Pensadores vivos: Habermas

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Jürgen Habermas -Düsseldorf, 1929- cree que podemos elevar la Humanidad -salvarla, o seguirla salvando- a través de un diálogo libre e igualitario que sea asistido por la Razón: una misteriosa fuerza que nos puede asistir, con la que podemos conectar. O no.  

¿Dónde está esa fuerza que se invoca en el dialogar humano? ¿Puede existir fuera de “lo humano”? ¿Cabe no ser “racional”, es decir “lógico”? ¿Cabe aislarse del prodigioso orden que se dice que lo vertebra todo, incluyendo en ese “todo” el pensar y el dialogar humanos?

Sugiero la lectura de mi bailarina lógica “Logos” [Véase]. El Logos, según Heráclito, “no quiere y quiere verse llamado Zeus”. ¿Dios? ¿Un Dios impersonal pero omnipotente? ¿Es eso “la Razón”?

Hay pensadores que, de hecho, le han preguntado a la Razón si Dios puede existir o no: si es lógico, si tiene sentido, si cabe pensarlo, hablar de Él, con lógica. Porque, al parecer, solo lo lógico tendría posibilidad de existir, de desplegarse ahí, ante una conciencia.

La Razón/El Espíritu Santo. Más adelante intentaré compartir la sensación de que ambos conceptos se referirían a lo mismo dentro del cosmos lingüístico de Habermas, que es un pensador que parte de una premisa mayor: el mundo está muy mal.

La televisión es un formato que me produce rechazo. No sé muy bien por qué. En los tres últimos meses la he visto dos veces y a través de esa fría y mágica membrana he recibido dos mensajes cruciales que me han obligado a revisar las estructuras ideológicas de mi mente (ese hábitat de los mundos, de los dioses, de los distintos yoes con los que me puedo identificar, o no). Utilizo ahora la palabra “mente” en un sentido popular basado en el paradigma actual.

El caso es que en esos dos días de brevísima exposición al televisor aparecieron dos hombres, uno cada día, diciendo algo muy parecido y muy revolucionario, muy deconstructor. Los dos habían dado la vuelta al mundo en moto. Los programas donde les vi y oí pertenecían a cadenas muy secundarias y ninguno de ellos hizo mención al otro. Los impactos, por lo tanto, estaban desconectados entre sí, pero mostraban lo mismo.

El primer viajero se llamaba Miguel Silvestre. Ante la pregunta de si había visto mucha pobreza en el mundo respondió tajantemente que no, que lo que había visto era normalidad, salvo en los países “ricos”, donde había visto anormalidad, delirio consumista, excesos absurdos.

El segundo viajero se llamaba Fabián Barrio. Este aventurero afirmó que el mundo es un lugar maravilloso lleno de gente increíble (estoy citándole de memoria, sobre la marcha, sin rigor). Y dijo que sí, que vale, que había encontrado lugares conflictivos (Pakistan, Sudan, etc.), pero que los problemas estaban muy concentrados y que eran las cámaras de los periodistas las que desvirtuaban la realidad -maravillosa- convirtiendo una parte minúscula en un gran todo artificial.

Quisiera mencionar ahora el desafío epistemológico que supone el empirismo radical, esto es: recoger todas las experiencias humanas, no solo aquellas que vienen exigidas por una determinada forma de mirar y por una determinada institución de miradores y de pensadores oficiales (no solo las “consensuadas”). Recordemos a William James [Véase]. Y recordemos también ese vector de citas que unen a Goethe, a Hegel y a Ortega [Véase]: “todo hecho es teoría”.

Estas reflexiones preliminares creo que pueden ser útiles para analizar críticamente el tipo de mirada que nunca sometió a crítica la neomarxista Escuela de Frankfurt y, por tanto, el propio Habermas. Podría ser que la Humanidad [Véase] ya estuviera perfectamente vertebrada, ya fuera una sociedad racional, justa (de una justicia quizás inaceptable, o por lo menos indetectable, para algunas ideologías, incluida la mía, si es que efectivamente tengo alguna de la que no soy consciente). Los testimonios que nos llegan de los grandes viajeros -no periodistas- es que el mundo, y la Humanidad como mágico paisaje dentro del mundo, es algo bellísimo, delicioso, con sus sombras, y sus luces (sin luces y sombras no hay belleza posible).

Un consejo dan los dos moteros de la tele, por separado: hay que ir ligero de equipaje, resistir los malos momentos y no tener miedo: confiar. Confiar en la maravilla que son los seres humanos. Y todo.

Habermas es un filósofo y un sociólogo cuyo pensamiento tiene una enorme repercusión en la música de palabras en la que bailan millones de seres humanos de este precioso planeta. Lo que ofrezco en este artículo son notas sueltas y un esquema de lo que me produce pensar su pensamiento y mirar su mirada.

