Mar 8 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 8 de marzo de 2010: “Materia”.

 

       “Materia”.

       Una palabra.  “Materia” solo -¿solo?- es una palabra.

       Proviene del griego hyle. Este símbolo permitía transmitir y compartir tribalmente un modelo de mente, un concepto: algo así como el que nosotros sentimos con el símbolo “madera cortada” o, también, “materia prima con la que hacer cualquier cosa”. En latín el símbolo fue materia, y el concepto a él asociado sería algo así como “madera para cualquier tipo de construcción”.

       ¿Y qué se construye con la materia? ¿El mundo? ¿Es el mundo una suma de cuerpos materiales que bailan y mutan, esclavizados, al son de unas leyes que lo explican, o que podrían explicarlo, todo?

       ¿De qué está hecho un sueño por fin conseguido? Me refiero, por ejemplo, a un beso en los labios de una mujer amada, deseada años atrás. Un beso junto a un lago italiano. ¿Está ese beso -y los corazones y las fantasías en él entrelazados- constituido por átomos muertos sometidos a leyes físicas tan implacables como muertas?

       ¿Por qué la mayoría de las metafísicas tienen pavor a la vida, a la libertad, a la creatividad de Dios y a la de los hombres?

       ¿De qué está hecha la materia de los sueños?

       Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

       Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

       Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real. Shakespeare escribió esto en la primera escena del cuarto acto de La tempestad:

          Our revels now are ended. These our actors,
          As I foretold you, were all spirits and
          Are melted into air, into thin air:
          And, like the baseless fabric of this vision,
          The cloud-capp’d towers, the gorgeous palaces,
          The solemn temples, the great globe itself,
          Ye all which it inherit, shall dissolve
          And, like this insubstantial pageant faded,
          Leave not a rack behind. We are such stuff
          As dreams are made on, and our little life
          Is rounded with a sleep.

         Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada por un dormir.

         Cabe preguntarse: ¿quién –o qué- duerme en ese dormir que envuelve todas las vidas? Y, sobre todo, ¿ese soñador es creador? ¿Cabe moldear la materia o está ya eternamente sometida a leyes?

         En mi conferencia, tras esta introducción, trataré el concepto de materia siguiendo este orden:

         1.- La materia en la física presocrática.

         2.- La materia en Aristóteles: “aquello con lo que algo se hace”.

         3.- La  materia en el pensamiento cientista y en el pensamiento mágico.

         4.- La materia en Schopenhauer. Gnósticos y maniqueos. La materia es el Mal.

         5.- El materialismo desde Descartes. Los Charvakas de la India antigua.

         6.- La materia en el siglo XX.

         7.- La materia en la metafísica Samkya: el sufrimiento y la esclavitud derivan de identificarse con la experiencia psíquico-mental (la prakriti o materia).

         Finalmente compartiré sensaciones. Sería para mí un privilegio que los asistentes a mi conferencia sintieran lo que yo siento ante la materia. Para ello quizás sean de utilidad estas ideas:

       1.- Creo oportuno diferenciar entre materia como “masa” informe con potencialidad para adoptar formas (lo que para los neoplatónicos era un receptáculo sin medidas ni cualidades) y materia como “lo que llena el espacio”, o “conjunto de cuerpos físicos”, o “variaciones de densidad en un campo unificado”, etc. La primera concepción de “materia” sugiere una especie de nada que podría ser cualquier cosa. La segunda es ya un algo legalizado. Veo más vida en el primer tipo de materia, aunque para los neoplatónicos fuera el mal (como para los pitagóricos).

       2.- Si la materia es esa masa in-formable, cabría imaginar una “masa” prodigiosa que tuviera, a la vez, infinita potencialidad (infinita capacidad para adoptar formas, para ser una natura naturata) e infinita potencia creativa (natura naturans). Esa “masa” prodigiosa sería Dios –el Dios metalógico-: siendo Nada puede fabricar consigo mismo cualquier mundo.

