Las bailarinas lógicas (Un diccionario filosófico): “Meditación”.

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“Meditación”. Es una de las más grandes palabras de mi mitología personal: una palabra que designa -sin éxito- mi cotidiana inmersión en lo Innombrable.

Durante algunos años he estado impartiendo cursos sobre esa enormidad en mi casa de Sotosalbos. Y he visto prodigios. Por el momento he suspendido esta actividad para concentrarme en mi libro sobre la metafísica de Schopenhauer, un filósofo que no me consta que meditara, pero que intuyó -intelectualmente- el corazón infinito que late al otro lado -y también dentro- de lo pensable.

Reproduzco el texto con el que presentaba mis cursos:

La palabra meditación se utiliza para nombrar una antiquísima actividad “humana” (o, si se quiere, una radical no-actividad) que excede las posibilidades semánticas de cualquier lenguaje. Podría decirse –fracasando siempre- que esa palabra se refiere a una relajación absoluta –a un silencio radical- que “nos” lleva/devuelve a la prodigiosa Nada/Todo que somos: algo que ha querido ser nombrado con palabras como Nirvana, Satori, Moksa, Samadhi, Grunt, Fusión con Dios, Libertad.... “Allí” no hay dioses ni seres humanos ni ateísmo ni materia ni Historia ni lenguajes ni verdades. “Allí” hay paz. Inmensidad. Libertad. Y, sobre todo, fertilidad infinita. Por eso, desde “allí” podemos reconfigurar y sublimar nuestra vida; esto es: nuestra mirada; esto es: nuestro mundo.
El curso es de un día intensivo –nueve horas- y combina teoría y práctica. La parte práctica consiste en una serie de meditaciones guiadas cuya duración total es de cuatro horas. La comida se realiza en silencio: concepto límite que es la clave del curso.
 
Y para visualizar el insólito fenómeno de la meditación en sus manifestaciones filosóficas, místicas y poéticas incluyo una clase teórica -de hora y media aproximadamente- en la trato las siguientes ideas:
 
–         Raja Yoga: el samadhi.
–         Vedanta: equivalencia entre Brahman y Atman.
–         Maestro Eckhart: el Grunt: “Si yo no hubiera querido no existiría ni yo ni Dios mismo”.
–         El satori del Zen: el silencio abisal: lo que escucha Dios antes y después de la Creación (D.T. Suzuki).
–         Los universales en la filosofía europea. Meditar es desactivar los universales.
–         Kant: la naturaleza como producto artificial de la mente.
–         Simone Weil: “Solo descreándome puedo participar en la Creación”.
–         San Juan de la Cruz: la Llama de amor viva: “Acaba ya, si quieres”.
 
 
 

Si conecto estas ideas con el presente Diccionario filosófico, podría decir que en la meditación se oye el silencio, y se percibe la prodigiosa inmensidad, de la sala de baile donde quieren bailar todas las bailarinas lógicas. La meditación disuelve a la diosa Vak (la Gran Diosa de la Palabra); pero la sublima a la vez al evidenciar que está hecha con el mismo tejido que los sueños de Dios.

Quizás las siguientes ideas pueden completar los párrafos anteriores y ampliar mis posibilidades de acercar el lenguaje a esa enormidad que es fuente y, a la vez, muerte de cualquier lenguaje:

1.- “Meditación” es otra palabra, otra bailarina lógica, y, como tal, está construida por tejidos onírico-lógicos.

2.- Podría decirse que la meditación permite desactivar “temporalmente” un cosmos entero. En ocasiones se afirma que es algo positivo pero muy breve: diez minutos, una hora… no se puede vivir en ese estado permanentemente. Este tipo de afirmaciones son exigencias sistémicas del cosmos desde el que se entra en meditación (el cosmos que queda en suspensión). Así, un creyente (viviente) en el cosmos azteca regresará a sus dioses y a su naturaleza encendida de almas. Un marxista volverá a ver el Diablo del Capital y la convulsión sufriente de la “Clase obrera”. Aristóteles regresaría a su universo de esferas concéntricas. Y un físico actual de la universidad de Cambridge a sus super-cuerdas y a sus agujeros negros. Cada uno regresará a su sueño sagrado y ubicará la experiencia de la meditación en las estanterías lógicas que le ofrezca ese sueño (o esa coreografía de bailarinas lógicas, si se quiere decir así).

3.- En cualquier caso es importante precisar que la meditación no dura diez minutos. Ni una hora. No tiene “duración”. Es una experiencia meta-temporal porque implica una desactivación de esa maquinaria psíquica constructora de tiempo que describió Kant; entre otros. Aunque, en realidad, la meditación no es tampoco una “experiencia” ni es “humana”. Ni es, por tanto, “meditación” (como verbo que presupone un sujeto, etc.)

