La sacra sabiduría inferior.

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Alfonso-y-Nicolás2

 

 

Apara vidya.

Encontré a esta bailarina lógica hace ya bastantes años mientras caminaba, hechizado, por esta obra: The Upanishads [introducción y traducción al inglés de Swami Nikilanada], Ramakrishna-Vivekananda Center, Nueva York, 1949.

Y el claro de bosque donde bailaba la bailarina es éste  (vol. I, p.78):

“Ya hemos hablado de los dos aspectos de Brahman: Nirguna y Saguna. Nirguna está caracterizado por la total ausencia de atributos. Es Pura Conciencia y el fundamento inmutable del universo. Pero, cuando está asociado a Maya, Brahman aparece como Saguna Brahman, el cual, desde el punto de vista del Absoluto, es mutable e impermanente. El conocimiento del primero [de Nirguna Brahman] es denominado Conocimiento Superior, y el conocimiento del segundo conocimiento inferior [en minúscula en el original de Nikilananda]. El Conocimiento Superior conlleva la liberación inmediata, cuyo resultado es la completa cesación de todo sufrimiento y la consecución de la suprema bienaventuranza [Bliss]. El conocimiento inferior conduce a la realización de la posición de Brahma [no confundir con Brahman]. Ofrece la más alta felicidad en el mundo material. Pero no es todavía la Inmortalidad. La consecución de la Sabiduría Superior, o Para Vidya, es el objetivo de la vida espiritual. Pero el conocimiento inferior, o apara vidya [en minúscula], no debe ser rechazado o despreciado. Mientras un hombre sea consciente de su ego y del mundo exterior, y mientras los considere reales, debe cultivar este conocimiento. El Bhagavad Gita dice que si un hombre que se identifica con el cuerpo sigue [exclusivamente] el camino de lo Inmanifiesto, solo buscará miseria. La Mundaka Upanisad exhorta al alumno a cultivar tanto el Conocimiento Superior como el conocimiento inferior”.

La cita de la Mundaka Upanisad que recoge Nikilananda es ésta (Mu. Up. II. Ii. 8): “Se rompen los grilletes del corazón, se resuelven todas las dudas, y todas las obras dejan de producir frutos, cuando Él [con mayúscula] se ve como el que es a la vez alto y bajo”.

Ni en este texto, ni en las conferencias que se derivarán del mismo, voy a valorar el rigor de la interpretación que Nikilananda hizo de estas frases de la Mundaka upanisad. Mi intención es otorgar un sentido metafísico-sistémico al hecho mismo de que exista sabiduría inferior (sabiduría de la vida). Al hecho mismo de que exista algo –la vida, el mundo, o como se lo quiera llamar- donde, si se tienen determinados conocimientos, se puede ser muy feliz.

Y como no estamos ahora en la sabiduría superior (si lo estuviéramos no habría un “yo” que escribe y otro que lee), podemos seguir disfrutando de la imponente tormenta intelectual de las dudas no resueltas. Empecemos a preguntar. Empecemos a disfrutar del placer de la Filosofía:

¿Queremos de verdad dejar resueltas todas las dudas, queremos la cesación absoluta de todo sufrimiento? ¿Queremos la libertad y la inmortalidad?

Apara vidya. También podría denominarse “sabiduría de la vida”. O sabiduría “del sueño”.

Pero, ¿qué es la vida, la vida “humana”? ¿Una sucesión más o menos ordenada de contenidos de conciencia? ¿Un sueño entre otros? ¿Un proceso físico-químico?

¿Se puede ser más o menos dichoso en una vida en función del conocimiento que en ella se pueda alcanzar? ¿Merece la pena ser sabio aquí dentro? ¿El sabio es más feliz? ¿Qué es “ser sabio”?

¿Somos –los “seres humanos”- libres para escoger y decidir el nivel de nuestro conocimiento?

¿Tenemos -los “seres humanos”- poder suficiente para transformar nuestra vida en una obra de arte, en algo maravilloso… desde nuestro propio modelo de lo que es y no es maravilloso?

