Jul 12 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 12 de julio de 2010: “Bailarina lógica”.

 

        “Bailarina lógica”. ¿Qué es eso? No lo sé muy bien, pero quizás pueda afirmar con cierta contundencia que esos seres -que carecen en realidad de “ser”- necesitan ser amadas, como es amada la bailarina que aparece sobre estas lineas. Hay que creérselas para crearlas, o para compartir las emociones que discurren por las algas lógicas en las que viven todos aquellos que se las creen. Pensemos en la palabra “España”. O “Cataluña”.

        Yo las amo, amo el hecho de su prodigiosa existencia (aunque algunas de ellas me espanten). Y las amo tanto como amo la vida, tanto como amo los sueños (que son lo mismo que la vida). Las amo cada vez más, a pesar de lo peligrosas que son. Ellas dan (son) la vida y el placer y el dolor (¿no las véis ahí, viviendo en una simple frase?).

        “Bailarina lógica”. Es un término con dos palabras que ha nacido en este diccionario de los mundos. Es una forma de dar nombre a lo que da los nombres: la palabra; o, mejor: al símbolo en general.

        A lo largo de estos meses he intentado comprobar el poder de la diosa Vak, la cual, en uno de los himnos de Rig Veda, afirma que vivimos en ella, comemos en ella, respiramos en ella…

        Pero, ¿qué es una “palabra”? Cabría adoptar una postura hiper-materialista y decir que las palabras son símbolos y que los símbolos –unas letras, unos sonidos, una bandera- no son más que determinadas configuraciones de la materia que sirven para comunicar otras determinadas configuraciones de la misma. El problema de este razonamiento es que todo él respira -sobrevive- en una atmósfera onírica: todo él es fruto de un hechizo: el hechizo que es capaz de desplegar una bailarina lógica cuyo precioso baile contemplamos hace unos meses: “Materia” [véase].

        Hay una bailarina lógica que ayer fue capaz de insuflar una gran cantidad de energía (de vida, de magia, de Maya) a todas las conciencias que están en red con ella: la palabra (el símbolo gráfico) es “España”. La realidad significada por este significante gráfico dispone de otros símbolos: una determinada disposición material y espacial de dos colores (la bandera), un grupo variable de personas realizando unos comportamientos concretos, reglados (la selección nacional de fútbol).

        “España”. Otra bailarina lógica. ¿Hay que librarse de todas la bailarinas lógicas? ¿Es eso la sabiduría? ¿Vale con saberlo, con saber que son puntuales y delicuescentes formas de configuración de nuestra conciencia? ¿Hay bailarinas positivas y bailarinas negativas? La respuesta de Nietzsche sería, quizás, que hay que elegir aquellas bailarinas (o dejarse elegir por aquellas bailarinas) que aumenten nuestra salud, nuestra vitalidad… nuestra “ilusión”. Pero, ¿no fue eso precisamente lo que conseguían las bailarinas lógicas del coreógrafo Hitler? Él consiguió insuflar mucha ilusión a todas las conciencias que soñaron su sueño lógico.

        ¿De dónde salen esos seres prodigiosos? ¿Los inventa de pronto un ser humano –un poeta? ¿Surgen mecánicamente, socio-biológicamente, de los grupos humanos? ¿Los inoculan los dioses a través de poetas?

        Creo que antes de acercarnos a estas criaturas lógicas, puede ser útil tratar los siguientes temas:

        1.- Concepto de Maya en la especulación filosófica india.

        2.- La negación de la semántica en Gorgias.

        3.- San Pedro Damián: la demonización de la gramática.

        4.- Berkeley: la materia como membrana lógica (membrana de palabras) que impide ver a Dios.

        5.- Wittgenstein: la Filosofía es la lucha de la inteligencia contra los hechizos del lenguaje. ¿Debemos luchar contra las bailarinas lógicas? El segundo Wittgenstein.

        6.- Simone Weil: casi todos los vocablos políticos están vacíos por dentro.

        7.- Los koanes en el Zen: hacer que se desmayen las bailarinas.

        A partir de aquí, creo que puedo ir esbozando algunos rasgos comunes de las “bailarinas lógicas”:

        1.- Dejándome llevar por las posibilidades expresivas de los “mitos” (como si hubiera algo en nuestro discurso que no fuera “mito”), podría decir que las bailarinas lógicas son algo así como sacerdotisas de Vak: la diosa de la palabra que se sabe omnipotente. O casi. Sacerdotisas o autodifractaciones de su esencia.

