Diccionario filosófico: “Naturaleza”.

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“Naturaleza”. Del griego Physis. Del latín Natura.

Un nombre, una bailarina lógica, con la que, desde que dejé la sabiduría de la infancia, mi mente se ha creído que podía atrapar algo que estaba ahí, ahí delante, y detrás, y alrededor, ¿y dentro?, provocándome grandes sensaciones. “Amar la naturaleza”. Yo la he amado locamente. Y la sigo amando de la misma forma. Ella -¿es hembra?-me ha proporcionado momentos que, por sí solos, han justificado el hecho mismo de vivir. Pero la “Naturaleza” también me ha proporcionado momentos terribles: en alguna ocasión, incluso, estuvo a punto de matarme: de digerirme, de transformarme dentro de su -poderoso, fascinante, sagrado, despiadado- taller de alquimia.   Recuerdo la espantosa belleza de las rocas y de los musgos y del cielo y del agua que me acompañaban, impasibles, mientras me iba muriendo de hipotermia en un paraje natural de sublime belleza, hace ahora trece años. Me salvé de milagro. ¿O realmente fallecí y no lo sé?

“Naturaleza”. ¿Qué se ama cuando se ama eso de la “Naturaleza”? ¿Es lo mismo que amar a “Dios? ¿Qué demonios es eso de la “La Naturaleza”? ¿Tiene acaso un “ser”? ¿Tiene sentido practicar una ontología de la Naturaleza?

Muchos de los pensadores/sentidores que la narración canónica de la filosofía occidental denomina “los presocráticos” titularon sus obras así: “Sobre la naturaleza”. En general quisieron ofrecer frases que simbolizaran el todo: lo que hay, ahí, en su conjunto más omniabarcante, y en su composición más íntima.

La “Naturaleza”. ¿Cómo es posible que haga sentir tanto… tanta “Belleza”… y tanto horror, a la vez? ¿Qué tiene? Para empezar, se podría decir, desde el modelo de mente de los filósofos naturalistas, que nos tiene a nosotros mismos. Y a ellos, claro, con sus propias teorías sobre lo natural. Sería una religiosidad extrema. Un vínculo -inevitable, inmune por completo a la falta de fe- entre el ser humano y todo lo que hay.

Este texto está encabezado por un conocido cuadro de Caspar David Friedrich en el que se representa a un ser humano contemplando “la Naturaleza”. Pero también cabría afirmar que la pintura muestra, simplemente, Naturaleza (ser humano incluido). O más aún: cabría afirmar que es también “Naturaleza” el conjunto formado por ese cuadro, sus óleos, la tela, el bastidor… y los óleos interiores de la fantasía del pintor… y estas mismas frases (como un oleaje de símbolos mojando la retina de quien ahora las lee)… y también los óleos psíquicos que pintan el alma de ese lector.

¿Qué es “Naturaleza”? ¿Qué no lo es?

Naturaleza. Natura. Hay quien ha considerado este concepto como contrario a “Cultura” (los sofistas de la antigua Grecia, o los taoístas, entre otros).

La tesis fundamental que intentaré expresar en este texto (aunque todavía como simple borrador) es la siguiente:

La “Naturaleza” es artificial: es un producto cultural: una opción ideológico-metafísica entre las muchas que ha ido generando y proponiendo el pensamiento del ser humano. La “Naturaleza” es una leyenda, un hechizo, como lo son todos los bailes de todas las bailarinas lógicas que jadean en este diccionario. La “Naturaleza” es el personaje -casi siempre no antrópico- de un cuento: una fantasía, como cualquier cosa que quiera presentarse como no infinitamente misteriosa. Aún así, creo que merece la pena adentrarse en esa leyenda: quizás también las leyendas sean “naturales”, tanto como las algas y los cetáceos que vibran, sueñan y son soñados en los oceános.

