May 16 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 16 de mayo de 2010: “Religión”.

 

 

        En la fotografía aparece un paisaje del Hoggar (Argelia). Hace veinte años fui allí en moto. Y de pronto, una tarde, mientras el sol convertía el mundo en fuego seco, y mientras aquel cielo  se llenaba de silenciosas hogueras blancas, sentí algo descomunal: todo lo visible (cielo, montañas, rocas, desierto) se transmutó en “alguien”: “alguien” de una belleza sobrehumana e insoportable -casi letal-, que se dirigía a mí. Que me amaba. Todo el cosmos se convirtió en presencia… de “alguien”. Digo “alguien” porque yo sentí que aquello era consciente de sí mismo.

        Volví a sentir algo similar dos años después en Lyon, dando un absurdo y prosaico paseo por los alrededores de su aeropuerto. Otra vez, de pronto, todo era “alguien”. Irrumpió en mi conciencia una presencia que, ahora, sólo puedo calificar como sagrada. ¿Por qué? Porque emanaba omnipotencia, sentimiento, cercanía, atención, magia, sublimidad…

        Veinte años después -y no sé cuántas decenas de libros leídos desde entonces- creo que puedo decir que aquellos dos fenómenos fueron religiosos. Y lo fueron porque yo sentí un vínculo, una religación, con algo grandioso. 

        “Religión”. Otra palabra más para nuestro diccionario de bailarinas. ¿Nombra algo? ¿El lenguaje ha sido capaz de crear un símbolo para dar cuenta de vínculos con lo que ya no es lenguaje?

        Hay dos interpretaciones etimológicas de la palabra “religión”. La primera se apoya en  en el verbo religare: un símbolo del latín con el que se compartía un concepto que en español estaría ahora simbolizado con las palabras “religar”, “atar”, “vincular”.

         ¿Vincular con qué? ¿Ocurren de verdad esos vínculos? ¿Por qué? ¿Se pueden propiciar artificialmente? ¿Se pueden institucionalizar socialmente?

        La segunda interpretación etimológica parte de la voz latina ”religiosus”, sinónimo de “religens”, que sería lo opuesto a “negligens”. Dice José Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía que en esta segunda interpretación “ser religioso equivale a ser escrupuloso, esto es, escrupuloso en el cumplimiento de los deberes que se imponen al ciudadano en el culto a los dioses del Estado-Ciudad”.

        La tesis central que sostendré en mi conferencia es ésta: el ser humano es, siempre, religioso. Siempre está vinculado con algo que no ve (por ejemplo, las leyes de la naturaleza). Y ese vínculo le mueve, mueve todos los actos de su vida. El ateísmo y el cientismo materialista son también religión, religión lógica: vínculo con una Idea [véase]: con  un modelo de cosmos que moviliza el alma humana: que la imanta. Distinguiré entre religaciones cosmistas (las que presuponen vínculo con un cosmos lógico, ordenado) y religaciones – o experiecias religiosas- metacosmistas (vínculos con lo que no es lógico, con lo que no se limita a ser un cosmos). Esta división podría hacerse quizás de otro modo: religaciones con el Dios lógico y religaciones con el Dios metalógico [véase Dios]. Aquí cabría ubicar eso que hoy está agrupado bajo el símbolo ”experiencia mística”.

        Pero antes, me ocuparé de eso que sea la “religión” siguiendo este orden:

        1.- Religión y la Filosofía.

        2.- Ludwig Feuerbach: sólo hay hombre y naturaleza. Nada más. De acuerdo, pero, ¿qué es eso de “la naturaleza”? Leeré algunos párrafos de su obra La esencia de la religión (prefacio y traducción de Tomás Cuadrado Pescador, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2005).

        3.- Kierkegaard: el salto suicida al abismo de Dios. Leeré algún párrafo de su obra Temor y temblor (traducción, estudio preliminar y notas de Vicente Simón Merchán, Tecnos, Barcelona, 1987).

        4.- William James. Reflexionaré sobre algunas de las ideas que este filósofo expresó en su obra The varieties of religious experience. En español hay una edición de esta obra en  Península (Barcelona, 2002): La variedades de la experiencia religiosa,  a partir de la traducción de J.F. Ybars y con un prólogo, excelente, de José Luis L. Aranguren.

        5.- Michel Hulin: La mística salvaje (Siruela, 2007; traducción de María Tabuyo y Agustín López). Intentaré relacionar esta interesante obra con la de William James; y propiciar la legitimación del empirismo científico individual: algo que ya esbocé al ocuparme de “Muerte” [véase] y de “Parapsicología” [véase].