       3.- Creo que los términos Materia, Maya y Magia significan lo mismo: nombran la esencia del espectáculo que se presenta ante nuestra conciencia. Y en ese espectáculo estarían incluidos nuestros pensamientos y nuestro propio yo tanto psíquico como óptico (lo que aparece ante los espejos, lo que vemos en las fotos, la parte de cuerpo visible desde donde están nuestros ojos…). Estoy de acuerdo con Schopenhauer en que somos los secretos directores de esas obras de teatro.

       4.- Según lo anterior me considero materialista. Amo la materia. Amo la textura –a veces feroz- de este sueño prodigioso. Mi rechazo al materialismo, digamos, dualista (el que distingue entre materia y espíritu) se deriva de su desprecio hacia los mundos. Creo que cabe amar a Maya sin perderse en ella. Mejor dicho: sólo desde “fuera” se la puede amar de verdad.

       5.- En estado de meditación podemos contemplar la materia pura. O casi pura. Nuestra conciencia siente que esa nada podría autoconfigurarse en cualquier mundo imaginado: podría ocurrir cualquier Creación. En mayúscula.

       Vuelvo a aquel sueño en el que pude echar a volar desde la escalera de mi infancia. ¿Qué sentí en realidad mientras acariciaba ese vegetal onírico, mientras respiraba el aire y la luz de mi propia imaginación?

       Sentí estupor maravillado. Eso es lo que, según los filósofos, ofrece la Filosofía. La Filosofía con mayúscula.

       David López

       Madrid, marzo de 2010.


Jan 25 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 25 de enero de 2010: “Humanidad”.

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         Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa.

         En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

         Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

         Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

                        Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

         Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que me propongo estudiar -gozar y sufrir- con vosotros, queridos filósofos, en mi conferencia.

            Se me ocurre ya una definición:

         “Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

         Sobre qué sea un “ser humano” me ocuparé otro día. Baste por el momento la imagen que ofrece de forma espontánea el tejido lingüístico que ahora nos une.

         En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de nuestro “Diccionario de los mundos”. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

 

         En mi conferencia trataré los siguientes temas, siempre desde una perspectiva fundamentalmente filosófica:

 

        1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.           

        2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

        3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

        

        4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

        

        5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

        

         Finalmente, expondré mis propias ideas. Ofrezco ya este resumen:

 

         1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

         2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

         3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

         4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

         5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

 

         Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

         En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

         Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

         Eso es la Humanidad.

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.

           

 

           

 

           

           


Dec 14 2009

Escuela libre de Filosofía. El diccionario de los mundos. Conferencia del 13 de diciembre de 2009: “Fe”.

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         Unamuno cosió esta frase en el tejido de mitos de que dispone ese precioso mito que llamamos “Humanidad”:

         “La fe no es creer en lo que no se ve; sino crear lo que no se ve”.

         Hay otra frase suya que dice más –más si cabe-: “Creer es crear”. ¿Debemos incluir también lo visible en lo creable? ¿Qué es lo visible, por cierto? ¿No es algo que está ahí, siempre, cosmizado, independiente de lo que quiera creer o no el ser humano?

         La verdad es que parece que hay algo exclusivo del “ser humano” que ofrece posibilidades aterradoramente fértiles. Ese algo es de lo que pretendo ocuparme en esta conferencia: la fe.

         “Tú ten fe y verás cómo consigues lo que estás soñando”.

         ¿Qué es esa fuerza descomunal? ¿Dónde se ejerce, en qué espacio? ¿Dentro de nuestra mente? ¿Dentro de la mente de Dios? ¿Hay diferencia entre ambas?

         La palabra fe se ha considerado en ocasiones como un tipo de creencia que se circunscribe a lo religioso. Pero, ¿qué es lo religioso? ¿Lo religioso es tomar conciencia de un vínculo con la Omnipotencia, con lo divino, con nuestro yo esencial –único-?

