la “Democracia”, etc.

 

         Acabo de exponer las ideas –o las sensaciones- básicas sobre las que voy a construir mi conferencia; la cual seguirá este orden:

 

         1.- La palabra “Dharma”. Haré mención a su origen y expondré los significados de algunas palabras del sánscrito que contienen este vocablo. Creo que así, y gracias a la riqueza de esa lengua, podremos colocar cámaras en posiciones privilegiadas. Las palabras serán éstas [3]:

 

-         Dharmabala.

-         Dharmakaaya.

-         Dharmakshetra.

-         Dharmapatnii.

-         Dharmashaastra.

-         Dharmavidyaa.

 

         2.- Materialización del dharma. Trataré de ofrecer una imagen del gigantesco sistema resultante del dharma (del hinduismo). Para ello mencionaré sus fuentes lógicas y esbozaré un dibujo del cosmos humano y divino, físico y metafísico, resultante de su despliegue. En ese dibujo mostraré el sistema de castas (jaati) y de colores (varna), las etapas vitales (aashrama) y, por último, los rasgos básicos del dharma de la mujer y del rey hindues.

         3.- En la última parte de mi conferencia reflexionaré sobre el modelo de totalidad implícito en el concepto mismo de dharma. Para ello meteré las manos en la suposición de que estamos en un orden. Que “lo que hay” está ordenado. Ordenado ya. Y que solo cabe conocer-se en ese orden, y armonizarse beatíficamente en él, en una suerte de extática (o entática más bien) fusión ético-matemática. Parece ser ésta la posición que adopta Panikkar en la obra a que antes he hecho mención.

        Yo ofreceré otra posición: no hay orden eterno e inviolable. No puede haberlo. Si lo hubiera no cabría la opción de seguirlo o no. Creo que lo que hay es posibilidad infinita de ordenación; no orden infinito. ¿Cómo? ¿Desde dónde? ¿Con qué libertad? La moral, toda ley, todo imperativo, presupone libertad. Libertad para no cumplir el deber. Para no seguir el dharma. Pero la libertad del hombre en cuanto hombre fenoménico parece insostenible. Libre solo puede ser algo que carezca de esencia (de forma de ser). La escolástica lo expresaba así: operari sequitur esse (el obrar es consecuencia del ser). Schopenhauer ganó un premio convocado por la Real Academia de Noruega gracias a esta obviedad. Solo puede ser libre algo que carezca de esencia; que no sea nada (y que tenga potencia suficiente como para ser cualquier cosa). Creo que no hay forma de no sostener que el dharma, cualquier camino a seguir, o no, solo lo puede seguir, o no, en libertad, quien lo instaura (quien lo legisla; quien lo imagina). ¿Dios? Una palabra desastrosa. Pero fertilísima. De ella nos ocuparemos el lunes 14 de diciembre.

         Quizás sea más correcto hablar de “Nada”; de “Nada libre y omnipotente”.

         Volvamos a la fotografía del desembarco de Normandía. ¿Qué está pasando, de verdad, en el fondo abisal de lo que se ve en esa imagen? Si nos dejamos tomar por las palabras del Gita cabe preguntarse:

         ¿Qué hace “Dios” ahí (Krishna), temblando de frío y de miedo y de dudas, ensangrentándose, despiezándose, odiándose a sí mismo autodifractado en varios cuerpos y mentes con apariencia de ser individuales? ¿Qué pretende con tanto auto-sufrimiento?

         ¿Qué quiere Dios? ¿Qué está construyendo mediante los dharmas que ha legislado para canalizar su monstruosa fuerza?

         ¿Cuál es el dharma de Dios; en cuanto Dios creador? Quizás, simplemente, que haya algo en lugar de nada. Y que ese algo, desde dentro, ofrezca paraísos e infiernos creíbles y creables; y también posibilidades de ordenar, y de ordenarse, en mitad del infinito e hiperfértil caos que sería la mente del propio Dios.

         También cabría decir que el Dharma de Dios (en cuanto Dios creador) sería crear bailarinas, y bailar en ellas: encarnarse en esas deliciosas criaturas lógicas que están bailando en este curso para todos nosotros.

 

           David López

           Sotosalbos, noviembre de 2009.

         

 

           

[1] Flood, G.: El hinduismo, Cambridge University Press, Madrid, 1998.

[2] Panikkar, R.: Espiritualidad hindú, Kairós, Barcelona, 2005.

