Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 28 de marzo de 2010: “Metafísica”.

 

          Metafísica.

          A esta palabra, a esta bailarina lógica, se le ha dicho muchas veces que no baile. O que baile, al menos, fuera de la pista en la que bailan las bailarinas de la verdad, esas que llevan como nombres “Hecho”, “Física”, “Matemática”, “Conocimiento”, “Pragmatismo”, “Positivismo”.

          Se la ha expulsado, paradójicamente, desde posiciones metafísicas más o menos inconscientes.

          La palabra parece que la inventó Andrónico de Rodas en el siglo I a.C. Bajo ese símbolo -”Metafísica”- se agrupó una serie de escritos de Aristóteles que se ocupaban de lo que este filósofo denominó “Filosofía primera”, “teología” o “Sabiduría”. Estos libros fueron colocados después de los ocho que componían la “Física”. Así, una opción bibliotecaria instauró ya un visión sobre la totalidad: habría algo que estudiar, que pensar, que decir a otros, de lo que está detrás de la Física (entendiendo por “Física” lo que se presenta más o menos inmediatamente ante los sentidos).

          Pero, ¿qué se presenta ante los sentidos? ¿Alguien lo sabe?

          Y, sobre todo: ¿cómo sabemos que, efectivamente, hay algo fuera de los sentidos “presentándose”, disponible para ser incardinado en un modelo mental de naturaleza verificable… con los sentidos? ¿Cómo salir de los sentidos para “ver” si hay algo más allá de ellos?

          José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, afirma que no hay nada que pueda llamarse “la metafísica”: “Hay modos de pensar filosóficos muy diversos que conllevan diversos tipos de metafísicas, a menudo incompatibles entre sí”.

          Un primer uso de la palabra Metafísica (un uso que creo que puede ser útil para este curso sobre bailarinas lógicas) sería el que la convierte en sinónimo de la palabra “Filosofía”, pero en el sentido de Filosofía radical: aquella que aspira a dibujar un modelo donde se expliquen todos  los hechos que se presentan en nuestra conciencia. Son muchos, ¿no? Salvo que hagamos el truco de coger sólo lo que interesa a nuestras hipótesis.

          La Metafísica (más allá de que sepamos cuál es su objeto de estudio) sería para mí una actividad, una especie de competición entre retratistas, dibujantes que aspiran a hacer el dibujo final: el dibujo donde se armonicen todos los dibujos. Así, un buen sistema metafísico -como el que intentó crear, entre otros, Schopenhauer- debería integrar y explicar el mundo entero (solo el mundo), incluidas las teorías metafísicas que compiten dentro de él, y el hecho de que exista esa compencia entre retratistas.

          Pero la bailarina “Metafísica”, y también las que prohiben que baile, presuponen un modelo de totalidad (concepto del que me ocupé, a lo largo de un año entero, en esta misma Escuela Libre de Filosofía). Ese modelo de totalidad, en el caso de la Metafísica entendida como actividad filosófica radical, implica la aceptación del dualismo: hay un objeto (la realidad en sí) y hay un sujeto: el filósofo-metafísico (o el científico de la totalidad, si se quiere) que quiere conocer lo que hay. Eso ya es dar por real ese dualismo. Eso es ya creer en una Metafísica.

          ¿Cabe, entonces, saber algo, sentir (intelectualmente si se quiere)  lo que hay? Pero, ¿qué hay? ¿Qué es el Ser? ¿Qué presupone el mero hecho de construir la pregunta sobre el “qué”?

          ¿No será que todo sistema metafísico es ya una forma de conocer, una música inconsciente desde la que mira al infinito (la Nada si se quiere)? ¿No será que eso que se denomina “Física” ofrece modelos que dan sentido a los hechos que una Metafísica, digamos “inconsciente”, suministra? Esto suena algo a Kant. Y a Berkeley. Pero no del todo.

          Debo recordar una vez más -es crucial- que este año estoy dejando entrar a mis alumnos en mi taller metafísico. Las ideas que voy exponiendo en esta página y en mis conferencias son muy provisionales. Pero asumo el riesgo de exponerlas así.

