Archivo por meses: junio 2010

Las bailarinas lógicas. “Universales”.

Universales. Es una palabra que nombra un problema filosófico: una preciosa y revitalizante tarea para el pensamiento. Algunos filósofos, como Cassirer, consideraron que el problema de los “universales” es un pseudo-problema. ¿Cuál es ese problema que quizás ni siquiera exista?

Pues, una vez más, las dichosas palabras (nuestras bailarinas mágicas). ¿Existe, más allá del lenguaje, eso de “flor” o “agua” o “dinosaurio” o “cuatro” o, incluso, “hombre”? Platón intentó introducir en el pensamiento humano la certeza de que existen las ideas en sí, con independencia de que sean o no pensadas por los hombres y registradas o no en los lenguajes de los hombres. Schopenhauer, milenios después, al dibujar su modelo físico y metafísico, no supo muy bien dónde ubicar esos escurridizos seres platónicos.

No les gusta a las bailarinas lógicas que las toquen. Ellas están para bailar y hechizar: para que haya algo en lugar de nada, y para propiciar estupor maravillado.

San Pedro Damián (1007-1072) afirmó en su obra Sobre la perfección monástica que los estudios gramaticales los había iniciado el Diablo. Quizás tuviera razón: el lenguaje podría ser más de lo que imaginamos. Algo divino (creador de nuestro ser y del ser del mundo entero). Así lo creyó Ibn Arabi, cuya imagen sobrevuela estas notas.

Creo que el tema de los universales tiene un interés extraordinario: agranda la mirada, la libera, la abre a otros mundos, y propicia la irrupción en nuestra conciencia de lo inefable (de lo divino si se quiere). La meditación requiere un silencio total: un silencio que desactiva los universales, que diluye la aparente división del mundo en “cosas” recortables en virtud de sustantivos. Ese es el Gran Silencio desde donde es posible sentir lo que hay (o desde donde “lo que hay” se siente a sí mismo).

Antes de exponer algunos apuntes y vértigos personales sobre los universales, me parece oportuno tratar los siguientes temas:

1.- El estatus ontológico de los universales: cuál es su tipo de existencia. La traducción que Boecio realizó al Isagoge de Porfirio.

2.- La solución realista: universalia ante rem. Guillermo de Champeaux (1170-1121): los universales existen antes que las cosas concretas -que el león concreto, que el ejecutivo concreto- pero su existencia es de otro tipo (no estarían situados en el espacio/tiempo). El mundo de las ideas según Platón.

3.- La solución nominalista: universalia post rem. Roscelino de Compiegne (1050-1120): los universales son flatus vocis (emisiones de voz vacías, sin nigún valor semántico, no se refieren a nada). Solo existen las cosas individuales. Gorgias. “Conceptualismo”. “Terminismo”.

4.- Posición intermedia. El realismo moderado. Pedro Abelardo (1079-1142): (desde Aristóteles) el universal es lo predicable de varios entes. No es, por tanto, una cosa. En realidad solo existen individuos compactos (materia con forma). En el proceso cognoscitivo se extraen aspectos aislados -color, tamaño, etc- que permiten encontrar similitudes entre individuos: rasgos comunes que permitirán hablar de especies (mujeres, nubes). Los universales como sermo, un razonamiento que surge a partir de unas abstracciones.

5.- Epistemología del siglo XX: instrumentalistas versus realistas. ¿Las teorías científicas -esas redes coherentes de universales- describen lo que hay? ¿Existe, en sí, más allá de los cálculos, la ley de la gravedad? Popper: la palabra “agua”.

6.- Nietzsche. Fröhliche Wissentschaft [La ciencia alegre]. Aforismo 121: “Nos hemos construido un mundo a medida para poder vivir -suponiendo que hay cuerpos, líneas, superficies, causas y efectos, movimiento y reposo, forma y contenido. ¡Ahora nadie podría vivir sin esos artículos de fe! Pero no por eso quedan demostrados. La vida no es un argumento; entre las condiciones de la vida podría estar el error”. Aforismo 189:  “Es un pensador: esto quiere decir que es un experto en hacer las cosas más simples de lo que son”.

Y estas son mis reflexiones, por el momento:

1.- El nominalismo es absurdo. No cabe hablar de leones concretos antes de que esté activada en la mirada el universal “león”. El león es el efecto de la interiorización de un universal: es consecuencia de una programación de la mente/la mirada.

