May 11 2015

Pensadores vivos: E.O. Wilson

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En este texto expongo parte de  lo que ha ocurrido en ¿mi? pensamiento al leer la obra de E. O. Wilson que lleva por título The Social Conquest of Earth, publicada en España por la editorial Debate bajo el título La conquista social de la tierra.

Se trata de una obra de gran belleza en la que el reputadísimo biólogo de Harvard (el “señor de las hormigas”) ofrece lo que él cree que espera recibir aquel que se hace las clásicas preguntas “¿De dónde venimos?”, “¿Quiénes somos?” y “¿Adónde vamos?”. Preguntas éstas que, como todas, llevan ya dentro la presuposición de que se comparte un modelo estático de metafísica (de la estructura visible e invisible donde se cree que está el que las formula).

El sujeto de esos interrogatorios aparece en primera persona del plural y se auto-denomina “ser humano” (“seres humanos” mejor dicho quizás). Este libro de Wilson se abisma en el conocimiento de la esencia de lo humano. Creo que podría ser de interés que alguien (yo ahora no tengo tiempo para ello) intentará relacionar esta obra con la obra maestra de Max Scheler: La posición del hombre en el cosmos. Scheler es más profundo que Wilson porque es filósofo: digamos que es capaz de activar su conciencia por encima del proceso de pensamiento que se despliega ante ella (digamos que está más atento a los hechizos del lenguaje). Wilson es brillante, científicamente impecable (supongo), fascinante (he disfrutado enormemente leyendo su narración de la teo-génesis humana), pero su pensamiento opera imantado por una metafísica que él no problematiza: es un delicioso (y muy saludable) pensador religioso.

Wilson ha incorporado a su narración científica un cuadro de Gauguin, quizás con la intención de mostrar que, gracias a la prodigiosa evolución de la cultura humana, estamos ya en un momento de síntesis gnoseológica  que nos puede llevar a paraísos todavía no imaginados (si es que somos capaces de instaurar una nueva Ilustración, una nueva entronización de la razón empírica). Se trata de un cuadro cuyo título agrupa las tres preguntas clásicas a que antes he hecho referencia, y cuya respuesta cree Wilson haber acercado gracias a su obra. Esta obra termina por cierto de una forma algo insólita, muy bella en cualquier caso: una carta que “El señor de las hormigas” escribe al gran pintor francés. La última frase de esa carta y de esa obra la traduzco así al español:

En nuestro tiempo hemos acercado mutuamente el análisis racional y el Arte, y hemos convertido en socios las ciencias naturales y las Humanidades, y con ello estamos un paso más cerca de las respuestas que tú buscabas.

Creo no obstante que Gaugin no buscaba respuestas a preguntas filosóficas, sino un estado de conciencia pre-paradisíaco donde desplegar el misterio de la creatividad y de la belleza. D.T. Suzuki calificó el Satori (punto culminante del camino del Zen) algo así como lo que sentía Dios antes de decir “Hágase la luz”.

A finales de mayo de 2015 visité con mi hijo Nicolás y con su amigo Ari un minúsculo lago perdido que ardía en las sobrias llamas de la primavera segoviana, bajo ese cielo que, según dijo María Zambrano [Véase], tiene la altura justa. Queríamos coger ranas vivas. No cogimos ni una sola. Ellas nos observaban camufladas entre algas y flores. Las miradas de los niños quedaron muy pronto imantadas por la superficie del lago. El Ser se contemplaba a sí mismo desde todos sus infinitos puntos. Silencio. Olores a rocas, hierva casi seca, manzanillas, robles lejanos. Yo contemplaba a los niños sentados sobre una de las rocas, y contemplaba su mirada, la belleza de su mirada de ocho años; la misma que la de los grandes científicos y los grandes filósofos y los grandes teólogos y los grandes místicos. Todos en realidad siendo una misma forma de ser, de ser un ser humano: mirando con estupor maravillado el despliegue no sustativizable de lo real.

De pronto el silencio fue subrayado por el vuelo lineal de dos velocísimas libélulas. Azules. Translúcidas. Atentísimas a nuestros movimientos (incluso mentales me pareció en algún momento). Y no excluí su ubicación en otra matriz semántica (ver en ellas quasi-hadas… como nos permitiría un pensador tan aperturista como es Patrick Harpur [Véase aquí]).

El día anterior lo habíamos pasado esos dos preciosos niños y yo intentando hacer volar un dron: torpe animal todavía no nacido del todo, no asentado, es de suponer, en ninguna especie biológica. Las libélulas volaban ¿autómatas? de forma prodigiosa, creando una especie de agujero negro de belleza en esa porción de materia que sus códigos genéticos eran capaces de someter, de guiar. Utilizo estos juegos de lenguaje porque son los que permiten, creo, asomarse a lo que parece verse desde la mirada de E. O. Wilson, cuyos hallazgos en el mundo de las hormigas le han parecido de interés para un buen encauzamiento de la especie humana (la única que parece capaz de pecar, en sentido ecológico).

