Oct 18 2010

La bailarinas lógicas/ Un diccionario filosófico: “Cerebro”

admin

 

 

“Cerebro”. Se supone que es el órgano que palpita en el fondo de esta escultura de Rodin.

“Cerebro”. El propósito de este diccionario filosófico no es otorgar significados a las palabras, no es confinar su semántica, sino calibrar su capacidad de hechizo: su fuerza para configurar contenidos de conciencia. Así, de lo que me voy a ocupar a continuación no es del “cerebro” como realidad externa al lenguaje, sino del símbolo, de la palabra, del concepto si se quiere [Véase "Concepto"].

Entremos ya en el fabuloso laberinto de espejos que tenemos delante. Para ello debemos empezar acometiendo un simple pensamiento. Así de simple: quien prentende estudiar, ver, considerar, medir, etc, el cerebro, el cerebro humano por ejemplo, pretende formar en su propio cerebro una imagen del cerebro: quiere crear el concepto de cerebro dentro de un cerebro. Pero, ¿puede el cerebro humano ver, y pensar, el cerebro humano, entero, el cerebro humano, digamos, “en sí”?

Fue leyendo a Schopenhauer cuando quedé por primera vez atrapado en lo que él llamo “paradoja del cerebro”. Puede enunciarse así: el cerebro, como cosa entre cosas, es parte del mundo (como los árboles o los caracoles o los coches o las estrellas). Visto así, como recorte concreto del impacto visual del mundo, se muestra como algo minúsculo, vulnerable, feo incluso, aparentemente configurado y sometido por esas leyes tan mutantes que primero imaginan y luego veneran los que profesan una ontología materialista.

Pero, por otro lado, es precisamente en el cerebro, y solo ahí, donde se dice que ocurre, al menos, la percepción de eso que llamamos “mundo”. Es en el cerebro de, por ejemplo, los científicos, donde se producen las conexiones neuronales, o los conceptos, que la conciencia recoje como “exteriores”, como “mundo objetivo”.

El hechizo consiste en confundir lo que segregan las conexiones neuronales de nuestro cerebro con “Eso” que, según dicen, envuelve al propio cerebro: el “mundo exterior”. Las teorías de un neurofisiólogo, desde esas mismas teorías, solo ocurren dentro del entramado eléctrico y viscoso de sus propias neuronas: ese sería el hábitat ontológico de sus propias ideas (de lo que él tiene por “mundo objetivo”, en definitiva).

Se podría decir, desde el materialismo cientista, que el cerebro es una de las cosas que le puede ocurrir al cerebro (puede ocurrirle también una brisa de Otoño que sobrecoja la piel de la memoria). Y desde ese materialismo puede decirse también que seremos más conocedores del cerebro cuanto más nos aproximemos a un determinado recorrido neuronal, a una determinada forma en la materia de nuestro cerebro: la que propicie en nuestra conciencia [véase], una representación idónea de lo que es el cerebro más allá de nuestro cerebro.

Vamos a asomarnos a lo que haya detrás de la palabra “cerebro” desde la Filosofía, que puede ser también entendida como una capacidad (¿cerebral?) de mirar miradas, de analizar, por así decirlo, la composición químico-lingüística de los modelos de mente que condicionan las miradas. Creo que la palabra “cerebro” (esa poderosísima bailiarina) nos va a dar la maravillosa ocasión de filosofar “en serio”: sin pereza, con valentía extrema, dispuestos a nadar en el océano del infinito, de lo impensable, de lo insoportable incluso (pero insoportable, a veces, por su extremada belleza).

La bailarina lógica “cerebro” suele bailar junto a otra: “mente”. Se dice que a partir del último tercio del siglo XX la filosofía de la mente está adquiriendo un lugar privilegiado en eso que llamamos reflexión filosófica.  Parece que la mente, eso que sea “la mente”, se está pensando a sí misma. El ojo se quiere mirar a sí mismo: ¿Es eso posible? ¿Qué queremos decir con “posible”?