         ¿Se puede crear al propio Dios, en tanto “Dios existente” (yo le llamo “Dios lógico”), como aseguraron el Maestro Eckhart y el maestro Feuerbach?

         La foto que he elegido para esta conferencia muestra a un grupo de hombres construyendo –soñando/creyendo- un andamio en un espacio que parece infinito. Es una imagen que me produce un extraordinario sobrecogimiento estético y metafísico. Y es que veo en ella un sumatorio que resquebraja mi mente y la deja con olor a infinito; mejor dicho: a infinita creatividad. Si efectivamente nuestra fe, o nuestra voluntad de crear, tienen efectos creativos -configurativos de realidades objetivas-, cabría visualizar en un todo armónico la suma de los actos de fe de todos los seres humanos: de todos los que existieron y existirán (si es que insistimos en atribuirlos a ellos –a nosotros- esa facultad excepcional de creer/crear).

         Uno de los obreros -uno de los creyentes- de la foto parece estar fabricando el propio sol, el propio Dios sol, o a lo mejor el sol como esfera ígnea dentro del dibujo mítico que la ciencia hace todavía del universo. Ese obrero, en cualquier caso, parece estar creando un “sol”: un decisivo foco de fuerza en el todo en el que él cree. 

         Trato de imaginar el rugido final de todos los actos de fe, de todas las creencias. Y trato de pensar cuál puede ser la energía genésica resultante de ese gigantesco coro de sueños. Quizás cabría ver ahí la Creación con mayúscula, siempre viva, siempre fertilizando la nada; ubicua y omnipotente, pero autodifractada, en cada ser humano que es capaz de creer/crear: de tener “fe”.

         Schopenhauer, en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza, incluyó un sorprendente capítulo titulado “Magnetismo animal y magia”. Una sola convicción ilumina todas las frases de este capítulo. Es ésta: el ser humano tiene acceso en su interior a la omnipotencia: a algo capaz de dejar en suspenso las leyes de la naturaleza y provocar fenómenos imposibles. Pero para ello hay que creer, creer, por ejemplo, que una barra de metal puede curar (mesmerismo). Basta con creer. Y con imaginar. Creer en que lo imaginado puede fecundar la nada.

         Imaginación. Fe. Omnipotencia. Realidad.

         Pero, ¿quién/qué cree en nuestro creer? ¿Quién sueña en nuestro soñar? ¿Cuánto hay todavía por crear? ¿Es el ser humano, como pensó Sartre, una nada que se tiene que configurar a sí misma, darse sentido a sí misma ante la obvia inexistencia de Dios?

 

         El objetivo de mi conferencia será, sobre todo, compartir el sobrecogimiento que me produce imaginar, atisbar, el sumatorio de actos de fe de todos los seres humanos, el estruendo de esa descomunal catarata de actos de fe (de sueños). Para ello creo que será útil abordar de forma ordenada los siguientes temas:

 

          1.- Fe versus razón (modelos de fe en conflicto).

         2.- Filosofía de la fe: Friedrich Heindrich Jacobi. (En español tenemos esta interesenate edición: Cartas a Mendelssohn y otros textos / Friedrich Heinrich Jacobi ; prólogo, traducción y notas de José Luis Villacañas, Círculo de Lectores, Barcelona, 1996.)

          3.- La fe en el pensamiento de Unamuno.

          4.- Gianni Vattimo: Creer que se cree[1].

 

         Por último expondré mi propia visión de ese poder que parece estarse manifestando en cada rincón de lo existente; de lo existente al menos para eso que sea el “ser humano”.

         Mis ideas básicas se han desplegado, supongo que casi algorítmicamente, a partir de estas palabras de la Biblia: “Si no creeréis, no existiréis” (Isaías VII, 9)[2].