Habermas se ha ocupado recientemente del tema de la religión (en particular la cristiana). Es famoso el debate que tuvo con el cardenal Ratzinger, un brillante teólogo alemán que llegó a ser Papa y que recientemente ha decidido renunciar a un cargo que se tiene a sí mismo por metafísico. A mucha gente no deja de sorprenderle que este gran teólogo -líder todavía de un credo que yo no comparto- haya sido capaz de afirmar que en la elección del nuevo Papa intervendrá el Espíritu Santo. Habermas, obviamente, no aceptaría esta afirmación. Él diría quizás que el Progreso nos ha llevado a la superación de un tipo de interacción social basada en ritos y en lo sagrado. Diría quizás que eso, ese primitivismo, ha sido superado por la potencia del signo lingüístico y por la fuerza de la racionalidad crítica y autocrítica que surge del debate racional e igualitario entre seres humanos. Diría Habermas que la clave del Progreso -lo decisivo en nuestra aspiración a un mundo mejor- sería la Razón, encarnada (diría yo desde él) en el lenguaje de los hombres, en cada acto de habla.

Esa Razón, encarnada en lenguaje humano, coincide -creo yo- con lo que la tradición cristiana ha entendido por Espíritu Santo (en su versión “modalista”): una fuerza impersonal, excelente, magnánima, capaz de todo; también considerada como la respiración de Dios (Pneuma divino): una fuerza impersonal que puede ser donada al hombre; o no. Habermas cree que eso es la Razón, dada al hombre a través del Lenguaje. O no.

Veo una relación sacra, mística, mágica, irracional, ritual… entre Habermas y esta trinidad: Humanidad-Lenguaje-Razón. Porque creo yo que en ningún caso podemos fundar “racionalmente” eso que sea “la Razón”. Pero, aun así, sin duda Habermas cree que solo dentro de esa trinidad es posible el Progreso humano: ¿el vuelo de los seres humanos hacia prodigios inimaginables en el presente? ¿Cuál sería el punto de llegada del Progreso? ¿Está naciendo un bellísimo Dios multicéfalo y multianímico capaz de autosuministrarse mundos de colosal belleza?

Algunas de sus ideas

– Habermas, a partir sobre todo del “linguistic Turn” que, en 1970, tuvo lugar en su pensamiento, pretende desarrollar una teoría crítica de la modernidad partiendo del supuesto de que es la comunicación lingüística humana, y no el trabajo, lo esencial de toda sociedad. Ahí se muestra crítico con una de las fuentes, digamos sagradas, de su liturgia racional. Habermas parece ser marxista, aunque extraordinariamente crítico, como lo fue Horkheimer [Véase]. El problema de esta visión es que, como la Ciencia, está condicionada por dogmas metafísicos no problematizados. La Escuela de Frankfurt comparte con el marxismo (y con el judaísmo, entre otras muchas cosmovisiones negativistas) la convicción de que la sociedad humana está muy mal, que es muy injusta y muy pecadora; pero que cabe la salvación colectiva. Habermas aspira a conseguir una sociedad justa, esto es: formada por seres humanos libres y con igualdad de oportunidades. Y cree, además, que se puede alcanzar esa justicia social si se consiguen crear las condiciones para que se desarrolle un diálogo racional e igualitario entre todos los miembros de la sociedad.

– El cambio social. Habermas afirma una y otra vez que existe mucha injusticia y mucha explotación. El cambio social cree que debe producirse en el ámbito lingüístico, en la comunicación entre sujetos individuales. Yo creo que esto ocurre ya de facto. Eso que sea “el ser humano” vive siempre en palabras, en leyendas. Las grandes revoluciones serán poéticas. Siempre lo han sido. Pero es muy difícil, quizás imposible, ir río arriba hasta la fuente de la Poesía que nos hechiza a todos y que es capaz de autodifractarse y transformarse hasta el infinito. El infinito lógico poético. Ahí está el gran misterio: algo más misterioso que el propio Dios.

– Teoría de la acción comunicativa [Theorie des kommunikativen Handelns]. Es el título de la obra fundamental de Habermas. La escribió en 1981. Estamos ante una nueva toma de conciencia de la importancia, de la omnipotencia, del lenguaje. Habermas, como Foucault [Véase], llega a afirmar, se atreve a pensar, que el lenguaje es anterior al hombre. Yo no lo creo. Lo que creo es que son simultáneos. “Lenguaje” y “hombre” son sustantivos, palabras apresadas en la misma red mágica. Ni Foucault ni Habermas, hasta donde yo sé, se plantean qué es el lenguaje más allá del lenguaje. Yo he intentado asomarme a ese abismo a través de mi bailarina “lenguaje” [Véase].