Según el algoritmo ideológico en el que creo que se mueve el pensamiento de E.O.Wilson, el dron y la libélula (y los niños) serían formaciones derivadas de una sola Ley: la ley de la Evolución. Todo máquina [Véase mi bailarina lógica “Máquina”].

Y dentro de ese mismo algoritmo ideológico encontramos también un esfuerzo para conservar la así llamada “biodiversidad”, lo cual exige fundamentar éticamente esa conservación. He encontrado algunos intentos en la preciosa página web de la E. O. Wilson Biodiversity Fundation (http://eowilsonfoundation.org/). Quizás se puedan agrupar en dos ideas:

1.- La utilidad que para la especie humana tienen los millones de especies vivas que existen en este planeta (utilidad sobre todo medicinal, nutricional, etc.).

2.- La propia dignidad, digamos bio-ontológica, de esos seres, todos ellos fruto de la omnipotente e incuestionable (e invisible) Ley de la Evolución; todos ellos -supongo- amenazados de desintegración al estar mutando hacia lo que ahora no son.

Desde el punto de vista puramente ontológico la Ley de la Evolución impide otorgar un ser estático a sus criaturas. Tampoco veo posible otorgar individualidades en la Biomasa más allá de nuestras ocurrencias poéticas y de nuestras necesidades de disponer de esquemas útiles para bracear en el infinito.

Sí creo, no obstante, que debe apoyarse la custodia de la Biodiversidad por un sentido religioso de respeto a lo existente: todo templos mutantes.

Hace años que tenía yo la ilusión de asomarme a la mirada de E. O. Wilson. No sé muy bien cómo y cuándo llegué a él, pero enseguida me cautivó la forma en que decía “beautiful” mientras contemplaba una “simple” hormiga. También me hechizó la narración de su infancia: un niño prodigio asomado al prodigio de “la naturaleza” [Véase], aquietando en ideas (en modelos) la sensualísima gelatina de eso que los científicos llaman “Biomasa”.

La Filosofía, una vez más, me ha regalado algo glorioso: mirar con calma y con verdadero gozo la mirada de Wilson, dejar que se haga Cosmos el infinito ante mí según el Verbo que brota de este gran científico.

He pasado, por fin, varios días dejándome tomar de lleno por ese Verbo. En uno de esos días, poco antes del atardecer, salí a pasear por el campo que se infinitiza frente a mi mesa de trabajo, en Sotosalbos. Quería sentarme junto a un hormiguero y contemplarlo sin prisa, en absoluta soledad, en silencio. Hubo un momento en que la luz roja del sol se reflejó en la quasimetálica piel de las hormigas. Eran los momentos finales del día, pero seguía oliendo a planeta recién creado, recién narrado, recién ilusionado. Elegí un hormiguero especialmente grande, que parecía comunicado con otros mediante una carretera de hormigas muy negras, bastante grandes, todas hécticas, apasionadas, rápidas, sometidas a una tensión que Wilson llama “la correa genética”.

Intenté desactivar los universales [Véanse aquí], diluir los sustantivos (que habría que llamar más bien “sostentivos” porque sostienen el hechizo de que lo real corresponde a la estructura del lenguaje): diluir las fronteras ontológicas que en ese momento obligaban a mi mirada a dividir entre la hormiga individual y las demás, y entre las hormigas como conjunto y el suelo que pisaban, y el vapor invisible de las flores de manzanilla, y la placa sin fondo de un cielo que otros científicos aseguran que nos bombardea con ese tipo de materia cósmica que Aristóteles, entre otros, consideraba no corruptible. Todo junto. Todo uno. Todo nada (nada mágica). Y mi propio cuerpo, tendido en la hierba y en las flores junto al hormiguero. Y mi pensar también. El misterio del pensamiento, que Wilson ubica dentro de la biología, como un efecto más de la sacralizada Ley de la Evolución: una diosa nueva, diosa del cambio perpetuo, de la autoconfiguración infinita. ¿Hasta dónde? ¿Hasta qué?

Para mí es fascinante contemplar la cosmovisión (más bien “cosmo-creación”) de Wilson desde esa multi-cámara extrema que nos ofrece la gran Filosofía. Me parece en cualquier caso que la vía científica (aunque renuncie en la mayoría de los casos a contemplar su propia manera de contemplar, y aunque presuponga casi siempre una metafísica no cuestionada) ofrece sensaciones únicas. Ayer yo, por ejemplo, salí de mis libros, de mis apuntes, de esta pantalla, de la misteriosa sinfonía de “mi” pensamiento, y acerqué todos mis sentidos a la piel misma de la Cosa, de lo que parece presentarse como “objetivo” (de la Vorstellung de la que habló Schopenhauer), que olía por cierto a primavera extrema, a infinita posibilidad, a magia sensual y total.

