May 3 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 3 de mayo de 2010: “Progreso”.

 

        “Progreso”. Otra bailarina lógica dispuesta a hacernos creer que hay algo real simbolizado por ella.

        En la imagen que sobrevuela estas frases se ve a un centauro. Es muy probable que algún día los veamos galopando y charlando por nuestros parques. Y que alguien bostece a su paso (eso que sea el ser humano tiene una capacidad infinita para rutinizar prodigios). También imagino a alguien bostezando, devorado por lo prosaico, en una casa de cristal construida en un anillo de Saturno.

        Progreso. Una asociación mental casi mecánica nos lleva a reflexionar sobre el progreso “tecnológico” o “científico”. ¿Hasta dónde puede llegar esa magia baconiana? ¿Qué nuevas esencias -en sentido aristotélico- vamos a ser capaces de crear con la materia que nos es dada?

        Otro progreso: el de las sociedades humanas (países desarrollados/no desarrollados). ¿Cómo se mide eso? ¿Está más desarrollado un ejecutivo de Cocacola que un cazador-recolector del paleolítico? ¿Por qué? ¿De qué se trata con todo eso del “desarrollarse”? ¿Hacia qué vamos?

       Y otro: el progreso personal. ¿Hacia dónde debe progresar el ser humano para alcanzar su plenitud? ¿Cabe progreso personal en una sociedad sin progreso?

        Hemos de suponer que creer en el progreso es creer que puede aumentar -progresivamente- el número de personas felices en la Humanidad. Y también, la profundidad y la “calidad” de esa felicidad. Pero, ¿es buena tanta felicidad? ¿O es que hay algo mejor que la felicidad? Quizás sí: la libertad, la creatividad, la admiración, el estupor maravillado ante el baile de Maya.

       Pero, en cualquier caso: ¿qué es lo que progresa en el progresar humano (en previsión de que en algún momento ya no podamos seguir sosteniendo el universal “humano”)? ¿Cabe hablar de un progreso en Dios? Sí. Escoto Erígena, entre muchos otros pensadores, imaginó -sintió quizás- la posibilidad de que Dios recorriera una especie de odisea metafísica hasta llegar a su plenitud.

        ¿Hay opción para no progresar? ¿Hay opción para regresar a modelos de sociedad y de moralidad como, por ejemplo, los que parecen ofrecer los textos clásicos de la Grecia Antigua?

        En mi conferencia, tras la introducción que acabo de resumir, me ocuparé de lo pensado por estos autores:

        1.- Kant y la mayoría de edad de la Humanidad. Schopenhauer y su rechazo al progreso -cualquier forma de plenitud humana- en el mundo (en lo que se presenta dentro de la maquinaria psíquica kantiana).

        2.- Marx, Lenin y la Escuela de Francfort. El caso de Noam Chomsky: las sociedades deben posibilitar un elemento fundamental de la naturaleza humana: el ejercicio de la libre investigación, del pensamiento, del trabajo creativo… ¿Actualizarnos en cuanto filósofos? En este video se puede contemplar un precioso espectáculo de inteligencia humana (la del propio Chomsky dialécticamente encendida gracias a la de Foucault):

       

       

        3.- Leo Strauss. Leeré algunos párrafos de la obra Rebirth of Classical Political Rationalism. An introduction to the Thought of Leo Strauss (Chicago University Press, Chicaco, 1989). Este texto lo ha editado en español Paidós (traducido por Mario Eskenazi) con una interesante introducción de Josep María Esquirol.

        4.- Francis Fukuyama. Este pensador primero habló del fin de la Historia (que él creyó simbolizado en la plenitud del capitalismo norteamericano). Luego dijo que se había equivocado (eso que sea la Historia no para de crear). Y de sorprender. Y es posible -aunque según Fukuyama también evitable- que la ciencia ponga fin a eso que sea el ser humano ( y no de forma violenta). Merece ser leída su obra Posthuman Society, editada en España por Ediciones B y traducida por Paco Reina.

        A partir de estos textos y autores intentaré compartir algunas ideas personales. Sé que quizás estoy siendo demasiado reiterativo, pero es muy importante que quede claro que lo que ofrezco aquí son, por el momento, esbozos, primeras notas. Ahí van los esbozos:

        1.- La gran pregunta es si el ser humano puede o no intervenir en las cadenas causales que, según los materialistas, mueven todo. Si no hay libertad, lo más que cabe esperar es que esas cadenas deterministas nos ofrezcan momentos de felicidad creciente para un número creciente personas y de sociedades (el presupuesto básico del progreso humano).

        2.- Tanto los que creen en el progresismo (todo lo pasado fue peor y lo nuevo -lo “moderno”- es bueno de por sí), como los que anhelan la restauración, o la conservación, de ideales pretéritos (como sería el caso de Leo Strauss), se mueven hacia algo: hay una Idea [véase] que imanta su acción y su corazón. Avanzan hacia algo. Y ese algo es un constructo poético [véase Poesía]. Las disputas políticas son disputas poéticas. Ganará -moverá más mentes y cuerpos- el político que ofrezca más posibilidades de soñar.

        3.- Se progresa o no hacia algo: hacia una idea de hombre y de sociedad -de cosmos en realidad-. Una idea previamente encarnada en nuestra mente por obra de algún poderoso Verbo (humano o no humano). Volveré sobre las reflexiones que expuse en estas conferencias: Belleza, Idea, Cosmos y Poesía. Cabría decir -con Platón- que todo se mueve arrastrado por amor hacia una Idea. Progresar sería reconfigurar lo real para acercarlo a lo ideal.

        4.- El progreso presupone Tiempo. Si, con Kant, y no solo con él, negamos la existencia del Tiempo más allá de eso que sea la psique humana, nos vemos obligados a hablar de algo así como un progreso (cambios sucesivos hacia plenitudes) en nuestra conciencia: en nuestras propias secreciones mentales. Así, la sociedad, el cosmos entero, progresarían dentro de nosotros. ¡Qué lugar prodigioso somos! Aunque no sepamos en realidad lo que somos…

        5.- El progreso también presupone carencia previa; esto es: la descripción de un estado de pre-plenitud. Cuesta llevar nuestra imaginación hasta el cielo tecnológico (por cierto: el cielo, como el infierno, es un lugar donde ya no hay esperanza). ¿Qué cielo espera alcanzar la ciencia de Francis Bacon? De pronto imagino algo así como una red de magos sin materia condicionada (natura naturata), creando, siendo lo que quieran ser en cualquier universo posible, e imposible. Felices, si quieren. O infelices. ¿Es esa una sociedad absolutamente tecnológica y libre? ¿No será eso lo que está ya pasando detrás del velo de lo fenoménico?

        6.- ¿Y si ya se hubiera progresado del todo? ¿Y si la iluminación consistiera en sentir/saber que ya se tiene la plenitud absoluta? ¿Hay algo más que pueda ofrece el progreso científico y político de lo que ya se siente en un estado de meditación profunda? Quizás sí: el Arte; y amar a “lo  otro” (aunque sea un hechizo de Maya). Me refiero a los niños, a la Naturaleza… a los cuerpos y los corazones de otros seres humanos, y también de otros seres no humanos: amar la vida en definitiva: amar a Maya. Al precio que sea, como diría Nietzsche.

        7.- Recuperándonos del abismo meta-filosófico de la Mística, ya con los pies en la sólida tierra de Maya, cabría preguntarse por el tipo de sociedad, por la idea de belleza social, a la que debemos tender (y que debemos plantar en el precioso huerto del alma de nuestros hijos). Aristóteles pensó que el ser humano se actualiza en cuento tal -alcanza su plenitud esencial- cuando filosofa. Algo similar afirma Chomsky en el video que he insertado en estos párrafos. Yo también lo creo. Y lo veo cada día.

       8.- Quizás cabría medir el progreso de una sociedad por el brillo de los ojos de sus miembros. Yo he visto un brillo muy especial -sublime realmente- en los ojos de las personas que practican la Filosofía; la Filosofía radical: esa que se atreve a mirar y a pensar – y a amar incluso- la inmensidad que somos y que nos envuelve. También veo eso brillo en los niños. No en todos, desgraciadamente. Bochornosamente. No hay progeso posible que no considere prioritaria la risa y la ilusión de los niños.

