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Diccionario filosófico: “Yo”/”Ego”.

 

“Yo”. “Ego”.

El Yo. ¿Quién soy yo, pero de verdad? No tengo ni la menor idea; salvo que me deje subyugar, finitizar, momificar, por un discurso identitario (nacionalismos, ideologías políticas, grandes relatos, religiones, cosmovisiones varias…).

“Conócete a ti mismo”. “Llega a ser quien eres”. Nos asomamos -¿en plural?- a uno de los más fabulosos misterios que puede resistir la inteligencia y el sentimiento humanos.

Hace años que quería escribir sobre esta bailarina lógica tan impresionante. Y es que me preocupan, de forma creciente, los discursos de negación del Yo, porque suelen degenerar en una negación del Tú y del Él, realidades éstas -para mí sagradas- que pueden terminar siendo digeridas, o convertidas en máquinas [Véase “Máquina“] por parte de egos ocultos (el ego oculto de un líder populista, por ejemplo, o de varios, organizados en “asambleas” auto-sacralizadas, subyugadas bajo un discurso demonizante de todo aquello que las contradiga).

Parto por tanto de una posición irracional -conscientemente no autoproblematizada- que sacraliza las individualidades humanas: la mía, la tuya y la de ese tercero que ahora no forma parte de nuestro lazo comunicativo. Una posición irracional -puramente emocional, digamos- que sacraliza esas individualidades aunque sean física y metafísicamente insostenibles. [Véase “Ser humano“].

El Yo es sagrado, sí, pero… ¿Qué es? ¿Qué estoy sacralizando exactamente?

Quizás un lugar misterioso -una mónada creada para creerse sus propios límites inexistentes- donde ocurre el miedo, el amor, la ilusión, la soledad de un domingo por la tarde. Sobre todo la ilusión (que es el núcleo de todos los mundos y de todos los Yoes que sueñan en ellos).

El Yo. Una auto-mentira sagrada y teológicamente prodigiosa. Un cosmos falso, de cartón -como todo cosmos-, donde habita y sueña y siente el ignorante -yo mismo por ejemplo, encantado además, nunca mejor dicho- y donde se despliegan los efectos de la sabiduría inferior [Véase “Apara Vidya“].

El Yo. Una sensación fabricada desde los abismos creativos que rugen bajo nuestros pies. Una forma que tiene Dios de liberarse -momentáneamente- de su propia inmensidad.

El Yo. Creo que estamos ante el espectáculo más fabuloso y sorprendente que puede presentarse ante nuestra conciencia (que no es exactamente “nuestra”).

Se supone que soy yo la persona que aparece en la fotografía que precede a este texto. “Yo” miro esa imagen -de mi Yo- con cierto estupor porque no me identifico con ella. Esa imagen se me presenta como un recorte de lo real (de mi propio impacto óptico total), como una configuración de universales, como algo inserto en un universo newtoniano (tres dimensiones, etc.). Y es más: ese “Yo”, ese reflejo óptico de mi yo, digamos, “corporal”, lo veo ahí, expuesto -como una mariposa atrapada- a ser clasificado en los tipos de yoes que me proporciona esta cultura.

Lo que aparece en esa fotografía es para mí un misterio infinito.

Antes de exponer algunas de mis provisionalísimas ideas sobre eso que quiere nombrar la palabra “Yo”, creo que puede sernos útil el siguiente recorrido:

1.- Budismo. Negación del Yo. Desapego del “yo mental” (falso por tanto). El ignorante, el que no ha comprendido las verdades de Buda, cree tener un yo, ser un yo: una substancia que permanece invariable. El sabio sabe que no la tiene (lo cual, en mi opinión, impediría hablar propiamente de “sabio”, pues carecería de un yo donde serlo). El ser humano, para liberarse del sufrimiento, debe desapegarse del yo. De acuerdo. Pero, insisto, ¿qué es entonces un “sabio”, o un “ignorante”, si carecen en realidad de un yo? ¿Qué/quién se equivoca? ¿A qué/quién se dirige Buda?