        2.- Creo que, efectivamente, vivimos en un sueño lógico: en un cosmos construido por una estructura de palabras. Desde este punto de vista, la palabra sería no sólo genésica, como afirma el arranque del Evangelio de San Juan, sino también, y sobre todo, mágica.

        3.- Buena parte de las propuestas soteriológicas (propuestas de salvación o de elevación de la condición humana si se quiere) insisten en el silencio como puerta a lo sagrado (como puerta a nuestro verdadero ser, que sería coincidente con el verdadero ser de Dios). Así, el silencio, la retirada de las bailarinas lógicas, permitiría ver lo que hay detrás de ellas, permitiría tomar conciencia de que lo que hay no coincide con sus cuerpos ni con el ritmo matemático de su baile. Ese silencio cósmico llevaría a la libertad, sería un despertar. Pero, ¿por qué despertar? ¿Para no sufrir? ¿Para salir del sufrir-gozar que, por ejemplo, sacudía ayer a los seguidores de la selección española?

        4.- Ya vimos en conferencias anteriores que a las bailarinas lógicas no les gusta que nos acerquemos demasiado a su cuerpo. Quizás sea que su piel es demasiado transparente. Se ve su nada. Pero esa piel suda y vibra: hay en ellas un descomunal esfuerzo por vivir en nuestra conciencia, por tener “realidad”, por ser “de verdad”. Al ocuparme de la palabra “realidad” ofrecí un corte de la película Mulholland Drive (David Linch) que me sirvió para imaginar a una bailarina lógica llorando; llorando por su vacuidad ontológica [véase].

        5.- Creo que hay razones, al menos sistémicas, para diferenciar “bailarina lógica” de “concepto”, “universal” o “idea”. Quizás la clave esté en insistir en la “materialidad” de la bailarina lógica: es símbolo, algo que se percibe dentro del marco perceptivo ordinario, no tiene abstracción: se ve, o se oye, como se ve o se oye un pájaro.

        6.- Un cosmos [véase] es el fruto tangible, perceptible, de un determinado logos [véase]. Y un logos es un poetizar [véase Poesía] que ha conseguido modelar unas conciencias hasta el punto de hacerles creer que su sueño lógico es lo real. Las bailarinas lógicas son la parte visible de un poetizar. Son semillas de mundos (de sueños, porque todo mundo es un sueño en realidad). Podríamos decir que las bailarinas lógicas son Poesía viva, hambrienta de conciencias, necesitada del hábitat que les ofrece el interior del ser humano.

        Al ocuparme de “concepto” [véase] reproduje Génesis 2.16-17: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. Yo en ese momento interpreté que en el momento en que un concepto toma la mente ( en el momento en el que la agarra) se produce la muerte, la muerte de la conciencia por así decirlo. Cabría otra interpretación: “De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente te dormirás”. Pero quizás vida y sueño sean lo mismo. ¿Sólo hay dos opciones: soñar o despertar a la nada/el infinito que somos? Muchas tradiciones hablan de una tercera: seguir soñando, sí, pero sabiendo que es un sueño, y que todas las bailarinas lógicas bailan atentas a nuestras manos: fabricar entonces preciosos hechizos, como diría Nietzsche.

        Hay un video de Kylie Minogue que me ha aparecido extraordinariamente útil para visualizar lo que, a duras penas, voy entendiendo por bailarina lógica. En él se puede ver a una bailarina lógica cantando, bailando, hechizando conciencias, siendo progresivamente amada, creando un cosmos de mentes y de cuerpos dormidos, pero gozosos, aparentemente libres. Por fin libres. La gente de la calle, de pronto, abandona a otras bailarinas lógicas (las que, supongo, les impedían desnudarse en plena calle y abrazarse con la persona que tuvieran más cerca). Y es que todas las personas, gracias a esa bailarina prodigiosa, son bellas, tienen cuerpos bellos. Y no solo eso: sus zonas más “oscuras” (oscuras desde la visión ofrecida por otras bailrinas lógicas) son ahora completamente blancas y limpias: toda la gente de la calle, al desnudarse, muestra ropa interior blanca. Y no sólo eso. La bailarina, con su poder, es capaz de convertir en un caballo blanco el caballo negro al que se refería Platón con su imagen del carro: el caballo negro de las pasiones es ahora el blanco: lo más puro, lo más limpio.

