Diccionario filosófico: “Sueño”

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“Sueño”. Soñamos. Es prodigioso que eso ocurra. El filósofo es aquel que no se acostumbra a lo prodigioso: aquel que no se acostumbra a lo que hay. Porque finalmente es incapaz de abarcar lo que hay en palabra alguna, en sistema alguno. Lo que hay es demasiado grande y prodigioso.

El 27 de abril de 1951, dos días antes de su muerte, Wittgenstein escribió estas frases sobre el desconcertante prodigio de soñar (y de vivir, que es lo mismo):

675. Si alguien cree haber volado hace pocos días desde América a Inglaterra, creo que no puede equivocarse en eso. De igual manera, si alguien dice que ahora está sentado a la mesa y escribe.

676. “Pero aunque yo no pueda equivocarme en semejantes casos, ¿no es posible que esté narcotizado?” Si lo estoy y si la anestesia me ha robado la conciencia, entonces en realidad ahora no hablo ni pienso. Yo no puedo asumir seriamente que sueño ahora. Quien soñando dice “yo sueño”, incluso aunque hablara de forma audible, tendría tan poca razón como si dijera “llueve” mientras de hecho lloviera. Incluso si su sueño guardara relación con el ruido de la lluvia.

(La traducción es mía).

A partir de estas frases de Wittgenstein cabría afirmar, quizás, que expresiones como “estar dormido” o “haber soñado” , son, a su vez, frutos de un sueño lógico: otra manifestación del feroz poder de la diosa Vak (la diosa védica de la palabra). Ella, en el Rig Veda, hace miles de años dijo que vivimos en ella (en la palabra). Quizás habría de añadir que dormimos en ella, que estamos narcotizados por ella.

En las notas que siguen expondré unas primeras reflexiones que, según creo ahora, se encaminan hacia una desactivación de los universales “Sueño” y “Vida”, y, quizás, a su sustitución por un neologismo que sería algo así como “Hiper-vida” (o “Hiper-Creación”), entendiendo que no existe diferencia ontológica entre los distintos “lugares” o “mundos” en los que entramos y salimos a lo largo del tiempo infinito -y dentro del espacio, infinito también- de nuestra mente (la cual no es exactamente “nuestra”).

Creo que no es una mala metáfora la que afirma que vivimos dentro de la mente de Dios (la imaginación de Dios si se quiere).

La experiencia total. ¿Cuáles son los límites de la vida? ¿Cuánto se vive en una vida; si incluimos todo lo que se sueña en ella? ¿Cuántos cómputos de tiempo? ¿Cuántas tramas? ¿Cuántas personas se es en el gran teatro de nuestra mente (o de nuestro “cerebro”, si se quiere soñar en red con los neurofisiólogos)? [Véase “Cerebro”].

La vida es sueño. Sí. Pero, ¿qué es eso de “la vida”? ¿Cómo jerarquizar los distintos mundos en los que entramos y salimos? ¿Dónde estoy exponiendo estas preguntas? ¿En un sueño? ¿Quién habla ahora? ¿Quién escucha?

Creo que sería más apropiado decir que el sueño es vida. Y eliminar eso de “solo fue un sueño”. Creo que un sueño es algo grande.

¿Podemos -como aseguran los budistas- despertar alguna vez, pero del todo? ¿Morir es despertar a otro sueño más “real”, más de verdad, que éste en el que ahora escribo?

Los taoístas aseguran que somos -los seres humanos y sus mundos- el sueño de una mariposa: el sueño de algo que goza de una ligereza infinita. El sueño de una Nada… [Véase “Nada”].

