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Feliz Navidad eterna

 

Navidad significa nacimiento, entrada, en el “mundo” de lo que no es del “mundo”: entrada de un dios, imaginario, claro, como todo, como lo es el propio mundo en cuanto tradición social [Véase aquí Unamuno] o, si se quiere, en cuanto fenómeno cerebral.

Nombra también la Navidad la creencia en que puede nacer en las mentes y en los corazones humanos una idea que provoque un incendio de ilusión, de esperanza. No otra cosa es el mundo que un lugar de ilusión, un lugar que debe ser permanentemente inseminado con la ilusión. El mayor pecado sería des-ilusionar. Sería algo así como un homicidio. La depresión -entendida como ausencia de ilusión y de percepción de la belleza- es un infierno en el que no se tiene ya ni energía para odiar. Incitar a la depresión es un pecado capital. Si alguien ha perdido la ilusión, si agoniza de nihilismo prosaico, debe ser lo suficientemente generoso como para redoblar su apuesta por el encantamiento físico y metafísico (recordemos al San Manuel Bueno Mártir del ya citado Unamuno). Debe poner la mesa de Navidad más bella que nunca, por así decirlo. Ilusionar a los demás es la más grande ofrenda, es meter nuestras manos en las manos de ese Dios cuya grandeza muy pocos cristianos estar dispuestos a admitir.

Quizás todo el corpus de textos que escribió Nietzsche no es sino una rabiosa condena de cualquier palabra, idea, actitud intelectual, e incluso corporal, que provoque desencanto, desilusión, resentimiento contra la vida (esa experiencia tan dolorosa a veces y cuyos confines yo creo que se extienden por el infinito).

Una palabra tuya -tuya, seas quien seas- basta para sanarme, a mí, y a quien sea. Y también basta para enfermarme. Yo he hablado en ocasiones de “metafísicas desaborías”: las ideologías del desencanto, de la demonización, del nihilismo, de la negatividad.

La Navidad en cierto sentido es una provocación porque exige soportar intelectualmente el sentido de lo sagrado; y rendir culto al encantamiento: al rito anual que eterniza el imposible encuentro entre lo que se cree que es el mundo real, banal, no-prodigioso, y lo que se cree que pertenece a la fantasía: el nacimiento de un Dios ahí donde no puede nacer ni vivir ningún Dios.

También significa la Navidad una apertura filosófica extrema que podría estar en la línea de Bergson [Véase] o de Ernst Bloch [Véase]. Se trataría de abrirse a la provocadora idea de que el futuro está abierto, de que puede nacer en cualquier momento “lo imposible” (lo que no considera posible esa “lógica” que va disecando temporalmente las inteligencias humanas).

Creo por tanto que lo que hay que celebrar hoy es la creencia en lo que parece imposible por su exceso de belleza, la creencia en la sorprendente moldeabilidad y capacidad de autoembellecimiento que tiene eso de “la Historia”, entendida no solo como fenómeno social sino también individual. Pueden ocurrir cosas maravillosas, inesperadas, imposibles, en nuestra vida y en la vida de las sociedades. Y de hecho ya están ocurriendo. No otra cosa ocurre.

Y el nacimiento del Jesus de la Biblia, en particular, quizás signifique algo muy simple: en el mundo (en esa narración, en ese esquema, en esa fantasía que damos por real) puede entrar algo (el amor) que provoque una transformación radical de la conciencia donde ocurre ese mundo. El resultado sería el paraíso, esto es: un lugar donde no se odia, donde lo existente no es diferenciable de lo sagrado, donde la ilusión es inagotable, donde la Navidad es eterna.

Eso os deseo a todos vosotros, mi queridos lectores: una Navidad eterna. No otra cosa propicia la Filosofía (la extrema sabiduría).

 

David López

Sotosalbos, a 25 de diciembre de 2013

Pensadores vivos: Michel Hulin.

Michel Hulin publicó en 1993 un libro excepcional: La mystique sauvage (Paris, PUF). En España fue editado por Siruela y cuenta con una exquisita traducción del francés llevada a cabo por María Tabuyo y Agustín López.

