Jul 12 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 12 de julio de 2010: “Bailarina lógica”.

 

        “Bailarina lógica”. ¿Qué es eso? No lo sé muy bien, pero quizás pueda afirmar con cierta contundencia que esos seres -que carecen en realidad de “ser”- necesitan ser amadas, como es amada la bailarina que aparece sobre estas lineas. Hay que creérselas para crearlas, o para compartir las emociones que discurren por las algas lógicas en las que viven todos aquellos que se las creen. Pensemos en la palabra “España”. O “Cataluña”.

        Yo las amo, amo el hecho de su prodigiosa existencia (aunque algunas de ellas me espanten). Y las amo tanto como amo la vida, tanto como amo los sueños (que son lo mismo que la vida). Las amo cada vez más, a pesar de lo peligrosas que son. Ellas dan (son) la vida y el placer y el dolor (¿no las véis ahí, viviendo en una simple frase?).

        “Bailarina lógica”. Es un término con dos palabras que ha nacido en este diccionario de los mundos. Es una forma de dar nombre a lo que da los nombres: la palabra; o, mejor: al símbolo en general.

        A lo largo de estos meses he intentado comprobar el poder de la diosa Vak, la cual, en uno de los himnos de Rig Veda, afirma que vivimos en ella, comemos en ella, respiramos en ella…

        Pero, ¿qué es una “palabra”? Cabría adoptar una postura hiper-materialista y decir que las palabras son símbolos y que los símbolos –unas letras, unos sonidos, una bandera- no son más que determinadas configuraciones de la materia que sirven para comunicar otras determinadas configuraciones de la misma. El problema de este razonamiento es que todo él respira -sobrevive- en una atmósfera onírica: todo él es fruto de un hechizo: el hechizo que es capaz de desplegar una bailarina lógica cuyo precioso baile contemplamos hace unos meses: “Materia” [véase].

        Hay una bailarina lógica que ayer fue capaz de insuflar una gran cantidad de energía (de vida, de magia, de Maya) a todas las conciencias que están en red con ella: la palabra (el símbolo gráfico) es “España”. La realidad significada por este significante gráfico dispone de otros símbolos: una determinada disposición material y espacial de dos colores (la bandera), un grupo variable de personas realizando unos comportamientos concretos, reglados (la selección nacional de fútbol).

        “España”. Otra bailarina lógica. ¿Hay que librarse de todas la bailarinas lógicas? ¿Es eso la sabiduría? ¿Vale con saberlo, con saber que son puntuales y delicuescentes formas de configuración de nuestra conciencia? ¿Hay bailarinas positivas y bailarinas negativas? La respuesta de Nietzsche sería, quizás, que hay que elegir aquellas bailarinas (o dejarse elegir por aquellas bailarinas) que aumenten nuestra salud, nuestra vitalidad… nuestra “ilusión”. Pero, ¿no fue eso precisamente lo que conseguían las bailarinas lógicas del coreógrafo Hitler? Él consiguió insuflar mucha ilusión a todas las conciencias que soñaron su sueño lógico.

        ¿De dónde salen esos seres prodigiosos? ¿Los inventa de pronto un ser humano –un poeta? ¿Surgen mecánicamente, socio-biológicamente, de los grupos humanos? ¿Los inoculan los dioses a través de poetas?

        Creo que antes de acercarnos a estas criaturas lógicas, puede ser útil tratar los siguientes temas:

        1.- Concepto de Maya en la especulación filosófica india.

        2.- La negación de la semántica en Gorgias.

        3.- San Pedro Damián: la demonización de la gramática.

        4.- Berkeley: la materia como membrana lógica (membrana de palabras) que impide ver a Dios.

        5.- Wittgenstein: la Filosofía es la lucha de la inteligencia contra los hechizos del lenguaje. ¿Debemos luchar contra las bailarinas lógicas? El segundo Wittgenstein.

        6.- Simone Weil: casi todos los vocablos políticos están vacíos por dentro.

        7.- Los koanes en el Zen: hacer que se desmayen las bailarinas.

        A partir de aquí, creo que puedo ir esbozando algunos rasgos comunes de las “bailarinas lógicas”:

        1.- Dejándome llevar por las posibilidades expresivas de los “mitos” (como si hubiera algo en nuestro discurso que no fuera “mito”), podría decir que las bailarinas lógicas son algo así como sacerdotisas de Vak: la diosa de la palabra que se sabe omnipotente. O casi. Sacerdotisas o autodifractaciones de su esencia.

