Las bailarinas lógicas (Un diccionario filosófico): “Upanayana”

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Seguimos buceando por debajo del hechizante hielo del lenguaje. Para ello hay una palabra que me parece única: Upanayana.

En las dos versiones que se conservan del Atharva-Veda –la Sáunaka y la Paippalada[1]–  hay unos himnos especialmente enigmáticos que se refieren a la ceremonia de iniciación del estudiante védico (upanayana).

Estos himnos explicitan un modelo metafísico a la vez que son la realidad que ese modelo describe. Dicho con otras palabras: explicitan su propio status ontológico mientras comunican la estructura fundamental de lo que existe: del universo.

Algo nos adelanta Luis Renou en su obra El hinduismo. Al referirse al ritual tántrico dice (pag. 89) que su germen se remonta especialmente al Atharva Veda, el cual “puede considerarse un himnario pretántrico […] Entramos así de lleno en el esoterismo indio. Se ha desarrollado una semántica oculta. Privativo de los “héroes” no se da a conocer al pasú o ganado, que es el común de los fieles; la lengua propia de esos misterios se califica de crepuscular. En consecuencia, el lenguaje adquiere un poder casi ilimitado; es a la vez signo y cosa significada.”

El Atharva-Veda-Samhita, conocido también como el veda de las fórmulas o palabras mágicas, es la más moderna de las cuatro colecciones que configuran el Veda. Algunos autores, como Winternitz[2], consideran que se formó en un momento avanzado de la civilización védica-aria, cuando su invasión había alcanzado el sudeste del subcontinente indio, cuando ya se había establecido el sistema de castas y cuando ya se había iniciado la especulación filosófica característica de la época upanisádica. Pero, como el mismo Winternitz señala[3], esta compilación podría recoger una tradición de himnos cuyo origen coincidiría con el de los himnos del propio Rig-Veda (que se tiene como el más antiguo de los cuatro vedas) o incluso podrían ser mucho más antiguos.

No obstante, los himnos de iniciación del estudiante védico representan una cosmovisión claramente pre-upanisádica porque son, como veremos, manifestaciones de un logocentrismo absoluto.

El único bráhmana del Atharva-Veda (el único comentario realizado por escuelas de brahmanes “de la época”) que se ha encontrado es el Gopatha-brahmana. Yo no he considerado el contenido de este texto en la elaboración de estas notas a pesar de que según Whitney[4], el Gopatha-brahmana “cita” la ceremonia upanayana. No obstante, A. B. Keith no hace referencia alguna a este bráhmana en las páginas que dedica a la iniciación del estudiante en su  gran obra Religion and Philosophy of the Veda and the upanishads[5]. En esta obra sí se citan numerosos Grhya sutras, pero siempre relacionados con aspectos puramente rituales, no como posibles fuentes de interpretación del sentido de los himnos que nos ocupan.

Whitney, por su parte, afirma que la ceremonia upanayana no se cita ni en el Kausika Sutra ni en el Vaitana Sutra[6].

Finalmente, El Código de Manu, al igual que los Grhya sutras, sólo se ocupa de aspectos rituales.[7]

Carezco, por tanto, de una explicación -“desde dentro” de la antigua civilización védica- de los himnos que acompañan la iniciación del estudiante védico.

A esta dificultad se añaden dos advertencias:

La primera la hizo Winternitz: “Creo que se le otorga un honor excesivo a estos versos cuando se busca sabiduría profunda en ellos”.[8]

La segunda proviene de Keith, y es un consejo de precaución –de rigor en definitiva- que sirve para cualquier estudioso de la antigua literatura védica, y de cualquier literatura: “… la ingenua imaginería de los poetas no puede ser presionada para que diga más de lo que dice”. [9]

Advertidos, vamos empezar con una presión –una violencia- inevitable: la que se deriva de la traducción del védico al español[10]. Estas son las frases de los himnos del ritual upanayana que vamos a analizar, todas ellas provenientes del Libro XI.5 de la versión Sáunaka del Atharva-Veda-Samhitá:

El estudiante védico camina poniendo ambos firmamentos; en él los dioses se vuelven concordes. Él preserva tierra y cielo.

Nacido el primero de un brahmán, el estudiante védico, vestido con calor, se ha puesto en pie con ardor; de éste ha nacido el bráhmana, el brahmán más eminente y todos los dioses junto con la inmortalidad.

