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Filósofos míticos del mítico siglo XX: H.G. Gadamer

Gadamer.

Sigo intentando fundir mi horizonte, lo que puedo ver ahora, con el horizonte de Gadamer: con lo que él pudo ver. La lectura, la escucha, de textos, de personas, de realidades, implican un fascinante viaje de riesgo hacia mundos no pensados ni sentidos ni amados todavía, hacia fabulosas expansiones de nuestra conciencia. Hay que escuchar, hay que leer, hay que dialogar desde un nivel de amor que quizás cabría llamar filosófico, por su gran apertura, por su capacidad de fertilizar, de transformar.

Gadamer -apoyándose sobre los hombros de Heidegger [Véase]- llevó la hermenéutica [Véase] a la esencia humana. Hizo de ella una ontología, vio en ella lo fundamental del hombre. El hombre sería un ser que interpreta, que interpreta la tradición que recibe, el mundo que le envuelve y a sí mismo, constantemente, en ese mundo, que en realidad no es sino una determinada estructura de símbolos (una leyenda, diría yo). Unamuno [Véase] diría que el mundo es una tradición social. El mundo como forma de lenguaje, pero lenguaje vivo capaz de superar sus límites y los del propio mundo que en él se crea y se cobija. Capaz incluso de transformar el mundo, ampliarlo, crear otro. Ni el lenguaje ni el mundo estarían nunca quietos. Tienen demasiada fuerza, demasiada magia. Todo tiene demasiada magia.

Gadamer -siempre sobre la base de su obra Verdad y método– afirmó que la esencia del hombre es la interpretación. Que esa actividad es su actividad fundamental, lo que determina su ser. Quizás cabría ir algo más allá y afirmar que eso que Gadamer llama “hombre” -o, mejor “ser humano” (Mensch)- no es el sujeto de la hermenéutica, no es el que interpreta la tradición, la experiencia, etc, sino precisamente una opción hermenéutica, una interpretación entre las infinitas posibles que ofrece el espectáculo que se presenta en eso que sea nuestra conciencia. También la propia hermenéutica, como actividad, es ya una opción hermenéutica. Presupone un dualismo: los textos y la realidad están ahí fuera, frente al intérprete. ¿Y si los creáramos, siempre, todos, nosotros mismos? ¿Cabe hablar de textos “en sí”?

Gadamer en cualquier caso abrió la puerta a una fascinante metafísica de la lectura, que ha propiciado incluso el nacimiento de la así llamada Escuela de Costanza, uno de cuyos representantes es Roman Ingarden.

Leer, escuchar, mirar. Son radicales experiencias, son una posibilidad de acercamiento a la Gran Estética. Me refiero a la lectura-mirada-escucha de “la Cosa”, de la totalidad de lo que se presenta (incluidos nosotros mismos), como experiencia estética más allá del dualismo sujeto-objeto. Eso, según Gadamer, ocurre en la contemplación de la obra de Arte. Pero yo sospecho que todo lo que se presenta en la pantalla de cine de nuestra conciencia es una gran obra de Arte, aunque también sospecho que esa pantalla protofísica no es exactamente “nuestra”.

Gadamer pasó buena parte de su vida en Heidelberg. Allí hay un camino cuyo nombre es Philosophensweg (camino de los filósofos). En ese lugar la obra de arte del mundo está explicitada, sobre todo en Otoño, y sobre todo si está uno enamorado, y más aún si ese enamoramiento tiene por objeto la “Cosa” (el Ser). También está explicitada la obra de arte del mundo en la imagen que sobrevuela este texto. Es una fotografía de Heidelberg.

Algunas de sus ideas

1.- Interpretar es la esencia del hombre. La hermenéutica deja de ser un simple método de acceso a la verdad para convertirse en la verdad misma, la forma como la verdad se desvela y, aún más, sería también la hermenéutica lo más humano, lo característico de lo humano. La verdad en última instancia sería una labor humana, algo que le presupone, que le exige.

