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Las bailarinas lógicas /Un diccionario filosófico: “Arte”

El próximo domingo 24 de marzo a las 20.00 horas impartiré una conferencia on-line basada en el presente artículo. [Más información]

Lo que aparece sobre esta frase es una fotografía de un cuadro que pintó Jackson Pollock en 1948.  Se dice que un mejicano llamado David Martínez Guzmán pagó por poseer ese objeto ciento cuarenta millones de dólares. Se dice también que, al día de la fecha de este texto, es el cuadro por el que más dinero se ha pagado jamás. Quizás estemos ante la porción de materia más cara del universo. Un cuadro. Materia transformada por la mano humana, por el corazón humano: materia mutada dispuesta a producir estados de conciencia excepcionales a quien la observe.

Estamos ante una obra de Arte. ¿Qué es el Arte?

La Real Academia Española ofrece esta sobria definición: “Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Esta Academia ofrece otras definiciones para el arte entendido como habilidad humana, como virtud, como técnica, etc. No me voy a ocupar de ellas aquí.  Mi propósito es aproximarme a eso que sea el “Arte” desde dos perspectivas: la metafísica (la filosófica) y la puramente física (si es que sostenemos que la Física no es, en realidad, una Metafísica).

Desde la Metafísica [Véase] surgen, como mínimo, estas preguntas: ¿Qué es el Arte, qué lugar ocupa en la gran dinámica de la totalidad? ¿Cabe dibujar un modelo de totalidad en el que incluir el fenómeno del Arte? ¿Es el Arte un fenómeno crucial, una muestra privilegiada,  para acometer una profunda antropología, o una psicología si se quiere, o incluso una sociología no cegada por los límites que impone su objeto de estudio?

Desde la Física, por su parte, surgen preguntas fascinantes: ¿Cómo visualizar, desde un punto de vista radicalmente físico, o materialista, el fenómeno del Arte: la inspiración, la creación, la comunicación de lo creado, la alteración del estado de conciencia del receptor de la obra? ¿Qué es, físicamente, molecularmente, o cuánticamente, una obra de Arte como la Piedad de Miguel Ángel o la Pasión según San Mateo de Bach? ¿Cómo visualizar a la vez, matemáticamente si se quiere, al creador de la obra, a la obra misma -vibrante, voraz- y al receptor? ¿Qué le pasa a la materia -a toda la materia implicada- cuando suena la Pasión según San Mateo de Bach? O dicho más descarnadamente: ¿Qué le pasa a la materia, a mi materia, cuando yo soy tomado, físicamente, por ese ser invisible que creó Bach y que nos acecha desde la zona invisible? [Véase  aquí “Física”].

La Pasión según San Mateo de Bach no existe, no tiene un lugar concreto en el mundo de lo perceptible: es, por así decirlo, una idea, en sentido platónico, creada por un ser humano (que es otra idea), y dispuesta a dar forma a la materia: es una especie de modelo de existencia (una forma de vibración artificial pre-programada), que no tiene, paradójicamente, existencia material. Ésta será mi tesis fundamental sobre el Arte.

Creo que puede ser útil hacer las siguientes paradas por la Historia de la Filosofía:

1.- El rechazo del Arte por parte de Platón. El Demiurgo es un artesano.

2.- El Arte en el Romanticismo. La divinización del artista. Novalis: “La flor azul”.

3.- Hegel. Ofrece un soprendente placer la lectura su obra Vorlesungen über die Ästhetik [Lecciones sobre la estética]. En español hay una traducción de Manuel Granell (Espasa Calpe, Madrid, 1946).

4.- El caso de Schopenhauer. El artista copia las ideas mejor que la naturaleza; y ofrece al ser humano momentos en los que ya no sigue sometido a la tortura del deseo. La música como copia del corazón del mundo. El músico es el mejor filósofo.

5.- El caso de Nietzsche. “Sea yo el embellecedor del mundo”.