Empieza el gran espectáculo de la Filosofía. En mi opinión no hay nada más fabuloso que pueda acometer (que pueda fabricar) eso que el modelo de totalidad de la ciencia actual llama “cerebro”. Y creo que nuestro filosofar puede recibir un fértil impuso si miramos a eso que sea el cerebro desde estas perspectivas (desde estas determinadas configuraciones de la química de nuestro cerebro, si se quiere poetizar así):

1.- Schopenhauer. La paradoja del cerebro: el cerebro está en el mundo y el mundo en el cerebro.  El cerebro como órgano corporal, siempre al servicio de la vida (de la voluntad). El intelecto está sometido a la voluntad: es su esclavo.

2.- El problema mente/cuerpo (cerebro). Merece ser leído un artículo de Ángel García Rodríguez que está incluído en El legado filosófico y científico del siglo XX (Cátedra, Madrid, 2005).   En este brevísimo estudio podemos contemplar lo que ocurre cuando dos bailarinas (“mente” y “cuerpo” (o “cerebro”) quieren bailar juntas- y separadas- en el paradigma intelectual en el que parece que respiramos en la actualidad.

3.- Humberto Maturana. La autopoiesis (la autocreación) de los “sistemas vivientes”. La rana no ve todos los animales (no ve los que son especialmente grandes y lentos). No hay objetos fuera del lenguaje. El habla y el cuerpo se cambian recíprocamente. La actividad del cerebro es resultado de las exigencias del sistema viviente que lo nutre: la realidad es fabricada por los sistemas vivientes. ¿Lo es también la propia teoría que genera el cerebro (el “sistema viviente”) que “nutre” a Maturana? ¿No estamos ante una teoría que se refuta a sí misma?  Merece ser leído el esquemático estudio que sobre el pensamiento de Humberto Maturana se ofrece en esta obra: John Lechte: Fifty Key Contemporary Thinkers, 2010 [Edición espanola: 50 pensadores contemporáneos esenciales, traducción de Carmen García Trevijano, Cátedra, 2010].

4.- El funcionalismo computacional de Hilary Putnam: la mente es el software; el cerebro es el hardware. La crítica de John Searle: la habitación china (Minds, Brains and Science, Harmondsworth, Penguin, 1984 [Edición española: Mentes, cerebros y ciencia, Cátedra, Madrid, 1994].

5.- Antonio Damasio: El error de Descartes. ¿Cuál fue? Pues “creer que las operaciones más refinadas de la mente están separadas de la estructura y del funcionamiento del organismo biológico”; “porque el cerebro y el resto del cuerpo constituyen un organismo indisociable integrado por circuitos reguladores bioquímicos y neurales que se relacionan con el ambiente como un conjunto, y la actividad mental surge de esa interacción”. Así se presenta la obra de Damasio en la contraportada de edición de Crítica (Madrid, 2003).

6.- Jesús Mosterín: La cultura humana (Espasa, Madrid, 2009). Mi crítica de esta obra para Cuadernos Hispanoamericanos se puede leer [aquí]. Reproduzo algunos párrafos de esa crítica que creo que pueden ser útiles para el tema que nos ocupa ahora:

El estatus ontológico del cerebro es crucial en el modelo de totalidad –y en la religiosidad- que se ve a través de las cristalinas frases   de  Jesús Mosterín. Y es que en otra de sus obras –La naturaleza humana- este filósofo afirma que a través del cerebro humano el universo (o Dios dice él) se conoce a sí mismo. El universo sería, para Jesús Mosterín, un Dios aún no conocedor de sí mismo, necesitado por tanto del cerebro humano. Pero, para semejante prodigio, ¿no debería llevar toda cultura (todo conjunto de circuitos neurales aprendibles) un mecanismo de autohibernación que permitiera a su portador –el hombre- liberarse de todo procesador y recibir así “la señal única”, la “in-formación total”: Dios? ¿No sería eso la autoconciencia del universo, la sinapsis total, libre, sin algoritmo, sin orden alguna que diga qué información es la útil y qué hacer luego con ella? ¿Qué sentiría un cerebro con plasticidad infinita? Eso sea quizás el satori en el Zen. D. T. Suzuki lo definió como la sensación de estar con Dios antes de que éste dijera: “Hágase la luz”; o, dicho desde la cosmovisión de Jesús Mosterín: la sensación de poder configurar cualquier circuito neural (cualquier “cultura”: cualquier mundo). En libertad.

