Las bailarinas lógicas/ Un diccionario filosófico: “Estado”

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“Estado”. Dice el Tao Te Ching que es un aparato muy espiritual. Muy delicado. ¿Estará también el Estado hecho con la misma materia con la que, según Shakespeare, se hacen los sueños? Creo que sí.

“Estado”. ¿Qué es eso? ¿Alguien lo ha visto? ¿Alguien lo ha podido tocar, oler, oír, alguna vez?

Se habla de “filosofía del Estado” como el intento realizado por los distintos pensadores de la Historia por mostrar la esencia de ese… ¿ser? El concepto de “Estado” parece que lo introdujo por primera vez Maquiavelo en el tejido lógico que vertebra nuestras inteligencias… “estatales”. Lo hizo en su conocida obra El príncipe. Pero antes que él, los grandes del pensamiento realizaron ya intentos de detectar la esencia del “Estado” (De la “Ciudad” si se quiere) o, mejor dicho quizás: de otorgársela: de poetizar esa esencia: de crearla lógicamente.

¿El Estado es una creación humana?  Hay quien dice que es un prodigioso fruto de la inteligencia del hombre: un artilugio artificial: “la incorporación de una nueva esencia a la naturaleza”, podría haber dicho quizás Francis Bacon, el gran profeta de la civilización tecnológica.

La imagen que vive en el cielo de este texto corresponde a un ser vivo denominado Dictyostelium discoideum. Supe de él leyendo esta obra: Emergence, de Steven Johnson. Es una imagen perfecta de un Estado. Otra imagen perfecta de “Estado” es la que aparece en el video que incorporé en otra palabra: “Bailarina lógica” [Véase].

Antes de exponer mis ideas sobre eso que haya detrás de la palabra “Estado”, creo que puede ser muy útil caminar por los siguientes parajes:

1.- El Tao Te Ching. “Poder amar al pueblo y gobernar el Estado, sin actuar”./ “El imperio es un aparato muy espiritual. No se puede manipular con él. Manipular con él es estropearlo. Cogerlo ya es perderlo”. (Tao Te Ching, traducción de Carmelo Elorduy, Tecnos, 2000). Creo que “manipularlo” es ponerlo corruptamente al servicio de intereses particulares, no sociales.

2.- Los sofistas de la antigua Grecia. El Estado sería equivalente a una mezcla de lo que ellos denominaron “Polis” y “Nomos”.  ¿Es el Estado –Polis/Nomos– el enemigo del hombre? ¿Es simplemente un instrumento en manos del poderoso? Protágoras de Abdera: el “Estado” sería un pacto colectivo derivado de la necesidad (la connatural indigencia humana). Trasímaco: el que gobierna llama justo a lo que satisface su interés egoísta. Gorgias: el “Estado” al servicio del más fuerte; y el más fuerte es aquél -ser humano- que domine la palabra. Volvemos a nuestra diosa Vak (la palabra que habla y alardea de su propio poder en el Rig Veda). Tal como parece que pensaba Gorgias, el hombre se creería dueño de esa diosa. Foucault [Véase], o Levi-Strauss [Véase], entre muchos otros, creyeron, o al menos dijeron, lo contrario. ¿Es la palabra entonces la que gobierna los Estados? Creo que deben ser leídas estas dos obras: W. K. C. Guthrie: A History of Greek Philosophy, volúmen III (Cambridge University Press, 1969). Edición en español: Historia de la Filosofía Griega, volúmen III (Gredos, Madrid, 1988); y Sofistas: testimonios y fragmentos (introducción, traducción y notas de Antonio Melero Bellido, Gredos, Madrid, 1996).

3.- San Agustín y la Ciudad de Dios: el Estado sería una congregación de hombres que tienen unas creencias comunes. Y que comparten un objeto de su amor. San Agustín distingue entre una ciudad celeste espiritual (civitas coelestis spiritualis), una ciudad terrena espiritual (civitas terrena spiritualis) y una ciudad terrena carnal (civitas terrena carnalis). Hay una página en internet que me parece de enorme utilidad para quien quiera estudiar a este gran pensador y sentidor cristiano. Es ésta: http://www.augustinus.it/ Y una obra de gran interés sobre una posible pervivencia y transformación del concepto de Ciudad de Dios a lo largo de la Historia es la siguiente: E. Gilson:  Les métamorphoses de la cité de Dieu (Vrin, Paris, 1952). Edición española: La metamorfosis de la ciudad de Dios (Rialp, Madrid, 1965). En mis conclusiones afirmaré que todo proyecto político debe contar con un modelo de “Ciudad” ideal y amarlo. Y que cualquier Estado es, siempre, “civitas spiritualis”.

