Feb 8 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 8 de febrero de 2010: “Infinito”.

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            “Infinito”. Una palabra que debería no serlo. Un lugar del lenguaje donde el lenguaje –como en el caso de “Dios”- revienta; y revienta por ser incapaz de ser lenguaje.

         No querría que en mi conferencia se produjera un estado de satisfacción intelectual, ni siquiera un éxtasis intelectual como los que experimentaba Aristóteles contemplando la inmensidad de los cielos. Mi intención es abrir una ventana y que veamos, y que olamos, la brutal –casi demoníaca- brisa de lo sin forma, de la omnipotencia del Dios-Diablo que acecha por las grietas de todos los mundos: de todas las finitudes que se sostienen milagrosamente en el infinito.

         Los pitagóricos de la antigua Grecia rechazaban el infinito. Aristóteles, aunque no era tan pitagórico como su maestro Platón, se negaba a otorgar realidad a la serie infinita de números naturales.

         Y es que eso que sea el “ser humano” no puede vivir sin límites. Su propia estructura biológica es un sistema de equilibrios milimétricos (una mínima dosis de veneno le mata). 

         Pero tampoco puede vivir limitado. Es como si no cupiera en ninguna finitud y tuviera que expandir con las manos de su mente y de su corazón cualquier universo en el que se le quiera confinar.

         Quizás sea porque en realidad el ser humano no es un ser humano, sino la encarnación –aparentemente finita- de una gigantesca divinidad que no es capaz de contentarse eternamente en ninguna de sus creaciones.

         La Física actual -esa intrépida retratista de fantasmagorías- todavía cree en la finitud de lo que hay (o al menos en la finitud de sus leyes: de hecho aspira ahora a reducirlas todas a una: la soñada teoría unificada). Es una creencia admirable si tenemos en cuenta la sucesiva incineración de modelos de finitud que se viene produciendo, al menos, desde Aristóteles.

         El infinito.

         Giordano Bruno lo identificó con Dios. Stefan Zweig con el Demonio.

         De los dos me voy a ocupar en el cuerpo central de mi conferencia, el cual pretendo ordenar así:

 

         1.- Los finitistas: la tradición pitagórica.

         2.- Giordano Bruno: el Mesías del infinito[1].

              3.- El romanticismo alemán: la pasión por el infinito, la vida y la muerte.

         4.- Stefan Zweig: La lucha contra el demonio[2] (contra el infinito). Leeré algunos párrafos de esta gran obra.

 

 

         Finalmente intentaré expresar mis propias ideas (mis propios dibujos de lo indibujable). Son básicamente las siguientes:

 

         1.- Hablamos –o estas palabras hablan- desde un cosmos en el que estamos ubicados sistémicamente; cohesionados por amor y movilizados (hechizados) por una idea de belleza cósmica. [Se puede acceder a cada una de estas cuatro bailarinas lógicas haciendo doble click en la palabra que aparece subrayada]. Ese cosmos es nuestro hogar, nuestro solaz, nuestro infierno también. Pero no hay cosmos que resista el oleaje del océano en el que flota. Si se observan con detenimiento sus costuras, sus remates, sus diques de contención, enseguida se aprecia su transparencia, su fragilidad; y su olor, imborrable, a infinitud, a insoportable fertilidad, a creatividad, a Demonio, a Dios… a Nada.

         2.- Como he señalado al comienzo de esta presentación, eso que sea el ser humano no puede existir sin confinamiento cósmico (necesita ser “algo” en “algo”); pero tampoco puede respirar si ese cosmos no deja alguna rendija abierta. A esas rendijas se asoma, desde dentro, el filósofo (y el poeta, es lo mismo); el místico mete la cabeza en ellas, necesita respirar más de lo normal, y puede ocurrir incluso que se tire por ellas para incinerarse en la inmensidad que nos acosa y nos alimenta: en esa descomunal matriz sin tamaño que nos da el existir y nos lo quita (que se lo da a sí misma en realidad, finitizándose, jugando a que es mortal sin serlo: sin poderlo ser).