        Sentido del humor y sentido del amor.

        Creo que hay que apostar por una sociedad de filósofos; de filósofos capaces de amar (y de reír y de soñar y hacer soñar); que sería como decir que  hay que apostar por una sociedad de seres humanos plenos. Aunque quizás esa plenitud lleve implicita la posibilidad de autoconfigurar su cuerpo -su parte visible- y convertirse en un centauro: un centauro-filósofo capaz de galopar, con los ojos encendidos de Metafísica, por un prado infinito.

        Si ese futuro centauro es capaz de filosofar, de amar y de soñar (y de hacer soñar)…  llevara entonces a un ser humano dentro: será un ser humano. Si no, ya sí habrá ocurrido el fin del hombre.

 

        David López

        Madrid, 3 de mayo de 2010.

 

       


Mar 8 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 8 de marzo de 2010: “Materia”.

 

       “Materia”.

       Una palabra.  “Materia” solo -¿solo?- es una palabra.

       Proviene del griego hyle. Este símbolo permitía transmitir y compartir tribalmente un modelo de mente, un concepto: algo así como el que nosotros sentimos con el símbolo “madera cortada” o, también, “materia prima con la que hacer cualquier cosa”. En latín el símbolo fue materia, y el concepto a él asociado sería algo así como “madera para cualquier tipo de construcción”.

       ¿Y qué se construye con la materia? ¿El mundo? ¿Es el mundo una suma de cuerpos materiales que bailan y mutan, esclavizados, al son de unas leyes que lo explican, o que podrían explicarlo, todo?

       ¿De qué está hecho un sueño por fin conseguido? Me refiero, por ejemplo, a un beso en los labios de una mujer amada, deseada años atrás. Un beso junto a un lago italiano. ¿Está ese beso -y los corazones y las fantasías en él entrelazados- constituido por átomos muertos sometidos a leyes físicas tan implacables como muertas?

       ¿Por qué la mayoría de las metafísicas tienen pavor a la vida, a la libertad, a la creatividad de Dios y a la de los hombres?

       ¿De qué está hecha la materia de los sueños?

       Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

       Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

       Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real. Shakespeare escribió esto en la primera escena del cuarto acto de La tempestad:

          Our revels now are ended. These our actors,
          As I foretold you, were all spirits and
          Are melted into air, into thin air:
          And, like the baseless fabric of this vision,
          The cloud-capp’d towers, the gorgeous palaces,
          The solemn temples, the great globe itself,
          Ye all which it inherit, shall dissolve
          And, like this insubstantial pageant faded,
          Leave not a rack behind. We are such stuff
          As dreams are made on, and our little life
          Is rounded with a sleep.

         Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada por un dormir.

         Cabe preguntarse: ¿quién –o qué- duerme en ese dormir que envuelve todas las vidas? Y, sobre todo, ¿ese soñador es creador? ¿Cabe moldear la materia o está ya eternamente sometida a leyes?

         En mi conferencia, tras esta introducción, trataré el concepto de materia siguiendo este orden:

         1.- La materia en la física presocrática.

         2.- La materia en Aristóteles: “aquello con lo que algo se hace”.

         3.- La  materia en el pensamiento cientista y en el pensamiento mágico.

         4.- La materia en Schopenhauer. Gnósticos y maniqueos. La materia es el Mal.

         5.- El materialismo desde Descartes. Los Charvakas de la India antigua.

         6.- La materia en el siglo XX.

         7.- La materia en la metafísica Samkya: el sufrimiento y la esclavitud derivan de identificarse con la experiencia psíquico-mental (la prakriti o materia).

         Finalmente compartiré sensaciones. Sería para mí un privilegio que los asistentes a mi conferencia sintieran lo que yo siento ante la materia. Para ello quizás sean de utilidad estas ideas:

       1.- Creo oportuno diferenciar entre materia como “masa” informe con potencialidad para adoptar formas (lo que para los neoplatónicos era un receptáculo sin medidas ni cualidades) y materia como “lo que llena el espacio”, o “conjunto de cuerpos físicos”, o “variaciones de densidad en un campo unificado”, etc. La primera concepción de “materia” sugiere una especie de nada que podría ser cualquier cosa. La segunda es ya un algo legalizado. Veo más vida en el primer tipo de materia, aunque para los neoplatónicos fuera el mal (como para los pitagóricos).

       2.- Si la materia es esa masa in-formable, cabría imaginar una “masa” prodigiosa que tuviera, a la vez, infinita potencialidad (infinita capacidad para adoptar formas, para ser una natura naturata) e infinita potencia creativa (natura naturans). Esa “masa” prodigiosa sería Dios –el Dios metalógico-: siendo Nada puede fabricar consigo mismo cualquier mundo.

       3.- Creo que los términos Materia, Maya y Magia significan lo mismo: nombran la esencia del espectáculo que se presenta ante nuestra conciencia. Y en ese espectáculo estarían incluidos nuestros pensamientos y nuestro propio yo tanto psíquico como óptico (lo que aparece ante los espejos, lo que vemos en las fotos, la parte de cuerpo visible desde donde están nuestros ojos…). Estoy de acuerdo con Schopenhauer en que somos los secretos directores de esas obras de teatro.

       4.- Según lo anterior me considero materialista. Amo la materia. Amo la textura –a veces feroz- de este sueño prodigioso. Mi rechazo al materialismo, digamos, dualista (el que distingue entre materia y espíritu) se deriva de su desprecio hacia los mundos. Creo que cabe amar a Maya sin perderse en ella. Mejor dicho: sólo desde “fuera” se la puede amar de verdad.

       5.- En estado de meditación podemos contemplar la materia pura. O casi pura. Nuestra conciencia siente que esa nada podría autoconfigurarse en cualquier mundo imaginado: podría ocurrir cualquier Creación. En mayúscula.

       Vuelvo a aquel sueño en el que pude echar a volar desde la escalera de mi infancia. ¿Qué sentí en realidad mientras acariciaba ese vegetal onírico, mientras respiraba el aire y la luz de mi propia imaginación?

       Sentí estupor maravillado. Eso es lo que, según los filósofos, ofrece la Filosofía. La Filosofía con mayúscula.

       David López

       Madrid, marzo de 2010.


Jan 25 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 25 de enero de 2010: “Humanidad”.

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         Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa.

         En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

         Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

         Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

                        Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

         Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que me propongo estudiar -gozar y sufrir- con vosotros, queridos filósofos, en mi conferencia.

            Se me ocurre ya una definición:

         “Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

         Sobre qué sea un “ser humano” me ocuparé otro día. Baste por el momento la imagen que ofrece de forma espontánea el tejido lingüístico que ahora nos une.

         En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de nuestro “Diccionario de los mundos”. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

 

         En mi conferencia trataré los siguientes temas, siempre desde una perspectiva fundamentalmente filosófica:

 

        1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.           

        2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

        3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

        

        4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

        

        5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

        

         Finalmente, expondré mis propias ideas. Ofrezco ya este resumen:

 

         1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

         2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

         3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

         4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

         5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

 

         Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

         En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

         Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

         Eso es la Humanidad.

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.

           

 

           

 

           

           


Dec 14 2009

Escuela libre de Filosofía. El diccionario de los mundos. Conferencia del 13 de diciembre de 2009: “Fe”.

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         Unamuno cosió esta frase en el tejido de mitos de que dispone ese precioso mito que llamamos “Humanidad”:

         “La fe no es creer en lo que no se ve; sino crear lo que no se ve”.

         Hay otra frase suya que dice más –más si cabe-: “Creer es crear”. ¿Debemos incluir también lo visible en lo creable? ¿Qué es lo visible, por cierto? ¿No es algo que está ahí, siempre, cosmizado, independiente de lo que quiera creer o no el ser humano?

         La verdad es que parece que hay algo exclusivo del “ser humano” que ofrece posibilidades aterradoramente fértiles. Ese algo es de lo que pretendo ocuparme en esta conferencia: la fe.

         “Tú ten fe y verás cómo consigues lo que estás soñando”.

