Archivo por meses: diciembre 2010

Feliz Navidad

 

        “Navidad”.

        Es una palabra capaz de bailar músicas muy diferentes según sea la textura ideológica de las mentes humanas.

        A mí, a pesar de todo lo que ha llovido desde la Ilustración, a pesar de que no soy cristiano, y a pesar de los claroscuros del consumismo, me sigue pareciendo una palabra preciosa y un ritual fértil.

        Navidad. Nacimiento. ¿De qué? De la Fe. La Fe significa que podemos propiciar que irrumpan en nuestra conciencia -y en la de los “otros”-  paraísos ahora inimaginables. Es cuestión de trabajo, de bajar a nuestro taller de los mundos (un lugar donde se da forma a la Materia).

        Creo que una clave para conseguir este prodigio creativo es el amor; a los otros y a nosotros mismos. Esto significa, en mi opinión, un trabajo constante de sacralización del yo. Del mío y del tuyo. Una sacralización que solo es posible desde una conciencia testigo que ama a esas individualidades -la mía incluida- pero que no se agota en ninguna de ellas. Una conciencia que sabe que entrará y saldrá de muchos mundos y de muchos yoes aparentes. Pero siempre sagrados.

        Yo supongo que Jesucristo no estaría demasiado en desacuerdo con estas ideas. O quizás sí. No sé. Pero, en caso de no estar de acuerdo, quiero creer que me amaría con su energía infinita, aunque yo no sea cristiano.

        Yo deseo que ocurra una Navidad eterna en vuestras conciencias: una fe absoluta en que sois sagrados ( y en que estáis rodeados por seres sagrados).

        Feliz Navidad queridos amigos.

        David López

        Madrid, 25 de diciembre de 2010.

Las bailarinas lógicas: “Felicidad”

“Felicidad”. Otra bailarina lógica. Un símbolo que quiere que creamos que existe algo nombrado por él: que existe aunque dicho símbolo no existiera.

¿Qué es la felicidad? La Real Academia define el ámbito de esta palabra así: “Estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”. ¿De qué bien? ¿Calma? ¿Placer? ¿Es lo mismo la felicidad que el placer? ¿Hay algo que esté por encima de la felicidad? ¿Es buena la felicidad? ¿Es malo el sufrimiento?

Ayer por la mañana llovía en Sotosalbos. Y había poca luz. Pero aun así, la “Materia” parecía preñada de posibilidad, como siempre. Le había prometido a mi hijo Nicolás que íbamos a poner bolas de Navidad en su abedul. Y en el de su hermana Lucía. Todas de color oro. Como el sol que ocultaban las nubes.

Salimos a la calle, lloviendo, casi nevando. Me subí a una escalera y, con las manos embrutecidas por el frío, fui colocando bolas de oro falso en las ramas blancas de los abedules. Nicolás me asistía desde abajo. Con la mirada encendida. Vestido como un explorador del Ártico. Y, de pronto, se encendieron a la vez el sol y todas las bolas de oro que habíamos colocado en los abedules. Y también se encendió algo en mi interior. Una felicidad extrema. Casi insoportable.

Dijo en cierta ocasión Goethe algo así como que el ser humano no soporta una sucesión demasiado larga de días felices. Pero el que ha sufrido y sufre cada día no tiene problemas con la felicidad. La recibe como un regalo de los dioses. La celebra. La observa y la atesora como si fuera un precioso bebé nacido de un parto muy doloroso. Mi visión sobre el sufrimiento creativo (el Tapas hindú) se puede leer [aquí].

La felicidad existe. Y es un fenómeno misterioso y desconcertante. A los pesimistas, por miedo, por debilidad, les gusta minimizar su presencia en “lo real”. El sufrimiento también existe. Creo que no es necesario que, como hizo Schopenhauer, escriba miles de frases para convencer a los dudosos. Pero ambos fenómenos tienen fronteras muy gelatinosas y su hábitat son los sueños. Maya. Nuestra mente. El mundo. Es todo lo mismo.