La mística salvaje, tal y como la entiende Michel Hulin, toca el nervio crucial de mi pensamiento, de mi sentimiento y de mi Filosofía toda. Yo tuve en Lyon una experiencia de “mística salvaje”. Este acontecimiento crucial en mi vida puede leerse [Aquí].

Michel Hulin fue profesor de Filosofía en la universidad Paris-Sorbonne entre 1981 y 1998. Ha estudiado especialmente de la filosofía india, pero el texto del que me voy a ocupar aquí transciende ese ámbito civilizacional y se asoma con potencia y con brillantez a lo que ya no es siquiera “humano”: la mística salvaje. No olvidemos que eso de “humano” es un sustantivo, un símbolo tribal, un confinamiento imprescindible. Buena parte de mi trabajo filosófico consiste en ampliar, dilatar, des-socializar en lo posible eso que somos: otorgarle (o, mejor, devolverle-reconocerle) una dignidad, un tamaño, que por ejemplo la sociología le niega. Nadie es “uno” y hace “dos” con otro. Somos un sacro infinito, irreductibles a ninguna aritmética, a ningún modelo psíquico o social. La experiencia mística -salvaje o no- permite conocerse, ser consciente de la inmensidad que se es.

Ofrezco a continuación algunas de las ideas que ofrece Michel Hulin en La mística salvaje (las citas se refieren a la edición española realizada por Siruela en 2007):

1.- William James [Véase aquí] y sus conferencias de 1901-1902 sobre las “variedades de la experiencia religiosa”. Michel Hulin reconoce que a partir de ahí “se han multiplicado los estudios consagrados a los diversos aspectos del misticismo, y nuestro conocimiento del fenómeno místico ha aumentado de forma considerable, al menos en extensión. Pero, ¿se ha afinado en la misma proporción nuestra comprensión íntima del fenómeno?” (P. 9). Michel Hulin cree que no, pues ve una escisión entre dos corrientes de eruditos que se ignoran y desprecian entre sí: la del historiador que “está como prisionero de las codificaciones psicológicas, teológicas, etc., que los grandes místicos utilizan inocentemente para dar forma a su experiencia y comunicarla a los otros”; y la de quienes, apoyándose en una tradición que arranca en el siglo XIX “trata de interpretar la experiencia mística siguiendo el hilo conductor de la patología mental” (p. 10). Y esta escisión, esta imposibilidad de diálogo, sería una ruina para la inteligibilidad misma del fenómeno místico. Michel Hulin es un filósofo: quiere ver, saber, qué es eso de la experiencia mística ( o, al menos, qué no es).

2.- Lo salvaje. Afirma Michel Hulin que es salvaje aquello que “surge espontáneamente, por oposición a lo que debe ser cultivado” (p.12). Habría por tanto que distinguir entre mística salvaje y místicas religiosas: “por una parte, una forma fundamental, en bruto, siempre igual a sí misma puesto que expresa ciertas posibilidades esenciales del espíritu humano; antihistórica, pues; y, por otra, una serie de variaciones sobre un mismo tema, definidas por la valoración de ciertos aspectos del tema básico en función de condiciones históricas determinadas, siempre nuevas” (Ibíd.)

3.- Mística y “estados modificados de conciencia” (EMC): “Sólo revestirán, a nuestros ojos, un significado místico aquellos EMC en los cuales el sujeto experimenta la impresión de despertarse a una realidad más elevada, de atravesar el velo de las apariencias, de vivir por anticipado algo semejante a una salvación” (pp.14-15)

