Diccionario filosófico: “Lenguaje”.

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“Lenguaje”. Ofrezco a continuación algunas notas -muy provisionales- sobre este monstruo prodigioso. Sagrado y sacralizador… si es que existe más allá de la propia palabra que lo designa.

Dijo Heidegger (bueno, él no en realidad, sino el propio lenguaje) que el lenguaje es la “casa del Ser”.  Wittgenstein afirmó, por su parte -en sus frases, en su propio sueño lógico- que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Pero tengo la sensación de que  “casa”,  “Ser”,  “mundo”  o  “lenguaje” no son más -ni menos- que palabras: bailarinas lógicas: hechizantes nadas dispuestas a ser amadas y a fabricar en nuestra conciencia universos enteros.

Estamos, por tanto, ante otra bailarina lógica. Y cabe cuestionarse incluso la existencia misma del lenguaje más allá del sustantivo que presiona nuestra conciencia para obtener realidad.

He dudado de si realmente la palabra “lenguaje” merece una entrada específica en este diccionario. Y he estado a punto de ampliar lo que tengo escrito en “Logos” [Véase]. Pero creo que a esta bailarina hay que dejarla bailar sola… y disfrutar de sus hechizos específicos. Adelanto ya lo que creo que la distingue de “Logos”: su inmanencia. El “lenguaje” sería un logos detectable, estudiable, sistematizable, desde eso que llamamos “inteligencia” humana. Sería un momento concreto del Logos total. Y, por tanto, cabría hablar de lenguajes, en plural, en un plural segregado desde un Logos Único (¿La teoría unificada que ansía la Física contemporánea?).

“Lenguaje”. De los distintos significados que a esta palabra otorga la Real Academia destaco el primero y el sexto:

1.- Conjunto de sonidos con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente.

6.- Conjunto de señales que dan a entender algo.

¿Es el lenguaje un vehículo de pensamientos y de sentimientos… o el sistema que los condiciona; que los fabrica incluso?

El siglo veinte (esa sorprendente abstracción cuantitativa) colocó al pensamiento filosófico en el abismo de lo que ese pensamiento no pudo menos que llamar “lenguaje”. La filosofía, para muchos, no sería ya sino pensamiento sobre el lenguaje. Todo sería lenguaje -sólo eso… ni más ni menos que eso. Pero, ¿qué es el lenguaje? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cuál es su textura ontológica?

¿Alguien ha visto el lenguaje?

Filosofar entorno a la enormidad del lenguaje -de esa cárcel prodigiosa- ofrece espectáculos que, por sí solos, justifican el hecho mismo de la existencia. Dicho con palabras absurdas y autocontradictorias -como todas-: es fabuloso contemplar a ese ser -con sus mundos y sus dioses y sus hombres- retorcerse sobre sí mismo para mirarse, para saber qué demonios es él mismo más allá de los simples sustantivos. De dónde viene. Qué o quién lo ha creado.

Tengo la sensación de que el lenguaje, en sí, no cabe en el concepto de lenguaje. ¿Cómo nombrar, aquietar, el lenguaje -cualquier lenguaje- en uno de sus sustantivos?

Pero aunque no sé lo que es,  amo el lenguaje -esa fuerza que nos hechiza- porque en él vibran, al menos en su parte “visible”, seres a los que amo perdidamente: seres que pueden ser momentáneamente señalados con sustantivos como “personas”, “bosques”, “sueños” o “cielos”. Esta sensación me llevará a reivindicar una sacralización de este lenguaje; aunque consciente de sus hechizos y de su delicuescencia. Creo que el cosmos -entero- es tan frágil y moldeable como una simple frase. Como esta frase en la que ahora estamos.

Antes de desarrollar estas ideas y sensaciones “personales” creo que puede ser útil observar algunos lugares del tejido lingüístico en el que soñamos:

1.- Vak. La diosa de la palabra según la tradición védica. Este diccionario en realidad es una especie de teología -confesadamente expresionista- cuyo objeto específico es esa divinidad. Repitamos las palabras de Vak (lo que ella misma dice de sí misma y dentro de sí misma):

Himno 10.125,verso 4, del Rig Veda:

“El que come comida, el que verdaderamente ve, el que respira, el que oye lo que se dice, lo hace a través de mí. Aunque ellos no se dan cuenta, habitan en mí”.

