Mar 8 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 8 de marzo de 2010: “Materia”.

 

       “Materia”.

       Una palabra.  “Materia” solo -¿solo?- es una palabra.

       Proviene del griego hyle. Este símbolo permitía transmitir y compartir tribalmente un modelo de mente, un concepto: algo así como el que nosotros sentimos con el símbolo “madera cortada” o, también, “materia prima con la que hacer cualquier cosa”. En latín el símbolo fue materia, y el concepto a él asociado sería algo así como “madera para cualquier tipo de construcción”.

       ¿Y qué se construye con la materia? ¿El mundo? ¿Es el mundo una suma de cuerpos materiales que bailan y mutan, esclavizados, al son de unas leyes que lo explican, o que podrían explicarlo, todo?

       ¿De qué está hecho un sueño por fin conseguido? Me refiero, por ejemplo, a un beso en los labios de una mujer amada, deseada años atrás. Un beso junto a un lago italiano. ¿Está ese beso -y los corazones y las fantasías en él entrelazados- constituido por átomos muertos sometidos a leyes físicas tan implacables como muertas?

       ¿Por qué la mayoría de las metafísicas tienen pavor a la vida, a la libertad, a la creatividad de Dios y a la de los hombres?

       ¿De qué está hecha la materia de los sueños?

       Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

       Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

       Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real. Shakespeare escribió esto en la primera escena del cuarto acto de La tempestad:

          Our revels now are ended. These our actors,
          As I foretold you, were all spirits and
          Are melted into air, into thin air:
          And, like the baseless fabric of this vision,
          The cloud-capp’d towers, the gorgeous palaces,
          The solemn temples, the great globe itself,
          Ye all which it inherit, shall dissolve
          And, like this insubstantial pageant faded,
          Leave not a rack behind. We are such stuff
          As dreams are made on, and our little life
          Is rounded with a sleep.

         Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada por un dormir.

         Cabe preguntarse: ¿quién –o qué- duerme en ese dormir que envuelve todas las vidas? Y, sobre todo, ¿ese soñador es creador? ¿Cabe moldear la materia o está ya eternamente sometida a leyes?

         En mi conferencia, tras esta introducción, trataré el concepto de materia siguiendo este orden:

         1.- La materia en la física presocrática.

         2.- La materia en Aristóteles: “aquello con lo que algo se hace”.

         3.- La  materia en el pensamiento cientista y en el pensamiento mágico.

         4.- La materia en Schopenhauer. Gnósticos y maniqueos. La materia es el Mal.

         5.- El materialismo desde Descartes. Los Charvakas de la India antigua.

         6.- La materia en el siglo XX.

         7.- La materia en la metafísica Samkya: el sufrimiento y la esclavitud derivan de identificarse con la experiencia psíquico-mental (la prakriti o materia).

         Finalmente compartiré sensaciones. Sería para mí un privilegio que los asistentes a mi conferencia sintieran lo que yo siento ante la materia. Para ello quizás sean de utilidad estas ideas:

       1.- Creo oportuno diferenciar entre materia como “masa” informe con potencialidad para adoptar formas (lo que para los neoplatónicos era un receptáculo sin medidas ni cualidades) y materia como “lo que llena el espacio”, o “conjunto de cuerpos físicos”, o “variaciones de densidad en un campo unificado”, etc. La primera concepción de “materia” sugiere una especie de nada que podría ser cualquier cosa. La segunda es ya un algo legalizado. Veo más vida en el primer tipo de materia, aunque para los neoplatónicos fuera el mal (como para los pitagóricos).

       2.- Si la materia es esa masa in-formable, cabría imaginar una “masa” prodigiosa que tuviera, a la vez, infinita potencialidad (infinita capacidad para adoptar formas, para ser una natura naturata) e infinita potencia creativa (natura naturans). Esa “masa” prodigiosa sería Dios –el Dios metalógico-: siendo Nada puede fabricar consigo mismo cualquier mundo.