6.- Simone Weil [Véase]:   “La belleza del mundo es la sonrisa de ternura de Cristo hacia nosotros a través de la materia”

Y estas son mis ideas fundamentales sobre el Arte:

1.- El problema fundamental del fenómeno artístico es el de la creatividad y, por tanto, el de la libertad. Si la libertad individual es lógicamente insostenible [Véase “Libertad“], solo podemos pensar en un artista primordial, una omnipotencia sin esencia (Dios, Nada, lo que se quiera) actuando en las manos y en las neuronas y en los corazones de todos los artistas posibles. En la historia del Arte no se pueden apreciar momentos absolutamente creativos e innovadores: lo que se nos presenta es una especie de milimétrica evolución de especies estéticas, interpenetrándose y fecundándose ubícuamente. Cada artista se nutre del entorno, añade pequeñas modificaciones a lo que otros hicieron, siempre dentro de paradigmas en los que no puede no beber y que le beben a él mismo, con el huerto de su mente y de su alma superpoblado de semillas que traen los vientos que le rodean. Es difícil, o quizás imposible, ver creación pura. Jackson Pollock no innovó. Picasso tampoco. Ambos estuvieron sometidos a influencias que podrían ser visualizadas desde una perspectiva determinista. Pero existe, sin embargo, sorprendentemente, el fenómeno de la inspiración, de la posesión repentina, que Hegel describe con maestría. Se trata de un fenómeno que queda fuera del arbitrio humano: no se puede propiciar. No se puede alcanzar con el esfuerzo, ni con la reflexión, ni con la técnica. Cabría hablar de algo así como la “Gracia”.

2.- El cuadro de Pollock es, desde un punto de vista puramente “físico”, una porción de Materia [Véase]. Así, el comprador del Number 5 sabe que tiene, posee, retiene, una porción única del sólido del universo: un concreto recorte de ese gran tejido de átomos que, desde una perspectiva simplista pero útil, constituye el cosmos. Pero sabemos que esa solidez es solo aparente, o “exterior” (que es algo así como un velo). El Number 5 en realidad está hirviendo en esa “nada” que, a duras penas, trata de matematizar la Física actual. El Number 5 está abierto por dentro, abierto a una zona donde ya no se sabe muy bien si se puede seguir hablando de lo  físico (de lo objetivo) o de lo psíquico (subjetivo… ¿humano? ¿divino?… Nos perdemos ahí). Lo que sí parece aceptado es que los entes subatómicos que constituyen el Number 5 aparecen y desaparecen, cambian… Pero el cuadro parece seguir siendo el mismo, como si la materia que su forma sujeta fuera siempre la misma. Pero no lo es.

3.- Las reflexiones anteriores nos obligan a considerar que una obra de arte es una idea, en sentido platónico (un arquetipo, una instrucción para moldear la materia). La obra de arte sería una idea, en principio inmutable, que toma la materia para existir. Podríamos decir, en parte desde Schopenhauer, que la obra de arte es un ser vivo (permanencia de la forma con cambio de la materia). Esta perspectiva es más evidente en el caso de la música. El genio musical crea una forma de modificar la vibración natural del entorno acústico que rodea al perceptor. La obra musical no es la partitura, sino una idea, invisible, unas instrucciones de modificación de la materia. Y cada vez que esa idea se cumple, cada vez que la materia es tomada por la idea, la obra de arte toma vida: dispone por fin de existencia en el mundo fenoménico. Y puede incluso tomar la materia neuronal de un ser humano y, ahí, seguir sonando, seguir teniendo vida, en eso que sea la materia de su imaginación.

4.- El Arte, su posibilidad misma, plantea una cuestión puramente metafísica: ¿Por qué existe? ¿Qué estatus ontológico cabe otorgarle en la totalidad de lo real? Un relato válido podría ser el siguiente: hay algo que se autosuministra contenidos de conciencia desde infinitos puntos. Ese auto-suministro podría dar sentido al hecho mismo de la existencia de un mundo. El Arte, la obra de Arte, cuando consigue su objetivo, genera plenitudes, momentos en los que un sí absoluto, un sí más afirmativo que el del propio Nietzsche, retumba por todos los rincones del Ser (o de “lo que hay”, si es que la palabra “Ser” produce empacho).

