Archivo por meses: marzo 2010

Las bailarinas lógicas. “Metafísica”

Metafísica.

A esta palabra, a esta bailarina lógica (que es preciosa), se le ha dicho muchas veces que no baile. O que baile, al menos, fuera de la pista en la que bailan las bailarinas de la Verdad, esas que llevan como nombres “Hecho”, “Física”, “Matemática”, “Conocimiento”, “Pragmatismo”, “Positivismo”…

Se la ha expulsado, paradójicamente, desde posiciones metafísicas más o menos inconscientes

La palabra parece que la inventó Andrónico de Rodas en el siglo I a.C. Bajo ese símbolo -“Metafísica”- se agrupó una serie de escritos de Aristóteles que se ocupaban de lo que este filósofo denominó “Filosofía primera”, “Teología” o “Sabiduría”. Estos libros fueron colocados después de los ocho que componían la “Física”. Así, una opción bibliotecaria instauró ya un visión sobre la totalidad: habría algo que estudiar, que pensar, que decir a otros, de lo que está detrás de la Física (entendiendo por “Física” lo que se presenta más o menos inmediatamente ante los sentidos).

Pero, ¿qué se presenta ante los sentidos? ¿Alguien lo sabe? ¿Qué vemos? ¿Alguien ve algo si se le pregunta qué ve, qué ve en la totalidad del ver?

Y, sobre todo: ¿cómo sabemos que, efectivamente, hay algo fuera de los sentidos “presentándose”, disponible para ser incardinado en un modelo mental de naturaleza verificable… con los sentidos? ¿Cómo salir de los sentidos para “ver” si hay algo más allá de ellos?

José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, afirma que no hay nada que pueda llamarse “la metafísica”: “Hay modos de pensar filosóficos muy diversos que conllevan diversos tipos de metafísicas, a menudo incompatibles entre sí”. Bueno, esa fue su Metafísica: la creencia en que existe pensamiento humano y modos distintos de pensar lo pensable.

Un primer uso de la palabra Metafísica (un uso que creo que puede ser útil para vislumbrar el poderío de las bailarinas lógicas que bailan en este diccionario) sería el que la convierte en sinónimo de la palabra “Filosofía”, pero en el sentido de Filosofía radical: aquella que aspira a dibujar un modelo donde se expliquen todos los hechos que se presentan en nuestra conciencia. Son muchos, ¿no? Salvo que hagamos el truco de coger solo lo que interesa a nuestras hipótesis, a esos sistemas legaliformes en los que nos cobijamos. ¿Cabe vivir en la intemperie meta-sistémica? Sí. De hecho es ahí donde vivimos.

La Metafísica podría ser entendida como una especie de competición entre retratistas: dibujantes que aspiran a hacer el dibujo final: el dibujo donde se armonicen todos los dibujos. Así, un buen sistema metafísico debería integrar y explicar el mundo entero (solo el mundo), incluidas las teorías metafísicas que compiten dentro de él, y el hecho de que exista esa competencia entre retratistas.

Pero la bailarina “Metafísica”, y también las que prohíben que baile, presuponen un modelo de totalidad. Ese modelo de totalidad, en el caso de la Metafísica entendida como actividad filosófica radical, implica la aceptación del dualismo: hay un objeto (la realidad en sí) y hay un sujeto: el filósofo-metafísico (o el científico de la totalidad, si se quiere) que quiere conocer lo que hay y apresarlo en conceptos comunicables a otros pensadores de su tribu. Eso ya es dar por real ese dualismo. Eso es ya creer en una Metafísica.

¿Cabe, entonces, saber algo, sentir (intelectualmente si se quiere)  lo que hay? Pero, ¿qué hay? ¿Qué es el Ser? ¿Qué presupone el mero hecho de construir la pregunta sobre el “qué”?

¿No será que eso que se denomina “Física” ofrece modelos que dan sentido a los hechos que una Metafísica, digamos “inconsciente”, suministra? Esto suena algo a Kant. Y a Berkeley. Pero no del todo.