Antes de desarrollar con algo más de detalle esta tesis/sensación, creo necesario hacer el siguiente recorrido:

1.- Diferencia entre “naturaleza”, en minúscula, como esencia de las cosas y “Naturaleza”, en mayúscula, como cosmos (complexum omnium substantiarum). La ontología sería la disciplina filosófica que estudia el “qué” de cada cosa, su “esencia”, su “substancia”: su “naturaleza” (con minúscula).  No entro ahora a calibrar y diferenciar esas bailarinas metafísicas. Por otra parte, la “Naturaleza” (con mayúscula) sería, desde algunos modelos de mente,  todo lo que hay (o una región, una parte, de ese todo): un todo, o parte del todo, que estarían determinados por el tiempo, el espacio y la causalidad, siempre bajo el yugo de  leyes deterministas (o estadísticas, si es que se aceptan las propuestas de Heisemberg). Esa “Naturaleza” -esa fantasía en realidad- la estaría estudiando y dominando la Ciencia (la Física, la Biología, la Química, etc.) Así, desde esta cosmovisión (desde este hechizo) la esencia (la “naturaleza”) de todo sería la propia “Naturaleza” -ahora otra vez en mayúscula- según ese hechizo las describe: legaliforme, causal, formada por piezas -o energías, o leyes- inertes, absurdas, pero capaces de fabricar vida, inteligencia y conciencia.

2.- Civilización indo-aria. Las cuatro fases de la vida. Según señala Nikhilananda en la introducción a su edición de las Upanisad (Ramakrishna Vivekananda Center, Nueva York, 1949, p. 4) el Veda ofrece un modelo de vida que, en su tercera fase temporal, abriría al ser humano la salida a “la selva” (al “campo” diríamos ahora). Esto está programado para el momento en el que ya han aparecido las primeras canas y la piel se ha arrugado (y los hijos son ya adultos). Del “campo” (de la “Naturaleza”) de esa civilización, tal y como fue vivida por algunos de sus miembros, surgieron unos textos -unas sagradas revelaciones- que llevan por nombre “Aranyaka”. De ellos se derivaron, en muchos casos, las Upanisad. En español hay una cuidada edición, a cargo de Consuelo Martín, de una de las primeras: Brihadaaranyaka Upanisad (Gran Upanisad del bosque), Trotta, 2002. Es curioso: se trataba de retirarse a la “Naturaleza” para contemplar a Brahman (Dios, más o menos), una vez apaciguado (no extinguido del todo) el ruido moral y religioso de la civilización. La Naturaleza como lugar privilegiado para la contemplación del Absoluto. Mucha gente me ha confesado que sólo en la Naturaleza ha podido sentir algo que, quizás, podría ser realmente excepcional, religioso, sagrado, o místico si se quiere. Hay quien ha sentido algo así en el cuerpo -natural ¿no?- de otra persona, gracias a eso que llamamos, muy esquemáticamente, “sexo”.

3.- El romanticismo alemán. Fue, entre otras cosas, una guerra poética para liberar la “Naturaleza” del cepo ontológico que había fabricado el cientismo materialista, el cual habría reducido esa “cosa” que tanto nos hace sentir a una especie de maquinaria de piezas muertas (átomos, moléculas), sacudidas por leyes ciegas e inconscientes. Contra esta -útil, sólo útil, momentáneamente útil- poetización de lo que hay y envuelve al ser humano, los románticos habrían querido recuperar el misterio, la Magia, la consciencia no humana, la inefabilidad, la libertad, la creatividad, lo sagrado: habrían querido hacer un boca a boca, urgente, apasionado, voluptuoso, a todas las hadas cuyo pecho había sido atravesado por los alfileres del materialismo cientista. Sigo recomendado, entre otras, la siguiente obra editada en español: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona, 2009. Mi artículo sobre Rüdiger Safranski puede leerse [Aquí]

4.- Ludwig Feuerbach: La esencia de la religión (Páginas de Espuma, Madrid, 2005; edición y traducción de Tomás Cuadrado). Feuerbach dio comienzo a esta obra afirmando lo siguiente: “El ente distinto e independiente de la esencia humana o Dios (en cuya descripción consiste La esencia del cristianismo), el ente que no posee esencia humana, propiedades humanas, individualidad humana no es otro, en realidad, que la naturaleza”. Y define así Feuerbach esa cosa que no es Dios ni es el hombre: “Para mí “”naturaleza”” (exactamente igual que “”espíritu””) no es más que un término general para designar entes, cosas, objetos que el hombre diferencia de sí mismo y de sus propias producciones y que agrupa así bajo el nombre colectivo de “”naturaleza””; pero en absoluto un ente universal, extraído y separado de la realidad, ni personificado o mistificado.”

La guerra de los poetas por configurar y, después, aquietar, el Kosmos noetos de la mente humana. Para Feuerbach la “Naturaleza” (sus entes… sus universales en realidad [Véase “Universales]) son el ens realissimum: lo absolutamente real. No hay otra cosa. No cabe lo “sobrenatural”. Pero tampoco se nos aclara qué es lo “natural”.