        Y todos los seres humanos que oyen la música lógica se abrazan, armónicamente, en un erotismo hiperarmónico donde la belleza -esto es, el orden- quiere reinar sin límite. La diosa sigue cantando, exhultante de su poder, y bajo sus pies se van entrelazando cuerpos, cuerpos armónicamente estremecidos por el deseo sexual. Y por la consumación de ese deseo. El delirio crece, y crece, y de pronto, atónitos, vemos que se está creando algo así como un organismo pluricelular, gigantesco, tan grande como uno de los edificios de la calle. Entonces sentimos estupor maravillado, vértigo, horror incluso. Es la mirada filosófica: la que, por así decirlo, se asoma a los mundos que anidan en el espacio infinito de la conciencia. Dentro de ese hiper-erótico cosmos de mentes y de cuerpos entrelazados parece haberse instalado la plenitud, algo así como un paraíso sensual, un delicioso orden donde merece la pena fundirse, donde brilla el éxtasis de la supresión de la individualidad. Es destacable cómo mueve sus manos Kylie Minogue por encima de los ojos de sus hechizados; y cómo éstos se estremecen de cosmicidad, de orden, de amor, sintiendo que se elevan hacia el cielo al bailar el baile de la bailarina lógica que ha entrado en sus conciencias.

        Desde fuera, no obstante, vemos un monstruo inquietante, una especie de virus lógico que quiere toda la materia para sí. Al final la bailarina, consciente del éxito de su baile y de su música, desde lo alto de su montaña de cuerpos y mentes, lanza una sonrisa de poder.

        Quizás sea esa la sonrisa de Vak, la diosa que habla desde el Rig Veda, encarnada en una de sus sacerdotisas.

        Imagino también la palabra “España”, sonriendo ayer desde una gigantesca pirámide de cuerpos y de corazones entrelazados. Un pirámide onírica, lógica, que, por el momento, no me parece inquietante.

        Éste es el vídeo de Kylie Minogue:


May 16 2010

Escuela libre de Filosofía. Diccionario de los mundos. Conferencia del 16 de mayo de 2010: “Religión”.

 

 

        En la fotografía aparece un paisaje del Hoggar (Argelia). Hace veinte años fui allí en moto. Y de pronto, una tarde, mientras el sol convertía el mundo en fuego seco, y mientras aquel cielo  se llenaba de silenciosas hogueras blancas, sentí algo descomunal: todo lo visible (cielo, montañas, rocas, desierto) se transmutó en “alguien”: “alguien” de una belleza sobrehumana e insoportable -casi letal-, que se dirigía a mí. Que me amaba. Todo el cosmos se convirtió en presencia… de “alguien”. Digo “alguien” porque yo sentí que aquello era consciente de sí mismo.

        Volví a sentir algo similar dos años después en Lyon, dando un absurdo y prosaico paseo por los alrededores de su aeropuerto. Otra vez, de pronto, todo era “alguien”. Irrumpió en mi conciencia una presencia que, ahora, sólo puedo calificar como sagrada. ¿Por qué? Porque emanaba omnipotencia, sentimiento, cercanía, atención, magia, sublimidad…

        Veinte años después -y no sé cuántas decenas de libros leídos desde entonces- creo que puedo decir que aquellos dos fenómenos fueron religiosos. Y lo fueron porque yo sentí un vínculo, una religación, con algo grandioso. 

        “Religión”. Otra palabra más para nuestro diccionario de bailarinas. ¿Nombra algo? ¿El lenguaje ha sido capaz de crear un símbolo para dar cuenta de vínculos con lo que ya no es lenguaje?

        Hay dos interpretaciones etimológicas de la palabra “religión”. La primera se apoya en  en el verbo religare: un símbolo del latín con el que se compartía un concepto que en español estaría ahora simbolizado con las palabras “religar”, “atar”, “vincular”.

         ¿Vincular con qué? ¿Ocurren de verdad esos vínculos? ¿Por qué? ¿Se pueden propiciar artificialmente? ¿Se pueden institucionalizar socialmente?