         3.- Creo que en estado de meditación –en radical silencio mental/en radical quietud de todas las bailarinas lógicas- se accede a infinito, al Demonio si se quiere… y la sorpresa que nos llevamos es que “eso” es Dios. Más que Dios incluso. O que es Nada. Y que es glorioso. Como glorioso es que de ahí, de ese barro onírico, puedan surgir tantos mundos imaginarios. Podríamos decir que el Yoga –entre otras tradiciones místicas- ofrece un reposo en el infinito: un saberse el infinito: un saberse esa mano gigantesca que rodea y moldea los mundos: que se moldea y finitiza a sí misma creando cosas tan maravillosas como este universo desde el que escribo ahora.

 

         En abril del pasado año hice una meditación sentado en una meseta de nieve, en el Pirineo, rodeado por una galaxia de montañas silenciosas, bajo una cascada de luz que me impedía abrir los ojos.

         En silencio radical.

         No aguanté mucho. Enseguida sentí la inmensidad y casi me revienta por dentro. Sentí –supe- de pronto que ya había existido en infinitos mundos; y que me quedaban infinitos por habitar… siempre que yo quisiera seguir entrando y saliendo por los escenarios de Maya. Abrí los ojos, respiré profundamente y contemplé el horizonte, y también los latidos de mi viscoso corazón. Y me asustó el tamaño de lo que hay, de lo que está pasando, de lo que somos.

         De lo que es.

         Me asustó y me maravilló sentir, con claridad, que somos infinitos. Que somos el infinito.

         La imagen que he elegido para esta conferencia muestra a un hombre descendiendo por algo gigantesco. Eso es meditar: una inmersión en el infinito “interior” (aunque ahí se diluye la dualidad interior/exterior): un lugar donde no se siente miedo, ni deseo, ni soledad, ni aburrimiento: un lugar donde por fin sentimos ser quiénes somos.

         El infinito. El infinito vivo y soñador.

        

 

 

 

 

         David López

         Sotosalbos, febrero de 2010.

           

[1] Recomiendo dos obras para acercarse a Giordano Bruno: 1.- Frances A. Yates: Giordano Bruno y la tradición hermética, Ariel, Barcelona, 1994; y 2.- Miguel A. Granada: Giordano Bruno (Universo infinito, unión con Dios, perfección del hombre), Herder, Barcelona, 2002.

[2] Stefan Zweig: La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche), Acantilado, Barcelona, 1999.



Oct 19 2009

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos: “Concepto”.

 

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            Génesis 2.16-17: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

         ¿Por qué? ¿Qué relación puede establecerse entre el conocimiento y la muerte?

         En esta conferencia me voy a ocupar de lo que haya detrás de la palabra “concepto”. Se supone que la ciencia -el conocimiento- es la incorporación de conceptos a la mente. ¿Eso mata? Para adelantar mi visión sobre lo que es “concepto” voy a utilizar su equivalente en la lengua alemana: “Begriff”. Este sustantivo está relacionado con el verbo “begreiffen”, que es sinónimo de “umfassen”. Algunos de los significados de esta última palabra son, traducidos al español, “coger”, “atrapar”, “capturar”. Sostendré en mi conferencia que los conceptos son capturas. Es el concepto el que captura la mente; y no la mente, a través del concepto, la que captura la realidad.

         Cuando Adán y Eva comen el fruto del árbol de la sabiduría (Génesis 3.6.) pierden el paraíso. Lo pierden porque su mirada está ya tomada –capturada, esclavizada, afeada en definitiva- por los conceptos (el conocimiento). En terminología adecuada al paradigma actual podríamos decir que los cerebros de Adán y Eva, tras la ingestión del fruto del árbol de la ciencia, perdieron plasticidad: que sus recorridos neuronales quedaron establecidos de forma estandarizada, robotizada; y ya no vieron sino aquello que su maquinaria psíquico-conceptual les permitió ver.