2.- Upanayana. Creo que es oportuno volver sobre este ritual védico. Algunas de mis notas se pueden leer [aquí]. La idea fundamental es que la tradición védica habría tomado conciencia de la necesidad de custodiar un texto concreto -un lenguaje aquietado- para salvar un cosmos entero en la memoria de sus estudiantes védicos.

3.- Los sofistas griegos. Gorgias: el lenguaje no expresa nada. El lenguaje como instrumento de poder.

4.- Platón (Cratilo): los nombres están relacionados con las cosas sin necesidad de que los hombres lo acuerden. Y consiguió Platón un cierto acuerdo a este respecto.

5.- Edad Media. Tema de los universales [Véase]. Los realistas creerían que los árboles existen más allá del lenguaje, que ese sustantivo -árbol- existe per se y que recorta con sus tijeras ontológicas los confines de ese ser en la placa empírica que se nos presenta.

6.- Voltaire. Diccionario filosófico. En la entrada “Lenguas” este sacerdote de la ilustración francesa afirma: “Dícese que los indios empiezan casi todos sus libros con estas palabras: Bendito sea el inventor de la escritura:   nosotros también podríamos empezar este artículo bendiciendo al autor del lenguaje.” Y el artículo que escribe Voltarie en realidad es una declaración de amor a su lengua madre (el francés)… la lengua en la que le habló su madre,  Marie Marguerite d’Aumary, que murió cuando el futuro filósofo tenía solo siete años. Vak -la diosa de la palabra en la tradición védica- es también un ser femenino.

7.- Lenguaje y lenguajes. ¿Hubo una primera lengua madre en la especie humana? ¿Qué podemos encontrar recorriendo para atrás la cadena causal de los lenguajes? Hay buenos artículos sobre el lenguaje en Wikipedia. Pero Wikipedia -como cualquier otra enciclopedia- está confinada en el interior de los círculos de los lenguajes.   En la versión española se define lenguaje así:  “Se llama lenguaje (del provenzal lenguatgea) a cualquier tipo de código semiótico estructurado, para el que existe un contexto de uso y ciertos principios combinatorios formales. Existen contextos tanto naturales como artificiales”. Wikipedia es lenguaje que habla de sí mismo: es algo que le ocurre al lenguaje -o una parte del lenguaje- de una parte de la humanidad.

8.- Real Academia Española: una energía cosmizadora: se trabaja para que un lenguaje -el español- se mantenga unido e identificable como tal en las redes humanas en las que vive y hace vivir. Sus reglas son descriptivas y, a la vez, prescriptivas. Sugerencias en realidad. Leyes no coercitivas decretadas por amor a la lengua española, desde la lengua española. Y se cree que ese producto particular del lógos humano tiene una esencia que puede custodiarse e identificarse a pesar de su evolución. Allí, en esa Academia, algunos seres humanos escogidos debaten sobre el verdadero baile que bailan las bailarinas lógicas. Algunas de ellas tardan en ser aceptadas en ese prestigioso salón de baile. Algunas no entran nunca.

9.- Wittgenstein (primero y segundo), Nisargadatta, Heidegger (último Heidegger)… Un muy lúcido y sólido estudio de las intuiciones que estos tres “pensadores” expusieron -dentro del lenguaje- con ocasión de la palabra “lenguaje” lo ofrece Mónica Cavallé en esta obra: La sabiduría de la no-dualidad (Kairós, Madrid, 2008). Leer lo dicho por Mónica Cavallé sobre lo dicho por esos tres sobrecogedores poetas es una gran experiencia filosófica. Y poética:

“El Oriente no-dual siempre se ha asombrado del poder de la palabra y de su surgimiento desde el silencio. El jnanin [con la primera “a” larga] ha sabido que su palabra no es suya -¿quién elige cada palabra que dice o cada pensamiento que piensa?- y ha rastreado este surgir hasta sumergirse en el acto impersonal de creación de la Palabra Una. Y el Oriente no-dual se ha maravillado, igualmente, ante la capacidad de la palabra para ocultar su propio surgimiento impersonal y alumbrar mundos estrictamente personales, separados y autónomos; una infinidad de sueños entrecruzados, pero que nunca confluyen; cárceles de ignorancia construidas por palabras oscurecidas en su carácter clausurado y auto-enfático […] (pp. 599-600).