5.- Desde el materialismo determinista (la Física pura y dura, que en realidad es una pura y dura Matafísica) aparece el fenómeno del Arte como algo realmente fabuloso: un grupo de átomos genera una especie de ley, o algoritmo, capaz de modificar la estructura de su entorno (pensemos en una obra musical, o en una pintura, que puede ser copiada infinitas veces). Y hay otro grupo de átomos que percibe esas alteraciones programadas de su entorno, lo cual altera a su vez su propio ser (pensemos en las subidas de ritmo cardíaco, el rapto, la pérdida del yo ante la belleza excesiva de una pintura, el sobrecogimiento quasiletal que puede producir una obra poética o una canción). La Materia, según el materialismo, genera formas de modificación de su entorno y es capaz de fabricar el glorioso estremecimiento del Arte. Es sin duda la Materia, esa divinidad a la que rinden culto los materialistas, una fascinante divinidad.

6.- Es probable que los seres humanos, al morir,  nos muramos de belleza. A menos “yo” -en el mundo- más belleza del mundo.

7.- Cabe por tanto hacer una equivalencia entre el rapto que  produce la obra de arte y la propia muerte. El síndrome de Stendhal sería quizás una convulsión ante un exceso de Creación: algo así como si a Dios, el Creador, se le hubiera ido la mano con su Creación: demasiada plenitud para los espectadores. Para sí mismo en realidad, si tenemos presente la imposibilidad de superar el monismo metafísico.

8.- Hace algunos años impartí un curso que llevó por título “Obras maestras del arte filosófico”. Creo que cabe contemplar los grandes sistemas filosóficos como obras de arte, no solo poético, sino también arquitectónico: grandiosos edificios que pretenden ser la totalidad.

9.- Ciento cuarenta millones de dólares por un cuadro. ¿Cómo es posible? Hay respuestas fáciles, consoladoras: la vanidad humana, la locura y la codicia del mercado, la idiotez de la condición humana… Sí, todo esto es sostenible. Pero me temo que hay mucho más. El comprador de una obra de arte compra la más inmediata materilización de una idea (de una idea platónica). No puede comprar lo que sacudió a Pollock y al planeta en ese momento de creación, pero sí su primera entrada en la materia. El comprador de una obra de Arte compra un estado de conciencia comunicable: el estado de conciencia de lo que para él es una divinidad: un ser humano excepcional (o con momentos excepcionales) en el que ha ocurrido un suceso único, un impulso único de transmutación de lo perceptible. La nada de la pintura y el lienzo han sido sublimadas por la intervención de un ser divino, divinizado por la leyenda, por el mercado, por el arbitrio de otras divinidades, por el hecho mismo de que alguien haya pagado millones de dólares por su obra. Y cabría decir que el artista es una divinidad porque, de forma explícita, genera contenidos de conciencia, construye Mayas (realidades falsas, que, según Nietzsche, serían las únicas verdaderas, porque estarían al servicio de la vida, esto es, del hechizo).

10.- Sobrecogimiento, catalizadores en la materia, plenitudes que casi matan. ¿De dónde sale todo esto? Es el tema de la creatividad. La magia. La omnipotencia. Nos despeñamos en la Teología y en la Mística.

Schopenhauer afirmó que la música, la música del genio, expresa directamente la esencia del mundo, lo que mueve todo lo que mueve el mundo (su íntimo corazón, por así decirlo). En el vídeo que ofrezco a continuación se podrá ver, por tanto, el mundo a corazón abierto, como tendido sobre la mesa del quirófano. Y podremos ver también una obra, una idea, encarnada, tomando la materia de un grupo de seres humanos, para ser, para tener vida. Sugiero contemplar las imágenes del video teniendo presente la idea schopenhaueriana de que en los seres vivos se produce un cambio constante de materia con mantenimiento de la forma. Quisiera que se pudiera ver ese ser vivo que es La Pasión según San Mateo de Bach tomando la materia de un grupo de seres humanos: moviendo los músculos de sus caras, sus manos, dibujando conexiones neuronales predeterminadas en la inmensidad de sus cerebros… Para mí ha sido una experiencia descomunal. Una visión maravillosa y aterradora a la vez: un ser vivo (creado por Bach) viviendo dentro de otro (una catedral, que es otra obra de arte, otra porción de materia tomada por la idea de un artista).