         Me permito sugerir la lectura de la crítica que hice de una interesante obra de Jesús Mosterín que lleva por título La cultura humana. Reproduzco aquí, no obstante, algunos párrafos que pueden ser de utilidad para que se evidencie lo que pretendo transmitir (las comillas indican que estoy reproduciendo las frases de Jesús Mosterín):

        

          

“La estructura anatómica y funcional del cerebro está determinada por los genes en todos sus rasgos generales y multitud de detalles, pero una gran parte de las conexiones neurales del cerebro se van formando a lo largo de nuestra vida, como consecuencia de nuestras percepciones y otra interacciones con nuestro entorno, incluidas las que se dan con otros congéneres, sobre todo con nuestra madre y otros familiares durante la primera infancia. A esta capacidad de establecer nuevas conexiones neurales se llama plasticidad cerebral. La plasticidad cerebral es máxima durante nuestra infancia y va decreciendo a partir de la pubertad. El cerebro del adulto está más consolidado y es bastante menos plástico que el del niño.”

                La memoria, en eso de fijar una cultura en nuestro cerebro, será al parecer decisiva:

                “La consolidación de la información en la memoria operativa conduce al establecimiento de circuitos neuronales permanentes mediante el reforzamiento de las sinapsis entre las neuronas que los componen. Esto se lleva a cabo mediante la activación de ciertos genes y la síntesis de nuevas proteínas como la actina, que inducen cambios estructurales permanentes en la morfología de la neurona y su citoesqueleto, en especial, el agrandamiento de espinas dendríticas presentes o la creación de espinas nuevas. Al estimularse por el aprendizaje, las espinas pequeñas se agrandan, lo que a la vez les hace perder plasticidad  y las convierte en el soporte estructural duradero de la memoria a largo plazo […] La cultura es parte de la información retenida en la memoria a largo plazo.”

                Se nos acaba de decir que a mayor cultura en el cerebro (esto es: mayor información retenida a largo plazo) menor plasticidad cerebral: menor capacidad de establecer nuevas conexiones neuronales. ¿Intuía esta desalentadora disyuntiva Krishnamurti cuando recomendaba desaprenderlo todo para alcanzar la libertad verdadera?

 

 

         Ofrezco a continuación la crítica entera para quien esté interesado en profundizar sobre la tensión entre plasticidad cerebral (magia-libertad) y cultura: El autoretrato de Dios en los circuitos neurales de Jesús Mosterín.pdf

 

         A partir de estas concepciones básicas -¡concepciones!- voy a construir mi conferencia. Y lo haré siguiendo este orden:

 

         1.- Introducción: el concepto como captura; como elemento necroseador -¿o es vitalizador?- de eso que sea “la mente” de eso que sea “el hombre”.

 

         2.- “El concepto” desde las filosofías de Kant y de Hegel.

 

         3.- La Firstness de Peirce.

 

         4.- Explicaciones de Vivekananda al segundo Yoga-sutra de Patañjali; el que dice: “Yoga es el control de la mente (chitta) para que no adopte formas (writtis).” Writtis son universos, agitaciones del lago de nuestra mente que impiden ver su fondo. ¿Qué hay en ese fondo?

 

         5.- Y, finalmente, me haré estas preguntas:

 

         ¿Cómo podrían haber regresado Adán y Eva al paraíso, al no conocimiento (a la docta ignorancia)?         

         ¿Cómo desaprenderlo todo para regresar a la Firstness a la que se refería Peirce?

         ¿Cómo alcanzar una mente (un cerebro) con plasticidad infinita?

         Respuesta a estas tres preguntas: con la meditación.

         Pero, ¿qué vemos entonces cuando nuestros ojos no están mutilados (¿preñados?) por los conceptos? ¿Qué se ve en estado de meditación?

         Respuesta: Nos vemos. Y ese espectáculo supera toda posible configuración finita de cualquier mente (cualquier belleza en cualquier universo); porque las engloba todas. Engloba todas las bellezas, todas las bailarinas mágicas (Mayas), que no son sino conceptos que quieren vivir, que quieren bailar, en la inmensidad de nuestra mente.

