Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 26 de octubre de 2009: “Conciencia”.

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         “Conciencia”. Esta palabra podría significar la más inmediata y, a la vez, la más misteriosa de nuestras sensaciones: una especie de sombra (¿luz?) atrás (¿atrás dónde?) que mira el todo de nuestro ser visualizable (¿mente incluida?): el todo de nuestro ser fenoménico: ese personaje que tenemos delante, ahí, siempre, y que, casi siempre, identificamos con nuestro yo “verdadero” (que no es un yo y que no es verdadero porque trasciende el dualismo verdadero-falso).

         ¿Qué, quién hay ahí mirando, o mejor, dicho, aquí, en el “aquí” más íntimo que quepa soportar?

         Mircea Eliade -en un prólogo de 1967 a una reedición de su gran libro El Yoga, Inmortalidad y Libertad- afirmó: “Resulta imposible, por ejemplo, ignorar uno de los más grandes descubrimientos de la India: el de la conciencia-testigo, de la conciencia desprendida de sus estructuras psicofisiológicas y de su condicionamiento temporal, la conciencia del liberado, es decir, de aquel que consiguió emanciparse de la temporalidad, y que, por lo tanto, conoce la verdadera, la inefable libertad”.[1]

         Conciencia testigo. Algo mirando nuestra existencia fenoménica desde un lugar sin lugar. ¿Es eso posible? ¿Es eso “humano”?

         En mi conferencia me ocuparé de las dos acepciones básicas de la palabra conciencia en español:

         1.- La conciencia como conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones (en inglés consciousness/ en alemán Bewusstsein).

         2.- La conciencia como conciencia moral: la capacidad de los seres humanos de verse y reconocerse a sí mismos y juzgar sobre esa visión y reconocimiento (en inglés consciencie/ en alemán Gewissen).

 

         La primera acepción empezaré a analizarla ayudándome de las perspectivas de los siguientes pensadores:

         - Descartes.

         - Locke.

         - Berkeley.

         - Kant.

         - Hegel.

         - Schopenhauer: la “conciencia mejor”.

         – Nietzsche: el camello, el león y el niño.

         - Marx.

         - Lenin.

         - Sartre.

         - Foucault.

         - Richard Dawkins.

         - Antonio Damasio.

 

         Después retomaré la idea de conciencia testigo de Mircea Eliade y la relacionaré con la palabra sindéresis, que durante la escolástica significó “chispa de la conciencia”. Esa chispa se ocuparía de corregir los errores de la razón y de controlar los apetitos. Pero, ¿desde dónde? ¿Desde dónde, siendo “qué”, se puede vigilar y controlar el cuerpo y la mente? ¿No es la mente (o el cerebro para los materialistas) el hábitat de la conciencia? ¿Se puede salir del cerebro para controlar el cerebro?

         Mis propias ideas (o vértigos mejor dicho) sobre esta primera acepción de conciencia las expondré después de ocuparme de la segunda: la que entiende conciencia como conciencia moral.

         ¿Qué es el remordimiento de la conciencia? ¿Existe algún mecanismo de penalización interior? ¿Es ese mecanismo una manifestación de lucidez, y de libertad, o todo lo contrario? ¿Somos ratones de laboratorio cuyos actos son condicionados con electrodos?

         Aquí creo que será útil hacer referencia al daimónion de Sócrates; y a la creencia de Kant, y de Schopenhauer también, en que el cargo de conciencia indica que en otro mundo –no en este- somos libres para obrar bien o mal y que, por lo tanto, aquí dentro, aun sabiéndonos no-libres, sufrimos la sensación de ser responsables de nuestros actos morales. Pero, ¿de “dónde” viene esa voz de la conciencia? ¿Somos nosotros mismos desde una dimensión impensable e inimaginable “aquí”? ¿O, simplemente, la voz de la conciencia es una interiorización mental de normas tribales que operan desde dentro coercitivamente?

 

         Intentaré afrontar las preguntas que se han ido acumulando en este breve texto con mis propias reflexiones. Adelanto las líneas generales:

 

-         La conciencia es la sensación que tiene un ser de ser ese ser. Pero, ¿qué es un ser?

-         Ese tipo de conciencia hay que distinguirla de la “conciencia testigo” (el misterioso “Ojo de mundo”: la sensación de no ser más que un ojo que mira todo y que no puede ser visto por nada.

-         La conciencia de ese espectador puede perder su posición de testigo e implicarse en el espectáculo: sufrir-gozar.

-         Así, caben infinitas formas de ser (infinitas formas de identificación) con otras tantas formas de conciencia: de conciencia implicada, ignorante.

-         Dentro de esas posibilidades está el infierno: la conciencia sufriente: la que se identifica con una porción pequeña del espectáculo.

-         Un logos concreto (ideología, etc.) configura una autoconciencia artificial: un yo concreto en un mundo concreto (o todo lo concreto que puede ser un mundo: más bien son delicuescentes).

-         Lo que la doctrina cristiana llama “gracia” y “regeneración espiritual”, o lo que el pensamiento indio llama moksa o nirvana,  sería un estado de conciencia, fabricado desde donde se tiene la facultad de acceder a cualquier estado de conciencia, que permite estar en un yo artificial sabiéndolo.

-         Un estado de conciencia –un mundo- puede modificarse, sublimarse, denigrarse, a voluntad.

-         Se puede fabricar cualquier conciencia; cualquier sensación: eso es la Magia. Dijo Schopenhauer que somos a la vez directores y espectadores de nuestra propia tragicomedia. Novalis lo dijo mejor aun.

-         Cabe la sensación de no ser ningún ser, ninguna existencia (ningún “ser ahí”). Sería la “sensación” que la Nada tendría de sí misma. Sería la autoconciencia.

 

 

         He elegido para esta presentación la foto del famoso replicante de la película Blade Runner (basada en una novela de Phil K. Dick) porque muestra la desesperación, el rencor, el abatimiento, de una conciencia implicada, ignorante, artificial; como la nuestra cuando nos olvidamos de qué somos en realidad: cuando decidimos olvidar que somos toda realidad y a la vez nada.

 

         Ese lúcido hombre artificial se llamaba Roy Batty. Y mientras moría bajo la lluvia recitó este haiku:

        

         Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión
         He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.

         Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

         Es hora de morir.

 

 

 

        

        

        

[1] Mircea Eliade: El Yoga. Inmortalidad y Libertad (traducción de Diana Luz Sánchez), Fondo de Cultura Económica, Mexico, 1991, p. 13-14.



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