En la palabra “Materia” [Véase] narro un sueño personal en el que, una vez alcanzada la conciencia de que estaba soñando, me deleité contemplando la materia onírica de unos árboles de mi infancia; e incluso sintiendo en mi piel una brisa “imaginaria” que provocó en mí un estallido de belleza extrema. La noche del pasado  martes 24 de mayo de 2011 he tenido un sueño similar. También lúcido. Así lo recuerdo ahora:

Estoy en una casa que se supone que es la mía. Hay bastante gente dentro y en el jardín. Entre esa gente están mis familiares más directos. De pronto me doy cuenta, algo asustado y aturdido, de que esa no es exactamente mi casa. Empiezo a sospechar que estoy soñando. Se lo digo a mi hermano. Él no me cree. Intento convencerle a él y a más gente que ahora no recuerdo. Tengo miedo de que esté perdiendo la cordura, o de que, al menos, se piense que la he perdido. Dudo de si estoy o no soñando. Me decido a hacer la prueba que siempre me funciona: levanto los brazos y me dispongo a volar. Vuelo. Me consuela saber que había acertado y que estoy en un sueño, lo cual, inmediatamente, me hace tomar consciencia de que tengo un enorme poder de configuración de esa realidad: que puedo hacer con ella casi lo que quiera. Pero recuerdo también, mientras voy volando, que debo mantener la calma y la concentración para no perder el poder. Paso volando junto a las ramas de unos árboles gigantescos. Me detengo, casi en meditación, para contemplar en detalle el prodigio de esa materia onírico-vegetal. Ante ese espectáculo siento una emoción estético-metafísica realmente gloriosa: estoy contemplando la materia de los sueños.

Sigo mi vuelo y llego a una especie de chalet de montaña, aparentemente deshabitado, muy bello, iluminado con una luz entre verdosa y gris: una luz justo anterior a un amanecer. Veo un cartel con un teléfono. Me pregunto qué pasaría si yo marcara ese número. No lo hago. Me es igual. No me quiero distraer. Lo que me interesa es la contemplación pura de la materia que me envuelve. Sigo volando hacia no sé dónde.

Llego a una casa grande en cuyo tejado hay grandes cristaleras. Veo niños durmiendo. Ellos me descubren. No sé qué decir. Les digo que soy un ángel, que no se preocupen, que estoy para cuidarles, para que tengan una vida preciosa. Uno de ellos me dice que ya sabe quién soy porque me ha visto en una película. Al resto les doy igual. Entonces se me ocurre animarlos a jugar conmigo. Pierdo algo de concentración y de control. Siento que tengo que salir de ahí, pero no volando, porque ya he perdido el poder de volar. Salgo corriendo por una escalera grande, como de edificio de lujo en Berlín. Siento angustia. Quiero despertar.

Pero despierto en otro sueño y quiero tomar notas en él para aprovechar lo vivido y poderlo traer a este diccionario filosófico. Hay muchos niños haciendo ruido y soy incapaz de concentrarme. Suena mi móvil. Es un mensaje. Recuerdo de pronto haber soñado un tercer sueño en el que acababa de iniciar una apasionada relación sentimental con una mujer. Una mujer de ojos verdes, guapa y fea a la vez, que había conocido mientras dejaba una bolsa en el colegio de mi hijo. En el mensaje ella se lamentaba de que yo no devolviera sus llamadas. Su voz era angustiosa. Yo sabía -en el sueño- que esa mujer formaba parte de otro sueño distinto: un hechizo puntual destinado a diluirse en la nada como un arcoíris tembloroso.

Desperté a este sueño desde el que ahora escribo. Y sentí una mezcla de fascinación metafísica -y física- y también angustia ante la volatilidad de los mundos. Sentí mucha tristeza ante aquella mujer de nada que me amaba desde la nada ofreciéndomelo todo.

Los sueños. La vida.

Antes de exponer mis ideas, creo oportuno hacer el siguiente recorrido:

1.- Buda. El despierto. ¿Para qué despertar? ¿Para no sufrir? Sugiero seguir en la vida sabiendo que se trata de un sueño, de un sueño sagrado. Y ponerse a su servicio: aumentar sus hechizos (Nietzsche).

2.- Kant. Dijo que había despertado del “sueño dogmático” gracias a Hume. Pero, en mi opinión, se durmió en otro. ¿Qué es un sueño dogmático? Las bailarinas lógicas hunden en el sueño. Pero no se puede vivir sin ellas. Porque vivir es soñar.