2.- Los universales son disciplinas de la mirada. Son tijeras metafísicas que recortan lo que se presenta ante la conciencia en aparentes individualidades que se repiten. Quizás sería mejor hablar de tijeras “ante-físicas”, apoyándonos en un lúcido neologismo de Ortega y Gasset.

3.- Los universales no son anteriores ni posteriores a las cosas. Las “cosas” son palabras. Va todo en la misma frase. Tampoco sale de la frase la palabra “realidad”. El lenguaje no tiene palabra para nombrar lo que haya fuera de él.

4.- El mundo mismo es una abstracción: es una especie de lámina donde se han pegado los recortables exigidos por la estructura de nuestros universales lingüísticos. Podríamos decir que el “mundo” (lo que parece que hay ante el observador humano), es lo que le pasa a lo inefable cuando es observado a través del filtro de las palabras. Si se pudiera mirar sin palabras, accederíamos al infinito. No veríamos “nada”, en el sentido de que no veríamos la concreción de ningún universal, ni presente ni futuro. Nos veríamos a nosotros mismos tal y como somos “en realidad”: sin forma, libres, omnipotentes, no legaliformes.

5.- Toda “cosa concreta” es ya un universal: una serie de impactos sensibles, desplegados en un vector de tiempo, son luego agrupados en una unidad. Pensemos en una persona concreta (Juan, María): suponemos que es una cosa concreta, siempre, eso que se nos presenta, eso que vemos, pero en realidad experimentamos una pluralidad de impactos espacio/temporales que luego agrupamos en una unidad. ¿Cómo sabemos que es la misma cosa esa Sofía de la playa, hace diez años, que la que ahora nos habla en un bar? Y es más, ¿cómo sostener la concreción (la multi-individualidad que sostienen los nominalistas) si tenemos presente que Sofía es una manada de células individuales? ¿Y cómo podemos recortar a Sofía en el magma meta-material que se vislumbra en el interior de los átomos?

6.- Cabe preguntarse de dónde salen los universales (esas formas de finitizar el infinito). Una respuesta podría ser que surgen de nuestra adaptación al medio. El universal víbora me permite predecir el comportamiento de ese reptil y no cometer el error de acariciarlo, con ternura, cuando me lo encuentro bajo los cielos de Segovia. Podría decirse que una buena interiorización de la estructura de los universales me permite sobrevivir. Sí. Pero sería un grave error equiparar lo que hay con el dibujo de mundo que surge de mis necesidades de superviviencia biológica (de supervivencia en esta forma, en esta finitud). Recordemos el aforismo de Nietzsche (el 121 de la Ciencia alegre).

7.- Más aún: yo mismo, mi yo, digamos “objetivo”, ante mi conciencia (esa caja que no veo pero que recoge todos los mundos), es un universal: “he” agrupado en una unidad millones de impactos y he creído que eso soy yo: las imágenes y sensaciones del cuerpo, los recuerdos, los pensamientos. Aquí cabría remitirse a Hume y al budismo. Y nos abismaríamos en esta idea del Maestro Eckhart: “yo he querido que exista Dios y yo mismo”.

8.- Ya nos adentramos en la hoguera lógica de la Mística. Ya atisbamos lo que pasa si nos atrevemos a desactivar los universales. Ese es el objetivo de los koanes en el Zen.

9.- Un artista, si es verdaderamente creador, sería capaz de incorporar nuevos universales a otras mentes que estén en red con la suya. ¿Cuántos universales son todavía posibles? O, lo que es lo mismo: ¿cuántos mundos son todavía posibles?

10. Los universales son, a su vez, un universal (un género). Como lo es el universal “cosa concreta” o “individuo”. Aquí entramos en paradojas matemáticas. A las bailarinas lógicas, como a los magos, no les gusta ser contempladas desde demasiado cerca.

Cabría decir, dentro de la prodigiosa cárcel de universales desde la que escribo, que hay algo descomunal, infinito, que fabrica, desde la omnipotencia y la libertad,  algo así como máquinas metafísicas para mirarse a sí mismo. Para mirarse/ o finitizarse/ o crearse. Es lo mismo. Las formas de aparente autofinitización de ese infinito serían eso que desde este mundo (desde este lenguaje) llamamos “universales”.

Y la mente humana sería esa prodigiosa máquina metafísica: el taller de los mundos (si es que es solo “humana” nuestra mente).

David López

Las bailarinas lógicas: “Tiempo”

Tiempo. Una de las más impactantes invisibilidades. El “Tiempo” no es visible, solo postulable: necesario para que tenga sentido la caja lógica donde suponemos que existe lo que existe.

