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Las bailarinas lógicas: “Silencio”

Silencio.

Hamlet muere diciendo: “The rest is silence”. El resto es silencio.

Suponemos que se refiere a esa muerte en la que el príncipe danés cree estar ingresando; a que la muerte será un silencio radical tras el bullicio del vivir.

Hölderlin, en mi opinión, no lo tenía tan claro. Al final de su obra El acantilado parece sospechar algo terrible: que la muerte -como la locura, como los sueños, como la vida misma- no fuera silencio: que el silencio, ese prodigio físico y metafísico, fuera algo suplicable a los dioses; y algo sublime si pudiera ser recordado en las profundidades del horror. Pensemos el horror sonoro de la locura que tuvo que padecer el poeta Hölderlin al final de su vida. La locura -como la Filosofía, o como samsara–  podría ser la antítesis del silencio. Los locos, en las calles, en las calles de su mente, no paran de hablar, están atrapados en la tela de araña de un lenguaje -un cosmos hostil; un Matrix no benevolente- que les tritura el alma. La mente de un loco es un avispero de palabras.

Leamos esa aterradora súplica que escribió Hölderlin al final de El Acantilado (Alianza Editorial, Madrid 1979; estudio y traducción de Luis Díez Corral):

Pero tú, inmortal, aunque ya no te festeje la canción de los griegos,

como entonces, resuena a menudo, ¡oh dios del mar!,

con tus olas en mi alma, para que prevalezca sin miedo el espíritu

sobre las aguas, como el nadador, se ejercite en la fresca

dicha de los fuertes, y comprenda el lenguaje de los dioses,

el cambio y el acontecer; y si el tiempo impetuoso

conmueve demasiado violentamente mi cabeza, y la miseria y el desvarío

de los hombres estremecen mi vida mortal,

¡déjame recordar el silencio en tus profundidades!

Algunas de mis ideas fundamentales sobre lo que podría ser una metafísica del silencio están planteadas en una crítica que hice de la siguiente obra: Ramón Andrés: No sufrir compañía; Escritos místicos sobre el silencio (Siglos XVI y XVII), editorial El Acantilado, Barcelona, junio de 2010. Creo que puede ser de utilidad reproducir aquí dicha crítica íntegramente:

* * * *

Ramón Andrés y eso que sea el silencio

Silencio. Ramón Andrés se ocupa de lo que se esconde tras esta palabra en un libro que lleva por título No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (siglos XVI y XVII), editorial El Acantilado. Esta antología va precedida por un ensayo del propio Ramón Andrés que lleva por título “De los modos de decir en silencio”.

En la nómina de enamorados del silencio que ofrece esta obra se encuentran García Jiménez de Cisneros, Bernardino de Laredo, Francisco de Osuna, Juan de Valdés, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Juan de Bonilla, Alonso de Orozco, Luis de Granada, Teresa de Jesús, Luis de León, Baltasar Álvarez, Juan de los Ángeles, Alonso Rodríguez, Juan de la Cruz, Antonio de Molina, Luis de la Puente, Juan Falconi, María de Ágreda y Miguel de Molinos.

De Juan de la Cruz proviene la expresión en la que se ha inspirado el título de esta obra: “No sufrir compañía”. Es un título feo, en mi opinión, para un libro editado con una elegancia excepcional.

Elegancia para agrupar palabras sobre eso que sea el silencio, sobre lo absolutamente otro del lenguaje. Y las palabras que Ramón Andrés ha elegido para hablar sobre lo que no se puede hablar son, en muchas ocasiones, especialmente bellas y lúcidas. Quizás sea porque el lenguaje (esa sublime cárcel de la mente) alcanza sus más prodigiosas retorsiones cuando trata de palpar aquello que él no es. Y quizás sea también porque el autor de esta obra haya sentido alguna vez la brisa del silencio en la piel de su cerebro.