 

-         Toda existencia (toda Maya/ toda bailarina) requiere fe (fe en que existe lo objetivo). Y dentro de lo existente estarían esos hombres a los que da el aviso el citado párrafo de la Biblia: si ellos no creen, no hay existencia, y sin existencia no existen ni ellos mismos: los seres humanos. Ellos deben creerse que su ser es ese: que son seres humanos fenoménicos, ahí, en los existente. En lo objetivo.

-         Tener fe es creer en que lo que no se ve (postularlo). En este sentido la ciencia siempre exige actos de fe. Popper habló de la religión de la ciencia.

-         Sin fe (sin creación en definitiva) no existiría lo existente, lo objetivo: no habría ninguna bailarina bailando ningún cosmos ante ningún sujeto. La fe, cuando es creadora, es la antítesis de la sabiduría (de la iluminación si se quiere). La sabiduría, cuando es absoluta, diluye el dualismo sujeto-objeto: incinera los mundos en la hoguera de la nada.

-         El regreso a la Nada requiere la ausencia absoluta de fe: un nihilismo radical que permitiría, utilizando una expresión de D.T. Suzuki, estar con Dios antes de que Él dijera “hágase la luz”.

-         Pero ahora, ahora que escribo esto, hay algo; y ese algo, en caso de que efectivamente la fe sea creadora, habría que considerarlo fruto de la fe: de la fe de alguien… ¿nuestra en el pasado? ¿de nuestros padres u otros seres que nos amaron y que mediante la fe nos fabricaron, o nos fabrican, esta realidad?

-         Las masas de mitos que están ahí disponibles nos ofrecen modelos arquetípicos de realidad configurable en virtud de un acto de fe. Viviríamos en una especie de gigantesco mercado de sueños posibles. Un creador, un verdadero creador, sería alguien capaz de ofrecer sueños nuevos: nuevos modelos de mente: nuevas opciones de fe.

 

                   Yo no sé que se está construyendo con el soñar de todos los soñadores… con ese gigantesco andamio que están levantando, a la vez, todos los que creen en algo.

                   ¿Qué está creando Dios a través de creer/crear de sus criaturas? ¿En qué cree Dios? ¿No sería maravilloso poder asomarse a su obra, con las manos entrecruzadas en la espalda, como si fuéramos jubilados?

                   Salvador Paniker, en una obra titulada Asimetrías[3], afirmó que la fe es la confianza en la realidad. Es una preciosa definición. Tener fe es confiar en que algo grandioso se está construyendo a golpe de sueños. A golpe de creencias.

                   Y que estamos implicados en esa grandiosa construcción.

 

      David López

      Sotosalbos, diciembre 2009.

[1] Gianni Vattimo: Creer que se cree, Paidós Studio, Barcelona, 1996.

[2] Se trata de una cita de la Biblia que he encontrado en la siguiente obra: Raimon Panikkar, Mito, fe y hermenéutica, Herder, Barcelona, 2007. En ella hay un profundo estudio del fenómeno de la fe.

[3] En la sección de críticas literarias se pueden leer mis comentarios a esta obra.



Nov 2 2009

Escuela Libre de Filosofía. Conferencia del lunes 2 de noviembre de 2009: “Cosa”.

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         En esta conferencia voy a intentar dibujar en el aire el concepto –la forma de mente- que se supone relacionado con la palabra “cosa”.

         Para ello voy a apoyarme en dos obras de arte: una fotografía de Annie Leibovitz (la que tiembla sobre estas líneas) y una conferencia de Martin Heidegger titulada “Das Ding” [La Cosa][1].

         La fotografía, como se ve, muestra un recorte, una parcialidad de un cuerpo humano. La he elegido porque se trata de un recorte de la materia visible de una bailarina: una bailarina llamada Julie Worden (Mark Morris Dance Group). Yo he querido imaginar que en realidad se trata de una Maya: de una bailarina metafísica que baila un mundo imaginario (como todos) en la inmensidad del Ser.