          Pero, ¿y si lo que hay fuera libre? Me refiero a la posibilidad de una Metafísica no legaliforme. Aseidad. Aquí ya nos alejaríamos de la Filosofía, incluso de la Teología, y nos adentraremos en ese camino de gloriosa disolución de toda legaliformidad que es la Mística: nos adentraríamos en el silencio del que nacen todos los modelos de totalidad: todas las metafísicas posibles: todas las formas que el infinito tiene de autoconfigurarse y de autocontemplarse. Y todo por arte de Magia.

          Pero como ésta es una escuela de Filosofía, y como todos esperáis de mí que diga cosas -que presente coreografías lógicas-, intentaré acercarme a la piel de la bailarina “Metafísica” siguiendo este orden:

          1.- Historia de esta palabra “occidental”.

          2.- Lectura de algunos párrafos de la Metafísica de Aristóteles (llevaré la deliciosa edición trilingüe de Gredos, a cargo de Valentín García Yebra).

          3.- La postura de Kant: la metafísica no permite conocer nada, pero es inevitable, y nos mueve, nos empuja, hacia el infinito.

          4.- Schopenhauer: la Metafísica sólo se ocupa del mundo -ese es su límite como ciencia- pero es la ciencia que más datos es capaz de recoger en sus modelos.

          5.- Los anti-metafísicos: de Hume al neopositivismo, pasando por Compte. Haré mención especial a las violentas expulsiones que sufrió nuestra bailarina de hoy en el Círculo de Viena (una red de mentes hechizadas por Wittgenstein; y abandonadas más tarde por su hechicero: abandonadas en el abismo de la falta de fe en “lo puesto”, en lo “físico de verdad”).

          6.- Ortega y Gasset: La “ante-física”.

          7.- La Física moderna: su conversión en Metafísica como consecuencia de las ideas de los epistemólogos del siglo XX: Popper, Lakatos, Feyerabend.

          En este último punto ya estarán anunciadas mis propias ideas sobre el debate acerca de si hay o no que expulsar “Metafísica” del gran baile del conocimiento.

          La guerra de los símbolos. No es más. Ni menos.

          Y es que creo que toda Física es siempre una Metafísica: básicamente porque sus postulados hablan de lo que se no ve: las leyes de la Naturaleza no son perceptibles, sino inducibles-deducibles (postulables para dar explicaciones a las cosas, a las pocas cosas que se “ven”). La Física moderna dice ocuparse de hechos y leyes verificables. Pero no hay ningún hecho ni ley verificables de verdad (ver “hecho“).

          Creo, además, que conocemos lo que nuestro cosmos permite que conozcamos: él nos ofrece una determinada forma de cobijarnos (y de cobijar nuestro filosofar) en el infinito. Así, cualquier sistema metafísico, si es que ordena totalidades de hechos, está limitado a esos hechos, los cuales jamás serán todos los hechos. Porque todos los hechos no están ahí, sino que son construibles: son fruto de la Magia: de eso de verdad “serio” que está en el fondo de todo lo que ocurre ante cualquier conciencia.

          En cualquier caso, la Metafísica es una de las actividades más sublimes que podemos practicar en cuanto seres humanos. Aunque sospecho que cuando se filosofa de verdad, cuando somos radicalmente metafísicos, no somos exactamente “humanos”; o mejor al reves, y dicho desde Aristóteles: cuando filosofamos -cuando somos metafísicos- es cuando actualizamos plenamente nuestra condición de hombres: cuando damos nuestro máximo: cuando llegamos a ser quienes somos.

          Eso es lo que yo siento, día a día, cuando contemplo los ojos de mis queridos alumnos-filósofos.

          La imagen que preside este texto se le atribuye a Aristóteles. Yo creo que él disfrutó, de verdad, no quizás de La Verdad, sino del sublime placer que se siente al mirar y pensar lo que se presenta en nuestra conciencia.

          El sublime placer de la Metafísica.

 

          David López

          Sotosalbos, 29 de marzo de 2010.

         

         


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