El ensayo introductorio de Ramón Andrés se presenta visualmente como una sucesión de párrafos muy espaciados entre sí (separados por el silencio de la página en blanco) y geométricamente limpios (sin sangrado tras el punto y aparte). En esos curiosos bloques de palabras encontramos una gran cantidad de citas, las cuales, sin saturar al lector, se entrelazan con las propias ideas de Ramón Andrés para demostrar, entre otras, la siguiente hipótesis:

A pesar de ciertos matices, casi nunca muy acusados, existe, como se ha visto en los capítulos precedentes, una veta profunda que sostiene la espiritualidad de la mayor parte de las culturas, un tenor que mantiene una analogía de creencias aunque expresadas de forma distinta[p. 20].

Esa veta profunda es la convicción de que es el silencio el único camino para enterarse realmente de algo (lo cual exigiría, paradójicamente, una radical renuncia al conocimiento):

Debemos sospechar, tras ser asediados por los grandes sistemas filosóficos, sazonados de racionalismo y empirismo, tan reduccionistas, que la lógica a veces puede actuar como una alucinación de la mente. De ahí el silencio, el negarse a explicar los pormenores de algo que no admite, por definición, el detalle, puesto que es totalidad [p. 40].

Pero, ¿qué es exactamente ese silencio salvífico? ¿De dónde nos saca y a dónde nos lleva? ¿Cómo propiciarlo? ¿Es tan maravilloso lo que nos ofrece? ¿Qué se oye en ese estado mental? Veamos algunas de las respuestas que ofrece Ramón Andrés sobre lo que no puede ser preguntado:

El silencio…

Es, antes que otra cosa, un estado mental, una mirada que permite captar toda la amplitud de nuestro límite y, sin embargo, no padecerlo como línea última. Estar sosegado en lo limitado es tarea del silencio. No viene a transformar ni a desplazar la realidad, sino a sembrar vacíos en ella, aberturas, espacios en los que cifrar lo que por definición es intangible y que, pese a todo, nos alberga [p. 11].

Esa necesidad de vivir ensordecido es uno de los síntomas reveladores del miedo. Kierkegaard afirmaba que, de profesar la medicina, remediaría los males del mundo creando el silencio para el hombre. No es extraño que buscara un fármaco de esta índole, atenazado como estaba ante el umbral de un tiempo inigualado en la producción del ruido físico, pero también mental, un clamor al asalto de la apacibilidad acústica y del no anhelo [p. 13].

El verdadero silencio no está necesariamente en la lejanía ni en la neblina de una vaguada ni en una cámara anecoica, sino, con probabilidad, en la intuición de un más allá del lenguaje […] [Ibíd.]

Pero ese más allá del lenguaje no parece ser exactamente el silencio del que hablan algunos místicos. En uno de los textos que aparecen en esta antología, Miguel de Molinos explica así las diferencias entre la meditación y la contemplación:

Cuando el entendimiento considera los misterios de nuestra santa fe con atención para conocer verdades, discurriendo  sus    particularidades y ponderando sus circunstancias para mover los afectos en la voluntad, este discurso y piadoso afecto se llama propiamente meditación.

Cuando ya el alma conoce la verdad (ora sea por el hábito que ha adquirido con los discursos o porque el Señor le ha dado particular luz) y tiene los ojos del entendimiento en la sobredicha verdad, mirándola sencillamente, con quietud, silencio y sosiego, sin tener necesidad de consideraciones ni discursos ni otras pruebas para convencerse, ya la voluntad la está amando, admirándose y gozándose en ella, ésta se llama oración de fe, oración de quietud, recogimiento interior o contemplación [p. 369].

Aquí no se está proponiendo una salida absoluta del lenguaje, sino la quietud y la contemplación dentro de un cosmos rigurosamente vertebrado por una verdad: una verdad que ya no se va a tocar, una verdad que se va a custodiar con el antivirus del silencio. Estaríamos ante una especie de paraíso lógico, un silencio intralingüístico, y sin duda delicioso: pero no ante un silencio total, no en un estado de conciencia en el que la mente está libre de formas, preparada para oír aquello que el lenguaje ni siquiera puede imaginar.

Otro texto de los antologados en esta obra muestra con mayor claridad el camino a ese beatífico encierro lógico también denominado “silencio”. Es una carta que San Juan de la Cruz escribió a las carmelitas descalzas de Beas. En ella encontramos estos consejos [p. 310]

Jesús María sea en sus almas, hijas mías en Cristo.