         Y es que en ese cuerpo fotográficamente parcelado percibo cierta transparencia, cierta delicuescencia, cierto temblor óntico: su carne de bailarina parece dispuesta a acometer cualquier baile (cualquier mundo), ofreciendo la generosidad de su vacío cósmico para que se despliegue cualquier Logos: cualquier discurso configurador de cosas. Sus manos, que parecen dispuestas a volar cualquier vuelo, por el momento protegen el pecho interior de esa mujer cuyo rostro se nos oculta. ¿Qué se protege? ¿Qué hay ahí detrás, detrás de la piel y la carne y la sangre de ese cuerpo; detrás de las cosas de ese cuerpo-cosa?

         También me interesa esta imagen porque en ella veo abismos ontológicos: las venas, las uñas, un pezón: ¿Son “cosas? ¿De qué cosas están hechas esas cosas? ¿De átomos? ¿De qué están hechos los átomos? ¿De qué está hecha la materia misma; o la energía, si se prefiere esta palabra? ¿Y las cosas de los sueños? ¿De qué están hechas esas cosas?

         ¿Qué es por tanto una “cosa”? ¿De qué están hechas, cómo resisten, las fronteras que separan las cosas? ¿Vemos las cosas tal cual son?

         ¿Qué es lo cósico de la cosa?, se preguntó Heidegger en una conferencia-poesía-creación que pronunció en 1949.

         Como cualquier otro producto lingüístico de Heidegger, esta conferencia es un auténtico desafío para la elasticidad –y la generosidad- de nuestra mente. Pero creo que merece la pena dejarla entrar en nosotros, que baile, que se haga bailarina y nos subyuge un rato; el rato que nosotros creamos oportuno. Heidegger es un creador: el portador-inoculador de un logos especialmente incómodo y poderoso. Un logos arbitrario (como todos) y oscuro (como la tierra oscura de un extraño y narcotizante jardín).

         Analizaré esta conferencia –después de una breve introducción a la filosofía de Heidegger-; y utilizaré la forma de pensar del “Mago secreto del pensamiento” para contemplar, con más detenimiento, la foto de Annie Leibovitz.

         Esa contemplación nos llevará, quizás, a lo que se transparenta por la carne –y por las cosas- de esa bailarina (y de todas las cosas). ¿La Nada? ¿El Ser? Quizás veamos eso que se ve en el silencio. ¿Qué hay detrás de un cuerpo humano cuando no se mira desde una determinada configuración mental? ¿Qué hay ahí detrás en verdad? ¿Qué se puede sentir tocando, oliendo, en silencio radical, un cuerpo humano?

         En el silencio radical de la mente ya no hay “cosas” –ni siquiera en el sentido heideggeriano-, porque no hay sistemas lingüísticos que las instauren. En el silencio ya no hay conceptos –no hay instrucciones mentales- que conviertan nuestros ojos en tijeras esclavizadas. Nuestra mirada (nuestra mente/nuestro cosmos), en el silencio, ya está liberada –tranquila, plena, gloriosa-.

         Según Heidegger, en el silencio se propiciaría el advenimiento: el Ser se contemplaría –o se “escucharía”- a sí mismo en la finitud de un ser humano (de un “estar-en-el-mundo” que va a morir).

         Pero el silencio, aunque propiciador de ese prodigio teológico, desintegraría, no solos las cosas, sino también esas bailarinas que en este curso he llamado “Mayas”; y que serían “determinaciones inesenciales del Ser”, si es que dejo que mi pensamiento piense como el de Heidegger.

         Ya lo he confesado varias veces. Yo amo a las bailarinas lógicas que están bailando para nosotros en este curso de palabras y de mundos. El único silencio que quiero, que quiero ahora, es el que las ayude a ellas a bailar mejor: a actualizar la plenitud de sus movimientos, de sus “Logos”.

         Intento limpiar y agrandar mi mente para que ellas, las bailarinas lógicas, se encarnen. Intento abrir todas las ventanas posibles para que ellas bailen con suficiente oxígeno. Con suficiente vida.