2.- Vedanta advaita. Hipertrofia del Yo. Nuestro verdadero yo es Atman; esto es: lo que palpita en las profundidades más radicales de nuestra yoidad aparente (la que se confina en Maya): nuestro verdadero yo más allá de los espejismos de la mente. Ese Yo -intimísimo- coincide con Nirguna Brahman, algo innombrable cuya manifestación, digamos, mental, mostraría a un Dios creador y controlador de tantos mundos y dioses como granos de arena hay en todas las playas de este planeta. Ante la pregunta “¿quién soy yo?” el vedanta advaita responde afirmando que eres -soy/somos- algo más profundo y poderoso que cualquier Dios que pueda ser pensado.

3.- El Yo en las filosofías de los monoteísmos. Nuestro verdadero yo sería el alma (algo eterno, desvinculable de la materia, nómada de los cielos y de los infiernos).

4.- Descartes. Yo pienso, luego yo existo. Creo que ese yo cartesiano en realidad no pensaba, sino que era pensado. Mejor dicho quizás: ese “Yo” era resultante, como todos, de una determinada configuración de universales: era un producto poético: una narración de la época.

5.- Kant. Kant salvó a un Yo libre, metafísico a su pesar, moralmente responsable, sí, pero no dentro del mundo que configura nuestra maquinaria psíquica. El problema es que la filosofía de Kant no permitía el principio de individuación fuera de esa maquinaria. No cabría hablar de yoes individualizados más allá de las construcciones que hace “nuestro” cerebro. Kant obliga a hablar de un solo Yo.

6.- Fichte. El Yo sería la realidad fundamental (anterior a la distinción objeto-sujeto). La libertad es su esencia. Y ese Yo se pone a sí mismo, a la vez que pone un No-Yo. La libertad se autolimita a sí misma con la necesidad. Pero Fichte finalmente creará un discurso en el que los yoes individuales de los seres humanos serían fagotizados por el Yo  de la nación alemana.

7.- Kierkegaard/Unamuno. Sólo existen individuos concretos. Eso veo yo también.

8.- Freud. Ello/Yo/Superyo. El Ello sería la zona inconsciente, motriz, lugar de pulsiones, lugar poderoso y peligroso que es podado, domado, socializado, por el Superyo (que sería el programa moral-social que ha sido capaz de instalarse en nuestra psique). El Yo sería un campo de batalla para titanes.

9.- Desde la cosmovisión fisicalista (la que subyace en la neurofisiología moderna), es muy difícil localizar -físicamente, dentro de su propio dibujo de totalidad- el Yo del que emite verdades científicas.

Mis tesis fundamentales sobre el concepto filosófico del Yo pueden presentarse -por el momento, siempre por el momento- así:

1.- Lo que nuestro Yo sea en sí es un misterio absoluto. Pero, fenomenológicamente, en cuanto contenido de nuestra conciencia, siempre se presentará -se representará- como una fantasía. Una Creación. Una narración incluso. Muchos autores han destacado la dimensión histórica del Yo. Aciertan en mi opinión. Nuestra auto-visualización está vertebrada por una narración que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás. Esa narración es una leyenda -que puede ser veraz [Véase “Verdad“]- pero que nunca puede liberarse de un sistema de universales [Véase], de un lenguaje, de una red de leyendas tribales, de una forma colectivizada de simplificar y aquietar el misterio infinito en el que ardemos. Y respiramos.

2.- Eso que ante nuestra conciencia se presenta como Yo está, por tanto, sometido a discurso, a Poesía [Véase]. Y, según sea esa Poesía, ese Logos si se quiere [Véase “Logos“], así seré Yo en “mi” conciencia. El “problema” es que no sólo mi Yo estará configurado por ese poetizar, sino también el Tú y el Él. En pocos meses el Yo de un padre o de un hermano o de un amigo pueden denigrarse, demonizarse, como consecuencia de la instalación de un discurso concreto en la mente de quien antes los miraba sin recelo. La lucidez filosófica quizás permitiría calibrar los efectos de nuestros discursos sobre esos seres -para mí sagrados- que son los seres humanos individuales: esas obras de arte de algo que trasciende los yoes fenoménicos.