Mucho me consolé con su carta; págueselo nuestro Señor. El no haber escrito no ha sido falta de voluntad, porque de veras deseo su gran bien, sino parecerme que harto está ya dicho y escrito para obrar lo que importa; y que lo que falta, si algo falta, no es el escribir o el hablar, que esto antes ordinariamente sobra, sino el callar y el obrar.

Porque, demás de esto, el hablar distrae, y el callar y el obrar recoge y da fuerza al espíritu. Y así, luego que la persona sabe lo que le han dicho para su aprovechamiento, ya no ha menester oír ni hablar más, sino obrarlo de veras en silencio y cuidado, en humildad y claridad y desprecio de sí; y no andar luego a buscar nuevas cosas, que no sirve sino de satisfacer el apetito en lo de fuera, y aun sin poderle satisfacer, y dejar el espíritu flaco y vacío sin virtud interior.

Así, parece que hay silencios carcelarios, aunque esas cárceles sean paradisíacas: silencios de sumisión absoluta a un logos cerrado: a una verdad estructuradora de lo visible y de lo invisible. El que calla y contempla ahí dentro no está en silencio, sino hechizado por el rugido algorítmico (aparentemente silencioso) de un cosmos de palabras que se ha cobijado en su mente. Pero Ramón Andrés sí parece considerar que el silencio al que se han referido Miguel de Molinos y Juan de la Cruz es un verdadero silencio místico. Recordemos esta enigmática frase:

Estar sosegado en lo limitado es tarea del silencio [p. 11].

Creo no obstante que el tipo de silencio que intenta palpar el ensayo de Ramón Andrés es más radical. Es un silencio al que se accede tras la renuncia absoluta a cualquier estructura lingüística (a cualquier sistema de preguntas y respuestas/a cualquier verdad). Es el silencio que quedaría tras tirar la escalera a la que se refirió Wittgenstein al final de su Tractatus:

Mis proposiciones esclarecen porque quien me comprende las entiende finalmente como absurdas, cuando a través de ellas –sobre ellas- ha salido fuera de ellas. (Tiene, por así decirlo, que tirar la escalera tras haber subido por ella).

Yo he disfrutado mucho subiendo por esta escalera de Ramón Andrés. Y, por el momento, no pienso tirarla. La renuncia a la Poesía me parece una mortificación excesiva.

* * * *

A partir de esta crítica voy a tratar de exponer algunas notas muy provisionales todavía sobre la metafísica del silencio:

1.- El silencio sería lo absolutamente otro del lenguaje, de cualquier lenguaje. Sería una vía de acceso a la Nada [Véase “Ser/Nada“]. Esto es: sería el camino para ver/escuchar lo que hay aquí de verdad. Lo que pasa de verdad aquí mismo, ahora mismo (por decir cosas desde un lenguaje que no problematiza las categorías del tiempo y el espacio).

2.- Otra forma de acercarse a eso que sea el silencio sería escuchando el sonido que produce el poetizar de la Física. Según su actual descripción del universo (de lo que hay), el silencio no existe. En todos los rincones de esa inmensidad panmatematizada estaría retumbando el eco del Big Bang: esa explosión primigenia de la que habría surgido el universo entero.  Nos dicen incluso los físicos que esa radiación, ese rugido ubicuo, aparece en los televisores analógicos cuando su antena no está sintonizada (sería ni más ni menos que un 1% del total de las interferencias que chisporrotean ante nosotros). Nos dicen también que esa radiación de fondo (Cosmic Microwave Background) se manifiesta en ondas cuya longitud sería de 1,9 milímetros. Todo los que nos rodea y nos compone estaría vibrando con esa música, con ese grito inicial que precedió al nacimiento del universo. En el universo en el que la Física cree que estamos no hay silencio. Hamlet, según la Física actual, se equivocó. No hay silencio posible dentro de ese universo de cualidades primarias que empezó a dibujarse mientras Shakespeare escribía sus obras. Y Hölderlin estaría como un alma en pena buscando silencios imposibles por todos los rincones del Ser: un alma condenada al ruido eterno.

