Jun 21 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 21 de junio de 2010: “Tiempo”.

 

 

        “Tiempo”. Una de las más impactantes invisibilidades. El “Tiempo” no es visible, sólo postulable: necesario para que tenga sentido la caja lógica donde suponemos que existe lo que existe.

        Es una bailarina lógica fascinante, poderosa: es capaz, junto con “Espacio”, de construir una estructura metafísica. Y física…  aunque llevo años sospechando que toda Física es en realidad una Metafísica: todo modelo del universo (por muy demostrado que parezca) es siempre hipótesis, postulado: algo que se supone que debe existir -aunque no se vea- para que lo que se ve esté ordenado y sea previsible.

         Si es que se ve algo.

        ¿Qué es el “Tiempo”? No tengo ni idea. Pero me sobrecoge que ese supuesto ritmo omniabarcante pueda ser medido (sobre todo si se mide con instrumentos tan bellos como el que aparece en la foto).

        En realidad no sé muy bien tampoco qué se está haciendo cuando se pregunta sobre el qué de algo. Pero quizás pueda compartir lo que siento frente a esa prodigiosa -y letal- bailarina lógica si antes me ocupo de ella desde estos puntos de vista:

        1.- Aristóteles: el presupuesto fundamental del Tiempo es el cambio: el espectáculo que nos rodea es cambio permanente. Lo cambios se producen en el Tiempo. Si nada cambiara no habría Tiempo. “El tiempo es la medida del movimiento según el antes y el después”.

        2.- Referencia a la conciencia metatemporal que persiguen algunas soteriologías indias y japonesas.

        3.- La estética trascendental de Kant: el ser humano recibe lo “de fuera” (la “cosa en sí”) y lo mete en el Tiempo. No hay Tiempo más allá de la maquinaria psíquica humana. La aritmética -que mide el Tiempo, que mide nuestra bailarina de hoy- en realidad, desde Kant, sería una antropología.

        4.- El eterno retorno de Nietzsche: ¿seríamos capaces de dar un absoluto sí a nuestra vida -entera-? ¿Nos atreveríamos a vivirla, en absolutamente todos sus momentos, una y otra vez, a lo largo de la eternidad?

        5.- El Tiempo en la metafísica marxista.

        6.- Heidegger: Ser y Tiempo. El ser humano está condenado a la muerte: al no ser ya nunca. El vivir como un absurdo e innecesario tobogán letal.

        7.- Lectura interesante: Un mundo sin tiempo (El legado olvidado de Gödel y Einstein), de Palle Yourgrau, Tusquets, Barcelona, 2007.

 

        A partir de aquí, compartiré algunas reflexiones muy provisionales. Espero algún día poderme ocupar con mayor profundidad de esta fabulosa bailarina lógica. Las reflexiones serán más o menos éstas:

        Para sostener la metafísica del Tiempo hay que sostener, previamente, que el sujeto (el observador) está siempre en algo llamado “Presente”, pero que hay una fuerza, digamos, estructural, que le “empuja” a otro presente. Y a otro. Y a otro. Siempre. Así, desde esta metafísica, nunca se puede estar en el presente, ni siquiera un “instante”, pues todo “instante” tendría una duración (cabría visualizarlo, matemáticamente, como una linea  infinitamente subdivisible). Esta gran paradoja del Tiempo ya la había visto Aristóteles; y fue brillantemente sentida y descrita por San Agustín: “Cuando no me lo preguntan, lo sé; cuando me lo preguntan no lo sé”.

        Respecto de eso que llamamos “futuro” nos vemos obligados a sostener su no ser. No ser “ahora”. Pero, como hemos visto antes, el “ahora”, el “presente”, digamos, neto, o absoluto, es imposible; o al menos imposible desde el punto de vista matemático (desde el modelo de conciencia que fabrica esos precisos artefactos que llamamos relojes: la aguja nunca para). El futuro, no obstante, parece ser el lugar donde se desplegarán los efectos de nuestra libertad, de nuestra creatividad, de nuestra fe: es el universo todavía por ser creado. Eso creen los que creen en el Progreso [véase]. Y en eso creen también los que creen en la Libertad [véase] o en la Mágia [véase]. Por último, habría una convicción, derivada del paradigma metafísico sobre el que se construyen la mayoría de las Físicas actuales, de que el futuro es invisible. Que -ahora- no tiene ser en absoluto. Aunque cuando lo tenga, lo tendrá todo.