3.- Yo no soy quien aparece en la foto, ni soy David López. En realidad no tengo ni idea de quién/qué soy; porque si lo supiera estaría momificándome en mis propias frases. Se podría decir que existe, en “mi” mente, o en “mi” conciencia si se quiere, un Yo construido, diariamente construido. Ese Yo es una -muy trabajosa- obra de no sé muy bien quién o qué. Pero sí sé que debo amarla y respetarla (cosa, por cierto, más difícil de lo que parece). Los demás Yoes también son obras. Obras de arte.

4.- La palabra “Ego” (simplemente “yo” en latín) parece haber adquirido connotaciones negativas con el paso del tiempo. “Tener mucho ego” significaría incurrir en el pecado del culto al propio yo: un egoísmo a-social y destructivo para el propio egoísta. Pero tengo la sensación de que, paradójicamente, el que tiene mucho ego tiene muy poco ego: se ha identificado, por completo,  con un producto de su “propia” mente: ha comprimido en exceso su conciencia: se identifica compulsivamente con algo muy pequeño (por eso tiene tanto miedo, por eso necesita tantas cosas, por eso es incapaz de ser honorable). El egoísta vive en alarma permanente. En la mendicidad. No se puede permitir el gran lujo de ser generoso. El egoísta significa el desapego máximo que quepa concebir metafísica y teológicamente: Dios, por así decirlo, se ha desapegado casi por completo de su plenitud: ha huido de sí mismo, se ha perdido en los rincones más fríos de su propia secreción creativa, de su propio autohechizo.

5.- Pero el egoísmo más radical es el expansivo: el que retira los límites del yo fenoménico hasta el infinito, hasta su completa identificación con el Ser/la Nada [Véase]. Es en el regreso al Yo verdadero donde ocurre el prodigio gnóstico de reconocerse, de saberse lo que se es: de saber que se es ese Ser/Nada.

6.- La educación. Creo que educar significa optimizar Yoes, actualizar sus posibilidades de vivir entusiásticamente y de provocar entusiasmos en otros Yoes. La educación es una fábrica de Yoes. La educación -humanista- es la actividad fundamental de toda sociedad humana que tenga conciencia de sí misma. La educación es una fábrica de fábricas de plenitud humana. De gloria humana. ¿De qué otra gloria cabe hablar?

7.- Meditación. A lo largo de los años en los que impartí cursos de meditación pude constatar algo decisivo: a más silencio “mental”, a más relajación, a menos miedo y menos deseo, más porciones del Yo -del Yo metafenoménico- irrumpen en la conciencia. La mayoría de las personas, después de un día intenso de meditación, afirmaron que nunca se habían sentido más ellas mismas, más cerca de ellas mismas, más grandes… Y algunas afirmaron también que ese Yo subyacente, sin límites temporales ni espaciales, era un lugar glorioso, un paraíso misteriosamente auto-ocultado.

8.- Los límites del Yo. El fenómeno identitario ofrece un espectáculo filosófico fascinante e inquietante a la vez. Vemos cotidianamente Yoes adscritos a sueños colectivos, como bandadas de peces que vibran y se mueven juntos -sin líder obvio- por el fondo del océano. Creo que cuanto menos yo metafenoménico sienta un ser humano en el interior de su pecho, más va a necesitar instalarse identidades culturales estandarizadas (ideologías, religiones, modas, conspiranoias colectivizadas…).

9.- El fenómeno nacionalista (españolismo incluido) me parece antropológicamente -y metafísicamente- sobrecogedor: un grupo de seres humanos -aterrados por el infinito- incorporan a su Yo individual un paquete de abstracciones culturales (narraciones históricas, leyendas sobre malos y buenos, un concreto perímetro geográfico, bailes folklóricos, un lenguaje) y, en el caso de que algo amenace esa identidad, esa fantasía multi-yoica, ejercerán una enorme violencia defensiva. En muchas ocasiones incluso física. Me parece que es válida la siguiente fórmula no matemática: a más pequeñez yoica, a más miedo, a más carencia óntica, más necesidad de identidades colectivistas, victimistas casi siempre, filosóficamente yermas siempre.