Lo que la palabra lenguaje provoca en eso que sea mi inteligencia -y eso que sea mi corazón- quizás pueda expresarlo así:

1.- Como ya confesé antes, amo este lenguaje en concreto, con sus hechizos. Me refiero al lenguaje básico que vertebra mi inteligencia y mi sensibilidad, el cual, según nos dicen los buenos lingüistas, es común a toda la especie humana [Véase “Humanidad“].

2.- Ese amor hacia este lenguaje no me impide ser consciente de su textura onírica, de su inefabilidad en cuanto cosa en sí. El lenguaje, en sí, más allá del lenguaje mismo -más allá de esta frase y de otras que puedan configurarlo-no existe. No cabe hablar de lenguaje en sí, más allá de un acto concreto que lo sostenga -un acto de habla.

3.- Una pareja de enamorados acaba y termina en una matriz lingüística: un sueño compartido, una música común, única, irrepetible: un cosmos misterioso cuya estructura lógica está a disposición de los dos poetas que lo configuran a la vez. Por amor. Por amor a su sueño compartido: sueño de mentes y de cuerpos entrelazados en un universo para dos.

4.- ¿Cómo visualizar la estructura metafísica de un lenguaje? Yo lo veo como una forma de comunicar encadenamientos entre universales. “Mi mano tocó la nieve acumulada en las ramas de un fresno”. La frase es una música mágica que muestra el baile entrelazado de parcelaciones arbitrarias del infinito. Es prodigioso. Sobre todo porque la visión de ese baile puede llevarse a otra conciencia, al que escuche lo dicho.

5.- Al ocuparme de “Logos” [Véase] y “Humanidad” [Véase] ya compartí mi sensación -mi convicción- de que somos magos. Magos lógicos (también químicos). Y que tenemos acceso al Logos que vertebra nuestras almas y la de nuestros seres queridos. Una frase, sincera, enviada al sueño particular de la persona a la que amamos puede reconfigurar el color de todos los cielos de ese sueño. El lenguaje es sagrado y sacralizador. Se puede irrumpir en el sueño ajeno y llenarlo de belleza (de lo que según ese mismo sueño es belleza [Véase “Belleza“]). Eso sería agraciar [Véase “Gracia“].

6.- Si bien el lenguaje -como Logos observable y analizable por una inteligencia- es un sistema regido por leyes, su fuente es no legaliforme. Si aceptamos una sola libertad -la de “Eso” que, por ser nada, puede ser y hacer cualquier cosa- “nuestro” uso del lenguaje sería siempre sagrado: todo lo dicho estaría dicho desde las profundidades: desde “Dios” si se quiere este vocablo. Heidegger o Nisargadatta dijeron que nadie dice nada. Todo es escucha.

7.- Los lenguajes en plural se presentan como sistemas organizados en función de leyes gramaticales. Pero esos sistemas  -dejando aparte los lenguajes “artificiales”- se han sistematizado “solos”: serían sistemas emergentes, button-up: universos legaliformes y legaliformizadores que han surgido de… ¿de dónde? ¿De la interacción entre las leyes de la naturaleza y la materia de los cerebros de la humanidad? ¿Será la teoría unificada de la Física el primer Verbo, esa palabra primera de la cual surge todo lo existente, lenguajes incluídos?

8.- Me fascinan especialmente los renglones del lenguaje escrito. Y todo lo escrito por los filósofos y poetas se me presenta como las yemas de los dedos de un ser que apenas puedo intuir, pero que parece que quiere tocar algo.

¿Qué quiere tocar? ¿Qué quiere decir el lenguaje en su totalidad? ¿Cuánto va a llegar a decirse con el lenguaje? ¿Qué sorpresas nos esperan en los renglones que todavía no han sido escritos a través de nosotros; y en nosotros? ¿Cuánto le queda a “Dios” (o al “hombre”) por decir/por crear?

¿Qué prodigios nos esperan gracias a los hechizos de las manos -humanas y divinas a la vez- del lenguaje?

Creo que muchos. Y creo que cabe decírselos, al oído, a las personas a las que amamos.

“Una palabra tuya bastará para sanarme”.

David López

Sotosalbos, 14 de febrero de 2011.


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