       3.- Creo que los términos Materia, Maya y Magia significan lo mismo: nombran la esencia del espectáculo que se presenta ante nuestra conciencia. Y en ese espectáculo estarían incluidos nuestros pensamientos y nuestro propio yo tanto psíquico como óptico (lo que aparece ante los espejos, lo que vemos en las fotos, la parte de cuerpo visible desde donde están nuestros ojos…). Estoy de acuerdo con Schopenhauer en que somos los secretos directores de esas obras de teatro.

       4.- Según lo anterior me considero materialista. Amo la materia. Amo la textura –a veces feroz- de este sueño prodigioso. Mi rechazo al materialismo, digamos, dualista (el que distingue entre materia y espíritu) se deriva de su desprecio hacia los mundos. Creo que cabe amar a Maya sin perderse en ella. Mejor dicho: sólo desde “fuera” se la puede amar de verdad.

       5.- En estado de meditación podemos contemplar la materia pura. O casi pura. Nuestra conciencia siente que esa nada podría autoconfigurarse en cualquier mundo imaginado: podría ocurrir cualquier Creación. En mayúscula.

       Vuelvo a aquel sueño en el que pude echar a volar desde la escalera de mi infancia. ¿Qué sentí en realidad mientras acariciaba ese vegetal onírico, mientras respiraba el aire y la luz de mi propia imaginación?

       Sentí estupor maravillado. Eso es lo que, según los filósofos, ofrece la Filosofía. La Filosofía con mayúscula.

       David López

       Madrid, marzo de 2010.


Jan 25 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 25 de enero de 2010: “Humanidad”.

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         Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa.

         En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

         Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

         Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

                        Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

         Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que me propongo estudiar -gozar y sufrir- con vosotros, queridos filósofos, en mi conferencia.

            Se me ocurre ya una definición:

         “Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

         Sobre qué sea un “ser humano” me ocuparé otro día. Baste por el momento la imagen que ofrece de forma espontánea el tejido lingüístico que ahora nos une.

         En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de nuestro “Diccionario de los mundos”. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

 

         En mi conferencia trataré los siguientes temas, siempre desde una perspectiva fundamentalmente filosófica:

 

        1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.           

        2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

        3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

        

        4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

        

        5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

        

         Finalmente, expondré mis propias ideas. Ofrezco ya este resumen:

 

         1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

         2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

         3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

         4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

         5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

 

         Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

         En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

         Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

         Eso es la Humanidad.

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.

           

 

           

 

           

           


Dec 14 2009

Escuela libre de Filosofía. El diccionario de los mundos. Conferencia del 13 de diciembre de 2009: “Fe”.

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         Unamuno cosió esta frase en el tejido de mitos de que dispone ese precioso mito que llamamos “Humanidad”:

         “La fe no es creer en lo que no se ve; sino crear lo que no se ve”.

         Hay otra frase suya que dice más –más si cabe-: “Creer es crear”. ¿Debemos incluir también lo visible en lo creable? ¿Qué es lo visible, por cierto? ¿No es algo que está ahí, siempre, cosmizado, independiente de lo que quiera creer o no el ser humano?

         La verdad es que parece que hay algo exclusivo del “ser humano” que ofrece posibilidades aterradoramente fértiles. Ese algo es de lo que pretendo ocuparme en esta conferencia: la fe.

         “Tú ten fe y verás cómo consigues lo que estás soñando”.

         ¿Qué es esa fuerza descomunal? ¿Dónde se ejerce, en qué espacio? ¿Dentro de nuestra mente? ¿Dentro de la mente de Dios? ¿Hay diferencia entre ambas?

         La palabra fe se ha considerado en ocasiones como un tipo de creencia que se circunscribe a lo religioso. Pero, ¿qué es lo religioso? ¿Lo religioso es tomar conciencia de un vínculo con la Omnipotencia, con lo divino, con nuestro yo esencial –único-?