 

        Finalmente, compartiré algunos esbozos, algunos titubeos:

        1.- En un nivel de conciencia advaita [véase] no tiene sentido hablar de religión. La religión, en cuanto vínculo, presupone dualidad. Presupone Maya.

        2.- El vínculo Dios/hombre es uno de los temas más fascinantes de la historia de las religiones. Me vienen a la mente y al corazón algunas frases de Escoto Erígena y de Angelus Silesius.

        3.- Cabe sostener dos tipos de vínculos religiosos: el cosmista (vínculo con algo lógico, enunciable: religación con una idea a la que nos acercamos por amor); y el metacosmista (el vínculo se produce por la irrupción de “algo” que no cabe en el cosmos -en la finitud- donde está asentada la conciencia “humana”).

        4.- Cabría hablar también de vínculos puramente lógicos: religiosidades derivadas de las autoconfiguraciones de la diosa Vak (la omnipotente para las mentes lógicas). Aquí estarían los ateísmos, etc. Guerras entre nombres: naturaleza, vida, derechos humanos, etc. Todos requieren la instalación de constructos simbólicos: libros, sermones, adoctrinamientos. Son muy eficaces. Pero no dan acceso a lo religioso. ¿O  sí? El caso de Simone Weil con Jesucristo.

        5.- El vínculo religioso propicia una irrupción de energía: es como si el “conectado”, de pronto, recibiera una energía que no estaba para él disponible hasta ese momento. Inquieta que haya diversos cosmos energizantes (incompatibles entre sí en muchos casos). Cabría sostener quizás que la certeza da fuerza y paz. También cabría sostener, desde el materialismo cerebralista, que determinadas propuestas religiosas -poesías en definitiva- propiciarían recorridos neuronales de los que se derivaría la secreción de hormonas capaces de alterar, y de sublimar en su caso, nuestros estados ordinarios de conciencia. [véase Poesía]. Sí. Pero estos discursos son reduccionistas. Se desarrollan dentro de una caja lógica. Están ciegos. Todo es mucho más grande y complejo.

        6.- Sorprende también que dentro de cada cosmos haya una relación directa entre la felicidad y la virtud (lo que sea virtuoso dentro de ese mundo). Parecería que hay muchos dioses dispuestos a dar energía y beatitud al hombre a cambio de su entrega y de su amor.

        7.- En cualquier caso, y como sostuve al ocuparme de “Parapsicología” [véase], la Filosofía, cuando se intenta practicar en serio, debe ser hiper-empirista: no debe caer en la tentanción de eliminar “hechos” o “sensaciones” que no quepan en algunos de los paradigmas que luchan por ser el hogar de la totalidad. El sentimiento religioso es algo muy serio. Muy grande. Demasiado grande quizás.

        8.- Y cabría quizás un vínculo muy serio, muy cercano y amoroso, con algún díos menor, como añora Salvador Paniker en esa refrescante obra que lleva por título Asimetrías (Debate, Barcelona, 2008). De ella hice en su momento una crítica que se puede leer [aquí].

       

        Si se soporta el pensamiento -y el sentimiento- de que somos los secretos directores de la obra de teatro de nuestra vida, cabría afirmar que el vínculo religioso sería algo así como una comunicación, un sentimiento mutuo, entre nuestro yo creador -natura naturans, el Gran Mago- y nuestro yo creado: el personaje: esas frágiles máscaras que introduje en mi conferencia sobre “Moksa” [véase].

        Podríamos también imaginar a un prodigioso soñador que, consciente y omnipotente en su sueño, pudiera amar a una persona soñada por él. Soñada de forma que ella pudiera también amar a su soñador; aunque no pudiera verle… ni pensarle siquiera.

        Algo así sentí yo, hace veinte años, en las montañas que presiden este texto.

 

        David López

        Sotosalbos, mayo de 2010.

       

       

 

       

 


Jan 31 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 1 de febrero de 2010: “Idea”.

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            “Idea” es una palabra que procede del griego (Eidos) y cuya traducción al español es “visión”.

         José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, destaca tres modos de considerar la “idea”: 1) como equivalente a concepto, 2) como entidad mental;  y 3) como cierta realidad. Es este último modo el que voy a desarrollar en mi conferencia.

         Un sinónimo de “idea” es “arquetipo”. Fue muy utilizado por el neoplatonismo y por el cristianismo que se enraizó en esa corriente filosófica. Platón habla de un demiurgo –un artesano, un simple artesano- que hace el mundo a partir de unos arquetipos que no son suyos. Y lo hace además de forma chapucera. No hay por tanto, en el modelo de totalidad platónico, creación en sentido estricto, sino simple labor artesanal, mecánica. Y hasta fraudulenta.