Os ruego que hagáis el esfuerzo de ver a esos dos seres vivos creados por el hombre. Uno dentro de otro. Es algo fabuloso.

La grabación pertenece al Brandenburg Consort.

David López

Las bailarinas lógicas/Un diccionario filosófico: “apara vidya”

Apara vidya.

Encontré a esta bailarina lógica hace ya bastantes años mientras caminaba, hechizado, por esta obra: The Upanishads [introducción y traducción al inglés de Swami Nikilanada], Ramakrishna-Vivekananda Center, Nueva York1949.

Y el claro de bosque donde bailaba la bailarina es éste  (vol. I, p.78):

“Ya hemos hablado de los dos aspectos de Brahman: Nirguna y Saguna. Nirguna está caracterizado por la total ausencia de atributos. Es Pura Conciencia y el fundamento inmutable del universo. Pero, cuando está asociado a Maya, Brahman aparece como Saguna Brahman, el cual, desde el punto de vista del Absoluto, es mutable e impermanente. El conocimiento del primero [de Nirguna Brahman] es denominado Conocimiento Superior, y el conocimiento del segundo conocimiento inferior [en minúscula en el original de Nikilananda]. El Conocimiento Superior conlleva la liberación inmediata, cuyo resultado es la completa cesación de todo sufrimiento y la consecución de la suprema bienaventuranza [Bliss]. El conocimiento inferior conduce a la realización de la posición de Brahma [no confundir con Brahman]. Ofrece la más alta felicidad en el mundo material. Pero no es todavía la Inmortalidad. La consecución de la Sabiduría Superior, o Para Vidya, es el objetivo de la vida espiritual. Pero el conocimiento inferior, o apara vidya [en minúscula], no debe ser rechazado o despreciado. Mientras un hombre sea consciente de su ego y del mundo exterior, y mientras los considere reales, debe cultivar este conocimiento. El Bhagavad Gita dice que si un hombre que se identifica con el cuerpo sigue el camino de lo Inmanifiesto, solo buscará miseria. La Mundaka Upanisad exhorta al alumno a cultivar tanto el Conocimiento Superior como el conocimiento inferior”.

La cita de la Mundaka Upanisad que recoge Nikilananda es ésta (Mu. Up. II. Ii. 8): “Se rompen los grilletes del corazón, se resuelven todas las dudas, y todas las obras dejan de producir frutos, cuando Él [con mayúscula] se ve como el que es a la vez alto y bajo”.

No voy a valorar el rigor de la interpretación que Nikilananda hizo de estas frases de la Mundaka upanisad. Mi intención es otorgar un sentido metafísico-sistémico al hecho mismo de que exista sabiduría inferior (sabiduría de “la vida”). Al hecho mismo de que exista algo –la vida, el mundo, o como se lo quiera llamar- donde, si se tienen determinados conocimientos, se puede ser muy feliz.

Y como no estamos ahora en la sabiduría superior (si lo estuviéramos no habría un “yo” que escribe y otro que lee), podemos seguir disfrutando de la imponente tormenta intelectual de las dudas no resueltas. Empecemos a preguntar. Empecemos a disfrutar del placer de la Filosofía:

¿Queremos de verdad dejar resueltas todas las dudas, queremos la cesación absoluta de todo sufrimiento? ¿Queremos la libertad y la inmortalidad? ¿Queremos, como parece que quiso Schopenhauer, la beatífica nada?

Apara vidya. También podría denominarse “sabiduría de la vida”. O sabiduría “del sueño”.

Pero, ¿qué es la vida, la vida “humana”? ¿Una sucesión más o menos ordenada de contenidos de conciencia? ¿Un sueño entre otros? ¿Un proceso físico-químico?