Al punto él marcha desde oriente hasta el lejano océano, atrapando los mundos, regulándolos constantemente.”

Por el estudio del Veda, por el ardor, los dioses repelen la muerte.

Las hierbas curativas, lo presente y lo futuro, el día y la noche, el árbol del bosque, el año junto con las estaciones, han nacido del estudiante védico.

Los animales de la tierra y los del cielo, los del bosque y los de la ciudad, los que tienen alas y los que no, han nacido del estudiante védico.

Todas y cada una de las criaturas de Prajapati llevan en su ser los alientos; a todas ellas protege el estudiante védico.

El estudiante védico es portador de un brillante brahman, en él están entretejidos todos los dioses…

¿Por qué otorgarles a estas frases el honor que Winternitz considera que no se merecen? ¿Por qué no presuponer que estamos ante una amalgama de imágenes poéticas carentes de interés filosófico?

Porque, además de que, como veremos, hay un modelo metafísico explícito en estos himnos, la iniciación del estudiante védico era un momento crucial en la existencia de personas cruciales de la civilización védica; personas que, en el caso de los brahmanes, en época del Atharva-Veda, se les denominaba dioses[11].

La upanayana era una ceremonia de muerte y de renacimiento; y esa nueva vida significaba para los varones de las tres castas superiores un acceso pleno a la sociedad védica. Por eso lo que se decía, se decía desde una especial “gravedad”, aunque en realidad todas las palabras de los cuatro vedas, desde la civilización que estos textos vertebraban, eran “graves”. Eran mucho más que “palabras-símbolo”: “nadas” corporizadas en sonidos referidas a “algos”.

Eran la estructura misma de lo existente. Eran el propio orden cósmico (rta).

Los himnos que estamos analizando parecen ser, además, los utilizados concretamente para la iniciación de los brahmanes, pues en el himno número 6 se proclama que el estudiante védico va “vestido con una piel de antílope negro”, y ese atuendo en concreto era el que se utilizaba para la iniciación de los miembros de la casta sacerdotal.

Gavin Flood podría estar apoyando esta idea cuando afirma:

Sólo se permitía a las clases de los dos veces nacidos que escucharan el Veda y, mientras en un periodo anterior, todos los dos veces nacidos podían aprenderlo, sólo los brahmanes se terminaron convirtiendo en sus guardianes (Sólo ellos lo aprendían y lo recitaban durante los rituales).[12]

El hecho de que estos himnos afectaran tan decisivamente al renacimiento de los miembros de la casta sacerdotal, convierte en improbable la hipótesis de que se tratara de meros sonidos, fórmulas mágicas, desprovistas de una respuesta satisfactoria a la idiosincrásica inquietud filosófica indoaria que les empujaba, como una condena, a buscar el sentido último -el “modelo metafísico”- de lo existente.

Cabe  la posibilidad de que los demás himnos fueran utilizados para la iniciación de los miembros de las dos otras castas superiores –ksatriyas y vaisyas-, pero en cualquier caso parece que el número seis, al menos, sería exclusivo para los brahmanes.

El modelo que “comunican” y, a la vez, son, los himnos de la ceremonia upanayana, podría describirse así:

El estudiante védico, en concreto el brahmán –no los miembros de las otras dos castas superiores- en virtud del ascetismo (tapas) que le corresponde (instalar en su mente los himnos del Veda),  se convierte en una divinidad que es, a la vez, creadora (o, mejor dicho, “constructora”), conservadora y manipuladora del cosmos; del cosmos védico. Los himnos (bráhman) –no más que sonidos en la India antigua- que componen ese ser inmaterial llamado Veda y que invade, por así decirlo, el “ser” del estudiante, serían el principio verdaderamente creador con el que se configuraría, se sostendría y se dominaría el cosmos.

El Veda es el propio cosmos védico; y no metafóricamente. Y es a la vez lo que impide que el cosmos vuelva al caos –a la “nada”- del que ha nacido.

Así, el estudiante védico, mediante el ascetismo que le es propio -el Tapas del estudio- se convertiría en el instrumento de la Creación, con todos los dioses incluidos en ella. Y es que el Veda existe –y por tanto la creación en su totalidad- si los estudiantes lo actualizan (lo  re-crean) y lo conservan. Porque el mundo es, para el Veda, lenguaje; o, dicho quizás con mayor elocuencia: el lenguaje es mundo. Más aún: el corpus lingüístico concreto que es el Veda es el Ser.