         ¿Qué es esa fuerza descomunal? ¿Dónde se ejerce, en qué espacio? ¿Dentro de nuestra mente? ¿Dentro de la mente de Dios? ¿Hay diferencia entre ambas?

         La palabra fe se ha considerado en ocasiones como un tipo de creencia que se circunscribe a lo religioso. Pero, ¿qué es lo religioso? ¿Lo religioso es tomar conciencia de un vínculo con la Omnipotencia, con lo divino, con nuestro yo esencial –único-?

         ¿Se puede crear al propio Dios, en tanto “Dios existente” (yo le llamo “Dios lógico”), como aseguraron el Maestro Eckhart y el maestro Feuerbach?

         La foto que he elegido para esta conferencia muestra a un grupo de hombres construyendo –soñando/creyendo- un andamio en un espacio que parece infinito. Es una imagen que me produce un extraordinario sobrecogimiento estético y metafísico. Y es que veo en ella un sumatorio que resquebraja mi mente y la deja con olor a infinito; mejor dicho: a infinita creatividad. Si efectivamente nuestra fe, o nuestra voluntad de crear, tienen efectos creativos -configurativos de realidades objetivas-, cabría visualizar en un todo armónico la suma de los actos de fe de todos los seres humanos: de todos los que existieron y existirán (si es que insistimos en atribuirlos a ellos –a nosotros- esa facultad excepcional de creer/crear).

         Uno de los obreros -uno de los creyentes- de la foto parece estar fabricando el propio sol, el propio Dios sol, o a lo mejor el sol como esfera ígnea dentro del dibujo mítico que la ciencia hace todavía del universo. Ese obrero, en cualquier caso, parece estar creando un “sol”: un decisivo foco de fuerza en el todo en el que él cree. 

         Trato de imaginar el rugido final de todos los actos de fe, de todas las creencias. Y trato de pensar cuál puede ser la energía genésica resultante de ese gigantesco coro de sueños. Quizás cabría ver ahí la Creación con mayúscula, siempre viva, siempre fertilizando la nada; ubicua y omnipotente, pero autodifractada, en cada ser humano que es capaz de creer/crear: de tener “fe”.

         Schopenhauer, en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza, incluyó un sorprendente capítulo titulado “Magnetismo animal y magia”. Una sola convicción ilumina todas las frases de este capítulo. Es ésta: el ser humano tiene acceso en su interior a la omnipotencia: a algo capaz de dejar en suspenso las leyes de la naturaleza y provocar fenómenos imposibles. Pero para ello hay que creer, creer, por ejemplo, que una barra de metal puede curar (mesmerismo). Basta con creer. Y con imaginar. Creer en que lo imaginado puede fecundar la nada.

         Imaginación. Fe. Omnipotencia. Realidad.

         Pero, ¿quién/qué cree en nuestro creer? ¿Quién sueña en nuestro soñar? ¿Cuánto hay todavía por crear? ¿Es el ser humano, como pensó Sartre, una nada que se tiene que configurar a sí misma, darse sentido a sí misma ante la obvia inexistencia de Dios?

 

         El objetivo de mi conferencia será, sobre todo, compartir el sobrecogimiento que me produce imaginar, atisbar, el sumatorio de actos de fe de todos los seres humanos, el estruendo de esa descomunal catarata de actos de fe (de sueños). Para ello creo que será útil abordar de forma ordenada los siguientes temas:

 

          1.- Fe versus razón (modelos de fe en conflicto).

         2.- Filosofía de la fe: Friedrich Heindrich Jacobi. (En español tenemos esta interesenate edición: Cartas a Mendelssohn y otros textos / Friedrich Heinrich Jacobi ; prólogo, traducción y notas de José Luis Villacañas, Círculo de Lectores, Barcelona, 1996.)

          3.- La fe en el pensamiento de Unamuno.

          4.- Gianni Vattimo: Creer que se cree[1].

 

         Por último expondré mi propia visión de ese poder que parece estarse manifestando en cada rincón de lo existente; de lo existente al menos para eso que sea el “ser humano”.

         Mis ideas básicas se han desplegado, supongo que casi algorítmicamente, a partir de estas palabras de la Biblia: “Si no creeréis, no existiréis” (Isaías VII, 9)[2].

 

-         Toda existencia (toda Maya/ toda bailarina) requiere fe (fe en que existe lo objetivo). Y dentro de lo existente estarían esos hombres a los que da el aviso el citado párrafo de la Biblia: si ellos no creen, no hay existencia, y sin existencia no existen ni ellos mismos: los seres humanos. Ellos deben creerse que su ser es ese: que son seres humanos fenoménicos, ahí, en los existente. En lo objetivo.

-         Tener fe es creer en que lo que no se ve (postularlo). En este sentido la ciencia siempre exige actos de fe. Popper habló de la religión de la ciencia.

-         Sin fe (sin creación en definitiva) no existiría lo existente, lo objetivo: no habría ninguna bailarina bailando ningún cosmos ante ningún sujeto. La fe, cuando es creadora, es la antítesis de la sabiduría (de la iluminación si se quiere). La sabiduría, cuando es absoluta, diluye el dualismo sujeto-objeto: incinera los mundos en la hoguera de la nada.

-         El regreso a la Nada requiere la ausencia absoluta de fe: un nihilismo radical que permitiría, utilizando una expresión de D.T. Suzuki, estar con Dios antes de que Él dijera “hágase la luz”.

-         Pero ahora, ahora que escribo esto, hay algo; y ese algo, en caso de que efectivamente la fe sea creadora, habría que considerarlo fruto de la fe: de la fe de alguien… ¿nuestra en el pasado? ¿de nuestros padres u otros seres que nos amaron y que mediante la fe nos fabricaron, o nos fabrican, esta realidad?

-         Las masas de mitos que están ahí disponibles nos ofrecen modelos arquetípicos de realidad configurable en virtud de un acto de fe. Viviríamos en una especie de gigantesco mercado de sueños posibles. Un creador, un verdadero creador, sería alguien capaz de ofrecer sueños nuevos: nuevos modelos de mente: nuevas opciones de fe.

 

                   Yo no sé que se está construyendo con el soñar de todos los soñadores… con ese gigantesco andamio que están levantando, a la vez, todos los que creen en algo.

                   ¿Qué está creando Dios a través de creer/crear de sus criaturas? ¿En qué cree Dios? ¿No sería maravilloso poder asomarse a su obra, con las manos entrecruzadas en la espalda, como si fuéramos jubilados?

                   Salvador Paniker, en una obra titulada Asimetrías[3], afirmó que la fe es la confianza en la realidad. Es una preciosa definición. Tener fe es confiar en que algo grandioso se está construyendo a golpe de sueños. A golpe de creencias.

                   Y que estamos implicados en esa grandiosa construcción.

 

      David López

      Sotosalbos, diciembre 2009.

[1] Gianni Vattimo: Creer que se cree, Paidós Studio, Barcelona, 1996.

[2] Se trata de una cita de la Biblia que he encontrado en la siguiente obra: Raimon Panikkar, Mito, fe y hermenéutica, Herder, Barcelona, 2007. En ella hay un profundo estudio del fenómeno de la fe.

[3] En la sección de críticas literarias se pueden leer mis comentarios a esta obra.



Dec 7 2009

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 7 de diciembre de 2009: “Dios”.

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La palabra “Dios”: el lugar más extremo que cabe encontrar en el cosmos de las palabras: el gemido más sobrecogedor que cabe oír en él: la retorsión del lenguaje más fabulosa que cabe contemplar.

Me acerco ahora, aturdido, muy desconcertado, tropezando, a una bailarina extrema. Dicen que es la última en abandonar el baile de los mundos (de las dualidades, de las existencias, de las objetividades). Es la más grandiosa de todas las bailarinas posibles. El Maestro Eckhart quiso librarse de ella en un sermón del siglo XIV que se conoce como Beati pauperes spiritu. En este sermón aquel dominico dijo: “Pido a Dios que me libre de Dios”. ¿Para qué? ¿No es suficiente el cándido ateísmo?