2.- Comprender es fusionar horizontes. El lector debe exponerse a una ampliación de lo que puede ser visto desde el punto que ahora ocupa en el mundo. Debe exponerse a una ampliación de ese horizonte y a la incorporación de horizontes completamente nuevos: nuevos lugares desde los que mirar nuevos mundos. Eso sería presupuesto y, a la vez, efecto de una lectura, digamos, “verdadera” dentro de la metafísica de la hermenéutica que elaboró Gadamer. Se podría incluso decir desde esta metafísica que una lectura, o una escucha, podría tener efectos físicos, genésicos: la irrupción de nuevos mundos en nuestra conciencia. Recordemos que Wittgenstein [Véase], al desarrollar su teoría de los juegos del lenguaje, llego a afirmar que esos juegos tienen unas arreglas que, una vez asumidas por los jugadores, fucionan como leyes de la Física (de la Física de esos mundos de palabras que ellos tienen por realidad verdadera). Gadamer habla de “comprender”. Pero comprender sería en realidad ser “comprendido” en nuevos mundos, según yo entiendo a Gadamer.

3.- Prejuicios, autoridad, tradición. Gadamer, saltándose los prejuicios que la Ilustración tenía contra los prejuicios, reivindica estas formas de pre-comprensión que serían efecto de la tradición en la que está incardinado todo ser humano, todo intérprete. El ser humano es un ser histórico, no puede abstraerse del flujo histórico en el que nace y vive y muere. El prejuicio es una anticipación al sentido de cualquier texto o realidad que se vaya a recibir e interpretar. No cabría interpretación sin prejuicio. Comprendemos siempre que la tradición nos haya dado ya los prejuicios que necesita ese texto o realidad para ser comprendidos. Y la validadez de esos prejuicios se la otorgaría la autoridad. Debemos aceptar, aunque, eso sí, críticamente, que haya o haya habido personas que sepan más que nosotros y que deban ser escuchadas, estudiadas, en profundidad. La crítica requiere conocimiento, pero en cualquier caso no cabe ignorar las autoridades (aquí encontramos una síntesis entre el pensamiento escolástico y el ilustrado). La tradición, por lo tanto, como causa de nuestros prejuicios, no debe ser desatendida. Sería una grave estupidez. Y sus autoridades deben ser aprovechadas, críticamente, para dilatar nuestro horizonte. Se me ocurre recordar ahora a Kant: la esencia del ser humano sería volar hacia el infinito. ¿Quien establece lo que debemos entender por “autoridad”? Gadamer responde que lo establece la tradición, esa fértil fuente de prejuicios, así de claro.

4.- La experiencia estética. Se refiere Gadamer a la experiencia de la obra de Arte, siempre que esto provoque la sensación de un barrido de la frontera entre el sujeto y el objeto, digamos un “rapto” operado por la belleza de lo percibido. Y cree Gadamer que el método científico no puede ocuparse de este fenómeno porque parte siempre de un presupuesto: la distinción entre el sujeto y el objeto: el estudio de lo que pasa ahí, frente al observador. Gadamer utiliza términos como “juego” o “fiesta” para dar cuenta de los estados de conciencia en los que ocurre, o que propicia, el Arte. Lo que pretende Gadamer es legitimar la existencia de otras formas de tiempo y de espacio, otras formas de ser un ser humano, que por otra parte acompañan desde siempre a los humanos. Y reivindica el valor de esas experiencias, que serían, por así decirlo, datos, aprendizajes, material que no hay que elminar de nuestros modelos de la Verdad. Me viene a la memoria el empirismo radical que reinvindicó William James [Véase].

4.- La Poesía. Gadamer otorga a este arte el máximo potencial para desvelar la verdad. Incluso para crear nuevos mundos.

Con ocasión de la palabra Poesía quisiera interpretar un texto concreto de Gadamer. Es decir: entrar en su abismo desde mi abismo, ambos sin fondo. El texto lleva por fecha 1986 y por título Der “eminente” Text und Seine Wahrheit [El texto eminente y su verdad]. En español hay una edición de este texto dentro de una antología que lleva por título: Arte y verdad de la palabra (Paidós, Barcelona, 2012).

Voy a mostrar los fogonazos más sublimes que, en mi opinión, ofrece el citado texto de Gadamer. Los enumero a continuación como ideas por mí abstraídas del texto, no como citas del mismo:

1.- La Poesía como texto, como realidad autónoma que no requiere ser legitimada por nada externo, aunque mantenga vínculos con la “realidad”.

