Las bailarinas lógicas (Un diccionario filosófico): “Tiempo”

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Tiempo. Una de las más impactantes invisibilidades. El “Tiempo” no es visible, solo postulable: necesario para que tenga sentido la caja lógica donde suponemos que existe lo que existe.

Es una bailarina lógica fascinante, poderosa: es capaz, junto con “Espacio”, de construir una estructura metafísica. Y física…  aunque llevo años sospechando que toda Física es en realidad una Metafísica: todo modelo del universo (por muy demostrado que parezca) es siempre hipótesis, postulado: algo que se supone que debe existir -aunque no se vea- para que lo que se ve esté ordenado y sea previsible.

Si es que se ve algo.

¿Qué es el “Tiempo”? No tengo ni idea. Pero me sobrecoge que ese supuesto ritmo omniabarcante pueda ser medido (sobre todo si se mide con instrumentos tan bellos como el que aparece en la foto). Los relojes son aparatos fascinantes porque miden una fantasía.

En realidad no sé muy bien tampoco qué se está haciendo cuando se pregunta sobre el qué de algo. Pero quizás pueda compartir lo que siento frente a esa prodigiosa -y letal- bailarina lógica si antes me ocupo de ella desde estos puntos de vista:

1.- Aristóteles: el presupuesto fundamental del Tiempo es el cambio: el espectáculo que nos rodea es cambio permanente. Lo cambios se producen en el Tiempo. Si nada cambiara no habría Tiempo. “El tiempo es la medida del movimiento según el antes y el después”.

2..- La estética trascendental de Kant: el ser humano recibe lo “de fuera” (la “cosa en sí”) y lo mete en el Tiempo. No hay Tiempo más allá de la maquinaria psíquica humana. La aritmética -que mide el Tiempo, que mide nuestra bailarina de hoy- en realidad, desde Kant, sería una antropología.

3.- El eterno retorno de Nietzsche: ¿seríamos capaces de dar un absoluto sí a nuestra vida -entera-? ¿Nos atreveríamos a vivirla, en absolutamente todos sus momentos, una y otra vez, a lo largo de la eternidad?

4.- El Tiempo en Bergson [Véase]. Dijo este gran pensador que aquí “nos esperaba una sorpresa” y que los positivistas no eran consecuentes porque no eran fieles a los hechos ( lo que se presenta). El tiempo real, según Bergson, entendido como el tiempo tal y como es experimentado (como se presenta en la conciencia) no coincide con el tiempo de la mecánica (del mecanicismo de las ciencias naturales). En el tiempo de verdad los instantes no se suceden ordenadamente, no se “espacializan” como parece indicar la esfera de un reloj. En realidad se trata de un flujo no divisible. Habría instantes que podrían prolongarse en la conciencia para siempre y otros, de la misma duración -mecánica, o “física”- que desaparecerían para siempre. Los instantes del tiempo de la conciencia (que sería el tiempo real) estarían interpenetrados, siempre vivos: nuestro pasado nos estaría siguiendo, como parte del presente, fecundando el presente. Los momentos de la conciencia no serían medibles, no cabría identificarlos como unidades homogéneas, y menos sistematizables tal como lo haría la matemática y la mecánica. La ciencia -que presupone ese tiempo homogéneo, divisible, ordenable, espacializable- sería útil, pero no veraz: comprimiría y falsearía lo que de verdad, empíricamente, se presenta ante la conciencia humana… Podríamos decir, desde Bergson, que el positivismo del método científico no sería realmente “positivista”.

5.- Heidegger: Ser y Tiempo. El ser humano está condenado a la muerte: al no ser ya nunca. El vivir como un absurdo e innecesario tobogán letal. Heidegger fue un creyente en la finitud. Yo no.

A partir de aquí, compartiré algunas reflexiones muy provisionales. Espero algún día poderme ocupar con mayor profundidad de esta fabulosa bailarina lógica. Las reflexiones serán más o menos éstas:

Para sostener la metafísica del Tiempo hay que sostener, previamente, que el sujeto (el observador) está siempre en algo llamado “Presente”, pero que hay una fuerza, digamos, estructural, que le “empuja” a otro presente. Y a otro. Y a otro. Siempre. Así, desde esta metafísica, nunca se puede estar en el presente, ni siquiera un “instante”, pues todo “instante” tendría una duración (cabría visualizarlo, matemáticamente, como una linea  infinitamente subdivisible). Esta gran paradoja del Tiempo ya la había visto Aristóteles; y fue brillantemente sentida y descrita por San Agustín: “Cuando no me lo preguntan, lo sé; cuando me lo preguntan no lo sé”.