Dijo Bertrand Russell [Véase aquí] que los científicos son las personas más felices. Puede que tuviera razón. Mirar su mirada mientras ellos contemplan los hechizos del Ser es realmente fabuloso. Se les enciende la cara; es decir: el alma. Puede que el científico, en su doble labor de creador y de contemplador de ideas ya hechas “mundo” (por ejemplo la idea de “hormiga”), esté sintiendo el placer de los dioses demiurgos, de los dioses que crean y contemplan sus creaciones. Todas siempre artificiales; y sacras también, mientras son amadas.

Gracias a Wilson llegué a otro gran experto en hormigas (otro científico-demiurgo). Su nombre es Laurent Keller (universidad de Lausana) y parece haber descubierto una descomunal colonia de hormigas, una especie de divinidad biológica, un no sé si mitológico monstruo con una longitud de 5.760 kilómetros, posado sobre una superficie de planeta que llegaría desde la Riviera italiana hasta el noroeste de la península ibérica. Se habla de un monstruo formado por millones de nidos y miles de millones de “hormigas”, las cuales (si les queremos otorgar individualidad bio-ontológica) se reconocerían entre sí y se aceptarían como si formaran parte de un pueblo, una civilización, donde por fin hubiera reinado la paz (o un cuerpo perfectamente sano donde todos sus componentes vibraran en completa armonía). Me ha parecido leer también que esa quasi-divinidad biológica tiene réplicas de sí misma que se extienden también por la costa de California y la costa oeste de Japón.

Mi pensamiento, ahora, está incendiado por la mirada y la narración de Wilson. Él diría que mi pensamiento es una resultante casual de la Ley de la Evolución, la cual, poderosísima, manejaría incluso el fondo del abismo de mi mente (que no es sino materia muy evolucionada). Mi pensar y mi escribir de ahora mismo no serían míos, sino de esa divinidad, que estaría dentro, sometida a su vez, a la esperada Ley Unificada que algunos científicos esperan elevar a un posición que ninguna religión monoteísta ha conseguido alcanzar jamás. O quizás sí.

Estaríamos dando la razón al Sócrates que habla en el Ion. El propio Wilson, en un impactante experimento, utiliza el cuerpo de una hormiga, sus líquidos, para convertirlos en Verbo biológico vertido en una superficie plana en forma de línea recta, y decirles así a las demás hormigas cuál es el camino a seguir. Una hormiga utilizada por un Dios (Wilson) como instrumento para comunicarse con las demás, para decirles cuál es el camino. Parece que Wilson cree que su experimento de “hablar” con las hormigas lo estaría realizando sometido a las directrices de la diosa Ley de la Evolución (no más que una manifestación de la Gran Diosa que sería la Ley Unificada).

En La conquista social de la tierra Wilson se atreve a narrar el misterio de la irrupción del ser humano en la Materia [Véase mi bailarina lógica “Materia”]. Y se atreve también a hacerlo responsable de un desastre ecológico, negando a la vez su libertad. Estamos ante una terrible contradicción: si no somos libres, no tenemos opción para realizar o no pecados ecológicos. Sería la diosa Ley de la Evolución la que habría provocado, mediante los cerebros humanos, decisiones perjudiciales para otras especies.

Pero Wilson ofrece también un paraíso futuro: un paraíso terreno donde se desplegaría la magia ética, lingüística y artística humana en plena armonía con el resto de las especies vivas. Eso sí: desde la colaboración… desde “lo social”. Se habla de una conquista social de la tierra, aunque en realidad se debería hablar de una conquista social del cielo: una salvación colectiva gracias a la luz de la Ciencia. Preciosa luz, sin duda, para una potente inteligencia utilitarista, pero no para la “ex-teligencia”, la inteligencia que “lee” fuera de sí misma [Véase aquí].

David López

Twitter: @HuertoInfinito


Jun 9 2014

Pensadores vivos: Richard Dawkins

admin

 

Richard Dawkins. Yo creo que la clave de su pensamiento podría estar en la presentación que hace de sí mismo en su cuenta de Twitter. Ahí encontramos la siguiente frase:

Likes science, the poetry of reality.

Tengo la sensación, creciente, de que esa poesía a la que se refiere Dawkins no es de la realidad, sino al revés: la “realidad” es suya, es un producto de su fuerza, de su creatividad. Y es que los modelos de realidad que ofrece la Ciencia (aunque parezca que se verifican, que se prueban) no dejan de ser conjuntos de símbolos, leyendas, fantasías útiles. Todas las fantasías lo son. La poesía científica a la que se refiere Dawkins es creadora de mundos aparentes. Todos los mundos son aparentes. En realidad no estamos en ningún “mundo”. La “realidad” que quieren describir los científicos no cabe en ningún modelo comunicable. Es demasiado grande, demasiado misteriosa, demasiado bella quizás. También lo son ellos, los científicos, vistos desde sus propios modelos de realidad.