En mi conferencia hablaré de esa palabra prodigiosa; de ese símbolo que da cuenta de un concepto (de una forma de mente en definitiva). Pero de lo que haya detrás de ese símbolo, o de lo que quiera la mente (¿el cerebro?) capturar con ese concepto, es mejor callar.

“Dios”. ¿Qué burrada es esa? Hay quien se consuela sustituyendo este símbolo por otros aparentemente más asépticos y evolucionados como “Universo”, “Leyes Naturales”, “Naturaleza”, “Energía”, “Nada”, “Ser humano creador de la fantasía de los dioses”… Pero para no reventar filosóficamente en los abismos de estos sustantivos es imprescindible aflojar la lucidez filosófica. Y es que la tempestad física y metafísica de lo que hay es ineludible (si es que hay diferencia, por cierto, entre lo físico y lo metafísico).

No cabe pasar a palabras la hoguera mágica en la que estamos ardiendo –eso que sea lo que hay aquí ahora mismo-, pero sí cabe practicar la teo-logía en sentido literal y estricto: hablar de “Dios”. Hablar, solo hablar, solo secretar frases, más frases todavía, en el gran tejido de frases en el que está tejida nuestra inteligencia. Y hablar, solo hablar, de “Dios”: de la palabra “Dios”. No hay otra opción. ¿Y para qué este esfuerzo? ¿Para agotar a esa última bailarina con bailes imposibles, autocontradictorios, lógicamente letales (como haría el Zen con sus crueles koanes)? ¿O es que en todo decir se está trasparentando lo que no puede ser dicho, como si las frases humanas estuvieran flotando, convulsas, como algas lógicas, en un océano meta-lógico que lo empaparía todo con su olor inexpresable?

         La imagen que he elegido para contemplar el baile de la más grandiosa de las bailarinas posibles muestra a un hombre rezando. No es éste el momento de reflexionar sobre qué sea eso de rezar. Valga simplemente  decir que esta foto me ha permitido visualizar, quizás, lo que el Maestro Eckhart quiso retirar: la palabra “Dios”, que sin duda es el eje lógico de todas las palabras que contiene ese libro que sostiene el hombre de la foto.

Me impresiona la pureza geométrica del vector que trazan a la vez su cráneo, sus antebrazos, el libro y sus manos. ¿Se dirigen a la Omnipotencia suplicando amor? ¿Ofreciendo amor? ¿Suplicando favores? ¿Ofreciendo favores? Creo que el taller metafísico está en el libro. ¿Entra Dios, desde fuera, en la cabeza y en el corazón del hombre a través del libro? ¿O es lo contrario: que el hombre mediante el libro crea a Dios (Unamuno)? ¿O es que ocurre todo a la vez; como por arte de Magia?

El Dios que presupone esta imagen es un Dios que yo quisiera llamar “lógico”: creador mediante el logos, o creado mediante el logos. Es igual: se trataría de un suceso mágico y sagrado, sí, pero meramente lingüístico. Que no es poco.

Estaríamos ante el Dios que puede existir. Ahí. En lo existente. O no existir. Existir o no existir en lo objetivo. En lo objetivo que se presenta ante el sujeto: la teatral Vorstellung a la que se refería Schopenhauer.

Ese Dios puramente existente, esa maravilla física y metafísica, es la que han sentido algunos: una presencia inefable e hiper-real de la que William James se ocupó con valentía y brillantez en sus famosas conferencias sobre religión (Las variedades de la experiencia religiosa: estudio de la naturaleza humana, edit. Península, Barcelona, 1986).

Pero ese Dios existente, y su mundo, y su ser humano amado, serían determinaciones inesenciales, aunque gloriosas diría yo, del Ser (o de lo que por tal entendió Heidegger). O de la Nada si se prefiere. A ese fondo de todos los fondos (Grunt), a esa fuente de todos los dioses y de todos los mundos (Nirguna Brahaman), a esa Nada Mágica, se dirige el místico: no el teólogo. Ni el filósofo. Ni siquiera el poeta.

Esa “cosa/Nada” ni existente ni no existente quisiera yo denominarla ahora, consciente del chirriar de mis grilletes lingüísticos, “Dios metalógico”. Sé que esto es una contradicción porque no se puede meter algo en una frase y decir que ese algo no es lingüístico. Pero creo que la expresión puede servir de herramienta para abrir alguna ventana en los muros de la mente.

 

A partir de estas reflexiones iniciales intentaré ordenar mi conferencia así:

1.- El libro de los veinticuatro filósofos (edit. Siruela, Madrid, 2000). Leeré y comentaré alguna de las definiciones de Dios que se contienen en este famoso texto medieval.

2.- El modelo de totalidad que presupone el ateísmo.

3.- Kierkegaard: “Creer en Dios es creer en que todo es posible”: la apertura a lo imposible, a lo mágico, frente a la sumisión a un todo legaliforme.

Por último compartiré una experiencia íntima.  Creo que en Filosofía no podemos eludir la honradez empírica: hay que soportar –y comunicar a otros- lo que se experimenta (aunque se trate de un “hecho” incompatible como el tejido lógico más favorable para la supervivencia social). ¿Cabe hablar de “hechos” más allá de lo que permite experimentar nuestra mente lingüistizada? Quizás no. Pero en cualquier caso yo hablaré de lo que se me presentó, lo que irrumpió de forma absurda e inesperada, dando un paseo nocturno por los alrededores del aeropuerto de Lyon, hace ya casi veinte años:

Algo gigantesco que no era yo, algo/alguien consciente, vivo, casi carnal, que me amaba de forma descomunal, lo tomo todo, lo fue todo, lo transparentó todo: los árboles, los postes de la luz, los surcos del sembrado que desdibujaba la noche, las estrellas, los edificios, los coches, los aviones… Fue una experiencia grandiosa que censuré durante años por exigencias de mi caja lógica.

¿Era aquello lo que la palabra “Dios” pretende significar? ¿Era aquello mi yo esencial (Atman-Brahman) que se traslucía a través de las imágenes de mi mente?

         Yo no estaba rezando, no rezaba nunca, ni había texto alguno entre mis manos fabricando prodigios metafísicos.  El único credo al que estaba adscrito era el cientista-ateísta. “Aquello” que tenía delante no me pidió ni me prometió nada. Sólo se mostró. Descomunal. Glorioso. Omnipotente. Omnisintiente. Siendo todo lo existente ahí, ante mí … y amándome de una forma casi insoportable.

         Quizás el libro que sostiene el hombre de la foto está sirviéndole de dique, de filtro lógico, para no ser arrollado por eso que a mí se me presentó en Lyon.

Cabría decir, quizás, que la palabra “Dios” protege al hombre, y al lenguaje del hombre, y a las religiones del hombre, para no morir, todos abrasados -abrasados de belleza y de amor- en la hoguera mágica de lo Innombrable.

 

David López

Sotosalbos, diciembre de 2009

 


Nov 30 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 30 de noviembre de 2009: “Dharma”.

desembarco-normandia-soldado-dubitativo

       

         Voy a intentar asomarme en esta conferencia a lo que sea el Dharma. No es posible una traducción de esta palabra sánscrita. Pero cabe aproximarse al concepto que ella propone con vocablos como “ley”, “orden”, “religión”, “deber”, “justicia”, “mérito moral” o “virtud”.

         Gavin Flood, en su obra El hinduismo [1], afirma que la finalidad del dharma es “producir lo que es bueno”. ¿Bueno para qué? ¿Para la creación de un cosmos? ¿Para su mantenimiento? ¿Para su destrucción? ¿Qué es lo que hay que hacer?

         Una de las obras fundamentales de Lenin -y del inefable siglo XX- lleva por título ¿Qué hacer? En ella presupone, a diferencia del profeta Marx, que, si no se hacen bien las cosas, lo mismo la Historia no culmina en una sociedad comunista.

          Volvamos al hinduismo. Dharma también se traduce como “camino” (similar al Tao chino): el camino que cada uno debe encontrar y debe seguir. ¿Para qué? Bueno, al parecer, para salvarse, para glorificarse, él, y el propio cosmos (Rita) que le alimenta a él, que le da sentido, que le permite ser algo, luchar por algo, soñar algo: el Dharma sería un orden divino, invulnerable, que protege a quien lo protege.