La historia de las ideas y de las sensaciones está repleta de consejos para ser feliz. Para ser un “sabio feliz”. Al ocuparme de “Apara-Vidya” reivindiqué este tipo de sabiduría, digamos, “para soñadores”, para los que sabemos que estamos soñando pero que no nos importa. Supongo que muchas personas leerán con cierto interés el texto que estoy ahora redactando por si en él apareciese algún nuevo truco para conseguir, por fin, la felicidad… o, al menos, algo menos de sufrimiento.

Desde un punto de vista metafísico la pregunta crucial es si somos o no libres para escuchar consejos sobre la felicidad y para aplicarlos a nuestras “vidas”. Recomiendo leer “Libertad”. Si, como afirman gran parte de los físicos [Véase “Física”], todo está determinado por leyes matemáticas implacables, lo que ocurrirá a continuación es que yo voy a escribir exactamente lo que permitan esas leyes, las cuales tendrían tomada la estructura y el funcionamiento de mi cerebro. Y no solo eso, sino que el lector leerá y hará exactamente lo que permitan -lo que tengan “previsto”- esas mismas leyes. Así, finalmente, tanto los consejos para ser más felices -más sabios si se quiere- como las posibilidades de aplicación de esos consejos estarán ocurriendo mecánicamente. Se será o no feliz mecánicamente, algorítmicamente. En cualquier caso, habría que sentirse maravillado por lo que esas leyes son capaces de hacer con eso de la “materia”, pues gracias a su fuerza, a su autoridad, gracias al baile que consiguen que se produzca en el Ser -en “lo que hay”-, ocurren cosas como la sonrisa que alumbra estas frases.

Yo sostendré que sí somos libres para configurar un paraíso en el cosmos en el que estamos soñando. Y que somos algo así como magos capaces de reconfigurar, en cualquier momento, la textura de nuestro sueño (de nuestra vida). Y desde esa libertad -absurda lógicamente- me atreveré a compartir mis trucos para la felicidad, uno de los cuales es considerar el sufrimiento como una prodigiosa factoría de paraísos. Yo lo compruebo cada día.

Antes de exponer mis propias ideas sobre esa bailarina lógica llamada “Felicidad”, creo oportuno hacer un recorrido, aunque sea casi telegráfico, por los siguientes temas (no debemos olvidar que esto es un diccionario filosófico, por muy expresionista que se muestre en ocasiones):

1.- Buda: la vida es sufrimiento. Y el sufrimiento es malo. Hay que erradicarlo erradicando el deseo. Yo discrepo con la primera premisa del budismo. La vida es mucho más compleja y desbordante que lo que esa palabra -“sufrimiento”- puede llegar a abarcar nunca. En cualquier caso, creo que huir de sufrimiento afea la vida. Y la muerte.

2.- Heráclito: “Que a los hombres les suceda cuanto quieren no es lo mejor”. Ha habido muchas afirmaciones similares a lo largo de la historia del pensamiento. Cabría sospechar que hubiera una mano que guía nuestra vida mejor que lo que lo harían nuestras rabietas. Y que la guía hacia algo que no podemos ni imaginar (¿por lo maravilloso que va a ser?). Escuchemos de nuevo a Heráclito “el oscuro”: “A los hombres, tras la muerte, les esperan cosas que ni esperan ni imaginan”. Yo creo que eso está ya ahora. Que estamos ya en algo inimaginable. Sigo recomendando la edición comentada de Alberto Bernabé de los siempre sorprendentes “Fragmentos presocráticos” (Alianza Editorial, Madrid, 1988).

3.- Platón. Creo que merece acercarse a las ideas de este gran poeta desde una obra de Beatriz Bossi: Saber gozar (Trotta, Madrid, 2008). La idea clave que se expone en este libro sería que, según Platón (Sócrates) el sabio es un hedonista, un experto en placeres y que, como tal, sabe cómo conseguir una perfecta armonía entre placeres para que ninguno de ellos se convierta, paradójicamente, en una fábrica de sufrimiento. Mi crítica sobre esta interesante obra se puede encontrar en “Críticas literarias” [Véase aquí].