2.- ¿Qué sentido tiene entonces preguntarse por la verdad de un texto poético?

3.- No hay fuera del texto poético un sitio donde comprobar esa verdad (entendida como equivalencia entre el intelecto y la cosa… pues la cosa sería ya el propio texto poético).

4.- El texto poético forma parte de lo que se entiende por “bellas artes”. Es algo bello. Y sería bello lo que está justificado por su propia existencia, lo que no necesita ninguna instancia fuera de sí mismo ante la que justificarse.

5.- La Filosofía descubre su cercanía con la Poesía tras su enfrentamiento con la pretensión de verdad que ostentan las ciencias experimentales. Esa cercanía entre la Filosofía y la Poesía habría sido negada por Platón y recuperada por Schelling y Hegel.

6.- La Literatura como conjunto de textos eminentes, distinguidos, en cierto sentido intemporales.

7.- Un texto poético sería eminente cuando ninguna interpretación lo puede “agotar” en conceptos. “El texto eminente es una configuración consistente, autónoma, que requiere ser continua y constantemente releída, aunque siempre haya sido ya previamente comprendido”.

8.- Un texto poético es “cursi” cuando  irrumpe en él un interés ajeno a lo artístico. Fuentes de cursilada: intereses patrióticos, religiosos…

9.- Para la sociología sí es útil la Poesía cursi, pues da cuenta del momento en el que nace. Una fuente de cursiladas sería, por ejemplo, el realismo socialista.

10.- En la Poesía verdadera lo que se presenta como lenguaje dice más de lo que puede decir el decir. Ahí estaría su eminencia.

A partir de estos fogonazos de Gadamer se me ocurren la siguientes reflexiones:

1. Lo que Gadamer está entendiendo por Poesía verdadera quizás sería la Filosofía verdadera, si es que por Filosofía entendemos también una determinada producción de textos, una forma de Literatura. Ambas serían “cursis” -yo diría mejor “horteras”- cuando incorporaran emocionados vínculos a conceptos ya considerados “verdad”. Una acepción de hortera sería aquel comportamiento humano en virtud del cual se hace ostentación de riquezas, o bellezas, que, vistas desde un plano superior, no lo son en realidad. ¿Cabe por cierto acceder a ese plano? ¿Cómo saberlo? ¿No será una horterada creerse en él, hablar gozosamente desde él?

2.- Gadamer habla de la cursilería religiosa o patriótica como elemento que impediría convertir un texto pretendidamente poético en un texto eminente. Cierto. Pero lo curioso es que hay un tipo de poesía “religiosa” donde, en mi opinión, la eminencia sube a alturas fabulosas. Me refiero a la Poesía mística. Podría ser que precisamente la Mística se opone a la Religión, siempre que esa Mística implique un silencio cognoscitivo, un fusionarse con lo no pensable, con lo que transciende el binomio Verdad- No Verdad. Decir desde el silencio. Palabras de silencio. Palabras de Dios por así decirlo, por así decirlo desde un abismo que no se puede decir a sí mismo.

3.- La eminencia de la que habla Gadamer, aparte las exigencias formales y el dominio del lenguaje, creo que presupone un yo filosófico; y creador: una ubicación más allá de esos mundos cognoscibles que pujan por ser el Ser en nuestra conciencia (por decir algo). La buena Poesía sería palabra que da cuenta de lo Prodigioso, del Infinito si se quiere, de lo que el Lenguaje no es.

4.- Cabría incluso afirmar, desde este texto de Gadamer, que toda verdad es cursi. Yo añadiría hortera, si esa verdad se exhibe, hacia afuera o hacia dentro de uno mismo, con gozoso entusiasmo onírico.