         Pero, si es invulnerable, ¿para qué protegerlo?

         La fotografía que he elegido para asomarme a eso que sea el dharma fue tomada en 1945. En Normandía. Corresponde al desembarco “dharmico” de un grupo de soldados. Algunos, como se ve, están ya en el agua. Sus cuerpos, temblorosos, jadeantes, cumplidores, cubiertos por ropas robotizantes y por armas lógicas, están ya sacudidos por la fría inestabilidad del océano -Anrita- y por el miedo a la muerte. A recibirla y a darla. Uno de los soldados parece que se ha quedado en la embarcación, que no se decide a ofrecer su corazón al sacerdote que está oficiando en este sangriento rito salvífico. Los ojos del soldado rezagado miran hacia sus compañeros de dharma; y también hacia un espacio metafísicamente prodigioso: una simbiosis de luz y de tinieblas donde los desgarros mutuos generan una belleza que no parece ser de este mundo. Allí están combatiendo dos ejércitos, dos custodios de dos universos no compatibles. El idioma sánscrito tiene una palabra para ese espacio moral y letal: Dharmakshetra (o Kurukshetra). Se trata de un campo donde  los Paandavas luchan contra los Kauravas para reestablecer el orden divino.

         El orden divino: dharma. Más bien: el ordenar, la acción ordenar que culminaría en un cosmos. Y que lo mantendría como tal.

         El orden divino que aquellos soldados querían reestablecer lleva nombres-dioses como “Democracia”, “Libertad”, “derechos humanos” … Se trata de un cosmos (Rita) que requiere, para su sustento, que se cumpla el dharma. Que todos sus componentes cumplan su dharma.

         ¿Aquellos soldados estaban siguiendo su dharma? ¿El suyo propio o el que les impuso su sociedad? ¿Hay diferencia?

         Raimon Panikkar [2] afirma que el hinduismo es simplemente dharma. Y que si eso que llamamos desde fuera “hinduismo” pudiera elegir un nombre para sí mismo, el nombre elegido sería: sanaatana dharma (orden perenne).

         Orden perenne. Eterno. Inamovible.

         Y dice también Panikkar en el libro citado que el hombre debe conocer cuál es su propio dharma: su svadharma: “algo así como el puesto óntico de cada ser en la escala de los seres”.

         ¿Para qué?

         Muchos pensadores hindúes y estudiosos del hinduismo responderían: para alcanzar la salvación (Moksa): algo así como saber qué se es en realidad: saber que se es Dios, porque no hay otra cosa que pueda ser lo que es.

         ¿Se salvarán los soldados que vemos avanzar, triturados por el miedo y la fe, hacia esa playa donde luchan dos bailarinas lógicas enemigas? El Gita dice que es mejor cumplir el dharma propio, aunque sea defectuosamente, que el de otra persona a la perfección.

         El Gita es un texto feroz y maravilloso que arranca con un desfallecimiento ético, con una duda. El príncipe Arjuna no quiere combatir contra un ejército en el que están sus familiares. Pero el auriga que conduce su carro de combate se convierte de pronto en una encarnación de Krishna. En Dios. En el Uno omnipotente y omnisapiente. Y Dios dice: tienes que combatir. Tienes que matar. Es tu deber. Tu dharma. No tengas miedo a morir, ni a matar, porque, en verdad, nadie muere ni mata. Porque no hay nadie individual. Todo soy yo y yo soy eterno y yo soy tú. Esta batalla que te aterra es Maya. Pero es necesario que, mientras te identifiques con este personaje en Maya, cumplas con tu papel. Si no lo haces, te espera la desgracia. La tuya y la de tu pueblo (la de tu cosmos).

 

         Miro al soldado americano que todavía no ha sido capaz de saltar al océano. Imagino que tuviera presentes las palabras de Krishna, y que, en cumplimiento de su dharma, se entregara con fe a esa guerra. Y que de pronto, en medio de la sangre y los gritos y las vísceras de sus congéneres, tuviera la gran visión: se viera en todo, en todo lo existente, siendo todo: en los otros cuerpos humanos, en la arena blanca y roja y negra de la playa, en las nubes puras e indiferentes, en las algas aceitosas de gasoil y en las mentes ensangrentadas.

         Así, efectivamente, cumpliendo con su deber, el soldado habría conseguido saber quién (qué) era… mientras luchaba además por el sostenimiento de su cosmos: eso de la “Democracia”, etc.

 

         Acabo de exponer las ideas –o las sensaciones- básicas sobre las que voy a construir mi conferencia; la cual seguirá este orden:

 

         1.- La palabra “Dharma”. Haré mención a su origen y expondré los significados de algunas palabras del sánscrito que contienen este vocablo. Creo que así, y gracias a la riqueza de esa lengua, podremos colocar cámaras en posiciones privilegiadas. Las palabras serán éstas [3]:

 

-         Dharmabala.

-         Dharmakaaya.

-         Dharmakshetra.

-         Dharmapatnii.

-         Dharmashaastra.

-         Dharmavidyaa.

 

         2.- Materialización del dharma. Trataré de ofrecer una imagen del gigantesco sistema resultante del dharma (del hinduismo). Para ello mencionaré sus fuentes lógicas y esbozaré un dibujo del cosmos humano y divino, físico y metafísico, resultante de su despliegue. En ese dibujo mostraré el sistema de castas (jaati) y de colores (varna), las etapas vitales (aashrama) y, por último, los rasgos básicos del dharma de la mujer y del rey hindues.

         3.- En la última parte de mi conferencia reflexionaré sobre el modelo de totalidad implícito en el concepto mismo de dharma. Para ello meteré las manos en la suposición de que estamos en un orden. Que “lo que hay” está ordenado. Ordenado ya. Y que solo cabe conocer-se en ese orden, y armonizarse beatíficamente en él, en una suerte de extática (o entática más bien) fusión ético-matemática. Parece ser ésta la posición que adopta Panikkar en la obra a que antes he hecho mención.

        Yo ofreceré otra posición: no hay orden eterno e inviolable. No puede haberlo. Si lo hubiera no cabría la opción de seguirlo o no. Creo que lo que hay es posibilidad infinita de ordenación; no orden infinito. ¿Cómo? ¿Desde dónde? ¿Con qué libertad? La moral, toda ley, todo imperativo, presupone libertad. Libertad para no cumplir el deber. Para no seguir el dharma. Pero la libertad del hombre en cuanto hombre fenoménico parece insostenible. Libre solo puede ser algo que carezca de esencia (de forma de ser). La escolástica lo expresaba así: operari sequitur esse (el obrar es consecuencia del ser). Schopenhauer ganó un premio convocado por la Real Academia de Noruega gracias a esta obviedad. Solo puede ser libre algo que carezca de esencia; que no sea nada (y que tenga potencia suficiente como para ser cualquier cosa). Creo que no hay forma de no sostener que el dharma, cualquier camino a seguir, o no, solo lo puede seguir, o no, en libertad, quien lo instaura (quien lo legisla; quien lo imagina). ¿Dios? Una palabra desastrosa. Pero fertilísima. De ella nos ocuparemos el lunes 14 de diciembre.

         Quizás sea más correcto hablar de “Nada”; de “Nada libre y omnipotente”.

         Volvamos a la fotografía del desembarco de Normandía. ¿Qué está pasando, de verdad, en el fondo abisal de lo que se ve en esa imagen? Si nos dejamos tomar por las palabras del Gita cabe preguntarse:

         ¿Qué hace “Dios” ahí (Krishna), temblando de frío y de miedo y de dudas, ensangrentándose, despiezándose, odiándose a sí mismo autodifractado en varios cuerpos y mentes con apariencia de ser individuales? ¿Qué pretende con tanto auto-sufrimiento?

         ¿Qué quiere Dios? ¿Qué está construyendo mediante los dharmas que ha legislado para canalizar su monstruosa fuerza?

         ¿Cuál es el dharma de Dios; en cuanto Dios creador? Quizás, simplemente, que haya algo en lugar de nada. Y que ese algo, desde dentro, ofrezca paraísos e infiernos creíbles y creables; y también posibilidades de ordenar, y de ordenarse, en mitad del infinito e hiperfértil caos que sería la mente del propio Dios.