        El pasado. Es algo a lo que se le otorga el “haber sido”. Me ha impresionado siempre el sonido del fuego invisible que aniquila los instantes. Este instante en el que escribo, junto a unos árboles inquietos, bajo un cielo de azul mate, con las manos soñadoras, pero algo cansadas; este instante, digo, ha dejado su ser por la frase, por el río temporal-letal que lo barre todo: o que lo acumula, como mucho, en esa especie de almacén psíquico que es la memoria. Y ahí, este instante (bueno, mejor dicho, aquel instante que recogió mi frase), vivirá como un espectro, sometido a los caprichos, a los jugos gástricos, de mi memoria. Es el fuego letal de la preterización.

        Podría decirse que el Tiempo no existe porque ni el presente ni el pasado ni el futuro tienen jamás existencia. El Tiempo es un baile de esa bailarina prodigiosa que la India antigua bautizó como ”Maya” (Magia). Pero esto no implica que esa no existencia, ese baile irreal, no sea sacralizable. Siendo más nietzscheanos que Nietzsche, podríamos asumir nuestro papel de sacerdotes de Maya: coadyuvar a los hechizos, aumentar la capacidad de hechizo y de fascinación que tiene ese no-ser (esa fantasía que toma nuestras conciencias).

        ¿Qué otra cosa es una Creación

        Llegados a este punto, quisiera proponer algo así como un arte de la memoria. Pero no en el sentido dogmático/realista: no desde la presuposición de que hay -ahí- un cosmos objetivo que presenta elementos memorizables, sino desde la creencia en el Arte y en la Libertad. Así, cabría volcar todo nuestro esfuerzo en embellecer este Presente (lo que será memorizado en definitiva). Cabría fabricar memoria: instalar obras maestras del existir que fueran visitables desde cualquiera de los puntos del vector de nuestra vida (de lo que llamamos vida en este nivel de conciencia -me refiero al nivel de conciencia humano puro y duro, no al “iluminado”).

        Pensemos en los niños: cada instante que podamos construir para ellos, cada paraíso, estará ahí, en su memoria, visitable siempre, como el que visita un templo sagrado. De ahí que un abuso sexual -o cualquier otro- sea un terrible crimen; más terrible de lo que imagina el ciego que lo perpetra: un abuso sexual instala un infierno en la memoria.

        Nuestro desafío, como artistas metafísicos -como magos que somos-, sería  fabricar obras maestras del “presente” (aunque en puridad no exista “el presente”) para que, una vez incorporadas a la memoria, se conviertan en paraísos infinitamente visitables.

        Yo intenté fabricar un paraíso de la memoria para mi hija hace doce años. Lo hice, deliberadamente, bajo unas estrellas que apenas dejaban materia oscura en el cielo, sobre la arena de una playa atlántica. Ella tenía cuatro años y quería que le contara un cuento. Mientras se lo contaba, mientras mis palabras se mezclaban con el rugido de las olas, sus ojos vibraban como si, a través de ellos, alguien hubiera sido capaz de asomarse, otra vez, eternamente, a un paraíso.

        ¿Qué es un paraíso sino un determinado contenido de conciencia?

 

        David López

        Madrid, 21 de junio de 2010.


Apr 26 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 26 de abril de 2010: “Poesía”.

 

          Poesía. Póiesis es la palabra griega. Significa “creación”  en sentido extenso. La poética sería crear algo con la palabra.

          Impresiona la palabra Póiesis si se la relaciona con Hyle (materia). Hyle se utilizaba para compartir un concepto que sería algo así como “materia prima para construir cualquier cosa”. Mis reflexiones sobre la materia se pueden leer [aquí].

          ¿Cabe analizar filosóficamente eso que sea la Poesía? ¿Cabe ubicarla en un modelo de totalidad? Creo que sí. Aunque ese modelo de totalidad, finalmente, se hará con palabras. Palabras siempre creativas.