         ¿Se puede crear al propio Dios, en tanto “Dios existente” (yo le llamo “Dios lógico”), como aseguraron el Maestro Eckhart y el maestro Feuerbach?

         La foto que he elegido para esta conferencia muestra a un grupo de hombres construyendo –soñando/creyendo- un andamio en un espacio que parece infinito. Es una imagen que me produce un extraordinario sobrecogimiento estético y metafísico. Y es que veo en ella un sumatorio que resquebraja mi mente y la deja con olor a infinito; mejor dicho: a infinita creatividad. Si efectivamente nuestra fe, o nuestra voluntad de crear, tienen efectos creativos -configurativos de realidades objetivas-, cabría visualizar en un todo armónico la suma de los actos de fe de todos los seres humanos: de todos los que existieron y existirán (si es que insistimos en atribuirlos a ellos –a nosotros- esa facultad excepcional de creer/crear).

         Uno de los obreros -uno de los creyentes- de la foto parece estar fabricando el propio sol, el propio Dios sol, o a lo mejor el sol como esfera ígnea dentro del dibujo mítico que la ciencia hace todavía del universo. Ese obrero, en cualquier caso, parece estar creando un “sol”: un decisivo foco de fuerza en el todo en el que él cree. 

         Trato de imaginar el rugido final de todos los actos de fe, de todas las creencias. Y trato de pensar cuál puede ser la energía genésica resultante de ese gigantesco coro de sueños. Quizás cabría ver ahí la Creación con mayúscula, siempre viva, siempre fertilizando la nada; ubicua y omnipotente, pero autodifractada, en cada ser humano que es capaz de creer/crear: de tener “fe”.

         Schopenhauer, en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza, incluyó un sorprendente capítulo titulado “Magnetismo animal y magia”. Una sola convicción ilumina todas las frases de este capítulo. Es ésta: el ser humano tiene acceso en su interior a la omnipotencia: a algo capaz de dejar en suspenso las leyes de la naturaleza y provocar fenómenos imposibles. Pero para ello hay que creer, creer, por ejemplo, que una barra de metal puede curar (mesmerismo). Basta con creer. Y con imaginar. Creer en que lo imaginado puede fecundar la nada.

         Imaginación. Fe. Omnipotencia. Realidad.

         Pero, ¿quién/qué cree en nuestro creer? ¿Quién sueña en nuestro soñar? ¿Cuánto hay todavía por crear? ¿Es el ser humano, como pensó Sartre, una nada que se tiene que configurar a sí misma, darse sentido a sí misma ante la obvia inexistencia de Dios?

 

         El objetivo de mi conferencia será, sobre todo, compartir el sobrecogimiento que me produce imaginar, atisbar, el sumatorio de actos de fe de todos los seres humanos, el estruendo de esa descomunal catarata de actos de fe (de sueños). Para ello creo que será útil abordar de forma ordenada los siguientes temas:

 

          1.- Fe versus razón (modelos de fe en conflicto).

         2.- Filosofía de la fe: Friedrich Heindrich Jacobi. (En español tenemos esta interesenate edición: Cartas a Mendelssohn y otros textos / Friedrich Heinrich Jacobi ; prólogo, traducción y notas de José Luis Villacañas, Círculo de Lectores, Barcelona, 1996.)

          3.- La fe en el pensamiento de Unamuno.

          4.- Gianni Vattimo: Creer que se cree[1].

 

         Por último expondré mi propia visión de ese poder que parece estarse manifestando en cada rincón de lo existente; de lo existente al menos para eso que sea el “ser humano”.

         Mis ideas básicas se han desplegado, supongo que casi algorítmicamente, a partir de estas palabras de la Biblia: “Si no creeréis, no existiréis” (Isaías VII, 9)[2].

 

-         Toda existencia (toda Maya/ toda bailarina) requiere fe (fe en que existe lo objetivo). Y dentro de lo existente estarían esos hombres a los que da el aviso el citado párrafo de la Biblia: si ellos no creen, no hay existencia, y sin existencia no existen ni ellos mismos: los seres humanos. Ellos deben creerse que su ser es ese: que son seres humanos fenoménicos, ahí, en los existente. En lo objetivo.

