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Las bailarinas lógicas

 

 

En el Rig Veda hay un himno (el 10.125) que ríe y deslumbra desde hace más de tres mil años. En ese himno es la propia palabra la que habla de sí misma y de todo: “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”. Michel Foucault dijo milenios después: “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres” [Véase].

Este diccionario lleva por nombre “Las bailarinas lógicas”. Y todas sus palabras/bailarinas están unidas por “manos” o “supercuerdas” que, ante mi sorpresa, están tejiendo, lentamente, apasionadamente, un organismo cuyas dimensiones no puedo prever ahora.

Supongo que dedicaré mi vida entera a este diccionario. A este organismo lógico.

Los textos que he escrito sobre cada palabra son, en muchos casos,  simples presentaciones de conferencias y, en otros, no más que borradores de artículos. Todas las entradas de mi diccionario reclaman una redacción que sea, al menos, provisional. Pero no quisiera que esa redacción -esa imagen del fértil infinito interior de cada palabra- llegara nunca a ser definitiva (finita; final por tanto). Amo la vida (la vida infinita e inefable): y también amo la vida de estas criaturas.

Espero estar siendo capaz de compartir mi estupor maravillado ante  el gran espectáculo de baile que ofrecen las bailarinas lógicas. De baile metafísico si se quiere. Mi intención es dejar que bailen muchas palabras en la pista infinita de nuestra mente. Y de nuestro corazón.

Y creo que en algunos lugares de este diccionario se puede vislumbrar la transparencia -la sublime y casi omnipotente nada- de los cuerpos de estos seres prodigiosos: su temblor ontológico.

Creo que en la fotografía que hay en el cielo de este texto se aprecia esa transparencia. La bailarina que aparece es Wilfride Piollet.

* * * *

Y las bailarinas lógicas que ya viven y sueñan en este diccionario filosófico son las siguientes:

 

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El mito de Europa.

 

 

Europa. Más Europa. Es el único camino. Precioso camino por cierto, aunque ahora no lo parezca. Así lo dicen, creo yo, los mitos de la Grecia Antigua.

Vivimos momentos históricos, fascinantes, hipercreativos, peligrosos también. Estamos contemplando, hoy mismo, el nacimiento de algo grande, excepcionalmente fecundo e ilusionador. Hay que poner todas nuestras factorías de sueños al servicio de esa ilusión: al servicio de Europa: un futuro gran país.

Hace algunos días me estremecí leyendo los mitos de los que brotó eso de “Europa”. Y, lo confieso: me sacudió la brisa del misterio, de lo imposible, de ese océano mágico cuyo olor imprega todo lo que pasa, ahí, en “el mundo objetivo”. O “dentro de nuestra conciencia”. Es igual. El caso es que me estremecí hasta el punto de no poder moverme, de no poder hablar, durante horas.

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Filosofía.

 

 

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Filosofía.

Estoy perdidamente enamorado de esta bailarina lógica. Desde hace más de treinta años. Y ya para siempre. Eternamente, espero.

La conocí en 1978. Yo tenía catorce años y ella varios miles. Ocurrió en el instituto Jaime Ferrán de Villalba (Madrid). A partir de entonces el mundo, y mi mente, y quizás mi corazón, iniciaron una expansión infinita. O, mejor dicho, un regreso a Inmensidades que sentí cuando era un niño de pocos años (no más de seis).

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Ha sido un gran honor

 

 

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El pasado lunes trece de julio finalicé un vuelo de once años que he compartido, desde el estupor, con mis queridos alumnos/amigos de Ámbito Cultural de Madrid.

Ha sido un gran honor para mí: un milagro extra-académico del que han salido, entre otras cosas, “las bailarinas lógicas”[Véanse aquí],  los “filósofos míticos del mítico siglo XX” [Véanse aquí]  y los “pensadores vivos”.

Este último proyecto ha ocupado dos años: un arduo trabajo de pura y deliciosa Filosofía que me ha servido para contemplar el pensamiento de algunas personas cuyos cerebros están hoy físicamente vivos: filósofos, físicos, biólogos, sociólogos…

Paracelso afirmó: “Los pensamientos son libres y nadie los domina. En ellos reposa la libertad del hombre, y ellos aventajan la luz de la Naturaleza”.