         También cabría decir que el Dharma de Dios (en cuanto Dios creador) sería crear bailarinas, y bailar en ellas: encarnarse en esas deliciosas criaturas lógicas que están bailando en este curso para todos nosotros.

 

           David López

           Sotosalbos, noviembre de 2009.

         

 

           

[1] Flood, G.: El hinduismo, Cambridge University Press, Madrid, 1998.

[2] Panikkar, R.: Espiritualidad hindú, Kairós, Barcelona, 2005.

[3] Estas palabras las he recopilado de un léxico sánscrito-alemán: Mittwede, M.: Spirituelles Wörterbuch Sanscrit-Deutsch, Sathya Sai Vereinigung e.V., Dietzenbach, 2005.


Nov 23 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 23 de noviembre de 2009: “cultura”.

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         En esta conferencia me ocuparé de eso que haya detrás de la palabra “cultura”. Y para ello me apoyaré en la poderosa imagen que aparece en el cielo de estas frases. La persona que sangra en ella se quiso llamar Sid Vicious. Murió con 21 años, como consecuencia de una sobredosis de heroína. Tocaba el bajo en un grupo que es ya parte del canon occidental: los Sex Pistols.

         Sí. Es sangre lo que brota de su boca. Y también lo que se adivina en los surcos de su carne cultivada. Estamos, me parece, ante lo que Simmel denominó “espiritualidad objetivada”.

         Para mí, lo que sangra en esta imagen es un mártir lógico (mártir de un logos; un logos feroz en este caso: el logos punk). Aunque probablemente todos los logos sean feroces, si es que no quieren ser nada, otra vez, en la nada que les circunda, les amenzaza y les constituye.

         Ortega dijo que la cultura es un movimiento natatorio, un bracear del hombre en el mar sin fondo de su existencia con el fin de no hundirse. Pero también dijo que “el hombre se pierde en su propia riqueza, y su propia cultura, vegetando tropicalmente en torno a él, acaba por ahogarle”.

         Incluso en sangre.

         Ferrater Mora habló de la idea de “cultura” como cultivo de capacidades humanas y como el resultado del ejercicio de esas capacidades según ciertas normas.

         Pero, ¿qué significado hemos pactado, oficialmente, para la palabra “cultura”? El primer significado que establece la Real Academia es, precisamente, “cultivo”. Y si leemos cómo comienza la redacción del significado de “cultivo” nos encontramos esto: “Cría y explotación de seres vivos con fines científicos, económicos o industriales”.

        

         ¿Es la cultura algo que somete, que explota, al ser humano culturizado? ¿Cabe tomar distancia de una cultura, mirarla como desde fuera? ¿Es la cultura un fenómeno exclusivamente humano? ¿Es la cultura superior a la natura? ¿Existe algún grupo humano sin cultura?

         Intentaré enfrentarme a estas cuestiones en mi conferencia siguiendo el siguiente orden:

 

         1.- “Cultura” y “naturaleza” en la filosofía griega: las reflexiones de los sofistas.

         2.- “Cultura” y “naturaleza” en la filosofía china: taoísmo versus confucianismo.

         3.- Chantal Maillard: “cultura” como ritmo. Haré referencia a su libro Adiós a la India. Mis sensaciones sobre esta obra las expreso en la sección de críticas literarias.

         4.- El cerebro humano como hábitat de la cultura. Haré algunos comentarios sobre el libro de Jesús Mosterín que lleva por título La cultura humana (También incluido en mi sección de críticas literarias).

         5.- La cultura punk y, en concreto, el fenómeno de los Sex Pistols. Me interesa especialmente la religiosidad –el misticismo incluso- de este importantísimo movimiento cultural que brotó en el inefable siglo XX. Y, también, su vehemente esteticismo: su iconoclastia convertida en iconofilia; en ritualización, y sacralización, del Apocalipsis del Occidente moderno.

 

         Finalmente compartiré con vosotros mis propias ideas. Son éstas (y están todavía en construcción):

        

         “Cultura” es un verbo, una acción. De ese verbo se derivaría el sustantivo “culto”. Sostendré que ser culto es estar cultivado, explotado por un logos: cegado: aniquilado. Y sugeriré la distinción entre ser culto y tener cultura. Incluso sugeriré –desde Nietzsche- la idea de que cabe crear cultura: nuevos valores: nuevos mundos.

         Una cultura es una forma –entre infinitas posibles- de mirar y de interactuar –de nadar- , colectivamente, en el infinito. En el caos. En la nada. Para ello, obviamente, hay que mantener un nivel de conciencia en el que siga activado el principio de individuación. Y en el que se siga dejando bailar a las Mayas.

         Cosmos” y “cultura” son lo mismo.

         La foto que ocupa el cielo de estas frases refleja un punto de conciencia –un “ser humano”- que vibra de amor, de amor absoluto hacia una idea, dentro de una cultura (el cosmos punk). Estamos ante un místico –un místico lógico, no silente- que ha permitido que la divinidad lógica a la que rinde culto se encarne en él: que “le sea” entero. Y no sólo eso: ha permitido también que esa cultura le convierta en un “objeto cultural”.  Y que le exponga.  Y que le venda.

         Este curso trata sobre “bailarinas lógicas”. Ahora tenemos delante a una bailarina que no solo suda con su baile cósmico, sino que también sangra: deliberadamente, porque quiere morir, morir  bailando y cantando (mejor dicho: gritando enfurecida). Y con ella sangra y baila y grita una civilización entera (un tejido de culturas compatibles): eso que a sí mismo se denominó “cultura occidental”.

         Quiero terminar estas frases confesando el esfuerzo de autovigilancia que me he impuesto. Y es que podría haber ocurrido que, para mis fines de reflexión metafísica, yo hubiera convertido a Sid Vicious, y a los Sex Pistols, en exóticas mariposas lógicas. Y que, sentado en mi despacho, hubiera jugado con ellas como un niño-filósofo caprichoso y despiadado. Ya nos advirtió María Zambrano contra los “infiernos de la luz”. Por eso he elegido, entre todas las imágenes que de aquellos religiosos punk ofrece internet, la que me ha parecido más “grave” (en sentido religioso): más capaz de mostrar en toda su pureza, en todo su ciego temblor, una cultura encarnada: un “hombre-cultura”: un cultivo de carne y de sangre humanas.

         Un hombre crucificado en un logos; que se merece respeto. Mucho respeto.

 

 

 

         David López

         Sotosalbos, noviembre de 2009.

        


Nov 16 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 16 de noviembre de 2009: “cosmos” y “cuerpo”.

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         Hay un texto de Paracelso que lleva años fascinándome. Es éste:

 

         La imaginación de una mujer encinta es tan fuerte que es capaz de influir en la semilla y dirigir el fruto de su vientre en una u otra dirección. Sus “estrellas interiores” actúan fuerte y poderosamente sobre el fruto, de forma que su esencia queda fuerte y profundamente marcada y es configurada por ellas [por las estrellas]. Porque en el seno materno el hijo está expuesto a la influencia materna, y está por así decirlo confiado a la mano y a la voluntad de su madre, como el barro a la voluntad del alfarero. Éste crea y modela de él lo que quiere y lo que le apetece.

         Así que el niño no precisa ni de astro ni de planeta: su madre es su estrella y su planeta.[1]

 

         Me apoyaré en las posibilidades deconstructoras de este texto (deconstructoras de una mirada cientista/materialista-newtoniana/einsteniana) para enfrentarme a dos conceptos maravillosos: dos de las más bellas bailarinas lógicas que soporta mi mente: “cosmos” y “cuerpo”.

         Cosmos. ¿Qué es eso del Cosmos? Por el momento podemos decir que es una palabra: un significante que proviene del griego Kosmos. Parece que fue Pitágoras (o alguno de sus seguidores) el primero en usarla. En mi conferencia haré una breve referencia a la concepción que esta escuela tenía del Kosmos, utilizando para ello palabras del griego clásico como péras y apéiron. Estas dos palabras las relacionaré con rita y anrita: vocablos del sánscrito que expresan la misma preocupación, el mismo pavor, el mismo temblor: la lucha por sostener los mundos: el esfuerzo de las bailarinas lógicas por seguir bailando, ellas, solo ellas, en la demoníaca inmensidad del Caos, de lo que no tiene límite, de lo que podría se cualquier cosa.