-         Tener fe es creer en que lo que no se ve (postularlo). En este sentido la ciencia siempre exige actos de fe. Popper habló de la religión de la ciencia.

-         Sin fe (sin creación en definitiva) no existiría lo existente, lo objetivo: no habría ninguna bailarina bailando ningún cosmos ante ningún sujeto. La fe, cuando es creadora, es la antítesis de la sabiduría (de la iluminación si se quiere). La sabiduría, cuando es absoluta, diluye el dualismo sujeto-objeto: incinera los mundos en la hoguera de la nada.

-         El regreso a la Nada requiere la ausencia absoluta de fe: un nihilismo radical que permitiría, utilizando una expresión de D.T. Suzuki, estar con Dios antes de que Él dijera “hágase la luz”.

-         Pero ahora, ahora que escribo esto, hay algo; y ese algo, en caso de que efectivamente la fe sea creadora, habría que considerarlo fruto de la fe: de la fe de alguien… ¿nuestra en el pasado? ¿de nuestros padres u otros seres que nos amaron y que mediante la fe nos fabricaron, o nos fabrican, esta realidad?

-         Las masas de mitos que están ahí disponibles nos ofrecen modelos arquetípicos de realidad configurable en virtud de un acto de fe. Viviríamos en una especie de gigantesco mercado de sueños posibles. Un creador, un verdadero creador, sería alguien capaz de ofrecer sueños nuevos: nuevos modelos de mente: nuevas opciones de fe.

 

                   Yo no sé que se está construyendo con el soñar de todos los soñadores… con ese gigantesco andamio que están levantando, a la vez, todos los que creen en algo.

                   ¿Qué está creando Dios a través de creer/crear de sus criaturas? ¿En qué cree Dios? ¿No sería maravilloso poder asomarse a su obra, con las manos entrecruzadas en la espalda, como si fuéramos jubilados?

                   Salvador Paniker, en una obra titulada Asimetrías[3], afirmó que la fe es la confianza en la realidad. Es una preciosa definición. Tener fe es confiar en que algo grandioso se está construyendo a golpe de sueños. A golpe de creencias.

                   Y que estamos implicados en esa grandiosa construcción.

 

      David López

      Sotosalbos, diciembre 2009.

[1] Gianni Vattimo: Creer que se cree, Paidós Studio, Barcelona, 1996.

[2] Se trata de una cita de la Biblia que he encontrado en la siguiente obra: Raimon Panikkar, Mito, fe y hermenéutica, Herder, Barcelona, 2007. En ella hay un profundo estudio del fenómeno de la fe.

[3] En la sección de críticas literarias se pueden leer mis comentarios a esta obra.



Dec 7 2009

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 7 de diciembre de 2009: “Dios”.

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La palabra “Dios”: el lugar más extremo que cabe encontrar en el cosmos de las palabras: el gemido más sobrecogedor que cabe oír en él: la retorsión del lenguaje más fabulosa que cabe contemplar.

Me acerco ahora, aturdido, muy desconcertado, tropezando, a una bailarina extrema. Dicen que es la última en abandonar el baile de los mundos (de las dualidades, de las existencias, de las objetividades). Es la más grandiosa de todas las bailarinas posibles. El Maestro Eckhart quiso librarse de ella en un sermón del siglo XIV que se conoce como Beati pauperes spiritu. En este sermón aquel dominico dijo: “Pido a Dios que me libre de Dios”. ¿Para qué? ¿No es suficiente el cándido ateísmo?

En mi conferencia hablaré de esa palabra prodigiosa; de ese símbolo que da cuenta de un concepto (de una forma de mente en definitiva). Pero de lo que haya detrás de ese símbolo, o de lo que quiera la mente (¿el cerebro?) capturar con ese concepto, es mejor callar.