La palabra poesía implica siempre creación. Y toda creación presupone algo sacro e imposible a la vez. Sugiero la lectura de mi bailarina lógica “Poesía” [Aquí].

Richard Dawkins es un poeta aupado y encendido por otros. Eso ocurre con todos los poetas. Y desde su mundo poetizado se puede decir que unos seres poderosísimos (las Leyes de la Naturaleza) mueven su cerebro desde dentro y desde fuera para que poetice de una forma ya determinada desde las más insondables profundidades del universo.

Este post está estructurado en dos partes, cada una de las cuales va precedida por un vídeo.

En la primera parte reflexiono sobre su obra The God Delusion [El espejismo de Dios]. Las citas se refieren a la edición española de Espasa (Madrid, 2010; traducción de Regina Hernández Weigand).

En la segunda parte reflexiono sobre la obra The Blind Watchmaker [El relojero ciego].

Primera parte

Dawkins se declara ateo militante. Elimina la “hipótesis de Dios” a la hora de explicar el origen, estructura y desarrollo de eso que no solo los científicos llaman “universo”. Consciente de que el término Dios puede llegar a denominar cualquier cosa, insiste Dawkins en que su ateísmo se refiere a la existencia de un Dios personal, creador/diseñador inteligente del universo e involucrado en su desarrollo, con una especial vinculación con los seres humanos, los cuales no solo serían constantemente vigilados por ese Ser, sino que podrían comunicarse con Él.

Según Dawkins, lo que regula el devenir de lo que hay (del Universo, o Multiversos), y el devenir biológico de una emoción humana, etc., son unas cosas (invisibles) que reciben el nombre de “Leyes de la Naturaleza”. Hay creyentes del cientismo que consideran que estamos cerca de alcanzar un soñado “monoteísmo”, el cual, por fin, nos salvaría del actual caos politeísta (la no total certidumbre) que parecen ofrecer unas leyes de la Física que, funcionando de maravilla cada una en su plano de lo real, no parecen ser compatibles entre sí.

Siendo Dawkins devoto de estas pitagóricas pero (por el momento) algo desordenadas y desconcertantes diosas, su bellísimo hechizo se completa con la ley de la evolución, la cual habría sido enunciada -por así decirlo- en un lugar físico-biólogico-temporal único: el cerebro de Darwin.

¿Cuál es el estatus ontológico de las teorías que surgen de los cerebros humanos? ¿Evolucionarán con el evolucionar de esa materia biologizada en la que cree Dawkins?

Veamos al trasluz metafísico algunas de las ideas que ofrece Dawkins en El espejismo de Dios:

1.- Propósito del libro: “mejorar la conciencia” (p.11). Estamos ante una soteriología, una salvación, otra más. ¿Para salvar a quién de qué? Se trata, parece, de desinstalar modelos de lo real (mundos, imanes metafísicos) porque se suponen nocivos para el ser humano individual y para las sociedades en las que se integra esa individualidad.  Y se trata también, insiste Dawkins, de abrir ventanas para que se pueda acceder a la maravilla de lo real, del “universo”. Dawkins confunde, creo yo, lo “real” con una determinada forma de “aquietar” – de “dar forma”- a la mágica Nada que tenemos delante. Y que somos. Él está fascinado con una Poesía, con un filtro estético, con una determinada hermenéutica del infinito. Belleza. Ese sería el camino a seguir. Recordemos el sublime discurso de Diótima en el Banquete de Platón. Sigamos el camino de la belleza, de la magnificencia y, sobre todo, del conocimiento (la Verdad interiorizada). Y Dawkins señala ese camino: “Los capítulos 1 y 10 comienzan y finalizan el libro al explicar, de distintas formas, cómo un entendimiento apropiado de la magnificencia del mundo real, mientras no se convierta en religión, puede asumir el papel inspirativo que histórica e inadecuadamente ha tenido la religión” (p. 14). De eso se trata, de “inspirar”, de empujarnos a volar hacia la Belleza. De emocionarnos. La materia se emociona a sí misma. O la energía. O lo que sea.

2.- La religión como vicio (p.17). Dawkins considera religiosa la actitud intelectual de creer en algo que no se puede verificar o que es manifiestamente “irracional”. Pero desde, al menos, los experimentos filosóficos del Círculo de Viena, sabemos que no podemos verificar nada. Que todo es metafísica, especulación. Lakatos ni siquiera nos permitía refutar una teoría científica “falsa” con otra “verdadera”, porque no podemos nunca saber si esta última es verdadera y, por lo tanto, si sirve para verificar la anterior. Pero en cualquier caso, como apuntó Popper, la Ciencia da por supuestas cosas que ni ve ni puede probar. Popper habló de la religión de la Ciencia. Espero algún día escribir una obra útil sobre esta fascinante religión.