4.- Baruch Spinoza: Tratado teológico-político (Alianza editorial, Madrid, 1986). Al final de esta obra se dice que “nada es más seguro para el Estado, que el que la piedad y la religión se reduzca a la práctica de la caridad y la equidad; y que el derecho de las supremas potestades, tanto sobre las cosas sagradas como sobre las profanas, solo se refiera a las acciones y que, en el resto, se conceda a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piense”. Creo que el consejo de Spinoza es de inmensa valía.

5.- Nietzsche: Así habló Zaratushutra. En el capítulo titulado “Sobre el nuevo ídolo”, el filósofo del martillo dice esto: “Ahí, donde termina el Estado [Staat], ¡mirad bien hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del Übermensch?” (Edición de Colli y Montinari, Deutscher Taschenbuch Verlag, München, 1999, p. 64). [La traducción de “Übermensch” por “Superhombre” no me parece adecuada]. A partir de estas frases de Nietzsche cabría decir que todo Estado necesita de seres humanos que se aparten de él para, así, revivificarlo con nuevas ideas: nuevas cosas a las que amar colectivamente: nuevos sueños que soñar en red. Y ese apartarse del Estado no tendría que implicar un acto ni siquiera físico. Valdría una cierta capacidad mental de -relativa- desprogramación: de lúcida y revivificante distancia. [Añado el 25 de noviembre de 2010]: Nietzsche en realidad se consideró una especie de terapeuta de la civilización: creyó en la creación de algo así como un “logos azul” que podría modificar el estado de conciencia de eso que, desde este nivel de conciencia, llamamos “Ser humano”.

6.- Simone Weil: “una vida colectiva que, aun animando calurosamente a cada ser humano, le deje a su alrededor espacio y silencio”. Creo que no puede no leerse: La pesanteur et la grâce (Plon, Paris, 1988). En español: La gravedad y la gracia (Traducción e introducción de Carlos Ortega, Trotta, Madrid, 2007).

7.- El moho del fango (Dictyostelium discoideum). Me parece muy interesante esta obra: Emergence. The Connected Lives of Ants, Brains, Cities and Software (Scribner, New York, 2001). Edición española: Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software (Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2003). La tesis fundamental de esta obra es que los sistemas (como las ciudades por ejemplo) se organizan “de abajo arriba”, sin una guía superior. Todo funcionaría perfectamente sin que nadie -ninguna inteligencia particular-sepa cómo funciona. El moho del fango sería un sistema biológico prodigioso: una congregación espontánea de seres vivos que, temporalmente, dejan de ser varios y pasan a ser uno: pasan a querer, a amar, a ser, lo mismo. Yo sostendré que eso podría ser un Estado: ilusión colectiva. Pero frágil. Casi delicuescente.

Debo reconocer que estoy escribiendo estas notas de forma algo apresurada. Desgraciadamente no he tenido tiempo de madurar bien mis ideas. Lo que voy a exponer a continuación son unas simples notas que intentaré mejorar y organizar en un futuro lo más próximo que me sea posible:

1.- El tema del Estado -o la “Ciudad” en sentido amplio- me parece de importancia capital. El ser humano -el individuo- es social y esa sociedad, ese cuerpo, es determinante para sus posibilidades de desarrollo.

2.- Al ocuparme de la palabra “Humanidad” expuse estas ideas:

– “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos).

– Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

– Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

– La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

– Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

3.- Al ocuparme de la palabra “Progreso” [Véase] fueron éstas mis reflexiones:

– La gran pregunta es si el ser humano puede o no intervenir en las cadenas causales que, según los materialistas, mueven todo. Si no     hay libertad, lo más que cabe esperar es que esas cadenas deterministas nos ofrezcan momentos de felicidad creciente para un número creciente personas y de sociedades (el presupuesto básico del progreso humano).

– Tanto los que creen en el progresismo (todo lo pasado fue peor y lo nuevo -lo “moderno”- es bueno de por sí), como los que anhelan la  restauración, o la conservación, de ideales pretéritos (como sería el caso de Leo Strauss), se mueven hacia algo: hay una Idea [véase] que imanta su acción y su corazón. Avanzan hacia algo. Y ese algo es un constructo poético [véase Poesía]. Las disputas políticas son disputas poéticas. Ganará -moverá más mentes y cuerpos- el político que ofrezca más posibilidades de soñar.

– Se progresa o no hacia algo: hacia una idea de hombre y de sociedad -de cosmos en realidad-. Una idea previamente encarnada en nuestra mente por obra de algún poderoso Verbo (humano o no humano). Volveré sobre las reflexiones que expuse en estas conferencias: Belleza, Idea, Cosmos y Poesía. Cabría decir -con Platón- que todo se mueve arrastrado por amor hacia una Idea. Progresar sería reconfigurar lo real para acercarlo a lo ideal.