        La segunda interpretación etimológica parte de la voz latina ”religiosus”, sinónimo de “religens”, que sería lo opuesto a “negligens”. Dice José Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía que en esta segunda interpretación “ser religioso equivale a ser escrupuloso, esto es, escrupuloso en el cumplimiento de los deberes que se imponen al ciudadano en el culto a los dioses del Estado-Ciudad”.

        La tesis central que sostendré en mi conferencia es ésta: el ser humano es, siempre, religioso. Siempre está vinculado con algo que no ve (por ejemplo, las leyes de la naturaleza). Y ese vínculo le mueve, mueve todos los actos de su vida. El ateísmo y el cientismo materialista son también religión, religión lógica: vínculo con una Idea [véase]: con  un modelo de cosmos que moviliza el alma humana: que la imanta. Distinguiré entre religaciones cosmistas (las que presuponen vínculo con un cosmos lógico, ordenado) y religaciones – o experiecias religiosas- metacosmistas (vínculos con lo que no es lógico, con lo que no se limita a ser un cosmos). Esta división podría hacerse quizás de otro modo: religaciones con el Dios lógico y religaciones con el Dios metalógico [véase Dios]. Aquí cabría ubicar eso que hoy está agrupado bajo el símbolo ”experiencia mística”.

        Pero antes, me ocuparé de eso que sea la “religión” siguiendo este orden:

        1.- Religión y la Filosofía.

        2.- Ludwig Feuerbach: sólo hay hombre y naturaleza. Nada más. De acuerdo, pero, ¿qué es eso de “la naturaleza”? Leeré algunos párrafos de su obra La esencia de la religión (prefacio y traducción de Tomás Cuadrado Pescador, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2005).

        3.- Kierkegaard: el salto suicida al abismo de Dios. Leeré algún párrafo de su obra Temor y temblor (traducción, estudio preliminar y notas de Vicente Simón Merchán, Tecnos, Barcelona, 1987).

        4.- William James. Reflexionaré sobre algunas de las ideas que este filósofo expresó en su obra The varieties of religious experience. En español hay una edición de esta obra en  Península (Barcelona, 2002): La variedades de la experiencia religiosa,  a partir de la traducción de J.F. Ybars y con un prólogo, excelente, de José Luis L. Aranguren.

        5.- Michel Hulin: La mística salvaje (Siruela, 2007; traducción de María Tabuyo y Agustín López). Intentaré relacionar esta interesante obra con la de William James; y propiciar la legitimación del empirismo científico individual: algo que ya esbocé al ocuparme de “Muerte” [véase] y de “Parapsicología” [véase].

 

        Finalmente, compartiré algunos esbozos, algunos titubeos:

        1.- En un nivel de conciencia advaita [véase] no tiene sentido hablar de religión. La religión, en cuanto vínculo, presupone dualidad. Presupone Maya.

        2.- El vínculo Dios/hombre es uno de los temas más fascinantes de la historia de las religiones. Me vienen a la mente y al corazón algunas frases de Escoto Erígena y de Angelus Silesius.

        3.- Cabe sostener dos tipos de vínculos religiosos: el cosmista (vínculo con algo lógico, enunciable: religación con una idea a la que nos acercamos por amor); y el metacosmista (el vínculo se produce por la irrupción de “algo” que no cabe en el cosmos -en la finitud- donde está asentada la conciencia “humana”).

        4.- Cabría hablar también de vínculos puramente lógicos: religiosidades derivadas de las autoconfiguraciones de la diosa Vak (la omnipotente para las mentes lógicas). Aquí estarían los ateísmos, etc. Guerras entre nombres: naturaleza, vida, derechos humanos, etc. Todos requieren la instalación de constructos simbólicos: libros, sermones, adoctrinamientos. Son muy eficaces. Pero no dan acceso a lo religioso. ¿O  sí? El caso de Simone Weil con Jesucristo.

        5.- El vínculo religioso propicia una irrupción de energía: es como si el “conectado”, de pronto, recibiera una energía que no estaba para él disponible hasta ese momento. Inquieta que haya diversos cosmos energizantes (incompatibles entre sí en muchos casos). Cabría sostener quizás que la certeza da fuerza y paz. También cabría sostener, desde el materialismo cerebralista, que determinadas propuestas religiosas -poesías en definitiva- propiciarían recorridos neuronales de los que se derivaría la secreción de hormonas capaces de alterar, y de sublimar en su caso, nuestros estados ordinarios de conciencia. [véase Poesía]. Sí. Pero estos discursos son reduccionistas. Se desarrollan dentro de una caja lógica. Están ciegos. Todo es mucho más grande y complejo.