         Una -solo una- de esas bailarinas es la que saltó desde el Árbol de la Ciencia a los cerebros de Adán y Eva. La materia de aquel árbol de Edén me la imagino blanca, idéntica a la de las estrellas, tal y como aparece en la foto que os ofrezco.

 

 

 

        

         David López

           Sotosalbos, 18 de octubre de 2009.

 


Oct 11 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del lunes 12 de octubre: “Causa”.

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         La imagen que he elegido para esta conferencia permite visualizar una duda que sacude las conciencias humanas desde hace milenios: ¿Ha sido el hombre creado (causado) por Dios? O… ¿no será precisamente lo contrario?: ¿no será el hombre la causa de Dios? ¿O no será, como dijo el Maestro Eckhart en el siglo XIV, que hay “algo” que es causa tanto de Dios como del hombre?

         En esta conferencia voy a ocuparme de lo que haya detrás de la palabra “causa”. Y es que ante el espectáculo de lo que se muestra cabe preguntarse, simplemente, el porqué de cada movimiento, de cada suceso, de cada cambio, de cada novedad, de cada muerte… del hecho mismo de que se sucedan estados diferentes de lo real.

         ¿Por qué? ¿Por qué?

         La palabra “causa”, si pretende ser reflejo de lo que se supone que hay más allá del lenguaje, nos exige sostener un modelo de cosmos. En ese modelo habría tiempo (vertiginosa sucesión de instantes que se suceden aniquilándose) y espacio (una especie de caja invisible donde ocurren esos presentes en llamas). Si aceptamos la concepción filosófica conocida como “causalismo”, todo tiene su causa eficiente; y nada ocurre por nada. Estaríamos así atrapados en gigantescas cadenas causales –¿en plural?- cuyo despliegue en el tiempo y en el espacio sería precisamente lo real. El desafío para nuestra inteligencia pragmática, una vez atrapada y menesterosa en este cosmos, sería detectar qué acontecimientos (causas) son los que preceden necesariamente a otros acontecimientos (efectos) y, así, manipular lo real a nuestro antojo: el sueño eterno -y siempre parcialmente alcanzado- de magos y científicos (que son la misma cosa). Esta anhelada manipulación de lo real/”material” presupone a su vez libertad: libertad para interrumpir cadenas causales “naturales” e iniciar cadenas causales “humanas”. ¿Serían entonces la libertad y la voluntad humanas las causas primeras de cadenas causales no “naturales”? ¿No sería eso la creación de un paraíso en la tierra, como soñaba Francis Bacon y sueñan todos los cientistas/tecnófilos que le siguen?

         Si podemos iniciar cadenas causales sin estar para ello condicionados causalmente, cabría ubicar cualquier decisión humana libre –invitar o no a cenar a una chica- muy cerca de la omnipotencia creadora que se le atribuye a Dios en cuanto Dios creador. No me voy a ocupar de la libertad en esta conferencia, pero sí quiero ir adelantando que desde un punto de vista meramente mecanicista-causalista todo ocurrió, ocurre y ocurrirá de forma necesaria (sólo de la manera que permitan las leyes causales). El despliegue de lo real, según esta concepción, está solidificado: fluye en virtud de nexos causales muertos, asfixiados por una “ley”, una “razón”, una “ecuación” si se quiere. La Física actual busca esa ley, ese logos despiadado, y cree además que no tendrá una longitud superior a una pulgada (eso afirma Michio Kaku al menos). Esa ley sería la causa omnipotente y omnipresente de todo lo que ocurre siempre.