3.- Nietzsche. Esto es un sueño; y lo quiero seguir soñando eternamente. Estamos ante el “sí” absoluto.

4.- Freud. 1900. Die Traumdeutung. La interpretación de los sueños. Existe una técnica psicológica que permite interpretar los sueños. Gracias a ella se revela cada sueño como un producto psíquico pleno de sentido: un producto psíquico al que cabe asignar un lugar perfectamente determinado en la actividad anímica de la vida despierta. Freud está hechizado -dormido-por palabras como “Ciencia”. Es un ilustrado decimonónico: habla de los “antiguos”, que, en su ignorancia pre-científica, creyeron que los sueños podrían ser un lugar intervenido por divinidades exteriores, y que en los sueños había mensajes, y en que anunciaban el porvenir… Freud escribió su libro sintiendo que no había habido avance desde Artemidoro de Daldis (s. II d. C.). Freud considera que la materia de los sueños es la memoria, la cual almacenaría absolutamente todas las experiencias vividas por un ser humano desde su infancia (hasta las más nimias). Objetivo de la interpretación de los sueños: sanar. Utilizar el sueño (su recuerdo) para sacar a “la luz de la razón” (esa diosa exorcista) todo lo reprimido. Así se acabaría, según Freud, con el sufrimiento: volviendo consciente lo inconsciente (ampliando la conciencia, en definitiva). El método consistía en sugerir que fuera el paciente-soñador quien interpretara su propio sueño, dejando que las imágenes salieran sin censura a la purificadora luz “de la razón”. Contra la ciencia de su época, Freud sí creyó que los sueños tenían sentido, pero rechazó el uso de claves interpretativas fijas porque las consideró simple superstición. Finalmente, Freud, en su obra La interpretación de los sueños, confirmó el sentido popular que, según él, siempre consideró los sueños como un espacio para la realización de deseos frustrados en la vida real. Los “sueños de angustia” serían un fallo del sistema: lo deseado por el inconsciente sería insoportable: y se produciría, sin más, el despertar.

5.- Wittgenstein. Über Gewissheit [Sobre la certeza]. Hay una edición bilingüe alemán-español (Editorial Gedisa, Barcelona, 1995).  Se trata de una recopilación de notas que Wittgenstein no tuvo tiempo de seleccionar ni de corregir. Reproduzco aquí algunas de las frases que cité al comienzo de este texto:   Quien soñando dice “yo sueño”, incluso aunque hablara de forma audible, tendría tan poca razón como si dijera “llueve” mientras de hecho lloviera. Incluso si su sueño guardara relación con el ruido de la lluvia”

Estas son mis ideas sobre la palabra “Sueño” (muy provisionales, como todas las que, al día de la fecha, constituyen este diccionario filosófico):

1.- El sueño/la vida son contenidos de conciencia -no tengo otras palabras más adecuadas para decirlo. Creo que esos contenidos forman una fabulosa obra de arte que está siendo contemplada por “nosotros” desde un lugar innombrable desde aquí. Esa gran Creación, esa descomunal sinfonía de mundos interconectados, incluye todo lo “vivido” y “soñado” por “nosotros” (por la “Nada” en realidad”) en todas nuestras autodifractaciones.

2.- No morimos porque no vivimos. “Vivir” es una palabra demasiado simple. “Soñar” también lo es. Creo que sería más apropiado decir que “hiper-vivimos”: entramos y salimos de realidades que nosotros mismos fabricamos desde donde somos Nada (desde donde somos Dios, si se quiere utilizar esta palabra).

3.- Creo que en nuestros sueños -vida incluida- irrumpen mensajes y seres exteriores. O -mejor dicho quizás-  mensajes que nos mandamos a nosotros mismos desde otros lugares de nuestra conciencia infinita.

4.- Considero que no hay que descartar la posibilidad de que alguien nos esté contemplando en este momento, con ternura, como cuando contemplamos a nuestros hijos dormidos. No es descartable que nos estén amando y cuidando desde donde quizás despertemos al morir.