3.- Todo es “natural”. No habría nada “sobrenatural”. “Si hay algo que parece que está más allá del mundo natural tal y como hoy imperfectamente se conoce, esperamos conocerlo finalmente e incluirlo dentro de ese mundo natural” (p. 23). Tengo la sensación de que Dawkins entiende por “mundo natural” todo aquello que pueda recibir un asiento lógico, un puesto, en la matriz poética, en la preciosa leyenda que vibra en eso que él mismo llama “conciencia”. La suya. Si es que podemos hablar de conciencias individualizadas. Pero, ¿no son según Dawkins los modelos falsos o “sobrenaturales” fenómenos al menos cerebrales y, por lo tanto, reales en cuanto realidades biológicas/físicas de la naturaleza? ¿No afirma Dawkins que los pensamientos, sentimientos, ilusiones, fantasías “humanas” no son sino procesos químicos? Y, sobre todo: ¿cómo podemos salir de nuestros ojos-cerebros para “ver” si lo que ese sistema ve es “lo real”? Imposible no tener presentes (al menos) a Berkeley y a Kant si, al pensar, queremos ser serios.

4.- “La madre de todos los burkas” (pp. 386-400). Es el nombre del último capítulo de este interesantísimo libro de religión, de este biológico producto de la evolución y del big bang y de las leyes naturales y ¿de qué más? “Uno de los espectáculos más desgraciados que se ven en nuestras calles hoy en día es la imagen de una mujer envuelta en ropas negras e informes de la cabeza a los pies, mirando al mundo exterior a través de una diminuta abertura” (p. 386). Utiliza Dawkins esta imagen no solo para mostrar los a su juicio miserables efectos de las religiones clásicas, sino también para dar cuenta de que nuestros “ojos ven el mundo a través de una franja muy estrecha del espectro electromagnético” (p. 386). Tenemos aquí una afirmación de fe, un dogma religioso. No sabemos si vemos el mundo, si hay algo ahí fuera, objetivo, ordenado, preparado para ser conocido, esto es: sistematizado en un modelo lingüístico comunicable entre individuos en principio humanos. Cree Dawkins que gracias a la Ciencia esa abertura se puede ampliar, lo cual nos daría acceso al glorioso paraíso estético (y práctico) del “universo natural”, de lo que hay de verdad, fuera de las deformaciones provocadas por la irracionalidad, por la religión, por el error. Pero ese modelo de individuo recortado en la masa cuántica del universo, observando el resto del universo como desde una atalaya exterior, es insostenible desde el propio modelo físico/metafísico (es lo mismo) en el que cree Dawkins. Un modelo que habría tenido varios profetas, pero sobre todo uno: Darwin: “Darwin se apoderó de la ventana del burka y le dio un tirón para dejarla abierta, permitiendo el paso de un flujo de entendimiento cuya deslumbrante novedad y cuyo poder para elevar el espíritu humano quizás no tuvo precedentes -a menos que fuera la compresión de Copérnico de que la Tierra no era el centro del Universo” (p.392). Pero, ¿qué es entonces eso de “espíritu humano”? ¿Qué es eso de “elevarle”?

5.- La liberación final, la entrada al paraíso cientista. “Estamos liberados por el cálculo y la razón para visitar regiones de posibilidades que una vez parecieron sin destino o habitadas por dragones”.

Fascinante.

El problema es que cualquier modelo de aquietamiento de la magia infinita que nos rodea (y que nos constituye) puede ser reducido al absurdo en cuanto se lo observa con detenimiento. Pero ocurre que hay modelos (y métodos) que tienen tanta belleza que enamoran (solo nos mueve el Eros, como bien supo ver Platón). Y cuando alguien está enamorado no se puede razonar con él. Cierto es que los que estamos enamorados de la Filosofía (del razonamiento extremo, de la magia extrema, de la mirada que quiere verlo, pensarlo y sentirlo todo; incluso a sí misma) tampoco nos dejamos reducir al absurdo en el que, sin duda, desplegamos nuestros sueños e ilusiones, nuestro infinito erotismo.

Sagrado absurdo.

¿Es Dios un espejismo? Sí, claro, como lo es todo lo que ex-iste [Véase mi bailarina “Existencia” aquí]. También es un espejismo ese “universo” (evolucionando en el tiempo y sacando de su carne a los seres humanos y sus teorías) del que habla Dawkins. Son espejismos creados por la Nada Mágica en la pantalla de las conciencias en las que ella misma se puede autodifractar. Por decir algo desde el lenguaje. Lo dijo el Maestro Eckhart en el siglo XIV: “que exista Dios y que exista yo es porque yo lo he querido”. ¿Qué es ese yo, esa subjetividad abisal?