10.- Discursos yoizantes. Son los discursos los que hacen a los hombres. Es una famosísima frase de Foucault que repito y pienso mucho [Véase “Foucault”]. El yo fenoménico, el que se nos presenta ante eso que sea la conciencia, se fabrica así, con palabras. El yo fenoménico es la obra de arte de un discurso tribal. Voy a exponer algunas conformaciones yoicas: “Yo soy un trabajador”; “Yo soy mortal”; “Yo tengo un alma inmortal”; “Yo soy materia”; “Yo soy cristiano”; “Yo soy ateo”; “Yo soy un parado”. Para atravesar la sacra mariposa del Yo en el alfiler de la frase “Yo soy un parado” se debe reducir lo real, el misterio de lo real, a un modelo muy concreto y muy “artificial”: un modelo estatal, economico-céntrico, laboralista, excesivamente tribal y narcotizante para el infinito que es el individuo humano. [Véase “Soy un parado”].

11.- Hay discursos de liberación del ser humano que primero lo podan, lo esclavizan (lo convierten en miembro de una no explícita casta de esclavos) y luego le ofrecen vías de salvación. Soy consciente de la seriedad de este tema hoy en España. Y soy consciente del riesgo que asumo al escribir estas frases. Pero debo escribirlas, porque creo, de corazón, que un “parado” puede liberarse del discurso que ha metido su Yo verdadero -esa inmensidad prodigiosa; esa inmensa posibilidad de autocreación- en un formol discursivo. Que me disculpe por favor aquella persona que, al leer esto, se pueda sentir ofendida. Mi intención es la contraria: que vea más ofensivo auto-contemplarse como un “parado”. Insisto: creo que nadie debería auto-mutilarse (condicionarse, esclavizarse) con el “Yo” que ofrecen determinadas ideologías no explícitas. Creo que está pendiente un nuevo Logos yoizante en nuestra preciosa tribu.

12.- ¿Qué se ama cuando se ama a alguien? ¿Amamos a una resultante discursiva, a una secreción de “nuestra mente” ideologizada? Creo que cuando amamos plenamente a un ser humano estamos amando, al menos, dos cosas a la vez. La primera es eso que se nos presenta, a nosotros, en la mente: ya simplificado, juzgado, podado, lavado, epistemológicamente aquietado en virtud del sistema de ideas que haya tomado nuestro cielo. La segunda es lo que, aún siendo individual, parece palpitar detrás de esa proyección mental, de ese espejismo sagrado. Estaríamos amando algo muy misterioso, gigantesco, no de este mundo. Pero ese amor, creo, sólo cabe desplegarlo desde el desapego: un desapego que surge de saber que no se es nadie, pero que, desde esa Nada (o Ser), cabe amar a esos seres prodigiosos, esos momentos metafísicos imposibles, absurdos lógicamente, donde ocurre la sensación del yo individual.

Termino estas notas compartiendo la sensación -creciente con los años- de que el amor a los Yoes individuales -como ofrenda, como acto de voluntad- otorga, como por arte de Magia, solidez, fuerza y belleza a esos Yoes: los apuntala: los sacraliza: los convierte en lugares donde vivir puntuales paraísos. Amar a los Yoes -el nuestro incluido- es algo así como completar y sublimar su Creación (su estatus ontológico de sacras obras de arte).

Rezar por un Yo individual -aunque ese Yo sea una fantasía- sería  fertilizarlo, inundarlo de cielos.

Ese rezo no requiere, necesariamente, una adscripción a religiones institucionalizadas (incluidas las religiones ateísticas). Todas ellas (incluida la ateísta-materialista) suministran cajas demasiado pequeñas para cobijar nuestro Yo.

David López

Sotosalbos, 18 de agosto de 2012.

Las bailarinas lógicas (Un diccionario filosófico): Verdad

 

Wittgenstein escribió: “¿Está entonces en mi poder creer lo que creo?” [Liegt es denn in meiner Macht, was ich Glaube?] Esta cita puede encontrarse en la anotación 173 de la obra que se editó póstumamente bajo el título Sobre la certeza [Über Gewissheit].