         Cosmos. La Real Academia Española de la Lengua considera esta palabra sinónima de “mundo” y de “universo”. El significado fundamental que se ofrece de los tres términos es el siguiente: “conjunto de las cosas creadas”. Pero resulta que hay una enmienda. Así, en la próxima edición, aparecerá un cambio decisivo: cosmos, mundo y universo serán “conjunto de las cosas existentes”. El lenguaje es una cosmovisión simbolizada. Es ideológico, metafísico. Esta sustitución –“creadas” por “existentes”- nos permitirá señalar algunas de las grandes preguntas sobre eso que sea el cosmos: ¿fue creado de la nada?, ¿es todo lo que hay?, ¿es finito o infinito?; ¿es abierto o cerrado?; ¿es eterno o perecedero?

         Cosmos. Todos los grupos humanos organizados ofrecen a sus miembros al menos una cosmología. ¿Qué es una cosmología? En esta conferencia –y sospecho que el resto de mi vida- voy a sostener que cosmología es, sobre todo, un “decir” el cosmos: un fenómeno poético que aspira a contener la imagen del todo; del todo como orden. Para ilustrar esta sensación, leeré ante vosotros los primeros “versos” de una obra de divulgación que me subyugó hace ya bastantes años (1982): Cosmos, de Carl Sagan.

         Después leeré poesías de Michio Kaku sacadas de su libro Parallel Worlds: y “veremos” lo que cree hoy la Ciencia que es la caja esa hiper-ordenada donde estamos ahora mismo: eso del “cosmos”.

         El desafío para los físicos es hoy, al parecer, más fascinante que nunca. Y es que estaría la Humanidad (en este justo momento) a punto de encontrar la “Teoría del Todo”: una ecuación de no más de una pulgada de longitud que expresaría el orden total: la ley a la que obedece todo lo que existe.

         Pero ya he adelantado que voy a sostener que una cosmología es más un “decir” que un “saber”, o “conocer” (Cosmología no es cosmosofía). José Ferrater Mora, en su límpido Diccionario de Filosofía, habla de “construcción de modelos de universo que sean a la vez lógicamente coherentes y no incompatibles con los datos fundamentales de la ciencia experimental de la Naturaleza”. Lógicamente coherentes…

         Pero: ¿cuántos modelos de universo, o de cosmos, están por llegar? ¿Cuántos datos quedan todavía por ser recibidos? ¿Y si fueran infinitos? ¿Y si fueran caprichosos, desordenados, libres?

          Más todavía: la pregunta crucial: ¿estamos en un cosmos (orden feroz e inapelable); no no?

     

         Dando por válido que lo que hay es un “cosmos”, un orden absoluto, una hiperlegalidad ubicua (posibilidad que por cierto sobrecogió a Schopenhauer en algún rincón de su obra), habría algo “cosmizado” cuyo nombre sería “cuerpo”.

         Yo me voy a ocupar en mi conferencia, específicamente, del “cuerpo humano”. Y lo voy a hacer siguiendo este orden:

         1.- El cuerpo humano como cosa, como parte del cosmos, como individualidad, recortable, en un todo de cosas cósmicas: como cuerpo físico en el modelo de la física actual.

         2.- El cuerpo humano dentro de la metafísica de Schopenhauer. Aquí me ocuparé de la paradoja del cerebro (ese extraño cuerpo físico que está dentro del cuerpo físico humano y, a la vez, ocupando una porción del Cosmos).

         3.- El cuerpo como lugar de pecado o de culto (tantrismo).

         4.- El cuerpo humano visto desde el Hatha Yoga: el cuerpo como lugar de prodigios.

 

         Finalmente explicaré por qué he elegido la imagen que acompaña a este texto. Pero puedo ir adelantando que veo la materia humana que rodea al niño como su cosmos, como un cosmos vivo que le da vida: un medio a través del cual alguien (Algo) le ama; y le configura; y le dirige. Y todo ello sin que el niño (el ser humano/el “dormido” diría Buda) pueda ser consciente de semejante maravilla. En realidad trataré de exponer que, mediante el Yoga, cabría ver, y amar, desde fuera, eso que es nuestro cosmos entero; y eso que es nuestro cuerpo (cerebro/mente incluidos).

         Cabría, mediante la conciencia testigo que facilita el Yoga, ser nuestra propia Madre invisible (o Padre; o ambos a la vez). Y –como dijo Paracelso- utilizar las estrellas, las estrellas de nuestro vientre cósmico, para manejar a nuestra criatura.

 

 

     David López

     Sotosalbos, noviembre de 2009.

        

[1] Jolande Jacobi (editora)/ Epílogo de C.G. Jung (traducción de Carlos Fortea): Paracelso (Textos esenciales), Siruela, Madrid, 2007, p. 90.



Nov 2 2009

Escuela Libre de Filosofía. Conferencia del lunes 2 de noviembre de 2009: “Cosa”.

        desnudo-bailarina-logica-de-leibovitz   

         En esta conferencia voy a intentar dibujar en el aire el concepto –la forma de mente- que se supone relacionado con la palabra “cosa”.

         Para ello voy a apoyarme en dos obras de arte: una fotografía de Annie Leibovitz (la que tiembla sobre estas líneas) y una conferencia de Martin Heidegger titulada “Das Ding” [La Cosa][1].

         La fotografía, como se ve, muestra un recorte, una parcialidad de un cuerpo humano. La he elegido porque se trata de un recorte de la materia visible de una bailarina: una bailarina llamada Julie Worden (Mark Morris Dance Group). Yo he querido imaginar que en realidad se trata de una Maya: de una bailarina metafísica que baila un mundo imaginario (como todos) en la inmensidad del Ser.

         Y es que en ese cuerpo fotográficamente parcelado percibo cierta transparencia, cierta delicuescencia, cierto temblor óntico: su carne de bailarina parece dispuesta a acometer cualquier baile (cualquier mundo), ofreciendo la generosidad de su vacío cósmico para que se despliegue cualquier Logos: cualquier discurso configurador de cosas. Sus manos, que parecen dispuestas a volar cualquier vuelo, por el momento protegen el pecho interior de esa mujer cuyo rostro se nos oculta. ¿Qué se protege? ¿Qué hay ahí detrás, detrás de la piel y la carne y la sangre de ese cuerpo; detrás de las cosas de ese cuerpo-cosa?

         También me interesa esta imagen porque en ella veo abismos ontológicos: las venas, las uñas, un pezón: ¿Son “cosas? ¿De qué cosas están hechas esas cosas? ¿De átomos? ¿De qué están hechos los átomos? ¿De qué está hecha la materia misma; o la energía, si se prefiere esta palabra? ¿Y las cosas de los sueños? ¿De qué están hechas esas cosas?

         ¿Qué es por tanto una “cosa”? ¿De qué están hechas, cómo resisten, las fronteras que separan las cosas? ¿Vemos las cosas tal cual son?

         ¿Qué es lo cósico de la cosa?, se preguntó Heidegger en una conferencia-poesía-creación que pronunció en 1949.

         Como cualquier otro producto lingüístico de Heidegger, esta conferencia es un auténtico desafío para la elasticidad –y la generosidad- de nuestra mente. Pero creo que merece la pena dejarla entrar en nosotros, que baile, que se haga bailarina y nos subyuge un rato; el rato que nosotros creamos oportuno. Heidegger es un creador: el portador-inoculador de un logos especialmente incómodo y poderoso. Un logos arbitrario (como todos) y oscuro (como la tierra oscura de un extraño y narcotizante jardín).

         Analizaré esta conferencia –después de una breve introducción a la filosofía de Heidegger-; y utilizaré la forma de pensar del “Mago secreto del pensamiento” para contemplar, con más detenimiento, la foto de Annie Leibovitz.