Pero, ¿y si lo que hay fuera libre? Me refiero a la posibilidad de una Metafísica no legaliforme. Aseidad. Aquí ya nos alejaríamos de la Filosofía, incluso de la Teología, y nos adentraremos en ese camino de gloriosa disolución de toda legaliformidad que es la Mística [Véase]: nos adentraríamos en el silencio del que nacen todos los modelos de totalidad: todas las metafísicas posibles: todas las formas que el infinito tiene de autoconfigurarse y de autocontemplarse.

Y todo por arte de Magia: la única realidad que considero seria.

Nos adentraríamos en esa Tiniebla a la que me refiero con ocasión de la palabra “Luz” [Véase].

Antes de desarrollar  con algo más de detalle las sensaciones que he expuesto anteriormente, creo que puede ser de gran utilidad hacer el siguiente recorrido:

1.- La Metafísica de Aristóteles. La ciencia que estudia las primeras causas. Estamos ante la “Filosofía primera”. Ante la Teología si se quiere. Creo que no debería uno perderse la joya editada por Gredos, a partir de la traducción trilingüe de  Valentín García Yebra. Dice Aristóteles (Libro I, 2):

Pues esta disciplina comenzó a buscarse cuando ya existían casi todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y el ornato de la vida. Es, pues, evidente, que no la buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues ésta sola es para sí misma. Por eso también su posesión podría con justicia ser considerada impropia de un hombre. Pues la naturaleza humana es esclava en muchos aspectos; de suerte que, según Simónides, “solo un dios puede tener este privilegio”, aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada. Por consiguiente, si tuviera algún sentido lo que dicen los poetas y la divinidad fuera por naturaleza envidiosa, aquí parece que se aplicaría principalmente, y serían desdichados todos los que en esto sobresalen. Pero ni es posible que la divinidad sea envidiosa (sino que, según el refrán, mienten mucho los poetas), ni debemos pensar que otra ciencia sea más digna de aprecio que ésta. Pues la más divina es también la más digna de aprecio. Y en dos sentidos es tal ella sola: pues será divina entre las ciencias la que tendría Dios principalmente, y la que verse sobre lo divino. Y ésta sola reúne ambas condiciones; pues Dios les parece a todos ser una de las causas y cierto principio, y tal ciencia puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna.

¿Habrá algo -un Dios- que de verdad sepa qué pasa aquí, que se está moviendo en este gigantesco océano? ¿Y será posible que ese conocimiento, esa macro-Verdad, sea accesible a la condición humana? Aristóteles creyó que sí. El Nasadiya Sukta del Rig Veda, sin embargo, más de mil años antes de que naciera Arstóteles, dudó de que el propio Dios entendiera el origen de sí mismo.

2..- La postura de Kant: la metafísica, como “ciencia”, no permite conocer nada, pero es inevitable, y nos mueve, nos empuja, hacia el infinito. Kant prohíbe el baño en el océano de la Metafísica, pero describe un enorme modelo de totalidad (un modelo metafísico) sin posibilidades de verificación fuera de la maquinaria psíquica que él mismo describe (una maquinaria psíquica, la humana, capaz de crear una naturaleza newtoniana dentro de sí misma, a partir de algo exterior que esa maquinaria no puede conocer; ni ver siquiera).

3.- Schopenhauer: la Metafísica sólo se ocupa del mundo -ese es su límite como ciencia- pero es la ciencia que más datos es capaz de recoger en sus modelos. La Metafísica completaría a la ciencia en su intento de convertir el mundo en conceptos comunicables.

4.- Los anti-metafísicos: de Hume al neopositivismo, pasando por Compte, y culminando en el Círculo de Viena (una red de mentes hechizadas por Wittgenstein; y abandonadas más tarde por su hechicero: abandonadas en el abismo de la falta de fe en “lo puesto”, en lo “físico de verdad”). Todas la posturas anti-metafísicas presuponen una metafísica, férrea, que vertebra mentes y miradas: lo que el anti-metafísico llama “Física” es, en realidad, una fantasía provocada por una metafísica inconsciente.