Yo respondería a Wittgenstein que no.  Que no está en su poder; al menos si su “yo” lo hacemos equivalente a “Wittgenstein”.

“Verdad”.

¿Es lo que busca la Filosofía? ¿Es lo que cree que encuentra la Ciencia? ¿Es lo que ofrecen los textos religiosos?

¿Para qué la queremos? ¿Para qué la buscamos? ¿Para poder sobrevivir? ¿Para calmarnos? ¿Para saber a qué atenernos? ¿Por curiosidad? (¿Y qué será eso de la “curiosidad”?)

¿Existe una verdad -entendida como realidad- ahí, objetiva, platonizada y platonizante, preparada para ser conocida de una forma más o menos imperfecta?

Durante quince años ejercí como abogado en Madrid. En mi mesa de trabajo -de mucho trabajo- había expedientes, contratos, informes, dictámenes, leyes, sentencias y libros de Derecho mezclados con los de Filosofía, los de Ciencia, los de Religión, los de Mística y hasta los de Magia. Aquel poliedro bibliográfico y existencial me ofreció imágenes que considero muy valiosas. Creo que muchas de las ideas que voy a exponer aquí brotaron de allí. Puedo ir adelantando que viví momentos muy parecidos a los que supongo que vivió Wittgenstein mientras escribía esas notas que, más tarde, se editaron bajo el título Sobre la certeza. A esta obra me he referido también en la palabra “Sueño” [Véase]. Y de aquellos días de abogado creo que vale la pena compartir aquí una sola certeza: no existe la certeza. Es más: ni siquiera cabe afirmar, con certeza, que no exista la certeza.

Por certeza entiendo un estado mental -y emocional- que excluya de forma radical la posibilidad de que algo -un hecho si se quiere- sea de forma distinta a como nos parece que es ahora o ha sido en el pasado.

La ausencia de certeza absoluta abre nuestra mente -y, sobre todo,  nuestro corazón- a configuraciones de lo real absolutamente inimaginables desde el nivel de conciencia que queda precisamente petrificado -desencantado, muerto- con la certeza absoluta.

La no certeza -el misterio del que habló María Zambrano; y también Kierkegaard- nos abre a lo prodigioso. A lo imposible.

Una de las propuestas que incluiré en este texto puede ser denominada “certeza absolutamente relativa”. Y voy a intentar dignificarla, sobre todo cuando me ocupe del tema de la veracidad como virtud ética (a mi juicio sagrada… y, a la vez, sacralizadora de la condición humana).

Strauss-Kahn está acusado de haber cometido una serie de actos intolerables. Intolerables sobre todo porque, de ser ciertos, suponen una completa demolición de los principios básicos de nuestro sistema-sueño: los derechos humanos, la dignidad humana.

Nunca podremos tener la certeza -absoluta- de que ese hombre hiciera aquello de lo que se le acusa. Yo -aunque fuera su abogado- no la tendría. Ni aunque Stauss-Kahn fuera finalmente condenado en virtud de una sentencia firme. Es más: ni él mismo podrá saber nunca, con precisión absoluta, si lo que él cree que hizo fue lo que realmente hizo. “Realmente”… “Realidad”. Una palabra difícil y fascinante [Véase “Realidad“].

Pero la sociedad, como sistema, debe poner un límite a su inteligencia colectiva -a su lucidez metafísica comunicable- y optar por lo práctico. Por otra parte, no queda más remedio que confiar en alguna institución humana la labor de juzgar: de decidir si un hecho ha sido o no real (dentro de la realidad que se comparte) y cuáles son las consecuencias jurídicas del mismo dentro de un sistema de normas. No obstante esta medida de eficacia ineludible, hay algo que debe, en mi opinión, estar por encima del sistema (por ser precisamente lo que da sentido a dicho sistema). Me refiero a la dignidad humana, incluyendo en la misma a los seres humanos que no la respetan.

Cualquier acusado debe ser respetado al máximo. Su presunción de inocencia debe ser sagrada para todos. Creo que la Filosofía nos puede ayudar a ser más lúcidos y más generosos. Cada vez estoy más convencido de la enorme salubridad de los vértigos filosóficos.