[3] Estas palabras las he recopilado de un léxico sánscrito-alemán: Mittwede, M.: Spirituelles Wörterbuch Sanscrit-Deutsch, Sathya Sai Vereinigung e.V., Dietzenbach, 2005.


Nov 16 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 16 de noviembre de 2009: “cosmos” y “cuerpo”.

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         Hay un texto de Paracelso que lleva años fascinándome. Es éste:

 

         La imaginación de una mujer encinta es tan fuerte que es capaz de influir en la semilla y dirigir el fruto de su vientre en una u otra dirección. Sus “estrellas interiores” actúan fuerte y poderosamente sobre el fruto, de forma que su esencia queda fuerte y profundamente marcada y es configurada por ellas [por las estrellas]. Porque en el seno materno el hijo está expuesto a la influencia materna, y está por así decirlo confiado a la mano y a la voluntad de su madre, como el barro a la voluntad del alfarero. Éste crea y modela de él lo que quiere y lo que le apetece.

         Así que el niño no precisa ni de astro ni de planeta: su madre es su estrella y su planeta.[1]

 

         Me apoyaré en las posibilidades deconstructoras de este texto (deconstructoras de una mirada cientista/materialista-newtoniana/einsteniana) para enfrentarme a dos conceptos maravillosos: dos de las más bellas bailarinas lógicas que soporta mi mente: “cosmos” y “cuerpo”.

         Cosmos. ¿Qué es eso del Cosmos? Por el momento podemos decir que es una palabra: un significante que proviene del griego Kosmos. Parece que fue Pitágoras (o alguno de sus seguidores) el primero en usarla. En mi conferencia haré una breve referencia a la concepción que esta escuela tenía del Kosmos, utilizando para ello palabras del griego clásico como péras y apéiron. Estas dos palabras las relacionaré con rita y anrita: vocablos del sánscrito que expresan la misma preocupación, el mismo pavor, el mismo temblor: la lucha por sostener los mundos: el esfuerzo de las bailarinas lógicas por seguir bailando, ellas, solo ellas, en la demoníaca inmensidad del Caos, de lo que no tiene límite, de lo que podría se cualquier cosa.

         Cosmos. La Real Academia Española de la Lengua considera esta palabra sinónima de “mundo” y de “universo”. El significado fundamental que se ofrece de los tres términos es el siguiente: “conjunto de las cosas creadas”. Pero resulta que hay una enmienda. Así, en la próxima edición, aparecerá un cambio decisivo: cosmos, mundo y universo serán “conjunto de las cosas existentes”. El lenguaje es una cosmovisión simbolizada. Es ideológico, metafísico. Esta sustitución –“creadas” por “existentes”- nos permitirá señalar algunas de las grandes preguntas sobre eso que sea el cosmos: ¿fue creado de la nada?, ¿es todo lo que hay?, ¿es finito o infinito?; ¿es abierto o cerrado?; ¿es eterno o perecedero?

         Cosmos. Todos los grupos humanos organizados ofrecen a sus miembros al menos una cosmología. ¿Qué es una cosmología? En esta conferencia –y sospecho que el resto de mi vida- voy a sostener que cosmología es, sobre todo, un “decir” el cosmos: un fenómeno poético que aspira a contener la imagen del todo; del todo como orden. Para ilustrar esta sensación, leeré ante vosotros los primeros “versos” de una obra de divulgación que me subyugó hace ya bastantes años (1982): Cosmos, de Carl Sagan.

         Después leeré poesías de Michio Kaku sacadas de su libro Parallel Worlds: y “veremos” lo que cree hoy la Ciencia que es la caja esa hiper-ordenada donde estamos ahora mismo: eso del “cosmos”.

         El desafío para los físicos es hoy, al parecer, más fascinante que nunca. Y es que estaría la Humanidad (en este justo momento) a punto de encontrar la “Teoría del Todo”: una ecuación de no más de una pulgada de longitud que expresaría el orden total: la ley a la que obedece todo lo que existe.

         Pero ya he adelantado que voy a sostener que una cosmología es más un “decir” que un “saber”, o “conocer” (Cosmología no es cosmosofía). José Ferrater Mora, en su límpido Diccionario de Filosofía, habla de “construcción de modelos de universo que sean a la vez lógicamente coherentes y no incompatibles con los datos fundamentales de la ciencia experimental de la Naturaleza”. Lógicamente coherentes…

         Pero: ¿cuántos modelos de universo, o de cosmos, están por llegar? ¿Cuántos datos quedan todavía por ser recibidos? ¿Y si fueran infinitos? ¿Y si fueran caprichosos, desordenados, libres?