¿Se puede ser más o menos dichoso en una vida en función del conocimiento que en ella se pueda alcanzar? ¿Merece la pena ser sabio aquí dentro? ¿El sabio es más feliz? ¿Qué es “ser sabio”? ¿Qué es ser feliz?

¿Somos –los “seres humanos”- libres para escoger y decidir el nivel de nuestro conocimiento?

¿Tenemos -los “seres humanos”- poder suficiente para transformar nuestra vida en una obra de arte, en algo maravilloso… desde nuestro propio modelo de lo que es y no es maravilloso?

Esta última pregunta, crucial, puede ser planteada también así: ¿Merece la pena nuestro esfuerzo, nuestra lucha diaria, nuestra llamada de esta mañana a ese familiar al que un día decidimos odiar para siempre, el cuidado y el respeto que mostramos a nuestro cuerpo, nuestras oraciones a no sabemos muy bien qué omnipotencias, nuestros desvelos con el trabajo, nuestra lucha contra lo peor de nosotros mismos? ¿Merece la pena educar a nuestros hijos, gestionar nuestra economía con diligencia, gobernar bien?

¿Merece la pena este mundo, esta vida, aunque sea un sueño, aunque sea una efímera ondulación de la mente de algo innombrable?

Pero, ¿a qué me estoy refiriendo yo, concretamente yo, con “esta vida”? ¿La mía, el contenido de mi conciencia tal y como respira en ese cosmos que se me ha ido construyendo a partir de ideas que me han fecundado sin que yo lo haya decidido? ¿Dónde vivo yo? ¿Qué/quién soy dentro de él? ¿Y fuera de él?

Schopenhauer, subyugado por algunos modelos de Mística,  y torturado por su propio infierno psíquico y familiar, propuso un radical desprecio y abandono del mundo. Nietzsche propuso justamente lo contrario: una radical y apasionada permanencia en el mundo, en el mundo éste en el que tanto se duda y se sufre (y se goza): permanencia heroica, con todos los sentidos activados, expuestos (no narcotizados), metiendo nuestras manos en todos los barros y en todas las lágrimas y en todas las estrellas posibles, e imposibles, para hacer de nuestra vida una gran obra de arte. Nuestra obra de arte. El objetivo no sería la felicidad, sino la obra.

¿Para qué entonces la sabiduría superior, la Para Vidya? ¿Para qué escapar de este prodigio? ¿Todo por no sufrir? ¿Todo por no morir, esto es, por no cambiar de cuarto de magos?

¿Cabe hacer uso de ese excelso conocimiento y ponerlo al servicio de la vida? ¿O podríamos aprovechar lo que nos dice que somos para, desde ahí, crear otro mundo?

Creo que antes de ocuparnos de estas cuestiones puede ser útil leer las siguientes obras:

1.- Platón. Su “sabiduría inferior”. Beatriz Bossi: Saber gozar. Estudios sobre el placer en Platón, ed. Trotta, Madrid 2008. [Véase aquí mi crítica de esta obra].

2.- María Zambrano. Los poetas se adentran en la caverna, se condenan, aumentando, más aún, el mundo de las apariencias, de la no verdad, de la vida. Referencia al texto De la noche oscura a la más clara mística. San Juan de la Cruz (Publicado en la revista Sur, Buenos Aires, en 1939) [Véase aquí mi crítica de esta joya].

Algunas de mis ideas (de mis sensaciones):

1.- Sospecho, compruebo cada día, que tenemos una sobrecogedora influencia en el despliegue de eso que llamamos “nuestra vida” (eso que, según los materialistas, ocurre, o se recoge y ordena, en un bloque de materia llamado cerebro).