Desde la leyenda cientísta de Dawkins se podría decir que Dios es un espejismo de la materia, un prodigio surgido de esa cosa fabulosa, todavía no conocida, que llaman “naturaleza”, capaz de crear modelos no naturales sobre sí misma. Capaz de crear hombres, conciencias y Dioses.

No descartemos, por tanto, que en ese universo haya inteligencias que no detectemos y que pudieran estar ejerciendo de Dioses con nosotros. Y no descartemos tampoco que estemos siendo amados con inimaginable intensidad. Tampoco descartemos que cualquier cosa que miremos no tenga absolutamente nada que ver con lo que creemos que estamos mirando.

Segunda parte

Richard Dawkins me fascinó en mi adolescencia con su libro The selfish gene [El gen egoísta]. Ya solo por haberme provocado esa -pasajera pero maravillosa- sensación debería estarle eternamente agradecido. Y es que en aquel entonces sentí yo que alguien, ya de verdad, por fin, había encontrado la explicación a lo que está pasando, al menos entre los seres vivos, que eran los que más me importaban.

Y en el fondo de todo eso que contaba Dawkins había unos seres maravillosos, entre abstractos y reales, poderosísimos y egoístas sin saberlo: prodigiosos robots biológicos: los “genes”. Duendes mecánicos.  Otra ocurrencia poética con enormes posibilidades explicativas.

Pero los años pasan y los ojos se van dilatando, a la vez que las texturas de todos los discursos, de todos los modelos de totalidad, se van haciendo cada vez más transparentes, más coherentes con eso que dijo Shakespeare: “Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños”.

El vídeo que he colocado en el cielo de este texto lleva por título “Enemigos de la razón.” Se trata de un precioso auto sacramental en el que Dawkins, con extraordinaria buena fe, muestra los “horrores”, los “disparates”, que se derivan de un alejamiento de la Ciencia, entendida como culto a la razón y a los hechos verificables. Las religiones, y las supersticiones (la New Age por ejemplo) nos alejarían de un camino que promete enorme belleza, justicia social, felicidad, verdad… Por todo merece la pena luchar (intelectualmente). ¿Quién no lucharía por algo tan fabuloso? Y hay que combatir contra los enemigos de la razón, los cuales, según reza el subtítulo de este documental, serían a la vez “esclavos de la superstición”.

La superstición sería creer en lo no verificado. La Ciencia, creo yo, cree en lo no verificado. Es otra superstición, pero necesaria, útil, en un determinado “nivel de conciencia” (expresión ésta que me produce mucho rechazo intelectual, pero que ahora creo necesario utilizar).

Dawkins ha publicado muchas obras desde El Gen Egoísta (1976). Hay una de ellas –El relojero ciego- que, según su propio autor, ofrece un “filosófico capitulo”. Es el primero y lleva como título “Explicar lo muy improbable”. Eso sería un ser vivo según Dawkins: algo muy improbable, complejo (consta, a diferencia de una estrella, de muchos elementos no homogéneos) y hábil (capaz de mantenerse vivo, de “no revertir a un estado de equilibrio con el medio ambiente”.)

Cree no obstante Dawkins que esos seres son explicables, aplicando el “reduccionismo”: reduciendo el objeto de estudio a sus piezas más simples, más conocidas (reducir lo desconocido a lo conocido).

Esta euforia epistétima le lleva quizás  a Dawkings a comenzar su Relojero Ciego así:

“Este libro está escrito con la convicción de que nuestra propia existencia, presentada alguna vez como el mayor de los misterios, ha dejado de serlo, porque el misterio está resuelto. Lo resolvieron Darwin y Wallace, aunque todavía continuaremos añadiendo observaciones a esta solución, durante algún tiempo.”

Estamos por tanto ante el final de una búsqueda. Ya sabemos lo que pasa, por qué estamos aquí, qué somos, etc. O, por lo menos, ya sabemos cómo saberlo (como si alguien supiera de verdad qué es eso de “saber”).

Dawkins, en la tradición cientísta de Francis Bacon, cree que ya tenemos la herramienta fundamental para avanzar en el conocimiento de lo real y, a la vez, para instaurar una ética humanística alejada de oscuras/erróneas/peligrosas creencias, como por ejemplo la creencia en la existencia de Dios (el cual, creo yo, si existiera no sería Dios; aunque no debemos descartar que una inteligencia -y un corazón- ubicados en un nivel no perceptible ahora por nosotros, pero sin llegar a ser el fondo total de lo real, nos estuviera amando sin límite, y nos estuviera inoculando realidad): me estoy refiriendo a algo así como “un dios menor” (o varios).

Herramienta. Lo fascinante de El gen egoísta era precisamente que Dawkins parecía demostrar que los genes, desde un egoísmo radical pero inconsciente, utilizaban el cuerpo humano como una herramienta para su supervivencia. Cabría preguntarse si esos seres tan pequeños y tan decisivos no serán a su vez herramientas de algo más profundo, y más decisivo. Dawkins parece dispuesto a considerar que en cualquier nivel de observación (el que permite ver y teorizar los genes, por ejemplo), cabe seguir profundizando, pero que hay un momento en el que él, como biólogo, se tiene que retirar y dejar paso a los físicos.