Es una bailarina lógica fascinante, poderosa: es capaz, junto con “Espacio”, de construir una estructura metafísica. Y física…  aunque llevo años sospechando que toda Física es en realidad una Metafísica: todo modelo del universo (por muy demostrado que parezca) es siempre hipótesis, postulado: algo que se supone que debe existir -aunque no se vea- para que lo que se ve esté ordenado y sea previsible.

Si es que se ve algo.

¿Qué es el “Tiempo”? No tengo ni idea. Pero me sobrecoge que ese supuesto ritmo omniabarcante pueda ser medido (sobre todo si se mide con instrumentos tan bellos como el que aparece en la foto). Los relojes son aparatos fascinantes porque miden una fantasía.

En realidad no sé muy bien tampoco qué se está haciendo cuando se pregunta sobre el qué de algo. Pero quizás pueda compartir lo que siento frente a esa prodigiosa -y letal- bailarina lógica si antes me ocupo de ella desde estos puntos de vista:

1.- Aristóteles: el presupuesto fundamental del Tiempo es el cambio: el espectáculo que nos rodea es cambio permanente. Lo cambios se producen en el Tiempo. Si nada cambiara no habría Tiempo. “El tiempo es la medida del movimiento según el antes y el después”.

2..- La estética trascendental de Kant: el ser humano recibe lo “de fuera” (la “cosa en sí”) y lo mete en el Tiempo. No hay Tiempo más allá de la maquinaria psíquica humana. La aritmética -que mide el Tiempo, que mide nuestra bailarina de hoy- en realidad, desde Kant, sería una antropología.

3.- El eterno retorno de Nietzsche: ¿seríamos capaces de dar un absoluto sí a nuestra vida -entera-? ¿Nos atreveríamos a vivirla, en absolutamente todos sus momentos, una y otra vez, a lo largo de la eternidad?

4.- El Tiempo en Bergson [Véase]. Dijo este gran pensador que aquí “nos esperaba una sorpresa” y que los positivistas no eran consecuentes porque no eran fieles a los hechos ( lo que se presenta). El tiempo real, según Bergson, entendido como el tiempo tal y como es experimentado (como se presenta en la conciencia) no coincide con el tiempo de la mecánica (del mecanicismo de las ciencias naturales). En el tiempo de verdad los instantes no se suceden ordenadamente, no se “espacializan” como parece indicar la esfera de un reloj. En realidad se trata de un flujo no divisible. Habría instantes que podrían prolongarse en la conciencia para siempre y otros, de la misma duración -mecánica, o “física”- que desaparecerían para siempre. Los instantes del tiempo de la conciencia (que sería el tiempo real) estarían interpenetrados, siempre vivos: nuestro pasado nos estaría siguiendo, como parte del presente, fecundando el presente. Los momentos de la conciencia no serían medibles, no cabría identificarlos como unidades homogéneas, y menos sistematizables tal como lo haría la matemática y la mecánica. La ciencia -que presupone ese tiempo homogéneo, divisible, ordenable, espacializable- sería útil, pero no veraz: comprimiría y falsearía lo que de verdad, empíricamente, se presenta ante la conciencia humana… Podríamos decir, desde Bergson, que el positivismo del método científico no sería realmente “positivista”.

5.- Heidegger: Ser y Tiempo. El ser humano está condenado a la muerte: al no ser ya nunca. El vivir como un absurdo e innecesario tobogán letal. Heidegger fue un creyente en la finitud. Yo no.

A partir de aquí, compartiré algunas reflexiones muy provisionales. Espero algún día poderme ocupar con mayor profundidad de esta fabulosa bailarina lógica. Las reflexiones serán más o menos éstas:

Para sostener la metafísica del Tiempo hay que sostener, previamente, que el sujeto (el observador) está siempre en algo llamado “Presente”, pero que hay una fuerza, digamos, estructural, que le “empuja” a otro presente. Y a otro. Y a otro. Siempre. Así, desde esta metafísica, nunca se puede estar en el presente, ni siquiera un “instante”, pues todo “instante” tendría una duración (cabría visualizarlo, matemáticamente, como una linea  infinitamente subdivisible). Esta gran paradoja del Tiempo ya la había visto Aristóteles; y fue brillantemente sentida y descrita por San Agustín: “Cuando no me lo preguntan, lo sé; cuando me lo preguntan no lo sé”.

