Diccionario filosófico: “Tao”

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“Tao”. Camino, vida, orden, sentido, hembra abisal que lo mueve ¿y lo es? todo…

Tao es una bailarina de origen chino que lleva muchos años hechizando mentes occidentales (si es que hay alguien que sepa de verdad que es exactamente eso de “occidental”).

En realidad “Tao” (o “Dao”) es una adaptación a nuestro lenguaje de un precioso ideograma chino. Es éste:

Cuando me ocupé de la palabra “Humanidad” [véase] quise compartir mi fascinación por el hecho de que los seres humanos se saluden en los caminos (como el que aparece en la fotografía de Richard Long que agranda estos párrafos).

¿Es esto del “vivir” una especie de caminar por una senda marcada metafísicamente? ¿Es sabio el que sabe detectar su camino (su Tao) y adaptarse a él? ¿Hay un camino, un sentido, un orden, para todos los seres humanos, en su conjunto y, a la vez, para toda esa “naturaleza” de la que son parte?

En mi conferencia leeré algunas frases del Tao Te Ching tal como fue traducido por Carmelo Elorduy. La cuestión fundamental, a mi juicio, es ésta:

¿Hay posibilidad de creación -de creatividad más bien- dentro de esa hembra física y metafísica que parece serlo todo y, a la vez, regirlo todo? En realidad volvemos a la más crucial de todas las disyuntivas: ¿estamos o no estamos en un océano metafísico libre?

Lo curioso es que el Tao Te Ching (el libro donde se muestran las especulaciones metafísicas fundamentales del taoísmo) propicia, al menos en algunos capítulos, una especie de anarquismo -en lo social- a la vez que un esclavista sometimiento a un imperio invisible -el Tao- con el que, al parecer, más vale armonizarse si no se quiere uno pudrir en la infelicidad.

El taoísmo, como “filosofía” o “religión” o lo que sea, me ofreció hace años una preciosa leyenda, deliciosamente adaptada por Marguerite Yourcenar en sus Cuentos orientales. En esa leyenda se narra la historia de un pintor chino cuyos ojos sólo veían sublime belleza… y cuya capacidad artística le permitieron crear un mundo desde dentro del que estaba a punto de matarle.

Arte. Creatividad: creatividad radical, fuerza capaz de construir universos. En mi novela El bosque de albaricoques intenté dar más vida, más todavía, a aquel mago chino y a sus pinceles.

¿Cabe crear modelos alternativos de Tao? ¿Cabe legislar? ¿Cabe ser ingenieros de caminos metafísicos (y físicos por tanto)? ¿Cabe construir un camino como el que fotografió Richard Long y caminar por él como el que caminara por el interior de su propio cuadro?

¿Qué somos en realidad? ¿Cuánto poder y cuánta libertad tenemos?

¿Somos magos? ¿Qué significa eso? ¿Cuál sería el mago más poderoso? [Véase Magia].

Tao. Me ocuparé de esta bailarina china, intentaré oler su piel de cerámica transparente, me asomaré a su nada interior, siguiendo este orden (este Tao):

1.- El taoísmo como religión. Creo que esta bibliografía puede ser útil:

– Mircea Eliade/Ioan P. Couliano: Diccionario de las religiones, Paidos, Barcelona, 1992.

– Russell Kirkland: Taoism: the enduring tradition, Routledge, Londres, 2004.

– Chantal Maillard: La sabiduría como estética (China: confucianismo, taoísmo y budismo), Akal, Madrid, 2000.

– Henry Maspero: El taoísmo y las religiones chinas, Trotta, Madrid, 2000.

– Iñaki Preciado: Los cuatro libros del emperador amarillo, Trotta, Madrid, 2010.

2.- La crítica de Russell Kirkland: el taoísmo de las lucrativas (y dogmático/ilustradas) librerías occidentales frente al -auténtico- taoísmo de China. La superstición implícita en el desprecio de las supersticiones ajenas.

3.- La mitología taoísta: somos el sueño de una mariposa.

4.- Tao Te Ching (traducción al español de Carmelo Elorduy, Tecnos, 2001). Fue la primera. Hay otra traducción posterior: El libro del Tao, de Iñaki Preciado (Alfaguara, 1978). Esta traducción está basada en los textos Ma-wang-tui, que reposaban, en seda, dentro de unas tumbas chinas.  Los sinólogos afirman que en estos textos, descubiertos en los años setenta, se aprecian importantes diferencias con el libro sagrado del Tao que se conocía hasta entonces.

En la noche del 16 al 17 de octubre de 2008 soñé que explicaba el Zen a mi  hermano. Mi padre escuchaba. Tranquilo. Lúcido. Libre ya de esta vida. Y dijo: “Que ningún discurso te bloquee el futuro”.

Creo que ese consejo es clave para entender el vaciado del que habla el Tao Te Ching: se trataría de liberarse de cualquier “natura naturata“, cualquier “orden” no querido, no sentido como propio. No sentido como sagrado. Y, desde ahí, afrontar la parte del camino todavía invisible: lo que no aparece en la fotografía de Richard Long.

¿Cuántos paisajes pisarán todavía nuestros pies?

Lo fabuloso de la vida (este camino que ahora piso) es su plasticidad. No dejo de sospechar que, como el pintor Wang Fö, soy yo -cada uno de nosotros- quien lo dibuja sobre el lienzo infinito de nuestra conciencia.

Y cada día me parece más lúcida la idea de Paracelso de que el hombre fabrica su propio cielo y que, una vez fabricado, ese cielo le alimenta. Creo que la clave está en la Fe [Véase]. Y en la capacidad de asumir la libertad (como se atrevió a decir Sartre en esa conferencia de 1945 que se publicó con el título “El existencialismo es un humanismo”).

Fe en esa cosa inefable, descomunal, omnipotente, que llevamos dentro (ese Tao sin forma que es capaz de automodelarse en infinitos mundos). Esa cosa capaz poetizarse de cualquier forma: de ser cualquier Logos. Véase [Logos] y [Poesía].

Fe en que todo es posible para esa cosa de lo “real”.

El camino en el que ahora apoyamos los pies de nuestra conciencia puede mostrar prodigios jamás acontecidos.

Por eso no hay que poner límites discursivos a nuestro futuro. Eso me aconsejó mi padre en sueños.

Yo creo que tampoco hay que poner límites discursivos a nuestro presente: entonces veremos que el camino, el Tao, huele como el corazón de las mariposas taoístas.

Huele a primavera infinita.

David López

Sotosalbos, junio de 2010.


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