Pero los físicos, a su vez, no solo están hoy en día en un huracán de fantásticas teorías verificables y contradictorias entre sí, sino que sueñan con encontrar una ley única que lo mueva todo. Supongo que en ese todo estará también el movimiento (¿mecánico?) del cerebro de Dawkins y su tendencia a generar teorías sobre lo que hay de verdad; y lo que no hay.

Schopenhauer también habló de un fondo inconsciente y egoísta en el mundo (en el mundo como representación, esto es: como creación nuestra). Pero Schopenhauer, que fue un gran filósofo, no habría aceptado la antifilosófica frase, la opiácea frase “el misterio está resuelto”.

Creo que merece la pena retener esta cita del gran filósofo alemán:

„ […]wir in ein Meer von Räthseln und Unbegreiflichkeiten versenkt sind und unmittelbar weder die Dinge, noch uns selbst, von Grund aus kennen und verstehn“.

“[…] estamos hundidos  en un mar de misterios e incomprensibilidad y de forma inmediata ni las cosas ni a nosotros mismos conocemos y entendemos a fondo.” (La traducción, muy mejorable, es mía).

Esta cita  la encontramos en el capítulo “Magnetismo animal y magia” de su obra Sobre la voluntad en la naturaleza (Vol. IV, p. 109, de la edición de Hübscher, 1988). Y la escribió Schopenhauer para advertir a los ilustrados cientistas del siglo XIX de los peligros de su credo, de dar todo por cognoscible y “racional”. Así quiso el gran filósofo abrir una puerta a la legitimidad de la magia (de lo paranormal), contra lo cual Dawkings, en el documental que precede este texto, lanza toda su artillería poética. De buena fe, y con un impecable gesto de respeto hacia “los enemigos de la razón”.

Ojo. Dawkings dice también que la Ciencia es la más bella poesía sobre el universo. Es cierto. Y la poesía es básicamente creación… En este sentido expansionista hay también una afirmación suya que dice algo así como que los científicos siempre están abiertos a nuevas posibilidades, reconsiderando una y otra vez nuestro concepto de realidad.

Ofrezco a continuación algunas ideas especialmente interesantes que he encontrado en el “Relojero ciego”, y que estructuran ese “concepto de realidad” donde parece desplegarse el pre-poetizado pensamiento de Dawkins (las citas que ofrezco se refieren a la edición española  de Labor, Barcelona, 1988; traducción de Manuel Arroyo Fernández):

1.- “Este libro está escrito con la convicción de que nuestra propia existencia, presentada alguna vez como el mayor de todos los misterios, ha dejado de serlo, porque el misterio está resuelto. Lo resolvieron Darwin y Wallace […]” (Prefacio, p. VII). Este verano en un Ashram de Yoga perdido en un onírico valle de Baviera escuché también esta anti-filosófica afirmación (obviamente desde una devoción distinta, desde un culto hacia otros dioses-lógicos). El temblor y la duda solo lo resisten los grandes pensadores (Kant, Schopenhauer, Nietzsche, María Zambrano…). Y también la gente no intelectualizada (la gente “de la calle”). Dawkins no es un gran pensador, ni gente “de la calle”, pero sí un gran poeta. Él no sabe lo que dice (como el Ion de Platón); sino que está tomado por dioses que se sirven de él para inocular sus hechizos en las mentes humanas. Por decirlo de alguna forma.

2.- Las máquinas como “objetos biológicos” (p. 1) o “seres vivos honorarios” (p. 8). Es un tema especialmente fascinante para mí. A él me he referido en mi diccionario filosófico. La bailarina lógica “Máquina” (que se presenta todavía muy oscura para mis lectores y alumnos) se puede contemplar desde [Aquí]. Quizás valga con decir que la ontologización de la máquina como algo “artificial” presupone un dualismo que eso de “la Ciencia” en general no admite. Desde ese Credo un ordenador no estaría hecho por los seres humanos (ni sus teorías sobre lo real tampoco) sino por esas Leyes que mueven su biológico-físico cerebro. O dicho de otra forma: el cerebro humano (como los genitales humanos) serían máquinas al servicio de algo cuyo poder no sería desactivable.