4.-La beatitud como contenido del éxtasis místico. Creo que merece la pena transcribir ahora una cita algo extensa de Michel Hulin: “El enfoque que seguimos aquí implica dos aspectos. Por un lado, trataremos de mostrar que el valor propio del fenómeno místico, a saber, su poder de revelación, es indisociable de ese lado “patológico” que invoca el reduccionismo para desmitificarlo: si el místico accede, en ciertas condiciones, a una realidad de orden superior, no es “a pesar” de ese aspecto de su experiencia que comparte con los neuróticos o los delirantes, sino a través de él, y, por decirlo así, gracias a él. Esto implica que algunas estructuras del estar-en-el-mundo “normal”, “mentalmente sano” o “no alterado” conllevan de hecho un significado negativo y que la destrucción de esas estructuras, a través del desarreglo mental que prepara el éxtasis, recibe el estatuto de una “negación de la negación”, restituyendo una positividad latente. Ese positivo oculto, que se revela aprovechando la crisis extática, toma la forma de una beatitud que constituye el verdadero contenido del éxtasis, su núcleo inmutable del que nada, en el contexto de la experiencia, permite dar cuenta” (p.16). Se me ocurre sugerir que esa “beatitud” es una felicidad que se descubre como realmente eterna, subyacente, inamovible.

5.- “Freud, Romain Roland y el sentimiento oceánico”. Así se titula uno los capítulos de La mística salvaje de Michel Hulin. En él leemos la fascinación de Freud por Romain Roland a pesar de que el fundador de psicoanálisis (siempre tan cientista y recalcitrántemente decimonónico) redujo el fenómeno místico a un desequilibrio psíquico.  Fue Romain Roland, al parecer, quien inventó la expresión “sentimiento oceánico” para nombrar la experiencia mística. Freud admitió como imposible reconocer en sí mismo semejante sentimiento. Freud era un hombre frío, muy confinado en las exigencias algorítmicas de una inteligencia demasiado disciplinada. ¿Siempre? Parece que no. Michel Hulin rescata una frase de Freud escrita en 1938 (un año antes de morir): “Misticismo, la oscura autopercepción, más allá del Yo, del reinado del Ello.” Y se pregunta el propio Michel Hulin: “¿Habría ahí, en Freud, un indicio de descubrimiento tardío de una dimensión oculta del Ello?” […] “En el caso de que Freud hubiera terminado verdaderamente por pensar que la entidad situada “más allá del Yo” constituye una forma superior de ipseidad, el conjunto de las afirmaciones sobre el alcance del fenómeno místico se presentaría bajo una luz diferente” (p.58).

6.- “Paraísos e infiernos artificiales”. En el capítulo que lleva este nombre Michel Hulin se ocupa con singular brillantez de la relación entre la Mística y las drogas: sustancias que permiten cruzar una frontera “quizás prohibida” (p. 87). ¿Por qué prohibida? ¿Por quién? Michel Hulin cree en cualquier caso que “parece difícil expulsar la experiencia de la droga del campo de la mística, al menos en su versión “salvaje.” Todas las características localizables” en las formas espontáneas del éxtasis, o que parecen tales, se encuentran en efecto aquí: lo súbito, el extrañamiento radical, la sensación de ser  sustraído al curso normal del tiempo, la certeza intuitiva de haber entrado en contacto con una Realidad de ordinario oculta, la alegría superabundante, la serenidad, el maravillamiento. Pero esto no hace sino reforzar, volver todavía más intolerable para la razón, la paradoja de la que hemos partido: las experiencias más elevadas accesibles al hombre traducirían solamente la acción mecánica, o más bien química, sobre el cerebro de sustancias identificables, sintetizables, negociables” (pp. 101-102). Y cita Michel Hulin a De Quincey como “primero de una serie de exploradores ingenuos”, el cual, al parecer, gritaba: “Yo poseía el secreto de la felicidad, y ese secreto, sobre el que los filósofos habían disertado durante tantos siglos, se desvelaba de golpe. La felicidad podía comprarse en adelante por unas monedas; se podían ver encerrados éxtasis portátiles en un frasco de una pinta; la paz del espíritu se expediría por galones, por medio de un trámite”. Pero Michel Hulin sale rápido a desactivar esta euforia y escribe a renglón seguido: “Sin embargo, muy pronto debía desencantarse. ¿Por qué? ¿Cuál es la cara sombría de la droga y, ante todo, por qué implica necesariamente una cara sombría?” (P.102) Michel Hulin nos los explica así: “¿Cómo comprender entonces que la droga pueda también -y con mucha más frecuencia- hundir el espíritu en la angustia, volverlo miserable y, para terminar, arrastrarlo a la decadencia? Es que el gusano está escondido en el fruto, a saber, en esa certeza irradiante de “haber comprendido todo”, en esa manera de sentirse volar por encima de la condición humana. En realidad, no se tiene más que la ilusión de haber comprendido y no se ha superado la condición humana más que en la imaginación. No es que el discurso que la droga suscita en la estela inmediata de su rapto sea necesariamente engañoso -más adelante, trataremos, por el contrario, de establecer su validez fundamental- , pero es un discurso histriónico y sacrílego por prematuro” (pp. 108-109). “La droga deja vislumbrar al hombre lo que “podría” llegar a ser, pero lo hace siempre en el modo alucinado, escamoteando a sus ojos la inmensa distancia que todavía le separa de esa inmensa versión de sí mismo. Abandonarse a la droga es pues, en cierto sentido, vivir a crédito. Es disfrutar en lo inmediato alegrías a las que no se tiene derecho, que no se han “merecido”. Pero todo se paga.” (P. 109). Y cierra Michel Hulin este interesante capítulo con una inquietante pregunta: “Todo induce a pensar que la humanidad que ya crece bajo nuestros ojos tratará, más que nunca, de lanzar a su vez una mirada por encima de la valla del Jardín del Edén y que las prohibiciones, políticas, ideológicas u otras, no pesarán mucho frente a tal deseo. Si, por desgracia, no se hace nada para canalizar ese previsible desencadenamiento, la droga tendría todas las posibilidades de ejercer una vez más, y a una escala jamás alcanzada, sus terribles poderes de justicia inmanente. ¿Será ella la Némesis del siglo XXI?