4.- Epicuro. Creo que para acercarse al pensamiento de este filósofo del placer puede ser de gran utilidad -y puede proporcionar gran placer- esta obra de Anthony A. Long: La filosofía helenística (Alianza universidad, Madrid, 1977). También me parece recomendable Epicuro, de Carlos García Gual (Alianza, Madrid, 2002). Y, por supuesto, Defensa de Epicuro contra la común opinión, de Francisco de Quevedo (Tecnos, Madrid, 2001). Epicuro (341-271 a. C.) quiso crear nuevas palabras, nuevas ideas, para evitar el sufrimiento humano. Así, creyó necesario decir -que se dijera, que se pensara- que los dioses no influyen ni en la Naturaleza ni en los asuntos humanos (así se acabaría con el sufrimiento derivado del miedo a los caprichos de esos seres). También creyó necesario que se dijera -que se pensase- que no hay nada experimentable por eso que sea el ser humano más allá de la muerte de su cuerpo físico. De esta forma creyó Epicuro que se acabaría la angustia por un juicio final que determinara si se ingresa o no en el infierno: que se alcanzaría el más preciado de todos los bienes: la paz mental.  Se podría decir, desde Maturana quizás, que Epicuro, como cualquier otra fuente de “palabras” -de Logos- sería un órgano al servicio del sistema viviente que nutre nuestros cerebros -las cajas de nuestros mundos_. [Véase “Cerebro”]. Epicuro generó las ideas que él creyó más útiles para alcanzar la felicidad, para evitar el miedo. Quizás cabría encontrar aquí la razón de que muchos físicos rechacen con tanta contundencia -e irracionalidad- la posibilidad de más experiencias tras la muerte del cuerpo físico y, sobre todo, que existan seres poderosos -dioses- detrás del baile de lo fenoménico.

5.- Schopenhauer. El mundo, la vida humana, y la de todos los seres de la naturaleza, es sufrimiento. Hay que dejar de querer para que este mundo se diluya. Lo curioso en Schopenhauer es que dedicara tantas páginas de su obra capital (El mundo como voluntad y representación) a dejar claro que este mundo es un horror, por mucho que queramos afirmar que hay niños en él que sonríen. Parecería, por lo tanto, que la cosa no está tan clara. Es el problema de los pesimistas, y de los optimistas también: no soportan la complejidad infinita que nos envuelve y que nos nutre. Y que nos mata. La complejidad infinita que, en realidad, constituye nuestro verdadero ser.

6.- Nietzsche. “Nos aspiro a la felicidad. Aspiro a mi obra”. Quizás esta frase podría provenir del Artista Primordial. Dios si se quiere. Un ser que, disponiendo ya de la felicidad infinita, decide, sorprendentemente, crear un mundo y meterse en él. Y crucificarse en él. Nietzsche quizás sea de los filósofos que más han sacralizado el sufrimiento: que más han sabido ver sus posibilidades alquímicas.

7.- Freud. No debería renunciarse al placer de leer este libro: La interpretación de los sueños (Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1983). Los sueños tienen una función terapéutica. Cabría decir que la vida sería el sumatorio de “realidades” que se armonizan en eso que sea nuestra conciencia. Cabría decir también que la felicidad está garantizada en el producto onírico final. ¿Qué sentirá quien esté soñando y viviendo todo a la vez?

Procedo ahora a exponer algunas ideas. Las voy a transcribir directamente, tal y como están en un cuaderno que me ha acompañado estos días de prodigio (un fin de semana con mis hijos, con el fuego encendido, rodeado de nieblas, fresnos y abedules con soles de plástico):

1.- No sé muy bien qué es exactamente eso de la “felicidad”. Yo puedo dar cuenta de momentos en los que se produce una especie de chasquido estructural: un sonido que parece provenir de las profundidades del Ser, un “Sí” que tiene fuerza suficiente como para embellecer todo lo vivido hasta ese momento. Sugiero la lectura de “Aufhebung”. Creo que hay momentos que tienen una textura arquitectónica prodigiosa. Y que hay que celebrarlos. Religiosamente. También creo que hay que celebrar los momentos en los que se está en el andamio, sufriendo, fabricando esos momentos prodigiosos: el “chasquido”.