5.- El sueño dogmático. Este diccionario filosófico muestra el poder narcotizante de las bailarinas lógicas (las palabras/los conceptos/ los universales/las ideas). Creo que todo kosmos noetos, en sentido platónico, es narcótico: todo cosmos es un sueño ordenado. Todo logos, si tiene la fuerza suficiente, sumerge en un profundo sueño dogmático. Kant, gracias a Hume, despertó de un sueño dogmático, pero entró en muchos otros, todos interconectados y manifiestos en sus obras filosóficas.

6.- La interpretación de los sueños. ¿Qué es “interpretar”? ¿Para qué “interpretar”? Unos mundos nutriendo a otros. Pero, ¿desde qué lógica? ¿No es la lógica, también, una alucinación de la mente? Quizás sí. Pero hay que vivir este sueño, éste, y merece la pena buscar nutrientes, ideas, hitos, mensajes -lo que sea- en otros mundos. Creo, con Freud, que los sueños están al servicio de nuestra salud, entendiendo “salud” en un sentido amplísimo.

7.- Despertar. Dios se aprieta pero no se ahoga. Todos sabemos, en el fondo, que cuando un sueño -o un vivir en general- se pone demasiado duro podemos salir de él: podemos diluirlo en la nada del sueño recordado y reducido a simple materia onírica, a pura irrealidad.

8.- El silencio en el sueño. Los sueños, en general, son ruidosos, desasosegados, como caricaturas de este sueño/vida desde el que ahora escribo. En los sueños, generalmente, se siente muy poco sosiego, muy poca libertad… ¿Cabe meditar dentro de un sueño?  Yo lo hice, después de saberme soñando en una especie de asamblea de dignatarios religiosos que tenía lugar dentro de lo que parecía una catedral. Fue una experiencia incomunicable ahora. En otra ocasión soñé con un pueblo rodeado por la luz y el silencio.  Todo era demasiado calmado. Demasiado maravilloso. Sentí que no estaba en un sueño ordinario; y me asusté muchísimo porque supe que aquello era la muerte. O algo relacionado con la muerte. Y yo no quería morir. Tenía una preciosa hijita de cuatro años. Elegí entonces -por amor, por amor puro y duro- regresar a esta vida/sueño (a esta “Hiper-vida”), renunciando a las delicias de aquel paraíso rural. Y letal.

9.- Creo que cabría diferenciar entre el sueño pasivo y el sueño activo. El Dios de los monoteísmos, el Dios Creador, antes de crear,  tuvo que soñar activamente su Creación (o “ensoñar” si se prefiere). No cabe pensar una Creación instantánea, no pre-soñada, no “ensoñada”, no deseada una vez imaginada. No se puede desear algo que no se ve previamente en la imaginación. El sueño pasivo sería una entrada en el fruto de la propia imaginación, con la conciencia autolimitada para percibir lo creado (la realidad) como algo ajeno. Ese podría ser el sentido mismo de la Creación. Y del mundo. De todos los mundos posibles. Un físico teórico, una vez que ha imaginado su modelo, podrá pasear por el borde de un río, bajo las estrellas, extasiado, sintiéndose dentro de su propia imaginación (sin él saberlo): dentro de su sumatorio de hipótesis.

10.- El paraíso. No descarto su existencia; como sueño perfecto experimentable desde un nivel de conciencia todavía auto-hechizado. El paraíso como materialización de todo lo deseado “en vida”: como vivencia de todo lo soñado (ensoñado) activamente: como último regalo del cerebro para sí mismo (si no se quiere salir del modelo fisicista-cerebralista).

11.- El sueño amado. Recuerdo haber sido arrastrado por cataratas de sueños sucesivos en los que una y otra vez  creí que había despertado, por fin, a la verdadera realidad. Pero ninguno de ellos era el sueño amado. Y yo lo sabía. Hasta que regresé a éste.

Éste.

Mi sueño amado es éste: éste desde el que escribo, porque en él están seres maravillosos por los que vale la pena asumir los dolores del ignorante, del que -por puro amor- no se desapega de su sueño amado.

David López

Sotosalbos, 6 de junio de 2011.


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