Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 30 de noviembre de 2009: “Dharma”.
Voy a intentar asomarme en esta conferencia a lo que sea el Dharma. No es posible una traducción de esta palabra sánscrita. Pero cabe aproximarse al concepto que ella propone con vocablos como “ley”, “orden”, “religión”, “deber”, “justicia”, “mérito moral” o “virtud”.
Gavin Flood, en su obra El hinduismo [1], afirma que la finalidad del dharma es “producir lo que es bueno”. ¿Bueno para qué? ¿Para la creación de un cosmos? ¿Para su mantenimiento? ¿Para su destrucción? ¿Qué es lo que hay que hacer?
Una de las obras fundamentales de Lenin -y del inefable siglo XX- lleva por título ¿Qué hacer? En ella presupone, a diferencia del profeta Marx, que, si no se hacen bien las cosas, lo mismo la Historia no culmina en una sociedad comunista.
Volvamos al hinduismo. Dharma también se traduce como “camino” (similar al Tao chino): el camino que cada uno debe encontrar y debe seguir. ¿Para qué? Bueno, al parecer, para salvarse, para glorificarse, él, y el propio cosmos (Rita) que le alimenta a él, que le da sentido, que le permite ser algo, luchar por algo, soñar algo: el Dharma sería un orden divino, invulnerable, que protege a quien lo protege.
Pero, si es invulnerable, ¿para qué protegerlo?
La fotografía que he elegido para asomarme a eso que sea el dharma fue tomada en 1945. En Normandía. Corresponde al desembarco “dharmico” de un grupo de soldados. Algunos, como se ve, están ya en el agua. Sus cuerpos, temblorosos, jadeantes, cumplidores, cubiertos por ropas robotizantes y por armas lógicas, están ya sacudidos por la fría inestabilidad del océano -Anrita- y por el miedo a la muerte. A recibirla y a darla. Uno de los soldados parece que se ha quedado en la embarcación, que no se decide a ofrecer su corazón al sacerdote que está oficiando en este sangriento rito salvífico. Los ojos del soldado rezagado miran hacia sus compañeros de dharma; y también hacia un espacio metafísicamente prodigioso: una simbiosis de luz y de tinieblas donde los desgarros mutuos generan una belleza que no parece ser de este mundo. Allí están combatiendo dos ejércitos, dos custodios de dos universos no compatibles. El idioma sánscrito tiene una palabra para ese espacio moral y letal: Dharmakshetra (o Kurukshetra). Se trata de un campo donde los Paandavas luchan contra los Kauravas para reestablecer el orden divino.
El orden divino: dharma. Más bien: el ordenar, la acción ordenar que culminaría en un cosmos. Y que lo mantendría como tal.
El orden divino que aquellos soldados querían reestablecer lleva nombres-dioses como “Democracia”, “Libertad”, “derechos humanos” … Se trata de un cosmos (Rita) que requiere, para su sustento, que se cumpla el dharma. Que todos sus componentes cumplan su dharma.
¿Aquellos soldados estaban siguiendo su dharma? ¿El suyo propio o el que les impuso su sociedad? ¿Hay diferencia?
Raimon Panikkar [2] afirma que el hinduismo es simplemente dharma. Y que si eso que llamamos desde fuera “hinduismo” pudiera elegir un nombre para sí mismo, el nombre elegido sería: sanaatana dharma (orden perenne).
Orden perenne. Eterno. Inamovible.
Y dice también Panikkar en el libro citado que el hombre debe conocer cuál es su propio dharma: su svadharma: “algo así como el puesto óntico de cada ser en la escala de los seres”.
¿Para qué?
Muchos pensadores hindúes y estudiosos del hinduismo responderían: para alcanzar la salvación (Moksa): algo así como saber qué se es en realidad: saber que se es Dios, porque no hay otra cosa que pueda ser lo que es.
¿Se salvarán los soldados que vemos avanzar, triturados por el miedo y la fe, hacia esa playa donde luchan dos bailarinas lógicas enemigas? El Gita dice que es mejor cumplir el dharma propio, aunque sea defectuosamente, que el de otra persona a la perfección.
El Gita es un texto feroz y maravilloso que arranca con un desfallecimiento ético, con una duda. El príncipe Arjuna no quiere combatir contra un ejército en el que están sus familiares. Pero el auriga que conduce su carro de combate se convierte de pronto en una encarnación de Krishna. En Dios. En el Uno omnipotente y omnisapiente. Y Dios dice: tienes que combatir. Tienes que matar. Es tu deber. Tu dharma. No tengas miedo a morir, ni a matar, porque, en verdad, nadie muere ni mata. Porque no hay nadie individual. Todo soy yo y yo soy eterno y yo soy tú. Esta batalla que te aterra es Maya. Pero es necesario que, mientras te identifiques con este personaje en Maya, cumplas con tu papel. Si no lo haces, te espera la desgracia. La tuya y la de tu pueblo (la de tu cosmos).
Miro al soldado americano que todavía no ha sido capaz de saltar al océano. Imagino que tuviera presentes las palabras de Krishna, y que, en cumplimiento de su dharma, se entregara con fe a esa guerra. Y que de pronto, en medio de la sangre y los gritos y las vísceras de sus congéneres, tuviera la gran visión: se viera en todo, en todo lo existente, siendo todo: en los otros cuerpos humanos, en la arena blanca y roja y negra de la playa, en las nubes puras e indiferentes, en las algas aceitosas de gasoil y en las mentes ensangrentadas.