        6.- Sorprende también que dentro de cada cosmos haya una relación directa entre la felicidad y la virtud (lo que sea virtuoso dentro de ese mundo). Parecería que hay muchos dioses dispuestos a dar energía y beatitud al hombre a cambio de su entrega y de su amor.

        7.- En cualquier caso, y como sostuve al ocuparme de “Parapsicología” [véase], la Filosofía, cuando se intenta practicar en serio, debe ser hiper-empirista: no debe caer en la tentanción de eliminar “hechos” o “sensaciones” que no quepan en algunos de los paradigmas que luchan por ser el hogar de la totalidad. El sentimiento religioso es algo muy serio. Muy grande. Demasiado grande quizás.

        8.- Y cabría quizás un vínculo muy serio, muy cercano y amoroso, con algún díos menor, como añora Salvador Paniker en esa refrescante obra que lleva por título Asimetrías (Debate, Barcelona, 2008). De ella hice en su momento una crítica que se puede leer [aquí].

       

        Si se soporta el pensamiento -y el sentimiento- de que somos los secretos directores de la obra de teatro de nuestra vida, cabría afirmar que el vínculo religioso sería algo así como una comunicación, un sentimiento mutuo, entre nuestro yo creador -natura naturans, el Gran Mago- y nuestro yo creado: el personaje: esas frágiles máscaras que introduje en mi conferencia sobre “Moksa” [véase].

        Podríamos también imaginar a un prodigioso soñador que, consciente y omnipotente en su sueño, pudiera amar a una persona soñada por él. Soñada de forma que ella pudiera también amar a su soñador; aunque no pudiera verle… ni pensarle siquiera.

        Algo así sentí yo, hace veinte años, en las montañas que presiden este texto.

 

        David López

        Sotosalbos, mayo de 2010.

       

       

 

       

 


Oct 3 2009

Escuela libre de Filosofía. Conferencia del lunes 5 de octubre de 2009: “Belleza”.

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         He elegido esta imagen parcial del David de Miguel Ángel porque muestra algo terrible y prodigioso a la vez: el poder de la belleza. El poder de arrastrar. Con crueldad quizás. Creo que ahí, en ese bellísimo rostro de piedra blanca, se explicita toda una metafísica.

         Dijo Rilke que la belleza es el comienzo de la tragedia. La belleza puede arrastrar a la muerte estética: al no ser lo que se era para sólo ser ya lo que se observa. Recordemos Muerte en Venecia, la fabulosa novela de Thomas Mann, que fue llevada al cine magistralmente por Luchino Visconti: la belleza de un muchacho es suficiente para arrancar de la vida a un observador.

         ¿Qué es la belleza? ¿Qué es lo bello?

         En uno de los más famosos diálogos de Platón –en el Hipias mayor (287d)- Sócrates deja muy bien planteada la pregunta:

 

         HIP.- ¿Acaso el que hace esta pregunta, Sócrates, quiere saber qué es bello?

         SÓC.- No lo creo, sino qué es lo bello, Hipias.[1]

 

         Pero el diálogo entre Hipias y Sócrates no da respuesta a esta pregunta. En otro de los diálogos platónicos –El Banquete- lo bello parece ser lo que activa el impulso erótico (el amor). Y el ser humano, según va contemplando niveles superiores de belleza, va ascendiendo, encendido de amor, por una escalera que le permitirá acceder a la Belleza (lo bello) en sí: algo sin forma, eterno, sin ningún equivalente con ninguna imagen sensible. Y de eso participa, en mayor o menor medida, cualquier cosa bella para ser tal. La belleza según Platón es una idea, una idea-imán podríamos decir, que mueve al hombre hacia las alturas: algo sin forma que, enamorándole, saca al hombre del mundo de las formas temporales y le devuelve al mundo de las ideas eternas.