– El progreso presupone Tiempo. Si, con Kant, y no solo con él, negamos la existencia del Tiempo más allá de eso que sea la psique humana, nos vemos obligados a hablar de algo así como un progreso (cambios sucesivos hacia plenitudes) en nuestra conciencia: en nuestras propias secreciones mentales. Así, la sociedad, el cosmos entero, progresarían dentro de nosotros. ¡Qué lugar prodigioso somos! Aunque no sepamos en realidad lo que somos…

– El progreso también presupone carencia previa; esto es: la descripción de un estado de pre-plenitud. Cuesta llevar nuestra imaginación hasta el cielo tecnológico (por cierto: el cielo, como el infierno, es un lugar donde ya no hay esperanza). ¿Qué cielo espera alcanzar la ciencia de Francis Bacon? De pronto imagino algo así como una red de magos sin materia condicionada (natura naturata), creando, siendo lo que quieran ser en cualquier universo posible, e imposible. Felices, si quieren. O infelices. ¿Es esa una sociedad absolutamente tecnológica y libre? ¿No será eso lo que está ya pasando detrás del velo de lo fenoménico?

– ¿Y si ya se hubiera progresado del todo? ¿Y si la iluminación consistiera en sentir/saber que ya se tiene la plenitud absoluta? ¿Hay algo más que pueda ofrece el progreso científico y político de lo que ya se siente en un estado de meditación profunda? Quizás sí: el Arte; y amar a “lo  otro” (aunque sea un hechizo de Maya). Me refiero a los niños, a la Naturaleza… a los cuerpos y los corazones de otros seres humanos, y también de otros seres no humanos: amar la vida en definitiva: amar a Maya. Al precio que sea, como diría Nietzsche.

– Recuperándonos del abismo meta-filosófico de la Mística, ya con los pies en la sólida tierra de Maya, cabría preguntarse por el tipo de sociedad, por la idea de belleza social, a la que debemos tender (y que debemos plantar en el precioso huerto del alma de nuestros hijos). Aristóteles pensó que el ser humano se actualiza en cuento tal -alcanza su plenitud esencial- cuando filosofa. Algo similar afirma Chomsky en el video que he insertado en estos párrafos. Yo también lo creo. Y lo veo cada día.

– Quizás cabría medir el progreso de una sociedad por el brillo de los ojos de sus miembros. Yo he visto un brillo muy especial -sublime realmente- en los ojos de las personas que practican la Filosofía; la Filosofía radical: esa que se atreve a mirar y a pensar – y a amar incluso- la inmensidad que somos y que nos envuelve. También veo eso brillo en los niños. No en todos, desgraciadamente. Bochornosamente. No hay progreso posible que no considere prioritaria la risa y la ilusión de los niños.

– Sentido del humor y sentido del amor.

– Creo que hay que apostar por una sociedad de filósofos; de filósofos capaces de amar (y de reír y de soñar y hacer soñar); que sería como decir que  hay que apostar por una sociedad de seres humanos plenos. Aunque quizás esa plenitud lleve implícita la posibilidad de autoconfigurar su cuerpo -su parte visible- y convertirse en un centauro: un centauro-filósofo capaz de galopar, con los ojos encendidos de Metafísica, por un prado infinito.

– Si ese futuro centauro es capaz de filosofar, de amar y de soñar (y de hacer soñar)…  llevara entonces a un ser humano dentro: será un ser humano. Si no, ya sí habrá ocurrido el fin del hombre.

4.- El “Estado” como objetivización de sueños colectivos, como una divinidad meta-antrópica que usa la violencia, y el amor, a la vez, para cohesionar voluntades e ilusiones particulares. Dijo Hegel que el Estado era la conciencia del pueblo. Sí. Pero es una conciencia onírica, finitizada, vivificada: el fruto de un ilusión, en el doble sentido que esta palabra tiene en español.

5.- El Estado es el custodio de los sueños compartidos y, a la vez, misteriosamente, es un sueño custodiado por la voluntad de soñar de los soñadores.

6.- El Estado es un ser muy poderoso: controla, en buena medida, la educación: el programa básico de los soñadores. El Estado instala un cosmos entero en la conciencia de sus ciudadanos. Se puede decir que el universo entero es estatal, porque es un producto educacional. No sabemos como es el universo en sí.

7.- El Estado se crea discursivamente a sí mismo, como un Dios con cierta aseidad. El Estado depende de los cerebros estatalizados de sus ciudadanos para existir en la materia, y también para recibir materia discursiva: el Estado es algo pensado, teorizado, por los ciudadanos.