2.- Creo que, si tomamos conciencia de lo que somos, lo real queda posado en la palma de nuestras manos, dispuesto a ser nuestra Creación (lo que siempre fue). Así, Para Vidya, el conocimiento superior (el que nos permite saber que somos el fondo de todos los mundos y de todos los dioses) nos permite amar la vida, lo creado, lo que se presenta ante nuestra conciencia finitizada en un cerebro, con la sensación de ser sus creadores. Me refiero a un amor infinito, y a una distancia infinita, respecto del baile de la realidad. Desde ese amor y distancia infinitos cabría relacionarse con nuestro yo aparente: una criatura (un avatar) que podemos amar -y cuidar- sin confundirnos del todo con ella.

3.- Los esfuerzos merecen la pena. Podemos hacer alquimias sorprendentes: podemos transformar cualquier infierno en un paraíso. Cabe desplegar niveles sorprendentes de belleza a nuestro alrededor. Somos muy poderosos.

4.- Pero antes de que haya un infierno transformable, o un tipo de luz deseable, debe haberse instalado un cosmos en nuestra conciencia. Cuando luchamos por la belleza de nuestro mundo, lo hacemos siempre hechizados por ideas. La idea de amor, de hijo, de amigo, de anciano al que se puede llevar al cielo con una sola sonrisa, de naturaleza protegible por el hombre, de crecimiento económico, de lo que sea. Y mataremos una cucaracha, o una bacteria, o meteremos en la cárcel a un delincuente, o regañaremos a un hijo, o expropiaremos un banco, si con eso creemos que puede sostenerse, en la inmensidad metamórfica del Ser, nuestro amado mundo. En algún mundo hay que vivir. En algún mundo se tienen que materializar nuestros sueños.

5.- La sabiduría superior (Para vidya), al menos tal y como la propone el vedanta, nos permitiría saber qué somos en realidad. Nos permitiría estar en un sueño sabiendo que somos los creadores de ese sueño. La figura soñada, y la conciencia que ahí se ha finitizado, sabe que su ser no se agota ahí, en esa preciosa máscara delicuescente, ontológicamente vacua. El conocimiento superior ofrece un despertar, dentro del sueño, sin desactivar el sueño: para amarlo, ahora más que nunca.

6.- La historia del pensamiento y del sentimiento humanos (si es que son “humanos”) nos ofrece un enorme catálogo de sabidurías inferiores (Apara vidya). Una de las ofertas más sobresalientes de sabiduría inferior (de sabiduría la vida) la ofrece el Hatha Yoga. Ahí destaca la idea de que solo se puede ser feliz y virtuoso a la vez. El mundo es nuestra mente. Y nuestro cuerpo entero. Una simple limpieza de intestinos influye en la intensidad del azul del cielo y minora la maldad aparente de un familiar. Un gesto de cariño a quien hace años nos amargó la vida embellece las calles y purifica nuestras vísceras. Mente, cuerpo, mundo… todo se fusiona en una máquina prodigiosa donde cabe hacer verdadera magia. Y donde cabe sentir –y ser- lo sagrado.

7.- Otra sensación. Los mundos aman a los que los aman. Impresiona comprobar lo sensible que es lo real –o lo onírico, es igual-. Se podría decir que la materia que nos circunda y nos constituye, al menos en este nivel de conciencia, está en carne viva. La razón sea quizás muy simple: no hay nada fuera de nuestro interior. Todo acto se dirige a nosotros mismos. No hay a quien engañar. El virtuoso (como el mago) sabe que todo se sabe en todos los rincones del Todo, que la materia lee su pensamiento, que “el otro” –el otro ser humano- es él mismo: otro de sus avatares, otra de sus máscaras. Si le ama se ama a sí mismo.

8.- Desde la preciosa cárcel del lenguaje cabe ensayar algo así:  hay algo, omnipotente, libre, de fertilidad infinita, que es capaz de autodifractarse en infinitos mundos y en infinitos niveles y formas de conciencia. En cada uno de ellos ese monstruo sagrado sabe lo que necesita saber, lo que quiere saber y la felicidad o sufrimiento que quiere sentir. No hay que sorprenderse. ¿No es posible todo esto, e infinitamente más, para un ser omnipotente?