         ¿De dónde provienen esos arquetipos? ¿Están ahí, eternos, inmutables? ¿Podemos crearlos? Pensemos en la idea de igualdad, o de átomo, o de galaxia, o de estrella, o de agujero negro, o de nube, o de labios de mujer… o de ipod.

         ¿Conocemos las ideas o a través de las ideas?

         En la imagen que hay sobre estas líneas vemos al demiurgo de Matrix hablando con una de sus criaturas (un ser humano que se creyó único y que, sin embargo, como muestran los monitores que rellenan las paredes, es una copia contingente de un modelo artificial). Ese demiurgo (“el arquitecto”) está en la película al servicio de algo que le supera, que no entiende, algo que en esa filosófica trilogía lleva por nombre “las máquinas”.

         Cualquier artista humano lucha por materializar una idea, una imagen de lo real, un arquetipo, que le viene. Que le viene de un lugar extraño. Extraño porque no se sabe muy bien si es interior o exterior al yo del artista.

         Es la inspiración: el ser asaltado de pronto por un argumento, por un color, por una melodía, por un sistema filosófico, por una nueva forma de encadenar los acontecimientos históricos, por una nueva forma de mirar y de amar a una hija.

         ¿De dónde vienen esas ideas?

         ¿Por qué siente tanto placer un artista cuando consigue hacer real –eficaz- una idea?

         Esa idea, una vez inoculada en esas prodigiosas algas que yo he llamado “Humanidad”, formarán ya parte de su sabia, de las energías interiores que fluyen entre las mentes, los cuerpos y los corazones que están en red; aunque no quieran.

         Veo las ideas como arquetipos a disposición de todos los demiurgos en red que componen la Humanidad. En la pasada conferencia dije que pertenecemos a una red de magos. También cabe llamarlos demiurgos, en sentido platónico: recibimos una gran lluvia de arquetipos y, en virtud de ellos, configuramos nuestro cosmos. La suma de todos nuestros arquetipos –el armazón desnudo de todas nuestras ideas – sería la idea de Belleza; lo Bello absoluto: eso a lo que tiende cada uno de nuestros movimientos artesanales.

         Platón hizo referencia a la Idea de Belleza como la cúspide de una ascensión por niveles de belleza crecientes. ¿Sería eso nuestro paraíso?

 

         A partir de esta introducción voy a estructurar el cuerpo central de mi conferencia así:

 

1.- Platón y la jerarquía de las ideas. ¿Cuál es la idea suprema, la más capaz de unificar lo que se presenta como múltiple?

2.- Berkeley: las ideas las coloca Dios en la mente humana.

3.- Kant: tres ideas para seguir caminando hacia el infinito: alma, mundo y Dios.

4.- El empirismo norteamericano: William James: la idea –la verdad- es lo que mueve. Lo que tiene fuerza.

 

         Finalmente ofreceré un breve esquema de mi visión sobre lo que sea la “idea” –mi “idea de la idea”-. Estos son sus puntos fundamentales:

 

         1.- Eso que llamamos “ser humano” en realidad es un Demiurgo –un mago, un dios menor, menor al menos en este nivel de conciencia en el que ahora ocurren mis frases. Por eso el ser humano está siempre necesitado de ideas, de arquetipos con los que configurar su mundo (su nada en realidad). Estaríamos ante la ideologías en sentido muy amplio (como “logos de ideas”: paquetes de arquetipos entrelazados: me imagino todo el conjunto de arquetipos que permiten autodenominarse y autocosmizarse como “de derechas” o “de izquierdas” o “apolítico”).

        

         2.- Todo el obrar humano (el obrar, no el contemplar) se reduce construir, conservar o destruir mundos o trozos de mundos. Desde la teología hindú se podría decir que somos Ishvara: un Dios menor que es, a la vez, Brahma (constructor del cosmos), Vishnú (conservador del cosmos) y Shiva (destructor del cosmos). Los tres en armonía. Los tres sagrados.

        

         3.- Como demiurgos recibimos arquetipos, ideas, y actuamos en virtud de ellos. También podríamos decir que el ser humano es un jardinero-hortelano: cultiva lo que le interesa, lo que necesita, pero también custodia simples formas por su belleza, por su capacidad de representar arquetipos. Y ese jardinero-hortelano puede llegar a sufrir desgarradoramente cuando su jardín (su cosmos) se aleja en exceso de los arquetipos que le movilizan. ¿Que le esclavizan?