3.- El culto a lo útil. Dawkins es inglés, es práctico, rinde culto a la franciscana navaja de Ockham (para explicar un fenómeno hay que utilizar el menor número posible de elementos… simplificar, reducir…). Creo que merece la pena reproducir aquí un largo párrafo de Dawkins (no tengamos prisas filosóficas; leamos con serenidad):

“Los físicos, naturalmente, no dan por supuestas las propiedades de las barras de hierro. Preguntan por qué son rígidas, y continúan descendiendo algunos escalones más, hasta llegar a las partículas elementales y los quarks. Pero la vida es demasiado corta para que la mayoría de nosotros sigamos su camino. En cualquier nivel determinado de una organización compleja, pueden conseguirse explicaciones normalmente satisfactorias descendiendo uno o dos escalones desde nuestro nivel inicial, pero no más. El comportamiento de un motor de coche se explica en términos de cilindros, carburadores y bujías. Es cierto que cada uno de estos componentes descansa en lo algo de una pirámide de explicaciones a niveles inferiores. Pero si me preguntan cómo funciona un motor coche la gente pensaría que soy algo sofisticado si contestara en términos de las leyes de Newton o de las leyes termodinámicas, y completamente oscurantista si contestara en términos de partículas fundamentales. Sin duda, es cierto que, en el fondo, el comportamiento de un motor de automóvil se explica en términos de interacciones entre partículas fundamentales. Pero resulta mucho más útil hacerlo en términos de interacciones entre pistones, cilindros y bujías” (pp. 9-10).

¿Util para qué?, me pregunto. ¿Para mantenerse vivo? ¿Para ser felices en cuanto especie biológica?

Estamos justo ahora en un lugar crucial para ejercitar la lucidez filosófica. Dawkins parece satisfecho subido a esa pirámide (ese templo) de científicas explicaciones (siempre en movimiento, eso sí, pero siempre ofreciendo solidez suficiente como para vivir relativamente tranquilo). En realidad cada uno de los niveles de esa pirámide está construido con explicaciones tambaleantes, con frases, con sustantivos que presuponen que lo que hay está dividido en lo que esos sustantivos obligan a ver (universo, estrellas, cuerpos vivos individualizados, células, quarks… leyes matemáticas…) La necesaria existencia de estos radicalmente invisibles seres la han teorizado muy bien (de forma muy pragmática) Putnam [Véase] y Quine [Véase] con su “compromiso ontológico”: necesitamos dar por reales esos entes pues las teorías que los dan por reales nos funcionan muy bien. Pero una cosa es que los elementos de una explicación sirvan para la existencia y eficacia de la explicación, y otra que esa explicación, su modelo-mundo implícito, refleje lo que de verdad hay, lo que de verdad está pasando: que refleje el sublime océano de misterios al que se refirió, entre otros grandes, Schopenhauer.

Filosofar es ser capaz de oler (y quizás amar) ese océano a través de la textura de todos los mundos que se presentan como reales en eso que sea “la mente humana”. Y Filosofía es también ser capaz de ver esos mundos artificiales como fabulosas obras de arte. Creo yo.

Dawkins, que en el video que vuela sobre este texto aparece como guerrero en una guerra santa contra las “religiones” (contra los enemigos de la “Razón”), está tomado a su vez por la (irracional) religión de la Ciencia. Pero todas las religiones, incluida ésta, tienen grandes pensadores atrapados, y fecundados, en sus leyes físicas (en sus reglas del juego discursivo, diríamos desde Wittgenstein).

La “verdad” de esta religión de la Ciencia no se puede medir por su eficacia “física” (dentro del mundo “físico” que ella misma describe). Otras religiones (el islam v.gr.) es también enormemente eficaz: entra con mucho poderío en la matriz fundamental donde anidan todas las “verdades”: la mente humana (por llamar ese sitio de alguna forma). Es ahí adonde se dirigen todos los Verbos (el de Dawkins incluido). Si no es así, ¿por qué habla y escribe tanto? ¿Para qué el vídeo? ¿No presupone toda teoría sobre lo real un destinatario que pueda acogerla y, por así decirlo, darle la “vida”?

“¡Hágase la luz!”  sería algo así como la activación de un modelo de mundo dentro de una mente, adoptando el status de Verdad, ya encarnada, ya sentida. Al principio era el Verbo, sí, pero ese Verbo requería ser creído, vivificado por la luz de la “verificación”.

Dawkins está inmerso en una guerra santa. Pero lo cierto es que -como Russell [Véase]- es consciente de que el odio es estupidez (“yo no odio a nadie”, le dice Dawkins al fundamentalista islámico que aparece en el vídeo). Ibn Arabí también apuntó a esa religión universal desde el cerebro y el corazón del Islam. La Filosofía, como palabra, como cuerpo, lleva en su primera parte el concepto de “amor”.

Que siga por tanto Dawkins luchando contra los enemigos de la Razón (de la suya), pero que lo haga con amor: los enemigos contra los que hay que guerrear serían constructos de palabras, frases, virus poéticos, ideas no aptas para el templo de lo humano. Pero nunca personas.

Guerra santa de ideas contra ideas. La guerra de los mundos. Librada en el interior de eso que sea “la mente humana”.

David López

Sotosalbos, a 23 de junio de 2014

Twitter: @HuertoInfinito