“Dios”. ¿Qué burrada es esa? Hay quien se consuela sustituyendo este símbolo por otros aparentemente más asépticos y evolucionados como “Universo”, “Leyes Naturales”, “Naturaleza”, “Energía”, “Nada”, “Ser humano creador de la fantasía de los dioses”… Pero para no reventar filosóficamente en los abismos de estos sustantivos es imprescindible aflojar la lucidez filosófica. Y es que la tempestad física y metafísica de lo que hay es ineludible (si es que hay diferencia, por cierto, entre lo físico y lo metafísico).

No cabe pasar a palabras la hoguera mágica en la que estamos ardiendo –eso que sea lo que hay aquí ahora mismo-, pero sí cabe practicar la teo-logía en sentido literal y estricto: hablar de “Dios”. Hablar, solo hablar, solo secretar frases, más frases todavía, en el gran tejido de frases en el que está tejida nuestra inteligencia. Y hablar, solo hablar, de “Dios”: de la palabra “Dios”. No hay otra opción. ¿Y para qué este esfuerzo? ¿Para agotar a esa última bailarina con bailes imposibles, autocontradictorios, lógicamente letales (como haría el Zen con sus crueles koanes)? ¿O es que en todo decir se está trasparentando lo que no puede ser dicho, como si las frases humanas estuvieran flotando, convulsas, como algas lógicas, en un océano meta-lógico que lo empaparía todo con su olor inexpresable?

         La imagen que he elegido para contemplar el baile de la más grandiosa de las bailarinas posibles muestra a un hombre rezando. No es éste el momento de reflexionar sobre qué sea eso de rezar. Valga simplemente  decir que esta foto me ha permitido visualizar, quizás, lo que el Maestro Eckhart quiso retirar: la palabra “Dios”, que sin duda es el eje lógico de todas las palabras que contiene ese libro que sostiene el hombre de la foto.

Me impresiona la pureza geométrica del vector que trazan a la vez su cráneo, sus antebrazos, el libro y sus manos. ¿Se dirigen a la Omnipotencia suplicando amor? ¿Ofreciendo amor? ¿Suplicando favores? ¿Ofreciendo favores? Creo que el taller metafísico está en el libro. ¿Entra Dios, desde fuera, en la cabeza y en el corazón del hombre a través del libro? ¿O es lo contrario: que el hombre mediante el libro crea a Dios (Unamuno)? ¿O es que ocurre todo a la vez; como por arte de Magia?

El Dios que presupone esta imagen es un Dios que yo quisiera llamar “lógico”: creador mediante el logos, o creado mediante el logos. Es igual: se trataría de un suceso mágico y sagrado, sí, pero meramente lingüístico. Que no es poco.

Estaríamos ante el Dios que puede existir. Ahí. En lo existente. O no existir. Existir o no existir en lo objetivo. En lo objetivo que se presenta ante el sujeto: la teatral Vorstellung a la que se refería Schopenhauer.

Ese Dios puramente existente, esa maravilla física y metafísica, es la que han sentido algunos: una presencia inefable e hiper-real de la que William James se ocupó con valentía y brillantez en sus famosas conferencias sobre religión (Las variedades de la experiencia religiosa: estudio de la naturaleza humana, edit. Península, Barcelona, 1986).

Pero ese Dios existente, y su mundo, y su ser humano amado, serían determinaciones inesenciales, aunque gloriosas diría yo, del Ser (o de lo que por tal entendió Heidegger). O de la Nada si se prefiere. A ese fondo de todos los fondos (Grunt), a esa fuente de todos los dioses y de todos los mundos (Nirguna Brahaman), a esa Nada Mágica, se dirige el místico: no el teólogo. Ni el filósofo. Ni siquiera el poeta.

Esa “cosa/Nada” ni existente ni no existente quisiera yo denominarla ahora, consciente del chirriar de mis grilletes lingüísticos, “Dios metalógico”. Sé que esto es una contradicción porque no se puede meter algo en una frase y decir que ese algo no es lingüístico. Pero creo que la expresión puede servir de herramienta para abrir alguna ventana en los muros de la mente.