– Tipos de acción humana. Habermas distingue tres: 1.- Acción instrumental (orientada al éxito en un contexto no social); 2.- Acción estratégica (orientada al éxito en un contexto social), y 3.- Acción comunicativa (orientada a la comprensión mutua entre los seres humanos). Me pregunto qué es exactamente comprenderse. ¿Compartir un modelo de mundo, solidificarlo en una red de mentes, consensuar una conceptualización de lo real (quitándole así su carácter de “texto eminente”)? Sobre el texto eminente sugiero leer mis notas sobre Gadamer [Véase] y sobre Hilary Putnam [Véase]. ¿Se aspira a una mente única? ¿No existirá ya, como pensó Averroes?

– Los universales del habla. Cree Habermas que el lenguaje mismo nos obliga a partir de los siguientes presupuestos: 1.- Inteligibilidad (se habla para ser entendido); 2.- Verdad (vinculación de lo dicho con una realidad objetiva); 3.- Rectitud (el acto lingüístico está también sometido a normas sociales aceptadas por todos); y 4.- Veracidad (toda relación lingüística presupone que sus participantes no están mintiendo; incluso el que pretende engañar a otro parte de este supuesto, sin el cual no podría engañar; el engaño presupone veracidad). Se dice que desde 1981 Habermas se ha centrado en plantear una ética discursiva. El uso del lenguaje se estaría llevando a lo religioso, a lo soteriológico, a lo sagrado. Se estaría tomando conciencia, creo yo, de su poder genésico; y apocalíptico. Nuestra condena y nuestra salvación están en el lenguaje, aunque, insisto, me temo que Habermas no se ha planteado el abismo subyacente en eso que sea “el lenguaje en sí”. Y no sé si su época heideggeriana le empujó a considerar que el acto del habla probablemente no sea nuestro. Algo podría estar hablando en nuestro hablar.

– La comunicación real/la comunicación ideal. Habermas afirma que la comunicación real está llena de problemas, que suele estar rota. En estos casos cree Habermas que debe intervenir el discurso: un esfuerzo racional y reflexivo para reconstruir la idealidad de la comunicación. La situación ideal del habla sería aquella en la que cada hablante pudiera transcender las diferencias de poder, de edad, de sexo, etc. Habermas cree decisivo para el progreso de la Humanidad que el diálogo humano fluya libre e igualitario. Solo así, al parecer, podrá entrar “la Razón” en esas sacras, decisivas, redes de diálogo humano. En cualquier caso, según Habermas, habría que hacer todo lo posible para que los mejores argumentos pudieran ser expresados en libertad e igualdad. Podríamos decir que la Razón -esa fuerza que yo, sin consentimiento de Habermas, pero desde el propio Habermas, he hecho equivaler al Espíritu Santo- puede entrar en las venas lógicas de la Humanidad a través de las palabras de cualquiera de sus miembros. Habermas nos empuja a afirmar que el diálogo es un altar donde se invoca a la Razón. La alternativa al diálogo sería, según él, la sinrazón y la violencia (¿Es la violencia ilógica?). Con Habermas estamos ante un “pensamiento fuerte”, ilustrado, progresista, que desafía la postmodernidad, entendida como “pensamiento débil”, entendida como toma de distancia frente a los grandes discursos, frente a las grandes soteriologías. Habermas es un pensador claramente religioso, devoto de la Razón… de una Razón: estaríamos ante un cierto monoteísmo, pero muy sugerente sin duda.

– El “discurso óptimo” [der optimale Diskurs]. Parece que según Habermas ese prodigio de comunicación y de progreso (“el discurso óptimo”) surgiría de lo que él llama “situación ideal del habla” [idealen Sprechaktsituation]. Para que esto ocurriera, tendrían que cumplirse los siguientes requisitos: 1.- Mismas posibilidades de inicio de un diálogo y de participación en él; 2.- Mismas oportunidades en la calidad de la interpretación y de la argumentación; 3.- Libertad frente al poder [Herrschaftsfreiheit]; y 4.- Ausencia de engaño en las intenciones del habla. Habermas afirma que las condiciones ideales del habla no se producen en la realidad, pero que se deben al menos presuponer en la comunicación lingüística entre los seres humanos.