          Más todavía: la pregunta crucial: ¿estamos en un cosmos (orden feroz e inapelable); no no?

     

         Dando por válido que lo que hay es un “cosmos”, un orden absoluto, una hiperlegalidad ubicua (posibilidad que por cierto sobrecogió a Schopenhauer en algún rincón de su obra), habría algo “cosmizado” cuyo nombre sería “cuerpo”.

         Yo me voy a ocupar en mi conferencia, específicamente, del “cuerpo humano”. Y lo voy a hacer siguiendo este orden:

         1.- El cuerpo humano como cosa, como parte del cosmos, como individualidad, recortable, en un todo de cosas cósmicas: como cuerpo físico en el modelo de la física actual.

         2.- El cuerpo humano dentro de la metafísica de Schopenhauer. Aquí me ocuparé de la paradoja del cerebro (ese extraño cuerpo físico que está dentro del cuerpo físico humano y, a la vez, ocupando una porción del Cosmos).

         3.- El cuerpo como lugar de pecado o de culto (tantrismo).

         4.- El cuerpo humano visto desde el Hatha Yoga: el cuerpo como lugar de prodigios.

 

         Finalmente explicaré por qué he elegido la imagen que acompaña a este texto. Pero puedo ir adelantando que veo la materia humana que rodea al niño como su cosmos, como un cosmos vivo que le da vida: un medio a través del cual alguien (Algo) le ama; y le configura; y le dirige. Y todo ello sin que el niño (el ser humano/el “dormido” diría Buda) pueda ser consciente de semejante maravilla. En realidad trataré de exponer que, mediante el Yoga, cabría ver, y amar, desde fuera, eso que es nuestro cosmos entero; y eso que es nuestro cuerpo (cerebro/mente incluidos).

         Cabría, mediante la conciencia testigo que facilita el Yoga, ser nuestra propia Madre invisible (o Padre; o ambos a la vez). Y –como dijo Paracelso- utilizar las estrellas, las estrellas de nuestro vientre cósmico, para manejar a nuestra criatura.

 

 

     David López

     Sotosalbos, noviembre de 2009.

        

[1] Jolande Jacobi (editora)/ Epílogo de C.G. Jung (traducción de Carlos Fortea): Paracelso (Textos esenciales), Siruela, Madrid, 2007, p. 90.



Oct 19 2009

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos: “Concepto”.

 

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            Génesis 2.16-17: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

         ¿Por qué? ¿Qué relación puede establecerse entre el conocimiento y la muerte?

         En esta conferencia me voy a ocupar de lo que haya detrás de la palabra “concepto”. Se supone que la ciencia -el conocimiento- es la incorporación de conceptos a la mente. ¿Eso mata? Para adelantar mi visión sobre lo que es “concepto” voy a utilizar su equivalente en la lengua alemana: “Begriff”. Este sustantivo está relacionado con el verbo “begreiffen”, que es sinónimo de “umfassen”. Algunos de los significados de esta última palabra son, traducidos al español, “coger”, “atrapar”, “capturar”. Sostendré en mi conferencia que los conceptos son capturas. Es el concepto el que captura la mente; y no la mente, a través del concepto, la que captura la realidad.

         Cuando Adán y Eva comen el fruto del árbol de la sabiduría (Génesis 3.6.) pierden el paraíso. Lo pierden porque su mirada está ya tomada –capturada, esclavizada, afeada en definitiva- por los conceptos (el conocimiento). En terminología adecuada al paradigma actual podríamos decir que los cerebros de Adán y Eva, tras la ingestión del fruto del árbol de la ciencia, perdieron plasticidad: que sus recorridos neuronales quedaron establecidos de forma estandarizada, robotizada; y ya no vieron sino aquello que su maquinaria psíquico-conceptual les permitió ver.

         Me permito sugerir la lectura de la crítica que hice de una interesante obra de Jesús Mosterín que lleva por título La cultura humana. Reproduzco aquí, no obstante, algunos párrafos que pueden ser de utilidad para que se evidencie lo que pretendo transmitir (las comillas indican que estoy reproduciendo las frases de Jesús Mosterín):

        

          

“La estructura anatómica y funcional del cerebro está determinada por los genes en todos sus rasgos generales y multitud de detalles, pero una gran parte de las conexiones neurales del cerebro se van formando a lo largo de nuestra vida, como consecuencia de nuestras percepciones y otra interacciones con nuestro entorno, incluidas las que se dan con otros congéneres, sobre todo con nuestra madre y otros familiares durante la primera infancia. A esta capacidad de establecer nuevas conexiones neurales se llama plasticidad cerebral. La plasticidad cerebral es máxima durante nuestra infancia y va decreciendo a partir de la pubertad. El cerebro del adulto está más consolidado y es bastante menos plástico que el del niño.”