“Verdad”. Una palabra impresionante. Me voy a ocupar de ella, de forma todavía muy fragmentaria, y muy titubeante, desde varias perspectivas (metafísica, física, biológica, sociológica/epistemológica, inter-personal, intra-personal y, finalmente, mística).

Pero antes creo que puede sernos de gran utilidad hacer el siguiente recorrido por eso que se llama “historia del pensamiento” (pensamiento/sentimiento en realidad):

1.- Vedanta advaita. El modelo implícito en el concepto mismo de verdad sería un engaño (un auto-engaño). No existe, “en verdad”, el dualismo sujeto-objeto. No cabe decir nada de la objetividad porque el objeto no existe. Solo hay sujeto. Solo hay actividad imaginativa de Brahman.

2.- Apara-Vidya [Véase]. Cabe una sabia renuncia a la sabiduría superior (la que diluye el concepto mismo de verdad)  para vivir en plenitud el despliegue existencial de Maya (de un mundo, el que sintamos como real). [Véase “Sueño” y mi concepto de “sueño amado”]. Ahí sí cabe la verdad, ahí es sagrada, ahí la mentira sí es un pecado. Y es ahí donde estamos ahora (en un lugar sagrado, extremadamente respetable, aunque sea una fantasía).

3.- Platón. La caverna. Sócrates da por válida la versión del prisionero que cree haber visto tanto la luz como las verdaderas causas de las sombras que los demás prisioneros dan por reales. Pero cabría dudar de su testimonio. Podría ser que aquel prisionero no se hubiera liberado, sino que, por el contrario, hubiera caído en el estómago dogmático-depredador de alguna secta. Y, gracias al poderío de su líder, ese prisionero “liberado” hubiese disfrutado, por fin, de la “Verdad”: de la paz y de la luz que envuelve -envuelve- al que ha visto lo que es verdad de verdad. Es muy probable que quien “comprende” sea, en realidad, “comprendido”, o “comprimido”… [Véase “Concepto“]. Por eso, creo yo, tantos sabios han repetido tanto eso de que “el que comprende, no comprende”.

4.- Aristóteles. De él proviene lo que después se ha llamado “concepción semántica de la verdad”: la correspondencia entre la palabra (o el signo en general) y la realidad. Pero los símbolos solo reflejan universales [Véase], que son fantansías útiles. Lo real no admite símbolo alguno, salvo que nos valga la palabra “Nada” [Véase].

5.- Escolástica. Hubo múltiples formas de acercarse al concepto de verdad. Habría que destacar la tensión intelectual, y emocional, que supuso para muchos de aquellos pensadores la existencia de dos tipos de verdades: la verdad de fe y la verdad filosófica (y la científica también). La definición de verdad que más éxito tuvo en la Escolática parece que fue la siguiente: adecuatio rei et intellectus. No obstante, aquellos pensadores que no otorgaron realidad a los universales optaron por utilizar la expresión “Veritas sermonis“. Verdad del discurso (intra-discursiva; o “intra-cósmica”, es  lo mismo). Al exponer mis ideas intentaré otorgar valor a este tipo de verdad, apoyándome sobre todo en principios éticos.

6.- Descartes. El discurso del método. Puedo fiarme de mis sentidos y de mi razón porque hay algo -Dios- que me asiste. ¿Me asiste para qué? ¿Para ser feliz? ¿Para mi plenitud dentro del mundo? Si, ¿pero quién soy yo? ¿Hasta dónde está dispuesto Dios a llegar para que se garantice mi plenitud? Creo que cabe conectar aquí con Berkeley y su idea de que Dios nos inocula realidad. Por amor. Sin más. Ahí no cabe conocimiento, sino, como mucho, gratitud; y plegaria. Cabría considerar aquí también la distinción que en su día hizo von Soden entre la verdad en sentido griego y la verdad en sentido judío. La primera sería equivalente a “realidad”. La segunda a fidelidad. Esta segunda presupondría, en mi opinión, la presencia de un ser libre y creativo capaz de modificar la realidad que se le presenta al ser humano (a sus seres queridos). La primera llevaría implícito un fijismo metafísico. No obstante, cabe visualizar el modelo judío como un sistema fijo en el que se desplegarían las conductas definidas en las Sagradas Escrituras.