4.- El regreso. Algo que vengo observando desde hace años en mí y en otras personas que han meditado conmigo es que el regreso sublima el cosmos en el que se viva. El mundo recuperaría el olor a nuevo. Cabría hablar de la Firstness a la que se refirió Peirce: lo que vio Adán antes de que se creara el lenguaje. Simone Weil: “Sólo descreándome puedo participar en la Creación”. [Véase “Concepto“]. La meditación podría quizás ser definida como un morir y volver a nacer en el cosmos en el que se murió; pero volviéndolo a estrenar.

5.- En “Máquina” [Véase] afirmo que el ser humano no fabrica máquinas, sino que vive en una máquina -una máquina sagrada- que fabrica máquinas a través de él. Todo es artificial. Todo es natural. Es lo mismo. Cabría aclarar aquí ya que la fuerza que es dirigida y controlada por esa titánica maquinaria es la nuestra propia, pero que ahí ya no somos “seres humanos”. Afirmo también con ocasión de la palabra “Máquina” que hay un interruptor “interior” para desactivar ese cosmos-máquina en el que vivimos: la Meditación. El “interruptor exterior” sería la “Gracia” [Véase].

6.- Kant hizo un enorme esfuerzo en su Crítica de la razón pura para marcar los límites de lo que podía ser conocido. Y dibujó una especie de isla -la del conocimiento humano- rodeada por un océano tempestuoso, inaccesible a la razón pero irresistible para ella. Cabría decir que en meditación saltamos a ese océano desde el último acantilado de nuestra mente -y de nuestro corazón- insulares. Y regresamos mojados. ¿De agua? No. De nosotros mismos: somos ese sobrecogedor océano que Kant consideró incognoscible.

7.- Eso que a sí mismo se sigue denominado hoy “Ciencia” ha realizado algunos estudios de lo que le ocurre a la fisiología humana en estado de meditación. Es un absurdo, porque el modelo de realidad desde el que se quiere estudiar -y algoritmizar- la meditación es una entre las infinitas formas de crear un hechizo sobre la superficie de ese océano que no puede mirarse a sí mismo.

8.- Creo que es también útil afirmar desde este cosmos que ahora nos hechiza (el cosmos desde el que yo escribo y tú lees) que el ser humano no medita. En meditación quedaría desactivado ese universal, ese sustantivo, ese autohechizo. En meditación no se es “un ser humano” [Véase], ni un “ksatriya”, ni un “obrero”, ni un “empresario”, ni una “mujer liberada”, ni un “hijo de Dios”, ni un “resultado de la evolución” ni “un lugar donde el universo se conoce a sí mismo”.  Se trata de una irrupción de lo que no tiene esencia (la nada omnipotente) en una de sus infinitas creaciones. Esta última frase es lo más que puedo decir dentro de este sueño; dentro de esta maquinaria lingüística, sagrada, pero cegadora. En meditación ya no se es un “ser humano” pero se tiene “la sensación” (si cabe hablar así) de haber vuelto por fin a uno mismo: de no haber sido nunca tan uno mismo.

8.- Desde una perspectiva materialista-panmatematista (el principio de indeterminación de Heisemberg es panmatematista) el estado de meditación sería una consecuencia necesaria de la interacción de las leyes de la naturaleza sobre la Materia de nuestro cerebro. Si es así, deberíamos sacralizar la Matemática y sus capacidades de reconfiguración de la Materia [Véase “Materia“]. Pero insisto en que la meditación implica una desactivación de los discursos, de los sueños aparentemente legaliformes: y el discurso cientista-materialista es un sueño.

9.- Al ocuparme de la palabra “Luz” [Véase] comparto la sensación de que la fuente de toda luz (incluida la fuente de la luz que describe la Física actual) es una tiniebla absoluta: no puede verse ni pensarse siquiera. Cabría decir que meditar es remontarse “luz arriba” hasta la boca del primer manantial. Y dejar de ser -aniquilarse- en Eso innombrable que trasciende el dualismo existencia/no existencia. Y, “después” (un “después” sin Tiempo), volver al arroyo, y fluir en él, sabiéndose su fuente y su final.

Creo que desde el estado de meditación -o, mejor dicho, desde “el regreso”- cabe reformular la famosa petición de Jesucristo así:

“Ama al prójimo como a ese prójimo que eres tú en tu conciencia”. Desde la sombra infinita de nuestro verdadero ser, el yo soñado, el yo construido, nuestro avatar, aparece como algo ahí, como cosa entre cosas del mundo, como un contenido de conciencia, como algo que puede ser amado sin que agote nuestro ser.

Y creo, finalmente, que desde la meditación cabe amar nuestra mente, ese lugar de prodigios, ese taller de magos. Pero para amarla hay que poder salirse de ella y contemplarla, con ternura, como el que mira, extasiado de amor, a su hijo dormido.

David López

Sotosalbos, 14 de marzo de 2010.


One Response to “Las bailarinas lógicas (Un diccionario filosófico): “Meditación”.”

  • esotericos Says:

    Muy chula la pagina estos temas son apasionantes.
    <es mucho mas sencillo sentir la meditación que explicarla, pero me ha gustado mucho

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