         Es cierto que desde principios del siglo XX los pensadores cercanos al modelo de mente cientista han querido huir de la palabra “causalidad” y han preferido otras como “relación” o “función” o “ley”. Pero el objetivo sigue siendo el mismo: se quiere saber el porqué de cada fenómeno; se quieren conocer las causas de lo real para “fabricar” los efectos que se deseen (un paraíso en la tierra para el ser humano; por fin).  Pero el pensar de esos pensadores cientistas estaría también tomado por las cadenas causales que lo dominan todo. No sería entonces ni siquiera pensamiento, sino algo que le ocurría a algo (la “materia”) de forma necesaria: cada pensamiento sobre la causalidad sería una consecuencia causal necesaria; tanto como la salida del sol, la evaporación del agua o el desplazamiento de una bola de billar al ser impactada por otra.

         ¿Está todo causalmente sometido? ¿Hay una mezcla de causalidad y de azar? ¿Es el ser humano una excepción dentro de las redes causales, un “lugar” capaz de alterar secuencias, o de iniciar desarrollos causales no “naturales”? ¿Hay un arranque para toda esta inmensidad; una causa primera, un primer motor? ¿Somos capaces de imaginar la fuerza de algo semejante?

         Son estos, básicamente, lo temblores y estupores filosóficos –o quizás “antropoteológicos”- que quiero compartir con vosotros. Y para que no sea el desorden la causa eficiente de su fracaso, ordenaré mi conferencia así:

 

         1.- Introducción: primeros estremecimientos ante la palabra “causa”. Lectura de un poema que Borges dedicó a una versión de I Ching.

 

         2.- Concepciones sobre la causalidad a lo largo de la historia del pensamiento:

 

                   - China antigua: el libro de los cambios.

                   - India antigua (Karma/Moksa).

                   - Platón (Causas primeras, causas segundas). La belleza sería la causa de todo movimiento.

                   - Aristóteles: los cuatro tipos de causas.

                   - San Agustín: sólo hay una causa: la causa creadora: Dios  

                   - Galileo y la ciencia moderna.  

                   - Racionalismo: causa y razón son lo mismo.

                   - Ocasionalismo: Malebranche y Algazel.

                   - Hume: no hay que confundir la sucesión de hechos con los nexos causales.

                   - Schopenhauer: la causa de este mundo es la voluntad (el deseo). Por eso hay mundo. Es lo mismo que afirmaron Jakob Böhme, el Maestro Eckhart e Ibn Gabirol.

                   - Siglo XX: el concepto de “causa” sustituido, en los ambientes cientistas, por otros como “función”, “relación” o “ley”. Reflexiones sobre la imposibilidad de saber la causa de ningún fenómeno (a partir de las ideas de Popper, Lakatos y Feyerabend).

 

         3.- Finalmente, diré cuál es para mí la causa del despliegue de cualquier mundo -de cualquier contenido de conciencia- ante cualquier sujeto observador: ¿Es Dios; el deseo de Dios? ¿Es el propio hombre como “causa sui” configurándose a sí mismo y a su mundo mediante el lenguaje?

        

         Creo que lo que genera cualquier realidad (cualquier contenido de conciencia) es algo unitario que, aunque impensable en su omnipotencia, podría nombrarse con cuatro misteriosas palabras encadenadas: deseo-pensamiento-imaginación-amor. O con una sola quizás: Magia. Me permito sugerir aquí una lectura sosegada de los fragmentos de Sex Puncta Mystica (Jakob Böhme) que hace algunos meses traduje e incorporé a esta página de Internet.

         Pero, ¿Magia  de “quién”? ¿Magia de “qué”?

         Creo, honestamente, que nuestro yo profundo fabrica nuestra realidad. Y creo también que podemos reconfigurar radicalmente lo que se nos presenta como mundo (lo que se nos presenta como mundo en este nivel de conciencia). De hecho es lo que hacemos constantemente: es lo que está pasando siempre que pasa algo.

         Porque somos la Causa. ¿En singular? ¿En plural?

         Seguimos, no obstante, apresados en el lenguaje: la cárcel prodigiosa. La cárcel donde se celebran todos los rituales de la Filosofía. La cárcel que nosotros elaboramos desde la nada de nuestro verdadero ser.

 

 

          David López

            Sotosalbos, octubre 2009.

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