7.- Hegel. No caben verdades parciales. Ni mentiras parciales tampoco. Todas ellas se ven anuladas y superadas a la vez  hasta llegar a la verdad absoluta; que es la que ofrece un sistema filosófico correcto (el de Hegel en concreto).

8.- Nietzsche. Hay que elegir entre la verdad y la vida. Verdad al servicio de la vida, de la supervivencia de la especie. Creo que cabe relacionar estas ideas con las propuestas de Umberto Maturana. Finalmente los cerebros (únicos hábitats de las ideas, según el modelo biologicista) fabricarían aquello que fuera óptimo para la supervivencia -y plenitud- del sistema viviente. Los sistemas vivientes no solo quieren sobrevivir (estar en el mundo). Quieren mucho más. En mi opinión, entre otras cosas, quieren alcanzar el estupor maravillado: esa sacudida inefable.

9.- Pragmatistas. La verdad como aquello que tiene fuerza motriz: lo que hace soñar, lo que consigue imponerse en el sueño lógico colectivo. Creo que una de las verdades más poderosas que han vibrado en el siglo veinte la poetizó Marx. Y sigue viva. Sigue hechizando. Sigue fabricando en muchas conciencias la “conciencia” de clase: de ser “trabajador”, por ejemplo.

10.- Ortega y Gasset. El hombre necesita saber a qué atenerse. Necesita algo a lo que agarrarse en el naufragio de su existencia.

11.- Post-modernidad. Lyotard (La condición postmoderna). Se trataría de ser conscientes -y quedar liberados- de los grandes metadiscursos que condicionan los distintos discursos verdaderos que se disputan las mentes de los seres humanos. ¿Cabe esa conciencia y esa liberación?

12.- Baudrillard (el gurú de los guionistas y actores de la trilogía Matrix). La pecaminosísima sociedad capitalista se habría estrangulado a sí misma en una especie de infierno semántico. El mapa y el territorio se habría entremezclado creando una sustancia a la vez letal (desde un punto de vista filosófico) y a la vez narcotizante.

Mis ideas -siempre en revisión- sobre el concepto de verdad se van ordenando así:

1.- En un nivel de conciencia advaita no cabe el dualismo verdad-mentira. No hay nada que conocer, no hay a quién mentir, no hay objetividad que registrar en un cerebro. Todo es imaginación dentro de la “mente” de un dios (por utilizar una palabra). En “verdad” lo que hay ahora, aquí mismo- es la Nada/Ser [Véase]. Para ocuparnos de la palabra “Verdad”, como de todas, hay que activar -y sacralizar- la sabiduría inferior: Apara-Vidya [Véase]. Yo soy un devoto de la ignorancia sagrada: la que sacraliza los mundos imaginarios en los que se va internando nuestra conciencia.

2.- Desde los modelos de la Física (que es una sabiduría inferior pero útil, y muy bella), cabe afirmar que “verdad” será la correcta reproducción de una parte -o el todo- del universo en un sistema inteligente (esto es, en otra parte del universo). Habrá conceptos (formas cerebrales) más capaces de recoger realidad exterior: más capaces de modelizar regularidades y de hacer predicciones. Habrá por tanto -en sí- leyes verdaderas y leyes falsas: habrá un sistema de conexiones neuronales que represente la verdad el universo. Y ese modelo, esa forma neuronal, será además comunicable a otros miembros de la comunidad humana. [Véase “Cerebro” y “Física“.]

3.- Desde la biología llama la atención cómo unos seres “vivos” intentan lanzar mensajes a otros (“mentiras”) para ponerlos a su servicio (al servicio de sus genes, por simplificar). El virus “miente” a la célula y consigue convertirla en un sistema esclavizado. Estamos ante un fenómeno cibernético [Véase “Máquina“]. Todos los seres vivos (el virus no llega a serlo en realidad) están implicados en una guerra cibernética sin cuartel, vida o muerte, nunca mejor dicho. La mentira es ubicua, sistémica, ineludible si ha de haber universo y vida en él.