        2.- Creo que, efectivamente, vivimos en un sueño lógico: en un cosmos construido por una estructura de palabras. Desde este punto de vista, la palabra sería no sólo genésica, como afirma el arranque del Evangelio de San Juan, sino también, y sobre todo, mágica.

        3.- Buena parte de las propuestas soteriológicas (propuestas de salvación o de elevación de la condición humana si se quiere) insisten en el silencio como puerta a lo sagrado (como puerta a nuestro verdadero ser, que sería coincidente con el verdadero ser de Dios). Así, el silencio, la retirada de las bailarinas lógicas, permitiría ver lo que hay detrás de ellas, permitiría tomar conciencia de que lo que hay no coincide con sus cuerpos ni con el ritmo matemático de su baile. Ese silencio cósmico llevaría a la libertad, sería un despertar. Pero, ¿por qué despertar? ¿Para no sufrir? ¿Para salir del sufrir-gozar que, por ejemplo, sacudía ayer a los seguidores de la selección española?

        4.- Ya vimos en conferencias anteriores que a las bailarinas lógicas no les gusta que nos acerquemos demasiado a su cuerpo. Quizás sea que su piel es demasiado transparente. Se ve su nada. Pero esa piel suda y vibra: hay en ellas un descomunal esfuerzo por vivir en nuestra conciencia, por tener “realidad”, por ser “de verdad”. Al ocuparme de la palabra “realidad” ofrecí un corte de la película Mulholland Drive (David Linch) que me sirvió para imaginar a una bailarina lógica llorando; llorando por su vacuidad ontológica [véase].

        5.- Creo que hay razones, al menos sistémicas, para diferenciar “bailarina lógica” de “concepto”, “universal” o “idea”. Quizás la clave esté en insistir en la “materialidad” de la bailarina lógica: es símbolo, algo que se percibe dentro del marco perceptivo ordinario, no tiene abstracción: se ve, o se oye, como se ve o se oye un pájaro.

        6.- Un cosmos [véase] es el fruto tangible, perceptible, de un determinado logos [véase]. Y un logos es un poetizar [véase Poesía] que ha conseguido modelar unas conciencias hasta el punto de hacerles creer que su sueño lógico es lo real. Las bailarinas lógicas son la parte visible de un poetizar. Son semillas de mundos (de sueños, porque todo mundo es un sueño en realidad). Podríamos decir que las bailarinas lógicas son Poesía viva, hambrienta de conciencias, necesitada del hábitat que les ofrece el interior del ser humano.

        Al ocuparme de “concepto” [véase] reproduje Génesis 2.16-17: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. Yo en ese momento interpreté que en el momento en que un concepto toma la mente ( en el momento en el que la agarra) se produce la muerte, la muerte de la conciencia por así decirlo. Cabría otra interpretación: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente te dormirás”. Pero quizás vida y sueño sean lo mismo. ¿Sólo hay dos opciones: soñar o despertar a la nada/el infinito que somos? Muchas tradiciones hablan de una tercera: seguir soñando, sí, pero sabiendo que es un sueño, y que todas las bailarinas lógicas bailan atentas a nuestras manos: fabricar entonces preciosos hechizos, como diría Nietzsche.

        Hay un video de Kylie Minogue que me ha aparecido extraordinariamente útil para visualizar lo que, a duras penas, voy entendiendo por bailarina lógica. En él se puede ver a una bailarina lógica cantando, bailando, hechizando conciencias, siendo progresivamente amada, creando un cosmos de mentes y de cuerpos dormidos, pero gozosos, aparentemente libres. Por fin libres. La gente de la calle, de pronto, abandona a otras bailarinas lógicas (las que, supongo, les impedían desnudarse en plena calle y abrazarse con la persona que tuvieran más cerca). Y es que todas las personas, gracias a esa bailarina prodigiosa, son bellas, tienen cuerpos bellos. Y no solo eso: sus zonas más “oscuras” (oscuras desde la visión ofrecida por otras bailrinas lógicas) son ahora completamente blancas y limpias: toda la gente de la calle, al desnudarse, muestra ropa interior blanca. Y no sólo eso. La bailarina, con su poder, es capaz de convertir en un caballo blanco el caballo negro al que se refería Platón con su imagen del carro: el caballo negro de las pasiones es ahora el blanco: lo más puro, lo más limpio.