7.- Expansión salvaje de la mística salvaje. Michel Hulin concluye su obra así (de nuevo una cita larga que creo que merece la pena transcribir): “El problema planteado por la mística salvaje es pues, ante todo, de orden cultural e histórico. Allí donde grupos sociales homogéneos -tradiciones iniciáticas o iglesias- han sabido poner a punto, generación tras generación, técnicas de inducción y códigos de desciframiento de la experiencia extática, el fenómeno “mística salvaje” no aparece prácticamente, o se encuentra confinado en zonas marginales de la existencia individual o social. Así ocurrió, por no hablar más que de Occidente, en el marco de la cristiandad entre el siglo XII y el siglo XVII. Reaparece, en cambio, desde el momento en que los códigos se desvanecen y pierden su eficacia. Es lo que se produce en todos los períodos de transición histórica y de crisis religiosa. Es lo que sucede actualmente, en un grado de profundidad y una escala que, según parece, la historia no había nunca conocido con anterioridad. Está ahí como un desafío al pensamiento filosófico y religioso. Una cosa es lamentarse por la actual explosión del sentimiento oceánico en sus formas más bastas, y otra concebir los diques y canales capaces de contener mañana su expansión salvaje”.

8.- El niño de seis años que se desmayó ante un exceso de belleza. Trae Michel Hulin a su libro la experiencia que tuvo Ramakrishna de niño ante la belleza de un cielo monzónico, cuyo azul prodigioso lleva en sánscrito el nombre de Niila. El niño vio una bandada de grullas blancas atravesando ese azul. Y cayó al suelo. Contó luego que había sentido una alegría sofocante. Ve Michel Hulin aquí los elementos de la mística salvaje: “lo súbito de la experiencia, una cierta desproporción entre su intensidad y la aparente banalidad de la señal que la desencadena, la misteriosa efusión de felicidad que la corona” (p. 13).

Todos los seres humanos hemos experimentado la sensación de belleza. Imaginemos que esa sensación se pudiera multiplicar por un millón: obviamente caeríamos desmayados. Creo que Ramakrishna simplemente vio. Vio lo que hay, y lo que hay tiene una belleza insoportable, letal si la contempla demasiado tiempo. Solo cabe acceder a pequeños destellos.

Creo que por eso existe la ignorancia (ese prodigio del que es especialista la Filosofía): para no diluirse en la Belleza Infinita, para seguir siendo algo aparentemente finito.

David López

Pensadores vivos: Francis Fukuyama.