        

         4.- ¿Cuál es el origen de esos modelos? Desde un punto de vista muy cerebralista/materialista podría decirse que, de pronto, por azar, en una masa encefálica de las muchas que están formando el alga-Humanidad tiene lugar un nuevo circuito de conexiones neuronales. Será una “buena idea”, una idea contagiosa, expandible por el interior de las algas, si es fértil. ¿Fértil para qué? Pues para seguir “viviendo”, estando aquí: soñando en definitiva. Una buena idea sería la que aumenta la belleza de un cosmos (la que corresponda a ese cosmos en concreto). Imaginemos el cosmos punk de Sid Vicious: una buena idea es mutilar el propio cuerpo con una cuchilla de afeitar.  Una buena idea sería por tanto la que optimizara los hechizos de Maya (esa bailarina que nos convence de que es mejor vivir que no vivir en un determinado sueño). En el caso de Sid Vicius el ideal de belleza, según sus declaraciones, consistía en estar enterrado, sin vida, bajo tierra. Un arquetipo más.

        

       5.- Creo que las ideas provienen de nuestras profundidades. Creo que somos dioses autohechizados. Autohechizados con nuestra propia imaginación… que se origina “donde” no puede hablarse de pluralidad. Solo “ahí” dejamos de ser artesanos.

        

 

         Schopenhauer afirmó que la contemplación de las ideas objetivadas en el espectáculo del mundo, pero sin desear el mundo, proporcionaba un adelanto, mínimo en intensidad y brevísimo en el tiempo, del placer que nos espera cuando no tengamos –no seamos- este ansioso yo. La obra del genio artístico, según la filosofía de Schopenhauer, tendría una función casi salvífica; o al menos propedéutica: permitiría imaginar la gloria eterna que nos aguarda.

         Pienso que quizás morir -en el sentido de ir perdiendo ese yo que muere- sea morir de belleza (abrasarse en la belleza): algo así como elevar miles de grados el fuego blanco del placer que produce contemplar algo que nos parezca excepcionalmente bello. Y quizás quepa morirse en parte y acceder a otro mundo: un mundo paradisíaco por la mínima dosis de yo que llevaríamos a él.

         Se me ha ocurrido -la idea- de terminar este texto con una imagen de Muerte en Venecia: una película basada en una obra de Thomas Mann que también podría haberse titulado “Muerte en belleza”.

 

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            David López

            Sotosalbos, enero de 2010.

           

             

 

           

           

 

 

 

 


Nov 16 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del 16 de noviembre de 2009: “cosmos” y “cuerpo”.

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         Hay un texto de Paracelso que lleva años fascinándome. Es éste:

 

         La imaginación de una mujer encinta es tan fuerte que es capaz de influir en la semilla y dirigir el fruto de su vientre en una u otra dirección. Sus “estrellas interiores” actúan fuerte y poderosamente sobre el fruto, de forma que su esencia queda fuerte y profundamente marcada y es configurada por ellas [por las estrellas]. Porque en el seno materno el hijo está expuesto a la influencia materna, y está por así decirlo confiado a la mano y a la voluntad de su madre, como el barro a la voluntad del alfarero. Éste crea y modela de él lo que quiere y lo que le apetece.

         Así que el niño no precisa ni de astro ni de planeta: su madre es su estrella y su planeta.[1]

 

         Me apoyaré en las posibilidades deconstructoras de este texto (deconstructoras de una mirada cientista/materialista-newtoniana/einsteniana) para enfrentarme a dos conceptos maravillosos: dos de las más bellas bailarinas lógicas que soporta mi mente: “cosmos” y “cuerpo”.

         Cosmos. ¿Qué es eso del Cosmos? Por el momento podemos decir que es una palabra: un significante que proviene del griego Kosmos. Parece que fue Pitágoras (o alguno de sus seguidores) el primero en usarla. En mi conferencia haré una breve referencia a la concepción que esta escuela tenía del Kosmos, utilizando para ello palabras del griego clásico como péras y apéiron. Estas dos palabras las relacionaré con rita y anrita: vocablos del sánscrito que expresan la misma preocupación, el mismo pavor, el mismo temblor: la lucha por sostener los mundos: el esfuerzo de las bailarinas lógicas por seguir bailando, ellas, solo ellas, en la demoníaca inmensidad del Caos, de lo que no tiene límite, de lo que podría se cualquier cosa.