         Esa contemplación nos llevará, quizás, a lo que se transparenta por la carne –y por las cosas- de esa bailarina (y de todas las cosas). ¿La Nada? ¿El Ser? Quizás veamos eso que se ve en el silencio. ¿Qué hay detrás de un cuerpo humano cuando no se mira desde una determinada configuración mental? ¿Qué hay ahí detrás en verdad? ¿Qué se puede sentir tocando, oliendo, en silencio radical, un cuerpo humano?

         En el silencio radical de la mente ya no hay “cosas” –ni siquiera en el sentido heideggeriano-, porque no hay sistemas lingüísticos que las instauren. En el silencio ya no hay conceptos –no hay instrucciones mentales- que conviertan nuestros ojos en tijeras esclavizadas. Nuestra mirada (nuestra mente/nuestro cosmos), en el silencio, ya está liberada –tranquila, plena, gloriosa-.

         Según Heidegger, en el silencio se propiciaría el advenimiento: el Ser se contemplaría –o se “escucharía”- a sí mismo en la finitud de un ser humano (de un “estar-en-el-mundo” que va a morir).

         Pero el silencio, aunque propiciador de ese prodigio teológico, desintegraría, no solos las cosas, sino también esas bailarinas que en este curso he llamado “Mayas”; y que serían “determinaciones inesenciales del Ser”, si es que dejo que mi pensamiento piense como el de Heidegger.

         Ya lo he confesado varias veces. Yo amo a las bailarinas lógicas que están bailando para nosotros en este curso de palabras y de mundos. El único silencio que quiero, que quiero ahora, es el que las ayude a ellas a bailar mejor: a actualizar la plenitud de sus movimientos, de sus “Logos”.

         Intento limpiar y agrandar mi mente para que ellas, las bailarinas lógicas, se encarnen. Intento abrir todas las ventanas posibles para que ellas bailen con suficiente oxígeno. Con suficiente vida.

         ¿Por qué? Pues precisamente por amor a la Vida. Por amor a la Magia. Y es que Vida y Magia (Maya en sánscrito) son palabras que significan lo mismo.

 

           

            David López

            Sotosalbos, noviembre de 2009.

           

[1] Heidegger, M.: Vorträge und Aufsätze, Verlag Günther Neske, Pfullingen, 1954. En español: Conferencias y artículos (trad. Eustaquio Barjau), Ediciones del Serbal, Barcelona, 1994.



Oct 19 2009

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos: “Concepto”.

 

arbol-helado 

            Génesis 2.16-17: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

         ¿Por qué? ¿Qué relación puede establecerse entre el conocimiento y la muerte?

         En esta conferencia me voy a ocupar de lo que haya detrás de la palabra “concepto”. Se supone que la ciencia -el conocimiento- es la incorporación de conceptos a la mente. ¿Eso mata? Para adelantar mi visión sobre lo que es “concepto” voy a utilizar su equivalente en la lengua alemana: “Begriff”. Este sustantivo está relacionado con el verbo “begreiffen”, que es sinónimo de “umfassen”. Algunos de los significados de esta última palabra son, traducidos al español, “coger”, “atrapar”, “capturar”. Sostendré en mi conferencia que los conceptos son capturas. Es el concepto el que captura la mente; y no la mente, a través del concepto, la que captura la realidad.

         Cuando Adán y Eva comen el fruto del árbol de la sabiduría (Génesis 3.6.) pierden el paraíso. Lo pierden porque su mirada está ya tomada –capturada, esclavizada, afeada en definitiva- por los conceptos (el conocimiento). En terminología adecuada al paradigma actual podríamos decir que los cerebros de Adán y Eva, tras la ingestión del fruto del árbol de la ciencia, perdieron plasticidad: que sus recorridos neuronales quedaron establecidos de forma estandarizada, robotizada; y ya no vieron sino aquello que su maquinaria psíquico-conceptual les permitió ver.

         Me permito sugerir la lectura de la crítica que hice de una interesante obra de Jesús Mosterín que lleva por título La cultura humana. Reproduzco aquí, no obstante, algunos párrafos que pueden ser de utilidad para que se evidencie lo que pretendo transmitir (las comillas indican que estoy reproduciendo las frases de Jesús Mosterín):

        

          

“La estructura anatómica y funcional del cerebro está determinada por los genes en todos sus rasgos generales y multitud de detalles, pero una gran parte de las conexiones neurales del cerebro se van formando a lo largo de nuestra vida, como consecuencia de nuestras percepciones y otra interacciones con nuestro entorno, incluidas las que se dan con otros congéneres, sobre todo con nuestra madre y otros familiares durante la primera infancia. A esta capacidad de establecer nuevas conexiones neurales se llama plasticidad cerebral. La plasticidad cerebral es máxima durante nuestra infancia y va decreciendo a partir de la pubertad. El cerebro del adulto está más consolidado y es bastante menos plástico que el del niño.”

                La memoria, en eso de fijar una cultura en nuestro cerebro, será al parecer decisiva:

                “La consolidación de la información en la memoria operativa conduce al establecimiento de circuitos neuronales permanentes mediante el reforzamiento de las sinapsis entre las neuronas que los componen. Esto se lleva a cabo mediante la activación de ciertos genes y la síntesis de nuevas proteínas como la actina, que inducen cambios estructurales permanentes en la morfología de la neurona y su citoesqueleto, en especial, el agrandamiento de espinas dendríticas presentes o la creación de espinas nuevas. Al estimularse por el aprendizaje, las espinas pequeñas se agrandan, lo que a la vez les hace perder plasticidad  y las convierte en el soporte estructural duradero de la memoria a largo plazo […] La cultura es parte de la información retenida en la memoria a largo plazo.”

                Se nos acaba de decir que a mayor cultura en el cerebro (esto es: mayor información retenida a largo plazo) menor plasticidad cerebral: menor capacidad de establecer nuevas conexiones neuronales. ¿Intuía esta desalentadora disyuntiva Krishnamurti cuando recomendaba desaprenderlo todo para alcanzar la libertad verdadera?

 

 

         Ofrezco a continuación la crítica entera para quien esté interesado en profundizar sobre la tensión entre plasticidad cerebral (magia-libertad) y cultura: El autoretrato de Dios en los circuitos neurales de Jesús Mosterín.pdf

 

         A partir de estas concepciones básicas -¡concepciones!- voy a construir mi conferencia. Y lo haré siguiendo este orden:

 

         1.- Introducción: el concepto como captura; como elemento necroseador -¿o es vitalizador?- de eso que sea “la mente” de eso que sea “el hombre”.

 

         2.- “El concepto” desde las filosofías de Kant y de Hegel.

 

         3.- La Firstness de Peirce.

 

         4.- Explicaciones de Vivekananda al segundo Yoga-sutra de Patañjali; el que dice: “Yoga es el control de la mente (chitta) para que no adopte formas (writtis).” Writtis son universos, agitaciones del lago de nuestra mente que impiden ver su fondo. ¿Qué hay en ese fondo?

 

         5.- Y, finalmente, me haré estas preguntas:

 

         ¿Cómo podrían haber regresado Adán y Eva al paraíso, al no conocimiento (a la docta ignorancia)?         

         ¿Cómo desaprenderlo todo para regresar a la Firstness a la que se refería Peirce?

         ¿Cómo alcanzar una mente (un cerebro) con plasticidad infinita?

         Respuesta a estas tres preguntas: con la meditación.

         Pero, ¿qué vemos entonces cuando nuestros ojos no están mutilados (¿preñados?) por los conceptos? ¿Qué se ve en estado de meditación?

         Respuesta: Nos vemos. Y ese espectáculo supera toda posible configuración finita de cualquier mente (cualquier belleza en cualquier universo); porque las engloba todas. Engloba todas las bellezas, todas las bailarinas mágicas (Mayas), que no son sino conceptos que quieren vivir, que quieren bailar, en la inmensidad de nuestra mente.

         Una -solo una- de esas bailarinas es la que saltó desde el Árbol de la Ciencia a los cerebros de Adán y Eva. La materia de aquel árbol de Edén me la imagino blanca, idéntica a la de las estrellas, tal y como aparece en la foto que os ofrezco.

 

 

 

        

         David López

           Sotosalbos, 18 de octubre de 2009.