Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del cinco de abril de 2010: “Muerte”.
La muerte.
¿Es la muerte, también, una simple palabra? ¿Se trata de una bailarina lógica?
¿Es un concepto, una forma de nuestra mente? Parece que sí, pues cada discurso, cada cosmos, cada modelo de mente, tiene su propio modelo de muerte y lo siente con convicción… al menos ante la tribu. Otra cosa es lo que sentimos cada uno de nosotros en nuestra “metafísica íntima”: esa zona privadísima que no publicitamos: eso que, según se suele decir, quedaría “manchado” si lo contamos a otros.
La muerte: uno de los más descomunales misterios. ¿Qué es? ¿Por qué es tan misteriosa? ¿Es el fin de una determinada configuración de Materia? ¿Es una transformación de la Materia? Lo que yo creo que es la Materia se puede leer entrando físicamente en este símbolo que he subrayado.
¿Es la muerte una puerta de entrada a otro “mundo”? ¿Podemos contactar con ese mundo? ¿Nos pueden seguir amando, y ayudando, nuestros seres queridos, desde esa otra realidad? ¿Y nosotros a ellos?
¿Hay vida después de la muerte? Pero, ¿alguien sabe exactamente qué es eso de “la vida”?
¿Cómo podemos saber que no hemos muerto y que no hemos ingresado en otro plano de lo real?
Recuerdo un “sueño” especialmente angustioso: una especie de samsara acelerado, arroyador, como una catarata de mundos sucesivos. Yo soñaba y creía despertar. Ese despertar me aliviaba porque el mundo en el que ingresaba me parecía sólido, “real”, fiable: vida verdadera por fin. Pero resultaba que aquello era también un sueño, una farsa de mi mente, y volvía a despertar en otra realidad ya sí verdadera, y de nuevo respiraba aliviado… y así fui despeñándome entre mundos que parecían infinitos, todos con olor a vida real, todos finalmente convertidos en materia delicuescente.
Materia delicuescente.
Hay quien sostiene que las religiones sirven para calmar el miedo a la muerte. Yo creo que se tiene mucho más miedo a la vida. Moksa –la palabra de la que me ocuparé el próximo lunes- significa precisamente liberación… de la vida: de la vida que hay siempre después de toda vida: la cadena de las reencarnaciones, al parecer movida por implacables leyes morales.
Schopenhauer confesó poco antes de morir que quería acceder a la nada, pero que se temía que esa nada no era lo que había tras la muerte: esa nada –tal y como él la teorizó en sus obras- sólo sería accesible al asceta. Y sabía también que tras la muerte no estaba la nada -no vivir más- porque lo había comprobado: en cierta ocasión había visto a sus padres, ya fallecidos.
Ante un tema como la muerte voy a sugerir un talante hiper-empírico, esto es: que dejemos ahí, sobre la mesa de nuestro taller de filósofos, todos los “hechos” que alguna vez se hayan presentado ante nuestra conciencia, no solo los que estén permitidos por uno u otro modelo de realidad.
Mis dos padres fallecieron hace pocos años. Antes de su muerte nos unía un amor descomunal. Ese amor ha ido creciendo con los años. Y no sólo eso: también ha ido creciendo la sensación de llevarlos “dentro”, como si yo estuviera misteriosamente embarazado de ellos, de los dos. También me ocurre que en ciertos momentos de mi vida siento su voz, su aviso, diciendo sí, o no, o que te vayas ahora mismo, o cuidado, que te están engañando.
Soy consciente de la facilidad con la que se podría desplegar un modelo de realidad que redujera mis sensaciones a pueriles fantasías, a mecanismos de mi mente capaces de proporcionar sedantes a mi dolor. Pero cualquiera de esos modelos, a su vez, podría ser reducido a una nada de palabras y de leyes huecas si son observados desde las atalayas de la epistemología moderna: la que nos dice, básicamente, que no descartemos ningún modelo de realidad: y que no demos por definitiva ninguna ley física ni metafísica (si es que, en realidad, hay leyes que regulan lo que hay).
Dolor. La muerte de nuestros seres queridos nos causa un dolor atroz. Pero hay quien al morir deja su habitación convertida en un lago de luz. Fue el caso de mi madre. También ocurre a veces que un dolor puede ser más bello que un placer. La vida es una sofisticadísima obra de arte. La muerte también.
Empíricamente sólo se ha comprobado la desaparción de lo objetivo, nunca de lo subjetivo: “vemos” morir a las personas y a otros seres vivos. “Vemos” que no estan más ahí (en lo que se presenta ante nuestros sentidos “ordinarios”). ¿”Veremos” cómo muere ese ser (cuerpo-mente) con el que ahora nos identificamos?
Creo que sí.
Muerte. Vida. Los misterios arden –gloriosos- en nuestras mentes de filósofos.
En esta conferencia voy a repetir la que ofrecí a mi madre -Julia- en mayo de 2005. Murió un mes después. Mi padre -Alfonso- había fallecido seis años antes. A él le dediqué un artículo en Diario 16 que se puede leer en la página de “Artículos“.
Julia estaba segura de que se iba a reunir con su marido -Alfonso-, que además era el hombre del que estaba enamorada, aunque no le pudiera ver. Yo sé que ese encuentro ha ocurrido. Y asumo el riesgo –académico, ideológico, etc.- que se deriva de esta afirmación. Pero creo que en Filosofía está antes la honestidad intelectual y, digamos, hiper-empírica, que la buena imagen académica o ideológica.