5.- Ortega y Gasset: La “ante-física”. En varios lugares de este diccionario he recomendado esta obra excepcional: ¿Qué es filosofía? Bajo este título se agruparon once conferencias que impartió Don José en 1929. La primera tuvo lugar en la Universidad Central, que fue cerrada por razones no metafísicas. O quizás sí. Las demás fueron acogidas, primero en la sala Rex de Madrid y después, por el exceso de asistentes, en el teatro Beatriz. La Metafísica en el teatro. En el teatro del Mundo. En la lección cuarta se puede leer lo siguiente:

Donde acaba la física no acaba el problema; el hombre que hay detrás del científico necesita una verdad integral, y, quiera o no, por la constitución misma de su vida, se forma una concepción enteriza del Universo. Vemos aquí en contraposición dos tipos de verdad: la científica y la filosófica. Aquella es exacta pero insuficiente, esta es suficiente pero inexacta. Y resulta que esta, la inexacta, es una verdad más radical que aquella -por tanto, y sin duda, una verdad de más alto rango-, no solo porque su tema sea más amplio, sino aun como modo de conocimiento; en suma, que la verdad inexacta filosófica es una verdad más verdadera.

Y leemos también en esa lección cuarta:

No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta esta, pues, no meta-física, sino ante-física. Nace de la vida misma y, como veremos muy estrictamente, esta no puede evitar, siquiera sea elementalmente, filosofar.

Pero en realidad Ortega estaba siendo hechizado por una metafísica: ¿qué es eso de “la vida misma”? ¿Alguien lo sabe? Creo que la creencia de Ortega en eso de la vida como dato inmediato tiene una textura lingüística: es un modelo de totalidad fabricado por bailarinas lógicas (esos seres que contemplo, estupefacto, en el presente diccionario).

6.- La Física moderna: su conversión en pura especulación Metafísica si consideramos las reflexiones de tres epistemólogos del siglo XX: Popper, Lakatos, Feyerabend.

En este último punto ya estarán anunciadas mis propias ideas sobre el debate acerca de si hay o no que expulsar “Metafísica” del gran baile del conocimiento.

La guerra de los símbolos. No es más. Ni menos.

Y es que creo que toda Física es siempre una Metafísica: básicamente porque sus postulados hablan de lo que se no ve: las leyes de la Naturaleza no son perceptibles, sino inducibles-deducibles. ¿Postulables para dar explicaciones a las cosas, a las pocas cosas que se “ven”? No. No se ve nada. Para ver algo hay que dejar que funcione una maquinaria lingüística. Un sistema determinado de universales [Véase “Universales“].

Creo, además, que conocemos lo que nuestro cosmos [Véase cosmos] permite que conozcamos: él nos ofrece una determinada forma de cobijarnos (y de cobijar nuestro filosofar) en el infinito. Así, cualquier sistema metafísico, si es que ordena totalidades de hechos, está limitado a esos hechos, los cuales jamás serán todos los hechos. Porque todos los hechos no están ahí, sino que son construibles: son fruto de la Magia [Véase Magia]: de eso de verdad “serio” que está en el fondo de todo lo que ocurre ante cualquier conciencia.

En cualquier caso, la Metafísica es una de las actividades más sublimes que podemos practicar en cuanto seres humanos. Aunque sospecho que cuando se filosofa de verdad, cuando somos radicalmente metafísicos, no somos exactamente “humanos”; o mejor al reves, y dicho desde Aristóteles: cuando filosofamos -cuando somos metafísicos- es cuando actualizamos plenamente nuestra condición de hombres: cuando damos nuestro máximo: cuando llegamos a ser quienes somos.

¿Y quienes somos? Creo que somos esa Tieniebla a la que me refiero en la palabra “Luz” [Véase “Luz“]: algo incognoscible, infinitamente misterioso y oscuro, pero capaz de irradiar luz para todos los mundos posibles.

E imposibles.

Fichte dijo que “nada ilumina al yo, sino que él mismo es luminoso y la absoluta luminosidad”.