Respecto de eso que llamamos “futuro” nos vemos obligados a sostener su no ser. No ser “ahora”. Pero, como hemos visto antes, el “ahora”, el “presente”, digamos, neto, o absoluto, es imposible; o al menos imposible desde el punto de vista matemático (desde el modelo de conciencia que fabrica esos precisos artefactos que llamamos relojes: la aguja nunca para). El futuro, no obstante, parece ser el lugar donde se desplegarán los efectos de nuestra libertad, de nuestra creatividad, de nuestra fe: es el universo todavía por ser creado. Eso creen los que creen en el Progreso [véase]. Por último, habría una convicción, derivada del paradigma metafísico sobre el que se construyen la mayoría de las Físicas actuales, de que el futuro es invisible. Que -ahora- no tiene ser en absoluto. Aunque cuando lo tenga, lo tendrá todo.

El pasado. Es algo a lo que se le otorga el “haber sido”. Me ha impresionado siempre el sonido del fuego invisible que aniquila los instantes. Este instante en el que escribo, junto a unos árboles inquietos, bajo un cielo de azul mate, con las manos soñadoras, pero algo cansadas; este instante, digo, ha dejado su ser por la frase, por el río temporal-letal que lo barre todo: o que lo acumula, como mucho, en esa especie de almacén psíquico que es la memoria. Y ahí, este instante (bueno, mejor dicho, aquel instante que recogió mi frase), vivirá como un espectro, sometido a los caprichos, a los jugos gástricos, de mi memoria. Es el fuego letal de la preterización.

Podría decirse que el Tiempo no existe porque ni el presente ni el pasado ni el futuro tienen jamás existencia. El Tiempo es un baile de esa bailarina prodigiosa que la India antigua bautizó como “Maya” (Magia). Pero esto no implica que esa no existencia, ese baile irreal, no sea sacralizable. Siendo más nietzscheanos que Nietzsche, podríamos asumir nuestro papel de sacerdotes de Maya: coadyuvar a los hechizos, aumentar la capacidad de hechizo y de fascinación que tiene ese no-ser (esa fantasía que toma nuestras conciencias).

¿Qué otra cosa es una Creación?

Llegados a este punto, quisiera proponer algo así como un arte de la memoria. Pero no en el sentido dogmático/realista: no desde la presuposición de que hay -ahí- un cosmos objetivo que presenta elementos memorizables, sino desde la creencia en el Arte y en la Libertad. Así, cabría volcar todo nuestro esfuerzo en embellecer este Presente (lo que será memorizado en definitiva). Cabría fabricar memoria: instalar obras maestras del existir que fueran visitables desde cualquiera de los puntos del vector de nuestra vida (de lo que llamamos vida en este nivel de conciencia -me refiero al nivel de conciencia humano puro y duro, no al “iluminado”).

Pensemos en los niños: cada instante que podamos construir para ellos, cada paraíso, estará ahí, en su memoria, visitable siempre, como el que visita un templo sagrado. De ahí que un abuso sexual -o cualquier otro- sea un terrible crimen; más terrible de lo que imagina el ciego que lo perpetra: un abuso sexual instala un infierno en la memoria.

Nuestro desafío, como artistas metafísicos -como magos que somos-, sería  fabricar obras maestras del “presente” (aunque en puridad no exista “el presente”) para que, una vez incorporadas a la memoria, se conviertan en paraísos infinitamente visitables.

Yo intenté fabricar un paraíso de la memoria para mi hija hace doce años. Lo hice, deliberadamente, bajo unas estrellas que apenas dejaban materia oscura en el cielo, sobre la arena de una playa atlántica. Ella tenía cuatro años y quería que le contara un cuento. Mientras se lo contaba, mientras mis palabras se mezclaban con el rugido de las olas, sus ojos vibraban como si, a través de ellos, alguien hubiera sido capaz de asomarse, otra vez, eternamente, a un paraíso.

¿Qué es un paraíso sino un Tiempo sublimado desde el pasado, desde el presente y desde el futuro?

David López

Madrid, 21 de junio de 2010.


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