         ¿Por qué? Pues precisamente por amor a la Vida. Por amor a la Magia. Y es que Vida y Magia (Maya en sánscrito) son palabras que significan lo mismo.

 

           

            David López

            Sotosalbos, noviembre de 2009.

           

[1] Heidegger, M.: Vorträge und Aufsätze, Verlag Günther Neske, Pfullingen, 1954. En español: Conferencias y artículos (trad. Eustaquio Barjau), Ediciones del Serbal, Barcelona, 1994.



Oct 19 2009

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos: “Concepto”.

 

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            Génesis 2.16-17: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

         ¿Por qué? ¿Qué relación puede establecerse entre el conocimiento y la muerte?

         En esta conferencia me voy a ocupar de lo que haya detrás de la palabra “concepto”. Se supone que la ciencia -el conocimiento- es la incorporación de conceptos a la mente. ¿Eso mata? Para adelantar mi visión sobre lo que es “concepto” voy a utilizar su equivalente en la lengua alemana: “Begriff”. Este sustantivo está relacionado con el verbo “begreiffen”, que es sinónimo de “umfassen”. Algunos de los significados de esta última palabra son, traducidos al español, “coger”, “atrapar”, “capturar”. Sostendré en mi conferencia que los conceptos son capturas. Es el concepto el que captura la mente; y no la mente, a través del concepto, la que captura la realidad.

         Cuando Adán y Eva comen el fruto del árbol de la sabiduría (Génesis 3.6.) pierden el paraíso. Lo pierden porque su mirada está ya tomada –capturada, esclavizada, afeada en definitiva- por los conceptos (el conocimiento). En terminología adecuada al paradigma actual podríamos decir que los cerebros de Adán y Eva, tras la ingestión del fruto del árbol de la ciencia, perdieron plasticidad: que sus recorridos neuronales quedaron establecidos de forma estandarizada, robotizada; y ya no vieron sino aquello que su maquinaria psíquico-conceptual les permitió ver.

         Me permito sugerir la lectura de la crítica que hice de una interesante obra de Jesús Mosterín que lleva por título La cultura humana. Reproduzco aquí, no obstante, algunos párrafos que pueden ser de utilidad para que se evidencie lo que pretendo transmitir (las comillas indican que estoy reproduciendo las frases de Jesús Mosterín):

        

          

“La estructura anatómica y funcional del cerebro está determinada por los genes en todos sus rasgos generales y multitud de detalles, pero una gran parte de las conexiones neurales del cerebro se van formando a lo largo de nuestra vida, como consecuencia de nuestras percepciones y otra interacciones con nuestro entorno, incluidas las que se dan con otros congéneres, sobre todo con nuestra madre y otros familiares durante la primera infancia. A esta capacidad de establecer nuevas conexiones neurales se llama plasticidad cerebral. La plasticidad cerebral es máxima durante nuestra infancia y va decreciendo a partir de la pubertad. El cerebro del adulto está más consolidado y es bastante menos plástico que el del niño.”

                La memoria, en eso de fijar una cultura en nuestro cerebro, será al parecer decisiva:

                “La consolidación de la información en la memoria operativa conduce al establecimiento de circuitos neuronales permanentes mediante el reforzamiento de las sinapsis entre las neuronas que los componen. Esto se lleva a cabo mediante la activación de ciertos genes y la síntesis de nuevas proteínas como la actina, que inducen cambios estructurales permanentes en la morfología de la neurona y su citoesqueleto, en especial, el agrandamiento de espinas dendríticas presentes o la creación de espinas nuevas. Al estimularse por el aprendizaje, las espinas pequeñas se agrandan, lo que a la vez les hace perder plasticidad  y las convierte en el soporte estructural duradero de la memoria a largo plazo […] La cultura es parte de la información retenida en la memoria a largo plazo.”