Francis Fukuyama (Chicago, 1952) se hizo mundialmente famoso con un artículo titulado The end of History? [¿El final de la Historia?] (The National Interest, 1989).

Durante mucho tiempo no tuve el más mínimo interés en leer ese trabajo. No me apetecía dedicarle tiempo de estudio y de reflexión a un pensador que yo consideraba demasiado “de derechas”.

Ideología. Ideas. Ésta (no la anterior) es, creo, la palabra clave del artículo que hizo famoso a Fukuyama. Por fin, no hace mucho, pude leerlo con sosiego, con escucha, teniendo muy presentes las recomendaciones de Gadamer [Véase] sobre los peligros de una lectura pre-juciada (sorda y ciega en definitiva). Y me encontré fabulosas sorpresas. La primera fue su profundidad. La última fue su inesperado final: impactante y fascinante como si el artículo entero lo hubiera escrito el mejor guionista de Hollywood.

Los años, las experiencias, las lecturas, las conversaciones con otros seres humanos, los silencios, y sin duda los salubres efectos de la Filosofía me han abierto puertas, me han dado acceso a miradores insólitos, a otros colores de amanecer y de atardecer. Los “malos”, mirados de cerca, con cariño, con lucidez, de pronto irradian una luz que abre horizontes insospechados. Creo que sigue confirmándose la tesis de que todo es más complejo y más bello de lo que podemos imaginar, de lo que podemos soportar. El mal no es una realidad objetiva, sino una forma de mirar.

Ofrezco a continuación algunas de las ideas fundamentales que he encontrado en ¿El final de la Historia?:

1.- The triumph of the West, of the Western idea, is evident first of all in the total exhaustion of viable systematic alternatives to Western liberalism. Francis Fukuyama consideró, en 1989, tras el fin de la guerra fría, tras lo que ya parecía ser el fin total de comunismo en Rusia, tras los cambios iniciados en China por Deng Xiaoping, que una única idea política se había impuesto al resto. Esta idea sería el liberalismo occidental, el cual, partiendo de un sistema de liberalismo económico, desembocaba -había desembocado de hecho- necesariamente, en un liberalismo político: un Estado que representa a sus miembros, que les rinde cuentas y que garantiza fundamentalmente su libertad (la cual sería, al parecer, el bien más preciado de la condición humana).

2.- El fin de la Historia. Francis Fukuyama se apoya en una idea de Alexandre Kojève, el cual, en el París de entreguerras, impartió una serie de conferencias sobre Hegel, pero leído sin la lente de Marx (Sartre fue uno de sus alumnos). Francis Fukuyama atribuye a Kojève -“entre otros”- la idea de que “el igualitarismo de la América moderna representa la consecución esencial de la sociedad sin clases que previó Marx”. Ojo. Todavía no hemos llegado al sorprendente final del artículo. Y no olvidemos que su título es una interrogación.

3.- Ideas y estados de conciencia. Francis Fukuyama considera, explícitamente contra Marx, que son los estados de conciencia, y las ideas que los provocan, los que condicionan los comportamientos económicos y, por tanto, los sistema políticos. Marx, por el contrario, había afirmado que eran las formas materiales de producción las que determinaban la creación de “superestructuras” en las que había que ubicar la ideología, el pensamiento filosófico, el arte, etc. Fukuyama aprovecha en su artículo para desautorizar el materialismo determinista profesado también, según él, por la Wall Street Journal School. Fukuyama es un pensador sorprendente.

4.- Fukuyama en el fondo parece decir que lo que gobierna y determina realmente una sociedad son las ideas; y que sobrevivirán -accederán a ser un final de la Historia- aquellas que sean más adecuadas a la condición humana. Pero, ¿no es también “la condición humana” una idea?