La imagen que preside este texto se le atribuye a Aristóteles. Yo creo que él disfrutó, de verdad, no quizás de La Verdad, sino del sublime placer que se siente al mirar y pensar lo que se presenta en nuestra conciencia.

El sublime placer de la Metafísica. No sirve para nada. Es un fin en sí mismo. Alguien podría llegar a pensar que quizás esa sea una de las razones por las que mereció la pena crear un mundo: para filosofar, para practicar la metafísica pura y dura.

David López

Las bailarinas lógicas : “Matemática”

Matemática.

¿Por qué me produjo siempre tanto rechazo esta bailarina?

Recuerdo aquellas pizarras oscuras como universos sin estrellas y sin almas en las que los profesores dibujaban la antítesis del olor a lilas que, en mayo, salvaba mi colegio.

Recuerdo mi estupor ante aquellos cadáveres de tiza que bailaban, disciplinados, patéticos, fieles a un dios oculto y despiadado que castigaba a los impíos con un verano sin piscina infinita.

Yo siempre me salvé de esa condena, no por devoción, sino por instinto de supervivencia: de supervivencia de mis sentidos y de mi imaginación.

La Matemática.

¿Es la ciencia de lo real de verdad? ¿Estamos en algo sometido a leyes simbolizables matemáticamente? ¿Existen los entes matemáticos más allá de la razón puramente humana? ¿Lo que ocurre es solo lo que permite la Matemática que ocurra? ¿Cómo podemos fundamentar la propia Matemática?

Dijo Einstein que en “la medida en que las proposiciones matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas, y en la medida en que son ciertas, no son reales”.

¿Entonces?

Matemática. Matemáticas…

Decían mis profesores que eran imprescindibles y que a ellas -¿ellas, en femenino?- les debíamos las delicias de nuestra tecnología: los puentes, la luz artificial que alumbraba aquellas aulas, los aviones, los coches, los satélites que miraban a la pizarra sin fondo del universo… Pero no recuerdo que nadie me hablara de la música, o puede que sí lo hicieran, pero también sin vida. Y quizás por eso mi cerebro (mi huerto infinito), que solo quiere fertilidad, lo haya olvidado.

Dicen las leyendas de la historia de la Filosofía que en la puerta de la Academia de Platón había un cartel que decía:

“¡Que no entre quien no sepa geometría!”

Yo no hubiera entrado. Nunca. No sé geometría. Pero esta frustración hubiera sido mayor si ese requerimiento lo hubieran establecido Tales de Mileto, o Nagarjuna, o Eckhart, o Nietzsche, o la propia María Zambrano, que, ante mi asombro –mi asombro por ignorancia- terminó por ubicarse en la tradición órfico-pitagórica: los devotos de los números.

Para Leibniz la Música era un inconsciente ejercicio de Matemáticas. Schopenhauer no estaba de acuerdo: la Música, para aquel Nietzsche al revés, era una forma de filosofar.

Y es que para Schopenhauer la Música expresaba mejor que la Filosofía la esencia del mundo (la esencia del infierno, pues este mundo sería el mal… una sublimación del mal, podríamos decir, que ofrecería paraísos sensitivos en el infierno).

Octavio Paz, el embajador-poeta, definió la Poesía como una mezcla de pasión y cálculo. Esta reflexión me recuerda la bailarina “Infinito”, donde sentí que no cabe imaginar existencia sin límite: un cosmos –eso que hace posible que algo sea algo en algo- requiere un aparato matemático: un sistema de límites que dibujan y desintegran bailes y bailarines en el magma de la Materia.

¿Es un Logos -un Verbo- la Matemática? María Zambrano sintió que estaba antes el ritmo -la Música- que la propia palabra. Sería así quizás la Matemática el fondo, el esqueleto inerte pero dinámico, mutante, de ese fuego consciente, hiperregulado e hiperregulador, del que habló Heráclito.

Pero para mí la Matemática –esa osamenta de la Música- ha sido siempre lo contrario: traía el infierno a mi mundo sin infiernos (eliminaba su color y su calor: lo empequeñecía, le quitaba fecundidad y posibilidad). ¿Por qué? Intentaré entenderlo, espero, mientras preparo este texto sobre las Matemáticas.