        Y todos los seres humanos que oyen la música lógica se abrazan, armónicamente, en un erotismo hiperarmónico donde la belleza -esto es, el orden- quiere reinar sin límite. La diosa sigue cantando, exhultante de su poder, y bajo sus pies se van entrelazando cuerpos, cuerpos armónicamente estremecidos por el deseo sexual. Y por la consumación de ese deseo. El delirio crece, y crece, y de pronto, atónitos, vemos que se está creando algo así como un organismo pluricelular, gigantesco, tan grande como uno de los edificios de la calle. Entonces sentimos estupor maravillado, vértigo, horror incluso. Es la mirada filosófica: la que, por así decirlo, se asoma a los mundos que anidan en el espacio infinito de la conciencia. Dentro de ese hiper-erótico cosmos de mentes y de cuerpos entrelazados parece haberse instalado la plenitud, algo así como un paraíso sensual, un delicioso orden donde merece la pena fundirse, donde brilla el éxtasis de la supresión de la individualidad. Es destacable cómo mueve sus manos Kylie Minogue por encima de los ojos de sus hechizados; y cómo éstos se estremecen de cosmicidad, de orden, de amor, sintiendo que se elevan hacia el cielo al bailar el baile de la bailarina lógica que ha entrado en sus conciencias.

        Desde fuera, no obstante, vemos un monstruo inquietante, una especie de virus lógico que quiere toda la materia para sí. Al final la bailarina, consciente del éxito de su baile y de su música, desde lo alto de su montaña de cuerpos y mentes, lanza una sonrisa de poder.

        Quizás sea esa la sonrisa de Vak, la diosa que habla desde el Rig Veda, encarnada en una de sus sacerdotisas.

        Imagino también la palabra “España”, sonriendo ayer desde una gigantesca pirámide de cuerpos y de corazones entrelazados. Un pirámide onírica, lógica, que, por el momento, no me parece inquietante.

        Éste es el vídeo de Kylie Minogue:


Mar 15 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 15 de marzo de 2010: “Matemática”.

          Matemática.

          ¿Por qué me produjo siempre tanto rechazo esta bailarina?

          Recuerdo aquellas pizarras oscuras como universos sin estrellas y sin almas en las que los profesores dibujaban la antítesis del olor a lilas que, en mayo, salvaba mi colegio.

          Recuerdo mi estupor ante aquellos cadáveres de tiza que bailaban, disciplinados, patéticos, fieles a un dios oculto y despiadado que castigaba a los impíos con un verano sin piscina infinita.

          Yo siempre me salvé de esa condena, no por devoción, sino por instinto de supervivencia: de supervivencia de mis sentidos y de mi imaginación.

          La Matemática.

          ¿Es la ciencia de lo real de verdad? ¿Estamos en algo sometido a leyes simbolizables matemáticamente? ¿Existen los entes matemáticos más allá de la razón puramente humana? ¿Lo que ocurre es solo lo que permite la Matemática que ocurra? ¿Cómo podemos fundamentar la propia Matemática?

          Dijo Einstein que en “la medida en que las proposiciones matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas, y en la medida en que son ciertas, no son reales”.

          ¿Entonces?

         Matemática. Matemáticas…

          Decían mis profesores que eran imprescindibles y que a ellas -¿ellas, en femenino?- les debíamos las delicias de nuestra tecnología: los puentes, la luz artificial que alumbraba aquellas aulas, los aviones, los coches, los satélites que miraban a la pizarra sin fondo del universo… Pero no recuerdo que nadie me hablara de la música, o puede que sí lo hicieran, pero también sin vida. Y quizás por eso mi cerebro, que solo quiere fertilidad, lo haya olvidado.

          Dicen las leyendas de la historia de la Filosofía que en la puerta de la Academia de Platón había un cartel que decía:

          “¡Que no entre quien no sepa geometría!”