3.- Algunos pensadores, como Simone Weil, podrían tranquilizar quizás a Hölderlin asegurando que el universo de las leyes físicas es desconectable, que cabe apagar su sonido aparentemente eterno. Simone Weil habló de la Graçe como irrupción en lo físico de lo no físico, de lo no legaliforme. Ahí estaría, en mi opinión, la intuición fundamental -y la vivencia fundamental- de eso que desde el lenguaje se denomina “Mística”: cabe el silencio; un silencio radical que desactiva incluso ese cielo mental (ese kosmos noetos platónico) que hace creer, por hechizo, que existiera -en sí- un universo, el tiempo, el Big Bang, las microondas, y las longitudes. Estaríamos ante el silencio abisal, ante lo que oiría Dios antes de crear el mundo.

4.- Pero habría otro tipo de silencio, también sublime a mi juicio. No sería místico, sino estético. Podría llamarle “silencio intra-cósmico”. Es el silencio “interior” (el “silencio mental”) que es necesario para contemplar la belleza del mundo, de un mundo: del que sea, del que haya sido capaz de configurar el cielo de nuestra conciencia en una de sus infinitas autodifractaciones. Cuando, por ejemplo, se camina en silencio por un paisaje ordenado en función de un determinado sistemas de universales [Véase “Universales“] ocurre una plenitud estética, un gozo inefable que parece estar siendo sentido por el propio Creador dentro de su propia obra.

5.- La música. Se podría afirmar quizás que la música es una ordenada negación del silencio. O también, mejor, que la música es un sistema de embalsamiento de silencios, una hiper-ordenada red de silencios. Buena parte de este diccionario filosófico lo estoy escribiendo mientras escucho los conciertos para piano de Beethoven. Me ayudan a concentrarme. ¿Por qué? No lo sé muy bien, pero quizás sea que esa obra tiene muchos silencios ordenados, muchos lagos de silencio entrelazado donde puedo permanecer sosegado. “Estar sosegado en lo limitado es tarea del silencio”, afirma Ramón Andrés en su obra sobre el silencio. Una composición musical es un sistema de limitación de silencios.

6.- La imagen que silencia el cielo de este texto pertenece a una película excepcional: Die große Stille (El gran silencio), de Philip Grönig. Ese gran silencio es intra-cósmico, ocurre dentro de una música, de un ritmo muy riguroso que incluye rutinas, movimientos corporales, rezos, ideas, etc… La película nos permite observar algo del silencio que embalsa esa música invisible…  pero más sólida que los muros del propio monasterio. Considero no obstante que ese silencio intra-cósmico en el que vibran las conciencias y los corazones de los cartujanos abre ventanas al otro silencio, al extra-cósmico: el que permite sentir la brisa de la Nada (de “Dios” si se quiere) en la piel del alma (otra nada, obviamente). Por eso me ha parecido oportuno elegir una imagen en la que aparece uno de los cartujos asomado a una ventana.

7.- Cuando practico Yoga tengo que esforzarme para mantenerme en silencio dentro del monasterio de mi propio cuerpo. Hay momentos en los que, incluso, me digo a mi mismo que, por favor, guarde silencio. En realidad se lo digo a eso que llamamos “mente”, y lo digo desde un lugar que quizás Mircea Eliade denominaría “conciencia testigo”. El caso es que ese silencio es posible; y es glorioso cuando se consigue. En ese silencio se escucha la propia respiración como un mar calmado, vital, poderoso. Y se siente algo que podríamos denominar “lo sagrado”: una especie de infinito “interior” (aunque, en rigor, ya trasciende el dualismo interior/exterior). En meditación (tras la sesión de Yoga) intento aumentar la extensión y la profundidad de ese silencio. Ocurre entonces que ya no hay cuerpo-monasterio, ya no hay asanas (posturas, dinámicas esculturas de carne): ya se ha abierto del todo la ventana que comunica con la Nada. Después de la sesión de Yoga y de la meditación trato de mantener ese silencio sagrado: de estar en silencio -grave, respetuoso- bajo el cielo artificial -pero sagrado también- en el que vivo cobijado. Bajo algún cielo hay que vivir. No otra cosa es vivir.