5.- También cabría afirmar desde el citado texto que la Poesía es la Verdad, pero solo si es “mala Poesía” y si es que por Verdad entendemos un orden, un mundo, un Cosmos, y una isomorfía entre nuestra mente y ese orden aparente. Por ejemplo: los mundos “de verdad” que van ofreciendo los textos que escriben los que a sí mismos se denominan “científicos” y olvidan que sus modelos son instrumentales, abstracciones encadenadas sobre una realidad “objetiva”. En cualquier caso, tengo la sensación creciente de que, como dijo Unamuno, el “mundo” (es decir, la Verdad final de referencia) es una tradición social, una leyenda, una gran Poesía (Hölderlin), pero no eminente, aunque no por ello menos fascinante. La Poesía eminente surgiría de la no eminente y ofrecería momentos de meta-verdad, momentos de misterio infinito. Ahí, la Poesía eminente compartiría la labor de la Filosofía, tal y como la entendió, por ejemplo, Jaspers [Véase]: desbrozar, abrir caminos a lo transcendente, a lo que no es “mundo” (por ejemplo en el sentido dado a “mundo” por Wittegenstein), a lo no narrado, a lo no cursi ni hortera diría yo.

Intentaré ir completando estas notas a lo largo de mi vida. Y lo haré consciente de que de alguna manera yo mismo caeré en la cursilada. Y en la horterada. Claro que sí. No se puede vivir sin ellas, sin cierta dosis de ellas. Pero, en ambos casos, consciente de ellas, creo y, sobre todo, enamorado. ¿De qué? No lo sabría decir con exactitud. Pero se trata de algo fabuloso que intento compartir en este blog.

Algo “eminente” porque no se deja reducir a conceptos.

David López

Las bailarinas lógicas: “Humanidad”.

 

 

 

Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa de Sotosalbos.

En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que, desde una asumida irracionalidad, me propongo sacralizar en este texto.

Se me ocurre ya una arbitraria definición:

“Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de este diccionario. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

Un recorrido previo, todavía por desarrollar:

1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.

2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

Algunas de mis ideas provisionales, siempre provisonales:

1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

 

Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

Eso es la Humanidad. Creo yo.

 

 

 

 

David López

Sotosalbos, 18 de enero de 2013.

 

Plenitud filosófica para el 2013

 

 

Ha amanecido aquí en Sotosalbos un año especialmente bello. Nubes muy altas que brillan intensamente y que empujan el horizonte mucho más lejos de lo lógico. Hay silencio, grandeza, belleza extrema anudada en las ramas de los abedules, de los fresnos, de los tejados. Y en el verde cristalino del musgo palpita con fuerza toda la magia de la existencia.También palpita en los ojos de mi hijo Nicolás, que ayer vio en nuestro jardín y en nuestra bliblioteca cosas que ya no se ven cuando se abandona la infancia, cuando nuestra mirada se hace utilitarista, economicista, práctica, miedosa, pequeña y empequeñecedora. Es decir: no filosófica.

Se me ocurre que desear un feliz año quizás no sea un buen deseo. El ser humano, como sospechó Goethe, no soporta demasiados días seguidos la felicidad.

Digamos que el sufrimiento es ineludible, estructural, necesario, sano. En mis escritos vuelvo una y otra vez al concepto indio de Tapas [Véase]. Lo conocí quizás algo tarde. De haberlo hecho antes me hubiera enfadado menos con el mundo en los momentos en los que yo sufría. Cierto es que antes de ese encuentro ya había sentido que algunos sufrimientos eran más bellos, más grandiosos, que algunos placeres; y que todos los sufrimientos, siempre, si no eran buscados, llevaban oro puro con el que construir realidades sorprendentes. Esos enfados, por otra parte, aumentaban mi sufrimiento y, por lo tanto, el brillo de su oro creativo.

Quizás más que un feliz año, habría que desear algo que quiso Nietzsche para sí mismo y para la civilización que comprimía su alma. Era algo así como “vivir creativamente en una optimista armonía con los sufrimientos de la vida”.

Finalmente la vida -ese misterio innombrable- es siempre un prodigio: cuando ofrece felicidad porque nos da ese regalo fabuloso; y cuando ofrece sufrimiento porque está fabricando realidades futuras, también fabulosas sensitivamente.

Quisiera ahora dar las gracias a los lectores de este blog. Nunca imaginé que llegarían a ser tantos, repartidos en tantos países. Es para mí un privilegio y un honor compartir mis textos y mi alma con tanta gente. Gracias de corazón. Y quisiera también compartir ahora el gran proyecto filosófico de mi vida. Se llama Huerto Infinito. La idea me asaltó hace justamente un año, cuando subía en solitario a la laguna de Gredos, lugar casi metafísico donde brillan las cenizas de mis padres.