          Una pregunta fundamental es si las cosas y el mundo están ya, ahí, antes de ser nombrados, o no.  ¿Hay “cosas” y “mundos de cosas” o lo que hay es materia: materia prima para construir, crear, mundos de cosas con la palabra? ¿No es “mundo” una palabra? ¿No es “nación” una palabra? ¿No son “hombre” y “humanismo” también palabras? Sí, son palabras, constructos poéticos que maximizan sus hechizos para que no se evidencie su origen poético: quieren ser metalingüísticos: quieren tener un ser en sí más allá de que un poeta les de un nombre. Pero no lo tienen. Lo que haya más allá del lenguaje no puede decirlo el lenguaje.

        Y ni siquiera puede el lenguaje decirse a sí mismo.

        Un primer acercamiento filosófico a esta flor azul nos obliga a deternernos en una obviedad: eso que comúnmente se entiende por Poesía se presenta, fenomenológicamente al menos, como una simple combinación de palabras: símbolos acústicos o gráficos que, en contacto con nuestro cerebro, y una vez decodificados, pueden provocar modificaciones en nuestro estado de conciencia.

          Y, algunas veces, el lenguaje, la Poesía, puede reventarnos de belleza por dentro. En esos momentos el poeta es un mago porque transmuta nuestros estados de conciencia, nos sublima, a nosotros, y también eso que llamamos mundo. Pero la Poesía no siempre consigue hacer Mágia con nuestra psique y con nuestro sistema sanguíneo. Todo lo contrario: la mayoría de las veces los constructos de palabras que se presentan explícitamente como “poemas” son tediosos, absurdos, azucarados en exceso, ácidos en exceso, necroseados… ¿De qué depende que ocurra el milagro poético? Me refiero al milagro de que unas simples palabras -símbolos combinados- nos provoquen estupor maravillado. Hagamos una prueba. Dejemos que nos posean estas palabras de Hölderlin:

          En suave azul florece

          con su metálico techo la torre de la Iglesia.

 

          ¿Qué nos ha pasado? ¿Ha retumbado en nuestra kantiana bóveda interior algo así como un trueno de belleza casi mortal? ¿O no hemos sentido nada porque no compartimos con Hölderlin su vibración poético-símbolica, sus miradas, sus sobrecogimientos cósmico-cristianos? 

          En esta conferencia intentaré compartir mi sensación -¿pre-poetizada ya por algún poeta cuyas poesías hayan anidado en mi interior?- de que todo es Poesía: incluido ese ámbito de lo “real” que denominamos “prosaico”. En uno de sus más famosos poemas Bécquer dice:

          ¿Qué es poesía? –dices mientras clavas
          en mi pupila tu pupila azul.
          ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
          Poesía… eres tú.

          Creo que ese “tú” es todo. No solo la belleza femenina que suponemos brillando y vibrando en torno a esa pupila azul. Todo: el “mundo” y sus “cosas”, los “dioses” (dioses lógicos, lógicamente) y hasta algo que podríamos llamar nuestro “yo objetivo” o “lógico”: esa cosa con la que nos identificamos, que observamos, desde una mirada tomada por una forma de poetizar.

          ¿Diferencia entre Logos y Poesía? Quizás la Poesía se hace Logos cuando ya ha nacido y no quiere cambiar ni morir. Cuando se aferra a una forma (o, mejor, a una forma concretas de ser música). El Logos es el resultado del poetizar. El poetizar, si es auténtico, sería libre, genésico… o apocalítico. Por eso los dogmatismos -los totalitarismos de la mente- quieren (necesitan) expulsar a los poetas. Porque por las bocas de los poetas pueden entrar nuevas formas de decir el mundo: nuevas músicas, quizás imbailables para nuestros cuerpos actuales.

          Pero, ¿qué/quién habla a través de los poetas? ¿Son los poetas, los verdaderos poetas, esclavos de la creativa libertad de los dioses? ¿Son elegidos? ¿Elegidos para qué? ¿Para aumentar la potencia de los hechizos de lo real? ¿Por qué quieren tenernos hechizados en deliciosas cavernas platónicas?

          Estas ideas -que son todavía muy embrionarias- las intentaré aclarar al final de mi conferencia. Antes me ocuparé de la Poesía desde las palabras de estos poetas:

          1.- Platón. Leeré algunos párrafos del diálogo que lleva por nombre Ion.

          2.- Novalis: Henrich von Ofterdingen: el fondo de lo real es la Poesía (y la Magia).

          3.- Heidegger. Leeré y comentaré algunos párrafos de su obra Hölderlin y la esencia de la Poesía (traducción de David García Bacca, Antropos, Barcelona, 1989). El poetizar como fundamento de todo lenguaje.