2.- Creo -a pesar de la insostenibilidad lógica de la libertad en el mundo donde gobierna la lógica- que somos magos: ingenieros de nuestro propio sueño: los creadores de nuestro propio Maya. Y que podemos hacer cosas sorprendentes. No sólo cabe ser feliz aquí dentro, sino que cabe “felicitar” a los demas; esto es: insuflar no sé qué en la textura de los instantes en los que vamos entrando para que las demás personas reciban ese no sé qué y sientan una dulzura inesperada en la textura de sus respectivos sueños. Cabe embellecer mucho el sueño ajeno. Cabe amar.

3.- La vida es una experiencia impresionante. Una obra de arte que deja sin palabras a los artistas que viven entre sus óleos. La vida es una tempestad de armonías, un abrazo apasionado entre luces y sombras, dolor y placer, sabiduría y estupidez. No querer sufrir es no querer vivir. El que tiene fe -el que confía en lo real, en lo real en su totalidad, en su infinitud- no tiene miedo al sufrimiento, ni tiene miedo siquiera al miedo, ni al deseo: el que tiene fe se siente amado y asistido, en todo momento, por el infinito: Dios se aprieta, pero no se ahoga. Recordemos los momentos en los que, en un sueño, ya no resistimos más la hostilidad que nos rodea, y de pronto nos sabemos poseedores de un gran secreto: que cabe salirse del infierno, despertar… bueno, despertar no, sino cambiar de sueño. Seguir soñando, seguir disfrutando de la creatividad de Dios.

4.- Creo, no obstante lo afirmado antes, que cabe aplicar la inteligencia -la prudencia del sabio socrático, o del confuciano, o del que sea- a la vida. Creo que con algunos trucos la vida puede ser hermosa, que el sabio, efectivamente, sabe cómo ser feliz aquí dentro.

5.- El consejo para ser feliz que me parece más útil es el siguiente: autarquía: que tu felicidad no dependa de nadie: sé feliz amando, dando, sin pedir nada a cambio, sin sacar después la cuenta. El amor, aunque sea una palabra que produzca algo de agotamiento, y que empalague -a mí a veces mucho-, es decisivo para la felicidad. Quien no ama está como condenado en vida. La gente infeliz que me rodea tiene grandes problemas para dar amor. O lo da sintiendo que está siendo demasiado generoso. También veo que tienen muchos problemas con la felicidad los que se creen muy buenos y los que ya se sienten en alguna verdad absoluta: desde sus casitas de chocolate lógico ven el mundo lleno de pecadores, de ignorantes, de malos, etc… Un mundo muy feorro y amenazante, un mundo “impuro” del que ellos quieren salir: un mundo que ya no tiene el olor a eterna primavera que había en el paraíso, esa forma de mente en la que todavía no había “conceptos”. Chantal Maillard habló alguna vez de un charquito al que se asomó de pequeña, en Bélgica, y su anhelo de regresar a aquel paraíso pre-conceptual. Sugiero la lectura de la crítica que hice de su libro Adios a la India [Véase “Críticas literarias”].

Los soles que se encendieron ayer en el cielo, en los abedules y en los ojos de mi hijo  no pueden ser ignorados por la Filosofía. Son un misterio absoluto. Un exceso de belleza que parece forzar cualquier modelo lógico. La felicidad es un misterio absoluto. Pero yo no sentí sólo felicidad en aquel momento.

Había algo más.

Algo que espero tocar algún día con las manos de mis frases.

David López

Las bailarinas lógicas: “Física”

“Física”. Durante muchos años esta bailarina lógica fue casi capaz de hechizarme del todo. De apresarme en su baile gigantesco pero finitizante. De separarme de la Filosofía: esa bailarina que es capaz de bailar en el infinito (en la no legaliformidad). Gozósamente. Valiéntemente. Entusiásticamente.

Física. Proviene de Physis, palabra griega para “naturaleza”. ¿Alguien sabe o ha sabido jamás qué es eso de “naturaleza”? Otra bailarina lógica. [Véase aquí].

En este texto me voy a ocupar de la Física. Con mayúscula. Como Filosofía. No me gustan las minúsculas. Presiento detrás de ellas una lima que me inquieta.