 

A partir de estas reflexiones iniciales intentaré ordenar mi conferencia así:

1.- El libro de los veinticuatro filósofos (edit. Siruela, Madrid, 2000). Leeré y comentaré alguna de las definiciones de Dios que se contienen en este famoso texto medieval.

2.- El modelo de totalidad que presupone el ateísmo.

3.- Kierkegaard: “Creer en Dios es creer en que todo es posible”: la apertura a lo imposible, a lo mágico, frente a la sumisión a un todo legaliforme.

Por último compartiré una experiencia íntima.  Creo que en Filosofía no podemos eludir la honradez empírica: hay que soportar –y comunicar a otros- lo que se experimenta (aunque se trate de un “hecho” incompatible como el tejido lógico más favorable para la supervivencia social). ¿Cabe hablar de “hechos” más allá de lo que permite experimentar nuestra mente lingüistizada? Quizás no. Pero en cualquier caso yo hablaré de lo que se me presentó, lo que irrumpió de forma absurda e inesperada, dando un paseo nocturno por los alrededores del aeropuerto de Lyon, hace ya casi veinte años:

Algo gigantesco que no era yo, algo/alguien consciente, vivo, casi carnal, que me amaba de forma descomunal, lo tomo todo, lo fue todo, lo transparentó todo: los árboles, los postes de la luz, los surcos del sembrado que desdibujaba la noche, las estrellas, los edificios, los coches, los aviones… Fue una experiencia grandiosa que censuré durante años por exigencias de mi caja lógica.

¿Era aquello lo que la palabra “Dios” pretende significar? ¿Era aquello mi yo esencial (Atman-Brahman) que se traslucía a través de las imágenes de mi mente?

         Yo no estaba rezando, no rezaba nunca, ni había texto alguno entre mis manos fabricando prodigios metafísicos.  El único credo al que estaba adscrito era el cientista-ateísta. “Aquello” que tenía delante no me pidió ni me prometió nada. Sólo se mostró. Descomunal. Glorioso. Omnipotente. Omnisintiente. Siendo todo lo existente ahí, ante mí … y amándome de una forma casi insoportable.

         Quizás el libro que sostiene el hombre de la foto está sirviéndole de dique, de filtro lógico, para no ser arrollado por eso que a mí se me presentó en Lyon.

Cabría decir, quizás, que la palabra “Dios” protege al hombre, y al lenguaje del hombre, y a las religiones del hombre, para no morir, todos abrasados -abrasados de belleza y de amor- en la hoguera mágica de lo Innombrable.

 

David López

Sotosalbos, diciembre de 2009

 


Nov 16 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 16 de noviembre de 2009: “cosmos” y “cuerpo”.

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         Hay un texto de Paracelso que lleva años fascinándome. Es éste:

 

         La imaginación de una mujer encinta es tan fuerte que es capaz de influir en la semilla y dirigir el fruto de su vientre en una u otra dirección. Sus “estrellas interiores” actúan fuerte y poderosamente sobre el fruto, de forma que su esencia queda fuerte y profundamente marcada y es configurada por ellas [por las estrellas]. Porque en el seno materno el hijo está expuesto a la influencia materna, y está por así decirlo confiado a la mano y a la voluntad de su madre, como el barro a la voluntad del alfarero. Éste crea y modela de él lo que quiere y lo que le apetece.

         Así que el niño no precisa ni de astro ni de planeta: su madre es su estrella y su planeta.[1]

 

         Me apoyaré en las posibilidades deconstructoras de este texto (deconstructoras de una mirada cientista/materialista-newtoniana/einsteniana) para enfrentarme a dos conceptos maravillosos: dos de las más bellas bailarinas lógicas que soporta mi mente: “cosmos” y “cuerpo”.