Y creo que me será útil ordenarme –matematizarme- así:

1.- Cuestiones básicas de la filosofía de la Matemática: la naturaleza de los entes matemáticos; la fundamentación de la Matemática; relación entre la Matemática y las ciencias en plural; la relación entre la Matemática y la realidad.

2.- El gran descubrimiento de Galileo: reducir todo a cualidades primarias, a lo que se puede medir. La gran lucidez de Berkeley: no se pueden separar las cualidades primarias de las secundarias: ese mundo “primario” no existe, es una abstracción. Un error. Útil.

3.- Leibniz, Schopenhauer y la Música.

4.- María Zambrano y “los números del alma”. Debe leerse El hombre y lo divino. Y también este precioso ramo de lilas de Clara Janés: María Zambrano (Desde la sombra llameante), Siruela, 2010.

Comparto ahora algunas reflexiones personales (y provisionales… yo soy también, de hecho, meramente provisional):

1.- La Matemática simbolizaría la Música de fondo que mueve un determinado cosmos. En cualquier cosmos –en cualquier Maya- todo ocurre conforme a una Música, que es un sonido –un latido caliente- que proviene de un corazón. Un corazón vivo, o al menos ansioso de vida.

2.- Si me dejo arrastrar por el autohechizo lógico anterior –y me voy a dejar- llegaría a la conclusión de que la Matemática expresa los latidos del corazón de un Dios (Dios entendido, claro está, como “Dios lógico”).

3.- Razón tenían –solo razón- los que querían enseñarme a bailar Matemáticas. Son útiles. Recordemos la “Materia” [Véase]: esos leños para construir cosas, que se sujetan juntos si quien los coloca sabe de baile. En caso contrario los constructos de leños se desmoronan. Y estamos aquí para construir; porque quizás, como vimos con las palabras “Aufhebung” y “Fe”, estamos involucrados en una gigantesca y prodigiosa construcción.

3.- Al ocuparme de la palabra “Logos” [Véase] confesé mi fascinación, y mi amor incluso, hacia el Logos –el orden- que me rodeó y me sustentó tras una noche en la que mi conciencia se vio arrastrada por viscosas cataratas de sueños, digamos, “metalógicos” (o “metamatemáticos”). Los sueños no parecen disponer de ese esqueleto bailarín y apaciguador que es la Matemática.

4.- Si la Matemática es símbolo del latido del corazón de un Dios -de un Dios con más carne que ningún humano-, entonces aquellos garabatos de tiza en las pizarras de mi infancia estaban aún calientes, por así decirlo, por la ilusión, y por la pasión, implícitas en cualquier Creación.

5.- Yo nunca supe ver que lo que el profesor pintaba en la pizarra podía ser, quizás,  lo que hacía posible el olor de las lilas (y quizás también la mirada furtiva de una niña rubia, metafísica, que incendiaba mi pecho en aquellas clases de Matemáticas).

6.- Finalmente quisiera sugerir la posibilidad –ya teológica- de que quepan tantos sistemas matemáticos coherentes como Creaciones posibles en la mente de Dios (¿hay alguna imposible?). Los que sepan de Matemáticas quizás piensen en David Hilbert.

7.- El infinito puede ser finitizado –musicalizado- de infinitas formas. La Matemática sería una Música que pondría en movimiento una finitud, y que regularía sus posibles mutaciones. Pero lo haría desde dentro de un pecho: ese que quiso que existiera un mundo donde hubiera lilas y miradas incendiadas y cielos como pizarras.

Si Dios es un matemático, es sin duda un matemático apasionado; es decir: un músico.

David López

Las bailarinas lógicas: “Materia”

El próximo miércoles 20 de marzo a las 12.00 horas (hora de Madrid) impartiré una conferencia on-line basada en el presente artículo. [Más información]

“Materia”.

Una palabra.  “Materia” solo -¿solo?- es una palabra.