Al ocuparme de la palabra belleza afirmé que se muere de belleza. La razón es simple: parece obvio que cuanto más disminuye el yo, la conciencia del yo, mayor es la belleza que inunda la “conciencia” (recordemos las teorías estéticas de Schopenhauer y de Hegel que evoqué en la conferencia sobre la Belleza). La muerte es una radical disminución del yo –aunque solo sea porque se pierde un cuerpo, bienes materiales, etc. Es, por tanto, una forma de hipertrofiar la belleza. Supongo que para que ocurra este prodigio sensitivo será imprescindible morir en paz: contemplar serenamente cómo se extingue nuestro ser en un mundo. Supongo que algo igualmente grandioso debe de ser la contemplación de “nuestra” entrada en un mundo: nuestro nacer.
Como he señalado antes, voy a repetir una conferencia que dediqué a mi madre. Su título fue “La finitud”. En ella me ocupé de varios modelos de finitud (de muerte):
1.- Materialistas: muerte como reorganización de piezas que ya estaban muertas. No hay muerte porque no hay vida.
2.- El alma individual. Su existencia y su inmortalidad. Metempsicosis y palingenesia.
3.- Confucio. Sócrates. Mejor ocuparse del más acá.
4.- Panteístas, hilozoístas, panpsiquistas: todo es vida, consciente, sagrada. Tales de Mileto (el alma entreverada en la Materia). Heráclito. Giordano Bruno. La Física del seiglo XX.
5.- El vedanta advaita de Shankara: no existe en verdad la muerte, porque no hay nada individual que pueda vivir ni morir. Pero sí existen paraísos para el alma que todavía no ha superado el principio de individualidad. Caben paraísos dentro del Maya prodigioso en el que también está la vida. Pero esos paraísos no ofrecen la libertad. Leeré algunas frases escritas por Nikhilananda en la introducción que hizo a su edición de las Upanisads (Ramakrishna-Vivekananda Center, New York, 1949).
Terminaré mi conferencia como la terminé para mi madre: con un haiku japonés del siglo XVIII. Lo escribió un poeta llamado Wakyu cuando ya sintió que se moría. No lo leáis. Entrad en él y quedaros un rato largo… sientiendo toda la grandeza de esa muerte serena e ilusionada.
Al fin me abro paso por la nieve espesa: el camino del pincél.Los haikus se escribían –se dibujaban- con pincel. Wakyu comparó el momento de acercarse a la muerte con el camino de la Poesía: con el caminar configurativo del pincel.
Creo que la descomunal fertilidad que nos envuelve y que nos constituye permite una infinita cantidad de modelos de muerte. Tantos como de vida. Cabe coger ese pincel -el pincel de la Magia- y pintar lo que se quiere que sea la muerte.
Como cabe pintar lo que se quiere que sea la vida.Y es que después de esta vida, que es Maya, habrá otro Maya: tan delicioso como seamos capaces de pintarlo con nuestro pincel de dioses.
Ese pincel se moverá con fuerzas tan poderosas como las que se quieren simbolizar con palabras como ”rezar” o ”fe”. Esas fuerzas mueven nuestro pincel por la nieve espesa.
Aquella conferencia de 2005 la concluí diciendo a mi madre: “Mamá: ¡Suerte con el pincel!” Ella me miró desde el público sonriendo, con los ojos anegados por las lágrimas. Ella se dedicaba a crear belleza con las flores: sabía muy bien lo que pueden conseguir las manos mágicas de los seres humanos.
Ahora, cinco años después, sé que ella fue capaz de pintar un precioso poema metafísico en el que vive, otra vez, ya para siempre, junto a mi padre. Él también había luchado con todas sus fuerzas, desde el otro lado, para que ese prodigio fuera posible. Yo lo sé. Es todo lo que puedo decir.
Fuerza. Esperanza. Amor. Libertad.
La imagen que se ve al comienzo de este texto pertenece a un anuncio de Levi´s dirigido por Jonathan Glazer: una obra maestra de nuestro tiempo, aunque se utilizara para vender pantalones. En ese anuncio se ve a dos jóvenes que son capaces de atravesar las paredes de una casa, hacer posible lo imposible, y volar juntos hacia el cielo. Parece que les une el amor y, sobre todo, una poderosa fe en su fuerza.
Entre los dos, con su fuerza, con su amor, con su fe, con su imaginación, pintan, sobre la nieve de lo real, un vuelo no permitido en este mundo. ¿Pero es que hay algo imposible? ¿Quién/qué establece los límites de la posibilidad?
Os ofrezco a continuación el vídeo (es imprescindible escuchar su música). La mirada final que comparten él y ella es la de la fe: una energía infinita que puede dar forma a lo que haya después de eso que llamamos “muerte”.
David López
Sotosalbos, abril de 2010.

April 17th, 2010 at 5:14 pm
[...] Dijo Rilke que la belleza es el comienzo de la tragedia. La belleza puede arrastrar a la muerte estética: al no ser lo que se era para sólo ser ya lo que se observa. Recordemos Muerte en [...]
May 21st, 2010 at 9:39 am
[...] del empirismo científico individual: algo que ya esbocé al ocuparme de “Muerte” [véase] y de “Parapsicología” [...]
July 19th, 2010 at 11:35 am
[...] - Muerte. [...]