          Yo no hubiera entrado. Nunca. No sé geometría. Pero esta frustración hubiera sido mayor si ese requerimiento lo hubieran establecido Tales de Mileto, o Nagarjuna, o Eckhart, o Nietzsche, o la propia María Zambrano, que, ante mi asombro –mi asombro por ignorancia- terminó por ubicarse en la tradición órfico-pitagórica: los devotos de los números.

          Para Leibniz la Música era un inconsciente ejercicio de Matemáticas. Schopenhauer no estaba de acuerdo: la Música, para aquel Nietzsche al revés, era una forma de filosofar.

          Y es que para Schopenhauer la Música expresaba mejor que la Filosofía la esencia del mundo (la esencia del infierno, pues este mundo es el mal… Una sublimación del mal, podríamos decir, que ofrecería paraísos sensitivos en el infierno).

          Octavio Paz, el embajador-poeta, definió la Poesía como una mezcla de pasión y cálculo. Esta reflexión me recuerda la bailarina “Infinito”, donde sentí que no cabe imaginar existencia sin límite: un cosmos –eso que hace posible que algo sea algo en algo- requiere un aparato matemático: un sistema de límites que dibujan y desintegran bailes y bailarines en el magma de la Materia.

          ¿Es un Logos -un Verbo- la Matemática? María Zambrano sintió que estaba antes el ritmo-la Música- que la propia palabra. Sería así quizás la Matemática el fondo, el esqueleto inerte pero dinámico, mutante, de ese fuego consciente, hiperregulado e hiperregulador, del que habló Heráclito.

          Pero para mí la Matemática –esa osamenta de la Música- ha sido siempre lo contrario: traía el infierno a mi mundo sin infiernos (eliminaba su color y su calor: lo empequeñecía, le quitaba fecundidad y posibilidad). ¿Por qué? Intentaré entenderlo, espero, mientras preparo esta clase sobre las Matemáticas.

          Y creo que me será útil ordenarme –matematizarme- así:

          1.- Cuestiones básicas de la filosofía de la Matemática: la naturaleza de los entes matemáticos; la fundamentación de la Matemática; relación entre la Matemática y las ciencias en plural; la relación entre la Matemática y la realidad.

          2.- El gran descubrimiento de Galileo. La gran lucidez de Berkeley.

          3.- Leibniz, Schopenhauer y la Música.

          4.- María Zambrano y “los números del alma”. Leeré algunos párrafos de El hombre y lo divino. Y haré referencia a un precioso ramo de lilas que acaba de publicar Clara Janés: María Zambrano (Desde la sombra llameante), Siruela, 2010.

          Y concluiré mi conferencia compartiendo algunas reflexiones personales (y provisionales):

          La Matemática simbolizaría la Música de fondo que mueve un determinado cosmos. En cualquier cosmos –en cualquier Maya- todo ocurre conforme a una Música, que es un sonido –un latido caliente- que proviene de un corazón. Un corazón vivo, o al menos ansioso de vida.

          Si me dejo arrastrar por el autohechizo lógico anterior –y me voy a dejar- llegaría a la conclusión de que la Matemática expresa los latidos del corazón de un Dios (Dios entendido, claro está, como “Dios lógico”).

          Razón tenían –solo razón- los que querían enseñarme a bailar Matemáticas. Son útiles. Recordemos la “Materia”: esos leños para construir cosas, que se sujetan juntos si quien los coloca sabe de baile. En caso contrario los constructos de leños se desmoronan. Y estamos aquí para construir; porque quizás, como vimos con las palabras “Aufhebung” y “Fe”, estamos involucrados en una gigantesca y prodigiosa construcción.

          Al ocuparme de la palabra “Logos” confesé mi fascinación, y mi amor incluso, hacia el Logos –el orden- que me rodeó y me sustentó tras una noche en la que mi conciencia se vio arrastrada por viscosas cataratas de sueños, digamos, “metalógicos” (o “metamatemáticos”). Los sueños no parecen disponer de ese esqueleto bailarín y apaciguador que es la Matemática.

          Si la Matemática es símbolo del latido del corazón de un Dios -de un Dios con más carne que ningún humano-, entonces aquellos garabatos de tiza en las pizarras de mi infancia estaban aún calientes, por así decirlo, por la ilusión, y por la pasión, implícitas en cualquier Creación.