5.- Ideas y conciencia. Volvamos a ello. Hay una frase en este artículo que me parece crucial, y cuyo alcance transciende “lo político” para proyectarnos a las inmensidades de la Metafísica: “Pero mi propósito no es analizar acontecimientos a corto plazo, o hacer predicciones con fines políticos, sino observar las tendencias subyacentes en la esfera de la ideología y de la conciencia”. Fukuyama parece afirmar constantemente en su artículo que el liberalismo económico y político (las democracias liberales occidentales) conforman un estado de conciencia, óptimo, al que tienden todas las regiones y la mayor parte de los seres humanos inteligentes y evolucionados de este mundo. De hecho se atreve a hablar esa “parte del mundo que ha alcanzado el fin de la Historia”, y que estaría “más preocupada por la economía que por la política o la estrategia”. De acuerdo, pero: ¿De dónde salen las ideas? ¿De dónde ha salido esa idea política de que el liberalismo es capaz de organizar óptimamente la Humanidad? Sugiero la lectura de mi bailarina lógica “Idea”. Es accesible desde [Aquí].

6.- El fin de la Historia. Y el inicio del gran aburrimiento. Así concluye Fukuyama su sorprendente artículo:

The end of history will be a very sad time. The struggle for recognition, the willingness to risk one’s life for a purely abstract goal, the worldwide ideological struggle that called forth daring, courage, imagination, and idealism, will be replaced by economic calculation, the endless solving of technical problems, environmental concerns, and the satisfaction of sophisticated consumer demands. In the post-historical period there will be neither art nor philosophy, just the perpetual caretaking of the museum of human history. I can feel in myself, and see in others around me, a powerful nostalgia for the time when history existed. Such nostalgia, in fact, will continue to fuel competition and conflict even in the post-historical world for some time to come. Even though I recognize its inevitability, I have the most ambivalent feelings for the civilization that has been created in Europe since 1945, with its north Atlantic and Asian offshoots. Perhaps this very prospect of centuries of boredom at the end of history will serve to get history started once again.

Será por tanto el fin de la Historia, según Fukuyama, un tiempo muy triste, porque faltará la emoción de la lucha entre las ideologías, la cual exije atrevimiento, coraje, imaginación, idealismo. Y eso será sustituido por los cálculos económicos, la resolución de infinitos problemas técnicos, los temas ecológicos y la satisfacción de sofisticadas demandas de consumo. Cree Fukuyama que él sentirá entonces una poderosa nostalgia de cuando la Historia existía. Y la frase final: “Quizás esta perspectiva de siglos de aburrimiento al final de la Historia servirá para que empiece la Historia otra vez”.

En 2002 Fukuyama publicó un libro (titulado El fin del hombre) en el que afirmaba que en 1989 se había equivocado, que no había llegado el fin de la historia: “Al examinar con detenimiento las numerosas críticas aparecidas a raíz de aquel primer artículo, me pareció que lo único que no admitía refutación alguna era el argumento de que no podía darse el final de la historia a menos que se diera el final de la ciencia”. Fukuyama habla en el citado libro del peligro de una historia post-humana, de un posible mundo feliz pero, a la vez, atroz, porque no sería humano. Y es que la esencia del ser humano no sería la felicidad, sino “una cierta capacidad general de decidir lo que deseamos ser, de modificarnos a nosotros mismos de acuerdo con nuestros deseos”.

Cree no obstante Fukuyama que no hay que ser pesimistas, que cabe frenar el fin del hombre utilizando el poder de la Ley y del Estado (del Estado de Derecho en definitiva). En su libro encontramos un arsenal de argumentos a favor de esta legalista posibilidad de contención. Cabe pues luchar contra el fin de ese hombre que sufre y duda. ¿Es el hombre quien puede realizar esa lucha o hay algo más profundo y poderoso que “el hombre” actuando en el fondo del hombre?

Creo oportuno traer aquí el concepto de “Tapas” [Véase]: el sufrimiento creativo. El sufrimiento creativo de los dioses. Dios tuvo que sufrir atrozmente para crear este mundo. Quizás no fue un acto de placer, sino de amor.

En cualquier caso me parece que una sociedad sin sufrimiento sería un infierno. También lo sería una sociedad sin Filosofía. Cuidado con el utilitarismo puramente técnico y mercantilista que parece que se está imponiendo. Es, sobre todo, aburridísimo.