                La memoria, en eso de fijar una cultura en nuestro cerebro, será al parecer decisiva:

                “La consolidación de la información en la memoria operativa conduce al establecimiento de circuitos neuronales permanentes mediante el reforzamiento de las sinapsis entre las neuronas que los componen. Esto se lleva a cabo mediante la activación de ciertos genes y la síntesis de nuevas proteínas como la actina, que inducen cambios estructurales permanentes en la morfología de la neurona y su citoesqueleto, en especial, el agrandamiento de espinas dendríticas presentes o la creación de espinas nuevas. Al estimularse por el aprendizaje, las espinas pequeñas se agrandan, lo que a la vez les hace perder plasticidad  y las convierte en el soporte estructural duradero de la memoria a largo plazo […] La cultura es parte de la información retenida en la memoria a largo plazo.”

                Se nos acaba de decir que a mayor cultura en el cerebro (esto es: mayor información retenida a largo plazo) menor plasticidad cerebral: menor capacidad de establecer nuevas conexiones neuronales. ¿Intuía esta desalentadora disyuntiva Krishnamurti cuando recomendaba desaprenderlo todo para alcanzar la libertad verdadera?

 

 

         Ofrezco a continuación la crítica entera para quien esté interesado en profundizar sobre la tensión entre plasticidad cerebral (magia-libertad) y cultura: El autoretrato de Dios en los circuitos neurales de Jesús Mosterín.pdf

 

         A partir de estas concepciones básicas -¡concepciones!- voy a construir mi conferencia. Y lo haré siguiendo este orden:

 

         1.- Introducción: el concepto como captura; como elemento necroseador -¿o es vitalizador?- de eso que sea “la mente” de eso que sea “el hombre”.

 

         2.- “El concepto” desde las filosofías de Kant y de Hegel.

 

         3.- La Firstness de Peirce.

 

         4.- Explicaciones de Vivekananda al segundo Yoga-sutra de Patañjali; el que dice: “Yoga es el control de la mente (chitta) para que no adopte formas (writtis).” Writtis son universos, agitaciones del lago de nuestra mente que impiden ver su fondo. ¿Qué hay en ese fondo?

 

         5.- Y, finalmente, me haré estas preguntas:

 

         ¿Cómo podrían haber regresado Adán y Eva al paraíso, al no conocimiento (a la docta ignorancia)?         

         ¿Cómo desaprenderlo todo para regresar a la Firstness a la que se refería Peirce?

         ¿Cómo alcanzar una mente (un cerebro) con plasticidad infinita?

         Respuesta a estas tres preguntas: con la meditación.

         Pero, ¿qué vemos entonces cuando nuestros ojos no están mutilados (¿preñados?) por los conceptos? ¿Qué se ve en estado de meditación?

         Respuesta: Nos vemos. Y ese espectáculo supera toda posible configuración finita de cualquier mente (cualquier belleza en cualquier universo); porque las engloba todas. Engloba todas las bellezas, todas las bailarinas mágicas (Mayas), que no son sino conceptos que quieren vivir, que quieren bailar, en la inmensidad de nuestra mente.

         Una -solo una- de esas bailarinas es la que saltó desde el Árbol de la Ciencia a los cerebros de Adán y Eva. La materia de aquel árbol de Edén me la imagino blanca, idéntica a la de las estrellas, tal y como aparece en la foto que os ofrezco.

 

 

 

        

         David López

           Sotosalbos, 18 de octubre de 2009.

 


Sep 27 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 28 de septiembre de 2009: “Aufhebung”.

 
 

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         En mi conferencia intentaré compartir lo que  veo, y lo que oigo, si dejo que el concepto hegeliano Aufhebung tome mi mente: si dejo que baile en ella esa bailarina mágica.

         Según yo leo a Hegel, todo lo que ocurre es un gran espectáculo de construcción – de autoconstrucción- de algo descomunal y prodigioso: el Espíritu; que es todo lo real, y que es también pensamiento. Todo lo que vemos a nuestro alrededor son obras, obras de construcción. Y son obras que se realizan según un método preciso: la dialéctica: cualquier situación, cualquier afirmación, va a ser negada por otra opuesta; y esa contradicción, a su vez, va a ser sacrificada por la razón para abrir el acceso a un nivel superior. Así se va construyendo a sí mismo el Espíritu Absoluto. O, mejor dicho quizás, así se va construyendo el monstruoso órgano con el que se va a poder contemplar (pensar) a sí mismo.