          Yo nunca supe ver que lo que el profesor pintaba en la pizarra podía ser, quizás,  lo que hacía posible el olor de las lilas (y quizás también la mirada furtiva de una niña rubia que incendiaba mi pecho en aquellas clases de Matemáticas).  

          Finalmente quisiera sugerir la posibilidad –ya teológica- de que quepan tantos sistemas matemáticos coherentes como Creaciones posibles en la mente de Dios (¿hay alguna imposible?).

          Los que sepan de Matemáticas quizás piensen en David Hilbert.

          El infinito puede ser finitizado –musicalizado- de infinitas formas. La Matemática sería una Música que pondría en movimiento una finitud, y que regularía sus posibles mutaciones. Pero lo haría desde dentro de un pecho: ese que quiso que existiera un mundo donde hubiera lilas y miradas incendiadas y cielos como pizarras.

          Si Dios es un matemático, es sin duda un matemático apasionado; es decir: un músico.

          David López

          Sotosalbos, marzo de 2010.


Jan 31 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 1 de febrero de 2010: “Idea”.

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            “Idea” es una palabra que procede del griego (Eidos) y cuya traducción al español es “visión”.

         José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, destaca tres modos de considerar la “idea”: 1) como equivalente a concepto, 2) como entidad mental;  y 3) como cierta realidad. Es este último modo el que voy a desarrollar en mi conferencia.

         Un sinónimo de “idea” es “arquetipo”. Fue muy utilizado por el neoplatonismo y por el cristianismo que se enraizó en esa corriente filosófica. Platón habla de un demiurgo –un artesano, un simple artesano- que hace el mundo a partir de unos arquetipos que no son suyos. Y lo hace además de forma chapucera. No hay por tanto, en el modelo de totalidad platónico, creación en sentido estricto, sino simple labor artesanal, mecánica. Y hasta fraudulenta.

         ¿De dónde provienen esos arquetipos? ¿Están ahí, eternos, inmutables? ¿Podemos crearlos? Pensemos en la idea de igualdad, o de átomo, o de galaxia, o de estrella, o de agujero negro, o de nube, o de labios de mujer… o de ipod.

         ¿Conocemos las ideas o a través de las ideas?

         En la imagen que hay sobre estas líneas vemos al demiurgo de Matrix hablando con una de sus criaturas (un ser humano que se creyó único y que, sin embargo, como muestran los monitores que rellenan las paredes, es una copia contingente de un modelo artificial). Ese demiurgo (“el arquitecto”) está en la película al servicio de algo que le supera, que no entiende, algo que en esa filosófica trilogía lleva por nombre “las máquinas”.

         Cualquier artista humano lucha por materializar una idea, una imagen de lo real, un arquetipo, que le viene. Que le viene de un lugar extraño. Extraño porque no se sabe muy bien si es interior o exterior al yo del artista.

         Es la inspiración: el ser asaltado de pronto por un argumento, por un color, por una melodía, por un sistema filosófico, por una nueva forma de encadenar los acontecimientos históricos, por una nueva forma de mirar y de amar a una hija.

         ¿De dónde vienen esas ideas?

         ¿Por qué siente tanto placer un artista cuando consigue hacer real –eficaz- una idea?

         Esa idea, una vez inoculada en esas prodigiosas algas que yo he llamado “Humanidad”, formarán ya parte de su sabia, de las energías interiores que fluyen entre las mentes, los cuerpos y los corazones que están en red; aunque no quieran.

         Veo las ideas como arquetipos a disposición de todos los demiurgos en red que componen la Humanidad. En la pasada conferencia dije que pertenecemos a una red de magos. También cabe llamarlos demiurgos, en sentido platónico: recibimos una gran lluvia de arquetipos y, en virtud de ellos, configuramos nuestro cosmos. La suma de todos nuestros arquetipos –el armazón desnudo de todas nuestras ideas – sería la idea de Belleza; lo Bello absoluto: eso a lo que tiende cada uno de nuestros movimientos artesanales.

         Platón hizo referencia a la Idea de Belleza como la cúspide de una ascensión por niveles de belleza crecientes. ¿Sería eso nuestro paraíso?

 

         A partir de esta introducción voy a estructurar el cuerpo central de mi conferencia así:

 

1.- Platón y la jerarquía de las ideas. ¿Cuál es la idea suprema, la más capaz de unificar lo que se presenta como múltiple?