Esta última pregunta, crucial, puede ser planteada también así: ¿Merece la pena nuestro esfuerzo, nuestra lucha diaria, nuestra llamada de esta mañana a ese familiar al que un día decidimos odiar para siempre, el cuidado y el respeto que mostramos a nuestro cuerpo, nuestras oraciones a no sabemos muy bien qué omnipotencias, nuestros desvelos con el trabajo, nuestra lucha contra lo peor de nosotros mismos? ¿Merece la pena educar a nuestros hijos, gestionar nuestra economía con diligencia, gobernar bien?

¿Merece la pena este mundo, esta vida, aunque sea un sueño, aunque sea una efímera ondulación de la mente de algo innombrable?

Pero, ¿a qué me estoy refiriendo yo, concretamente yo, con “esta vida”? ¿La mía, el contenido de mi conciencia tal y como respira en ese cosmos que se me ha ido construyendo a partir de ideas que me han fecundado sin que yo lo haya decidido? ¿Dónde vivo yo? ¿Qué/quién soy dentro de él? ¿Y fuera de él?

Schopenhauer, subyugado por algunos modelos de Mística,  y torturado por su propio infierno psíquico y familiar, propuso un radical desprecio y abandono del mundo. Nietzsche propuso justamente lo contrario: una radical y apasionada permanencia en el mundo, en el mundo éste en el que tanto se duda y se sufre (y se goza): permanencia heroica, con todos los sentidos activados, expuestos (no narcotizados), metiendo nuestras manos en todos los barros y en todas las lágrimas y en todas las estrellas posibles, e imposibles, para hacer de nuestra vida una gran obra de arte. Nuestra obra de arte. El objetivo no sería la felicidad, sino la obra.

¿Para qué entonces la sabiduría superior, la Para Vidya? ¿Para qué escapar de este prodigio? ¿Todo por no sufrir? ¿Todo por no morir, esto es, por no cambiar de cuarto de magos?

¿Cabe hacer uso de ese excelso conocimiento y ponerlo al servicio de la vida? ¿O podríamos aprovechar lo que nos dice que somos para, desde ahí, crear otro mundo?

Creo que antes de ocuparnos de estas cuestiones puede ser útil tratar los siguientes temas:

1.- Platón. Su “sabiduría inferior”. Beatriz Bossi: Saber gozar. Estudios sobre el placer en Platón, ed. Trotta, Madrid, 2008. [Véase aquí mi crítica de esta obra].

2.- Schopenhauer: Parerga y paralipómena (algunas recomendaciones para no estar mal del todo en el infierno). Pero no hay ninguna esperanza en este mundo: no hay progreso posible, no hay nada que mejorar aquí dentro (según el propio Schopenhauer).

3.- Nietzsche. “Ser yo el que embellezca el mundo”. No se aspira a la felicidad, no se huye del sufrimiento: se lucha, con valentía, por la obra maestra de la propia vida.

4.- María Zambrano. Los poetas se adentran en la caverna, se condenan, aumentando, más aún, el mundo de las apariencias, de la no verdad, de la vida. Referencia al texto De la noche oscura a la más clara mística. San Juan de la Cruz (Publicado en la revista Sur, Buenos Aires, en 1939) [Véase aquí mi crítica de esta joya].

Algunas de mis ideas (de mis sensaciones):

1.- Sospecho, compruebo cada día, que tenemos una sobrecogedora influencia en el despliegue de eso que llamamos “nuestra vida” (eso que, según los materialistas, ocurre, o se recoge y ordena, en un bloque de materia llamado cerebro).

2.- Creo que, si tomamos conciencia de lo que somos, lo real queda posado en la palma de nuestras manos, dispuesto a ser nuestra Creación (lo que siempre fue). Así, Para Vidya, el conocimiento superior (el que nos permite saber que somos el fondo de todos los mundos y de todos los dioses) nos permite amar la vida, lo creado, lo que se presenta ante nuestra conciencia finitizada en un cerebro, con la sensación de ser sus creadores. Me refiero a un amor infinito, y a una distancia infinita, respecto del baile de la realidad. Desde ese amor y distancia infinitos cabría relacionarse con nuestro yo aparente: una criatura (un avatar) que podemos amar -y cuidar- sin confundirnos del todo con ella.

