Escuela libre de Filosofía. Conferencia del lunes 5 de octubre de 2009: “Belleza”.

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         He elegido esta imagen parcial del David de Miguel Ángel porque muestra algo terrible y prodigioso a la vez: el poder de la belleza. El poder de arrastrar. Con crueldad quizás. Creo que ahí, en ese bellísimo rostro de piedra blanca, se explicita toda una metafísica.

         Dijo Rilke que la belleza es el comienzo de la tragedia. La belleza puede arrastrar a la muerte estética: al no ser lo que se era para sólo ser ya lo que se observa. Recordemos Muerte en Venecia, la fabulosa novela de Thomas Mann, que fue llevada al cine magistralmente por Luchino Visconti: la belleza de un muchacho es suficiente para arrancar de la vida a un observador.

         ¿Qué es la belleza? ¿Qué es lo bello?

         En uno de los más famosos diálogos de Platón –en el Hipias mayor (287d)- Sócrates deja muy bien planteada la pregunta:

 

         HIP.- ¿Acaso el que hace esta pregunta, Sócrates, quiere saber qué es bello?

         SÓC.- No lo creo, sino qué es lo bello, Hipias.[1]

 

         Pero el diálogo entre Hipias y Sócrates no da respuesta a esta pregunta. En otro de los diálogos platónicos –El Banquete- lo bello parece ser lo que activa el impulso erótico (el amor). Y el ser humano, según va contemplando niveles superiores de belleza, va ascendiendo, encendido de amor, por una escalera que le permitirá acceder a la Belleza (lo bello) en sí: algo sin forma, eterno, sin ningún equivalente con ninguna imagen sensible. Y de eso participa, en mayor o menor medida, cualquier cosa bella para ser tal. La belleza según Platón es una idea, una idea-imán podríamos decir, que mueve al hombre hacia las alturas: algo sin forma que, enamorándole, saca al hombre del mundo de las formas temporales y le devuelve al mundo de las ideas eternas.

         Se suele decir que la belleza, a partir de Platón, ha sido tratada filosóficamente desde dos perspectivas antagónicas: a) la platónica: la belleza, lo bello, es en sí –algo independiente de cualquier subjetividad-; y b) la antiplatónica: lo bello es un calificativo que surge de la subjetividad humana y, por lo tanto, es relativo. Creo que es empíricamente  constatable que el mundo se enciende de belleza cuando nos enamoramos, o cuando nos hacemos una limpieza de colon, o cuando nos liberamos de un rencor. ¿La belleza está en el observador o en lo observado? ¿Son acaso cosas distintas? Pero, en cualquier caso, ¿por qué es bello lo bello? ¿Qué contiene? ¿Por qué es tan maravilloso?

         Antes de exponer la mía propia, haré un recorrido por algunas de las concepciones sobre la belleza que más me han sobrecogido:

 

-         Poemas japoneses a la muerte. Leeré el que escribió Daido Ichi´i en 1370.

-         Hegel. Leeré algunos párrafos que este filósofo dedicó a la idea de lo bello en su obra Vorlesungen über die Ästhetik [Lecciones sobre la estética], a partir de la traducción de Manuel Granell (Espasa Calpe, Madrid, 1946).

-         Schopenhauer. Explicaré su visión de la contemplación avolitiva, la cual, según este filósofo, ofrece una muestra de lo que nos espera cuando ya no nos esclavice el deseo de estar en este mundo.

-         Nietzsche. Haré algunos comentarios en torno a su concepción sobre lo apolíneo y lo dionisíaco.

-         Simone Weil. Traeré una cita suya capaz de herirnos de belleza: “La belleza del mundo es la sonrisa de ternura de Cristo hacia nosotros a través de la materia”.

 

         ¿Cómo voy a exponer mi propia visión filosófica sobre la belleza?

         En primer lugar compartiré con todos vosotros algunos momentos en los que he sufrido ante la contemplación de un exceso de belleza: momentos en los que algo que no era exactamente yo se extasiaba dentro de mis ojos, y de mi mente, y de mi corazón: y se revolvía, apoteósicamente, como si aquello que yo miraba fuera suyo, su obra, o su propio ser objetivado… y como si ya, ya por fin, todo tuviera sentido; como si ya, por fin, todo sufrimiento hubiera merecido la pena.

         Esto me llevará a considerar la posibilidad de que efectivamente haya niveles de belleza crecientes, ascendentes, y que la muerte –o la Mística, que es lo mismo- sean el peldaño final.

         ¿Hacia qué? ¿Hacia una idea de Belleza, como la de Jesucristo  por ejemplo, que sonríe -según Simone Weil- a través de la materia?

         Si la belleza es una idea (Platón-Hegel), o un foco de atracción (un Dios inmóvil pero subyugante, que todo lo mueve, como el de Aristóteles), cabría decir que cada mundo, cada creación, tiene la suya, como un algoritmo; o como un arquetipo que se regocija en sí mismo cuando se siente actualizado.

         Y cabría imaginar que todos esos mundos, ya actualizados en su idea de belleza, podrían ser visualizados, juntos, como una fabulosa sinfonía de bellezas: ver eso –si cabe desde la finitud- sería ver lo que ve “Eso” de lo que salen todos los mundos y todos los dioses… usando -es un decir- los infinitos ojos en los que se autodifracta.

         Ver eso sería verse. Simplemente verse.

         Por último, en mi conferencia, me referiré al concepto de lo sublime en Kant: un placer estético negativo que se alcanza por la contemplación de lo que es hostil, e incontrolable, por la inmensidad y la inhumanidad de su poder. Me refiero a un océano nocturno y tempestuoso tratando de digerir un puerto pesquero; o a un glaciar de luz azul, asimétrico y letal, rompiendo en silencio montañas y hombres; o, si elevamos nuestra cámara, al infinito caos donde a duras penas sobreviven los cosmos.

         Eso es lo que contemplamos, estupefactos, maravillados, cuando nos atrevemos a filosofar en serio. Ahí, en esa nada caótica, hiperfértil, genésica y apocalíptica, ahí, bailan nuestras bailarinas; esto es: las realidades/los mundos/las Mayas/las palabras en definitiva.

         La Belleza Absoluta, para mí, es lo que le ocurre a la mente si es capaz de pensar estas enormidades. Y lo que le ocurre al corazón si es capaz de amarlas. 

 

 

        

         David López

            Sotosalbos, octubre de 2009.

 

                                                                

 

[1] Platón: Diálogos, Hipias Mayor (traducción de Julio Calonge), Gredos, Madrid, 1981.



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