          4.- María Zambrano. Nos asomaremos a eso que sea la Poesía desde dos obras: Filosofía y Poesía (Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993) y Algunos lugares de la Poesía (Trotta, Madrid, 2007). En esta antología hay un texto que lleva por título San Juan de la Cruz: de la “noche oscura” a la más clara mística. Sobre esta deliciosa pócima de palabras hice yo una crítica que se puede leer [aquí].

          5.- Baudrillard. Todo es mapa. Ya no hay territorio. Y el mapa es además falso. Braceamos, perdidos, desconcertados, engañados por mentirosos que han sido a su vez previamente engañados… en un océano de símbolos entremezclados que nos han alejado de lo real. De lo real de verdad. Sostendré que Baudrillard fue un dogmático pesimista que no soportó la fertilidad ubicua de las palabras: que no soportó las consecuencias del eterno poetizar que arde en el fondo de lo real.

          A partir de aquí, intentaré organizar mis ideas (aunque todavía estén en fase de pruebas). Son éstas:

         1.- Hölderlin -cuyo retrato vigila este texto- dijo: “Poéticamente habita el hombre sobre la tierra”. Tenía razón. Y de hecho, “hombre”, “habitar” y “tierra” son constructos poéticos. Muy antiguos -fundacionales diría Heidegger-, pero no por ello menos creativos, menos artísticos, menos hechizantes.

         2.- Creo que sería útil distinguir entre Poesía consciente (o explícita) y Poesía inconsciente (o implícita). Esta segunda la encontramos en las combinaciones de palabras que se presentan como poemas (o, en sentido más amplio, como obras literarias de ficción). En la segunda estaría, según Machado, la Filosofía (“Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas”). Yo creo que habría que extender también la Poesía (inconsciente, implícita) a las teorías científicas y a los constructos matemáticos. El universo de Aristóteles ahora nos parece una fantasía. Pero era evocador. Hacía sentir ahí dentro todo un mundo. Las cosmovisiones actuales también son poesías. Inconscientes. Platón, el gran político-poeta, no quiso más Poesía. Quiso que su poetizar -el suyo y el de los suyos- fuera ya Logos: fuego eterno, matemático, dando orden inamovible al cosmos eterno.

          3.- Desde el discurso del materialismo cerebralista (que es también Poesía) se podría decir que un poema -explícito- ofrece un determinado recorrido de conexiones neuronales. Así, leyendo a Rilke, o a San Juan de la Cruz -o a Marx, otro poeta- nos veríamos obligados a componer conceptos, y relaciones entre conceptos, que nos provocarían sensaciones singulares. O no. En algunos casos, esas sensaciones nos elevarían, transmutarían nuestra conciencia: nos llevarían a una especie de paraíso lógico.

          4.- Los universales. Cabe preguntarse por el origen de esas formas de recortar -crear- lo real. En mi conferecia repasaré este tema crucial de la Filosofía y sugeriré la posibilidad de que el poeta más poderoso sea aquel capaz de instaurar nuevos universales (nuevas cosas, nuevos dioses, nuevos hombres), con energía, con Magia, tanta que se presentarán como obvios para los miembros de su “alga lógica” (cerebros en red, cerebros y corazones que vibran en un mismo tejido lingüístico-poético). El que cree en la realidad de los universales -el que cree que las cosas existen en sí, antes del lenguaje- está ortorgando una especie de eternidad y autonomía meta-antrópica a un Poema: un Poema que querría alcanzar ese estado de divinidad que tendría el Logos [véase Logos]. 

          5.- Se ha dicho muchas veces, y desde hace milenios, que los poetas están en manos de los dioses. O del Uno primordial. O del Ser. No es una hipótesis descartable. Cabría imaginar que las mentes de los hombres -y los corazones también- estuvieran manipulados por inteligencias no accesibles a la nuestra  (programadores sobrehumanos entrando en el sistema de nuestras mentes). O por poderosísimas fuerzas de la naturaleza igualmente inaccesibles a nuestra inteligencia. Uno primordial. Ser. Dios. Dioses. Naturaleza. Vida. Leyes. Todo palabras. Todo Poesía. Todo Magia (otra palabra más).