Y ese vivir en silencio más allá de mis sesiones de Yoga y de meditación, cuando lo consigo, aumenta la belleza del mundo (de este mundo desde el que escribo) hasta niveles que no dejan de sorprenderme. También aumenta el caudal y la limpieza de todos mis manantiales interiores.

El silencio sublima la vida y aporta una misteriosa energía con la que podemos hacer prodigios.

Creo que es aconsejable aumentar los niveles de silencio, interior y exterior, de esta curiosa civilización en la que vibramos. Creo que aumentaría nuestra salud -global- de forma sorprendente. Kierkegaard acertó.

Por último: ¿por qué filosofar? ¿Por qué practicar esa sistemática negación del sublime silencio? Para mí la Filosofía, entre otra cosas, abre ventanas en el monasterio de nuestra mente. Ventanas a lo “sagrado”. Al “silencio extra-cósmico”. A la “Nada”. La Filosofía permite también visualizar, con estupor maravillado, el propio monasterio mental en el que se cobija nuestra conciencia. Y quizás también nos ubica en una posición desde la que cabría plantearse la construcción de nuevos monasterios: nuevas músicas donde habitar: nuevos discursos: nuevas bailarinas lógicas.

David López

Las bailarinas lógicas: “Ser”/”Nada”

Ser/ Nada.

Por el momento voy a hacer equivalentes las bailarinas “Nada” y “Ser”. Son dos bailarinas lógicas gemelas que, en mi opinión, bailan y hechizan lo mismo. Pero creo que la palabra “Nada” es mucho más eficaz para nombrar el prodigio, la inmensidad y la magia de lo que hay: de lo que de verdad hay aquí, ahora mismo, siempre.

“Nada”.

Si, como creyó Leibniz, hubiera algo en lugar de nada, yo –eso que sea “yo”- padecería algo así como “claustrofobia física; y metafísica”.

Este diccionario puede ser visto y sentido como una sala de baile en la que las palabras -las “Bailarinas lógicas”- muestran la transparencia de sus cuerpos, su poderosa, sensualísima, hiperhechizante, carne de Nada. Es la Nada lo que se ve a través de sus cuerpos prodigiosos, es de la Nada, creo yo, de donde toman su fuerza genésica, es en la Nada de nuestra conciencia donde bailan para que haya “algo”: algún mundo, algún hechizo… alguna ilusión, en el doble sentido que tiene esta palabra en español.

Se podría iniciar esta zambullida lingüística en la Nada afirmando que la Nada se autohechiza a sí misma fabricando aparentes “algos”… con nada: con la mágica nada que vamos vislumbrando detrás de todas nuestras bailarinas lógicas: la nada mágica que tenemos que ser si queremos ser libres; o si queremos que haya algo libre en el fondo de todas las existencias.

Schopenhauer colocó una ventana  infinita al final de su obra El mundo como voluntad y representación. Es ésta:

“[…] lo que queda tras la  completa supresión de la voluntad es, para aquellos que todavía están llenos de la voluntad, realmente nada. Pero también a la inversa, para aquellos en los que la voluntad se ha dado la vuelta y se ha negado, este mundo nuestro tan real con todos sus soles y galaxias es  -Nada.” (Traducción de David López).

Las idea fundamental que intentaré expresar en esta entrada de mi diccionario es que esa “Nada” a la que se refirió Schopenhauer está ya aquí, en este mismo momento, siempre. Y que “este mundo nuestro tan real con todos sus soles y galaxias…” era una fantasía de Schopenhauer, una leyenda narrada desde el poetizar de los físicos de la época.

Ya estamos en la Nada –gloriosa Nada- que Schopenhauer colocó al final de su obra y que vislumbró como lugar de llegada de la mística más salvaje.

En realidad estamos, y somos, una Nada, sagrada, capaz de adoptar infinitas formas en función de infinitos modelos de universales [Véase “Universales”]. Esa Nada supera en “peso físico y metafísico” cualquier “ente” (“cosa”) que se pueda imaginar desde cualquier nivel de conciencia. No hay que olvidar que “conciencia” es también concepto, pequeñez en definitiva.