Proviene del griego hyle. Este símbolo permitía transmitir y compartir tribalmente un modelo de mente, un concepto: algo así como el que nosotros sentimos con el símbolo “madera cortada” o, también, “materia prima con la que hacer cualquier cosa”. En latín el símbolo fue materia, y el concepto a él asociado sería algo así como “madera para cualquier tipo de construcción”.

¿Y qué se construye con la materia? ¿El mundo? ¿Es el mundo una suma de cuerpos materiales que bailan y mutan, esclavizados, al son de unas leyes que lo explican, o que podrían explicarlo, todo?

¿De qué está hecho un sueño por fin conseguido? Me refiero, por ejemplo, a un beso en los labios de una mujer amada.  ¿Está ese beso -y los corazones y las fantasías en él entrelazados- constituido por átomos muertos sometidos a leyes físicas tan implacables como muertas?

¿Por qué la mayoría de las metafísicas tienen pavor a la vida, a la libertad, a la creatividad?

¿De qué está hecha la materia de los sueños?

Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real. Shakespeare escribió esto en la primera escena del cuarto acto de La tempestad:

Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits and
Are melted into air, into thin air:
And, like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp’d towers, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea all which it inherit, shall dissolve
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on, and our little life
Is rounded with a sleep.

Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada por un dormir.

Cabe preguntarse: ¿quién –o qué- duerme en ese dormir que envuelve todas las vidas? Y, sobre todo, ¿ese soñador es creador? ¿Cabe moldear la materia o está ya eternamente sometida a leyes inconscientes de sí mismas?

La materia. Antes de exponer mis propias ideas/sensaciones, recomiendo echar un vistazo a los siguientes temas:

[membership]1.- La pregunta por el Arjé en los presocráticos: ¿De qué está hecho todo? El hylozoísmo de Tales de Mileto: la materia está viva, tiene alma (espíritu). Y todo está lleno de dioses.

2.- La materia en Aristóteles: “aquello con lo que algo se hace”.

3.- Neoplatónicos (Plotino, Proclo, Simplicio y Jámblico): materia como puro receptáculo sin cualidades ni medida. Recomiendo una vez más el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, ahora en concreto su artículo “Materia”.

4.- La  materia en el pensamiento cientista y en el pensamiento mágico. Materia esclavizada versus materia libre.

5.- Dualistas. La materia en la metafísica Samkya: el sufrimiento y la esclavitud derivan de identificarse con la experiencia psíquico-mental (la prakriti o materia). Los Charvakas de la India antigua: La materia es la única realidad. El dualismo de Descartes: mente y cuerpo como realidades diferenciadas.

5.- La materia en las Física actual. La definición del CERN: “All ordinary matter in today’s universe is made up of atoms. Each atom contains a nucleus composed of protons and neutrons (except hydrogen, which has no neutrons), surrounded by a cloud of electrons. Protons and neutrons are in turn made of quarks bound together by other particles called gluons. No quark has ever been observed in isolation: the quarks, as well as the gluons, seem to be bound permanently together and confined inside composite particles, such as protons and neutrons”. Recomiendo entrar en este enlace: A.L.I.C.E.

Procedo ya a exponer algunos esbozos filosóficos personales:

1.- Creo oportuno diferenciar entre materia como “masa” informe con potencialidad para adoptar formas (lo que para los neoplatónicos era un receptáculo sin medidas ni cualidades) y materia como “lo que llena el espacio”, o “conjunto de cuerpos físicos”, o “variaciones de densidad en un campo unificado”, etc. La primera concepción de “materia” sugiere una especie de nada que podría ser cualquier cosa. La segunda es ya un algo legalizado. Veo más vida (más verdad) en el primer tipo de materia.

2.- Si la materia es esa masa in-formable, cabría imaginar una “masa” prodigiosa que tuviera, a la vez, infinita potencialidad (infinita capacidad para adoptar formas, para ser una natura naturata) e infinita potencia creativa (natura naturans). Esa “masa” prodigiosa sería Dios –el Dios metalógico-: siendo Nada puede fabricar consigo mismo cualquier mundo.