4.- Saltamos a la sociología. Los grupos humanos organizados condenan la mentira. “No darás falso testimonio”. ¿Por qué? La economía, en concreto, requiere confianza. En el fondo somos un grupo de gente que camina junta, por la oscuridad, cogidos de la mano. Necesitamos manos firmes, honestas. No se puede caminar de otra forma. ¿Mienten los políticos? ¿Miente todo el mundo? No lo creo. Lo que ocurre es que las verdades se despliegan algorítmicamente a partir de las creencias no problematizadas. Una vez aceptada la mayor -la premisa que se muestra como verdad- el discurso ya está esclavizado: ya está dormido. Pero cabe incluso que ese discurso sea autocontradictorio y falte a sus propias verdades, o que haga saltos incorrectos desde el punto de vista de las leyes de la lógica. Y es que, finalmente, “los cerebros” (“las conciencias” si se quiere) segregarán las verdades que necesiten para su optimación vital. El político -y el ciudadano, que, por cierto, también es un “político”- pensará y dirá lo que más le convenga. Sí, ¿pero quién es él? Tengo la sensación de que, finalmente, todo mentir, y no mentir, son canalizaciones de una misma luz, de una verdad inefable. Todo se estaría haciendo desde el fondo del abismo. La mentira del político no es suya.

5.- La verdad y la mentira desde el punto de vista inter-personal. ¿Hay que decir siempre la verdad al prójimo, a nuestro prójimo? ¿Está antes la verdad o el amor? Pensemos en los Reyes Magos, esos seres maravillosos. Yo creo absolutamente en la veracidad: en el -dificilísimo-deber de no mentir, de no trasladar a otros realidades que nosotros creemos falsas (sin perjuicio de nuestra imposibilidad de tener la certeza absoluta de nada). La mentira es letal. Porque es una ingenuidad, una falta de perspectiva, una rotura de los cristales del alma, un escupir contra el viento. Tengo la sensación de que mantenemos estrechos vínculos telepáticos con las personas que nos rodean (o que ocupan nuestra conciencia). Todo se sabe. Y hay, además, algo misterioso al que no le gustan los mentirosos. Creo que cabe decir siempre la verdad (dentro de la comunidad humana), y hacerlo además con mucho respeto y con mucha ternura. Lo creo de verdad. Ese esfuerzo de veracidad propicia la irrupción de prodigios porque exige sacar lo mejor de uno mismo: elevarse muy por encima de uno mismo; precisamente para no tener que mentir sobre uno mismo; ni sobre nada en absoluto. Finalmente el mundo se eleva porque lo hace la conciencia donde ocurre ese mundo.

6.- El tema de la verdad también tiene una dimensión intra-personal. El mentiroso tiene la conciencia troceada y ensangrentada. Vive en la antítesis absoluta de lo que Ortega [Véase] denominó “coincidencia del hombre consigo mismo” y, también, en la antítesis absoluta de lo que significa realmente la palabra “Yoga”: “unión”: unión del cuerpo, de la mente y de la conciencia. No engañarse a uno mismo: valiente y generosa contemplación del yo fenoménico (el yo que aparece ante “nuestra” conciencia).

Pero para eso -para no necesitar del autoengaño- hay que ser muy generoso con uno mismo: amarse mucho (cosa dificilísima por cierto, más de lo que parece, mucho más que amar al prójimo). Última pregunta: pero… ¿qué es ese “uno mismo”? ¿Qué se ama?

Creo que amamos, cuando amamos de verdad, productos oníricos, sagradas fantasías (o “meta-verdades”) que brotan de nuestro sagrado y omnipotente abismo.

Creo que cabría decirle a Wittgenstein que ese abismo -omnipotente, libre, mágico por completo- sí tiene el poder de decidir cuáles van a ser sus propias creencias -sus verdades/sus hechizos- en cada una de sus autodifractaciones: en cada uno de sus mundos: en cada una de sus sagradas fantasías.

David López

Sotosalbos, 20 de junio de 2011.