La Nada –siempre con mayúscula- a la que intento acercar mis frases –mis frases de nada- en realidad es un supra-Ser, un Ser “reventado” por sobreabundancia: algo (Nada) que podría ser cualquier cosa porque goza de aseidad.

Antes de desarrollar con algo más de detalle estas “sensaciones metafísicas” (por llamarlas de alguna forma), creo que puede ser de utilidad tratar los siguientes temas y autores:

1.- La nada en el budismo. Sunyataa. Nagarjuna. El vacío del vacío: todo discurso sobre la vacuidad de los discursos está también vacío. Los mundos son lenguaje. Hechizo lingüístico. No hay nada que exista por sí. Creo que debe leerse esta obra de Juan Arnau: La palabra frente al vacío. Filosofía de Nagarjuna (Fondo de Cultura Económica, Méjico, 2005).

2.- Gorgias. Nada existe. Si algo existiera sería incognoscible. Y si fuera cognoscible sería inexpresable.

3.- Maestro Echkart. En español hay una edición excepcional de algunos textos de este gran pensador alemán: El fruto de la nada (edición y traducción de Amador Vega Esquerra, Siruela, Madrid, 1998). Este título se refiere en realidad a uno de los sermones elegidos (p. 87). En este sermón, el Maestro Eckhart hace una equivalencia entre Dios y la Nada a partir de este pasaje de la Biblia:

“Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del señor, se llegó al sumo sacerdote, pidiéndole cartas de recomendación para las sinagogas de Damasco,a fin de que, si allí había quienes siguiesen este camino, hombres o mujeres, los llevasen atados a Jerusalén. Cuando estaba de camino, sucedió que al acercarse a Damasco, se vio de repente rodeado de una luz del cielo; y al caer a tierra, oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él contestó: ¿Quién eres, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer. Los hombres que le acompañaban quedaron atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó de la tierra, y con los ojos abiertos, nada veía. Lleváronle de la mano y le introdujeron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber [Hch 9]“.

Y dice el Maestro Eckhart con ocasión de este célebre hecho bíblico:

“En la luz que le envolvió [Pablo] fue lanzado al suelo, y se le abrieron los ojos, de forma que con los ojos abiertos veía todas las cosas como [una] nada. Y cuando veía todas las cosas como [una] nada, entonces veía a Dios” (p. 89 op. cit. supra).

El Maestro Eckhart está haciendo referencia a la verdadera visión: la que ve lo que de verdad hay: la mirada liberada de conceptos: la “mirada silenciosa”, podríamos decir. [Véase “Concepto”].

4.- Schopenhauer. Diferencia entre la nada absoluta y la nada relativa. ¿Cabe pensar en un mundo sin soles ni galaxias? ¿Cabe un mundo absolutamente otro del que -físicamente- vio Schopenhauer?

5.- Sartre. Le he ofrecido el cielo de este texto. Este gran pensador, según yo lo he leído, en La Náusea sintió un ”debilitamiento” de su mundo físico-objetivo (de su hechizo). Como narra el protagonista de esta novela, de pronto, todas las cosas, se mostraron como una nada absurda. Sartre, curiosamente, creía en la realidad objetiva (física) de esas “cosas” absurdas; plurales. Y me parece que lo siguió haciendo en el Ser y la nada y en El existencialismo es un humanismo. Cierto es que afirmó que el ser humano es una nada condenada a la libertad (un pequeño dios, absurdo también: una pasión inútil). Pero, sumiso ontológicamente, dejó intacto el kosmos noetos platónico que solidificaba “el ser en sí” (el mundo, digamos, “no humano”). Sartre no llevó esa nada condenada a la libertad más allá de lo que le permitía el modelo de la Física en el que él creía: Sartre se creía que había soles y galaxias, como se lo creyó Schopenhauer: se creyó esos universales y no percibió su transparencia, su realidad puramente lingüística: no fue consciente de que daba por realidad -”realidad objetiva”- unos hechizantes recortes en la Nada. Sartre sintió náusea, y angustia, bajo un cielo ideológico moribundo, incapaz ya casi del todo de hacer soñar: las bailarinas lógicas que habitaban en la conciencia de Sartre estaban moribundas, apenas podían bailar ahí dentro: el hechizo vital perdía fuerza.