         Cosmos. La Real Academia Española de la Lengua considera esta palabra sinónima de “mundo” y de “universo”. El significado fundamental que se ofrece de los tres términos es el siguiente: “conjunto de las cosas creadas”. Pero resulta que hay una enmienda. Así, en la próxima edición, aparecerá un cambio decisivo: cosmos, mundo y universo serán “conjunto de las cosas existentes”. El lenguaje es una cosmovisión simbolizada. Es ideológico, metafísico. Esta sustitución –“creadas” por “existentes”- nos permitirá señalar algunas de las grandes preguntas sobre eso que sea el cosmos: ¿fue creado de la nada?, ¿es todo lo que hay?, ¿es finito o infinito?; ¿es abierto o cerrado?; ¿es eterno o perecedero?

         Cosmos. Todos los grupos humanos organizados ofrecen a sus miembros al menos una cosmología. ¿Qué es una cosmología? En esta conferencia –y sospecho que el resto de mi vida- voy a sostener que cosmología es, sobre todo, un “decir” el cosmos: un fenómeno poético que aspira a contener la imagen del todo; del todo como orden. Para ilustrar esta sensación, leeré ante vosotros los primeros “versos” de una obra de divulgación que me subyugó hace ya bastantes años (1982): Cosmos, de Carl Sagan.

         Después leeré poesías de Michio Kaku sacadas de su libro Parallel Worlds: y “veremos” lo que cree hoy la Ciencia que es la caja esa hiper-ordenada donde estamos ahora mismo: eso del “cosmos”.

         El desafío para los físicos es hoy, al parecer, más fascinante que nunca. Y es que estaría la Humanidad (en este justo momento) a punto de encontrar la “Teoría del Todo”: una ecuación de no más de una pulgada de longitud que expresaría el orden total: la ley a la que obedece todo lo que existe.

         Pero ya he adelantado que voy a sostener que una cosmología es más un “decir” que un “saber”, o “conocer” (Cosmología no es cosmosofía). José Ferrater Mora, en su límpido Diccionario de Filosofía, habla de “construcción de modelos de universo que sean a la vez lógicamente coherentes y no incompatibles con los datos fundamentales de la ciencia experimental de la Naturaleza”. Lógicamente coherentes…

         Pero: ¿cuántos modelos de universo, o de cosmos, están por llegar? ¿Cuántos datos quedan todavía por ser recibidos? ¿Y si fueran infinitos? ¿Y si fueran caprichosos, desordenados, libres?

          Más todavía: la pregunta crucial: ¿estamos en un cosmos (orden feroz e inapelable); no no?

     

         Dando por válido que lo que hay es un “cosmos”, un orden absoluto, una hiperlegalidad ubicua (posibilidad que por cierto sobrecogió a Schopenhauer en algún rincón de su obra), habría algo “cosmizado” cuyo nombre sería “cuerpo”.

         Yo me voy a ocupar en mi conferencia, específicamente, del “cuerpo humano”. Y lo voy a hacer siguiendo este orden:

         1.- El cuerpo humano como cosa, como parte del cosmos, como individualidad, recortable, en un todo de cosas cósmicas: como cuerpo físico en el modelo de la física actual.

         2.- El cuerpo humano dentro de la metafísica de Schopenhauer. Aquí me ocuparé de la paradoja del cerebro (ese extraño cuerpo físico que está dentro del cuerpo físico humano y, a la vez, ocupando una porción del Cosmos).

         3.- El cuerpo como lugar de pecado o de culto (tantrismo).

         4.- El cuerpo humano visto desde el Hatha Yoga: el cuerpo como lugar de prodigios.

 

         Finalmente explicaré por qué he elegido la imagen que acompaña a este texto. Pero puedo ir adelantando que veo la materia humana que rodea al niño como su cosmos, como un cosmos vivo que le da vida: un medio a través del cual alguien (Algo) le ama; y le configura; y le dirige. Y todo ello sin que el niño (el ser humano/el “dormido” diría Buda) pueda ser consciente de semejante maravilla. En realidad trataré de exponer que, mediante el Yoga, cabría ver, y amar, desde fuera, eso que es nuestro cosmos entero; y eso que es nuestro cuerpo (cerebro/mente incluidos).

         Cabría, mediante la conciencia testigo que facilita el Yoga, ser nuestra propia Madre invisible (o Padre; o ambos a la vez). Y –como dijo Paracelso- utilizar las estrellas, las estrellas de nuestro vientre cósmico, para manejar a nuestra criatura.

 

 

     David López

     Sotosalbos, noviembre de 2009.

        

[1] Jolande Jacobi (editora)/ Epílogo de C.G. Jung (traducción de Carlos Fortea): Paracelso (Textos esenciales), Siruela, Madrid, 2007, p. 90.