3.- Creo que los términos Materia, Maya y Magia significan lo mismo: nombran la esencia del espectáculo que se presenta ante nuestra conciencia. Y en ese espectáculo estarían incluidos nuestros pensamientos y nuestro propio yo tanto psíquico como óptico (lo que aparece ante los espejos, lo que vemos en las fotos, la parte de cuerpo visible desde donde están nuestros ojos…). Estoy de acuerdo con Schopenhauer en que somos los secretos directores de esas obras de teatro.

4.- Según lo anterior me considero materialista. Amo la materia. Amo la textura –a veces feroz- de este sueño prodigioso. Mi rechazo al materialismo, digamos, dualista (el que distingue entre materia y espíritu) se deriva de su desprecio hacia los mundos.

5.- En estado de meditación podemos experimentar algo que me gustaría denominar “la materia pura”.  Nuestra conciencia siente que esa nada que es experimentada en meditación  [Véase “Ser/Nada”] podría autoconfigurarse en cualquier mundo imaginado: cualquier Creación podría ocurrir en esa prodigiosa Nada.

Vuelvo ahora a aquel sueño en el que pude tocar las ramas de un árbol. ¿Qué sentí en realidad mientras acariciaba ese vegetal onírico, mientras respiraba el aire y la luz de “mi “propia imaginación?

Sentí estupor maravillado: dos sensaciones que desencadenan el impulso filosófico con enorme fuerza.

David López

Las bailarinas lógicas: “Mal”

Mal.

Una bailarina que impone respeto. Que da miedo incluso.

¿Quién no teme la irrupción en su conciencia de una realidad que suponga la antítesis absoluta de su modelo ideal de mundo?

¿Cabe imaginar un horror semejante?

Yo lo he intentado. Es una experiencia que no aconsejo.

Y es que el Mal está asociado al sufrimiento. Es malo lo que produce sufrimiento. Pero, ¿es malo el sufrimiento? ¿Cuántas maravillas, cuántas prodigiosas transformaciones, cuántos nuevos cielos le debemos cada uno de nosotros al sufrimiento?

La imagen que sobrevuela este texto muestra dos manos dibujándose recíprocamente: dándose el ser a la vez. Una mano podría ser el Bien (no sabemos cuál, son iguales); y la otra el  Mal. Ninguna de ellas puede existir sola: necesita a su contraria para señalar su límite exterior (para perfilar lo que no es).

Pero las dos manos fueron dibujadas por Escher en 1948. Y es que los sistemas dualistas –Bien/Mal- han de ser creados. Y lo son por la gran diosa de la que me ocupé en la conferencia anterior: Vak: el Logos: la Palabra.

Porque “Mal”, ante todo, es una palabra.  Una bailarina lógica. Una palabra sobre la que se han dicho muchas palabras. Un vez más he aprovechado el gran trabajo que realizó José Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía. Curiosamente, al ocuparse del Mal, este filósofo aumentó su potencia taxonómica: su destreza para ordenar –reducir- tormentas lógicas. Quizás, para vencer al Mal, haya que atravesar su desordenado pecho con una estaca sistémica.

Yo trataré de vencer al Mal en estos breves apuntes con la siguiente estaca sistémica:

1.- Vedanta advaita: el bien y el mal son Maya.

2.- Heráclito: para el dios todas las cosas son hermosas y justas, pero los hombres consideran unas justas y otras injustas.

3.- Pitagorismo: el mal es lo ilimitado. Referencia a palabra infinito y a Stefan Zweig.

4.- Platón: el Mal está en la caverna. María Zambrano: la Poesía es el infierno. Esta idea se puede encontrar en esta obra exquisita de Clara Janés: María Zambrano (Desde la sombra llameante), Siruela, Madrid, 2010.

5.- Plotino: el Mal como insatisfacción, como pobreza completa. Maestro Eckhart: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos.

6.- San Agustín: el Mal es alejamiento de Dios. Aquí haré referencia a Cristo como Verbo (como modelo de mente, y por tanto de cosmos). Y me apoyaré en mi felicitación de Navidad.