– Teoría consensual de la verdad [Konsensustheorie der Wahrheit]. Se trata de una propuesta algo inquietante sobre la que reflexionaré con más detenimiento en un futuro. La expresó Habermas -1973- en un ensayo titulado “Teorías de la verdad” [Wahrheitstheorien] y se podría resumir así: para que se pueda otorgar a una proposición el predicado “verdad” es necesario el consenso racional de todos. ¿Todos? Es importante tener presente la gran influencia que el pragmatismo norteamericano tiene en Habermas. A mí en esta propuesta me inquieta un cierto hiperdemocratismo -hipercolectivismo- que pudiera disolver la misteriosa inmensidad de la “verdad” individual y, digamos, quasi incomunicable. El balbuceo del místico. El grandioso acorde de los abismos del alma que a duras penas el Arte es capaz de expresar.

– Der europäische Bürger [El ciudadano europeo]. Así se titula un reciente debate entre Habermas y Fukuyama (2012) publicado en Die Welt. [Véase aquí Fukuyama]. Habermas afirma en ese debate, entre otras muchas cosas, que en Europa no necesitamos una administración central, que es suficiente con las organizaciones estatales. También se opone a la idea de que los intelectuales deban aportar un “Grundungsmythos” [un mito fundacional] o una “gran narración europea”. Así, Habermas considera que eso supondría quedar encarcelados en la lógica del siglo XIX, la cual habría provocado conocidos desastres históricos (los nacionalismos y sus guerras). Según Habermas, Europa simplemente debe organizar los intereses comunes de sus miembros para tener una influencia en la agenda política mundial. Sobre el mito de Europa sugiero la lectura de uno de los textos que tengo publicados en mi “Tribuna política”. Se puede acceder desde [Aquí].

– Progresismo/hegelianismo marxista. Habermas, como Hegel o Marx, parece creer en la Historia en sí. Y cree que ha habido Progreso (mejora colectiva podríamos decir). Así, sostiene que la interacción social de los seres humanos “modernos” estuvo en el pasado basada en ritos y en lo sagrado. El Progreso habría sustituido los ritos y lo sagrado por el signo lingüístico, por la fuerza racional derivada del intercambio libre e igualitario de verdades sometidas siempre a crítica. Vuelvo a ver en Habermas una elevación a lo sacro del acto mismo del habla humana, convertido ya en ritual. Parecería que una palabra nuestra, emitida en condiciones ideales del habla, bastaría para sanar la Humanidad entera. Seríamos cada uno de nosotros nodos lingüísticos que, unidos en virtud de la libertad y la igualdad y la virtud discursiva, podrían formar algo tan poderoso como ese Verbo del que habla el Evangelio de San Juan: podrían crear un nuevo mundo.

– La constelación postnacional [Die postnationale Konstellation]. Obra publicada en 1998. En la página 82 de la edición española (Paidós-traducción de Pere Fabra) encontramos quizás una clave decisiva de toda la soteriología habermasiana (su culto a la Razón, su creencia en que solo si nos conectamos colectivamente con esa fuerza podremos salvarnos): “La problemática filosófica del derecho racional, a saber: cómo se puede establecer una asociación de ciudadanos libres e iguales con los medios del derecho positivo, esboza un horizonte de expectativas emancipatorio que dirige su mirada a las resistencias que ofrece una realidad que aparece como irracional”. Vuelvo a preguntarme si es posible que la realidad social sea “irracional” (“ilógica”). Los cientistas actuales creen que todo lo existente está movido por leyes matemáticas de racionalidad extrema (de orden infinito). También lo creyó Heráclito desde su culto al fuego lógico. Pero ¿cabe la irracionalidad? ¿Cabe desconectarse del “Espíritu Santo”, entendido como fuerza impersonal, omnipotente y omnipresente? ¿No estará el mundo humano -ya- ardiendo en una racionalidad infinita, en una racionalidad que Habermas no puede detectar porque así lo determina esa misma racionalidad auto-ocultada?

¿O es que Habermas considera la posibilidad de unir nuestros cerebros (una vez “purificados”) y crear una potentísima máquina lógica capaz de crear un nuevo Logos: un nuevo mundo, una “Nueva Jerusalem”, un paraíso en la Tierra, humanísimo? ¿Cómo sería eso? ¿Alguien se atreve a vislumbralo? ¿Y quién es capaz de vislumbrar esa gigantesca maquinaria multi-cerebral dentro del sistema-mundo que ofrecen la Física y la Neurociencia actuales?

Me inquieta -debo decirlo una vez más- que Habermas esté buscando un exceso de consenso, de democratismo, de colectivismo. Creo crucial salvar el misterio sagrado de la individualidad humana; y salvar también verdad no consensuada: el genio, la libertad meta-social, la conexión individual con lo “absolutamente otro” de lo que el diálogo puede comprender.

Y creo también que la dignificación de esas individualidades limítrofes permite mantener abiertas las ventanas de las sociedades: permite que corra el aire y la luz por las habitaciones de lo consensuado.

David López

Madrid, 28 de abril de 2014

Twitter: @HuertoInfinito


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