          6.- Heidegger pensó que el hombre (el hombre post-socrático al menos) ya no escucha a los verdaderos poetas (a los dioses en definitiva) porque se pierde en lo humano (lo útil). La Poesía probablemente es anterior a lo humano (a lo que ahora metemos en el conjunto que preside este universal). Foucault lo dijo así: “no son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres”. ¿Y de dónde salen esos discursos capaces de crear hombres?

          7.- No existiría lo “prosaico” (ni siquiera sería prosaica la prosa del manual de un frigorífico). Todo se mira y se siente a través de un lenguaje, de un resultado concreto del poetizar. Lo prosaico sería algo así como un poetizar inconsciente, rutinizado, mimético y robotizado, ya deslucido y desdivinizado por el uso. Decir, simplemente, que “el vaso está lleno de agua” es reproducir, inconscientemente, un poetizar. Y creo que no debería olvidarse -al hablar- el origen divino de ese acto genésico que es el poetizar. Recomiendo leer mis notas sobre “Cosa” [aquí].

          Poesía. Palabras. Palabras. Pero, ¿cabe poetizar el silencio? ¿No es el silencio otra palabra, otro “concepto” [véase]? Creo que no. Quien medita, quien medita de verdad, sabe que el silencio al que se llega en meditación es “algo” mucho más allá del silencio que puede crear el lenguaje. Y se llega a “Eso” si se es capaz de desactivar todas las poesías: incluídas las que explican y celebran el prodigio de la propia meditación.

          Uno de los espectáculos más impresionantes que se presenta ante mi conciencia es, sin duda, lo que le ocurre al lenguaje cuando quiere decir lo que hay, en su totalidad: el Ser, o Dios, o … En esos momentos el lenguaje -el poetizar- se retorsiona, ruge, suda, explota dentro de sí mismo en infinitos y deslumbrantes bigbangs lógicos, fabrica fabulosos paraísos lógicos; y también infiernos. Pero nunca puede ver nada fuera de sí mismo, porque el lenguaje -y sus Poesías- no ven, sino que fabrican la mirada. Todo se ve -en realidad se crea- a través de ellos. Incluso crea a ese niño abandonado en la selva que no conoce el lenguaje pero que, sin embargo, ve, y sobrevive. No. Ese “niño” y esa “selva” son constructos poéticos. Lo que se vea desde eso que haya detrás de las palabras ”niño abandonado en la selva” es inefable; incluso si aceptamos la -kantiana- hipótesis de Chomsky de que todos los seres humanos nacemos ya, de serie, con el lenguaje aprendido.

          Retorsión. Sudor lógico. Estallidos infinitos canalizados por algoritmos sintácticos. Creatividad -si es que eso es posible- desde sistemas con leyes lógicas determinadas a priori. Es el espectáculo que ofrecen los sistemas filosóficos: esos imponentes poemas. Pero la inefabilidad es ubícua; y el lenguaje más excelso es aquel que, desde la lucidez y la impotencia, desde la docta ignorancia, desde la pobreza absoluta a la que se refería Eckhart, se serena y, en silencio, asumiendo su nada, su materia onírico-mágica, trata de oír, oler, eso que haya más allá de las palabras.

          En esos momentos, un árbol deja de ser un “árbol” y el poeta que lo contempla deja de ser un “ser humano”.

          Y ambos -árbol y poeta- se disuelven en lo sagrado.

      

           David López

          Sotosalbos, 26 de abril de 2010.

 

 

 

 

     


Feb 8 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 8 de febrero de 2010: “Infinito”.

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            “Infinito”. Una palabra que debería no serlo. Un lugar del lenguaje donde el lenguaje –como en el caso de “Dios”- revienta; y revienta por ser incapaz de ser lenguaje.

         No querría que en mi conferencia se produjera un estado de satisfacción intelectual, ni siquiera un éxtasis intelectual como los que experimentaba Aristóteles contemplando la inmensidad de los cielos. Mi intención es abrir una ventana y que veamos, y que olamos, la brutal –casi demoníaca- brisa de lo sin forma, de la omnipotencia del Dios-Diablo que acecha por las grietas de todos los mundos: de todas las finitudes que se sostienen milagrosamente en el infinito.

         Los pitagóricos de la antigua Grecia rechazaban el infinito. Aristóteles, aunque no era tan pitagórico como su maestro Platón, se negaba a otorgar realidad a la serie infinita de números naturales.