         Se suele decir que la belleza, a partir de Platón, ha sido tratada filosóficamente desde dos perspectivas antagónicas: a) la platónica: la belleza, lo bello, es en sí –algo independiente de cualquier subjetividad-; y b) la antiplatónica: lo bello es un calificativo que surge de la subjetividad humana y, por lo tanto, es relativo. Creo que es empíricamente  constatable que el mundo se enciende de belleza cuando nos enamoramos, o cuando nos hacemos una limpieza de colon, o cuando nos liberamos de un rencor. ¿La belleza está en el observador o en lo observado? ¿Son acaso cosas distintas? Pero, en cualquier caso, ¿por qué es bello lo bello? ¿Qué contiene? ¿Por qué es tan maravilloso?

         Antes de exponer la mía propia, haré un recorrido por algunas de las concepciones sobre la belleza que más me han sobrecogido:

 

-         Poemas japoneses a la muerte. Leeré el que escribió Daido Ichi´i en 1370.

-         Hegel. Leeré algunos párrafos que este filósofo dedicó a la idea de lo bello en su obra Vorlesungen über die Ästhetik [Lecciones sobre la estética], a partir de la traducción de Manuel Granell (Espasa Calpe, Madrid, 1946).

-         Schopenhauer. Explicaré su visión de la contemplación avolitiva, la cual, según este filósofo, ofrece una muestra de lo que nos espera cuando ya no nos esclavice el deseo de estar en este mundo.

-         Nietzsche. Haré algunos comentarios en torno a su concepción sobre lo apolíneo y lo dionisíaco.

-         Simone Weil. Traeré una cita suya capaz de herirnos de belleza: “La belleza del mundo es la sonrisa de ternura de Cristo hacia nosotros a través de la materia”.

 

         ¿Cómo voy a exponer mi propia visión filosófica sobre la belleza?

         En primer lugar compartiré con todos vosotros algunos momentos en los que he sufrido ante la contemplación de un exceso de belleza: momentos en los que algo que no era exactamente yo se extasiaba dentro de mis ojos, y de mi mente, y de mi corazón: y se revolvía, apoteósicamente, como si aquello que yo miraba fuera suyo, su obra, o su propio ser objetivado… y como si ya, ya por fin, todo tuviera sentido; como si ya, por fin, todo sufrimiento hubiera merecido la pena.

         Esto me llevará a considerar la posibilidad de que efectivamente haya niveles de belleza crecientes, ascendentes, y que la muerte –o la Mística, que es lo mismo- sean el peldaño final.

         ¿Hacia qué? ¿Hacia una idea de Belleza, como la de Jesucristo  por ejemplo, que sonríe -según Simone Weil- a través de la materia?

         Si la belleza es una idea (Platón-Hegel), o un foco de atracción (un Dios inmóvil pero subyugante, que todo lo mueve, como el de Aristóteles), cabría decir que cada mundo, cada creación, tiene la suya, como un algoritmo; o como un arquetipo que se regocija en sí mismo cuando se siente actualizado.

         Y cabría imaginar que todos esos mundos, ya actualizados en su idea de belleza, podrían ser visualizados, juntos, como una fabulosa sinfonía de bellezas: ver eso –si cabe desde la finitud- sería ver lo que ve “Eso” de lo que salen todos los mundos y todos los dioses… usando -es un decir- los infinitos ojos en los que se autodifracta.

         Ver eso sería verse. Simplemente verse.

         Por último, en mi conferencia, me referiré al concepto de lo sublime en Kant: un placer estético negativo que se alcanza por la contemplación de lo que es hostil, e incontrolable, por la inmensidad y la inhumanidad de su poder. Me refiero a un océano nocturno y tempestuoso tratando de digerir un puerto pesquero; o a un glaciar de luz azul, asimétrico y letal, rompiendo en silencio montañas y hombres; o, si elevamos nuestra cámara, al infinito caos donde a duras penas sobreviven los cosmos.

         Eso es lo que contemplamos, estupefactos, maravillados, cuando nos atrevemos a filosofar en serio. Ahí, en esa nada caótica, hiperfértil, genésica y apocalíptica, ahí, bailan nuestras bailarinas; esto es: las realidades/los mundos/las Mayas/las palabras en definitiva.

         La Belleza Absoluta, para mí, es lo que le ocurre a la mente si es capaz de pensar estas enormidades. Y lo que le ocurre al corazón si es capaz de amarlas. 

 

 

        

         David López

            Sotosalbos, octubre de 2009.

 

                                                                

 

[1] Platón: Diálogos, Hipias Mayor (traducción de Julio Calonge), Gredos, Madrid, 1981.