7.- Leibniz: el Mal no existe cuando se contempla el universo en su conjunto.

8.- Schopenhauer: el mundo es el Mal.

9.- Nietzsche: El superhombre como creador de valores… Escher pintando las manos del Bien y del Mal.

10.- Sartre: el hombre como ser condenado a la libertad; a la libertad de instaurar el Bien y el Mal.

11.- La Mística como superación del dualismo Bien-Mal. El Tapas indio: sufrimiento creativo.

Ofrezco ahora algunas reflexiones (muy provisionales):

1.- El Mal sólo existe para una conciencia –o un nivel de conciencia- cosmizado; esto es: hechizado por un Logos.  El Mal disminuye según aumenta nuestra conciencia.

2.- Cada Logos concreto instaura una idea suprema de Belleza –o de Bien- que rije ese cosmos. Lo malo –el Mal- será la idea antitética a esa idea suprema. Cada uno de nosotros puede encontrar en su interior ese Mal, esa Fealdad, absolutos: el horror máximo: el máximo alejamiento de Dios en cuanto Dios lógico (aquí cabría incluir el dios Democracia, o el dios Naturaleza-ecologismo, etc).

3.- Habría un Mal mucho más poderoso que el imaginable como antítesis de nuestro modelo ideal de realidad. Me refiero a ese Infinito que acecha y fertiliza todos los cosmos –y todos los logos, incluido el de Jesucristo-. Sería el Demonio, el verdadero demonio, porque representa el desorden radical.

4.- Pero ese Demonio atroz –una amenaza tanto para el Bien como para el Mal- cabe denominarlo también Dios (Dios metalógico me permití llamarle yo). Pero siendo amenaza, es también alimento y es también esperanza: los mundos necesitan respirar la brisa de ese océano metamoral. A ese “lugar” accede –o regresa- el místico. Y descubre que es su verdadero yo: que él es el fondo, el fondo creador, de todos los logos, de todos los dioses lógicos, de todos los mundos.

5.- Esa omnipotencia se confina en mundos y adopta conciencias limitadas, menesterosas, sufrientes, ignorantes. Y dentro de los cosmos ocurre algo llamado amor: una fuerza de cohesión que sostiene esos sueños (los mundos), que les otorga tanta materia como sea posible para que no se diluyan: para que no se evidencie que están hechos de nada en la prodigiosa nada de la mente de Dios.

6.- Yo estoy algorítmicamente confinado en uno de esos mundos, amando, sosteniendo con todas mis fuerzas los pilares del modelo de realidad en el que creo –o que creo-. Desde este nivel –que no es de lucidez, sino de enamoramiento- sí cabe decir lo que es el “Mal”. El Mal, para mí, es, por ejemplo, lo que perturbe el reposo, o la vida, o los sueños, de mi hijo Nicolás (que ahora, mientras escribo sobre el Mal, está durmiendo, feliz, creo de verdad que feliz, bajo unas estrellas que puse en el cielo de su cuarto).

Ya he afirmado en otras ocasiones que somos magos (autodifractaciones de una Nada omnipotente).

En este caso se podría decir que somos magos autoconfigurables: magos que se pueden exorcizar a sí mismos (realizar prodigiosas depuraciones cósmicas desde su propio interior). En la conferencia ofreceré algunas técnicas que a mí me han funcionado.

Entre todas ellas destacaría la oración: meter las manos del alma, con fuerza, con determinación, con implacable amor, en nuestras arcillas interiores (el mundo se cambia desde dentro). Podemos ser nuestros propios exorcistas. Pero hay que hacerlo con cariño, no con afiladas estacas de madera.

No hay que ser demasiado duros con el Mal: gracias a él – y al sufrimiento que causa- puede existir este mundo: este mundo del que confieso estar locamente enamorado… a pesar de todos sus males.

A pesar de saber que es un sueño.

Un sueño que hay que seguir soñando con todas nuestras fuerzas. Por amor a los seres que aparecen en él.

David López