6.- La nada (el vacío) desde el discurso cientista. Gracias a mis -impagables- conversaciones con Álvaro Calle he podido saber que, desde el modelo de la física, digamos “clásica”, el vacío se consigue retirando moléculas (“materia”, por simplificar) de un espacio confinado. En realidad el vacío nunca se consigue del todo, pero sí es cierto, al parecer, que si se retiran muchas “cosas” de ese espacio confinado (si se vacía mucho dicho espacio) se accede a un “pozo de energía inconmensurable”, según palabras del propio Álvaro Calle. Algún físico -como Andrei Linde- habría afirmado incluso que de ese vacío podrían surgir universos enteros.

En meditación lo que hacemos es, precisamente, un gran vaciado…

7.- Enomiya Lassalle: “El zen“. En esta obra, con  veinte años, tuve mi primer encuentro con el glorioso silencio infinito de la nada zen. Recomiendo su lectura, todavía hoy.

8.- El nihilismo. Desde esta corriente de pensamiento y de sentimiento se suele afirmar -con una especie de sufrido desdén existencial- que “no hay nada”. ¿Nada dónde? ¿Nada de qué? ¿Qué debería haber para que sí hubiera algo? ¿Debería haber más vida después de la muerte; o no muerte; o no sufrimiento; o no decepciones; o qué? No olvidemos que muchos nihilistas dan por existente el materialismo ateísta de corte decimonónico. ¿No será que esa –utilísima y provisionalísima- leyenda sobre lo que hay tiene muy poca capacidad para ilusionar conciencias?

Mi posición ante el nihilismo está expuesta, parcialmente, en esta crítica de una obra de Fernando Gil Villa:

https://www.davidlopez.info/wp-content/uploads/2010/01/creer-que-no-se-cree.pdf

Quizás el nihilista lo que echa en falta es una materialización de lo soñado (lo deseado) en el ámbito de lo real. Tiene miedo al sufrimiento que produce la distancia entre los imaginado/deseado y lo que, “de hecho”, llega a acceder a lo “objetivo”. Pero el “nihilista” (como el Sartre de La nausea) siempre cree en algo, aunque no sea consciente de ello. Lo que ocurre es que, en ocasiones, eso en lo que cree pierde su fuerza de hechizar, de generar entusiasmo vital… y el ser humano se marchita, a la espera de que le asalte otra creencia (otro hechizo, otro kosmos noetos platónico) que le revivifique: que le haga soñar entusiásticamente (con Dios/Zeus dentro, literalmente).

Expongo a continuación algunas notas -muy provisionales- sobre lo que la palabra/la bailarina ”Nada” provoca en mi conciencia:

1.- Mi idea fundamental, ya adelantada al comienzo de estas notas, es que estamos en/somos la “Nada”. No estamos en ese “mundo nuestro con soles y galaxias” en el que creyó Schopenhauer estar habitando. Ese mundo es una fantasía (por decir algo desde este lenguaje de fantasías). Cualquier descripción de lo que hay (cualquier modelo de la Física si se quiere) es una leyenda; una leyenda útil. Una gran obra de arte en la conciencia. Pero las leyendas se marchitan, hay que renovarlas. A mí me gustan mucho las galaxias y los soles y los océanos. Pero a veces siento la necesidad de rebautizarlos, de retirar esos velos, ya gastados, y sustituirlos por otros, con olor a nuevo, con más capacidad para fascinar conciencias.

2.- Muchos de nosotros contemplaremos descripciones de lo real -probadas, eficaces, capaces de fabricar artefactos- desde las que ya no quepa hablar de los soles y las galaxias cuya objetividad tanto convenció al propio Schopenhauer. Y esos nuevos modelos -esos nuevos mundos- serán también reducidos a la nada de la fantasía por otros nuevos. ¿Así hasta el infinito? ¿Dónde anidan esos modelos/fantasía? ¿Quién/qué los fabrica? Los poetas. Y lo que opera a través de los poetas. Los físicos son poetas, pero en general no lo saben. Triunfarán las poesías que más hagan soñar: las poesías que fabriquen kosmos noetos platónicos especialmente subyugantes. Para eso están los cielos y los conceptos que los finitizan: para mover, para hacer soñar.