Aunque lo cierto es que el aburrimiento es un tipo de sufrimiento con enormes posibilidades de creación, de libertad, de purísima humanidad por lo tanto.

Algunas reflexiones adicionales con ocasión del pensamiento de Fukuyama

1.- El concepto “fin de la Historia” presupone una forma de narrar el pasado, un modelo de desarrollo y de estructuración de lo ocurrido hasta el presente (si es que alguien ha visto alguna vez eso de “presente”). Creo que siempre hay que contemplar el concepto de Historia en sentido de narración, de “leyenda”. Y no porque haya mala fe o falta de veracidad en los emisores de modelos de lo pasado, sino que ese pasado no puede ser sustituido por un modelo, por una interpretación del infinito, por así decirlo. El pasado, el presente y el futuro están igualmente abiertos. No están dichos todavía. No caben en ninguna gramática. El fin de la Historia de la que hablaba Fukuyama era el fin de las posibilidades de narración de un determinado modelo historicista (creyente en la Historia en sí, en que algo objetivo ha ido ocurriendo en virtud de una lógica que el ser humano puede decodificar y expresar). Véase “Hecho e Historia” [Aquí].

2.- El fin del hombre y la amenaza de la Biotecnología. Fukuyama es un pensador cuyo modelo de mente está forjado en el mundo anglosajón, en el cual están muy activadas las ideas de Francis Bacon sobre el poder de la tecnología: de las máquinas, de los números, de la reducción de lo real a aquello que puede ser medido. Nietzsche ya habló de un Übermensch: un “Sobre-hombre”: un ser que, brotando de las bajezas esclavistas de la condición humana, podría llegar, por fin, a jugar como un niño soberano, a ser el dios de su mundo, el legislador de los (sus) valores: un ser que ya no diría nunca “yo debo”, sino “yo quiero”. Nietzsche no pensó, creo, en las supuestas maravillas de la técnica baconiana para que llegara su Übermensch. Tampoco lo hacen diversas tradiciones que ofrecen una sublimación individual de la condición humana. Pensemos en el Yoga, el budismo, el propio cristianismo.

3.- Hay un movimiento actual que, apoyado en un culto ferviente hacia la Ciencia y la Tecnología, se autodenomina “transhumanista”. Sus representantes creen que los límites del ser humano pueden ser desplazados gracias a nuestro vínculo con esas diosas (ellos no lo dicen así). Un representante es Nick Bostrom, profesor de Filosofía en Oxford y cofundador de la Asociación transhumanista mundial. En una entrevista a la televisión suiza afirmó que un animal no puede acceder por completo a la belleza de la música por carecer de la inteligencia necesaria para entender la complejidad de ese lenguaje. Y que a los seres transhumanos que están por llegar les esperan también experiencias de belleza que no están a nuestro alcance. La citada entrevista es accesible desde el siguiente enlace: Nick Bostrom en Sternstunde Philosophie

Creo que esas experiencias de supra-belleza son accesibles también a través de la tecnología no baconiana de la Ética [Véase] y de la Lúdica [Véase “Lila”]. La belleza se dispara mediante nuestro comportamiento ético. Básicamente se podría decir (con poca originalidad) que el mundo del que ama es otro que el mundo del que odia: otro de verdad, con otros colores, con otra estructura, con otra música, con otro guión incluso. La ética es magia pura. También lo es la lúdica: saber jugar en el gran juego del mundo.

Y creo que la clave está en la lucidez, en la astucia y en un amor ilimitado. El resultado puede ser fabuloso, porque nunca están actualizadas nuestras posibilidades. Somos mucho, individualmente. Por eso hay que propiciar una Política que presuponga esa grandeza, no que necesite y proclame nuestra pequeñez, nuestra menesterosidad.

Somos mucho más de lo que podemos pensar o imaginar. Todos. De ahí que eso de los “derechos humanos” (un gran tema para Francis Fukuyama) sea algo que transciende lo puramente político y nos lleva más allá incluso de lo Teológico.

El respeto a los derechos humanos es una forma sublimada de amor. También lo es la creencia en que a cualquier ser humano se le puede exigir responsabilidad, grandeza, deberes…

David López