La imagen que flota en el cielo de este texto representa a uno de los físicos teóricos más importantes del siglo XX: Richard Feynman. Quisiera que se observase con atención su gesto extático, entusiástico, su mano extendida, bella, poderosa, hipnótica; y su vestimenta, en la que aparecen símbolos de su magia: de su Logos: del gran Logos de la Física. Quisiera que se viese en esa imagen a un chamán, a un sacerdote, poseído por una diosa matemática; porque las matemáticas serían, según este chamán, la única expresión posible del funcionamiento de la realidad, del universo: esa -según él- bellísima masa de átomos uniformes bailando al ritmo de leyes físicas, matemáticas…

Las teorías físicas de Richard Feynmann han servido de punto de apoyo para la última obra publicada por Stephen Hawking (que ha sido escrita, al parecer,  por él y por Leonard Mlodinow). La obra se titula, en español, El gran diseño; y es, en verdad, un gran diseño… poético: una combinación hechizante de símbolos: una combinación de “Universales” [Véase] que pretenden decir algo de lo inefable, finitizar el infinito, crear un cosmos donde fabricar y, a la vez, refugiar, una conciencia finitizada.

No pensaba leer la citada obra de Hawking y Mlodinow para escribir este texto. Tengo mi despacho abarrotado de libros de Física que merecerían mil años de vida en mil islas desiertas. Pero el jueves pasado se me estropeó, casualmente -causalmente-, el coche. Y a partir de ese “hecho físico” se desplegó una insólita cadena causal que culminó en un paseo por la calle Ferraz de Madrid. Y en un escaparate de esa calle no especialmente libresca me asaltó la portada de El gran diseño (Crítica, Barcelona, 2010; traducción de David Jou i Mirabent). Decidí comprarlo -aunque desde el determinismo que este libro establece no tuve opción para no hacerlo- y decidí también -también sin libertad- dejarme devorar por él: por su Poesía voraz: por sus hechizantes combinaciones de “universales”. ¿Estaba ya en el gran diseño de los multiversos, ya “programado”, que yo leyera este libro? La metafísica implícita en las ideas que expone este libro nos obliga a contestar que sí.

Llegué a mi casa, encendí el fuego y, en sincronía con mis abedules y un sol neblinoso, me puse a leer El gran diseño. En la frase número quince recibí el puñetazo de un patoso, como de bar de western light, sin mala intención, como recibido de un borracho bonachón, risueño, medio dormido:

“Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”.

Miré la foto de Mlodinow. El rostro de Hawking ya lo conocía. Es un icono del siglo XX, como el Che, Elvis o Bin Laden. Mlodinow, mucho menos conocido que Hawking, aparece en una de las solapas de este libro muerto de la risa. Respiré profundamente. La Filosofía [Véase], como amor a las sabidurías -a las ignorancias, desde la ignorancia- contiene una ética: respeto, amor, digamos “lógico”, incluso hacia aquellas sabidurías (ignorancias siempre) que no respetan a otras ignorancias.

Esta obra de Hawking/Mlodinow está llena de bromas, chistes, caricaturas… y concluye con una frase en la que, tras dar las gracias a ciertos colaboradores, se dice: “Por otra parte, siempre supieron dónde hallar los mejores pubs“.

Pero aparte pubs, cervezas, risas y puñetazos bonanoches, este libro ofrece miradores privilegiados para asomarnos, desde la Filosofía -la mirada de las miradas-, hacia eso que se cree el físico -o algunos físicos- que es la Física. No olvidemos que la Filosofía analiza -también- las miradas, intenta explicitar esa fantasía desde donde se cree que está cualquier emisor de modelos de mundo. La Filosofía aparta modelos, con respeto, con fascinación hacia la belleza de la Física y su capacidad de poetizar la Nada, desbroza caminos (Jaspers [Véase aquí]) para que no se cierre el camino a lo inefable, a lo metamodélico. A lo real.

Antes de exponer lo que siente mi mente cuando entra en ella a bailar la “Física”, quisiera sugerir los siguientes lugares de estudio:

1.- Los presocráticos. Sus obras fueron “sobre la naturaleza”. Pero esa “naturaleza” excedía, con mucho, lo que los físicos estudian hoy.