5.- El movimiento ecologista. Creo que debe leerse -y analizarse críticamente, desapasionadamente- este polémico y conocido libro: Bjorn Lomborg: El ecologista escéptico (editado en España por Espasa, Pozuelo de Alarcón, 2oo3). Lomborg sostiene en esta obra que el planeta en el que vivimos no está tan mal como afirma la mayoría de los movimientos ecologistas. Todo lo contrario: está cada vez mejor, y cada vez más gente vive mejor en él, lo cual no significa que no haya problemas y que no haya que seguir luchando para resolverlos. Lomborg -un profesor danés de estadística- se basa en informes oficiales emitidos por organismos internacionales. Carezco de recursos, por el momento, para valorar esta obra. Pero creo que debe ser leída, como praxis de una actitud filosófica que esté siempre atenta a la posibilidad de que las cosas no sean como parecen: una respetuosa, y analítica, y valiente, puesta en cuestión de lo no cuestionado.

6.- Otra obra que recomiendo especialmente, con ocasión de la palabra “Naturaleza”, está escrita, con extraordinaria belleza, por alguien que afirma no amar especialmente la Naturaleza. La obra es ésta: Felipe Fernández-Armesto: Civilizaciones (La lucha del hombre por controlar la Naturaleza), Taurus, 2002. Se trata, según afirma su propio autor (p. 16), de una “historia de la naturaleza, incluyendo en ella al hombre. A diferencia de otros intentos anteriores de escribir la historia comparada de las civilizaciones, éste está organizado en función de los diferentes entornos y no de periodos o sociedades”. La lucha del hombre contra la Naturaleza. ¿Es eso real? ¿Es eso posible siquiera? Felipe Fernández-Armesto cree que es lo definitorio de las civilizaciones. Y dice (p. 21): “Me emocionan las ruinas porque las veo como heridas que la civilización ha sufrido dentro de una batalla perdida contra la naturaleza. Por otra parte, el conocimiento de lo salvaje me merece todo el respeto e incluso la veneración, y me emocionan igualmente las heridas que el hombre inflige a la naturaleza”. Gran y apasionante batalla. ¿Es real? ¿No es el hombre, también, Naturaleza? ¿La Naturaleza guerreando contra sí misma? ¿O es que hay algo en el hombre -algo no natural, pecaminoso si se quiere- que amenaza el orden natural?

Expongo a continuación algunas ideas provisionales que provoca en mi mente la bailarina “Naturaleza”:

1.- Ya lo he repetido a lo largo de este breve texto: yo he sentido grandes cosas “ahí”. Grandes de verdad. Pero, ¿”ahí dónde”? Respondo -me respondo-: ha sido en lugares solitarios, muy abiertos, poco o en absoluto transformados por el ser humano. Daba igual si era un bosque, un llano desértico, una montaña, un río o una playa salvaje. ¿Por qué ahí? Se me ocurren algunas respuestas para salir del paso: por la cantidad y la pureza del oxígeno; por la “descontaminación” psíquica; por la desactivación de la vigilancia civilizatoria. No sé. Quizás se trate de lugares donde no ruge el alga lógica de la Humanidad (esa red psíquica, esos “ruidos” casi metafísicos, que emana las colectividades humanas y sus obras). Insisto: no sé.

2.- En cualquier caso, es simplemente una opción ideológica (o metafísica) sostener el dualismo que separa ontológicamente al hombre de la Naturaleza (una metafísica que está, curiosamente, implícita en el movimiento ecologista). Así, desde el naturalismo (como corriente filosófica) cabría reducir todo -todo- incluido el ser humano y sus sueños, a la Naturaleza. A “lo natural”. No habría entonces lucha alguna entre el hombre y la Naturaleza. El ser humano no sería -según consideran los movimientos ecologistas- el único malo posible dentro del orden natural: la única amenaza el sagrado equilibrio de la Naturaleza. El comportamiento -“anti-ecológico”- del ser humano sería tan natural y tan armónico como una esperada lluvia de primavera o los primeros brotes de los castaños.

3.- La “Naturaleza”, como adelanta al comienzo de este texto, es un producto cultural. Una fantasía. Una palabra con la que se ha sustituido a otras como Dios o Tao o Brahman (palabras que, por otra parte, nunca pudieron decir nada de su objeto).

Una mirada no ideologizada hacia eso que llamamos “Naturaleza” nos muestra, aquí, en lo que hay, el infinito inefable, que yo siento “sagrado”, por decir algo desde el lenguaje.

David López

Sotosalbos, 25 de abril de 2011.


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