Según lo anterior, podríamos afirmar que el estudiante védico era un dios creador de dioses creadores –creador incluso del gran Prajapati[13]– pero, en rigor, sería más bien un mero instrumento creado para crear y sostener un mundo “fijo”: un mundo “prediseñado”, un mundo único latente en palabras de enorme trascendencia metafísica: palabras que, posteriormente, en época upanisádica (a partir, aproximadamente, de la mitad del primer milenio antes de Cristo), se transformarán en el Espíritu Absoluto: el neutro Brahman.

Los himnos que acompañaban la iniciación del estudiante védico, al ser “palabras védicas”, son parte del armazón metafísico del mundo, pero también, y esto es lo grandioso, “comunican” este modelo.

Hay tres conceptos fundamentales del pensamiento/sentimiento indio: tapas, veda y brahmán. Esos tres conceptos arden juntos en esta cita de la Svetaasvatara Upanisad:

“Himnos, sacrificios, votos, lo que ha sido y lo que será los Vedas lo dicen. Con eso, el que tiene el poder de la ilusión crea todo este mundo, y en él el otro (purusa) está confinado por una ilusión.” [14].

Todo cosmos, con su Física y su Metafísica (esto es, con su modelo de lo visible y de lo invisible), está lógicamente custodiado. Es una ilusión sacralizada mediante símbolos comunicables, dispuestos a inseminar conciencias. La Física y la Metafísica védica dependían -y dependen, como todas- de su memorización, de su supervivencia en forma de conexiones neuronales fijas, transmisibles, conservables durante milenios en las algas blancas del cerebro de los estudiantes védicos. Ellos –mediante el sufrimiento creativo del Tapas del estudio- se convirtieron en la caja lógica -el hábitat lógico- de una totalidad cósmica.

Hay muchas formas de sostener y de hacer comunicable un cosmos -con sus sueños, sus promesas, sus bellezas y sus horrores. Una de esas formas (una de las más bellas que conozco) se puede contemplar en el Montesacro de Orta, en Italia. Allí se construyeron veinte capillas que narrarán, eternamente, si las dejan otras narraciones, la vida de San Francisco de Asís; entretejida, esa vida, en el logos cristiano, que también querrá ser el logos total: querrá ser Poesía eterna [Véase Poesía].

La foto que vibra al comienzo de este texto fue tomada por mi amigo y alumno Jean Sourdeau. En ella se recoge la estatua de San Francisco que da la bienvenida a aquel que quiera dejarse hechizar por ese bellísimo monte/logos.

De igual manera que el universo védico quiso ser eternizado entre las algas blancas de los cerebros de los brahmanes, cabría visualizar el Montesacro de Orta como un gigantesco cerebro de rocas, de raíces como manos de gigantes, de lagartijas, de templos y estatuas: todo ello al servicio de una narración, de una Poesía, de una finitización del infinito: me refiero a la Creación cristiana (al modelo de mente cristiano, en su versión franciscana al menos).

David López

Sotosalbos, julio de 2010.

(Todos los derechos reservados).


[1] Ambas versiones sólo presentan pequeñas diferencias de orden, según W.D. Withney. Atharva-Veda-Samhita, Delhi, Motilal Banarsidass Publishers. 2001.

[2] Maurice Winternitz, History of Indian Literature, Delhi, Motilal Banarsidass, 1981, pag. 113.

[3] Winternitz, op. cit .pag. 116

[4] Whitney, op. cit. pag. 636.

[5] A. B. Keith, The religion and philosophy of the Veda and Upanishads, Cambridge (Massachusetts), 1925, pags. 369 y ss.

[6] Whitney, op. cit. pag. 636.

[7] “The Laws of Manu” traducción del sánscrito al ingles de George Bühler, Sacred Books of the East, Volum. 25, capítulo II. 36 y ss.

[8] Winternitz, op. cit. pag. 145.

[9] Keith, op. cit. pag.260. Traducción del ingles de David López.

[10] Los himnos escogidos pertenecen a una traducción del profesor Eugenio R. Luján.

[11] Winternitz, op. cit. Pag.113

[12] Gavin Flood, El hinduismo, Cambridge University Press, Madrid, 1998, pag. 74.

[13] AV XI.5.7.

[14] Upanisads. Traducción del sánscrito y edición de Daniel de Palma. Madrid, Siruela, 2001, p.150.


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