2.- Concepciones físicas de Platón. Cabría entender las sombras que se presentan en la caverna si se acude a conceptos matemáticos, los cuales que tendrían su hábitat fuera de la caverna: fuera, por tanto, de lo que muchos físicos contemporáneos denominan “naturaleza” o “universo/multiverso”.

3.- La Física en Aristóteles: estudio de las causas segundas. El tema fundamental sería el estudio -la explicación- del movimiento… Pero todo, según este gigantesco filósofo, se movería hacia Dios, por atracción irresistible… hacia un Ser que en realidad no nos amaría.

4.- Nacimiento y desarrollo de la Física moderna: Galileo. Newton. La panmatematización de la Naturaleza. Elementos generalmente no problematizados de la Física moderna: la Matemática como lenguaje (y como esencia) de la naturaleza, tiempo y espacio homogéneos y no causales, lo cualitativo siempre reducible a lo cuantitativo, materia corpuscular (esencialmente muerta e inconsciente) en movimiento, eliminación de la acción a distancia, capacidad del hombre para explicar los fenómenos naturales mediante modelos, legaliformidad (al menos en lo “material”).

5.- La Física contemporánea. Reconocimiento de que toda Física teórica sería una creación de metáforas útiles: símbolos no representativos de ninguna realidad “en sí”, útiles para ubicarse en una naturaleza inefable (tan inefable como el propio Dios), que se deja conocer y no conocer a la vez: una naturaleza que no termina de ser ni objetiva ni subjetiva. Hay una obra de gran utilidad para sintonizar con el imponente logos [Véase “Logos“] que cosmiza actualmente la conciencia de muchos importantes físicos: Diccionario de lógica y filosofía de la ciencia (Alianza editorial). Los autores son Jesús Mosterín y Roberto Torretti.

Una parte de mis ideas sobre la bailarina lógica “Física” la voy a ir exponiendo en relación al libro de Hawking/Mlodinow. Debo reconocer que la lectura de esta obra me ha estimulado mucho. También me ha irritado. Pero mi enfado se ha ido aflojando cuando me he dejado llevar, acríticamente, festivamente, crédulamente,  por el gamberro -y a la vez grave- ritual desde donde estos dos chamanes anglosajones y baconianos han preparado sus brebajes de palabras. Brebajes que, como veremos, ofrecen a nuestra mente (único hábitat de cualquier universo o multiverso) imágenes fabulosas: sueños prodigiosos: Ideas [Véase] capaces de enamorar a nuestra conciencia y de sacarla de paseo por el infinito.

Ofrezco a continuación mis comentarios a algunas de las ideas que Hawking/Mlodinow han expuesto en “El gran diseño” -muchas de ellas son realmente sorprendentes por su radicalidad metafísica (no “física”)-:

1.- “La filosofía ha muerto”. Lo dicen en la página 11. Pero esta obra tiene algo “cuántico” (una cosa puede ser a la vez onda y partícula… la Filosofía está muerta y viva a la vez…). Creo que merece la pena reproducir aquí unas frases que aparecen en la p. 53 de El gran diseño –poético/chamánicode Hawking/Mlodonow: “George Berkeley (1685-1753) fue incluso más allá cuando afirmó que no existe nada más que la mente y sus ideas. Cuando un amigo hizo notar al escritor y lexicógrafo inglés Samuel Johnson (1709-1784) que posiblemente la afirmación de Berkeley no podía ser refutada, se dice que Johnson respondió subiendo a una gran piedra para, después de darle a ésta una patada, proclamar: “lo refuto así”. Naturalmente, el dolor que Johnson experimentó en su pie también era una idea de su mente, de manera que no estaba refutando las ideas de Berkeley. Pero esta reacción ilustra el punto de vista del filósofo David Hume (1711-1776), que escribió que a pesar de que no tenemos garantías racionales para creer en una realidad objetiva, no nos queda otra opción sino actuar como si dicha realidad fuera verdadera”. No obstante estos breves temblores de lucidez, es cierto que esta obra de Hawking/Mlodinow no es filosófica: no hay en ella un análisis o problematización de los presupuestos desde los que se construyen sus teorías: no hay conciencia del modelo de totalidad desde el que se generan sus modelos de universo o de multiverso.