         Cosmos. ¿Qué es eso del Cosmos? Por el momento podemos decir que es una palabra: un significante que proviene del griego Kosmos. Parece que fue Pitágoras (o alguno de sus seguidores) el primero en usarla. En mi conferencia haré una breve referencia a la concepción que esta escuela tenía del Kosmos, utilizando para ello palabras del griego clásico como péras y apéiron. Estas dos palabras las relacionaré con rita y anrita: vocablos del sánscrito que expresan la misma preocupación, el mismo pavor, el mismo temblor: la lucha por sostener los mundos: el esfuerzo de las bailarinas lógicas por seguir bailando, ellas, solo ellas, en la demoníaca inmensidad del Caos, de lo que no tiene límite, de lo que podría se cualquier cosa.

         Cosmos. La Real Academia Española de la Lengua considera esta palabra sinónima de “mundo” y de “universo”. El significado fundamental que se ofrece de los tres términos es el siguiente: “conjunto de las cosas creadas”. Pero resulta que hay una enmienda. Así, en la próxima edición, aparecerá un cambio decisivo: cosmos, mundo y universo serán “conjunto de las cosas existentes”. El lenguaje es una cosmovisión simbolizada. Es ideológico, metafísico. Esta sustitución –“creadas” por “existentes”- nos permitirá señalar algunas de las grandes preguntas sobre eso que sea el cosmos: ¿fue creado de la nada?, ¿es todo lo que hay?, ¿es finito o infinito?; ¿es abierto o cerrado?; ¿es eterno o perecedero?

         Cosmos. Todos los grupos humanos organizados ofrecen a sus miembros al menos una cosmología. ¿Qué es una cosmología? En esta conferencia –y sospecho que el resto de mi vida- voy a sostener que cosmología es, sobre todo, un “decir” el cosmos: un fenómeno poético que aspira a contener la imagen del todo; del todo como orden. Para ilustrar esta sensación, leeré ante vosotros los primeros “versos” de una obra de divulgación que me subyugó hace ya bastantes años (1982): Cosmos, de Carl Sagan.

         Después leeré poesías de Michio Kaku sacadas de su libro Parallel Worlds: y “veremos” lo que cree hoy la Ciencia que es la caja esa hiper-ordenada donde estamos ahora mismo: eso del “cosmos”.

         El desafío para los físicos es hoy, al parecer, más fascinante que nunca. Y es que estaría la Humanidad (en este justo momento) a punto de encontrar la “Teoría del Todo”: una ecuación de no más de una pulgada de longitud que expresaría el orden total: la ley a la que obedece todo lo que existe.

         Pero ya he adelantado que voy a sostener que una cosmología es más un “decir” que un “saber”, o “conocer” (Cosmología no es cosmosofía). José Ferrater Mora, en su límpido Diccionario de Filosofía, habla de “construcción de modelos de universo que sean a la vez lógicamente coherentes y no incompatibles con los datos fundamentales de la ciencia experimental de la Naturaleza”. Lógicamente coherentes…

         Pero: ¿cuántos modelos de universo, o de cosmos, están por llegar? ¿Cuántos datos quedan todavía por ser recibidos? ¿Y si fueran infinitos? ¿Y si fueran caprichosos, desordenados, libres?

          Más todavía: la pregunta crucial: ¿estamos en un cosmos (orden feroz e inapelable); no no?

     

         Dando por válido que lo que hay es un “cosmos”, un orden absoluto, una hiperlegalidad ubicua (posibilidad que por cierto sobrecogió a Schopenhauer en algún rincón de su obra), habría algo “cosmizado” cuyo nombre sería “cuerpo”.

         Yo me voy a ocupar en mi conferencia, específicamente, del “cuerpo humano”. Y lo voy a hacer siguiendo este orden:

         1.- El cuerpo humano como cosa, como parte del cosmos, como individualidad, recortable, en un todo de cosas cósmicas: como cuerpo físico en el modelo de la física actual.