3.- ¿Cabe vivir sin conceptos? [Véase “Concepto“]. Sólo puedo hablar de mi “experiencia” “personal”. En estados de meditación profunda (estados en los que no hay ni “estado” ni “meditación”) sí puedo despejar todos los cielos (todos los kosmos noetos) que se disputan mi conciencia [Véase “Cosmos“]. En ese estado puedo seguir “siendo” sin ser David López: sin mundo, sin galaxias, sin soles, sin dioses, sin materia, sin humanidad… Pero ocurre el regreso, bajo un cielo (bajo un hechizo) y en él, por amor (por apego sagrado) quiero seguir soñando. Seguir soñando, sí, como diría Nietzsche. Y seguir soñando, sobre todo, a los seres a los que amo. Perdidamente.

4.- Cabría -cabe de hecho- habitar bajo un cielo artificial sabiendo que sobre ese cielo está la Nada sagrada que lo incinera y lo vivifica todo. Una Nada -sagrada, amorosa y terrible también- que se muestra ubicua, inmanentísima, aquí mismo, con sólo mirar atentamente el cuerpo transparente de las bailarinas lógicas, que son las que cubren los cielos de nuestra conciencia haciéndonos creer que hay algo en lugar de nada. Y cabría sacralizar estos mundos de ”algo” en los que estamos soñando -en los que estamos autohechizados-  precisamente porque son prodigiosas burbujas que se sostienen, por amor, por nuestro amor, en esa descomunal hoguera de la Nada cuyo crepitar se oye en cuanto nos callamos un poco.

5.- La fe puede ser definida como confianza en la Nada [Véase “Fe“]. La Filosofía, tal y como yo la entiendo, y tal y como ella me arrastra, abriría todas nuestras compuertas ideológicas para dejar paso a los –fabulosos, aunque aterradores- océanos de la Nada. La Filosofía sería un camino de progresivo no conocer para vivir en una extática, gozosa, sacralización de la infinita pista de baile que hay en eso que desde aquí puedo llamar “conciencia”. O “mente” si se quiere también.

6.- Podría decirse, y sentirse con cierto horror, que cada instante que vivimos está muriendo: que se está haciendo nada en la despiadada trituradora del tiempo. Podría decirse quizás también que, como mucho, cada instante que vivimos se está transformando en un espectro caprichoso que deambula y fantasea por las algas y las nieblas de nuestra memoria… mientras no ingresemos en la nada de nuestra muerte. Hay una palabra en este diccionario que, en mi opinión, proporciona una esplendorosa visión de todo lo vivido: en lugar de estar nuestro pasado ya en la nada de lo pasado -y el pasado de todos los que nos precedieron en la vida- ese pasado estaría aquí, en este instante, entero: todo vibrando a la vez… y construyendo algo prodigioso que nuestra imaginación, ahora, por el momento, no sería capaz de alcanzar. [Véase “Aufhebung“].

7.- Al ocuparme de la palabra “Libertad” [Véase] hago mención al concepto de “Aseidad”, clave en la teología medieval cristiana. Dios, para ser libre, debe ser Nada: una existencia sin esencia. Ser “algo” ya sería un condicionamiento, una limitación, un algoritmo que robotizaría el baile de lo que hay. Sólo la Nada, como objeto sin concepto, permite pensar el Ser como libre, mágico y creativo.

Por último, creo que no sería honesto por mi parte ocultar esta sensación: la Nada nos asiste y nos ama más de lo que nosotros -esos preciosos árboles de nada- nos asistimos y nos amamos a nosotros mismos en este nivel de conciencia (por decir algo). Aunque cabría decirlo quizás algo mejor: somos nosotros mismos, donde ya no cabe sostener el plural, esa Nada que ama, con locura, sus propios frutos de la  Nada.

David López