Así, efectivamente, cumpliendo con su deber, el soldado habría conseguido saber quién (qué) era… mientras luchaba además por el sostenimiento de su cosmos: eso de la “Democracia”, etc.
Acabo de exponer las ideas –o las sensaciones- básicas sobre las que voy a construir mi conferencia; la cual seguirá este orden:
1.- La palabra “Dharma”. Haré mención a su origen y expondré los significados de algunas palabras del sánscrito que contienen este vocablo. Creo que así, y gracias a la riqueza de esa lengua, podremos colocar cámaras en posiciones privilegiadas. Las palabras serán éstas [3]:
- Dharmabala.
- Dharmakaaya.
- Dharmakshetra.
- Dharmapatnii.
- Dharmashaastra.
- Dharmavidyaa.
2.- Materialización del dharma. Trataré de ofrecer una imagen del gigantesco sistema resultante del dharma (del hinduismo). Para ello mencionaré sus fuentes lógicas y esbozaré un dibujo del cosmos humano y divino, físico y metafísico, resultante de su despliegue. En ese dibujo mostraré el sistema de castas (jaati) y de colores (varna), las etapas vitales (aashrama) y, por último, los rasgos básicos del dharma de la mujer y del rey hindues.
3.- En la última parte de mi conferencia reflexionaré sobre el modelo de totalidad implícito en el concepto mismo de dharma. Para ello meteré las manos en la suposición de que estamos en un orden. Que “lo que hay” está ordenado. Ordenado ya. Y que solo cabe conocer-se en ese orden, y armonizarse beatíficamente en él, en una suerte de extática (o entática más bien) fusión ético-matemática. Parece ser ésta la posición que adopta Panikkar en la obra a que antes he hecho mención.
Yo ofreceré otra posición: no hay orden eterno e inviolable. No puede haberlo. Si lo hubiera no cabría la opción de seguirlo o no. Creo que lo que hay es posibilidad infinita de ordenación; no orden infinito. ¿Cómo? ¿Desde dónde? ¿Con qué libertad? La moral, toda ley, todo imperativo, presupone libertad. Libertad para no cumplir el deber. Para no seguir el dharma. Pero la libertad del hombre en cuanto hombre fenoménico parece insostenible. Libre solo puede ser algo que carezca de esencia (de forma de ser). La escolástica lo expresaba así: operari sequitur esse (el obrar es consecuencia del ser). Schopenhauer ganó un premio convocado por la Real Academia de Noruega gracias a esta obviedad. Solo puede ser libre algo que carezca de esencia; que no sea nada (y que tenga potencia suficiente como para ser cualquier cosa). Creo que no hay forma de no sostener que el dharma, cualquier camino a seguir, o no, solo lo puede seguir, o no, en libertad, quien lo instaura (quien lo legisla; quien lo imagina). ¿Dios? Una palabra desastrosa. Pero fertilísima. De ella nos ocuparemos el lunes 14 de diciembre.
Quizás sea más correcto hablar de “Nada”; de “Nada libre y omnipotente”.
Volvamos a la fotografía del desembarco de Normandía. ¿Qué está pasando, de verdad, en el fondo abisal de lo que se ve en esa imagen? Si nos dejamos tomar por las palabras del Gita cabe preguntarse:
¿Qué hace “Dios” ahí (Krishna), temblando de frío y de miedo y de dudas, ensangrentándose, despiezándose, odiándose a sí mismo autodifractado en varios cuerpos y mentes con apariencia de ser individuales? ¿Qué pretende con tanto auto-sufrimiento?
¿Qué quiere Dios? ¿Qué está construyendo mediante los dharmas que ha legislado para canalizar su monstruosa fuerza?
¿Cuál es el dharma de Dios; en cuanto Dios creador? Quizás, simplemente, que haya algo en lugar de nada. Y que ese algo, desde dentro, ofrezca paraísos e infiernos creíbles y creables; y también posibilidades de ordenar, y de ordenarse, en mitad del infinito e hiperfértil caos que sería la mente del propio Dios.
También cabría decir que el Dharma de Dios (en cuanto Dios creador) sería crear bailarinas, y bailar en ellas: encarnarse en esas deliciosas criaturas lógicas que están bailando en este curso para todos nosotros.
David López
Sotosalbos, noviembre de 2009.
[1] Flood, G.: El hinduismo, Cambridge University Press, Madrid, 1998.
[2] Panikkar, R.: Espiritualidad hindú, Kairós, Barcelona, 2005.
[3] Estas palabras las he recopilado de un léxico sánscrito-alemán: Mittwede, M.: Spirituelles Wörterbuch Sanscrit-Deutsch, Sathya Sai Vereinigung e.V., Dietzenbach, 2005.

December 1st, 2009 at 8:26 pm
Cuando un ser humano tortura a otro. Siguiendo la línea señalada, por un lado dentro del Dharma de Dios, mientras uno suplica el otro se enaldece. ¿El SER se autoflagela ?. Humanamente es difícil comprender ya que falta la visión de esa Totalidad propia de la condición humana y ademas la libertad que nos impide dejar de participar en esa danza de bailarines creada por el Creador en cada instante.