9.- Todo conocimiento siempre es inferior. También el que la Mundaka Upanisad llama “superior” (Para vidya). Todo conocimiento es ignorancia, porque el destino final de toda sabiduría es descubrir que es un hechizo, que es falso, que es algo así como un sueño, el presupuesto básico de todo conocimiento: eso de que haya un sujeto y un objeto. Así, el conocimiento superior se autosuprime a sí mismo al señalar que no hay algo ahí susceptible de ser reproducido en el cerebro de una de sus criaturas (sea un científico o un yogui).  Advaita: con este símbolo se pretende decir que la Cosa Entera puede tomar conciencia de su ser en uno de sus puntos (¿Puntos?… el lenguaje se desangra). Heidegger habló de advenimiento [Véase]. En el cristianismo hay quien habla de la Gracia. El Maestro Eckhart afirmó que la divinidad se desvela a sí misma cuando quiere… dentro de sí misma. ¿Qué otro lugar puede haber?

10.- ¿No hay nada que hacer entonces desde aquí? Todo lo contrario.  Merecen mucho la pena nuestros esfuerzos aquí dentro, dentro de este sueño. Lo veo cada día. Paracelso dijo algo así como que a la magia no le gustan los vagos. Conozco a personas que han luchado ferozmente, desde el silencio, por mantener limpios los conductos invisibles que unían a los miembros de su familia (sin sometimiento alguno a los arquetipos sociales). Y lo han conseguido. Claves que me han dado esas personas (son dos ancianas que no se conocen entre ellas): evitar la maledicencia, no cotillear, dar ejemplo antes que buenas lecciones, no dejar de amar nunca, a muerte, no mentir, no quejarse, ser muy fuerte (muy resistente al sufrimiento), no tirar nunca la toalla, rezar… Las dos ancianas creen que todo esto merece mucho la pena. Que la vida puede ser muy bella o muy fea dependiendo de cómo la cuidemos. A las dos, por cierto, les encantan los jardines.

11.- El conocimiento no se obtendría de fuera, cogiendo cosas que están ahí para ser aprendidas. Se inocula desde dentro. Estamos involucrados en profundísimos y misteriosísimos flujos de información. Estamos en algo mucho más grande y prodigioso de lo que ninguna sabiduría podrá saber nunca.

12.- Quizás sirvan imágenes de la película Matrix para que sigamos practicando aquí la Metafísica, saltándonos las prohibiciones de Kant. Mentes humanas cultivadas por inteligencias no humanas para obtener energía. A esas mentes se les mete lo que sea -el mundo que sea- para que sigan prefiriendo la vida antes que la muerte. Desde el modelo de totalidad del que brotó nuestra bailarina lógica (Apara vidya) se podría decir que somos, a la vez, los esclavos de Matrix y los arquitectos de los mundos que se inoculan en esas mentes esclavizadas. Saberlo sería el conocimiento superior. Saberlo es asumir la creatividad absoluta. Y una enorme responsabilidad.

13.- Me siento cada vez más sorprendido de la plasticidad de la vida (aunque esa plasticidad se reduzca a la materia lingüística, a la posibilidad de modificar los sistemas de universales que constituyen los mundos). Yo amo esta vida. Yo amo el sistema de universales en el que está atrapada mi mirada [Véanse “Universales”]. Amo este sueño porque hay en él seres a los que amo sin límite. Seres –no solo humanos- que, para mí, justifican cualquier esfuerzo que yo tenga que realizar para que este sueño, este Maya, no se disuelva en la descomunal hoguera del infinito. Dos de esos seres aparecen en la imagen que flota sobre estas frases. En ella se puede ver a mi hermano Alfonso impartiendo una clase de Yoga. Y a mi hijo Nicolás, con tres años, escuchando.

Percibo, desde el empirismo más radical que quepa practicar, que algo/alguien nos asiste desde ahí fuera para que luchemos por este sueño.

Y, en el silencio (solo en el silencio), esa cosa descomunal, aparentemente externa a nuestro yo y a nuestro universo,  nos indica cómo caminar, cómo convertir nuestra vida en un espectáculo maravilloso. Solo hay que estar callados –radicalmente callados- y atentos.