Respecto de eso que llamamos “futuro” nos vemos obligados a sostener su no ser. No ser “ahora”. Pero, como hemos visto antes, el “ahora”, el “presente”, digamos, neto, o absoluto, es imposible; o al menos imposible desde el punto de vista matemático (desde el modelo de conciencia que fabrica esos precisos artefactos que llamamos relojes: la aguja nunca para). El futuro, no obstante, parece ser el lugar donde se desplegarán los efectos de nuestra libertad, de nuestra creatividad, de nuestra fe: es el universo todavía por ser creado. Eso creen los que creen en el Progreso [véase]. Por último, habría una convicción, derivada del paradigma metafísico sobre el que se construyen la mayoría de las Físicas actuales, de que el futuro es invisible. Que -ahora- no tiene ser en absoluto. Aunque cuando lo tenga, lo tendrá todo.

El pasado. Es algo a lo que se le otorga el “haber sido”. Me ha impresionado siempre el sonido del fuego invisible que aniquila los instantes. Este instante en el que escribo, junto a unos árboles inquietos, bajo un cielo de azul mate, con las manos soñadoras, pero algo cansadas; este instante, digo, ha dejado su ser por la frase, por el río temporal-letal que lo barre todo: o que lo acumula, como mucho, en esa especie de almacén psíquico que es la memoria. Y ahí, este instante (bueno, mejor dicho, aquel instante que recogió mi frase), vivirá como un espectro, sometido a los caprichos, a los jugos gástricos, de mi memoria. Es el fuego letal de la preterización.

Podría decirse que el Tiempo no existe porque ni el presente ni el pasado ni el futuro tienen jamás existencia. El Tiempo es un baile de esa bailarina prodigiosa que la India antigua bautizó como “Maya” (Magia). Pero esto no implica que esa no existencia, ese baile irreal, no sea sacralizable. Siendo más nietzscheanos que Nietzsche, podríamos asumir nuestro papel de sacerdotes de Maya: coadyuvar a los hechizos, aumentar la capacidad de hechizo y de fascinación que tiene ese no-ser (esa fantasía que toma nuestras conciencias).

¿Qué otra cosa es una Creación?

Llegados a este punto, quisiera proponer algo así como un arte de la memoria. Pero no en el sentido dogmático/realista: no desde la presuposición de que hay -ahí- un cosmos objetivo que presenta elementos memorizables, sino desde la creencia en el Arte y en la Libertad. Así, cabría volcar todo nuestro esfuerzo en embellecer este Presente (lo que será memorizado en definitiva). Cabría fabricar memoria: instalar obras maestras del existir que fueran visitables desde cualquiera de los puntos del vector de nuestra vida (de lo que llamamos vida en este nivel de conciencia -me refiero al nivel de conciencia humano puro y duro, no al “iluminado”).

Pensemos en los niños: cada instante que podamos construir para ellos, cada paraíso, estará ahí, en su memoria, visitable siempre, como el que visita un templo sagrado. De ahí que un abuso sexual -o cualquier otro- sea un terrible crimen; más terrible de lo que imagina el ciego que lo perpetra: un abuso sexual instala un infierno en la memoria.

Nuestro desafío, como artistas metafísicos -como magos que somos-, sería  fabricar obras maestras del “presente” (aunque en puridad no exista “el presente”) para que, una vez incorporadas a la memoria, se conviertan en paraísos infinitamente visitables.

Yo intenté fabricar un paraíso de la memoria para mi hija hace doce años. Lo hice, deliberadamente, bajo unas estrellas que apenas dejaban materia oscura en el cielo, sobre la arena de una playa atlántica. Ella tenía cuatro años y quería que le contara un cuento. Mientras se lo contaba, mientras mis palabras se mezclaban con el rugido de las olas, sus ojos vibraban como si, a través de ellos, alguien hubiera sido capaz de asomarse, otra vez, eternamente, a un paraíso.

¿Qué es un paraíso sino un Tiempo sublimado desde el pasado, desde el presente y desde el futuro?

David López

Nueva crítica literaria

                        

        Vicente Verdú: Capitalismo funeral, Anagrama, Barcelona, 2009.

        La crítica que he realizado de esta obra apareció publicada en la edición de mayo de Cuadernos Hispanoamericanos (Agencia Estatal de Colaboración Internacional). También se puede leer entrando aquí: Vicente Verdú, el Apocalisis y el templo de Facebook.pdf

        El resto de mis críticas se pueden leer en la página “Críticas literarias”, o directamente desde aquí: https://www.davidlopez.info/?page_id=173.