         2.- El cuerpo humano dentro de la metafísica de Schopenhauer. Aquí me ocuparé de la paradoja del cerebro (ese extraño cuerpo físico que está dentro del cuerpo físico humano y, a la vez, ocupando una porción del Cosmos).

         3.- El cuerpo como lugar de pecado o de culto (tantrismo).

         4.- El cuerpo humano visto desde el Hatha Yoga: el cuerpo como lugar de prodigios.

 

         Finalmente explicaré por qué he elegido la imagen que acompaña a este texto. Pero puedo ir adelantando que veo la materia humana que rodea al niño como su cosmos, como un cosmos vivo que le da vida: un medio a través del cual alguien (Algo) le ama; y le configura; y le dirige. Y todo ello sin que el niño (el ser humano/el “dormido” diría Buda) pueda ser consciente de semejante maravilla. En realidad trataré de exponer que, mediante el Yoga, cabría ver, y amar, desde fuera, eso que es nuestro cosmos entero; y eso que es nuestro cuerpo (cerebro/mente incluidos).

         Cabría, mediante la conciencia testigo que facilita el Yoga, ser nuestra propia Madre invisible (o Padre; o ambos a la vez). Y –como dijo Paracelso- utilizar las estrellas, las estrellas de nuestro vientre cósmico, para manejar a nuestra criatura.

 

 

     David López

     Sotosalbos, noviembre de 2009.

        

[1] Jolande Jacobi (editora)/ Epílogo de C.G. Jung (traducción de Carlos Fortea): Paracelso (Textos esenciales), Siruela, Madrid, 2007, p. 90.



Jul 24 2009

Escuela “,” libre de Filosofía: programa del mes de septiembre de 2009.

 

 

 

 

 

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Ámbito Cultural-El Corte Inglés. Calle Serrano, 52 (Madrid) 

 

Curso 2009-2010:   Diccionario de los mundos.

 

Impartido por David López.  

 

Duración: septiembre de 2009-julio de 2010.

 

Entrada libre hasta completar el aforo.

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-         14 de septiembre: Advaita.

-         21 de septiembre: Amor.

-         28 de septiembre: Aufhebung.

 

 

         Damos comienzo a un nuevo viaje lingüístico por el infinito (que es una simple palabra). Esta vez vamos a visitar palabras, simples palabras, siguiendo un orden alfabético, pero no cronológico ni geográfico. Y nuestros apuntes de viaje irán configurando un “diccionario de los mundos”. En plural. En un plural, en una multicosmicidad, que son manifestaciones de la sacra fertilidad de lo que hay.

         Con la palabra “mundo”, esta vez –quizás por exigencias poéticas-, me referiré a cualquier modelo de totalidad, incluido el que asumían Hegel o Fichte al hablar de “acosmismo” (inexistencia del cosmos o del mundo).

         Y así, cada lunes, me ocuparé de una palabra que me parezca crucial para presuponer un mundo, o para creerlo/crearlo, o para entenderlo, o para amarlo, o para odiarlo, o para destruirlo… o para elevar “nuestra” mirada por encima de todos los mundos y de todas las palabras.

         Las palabras que he elegido para el mes de septiembre –Advaita, Amor, Aufhebung- son puertas privilegiadas a mundos cuya belleza en ocasiones se hace insoportable. ¿Las palabras –esas palabras- son símbolos de los mundos? ¿Los crean? ¿Los prescriben?

         En el Rig Veda hay un himno (el 10.125) que ríe y deslumbra desde hace más de tres mil años. En ese himno es la propia palabra la que habla de sí misma y de todo: “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”. Michel Foucault dijo milenios después: “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres”.

         Un año más nos esperan momentos inefables paseando por las palabras y los mundos, volando en sus abismos, mirando por sus ventanas sin tamaño, oliendo sus paraísos; y sus infiernos. Dejándoles vivir. Y morir. Mientras sospechamos que no hay vida ni muerte más allá de estas dos palabras prodigiosas.

         Comienza el curso.

 

        

         David López