         Y es que eso que sea el “ser humano” no puede vivir sin límites. Su propia estructura biológica es un sistema de equilibrios milimétricos (una mínima dosis de veneno le mata). 

         Pero tampoco puede vivir limitado. Es como si no cupiera en ninguna finitud y tuviera que expandir con las manos de su mente y de su corazón cualquier universo en el que se le quiera confinar.

         Quizás sea porque en realidad el ser humano no es un ser humano, sino la encarnación –aparentemente finita- de una gigantesca divinidad que no es capaz de contentarse eternamente en ninguna de sus creaciones.

         La Física actual -esa intrépida retratista de fantasmagorías- todavía cree en la finitud de lo que hay (o al menos en la finitud de sus leyes: de hecho aspira ahora a reducirlas todas a una: la soñada teoría unificada). Es una creencia admirable si tenemos en cuenta la sucesiva incineración de modelos de finitud que se viene produciendo, al menos, desde Aristóteles.

         El infinito.

         Giordano Bruno lo identificó con Dios. Stefan Zweig con el Demonio.

         De los dos me voy a ocupar en el cuerpo central de mi conferencia, el cual pretendo ordenar así:

 

         1.- Los finitistas: la tradición pitagórica.

         2.- Giordano Bruno: el Mesías del infinito[1].

              3.- El romanticismo alemán: la pasión por el infinito, la vida y la muerte.

         4.- Stefan Zweig: La lucha contra el demonio[2] (contra el infinito). Leeré algunos párrafos de esta gran obra.

 

 

         Finalmente intentaré expresar mis propias ideas (mis propios dibujos de lo indibujable). Son básicamente las siguientes:

 

         1.- Hablamos –o estas palabras hablan- desde un cosmos en el que estamos ubicados sistémicamente; cohesionados por amor y movilizados (hechizados) por una idea de belleza cósmica. [Se puede acceder a cada una de estas cuatro bailarinas lógicas haciendo doble click en la palabra que aparece subrayada]. Ese cosmos es nuestro hogar, nuestro solaz, nuestro infierno también. Pero no hay cosmos que resista el oleaje del océano en el que flota. Si se observan con detenimiento sus costuras, sus remates, sus diques de contención, enseguida se aprecia su transparencia, su fragilidad; y su olor, imborrable, a infinitud, a insoportable fertilidad, a creatividad, a Demonio, a Dios… a Nada.

         2.- Como he señalado al comienzo de esta presentación, eso que sea el ser humano no puede existir sin confinamiento cósmico (necesita ser “algo” en “algo”); pero tampoco puede respirar si ese cosmos no deja alguna rendija abierta. A esas rendijas se asoma, desde dentro, el filósofo (y el poeta, es lo mismo); el místico mete la cabeza en ellas, necesita respirar más de lo normal, y puede ocurrir incluso que se tire por ellas para incinerarse en la inmensidad que nos acosa y nos alimenta: en esa descomunal matriz sin tamaño que nos da el existir y nos lo quita (que se lo da a sí misma en realidad, finitizándose, jugando a que es mortal sin serlo: sin poderlo ser).

         3.- Creo que en estado de meditación –en radical silencio mental/en radical quietud de todas las bailarinas lógicas- se accede a infinito, al Demonio si se quiere… y la sorpresa que nos llevamos es que “eso” es Dios. Más que Dios incluso. O que es Nada. Y que es glorioso. Como glorioso es que de ahí, de ese barro onírico, puedan surgir tantos mundos imaginarios. Podríamos decir que el Yoga –entre otras tradiciones místicas- ofrece un reposo en el infinito: un saberse el infinito: un saberse esa mano gigantesca que rodea y moldea los mundos: que se moldea y finitiza a sí misma creando cosas tan maravillosas como este universo desde el que escribo ahora.

 

         En abril del pasado año hice una meditación sentado en una meseta de nieve, en el Pirineo, rodeado por una galaxia de montañas silenciosas, bajo una cascada de luz que me impedía abrir los ojos.

         En silencio radical.

         No aguanté mucho. Enseguida sentí la inmensidad y casi me revienta por dentro. Sentí –supe- de pronto que ya había existido en infinitos mundos; y que me quedaban infinitos por habitar… siempre que yo quisiera seguir entrando y saliendo por los escenarios de Maya. Abrí los ojos, respiré profundamente y contemplé el horizonte, y también los latidos de mi viscoso corazón. Y me asustó el tamaño de lo que hay, de lo que está pasando, de lo que somos.