8.- Un buen Estado debe fabricar ilusiones permanentes. Ilusiones posibles. Un estado debe ser algo así como Dream Works. Su mayor amenaza no es, como dijo Hobbes, la guerra civil, sino el aburrimiento: la falta de ilusión: la ausencia de hechizos capaces de movilizarnos bioquímicamente (por utilizar una palabra aceptada hoy día por el sistema educativo de este Estado).

9.- Un fenómeno desconcertante, metafísicamente fabuloso: el Estado es una fuente poderosa de emisión de Logos (el sistema educativo, la Ley, medios de comunicación, etc.) Pero esa emisión, a la vez, está nutrida por la emisión lógica de sus ciudadanos: por lo que piensan y dicen. Estamos ante un flujo lógico impresionante y desbordante para nuestra inteligencia, digamos, estatalizada: el conjunto y la parte se autofecundan permanentemente: no se sabe dónde está el poder.

10.- ¿Cómo será el “Estado en sí”, esto es: no mirado a través de nuestra conciencia estatalizada?

11.- El Estado es un mito que se hace a sí mismo. Una fuerza invisible que modifica la materia al servicio de ese mito (armas, por ejemplo). Es pura magia pragmática al servicio de una idea. El Estado controla incluso la narración histórica. Es su raíz lógica. Su teogénesis. Creo que puede ser útil aquí leer la palabra “Historia” [Véase].

12.- “Ciudad de Dios”. Si por “Dios” entendemos la Idea superior a la que debe estar -o está de hecho- sometido lo real, cabría afirmar que todo modelo de Estado presupone la creencia en una “Ciudad de Dios”. La sociedad sin clases que soño Marx sería un ejemplo. Otro lo sería ese mundo de paz y armonía globalizada, basada en la Democracia, los Derechos Humanos (con mayúscula), etc. Otro lo sería ese planeta completamente islamizado.

13.- [Añado el 25 de noviembre de 2010]: Creo que, mientras vivamos vertebrados con otros seres humanos, es crucial que amemos esa vertebración: que amemos el Estado; y que ese amor nos lleve a querer lo mejor para “él” (la mejor forma para “él” si se quiere, lo cual implicaría una constante vigilancia, y la asunción de algo así como un modelo ideal: una “Ciudad de Dios”). Y el “Estado” debe amar, incondicionalmente, a sus ciudadanos. A todos.

14.- [Añado el 25 de noviembre de 2010]: ¿Cuáles son los límites “físicos, o incluso “espirituales”, de eso que llamamos “Estado”? ¿Cuáles las fronteras entre el “Estado” y la “Naturaleza”? Ya afirmé antes que tengo la sensación de que el universe es estatal. También lo es la “Naturaleza”. Pero me temo que el Estado, en sí, no es un Estado. Ruge por sus grietas lógicas la inmensidad de lo Inefable, siempre capaz de convertir a cualquier cosmos en una preciosa transparencia.

Desde la Apara-Vidya [Véase] que yo venero, creo que un Estado debe tener un objetivo ineludible: encender los ojos, de los niños primero, y de los que no lo son después. Un Estado debe ser capaz de generar ilusiones sostenibles (para poder seguir soñando sobre la Tierra). Y, sobre todo, debe ser capaz de actualizar seres humanos (desarrollarlos en plenitud). Esa actualización, como diría Aristóteles, ocurre cuando el ser humano activa plenamente el filósofo que lleva dentro.

Pero no solo la Filosofía debe ser propiciada y amada por el Estado, sino también la creatividad de sus individuos: precisamente de ahí obtiene él sus nutrientes, su vida misma, su textura onírica, su poderío ilusionante.

Los estados totalitarios, hiper-colectivistas, primero secan los manantiales espirituales de sus ciudadanos y después, se secan ellos por completo.

Un Estado que propicie, con amor y con respeto,  la Filosofía y el Arte sentirá muchos más vértigos, deberá asumir -él y sus ciudadanos- posturas corporales más difíciles, pero disfrutará -él y sus ciudadanos-, todos, del olor de la brisa de la fertilidad infinita.

Y quien siente esa brisa no puede jamás aburrirse. Y no puede jamás dejar de soñar.

Es decir: de vivir.

¿No es vida lo que quiere todo Estado?

Por último: en “estado” de meditación desaparece el “Estado”. Pero, a su vez, un Estado debe ser capaz de entregar espacio y tiempo a sus ciudadanos para que puedan meditar. Pues será gracias a esos espacios, a esos silencios, como podrá entrar en el Estado la energía infinita de lo sagrado.

David López

Sotosalbos, 22 de noviembre de 2010.


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