Pensadores vivos

nubes2-580x389

Ofrezco en este texto el resultado de dos años de investigación. De escucha.

Ha sido un arduo trabajo de pura y deliciosa Filosofía que me ha servido para contemplar el pensamiento de algunas personas cuyos cerebros están hoy físicamente vivos: filósofos, físicos, biólogos, sociólogos…

Paracelso afirmó: “Los pensamientos son libres y nadie los domina. En ellos reposa la libertad del hombre, y ellos aventajan la luz de la Naturaleza”.

Nada habría por tanto más poderoso que esa misteriosa actividad humana, si es que es simplemente humana. Pero… ¿qué es, exactamente, pensar? ¿Cabe pensar el pensamiento? ¿Desde dónde? ¿Dónde? ¿Cabe pensar en libertad? ¿No creyó Paracelso que Dios controlaba el pensar humano, que pensaba en el fondo de ese pensar?

Yo tengo la sensación de que no se puede pensar parceladamente, individualmente (“humanamente”). El universo entero piensa en cada pensamiento. Imposible aislarse.

Hay una técnica de meditación -muy difundida en las escuelas de Yoga- que se basa en “contemplar” los pensamientos como si fueran nubes que mueve el viento. Así se consigue no ser dominado por ellos, devincularse de ellos, para no sufrir por ellos. ¿De dónde vienen esas “nubes”? ¿Las podemos crear? ¿Se puede pensar activamente o nos limitamos a escoger una entre distintas posibilidades de pensar que se nos van planteando?

Si observamos atentamente nuestro pensar, descubriremos que no es nuestro, que viene de algún lugar tan misterioso como prodigioso. Sí es cierto, creo, que podemos dar o no “vida” a uno u otro pensamiento: podemos elegirlos (lo cual implica dar o no vida a uno u otro mundo). Cabría incluso sugerir unos principios éticos y estéticos que pudieran guiar esa elección (elección de mundos, entendidos como puntuales formas de finitizar, de esquematizar, el infinito). Entre los distintos pensamientos que se agolpan en la pantalla de nuestra conciencia -por hablar de alguna forma- deberíamos elegir los más bellos, deberíamos trabajar al servicio de la elegancia mental. ¿Por qué? Yo sospecho que la realidad es indigeriblemente bella, y que los pensamientos, todos -éste incluido-, mutilan esa Belleza, quizás para poder habitarla sin abrasarse en ella. Si queremos pensar lo real, si queremos ser inteligentes -y “ex-teligentes [Véase mi bailarina lógica “Inteligencia“]- debemos ir seleccionando los pensamientos más bellos que nos lleguen. Entiendo por bello todo pensamiento que nos induzca a amar, a admirar, a sentir ese estupor maravillado que caracteriza a los grandes filósofos (a los grandes seres humanos en realidad). Por el contrario, todo pensamiento que parta o que conduzca al odio será estúpido, equivocado, inelegante.

Odio. Lucidez. Uno de los pensadores que aparecen en esta investigación sobre el misterio del pensamiento es E. O. Wilson, un profesor de Harvard conocido mundialmente como “el señor de las hormigas”. Me produce un inmenso placer observarle, escucharle, mientras él contempla, fascinado, una hormiga o, incluso, cientos de ellas que intentan devorar su mano. A E. O. Wilson le da igual que las hormigas que él ama, que él admira, le quieran devorar mecánicamente, ignorándole por completo. Él ve belleza infinita en esos seres diminutos y en sus increíbles civilizaciones. Me gustaría poder visualizar, en un mismo sistema, a E.O. Wilson -su cerebro, su corazón, sus ojos brillantes de emoción- y a las hormigas. El universo contemplándose, fascinado, a sí mismo. Esta imagen me lleva a algunas propuestas teológicas.

La famosa expresión “Una palabra tuya bastará para sanarme” podría dirigirse también a nuestro propio pensamiento (que es una extraña divinidad). Un pensamiento bello nos da la vida, nos eleva. Un pensamiento oscuro nos enferma. Quizás por este poder ha habido tantas tradiciones que, por miedo, han demonizado el pensamiento, o al menos han trabajado para crear técnicas que nos permitan desconectar nuestras emociones de esas nubes tóxicas. A mí, sin embargo, me fascinan los pensamientos que recorren mis cielos, precisamente por eso, por su fuerza, por su peligro, por su capacidad genésica y apocalíptica. Pero creo que hay que llegar a dominarlos, convertirlos en nuestros pinceles. Con ellos cabe Crear con mayúscula. Pero… ¿desde dónde podemos mover esas nubes, o desde dónde podemos escoger las que queremos que fertilicen nuestra conciencia? No olvidemos que eso de “mundo” es un pensamiento.

Pensamiento. Pensar. Me temo que, una vez más, nos enfrentamos a misterios fabulosos. Para tratar de pensar el pensamiento es muy útil repasar las categorías de Aristóteles, la analítica transcendental de Kant, El pensamiento salvaje de Levy-Strauss [Véase aquí] y Qué significa pensar de Heidegger [Véase aquí]. Omito obviamente decenas de obras maestras de la Filosofía. Imposible tener entre las manos de nuestro pensar todos los prodigios ya pensados. Ya dichos.

En cualquier caso no llego a ver qué entienden por pensamiento los neurocientíficos materialistas actuales. Cuatro preguntas:

1.- ¿Qué le está ocurriendo al universo cuando -según ese mismo modelo- un cerebro humano piensa en el universo?

2.- ¿Cómo puede el universo -entendido como sistema perfecto regido por leyes todopoderosas- realizar conexiones neuronales “equivocadas? ¿Cómo es posible que un cerebro piense erróneamente en un sistema físico-biológico-matemático perfecto?

3.- ¿Que significaría “pensar bien”? ¿Adecuar las conexiones neuronales al sistema objetivo que contiene y constituye esas mismas neuronas?

4.- Y, sobre todo: ¿Cómo podemos dar por real el modelo de cerebro actual cuando dicho modelo está creado -artificialmente- por el propio cerebro humano? [Véase “Cerebro”].

No debemos descartar la posibilidad de que todos los cerebros humanos vivos (y quizás no solo los vivos) estén en red: en una red más sólida y poderosa que Internet (sistema éste que puede ser visualizado, estudiado, desde la Biología y, ¿por qué no?, desde la Teología). Y hay en esa red de almas vibran con especial fuerza (entre muchos otros) estos cerebros:

Gracias, queridos lectores, por compartir conmigo el milagro de la Filosofía.

David López

Sotosalbos, a 5 de julio de 2015