2.- La teoría unificada -teoría M- es plausible (p. 16). Predice que nuestro universo no es el único, que otros miles de millones de universos fueron creados de la nada. Hay que excluir la intervención de un Dios o cualquier otro ser sobrenatural. Me pregunto: ¿qué es “natural”? ¿Lo visible? En realidad la Física ha sido siempre una Metafísica pura y dura: ha ofrecido modelos de lo que no se ve (el átomo no se ve, ni la ley de la gravedad) para explicar lo que se ve… No, es más: lo que se ve se ve así porque hay instalado un modelo de mirada. Volvemos a los universales [Véase “Universales“].

3.- Miles de millones de universos surgen naturalmente de la “ley física”. “Cada universo tiene muchas historias posibles y muchos estados posibles en instantes posteriores, es decir, en instantes como el actual, transcurrido mucho tiempo desde su creación” (p. 16). El modelo de totalidad donde se vertebra la conciencia de Hawking/Mlodinow tiene un presupuesto crucial y muy “ciudadano”: la ley. La Física se basa en la creencia en una naturaleza legaliforme, radicalmente determinista, donde no hay libertad, solo obediencia, obediencia a entes platónicos -las leyes físicas, o la teoría M- que no son visibles, sino presupuestas, narradas -esas leyes, esas diosas- por los chamanes de este credo eficacísimo en nuestra tribu… tan eficaz como lo fueron y los son todos los credos en todas las tribus. Veo en la Física un monoteísmo radical, único en la historia de las religiones, sobre todo en la Física que intenta no ser transcendente -la que intenta negar a un Dios o a un alma transcendente-. Se trataría de admitir la existencia y el poderío absoluto de una especie de Faraón cósmico, no antrópico morfológicamente, que tendría sometidos todos los rincones posibles del Ser (de lo que hay), por muy descomunal que sea eso que hay: miles de millones de universos, todos existiendo a la vez: pero todos esclavizados en definitiva. Creo que algunos físicos tienen una conciencia esclavista: observan fascinados el reino de su señor invisible y se contentan con hacer predicciones, como esclavos que conjeturan cuándo vendrán sus amos a darles la comida o cuando llegará el momento de su ejecución.

4.- “Este libro está enraizado en el concepto de determinismo científico, que implica que la respuesta a la segunda pregunta es que no hay milagros, o excepciones a las leyes de la naturaleza”. La afirmación que acabamos de leer merece ser unida a ésta: “Si ya nos parece difícil conseguir que los humanos respeten las leyes de tráfico, imaginemos lo que sería convencer a un asteroide a moverse a lo largo de una elipse” (p. 29). Esta frase es contradictoria en una narración que establece el determinismo radical. Si no hay libertad en esta matriz matemática de multiversos que parece ser la “naturaleza”, no cabe cumplir o no una ley de tráfico, la cual estaría vertebrada en el descomunal corpus jurídico que amordazaría el Ser -“lo que hay”- en su totalidad.

5.- Ideas/sorpresa que he encontrado en este libro importante: “Los realistas estrictos a menudo argumentan que la demostración de que las teorías científicas representan la realidad radica en sus éxitos. Pero diferentes teorías pueden describir satisfactoriamente el mismo fenómeno a través de marcos conceptuales diferentes”. Y proponen estos autores una especie de estrategia gnoseológica que denominan “realismo dependiente de modelo” (p.54). Esta estrategia nos exigiría aceptar que no hay teorías físicas válidas en sí (que no hay una verdad física fuera del cerebro humano). En la p. 59 se llega a decir incluso que, para teorizar el origen del universo, el modelo de Física de San Agustín es tan válido como el que acoge al Big Bang. (!)

¿Qué siento en mi “mente” cuando la bailarina “Física” entra a bailar en ella? Algo así:

Claustrofobia, admiración, rebeldía y mucho respeto por la gran cantidad de honestidad y de trabajo que despliegan sus fieles.