         De lo que es.

         Me asustó y me maravilló sentir, con claridad, que somos infinitos. Que somos el infinito.

         La imagen que he elegido para esta conferencia muestra a un hombre descendiendo por algo gigantesco. Eso es meditar: una inmersión en el infinito “interior” (aunque ahí se diluye la dualidad interior/exterior): un lugar donde no se siente miedo, ni deseo, ni soledad, ni aburrimiento: un lugar donde por fin sentimos ser quiénes somos.

         El infinito. El infinito vivo y soñador.

        

 

 

 

 

         David López

         Sotosalbos, febrero de 2010.

           

[1] Recomiendo dos obras para acercarse a Giordano Bruno: 1.- Frances A. Yates: Giordano Bruno y la tradición hermética, Ariel, Barcelona, 1994; y 2.- Miguel A. Granada: Giordano Bruno (Universo infinito, unión con Dios, perfección del hombre), Herder, Barcelona, 2002.

[2] Stefan Zweig: La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche), Acantilado, Barcelona, 1999.



Oct 11 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del lunes 12 de octubre: “Causa”.

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         La imagen que he elegido para esta conferencia permite visualizar una duda que sacude las conciencias humanas desde hace milenios: ¿Ha sido el hombre creado (causado) por Dios? O… ¿no será precisamente lo contrario?: ¿no será el hombre la causa de Dios? ¿O no será, como dijo el Maestro Eckhart en el siglo XIV, que hay “algo” que es causa tanto de Dios como del hombre?

         En esta conferencia voy a ocuparme de lo que haya detrás de la palabra “causa”. Y es que ante el espectáculo de lo que se muestra cabe preguntarse, simplemente, el porqué de cada movimiento, de cada suceso, de cada cambio, de cada novedad, de cada muerte… del hecho mismo de que se sucedan estados diferentes de lo real.

         ¿Por qué? ¿Por qué?

         La palabra “causa”, si pretende ser reflejo de lo que se supone que hay más allá del lenguaje, nos exige sostener un modelo de cosmos. En ese modelo habría tiempo (vertiginosa sucesión de instantes que se suceden aniquilándose) y espacio (una especie de caja invisible donde ocurren esos presentes en llamas). Si aceptamos la concepción filosófica conocida como “causalismo”, todo tiene su causa eficiente; y nada ocurre por nada. Estaríamos así atrapados en gigantescas cadenas causales –¿en plural?- cuyo despliegue en el tiempo y en el espacio sería precisamente lo real. El desafío para nuestra inteligencia pragmática, una vez atrapada y menesterosa en este cosmos, sería detectar qué acontecimientos (causas) son los que preceden necesariamente a otros acontecimientos (efectos) y, así, manipular lo real a nuestro antojo: el sueño eterno -y siempre parcialmente alcanzado- de magos y científicos (que son la misma cosa). Esta anhelada manipulación de lo real/”material” presupone a su vez libertad: libertad para interrumpir cadenas causales “naturales” e iniciar cadenas causales “humanas”. ¿Serían entonces la libertad y la voluntad humanas las causas primeras de cadenas causales no “naturales”? ¿No sería eso la creación de un paraíso en la tierra, como soñaba Francis Bacon y sueñan todos los cientistas/tecnófilos que le siguen?

         Si podemos iniciar cadenas causales sin estar para ello condicionados causalmente, cabría ubicar cualquier decisión humana libre –invitar o no a cenar a una chica- muy cerca de la omnipotencia creadora que se le atribuye a Dios en cuanto Dios creador. No me voy a ocupar de la libertad en esta conferencia, pero sí quiero ir adelantando que desde un punto de vista meramente mecanicista-causalista todo ocurrió, ocurre y ocurrirá de forma necesaria (sólo de la manera que permitan las leyes causales). El despliegue de lo real, según esta concepción, está solidificado: fluye en virtud de nexos causales muertos, asfixiados por una “ley”, una “razón”, una “ecuación” si se quiere. La Física actual busca esa ley, ese logos despiadado, y cree además que no tendrá una longitud superior a una pulgada (eso afirma Michio Kaku al menos). Esa ley sería la causa omnipotente y omnipresente de todo lo que ocurre siempre.