         Aufhebung es un término de la lengua alemana que significa a la vez dos cosas aparentemente contradictorias: “suprimir” y “conservar”. Hegel elogió este término ambivalente en su Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften [Enciclopedia de las ciencias filosóficas]. Toda su concepción de lo que pasa está en esa palabra, la cual, en español, se suele traducir como “superación”.

         En realidad lo que pretendo con vosotros es escuchar el crugido de la autoconstrucción del Espíritu: la autofabricación de un Dios -del Dios único y absoluto- que va a llegar a ser consciente de sí mismo: la infinitud se va a contemplar desde una aparente finitud. Y ese crugido es perceptible en el presente, en eso tan escurridizo donde posamos nuestros pies, esa cosa extraña del ahora mismo que, desde la perspectiva que ofrece el término Aufhebung, lleva dentro un pasado gigantesco: supura aniquilaciones despiadadas, pero también un grandioso proyecto que da sentido a todo. Todo, hasta el más nimio acontecimiento cotidiano –un simple mensaje de móvil, por ejemplo-, es un momento imprescindible en la autofabricación del Espíritu.

         En ese camino, en ese trabajo, van disolviéndose finitudes aparentes: cada vida, por así decirlo, es integrada, como realidad vivificante, en algo superior. Aunque sea a costa de la propia muerte. Todas las personas, y todas las cosas, y todas las ilusiones, que han muerto en nuestro pasado, están integradas, superadas-conservadas, vibrantes, ahora mismo, dando su sangre a este presente en llamas.

         Os espero mañana. Y mañana, lo que pase –o lo que pase en cualquier momento-, será, según leo yo a Hegel, un momento ineludible, crucial, de la gran autoconstrucción de algo que me atrevo a denominar el Paraíso Absoluto.

 

 

          David López

          Sotosalbos, septiembre de 2009.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Jul 24 2009

Escuela “,” libre de Filosofía: programa del mes de septiembre de 2009.

 

 

 

 

 

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Ámbito Cultural-El Corte Inglés. Calle Serrano, 52 (Madrid) 

 

Curso 2009-2010:   Diccionario de los mundos.

 

Impartido por David López.  

 

Duración: septiembre de 2009-julio de 2010.

 

Entrada libre hasta completar el aforo.

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-         14 de septiembre: Advaita.

-         21 de septiembre: Amor.

-         28 de septiembre: Aufhebung.

 

 

         Damos comienzo a un nuevo viaje lingüístico por el infinito (que es una simple palabra). Esta vez vamos a visitar palabras, simples palabras, siguiendo un orden alfabético, pero no cronológico ni geográfico. Y nuestros apuntes de viaje irán configurando un “diccionario de los mundos”. En plural. En un plural, en una multicosmicidad, que son manifestaciones de la sacra fertilidad de lo que hay.

         Con la palabra “mundo”, esta vez –quizás por exigencias poéticas-, me referiré a cualquier modelo de totalidad, incluido el que asumían Hegel o Fichte al hablar de “acosmismo” (inexistencia del cosmos o del mundo).

         Y así, cada lunes, me ocuparé de una palabra que me parezca crucial para presuponer un mundo, o para creerlo/crearlo, o para entenderlo, o para amarlo, o para odiarlo, o para destruirlo… o para elevar “nuestra” mirada por encima de todos los mundos y de todas las palabras.

         Las palabras que he elegido para el mes de septiembre –Advaita, Amor, Aufhebung- son puertas privilegiadas a mundos cuya belleza en ocasiones se hace insoportable. ¿Las palabras –esas palabras- son símbolos de los mundos? ¿Los crean? ¿Los prescriben?

         En el Rig Veda hay un himno (el 10.125) que ríe y deslumbra desde hace más de tres mil años. En ese himno es la propia palabra la que habla de sí misma y de todo: “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”. Michel Foucault dijo milenios después: “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres”.

         Un año más nos esperan momentos inefables paseando por las palabras y los mundos, volando en sus abismos, mirando por sus ventanas sin tamaño, oliendo sus paraísos; y sus infiernos. Dejándoles vivir. Y morir. Mientras sospechamos que no hay vida ni muerte más allá de estas dos palabras prodigiosas.

         Comienza el curso.

 

        

         David López