Bueno, todo esto es lo que ocurre en el salón de baile de mi mente si dejo que la bailarina lógica “apara vidya” baile en ella, y lo haga en libertad, lo más salvaje y desnuda posible.

David López

Las bailarinas lógicas. Un diccionario filosófico. (Segunda parte).

 

        Damos comienzo a la segunda parte de Las bailarinas lógicas. Un diccionario filosófico. Este título se fue imponiendo a mediados del curso pasado, mientras volábamos por el interior sin fondo de más de cuarenta palabras en un proyecto filosófico que, incialmente, llevaba por título “Diccionario de los mundos”.

        Pero poco a poco me fue poseyendo una metáfora: las palabras como bailarinas lógicas, como seres capaces de modelar el infinito de nuestra mente: como seres capaces de narcotizarnos con su belleza y de instalarnos mundos enteros. Y me fue poseyendo también algo así como una mitología basada en el himno  10.125 del Rig Veda, el cual recoge esta afirmación de Vak (la diosa de la palabra):  

        “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”.

        Se refiere a “nosotros”. Pero, ¿quiénes/qué somos “nosotros”?

        En el curso pasado  mantuve este mantra sonando detrás de mis conferencias. Es de Michel Foucault y suena así:

        “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres”.

        Debeo reconocer que, tras la experiencia vivida con las primeras bailarinas lógicas, Vak (la palabra, el lenguaje) me produce una fascinación creciente; y su negación absoluta (eso innombrable que, absurdamente, nombramos con el símbolo “silencio”) cada vez me sobrecoge y, a la vez, me nutre más.

        También me sobrecoge y me nutre más cada día el espectáculo -al menos teorético- que ofrecen esos abrazos desesperados, frágiles como vidas, entre lo infinito y lo finito; entre lo que puede ser dicho y lo que no (si es que hay algo que puede ser dicho).

       

        Las bailarinas lógicas por cuyo interior volaremos este año son las siguientes:

 

        Apara-vidya

        Arte

        Avatar

        Cabalah

        Cerebro

        Egoísmo

        Empirismo

        Existencia

        Espiritualidad

        Estado

        Filosofía

        Física

        Felicidad

        Globalización

        Gracia

        Hermenéutica

        Humor

        Inteligencia

        Intuición

        Lenguaje

        Luz

        Lógica

        Máquina

        Meditación

        Metafísica

        Mística

        Moral

        Nada

        Naturaleza

        Piedad

        Política

        Razón

        Reiki

        Ser

        Silencio

        Sueño

        Teosofía

        Teurgia

        Verdad

        Writti

        Ying/Yang

        Yo

        Yoga

        Zen

                             —————————————————————————–

 

        La primera conferencia tendrá lugar el lunes trece de septiembre (a las siete de la tarde) en la sala de Ámbito Cultural en Madrid. En ella haré una presentación de las palabras que este año se unirán a mi diccionario filosófico.

        Este diccionario lo estoy elaborando también en la sede de la International Coach Federation (Calle Almagro, 3) y en los clubes de filósofos con los que vengo compartiendo Filosofía y amistad desde hace dos años.

        Una de las filósofas de uno de esos clubes me ha hecho llegar el video que aparece al final de estos párrafos. Sugiero ver en él a Vak (esa diosa que dice habernos atrapado)  dibujando mundos en la arena metafísica de nuestra mente. Aunque cabría sostener, con Novalis por ejemplo, que esas manos prodigiosas, y esa arena de inestabilidad y de fertilidad infinitas, pertenecen al mismo ser: a nuestro verdadero “yo”.

        A ese monstruo prodigioso y sagrado.

        Vamos a ver (o, mejor dicho, querer ver) una encarnación de Vak. Se llama Kseniya Simonova y lo que va a modelar en la arena de nuestra mente es la invasión de Ucrania por los alemanes:

       

        Gracias Daphne.

       

        David López

        Sotosalbos, 12 de septiembre de 2010.