2.- Berkeley: las ideas las coloca Dios en la mente humana.

3.- Kant: tres ideas para seguir caminando hacia el infinito: alma, mundo y Dios.

4.- El empirismo norteamericano: William James: la idea –la verdad- es lo que mueve. Lo que tiene fuerza.

 

         Finalmente ofreceré un breve esquema de mi visión sobre lo que sea la “idea” –mi “idea de la idea”-. Estos son sus puntos fundamentales:

 

         1.- Eso que llamamos “ser humano” en realidad es un Demiurgo –un mago, un dios menor, menor al menos en este nivel de conciencia en el que ahora ocurren mis frases. Por eso el ser humano está siempre necesitado de ideas, de arquetipos con los que configurar su mundo (su nada en realidad). Estaríamos ante la ideologías en sentido muy amplio (como “logos de ideas”: paquetes de arquetipos entrelazados: me imagino todo el conjunto de arquetipos que permiten autodenominarse y autocosmizarse como “de derechas” o “de izquierdas” o “apolítico”).

        

         2.- Todo el obrar humano (el obrar, no el contemplar) se reduce construir, conservar o destruir mundos o trozos de mundos. Desde la teología hindú se podría decir que somos Ishvara: un Dios menor que es, a la vez, Brahma (constructor del cosmos), Vishnú (conservador del cosmos) y Shiva (destructor del cosmos). Los tres en armonía. Los tres sagrados.

        

         3.- Como demiurgos recibimos arquetipos, ideas, y actuamos en virtud de ellos. También podríamos decir que el ser humano es un jardinero-hortelano: cultiva lo que le interesa, lo que necesita, pero también custodia simples formas por su belleza, por su capacidad de representar arquetipos. Y ese jardinero-hortelano puede llegar a sufrir desgarradoramente cuando su jardín (su cosmos) se aleja en exceso de los arquetipos que le movilizan. ¿Que le esclavizan?

        

         4.- ¿Cuál es el origen de esos modelos? Desde un punto de vista muy cerebralista/materialista podría decirse que, de pronto, por azar, en una masa encefálica de las muchas que están formando el alga-Humanidad tiene lugar un nuevo circuito de conexiones neuronales. Será una “buena idea”, una idea contagiosa, expandible por el interior de las algas, si es fértil. ¿Fértil para qué? Pues para seguir “viviendo”, estando aquí: soñando en definitiva. Una buena idea sería la que aumenta la belleza de un cosmos (la que corresponda a ese cosmos en concreto). Imaginemos el cosmos punk de Sid Vicious: una buena idea es mutilar el propio cuerpo con una cuchilla de afeitar.  Una buena idea sería por tanto la que optimizara los hechizos de Maya (esa bailarina que nos convence de que es mejor vivir que no vivir en un determinado sueño). En el caso de Sid Vicius el ideal de belleza, según sus declaraciones, consistía en estar enterrado, sin vida, bajo tierra. Un arquetipo más.

        

       5.- Creo que las ideas provienen de nuestras profundidades. Creo que somos dioses autohechizados. Autohechizados con nuestra propia imaginación… que se origina “donde” no puede hablarse de pluralidad. Solo “ahí” dejamos de ser artesanos.

        

 

         Schopenhauer afirmó que la contemplación de las ideas objetivadas en el espectáculo del mundo, pero sin desear el mundo, proporcionaba un adelanto, mínimo en intensidad y brevísimo en el tiempo, del placer que nos espera cuando no tengamos –no seamos- este ansioso yo. La obra del genio artístico, según la filosofía de Schopenhauer, tendría una función casi salvífica; o al menos propedéutica: permitiría imaginar la gloria eterna que nos aguarda.

         Pienso que quizás morir -en el sentido de ir perdiendo ese yo que muere- sea morir de belleza (abrasarse en la belleza): algo así como elevar miles de grados el fuego blanco del placer que produce contemplar algo que nos parezca excepcionalmente bello. Y quizás quepa morirse en parte y acceder a otro mundo: un mundo paradisíaco por la mínima dosis de yo que llevaríamos a él.

         Se me ha ocurrido -la idea- de terminar este texto con una imagen de Muerte en Venecia: una película basada en una obra de Thomas Mann que también podría haberse titulado “Muerte en belleza”.

 

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            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.