Quizás haya que vigilar la cultura para que no nos arrebate la plasticidad cerebral. Para que no mutile en exceso el autorretrato de Dios. O, si se quiere,  para que no mutile en exceso nuestra creatividad a la hora de crear a Dios.

7.- Richard Dawkins: The God delusion, 2006 [Edición española: El espejismo de Dios, traducción de Regina Hernández Weigand, Espasa, Madrid, 2010]. En este libro hay un epígrade que lleva por título “La madre de todos los burkas”. Desde la ranura de su propio burka, y siempre a través de la caleidoscópica lente del materialismo cientista,  Dawkins afirma lo siguiente (p. 397 de la edición española): “Lo que vemos del mundo real no es el mundo real, sino un modelo del mundo real, regulado y ajustado por datos de los sentidos -un modelo que está construído de tal forma que es útil para tratar con el mundo real-. La naturaleza de ese modelo depende del tipo de animal que seamos.” Cabe preguntar a Dawkins: ¿No será este modelo, el modelo de realidad que él expone, algo que su cerebro necesita para sobrevivir? ¿No será un modelo extremadamente simple, tan limitado, tan utilitario, que prácticamente no muestra nada? Pero: ¿los cerebros reflejan la realidad o la crean? ¿La superviviencia del sistema requiere “realidad” reflejada cerebralmente o fantasía capaz de desencadenar entusiasmos, digamos, químicos: engaños al servicio de la “vida”?

A continuación voy a exponer lo que supongo que le pasa a mi cerebro cuando piensa, no solo qué es eso de “cerebro” y eso de “mente”, sino también cuando piensa lo pensado por otros cerebros al respecto. En realidad voy a pasar a palabras lo que es capaz de provocar en mi conciencia esa bailarina lógica que se presenta como “cerebro”. Éste es el resultado de la lucha entre la voracidad de su hechizo y mi resistencia a ser hechizado (hechizado del todo):

1.- “Cerebro” es una palabra. Nada más. También puede decirse que es resultado de aplicar un determinado sistema de universales [Véase "Universales"]. No hay “cerebro” más allá de una mirada tomada por el sistema que lo instaura (más allá de un determinado software mental, por utilizar la metáfora de Hilary Putnam). Mi cerebro, al menos como lo ve la mirada de la ciencia actual, sería una gigantesca galaxia para un ser pensante que tuviera el tamaño de un átomo. Y para ese ser pensante -ese nanofilósofo- mis neuronas serían seres vivos de tamaño indectable que fabricarían mundos, para ellas mismas, provocando algo así como tormentas electromagnéticas y genésicas.

2.- Pero seguimos apresados por el lenguaje, por los universales. Para atisvar la salida -si se quiere- hay que ser capaz de sentir que tanto “átomo”, como “neurona”, como “cerebro” y como “ciencia” son palabras: frutos artificiales de modelos mentales: secreciones de algo inefable que, como estoy ahora en una frase, no me queda más remedio que denominar “cerebro”. Pero cabría sospechar que “el cerebro en sí”, aquello con lo que estoy ahora pensando, filosofando, no tenga absolutamente nada que ver con el dibujo que de él hacen los neurofisiólogos (y que se reproduce en la eléctrica viscosidad de “mi cerebro”).

3.- Soy consciente de que estoy llevando mi pensamiento y mi lenguaje a la hoguera de la infefabilidad absoluta. Soy consciente del temblor de estas frases, un temblor algo zambraniano, pero también nietzscheano: es el temblor de la vida, con toda su magia, el que sacude nuestro filosófico intento de alcanzar una imagen totalizadora de lo que hay. Y lo que hay me temo que es infinitamente más grande de lo que es capaz de configurar eso que, desde un determinado modelo de “mente”, llamamos “neuronas”, “cerebro”, etc.

4.- Creo que merece especial atención el pensamiento de Humberto Maturana. Sobrecogen las conclusiones del estudio que él y otros científicos realizaron a finales de los cincuenta sobre la percepción de las ranas: sus cerebros fabrican realidad, no la ven. Y no ven animales especialmente grandes y lentos. Me pregunto cuántos “animales” no veremos los que estamos confinados en un cerebro humano. ¿Y si nuestros catálogos de zoología estuvieran incompletos y, además, lo fueran a estar siempre? ¿Y si nos rodearan animales gigantescos, muy lentos, mucho más inteligentes que nosotros? ¿Y si nos estuvieran estudiando como Maturana estudió las ranas? ¿Y si alguna rana tuviera la capacidad de sentir (entrever) al científico? ¿No sentiría semejante rana algo así como esa “presencia” que hemos sentido algunos palpitando, operando, amándonos, más allá de la epidermis de lo que parece ser lo único real? Cuidado, seguimos hechizados: queremos que lo que hay equivalga a nuestras frases (a nuestros universales).