3.- Los esfuerzos merecen la pena. Podemos hacer alquimias sorprendentes: podemos transformar cualquier infierno en un paraíso. Cabe desplegar niveles sorprendentes de belleza a nuestro alrededor. Somos muy poderosos.

4.- Pero antes de que haya un infierno transformable, o un tipo de luz deseable, debe haberse instalado un cosmos en nuestra conciencia. Cuando luchamos por la belleza de nuestro mundo, lo hacemos siempre hechizados por ideas. La idea de amor, de hijo, de amigo, de anciano al que se puede llevar al cielo con una sola sonrisa, de naturaleza protegible por el hombre, de crecimiento económico, de lo que sea. Y mataremos una cucaracha, o una bacteria, o meteremos en la cárcel a un delincuente, o regañaremos a un hijo, o expropiaremos un banco, si con eso creemos que puede sostenerse, en la inmensidad metamórfica del Ser, nuestro amado mundo. En algún mundo hay que vivir. En algún mundo se tienen que materializar nuestros sueños.

5.- La sabiduría superior (Para vidya), al menos tal y como la propone el vedanta, nos permitiría saber qué somos en realidad. Nos permitiría estar en un sueño sabiendo que somos los creadores de ese sueño. La figura soñada, y la conciencia que ahí se ha finitizado, sabe que su ser no se agota ahí, en esa preciosa máscara delicuescente, ontológicamente vacua. El conocimiento superior ofrece un despertar, dentro del sueño, sin desactivar el sueño: para amarlo, ahora más que nunca.

6.- La historia del pensamiento y del sentimiento humanos (si es que son “humanos”) nos ofrece un enorme catálogo de sabidurías inferiores (Apara vidya). Una de las ofertas más sobresalientes de sabiduría inferior (de sabiduría la vida) la ofrece el Hatha Yoga. Ahí destaca la idea de que solo se puede ser feliz y virtuoso a la vez. El mundo es nuestra mente. Y nuestro cuerpo entero. Una simple limpieza de intestinos influye en la intensidad del azul del cielo y minora la maldad aparente de un familiar. Un gesto de cariño a quien hace años nos amargó la vida embellece las calles y purifica nuestras vísceras. Mente, cuerpo, mundo… todo se fusiona en una máquina prodigiosa donde cabe hacer verdadera magia. Y donde cabe sentir –y ser- lo sagrado.

7.- Otra sensación. Los mundos aman a los que los aman. Impresiona comprobar lo sensible que es lo real –o lo onírico, es igual-. Se podría decir que la materia que nos circunda y nos constituye, al menos en este nivel de conciencia, está en carne viva. La razón sea quizás muy simple: no hay nada fuera de nuestro interior. Todo acto se dirige a nosotros mismos. No hay a quien engañar. El virtuoso (como el mago) sabe que todo se sabe en todos los rincones del Todo, que la materia lee su pensamiento, que “el otro” –el otro ser humano- es él mismo: otro de sus avatares, otra de sus máscaras. Si le ama se ama a sí mismo.

8.- Desde la preciosa cárcel del lenguaje cabe ensayar algo así:  hay algo, omnipotente, libre, de fertilidad infinita, que es capaz de autodifractarse en infinitos mundos y en infinitos niveles y formas de conciencia. En cada uno de ellos ese monstruo sagrado sabe lo que necesita saber, lo que quiere saber y la felicidad o sufrimiento que quiere sentir. No hay que sorprenderse. ¿No es posible todo esto, e infinitamente más, para un ser omnipotente?