                Se nos acaba de decir que a mayor cultura en el cerebro (esto es: mayor información retenida a largo plazo) menor plasticidad cerebral: menor capacidad de establecer nuevas conexiones neuronales. ¿Intuía esta desalentadora disyuntiva Krishnamurti cuando recomendaba desaprenderlo todo para alcanzar la libertad verdadera?

 

 

         Ofrezco a continuación la crítica entera para quien esté interesado en profundizar sobre la tensión entre plasticidad cerebral (magia-libertad) y cultura: El autoretrato de Dios en los circuitos neurales de Jesús Mosterín.pdf

 

         A partir de estas concepciones básicas -¡concepciones!- voy a construir mi conferencia. Y lo haré siguiendo este orden:

 

         1.- Introducción: el concepto como captura; como elemento necroseador -¿o es vitalizador?- de eso que sea “la mente” de eso que sea “el hombre”.

 

         2.- “El concepto” desde las filosofías de Kant y de Hegel.

 

         3.- La Firstness de Peirce.

 

         4.- Explicaciones de Vivekananda al segundo Yoga-sutra de Patañjali; el que dice: “Yoga es el control de la mente (chitta) para que no adopte formas (writtis).” Writtis son universos, agitaciones del lago de nuestra mente que impiden ver su fondo. ¿Qué hay en ese fondo?

 

         5.- Y, finalmente, me haré estas preguntas:

 

         ¿Cómo podrían haber regresado Adán y Eva al paraíso, al no conocimiento (a la docta ignorancia)?         

         ¿Cómo desaprenderlo todo para regresar a la Firstness a la que se refería Peirce?

         ¿Cómo alcanzar una mente (un cerebro) con plasticidad infinita?

         Respuesta a estas tres preguntas: con la meditación.

         Pero, ¿qué vemos entonces cuando nuestros ojos no están mutilados (¿preñados?) por los conceptos? ¿Qué se ve en estado de meditación?

         Respuesta: Nos vemos. Y ese espectáculo supera toda posible configuración finita de cualquier mente (cualquier belleza en cualquier universo); porque las engloba todas. Engloba todas las bellezas, todas las bailarinas mágicas (Mayas), que no son sino conceptos que quieren vivir, que quieren bailar, en la inmensidad de nuestra mente.

         Una -solo una- de esas bailarinas es la que saltó desde el Árbol de la Ciencia a los cerebros de Adán y Eva. La materia de aquel árbol de Edén me la imagino blanca, idéntica a la de las estrellas, tal y como aparece en la foto que os ofrezco.

 

 

 

        

         David López

           Sotosalbos, 18 de octubre de 2009.

 


Sep 27 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 28 de septiembre de 2009: “Aufhebung”.

 
 

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         En mi conferencia intentaré compartir lo que  veo, y lo que oigo, si dejo que el concepto hegeliano Aufhebung tome mi mente: si dejo que baile en ella esa bailarina mágica.

         Según yo leo a Hegel, todo lo que ocurre es un gran espectáculo de construcción – de autoconstrucción- de algo descomunal y prodigioso: el Espíritu; que es todo lo real, y que es también pensamiento. Todo lo que vemos a nuestro alrededor son obras, obras de construcción. Y son obras que se realizan según un método preciso: la dialéctica: cualquier situación, cualquier afirmación, va a ser negada por otra opuesta; y esa contradicción, a su vez, va a ser sacrificada por la razón para abrir el acceso a un nivel superior. Así se va construyendo a sí mismo el Espíritu Absoluto. O, mejor dicho quizás, así se va construyendo el monstruoso órgano con el que se va a poder contemplar (pensar) a sí mismo.

         Aufhebung es un término de la lengua alemana que significa a la vez dos cosas aparentemente contradictorias: “suprimir” y “conservar”. Hegel elogió este término ambivalente en su Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften [Enciclopedia de las ciencias filosóficas]. Toda su concepción de lo que pasa está en esa palabra, la cual, en español, se suele traducir como “superación”.