Se podría decir que hay que agradecer a la Física (y a la tecnología que se basa en esta ciencia) el que podamos volar: gracias al conocimiento de las leyes de la naturaleza parece que -nosotros- hemos podido fabricar aviones.

Pero nosotros, los “seres humanos”, en realidad no hemos construido los aviones. Ni los teléfonos móviles. Ni los ordenadores. Ni internet. Según el determinismo radical desde el que está poetizado el libro de Hawking/Mlodinow, los aviones se han construido en el mismo taller matemático -la misma factoría lógica- de la que han brotado las galaxias, los mares o las sonrisas de los niños: todo lo que hay en todos los rincones de todos los universos posibles es consecuencia necesaria del despliegue de una diosa descomunal que mantiene atrapado y sacudido todo lo existente.

Y no solo no hemos construido -nosotros- los aviones, sino que tampoco hemos generado ninguna teoría física: los cerebros de Hawking y de Mlodinow estarían programados para generar unas ideas concretas, no otras, sobre qué demonios sea esto de la “naturaleza” y qué leyes la dirigen. Hawking/Mlodinow serían chamanes anglosajones -humoristas por tanto- poseídos por una diosa matemática omnipotente, poseídos para cantar, para poetizar, para hechizar, con símbolos pre-programados, al servicio siempre del despliegue esa diosa implacable.

Tengo la sensación de que la Física teórica -como cualquier otro chamanismo lógico, como cualquier otra magia de palabras- mete conceptos en la mente del feligrés y crea en ella mundos fabulosos, eficacísimos siempre. Todas las Físicas han funcionado siempre: son pócimas de ideas, y las ideas mueven con más poder que cualquier “ley natural”.

Cualquier Física teórica -como la que nos ofrecen con tanto buen humor Hawking y Mlodinow- es Poesía [Véase], baile lógico: una coreografía concreta para símbolos arbitrarios: un coreografía para bailarinas lógicas admisibles en un determinado ritual religioso.

Al final del libro de Hawking/Mlodinow aparece un “glosario”. En realidad se trata de un desfile de bailarinas lógicas -de sacerdotisas- seleccionadas para este baile de la mente. Todas atentas a los movimientos de esa mano que aparece en el cielo de estas frases.

En cierta ocasión, explicando el decisivo tema de los “Universales” [Véase], pregunté a una alumna qué es lo que veía, en ese mismo instante, más allá de los posibles recortes que podía hacer su mente con el impacto brutal de “lo que se presenta”. Respondió: “Nada”. Esa fue la respuesta más sabia y libre que he oído jamás. Esto nos llevaría a la nada que quiso pensar Kitarô Nishida [Véase].

Para mí -para mi conciencia si se quiere, y si es “mía”- lo que se nos presenta no es un “universo”, ni “naturaleza”: es pura singularidad, puro infinito, pura no-legaliformidad, pura magia/creatividad/libertad.

En el glosario a que antes he hecho referencia aparece una curiosa bailarina. Se llama “Renormalización”: “técnica matemática diseñada para eliminar los infinitos que aparecen en las teorías cuánticas”.

Decir “la Filosofía ha muerto” -que es lo que dice Hawking- es una forma de re-normalización; porque la Filosofía nos abisma en la más prodigiosa e insoportable inmensidad.

Yo eliminaría los infinitos, las incomodidades de la mente y de sus modelos, de sus cobijos. O, mejor, diría que no son eliminables. Esas irrupciones coinciden con lo que Simone Weil llamó Gracia. Son irrupciones de lo sagrado, del inquietante “Demonio” al que se refirió Stephen Zweig, pero vivifican los universos cerrados en los que, con su mejor intención, nos quieren co-esclavizar los físicos-esclavos. Aunque me temo que no hay “renormalización” capaz de quitar el olor a Infinito que tiene cualquier rincón de cualquier universo (de cualquier casita de chocolate para la mente).

Ese olor, ese olor sagrado, silencioso, hiperfértil -fascinante y desasosegante a la vez-, es el que yo quisiera que tuviera este diccionario filosófico. Por eso lucho contra la “renormalización” de mi mente, y ofrezco en este blog mis crónicas de esa lucha.

David López