9.- Todo conocimiento siempre es inferior. También el que la Mundaka Upanisad llama “superior” (Para vidya). Todo conocimiento es ignorancia, porque el destino final de toda sabiduría es descubrir que es un hechizo, que es falso, que es algo así como un sueño, el presupuesto básico de todo conocimiento: eso de que haya un sujeto y un objeto. Así, el conocimiento superior se autosuprime a sí mismo al señalar que no hay algo ahí susceptible de ser reproducido en el cerebro de una de sus criaturas (sea un científico o un yogui).  Advaita: con este símbolo se pretende decir que la Cosa Entera puede tomar conciencia de su ser en uno de sus puntos (¿Puntos?… el lenguaje se desangra). Heidegger habló de advenimiento. En el cristianismo hay quien habla de la Gracia. El Maestro Eckhart afirmó que la divinidad se desvela a sí misma cuando quiere… dentro de sí misma. ¿Qué otro lugar puede haber?

10.- ¿No hay nada que hacer entonces desde aquí? Todo lo contrario.  Merecen mucho la pena nuestros esfuerzos aquí dentro, dentro de este sueño. Lo veo cada día. Paracelso dijo algo así como que a la magia no le gustan los vagos. Conozco a personas que han luchado ferozmente, desde el silencio, por mantener limpios los conductos invisibles que unían a los miembros de su familia (sin sometimiento alguno a los arquetipos sociales). Y lo han conseguido. Claves que me han dado esas personas (son dos ancianas que no se conocen entre ellas): evitar la maledicencia, no cotillear, dar ejemplo antes que buenas lecciones, no dejar de amar nunca, a muerte, no mentir, no quejarse, ser muy fuerte (muy resistente al sufrimiento), no tirar nunca la toalla, rezar… Las dos ancianas creen que todo esto merece mucho la pena. Que la vida puede ser muy bella o muy fea dependiendo de cómo la cuidemos. A las dos, por cierto, les encantan los jardines.

11.- El conocimiento no se obtendría de fuera, cogiendo cosas que están ahí para ser aprendidas. Se inocula desde dentro. Estamos involucrados en profundísimos y misteriosísimos flujos de información. Estamos en algo mucho más grande y prodigioso de lo que ninguna sabiduría podrá saber nunca.

12.- Quizás sirvan imágenes de la película Matrix para que sigamos practicando aquí la Metafísica, saltándonos las prohibiciones de Kant. Mentes humanas cultivadas por inteligencias no humanas para obtener energía. A esas mentes se les mete lo que sea -el mundo que sea- para que sigan prefiriendo la vida antes que la muerte (Nietzsche). Desde el modelo de totalidad del que brotó nuestra bailarina lógica (Apara vidya) se podría decir que somos, a la vez, los esclavos de Matrix y los arquitectos de los mundos que se inoculan en esas mentes esclavizadas. Saberlo sería el conocimiento superior. Saberlo es asumir la creatividad absoluta. Y una enorme responsabilidad.

13.- Me siento cada vez más sorprendido de la plasticidad de la vida (aunque esa plasticidad se reduzca a la materia lingüística, a la posibilidad de modificar los sistemas de universales que constituyen los mundos). Yo amo esta vida. Yo amo el sistema de universales en el que está atrapada mi mirada [véase “Universales”].. Amo este sueño porque hay en él seres a los que amo sin límite. Seres –no solo humanos- que, para mí, justifican cualquier esfuerzo que yo tenga que realizar para que este sueño, este Maya, no se disuelva en la descomunal hoguera del infinito. Dos de esos seres aparecen en la imagen que flota sobre estas frases. En ella se puede ver a mi hermano Alfonso impartiendo una clase de Yoga. Y a mi hijo Nicolás, con tres años, escuchando.

Percibo, desde el empirismo más radical que quepa practicar, que algo/alguien nos asiste desde ahí fuera para que luchemos por este sueño.

Y, en el silencio (solo en el silencio), esa cosa descomunal, aparentemente externa a nuestro yo y a nuestro universo,  nos indica cómo caminar, cómo convertir nuestra vida en un espectáculo maravilloso. Solo hay que estar callados –radicalmente callados- y atentos.

David López

Sotosalbos, 20 de septiembre de 2010.


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