El Huerto Infinito. Se trata de un lugar sin fronteras donde iré cultivando mis textos presentes y futuros. En este blog se pueden ver buena parte de esos textos. El objetivo este año era tenerlos traducidos al inglés. No ha podido ser. El trabajo era mucho más difícil de lo que parecía porque todos mis textos están vivos: mutan y crecen cada día, lo que exigirá quizás que sea yo mismo quien los tenga que escribir en esa lengua planetaria. Ya hay mucho traducido, pero necesitaré algo más de tiempo.

Uno de los textos que querría haber traducido antes de final de año es mi novela El filósofo del martillo. Hacía once años que no la leía. Y no he podido evitar ponerme a corregirla, en español todavía. Al principio han sido frases sueltas cuya redacción no me gustaba. Tampoco me han gustado, tantos años después, algunos colores y olores y efectos especiales. El caso es que estoy transformando casi por completo ese ser de palabras que fue decisivo en mi vida entre los años 1998 y 2001. Esta misma noche, justo con el cambio de año, he estado ahí metido, soñando-recreando, cambiando nombres, momentos, colores, olores. En el fin de año de 1998 me fui a Orta, en Italia, en completa soledad, y pasé la Nochevieja junto al lago, entre nieblas, rodeado por mis personajes, expuesto a las estremecedoras tormentas de Maya.

El caso es que en breve -quizás no más tarde de un mes- ofreceré una nueva versión de esa novela. Se llamará El nuevo filósofo del martillo, y estará disponible en formato digital. Espero que la disfrutéis. Los que ya leyeron la anterior novela encontrarán un mundo muy diferente. Yo ya no soy el mismo, ni lo es Nietzsche para mí, entre otras razones porque ahora sí puedo leerlo directamente en alemán. Hace once años no podía. Desde entonces he impartido varios cursos sobre Nietzsche, algunos en el propio pueblo de Orta, con mis queridos alumnos-amigos. Todo ha cambiado. Ya no vivo en el mismo mundo.

Un proyecto de El Huerto Infinito que sí he podido concluir antes del fin de 2012 es mi estudio sobre el poder de la magia en la metafísica de Schopenhauer. En este mismo mes de enero enviaré mis conclusiones a Frankfurt para su publicación en el Anuario de la Sociedad Schopenhauer (Schopenhauer-Jahrbuch). Han sido siete año fascinantes, inolvidables, pero extenuantes (yo no sabía una palabra de alemán cuando inicié el trabajo; una locura). Siete años de sacrificios. Y algunos incluso han afectado a mi vida emocional. Espero haber aportado por lo menos una ventana especial para asomarse al fabuloso modelo de totalidad que escribió ese filósofo sorprendente. El trabajo por el momento lo he redactado en alemán, pero, en cuanto me sea posible, lo traeré a este blog, ya traducido al español.

Otro proyecto que va avanzando es mi futura obra sobre la ontología -y ontopóiesis- de la empresa. Todos los terceros sábados de cada mes, en Almagro, 3 (Madrid), utilizo mis bailarinas lógicas como cámaras privilegiadas para enfocar eso que sea “la empresa”. Las conferencias son en realidad momentos de trabajo personal que comparto con los alumnos, algunos de los cuales se han convertido en investigadores filosóficos. Lo que ellos encuentren lo traeré a este blog junto con la obra que finalmente surja de este proyecto.

Y, por supuesto, seguimos estudiando, semana a semana, a los filósofos míticos del mítico siglo XX. Lo que voy viendo en su pensamiento y en su corazón lo voy trayendo aquí. También lo llevo a mis conferencias en Ámbito Cultural de Madrid y a los dos clubes de “filo-filósofos” que dirijo en la misma ciudad.

Queridos amigos: deseo para todos un gran año 2013. Un año en el que seamos capaces de existir, de ver, de sentir, de crear, desde eso que Wittgenstein llamó el “yo filosófico”.  Estoy cada día más convencido de que el ser humano -y el mundo, cualquier mundo- se subliman con la Filosofía, entendida como mágica mezcla entre amor extremo y extrema inteligencia. Y la sublimación de lo humano nos llevará, sin duda, a una Humanidad cuya belleza ahora nos es inimaginable.

 

David López

Sotosalbos, 1 de enero de 2013