         Es cierto que desde principios del siglo XX los pensadores cercanos al modelo de mente cientista han querido huir de la palabra “causalidad” y han preferido otras como “relación” o “función” o “ley”. Pero el objetivo sigue siendo el mismo: se quiere saber el porqué de cada fenómeno; se quieren conocer las causas de lo real para “fabricar” los efectos que se deseen (un paraíso en la tierra para el ser humano; por fin).  Pero el pensar de esos pensadores cientistas estaría también tomado por las cadenas causales que lo dominan todo. No sería entonces ni siquiera pensamiento, sino algo que le ocurría a algo (la “materia”) de forma necesaria: cada pensamiento sobre la causalidad sería una consecuencia causal necesaria; tanto como la salida del sol, la evaporación del agua o el desplazamiento de una bola de billar al ser impactada por otra.

         ¿Está todo causalmente sometido? ¿Hay una mezcla de causalidad y de azar? ¿Es el ser humano una excepción dentro de las redes causales, un “lugar” capaz de alterar secuencias, o de iniciar desarrollos causales no “naturales”? ¿Hay un arranque para toda esta inmensidad; una causa primera, un primer motor? ¿Somos capaces de imaginar la fuerza de algo semejante?

         Son estos, básicamente, lo temblores y estupores filosóficos –o quizás “antropoteológicos”- que quiero compartir con vosotros. Y para que no sea el desorden la causa eficiente de su fracaso, ordenaré mi conferencia así:

 

         1.- Introducción: primeros estremecimientos ante la palabra “causa”. Lectura de un poema que Borges dedicó a una versión de I Ching.

 

         2.- Concepciones sobre la causalidad a lo largo de la historia del pensamiento:

 

                   - China antigua: el libro de los cambios.

                   - India antigua (Karma/Moksa).

                   - Platón (Causas primeras, causas segundas). La belleza sería la causa de todo movimiento.

                   - Aristóteles: los cuatro tipos de causas.

                   - San Agustín: sólo hay una causa: la causa creadora: Dios  

                   - Galileo y la ciencia moderna.  

                   - Racionalismo: causa y razón son lo mismo.

                   - Ocasionalismo: Malebranche y Algazel.

                   - Hume: no hay que confundir la sucesión de hechos con los nexos causales.

                   - Schopenhauer: la causa de este mundo es la voluntad (el deseo). Por eso hay mundo. Es lo mismo que afirmaron Jakob Böhme, el Maestro Eckhart e Ibn Gabirol.

                   - Siglo XX: el concepto de “causa” sustituido, en los ambientes cientistas, por otros como “función”, “relación” o “ley”. Reflexiones sobre la imposibilidad de saber la causa de ningún fenómeno (a partir de las ideas de Popper, Lakatos y Feyerabend).

 

         3.- Finalmente, diré cuál es para mí la causa del despliegue de cualquier mundo -de cualquier contenido de conciencia- ante cualquier sujeto observador: ¿Es Dios; el deseo de Dios? ¿Es el propio hombre como “causa sui” configurándose a sí mismo y a su mundo mediante el lenguaje?

        

         Creo que lo que genera cualquier realidad (cualquier contenido de conciencia) es algo unitario que, aunque impensable en su omnipotencia, podría nombrarse con cuatro misteriosas palabras encadenadas: deseo-pensamiento-imaginación-amor. O con una sola quizás: Magia. Me permito sugerir aquí una lectura sosegada de los fragmentos de Sex Puncta Mystica (Jakob Böhme) que hace algunos meses traduje e incorporé a esta página de Internet.

         Pero, ¿Magia  de “quién”? ¿Magia de “qué”?

         Creo, honestamente, que nuestro yo profundo fabrica nuestra realidad. Y creo también que podemos reconfigurar radicalmente lo que se nos presenta como mundo (lo que se nos presenta como mundo en este nivel de conciencia). De hecho es lo que hacemos constantemente: es lo que está pasando siempre que pasa algo.

         Porque somos la Causa. ¿En singular? ¿En plural?

         Seguimos, no obstante, apresados en el lenguaje: la cárcel prodigiosa. La cárcel donde se celebran todos los rituales de la Filosofía. La cárcel que nosotros elaboramos desde la nada de nuestro verdadero ser.

 

 

          David López

            Sotosalbos, octubre 2009.

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