5.- Las sugerentes teorías de Maturana implican que ellas mismas son ciegas, oníricas: que no hablan de nada exterior, pues han surgido del cerebro del propio Maturana; y no al servicio de la verdad, sino al servicio de la permanencia de su sistema viviente. Aquí parecen haber pensado a la vez Nietzsche y Schopenhauer: todo está al servicio de la vida, y la vida fabrica hechizos para que sus seres sigan aferrados a ella, esclavizados: los cerebros no segregarían “verdades”, sino sueños subyugantes que optimizarían el sistema que los nutre. Pero esos “sistemas vivientes”, en sí, más allá de lo que ellos mismos pueden decir de ellos mismos, se presentan ante el pensamiento filosófico como algo inefable: algo así como dioses biológicos con propiedades inabarcables para el cerebro humano.

 

El silencio radical (en meditación por ejemplo) desactiva los universales: no hay un “yo” que medite, no hay un “mundo” donde esté ubicado el “cuerpo” del que medita (ni el “alma” ni la “mente” ni “nada”). En ese silencio no hay ya ni “meditación”. Y no hay “cerebro”. Digamos que la “conciencia” queda liberada de cualquier modelo de “mente”: podría recibir cualquier software. Podría tener la mirada finitizada (creadora en definitiva) de cualquier animal. Estamos en la nada protocósmica.

Desde la mirada del cientismo materialista el estado de meditación puede ser reducido a determinadas reacciones químicas ocurridas en el cerebro, lo cual las explicaría (las digeriría, las disciplinaría, las normalizaría, en ese determinado modelo de mente). Así, ocurriría una aparente “rebaja” del fenómeno de la meditación… rebaja a lo “material” (¿Por qué va a ser peor la materia que el espíritu?). Y, una vez más, hay que preguntarse: ¿qué es la materia?

Desde la teoría de Maturana la materia será, para el científico, eso que necesite su cerebro que sea la materia para que se optimice su sistema viviente: será un sueño útil.

El libro de Richard Dawkins que he citado anteriormente se titula El espejismo de Dios. En él encontramos una apasionada lucha de palabras contra los males de las religiones teístas. Una apasionada lucha de palabras contra palabras (bailarinas contra bailarinas): una guerra entre religiones (la Ciencia es una gran religión; una de mis preferidas, por cierto).

Cabría escribir un libro que llevara por título: El espejismo de Dios y el espejismo de la Ciencia. Y cabría preguntarse al final de ese libro si puede concebirse un mundo que no sea, entero, un espejismo: un prodijioso constructo -”cerebral”- al servicio de… ¿qué? ¿de un gigantesco sistema viviente que nos nutre sin que, en principio, lo podamos percibir ni pensar?

¿Será ese inefable sistema viviente eso que algunos, ante el enfado de Dawkins, siguen llamando “Dios” y siguen sintiendo, contundéntemente, fuera de las fronteras del cerebro? ¿Aceptamos una especie de politeísmo biologicista: seres vivos impensables disputándose algo que no podemos llamar “espacio” ni “tiempo” por estar más allá de nuestros cerebros?

¿Estamos ante un entramado de dioses vivos, soñadores, cuyo sumatorio final sería eso que en las upanisads se denomina, impropiamente, “Nirguna Brahman”?

Mis frases ya no soportan más tensión. Saquemos a la Filosofía -y a la Teología- de la sala de baile que necesita nuestra bailarina de hoy -”Cerebro”-. Y sigamos dejando que nos hechice. Hay que vivir en algún sueño. Al menos en uno. Aunque sea en el sueño del materialismo cientista (que ofrece mundos fabulosos, por cierto).

Lo otro, lo que hay más allá de todos los sueños, es lo místico.

 

 

David López

Sotosalbos, a 18 de octubre de 2010.