         En realidad lo que pretendo con vosotros es escuchar el crugido de la autoconstrucción del Espíritu: la autofabricación de un Dios -del Dios único y absoluto- que va a llegar a ser consciente de sí mismo: la infinitud se va a contemplar desde una aparente finitud. Y ese crugido es perceptible en el presente, en eso tan escurridizo donde posamos nuestros pies, esa cosa extraña del ahora mismo que, desde la perspectiva que ofrece el término Aufhebung, lleva dentro un pasado gigantesco: supura aniquilaciones despiadadas, pero también un grandioso proyecto que da sentido a todo. Todo, hasta el más nimio acontecimiento cotidiano –un simple mensaje de móvil, por ejemplo-, es un momento imprescindible en la autofabricación del Espíritu.

         En ese camino, en ese trabajo, van disolviéndose finitudes aparentes: cada vida, por así decirlo, es integrada, como realidad vivificante, en algo superior. Aunque sea a costa de la propia muerte. Todas las personas, y todas las cosas, y todas las ilusiones, que han muerto en nuestro pasado, están integradas, superadas-conservadas, vibrantes, ahora mismo, dando su sangre a este presente en llamas.

         Os espero mañana. Y mañana, lo que pase –o lo que pase en cualquier momento-, será, según leo yo a Hegel, un momento ineludible, crucial, de la gran autoconstrucción de algo que me atrevo a denominar el Paraíso Absoluto.

 

 

          David López

          Sotosalbos, septiembre de 2009.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Jul 24 2009

Escuela “,” libre de Filosofía: programa del mes de septiembre de 2009.

 

 

 

 

 

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Ámbito Cultural-El Corte Inglés. Calle Serrano, 52 (Madrid) 

 

Curso 2009-2010:   Diccionario de los mundos.

 

Impartido por David López.  

 

Duración: septiembre de 2009-julio de 2010.

 

Entrada libre hasta completar el aforo.

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-         14 de septiembre: Advaita.

-         21 de septiembre: Amor.

-         28 de septiembre: Aufhebung.

 

 

         Damos comienzo a un nuevo viaje lingüístico por el infinito (que es una simple palabra). Esta vez vamos a visitar palabras, simples palabras, siguiendo un orden alfabético, pero no cronológico ni geográfico. Y nuestros apuntes de viaje irán configurando un “diccionario de los mundos”. En plural. En un plural, en una multicosmicidad, que son manifestaciones de la sacra fertilidad de lo que hay.

         Con la palabra “mundo”, esta vez –quizás por exigencias poéticas-, me referiré a cualquier modelo de totalidad, incluido el que asumían Hegel o Fichte al hablar de “acosmismo” (inexistencia del cosmos o del mundo).

         Y así, cada lunes, me ocuparé de una palabra que me parezca crucial para presuponer un mundo, o para creerlo/crearlo, o para entenderlo, o para amarlo, o para odiarlo, o para destruirlo… o para elevar “nuestra” mirada por encima de todos los mundos y de todas las palabras.

         Las palabras que he elegido para el mes de septiembre –Advaita, Amor, Aufhebung- son puertas privilegiadas a mundos cuya belleza en ocasiones se hace insoportable. ¿Las palabras –esas palabras- son símbolos de los mundos? ¿Los crean? ¿Los prescriben?

         En el Rig Veda hay un himno (el 10.125) que ríe y deslumbra desde hace más de tres mil años. En ese himno es la propia palabra la que habla de sí misma y de todo: “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”. Michel Foucault dijo milenios después: “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres”.

         Un año más nos esperan momentos inefables paseando por las palabras y los mundos, volando en sus abismos, mirando por sus ventanas sin tamaño, oliendo sus paraísos; y sus infiernos. Dejándoles vivir. Y morir. Mientras sospechamos que no hay vida ni muerte más allá de estas dos palabras prodigiosas.

         Comienza el curso.

 

        

         David López