Nada habría por tanto más poderoso que esa misteriosa actividad humana, si es que es simplemente humana. Pero… ¿qué es, exactamente, pensar? ¿Cabe pensar el pensamiento? ¿Desde dónde? ¿Dónde? ¿Cabe pensar en libertad? ¿No creyó Paracelso que Dios controlaba el pensar humano, que pensaba en el fondo de ese pensar?

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Pensadores vivos: E.O. Wilson

 

 

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En este texto expongo parte de  lo que ha ocurrido en ¿mi? pensamiento al leer la obra de E. O. Wilson que lleva por título The Social Conquest of Earth, publicada en España por la editorial Debate bajo el título La conquista social de la tierra.

Se trata de una obra de gran belleza en la que el reputadísimo biólogo de Harvard (el “señor de las hormigas”) ofrece lo que él cree que espera recibir aquel que se hace las clásicas preguntas “¿De dónde venimos?”, “¿Quiénes somos?” y “¿Adónde vamos?”. Preguntas éstas que, como todas, llevan ya dentro la presuposición de que se comparte un modelo estático de metafísica (de la estructura visible e invisible donde se cree que está el que las formula).

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Pensadores vivos: Martha Nussbaum

 

Martha Nussbaum

 

Martha Nussbaum.

En este artículo trataré de exponer lo que me ha hecho pensar y sentir su última obra: Political Emotions. Why Love Matters for Justice. Este texto termina abierto hacia arriba con una cita de Walt Whitman:

“América, eso solo somos tú y yo.”

Y dice entonces Martha Nussbaum:

“No deberíamos aspirar a nada menor”.

¿Qué aspiración es esa exactamente? Martha Nussbaum afirma que tiene la idea vaga de una sociedad capaz de utilizar el Arte al servicio de una especie de consenso emocional en el que se consagrara la emoción humana más sublime: el amor (algo así como “respeto caliente”).

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Pensadores vivos: Moisés Naím

 

 

Moisés Naim

 

Este artículo está dentro de mi intento de contemplar -y calibrar- eso que sea el pensamiento actual: por así decirlo, los cerebros que estén emitiendo ideas, visiones, incluso sentimientos, con especial fuerza, con especial lucidez. Ahora.

A comienzos de este año leí en el texto infinito que nos envuelve (y que intenta definirnos) que el “poderoso” dueño de FaceBook (Zuckerberg) ha decidido crear un club de lectura. Para ello tenía Zuckerberg que elegir un libro/un autor. Y los agraciados por esa decisión quasi-divina han sido Moisés Naím y su obra El fin del poder. 

He entrado en esta obra con gran interés, a pesar de que no soy asiduo a los ensayos sobre política (o geopolítica, o economía política, o socio-economía-política, o como queramos llamarles).

Y he leído en Internet que Moisés Naím nació en Libia, de padres judíos que emigraron a Venezuela. Que en este país llegó a ser ministro de Fomento. Que ha sido también director del Banco Mundial y director de la revista Foreign Policy. Que se doctoró en el MIT. Que ha recibido el Premio Ortega y Gasset de periodismo… Y él mismo se presenta en la introducción del libro afirmando que conoció y conoce los lugares donde se reúnen los “poderosos” (?): Davos, FMI, Bildenberg, etc. Hay que escucharle.

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Feliz 2015

 

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Por no sé qué misteriosas ocurrencias del Mago que escribe el guión de mi vida, es la tercera vez consecutiva que paso la noche de fin de año en absoluta soledad, sentado en meditación, frente al fuego de una chimenea, o de una vela (fuego meta-inteligente, consciente decía Heráclito).

Y con los ojos cerrados, en absoluta calma mental y corporal (por hablar de alguna forma), voy sintiendo en la piel de mi alma la llegada de las imágenes de las personas con las que mantengo vínculos de oro puro. Esas imágenes se convierten en algo así como estrellas no geométricas, en cierta forma caóticas, hacia las que envío todo lo mejor que puedo pensar y que puedo sentir. Son momentos grandiosos, muy íntimos, muy cercanos: pura orfebrería psíquica y social.

También ocurre, mientras medito en mi particular fiesta de fin de año, que se levanta de repente una brisa memorística que trae al presente imágenes, sonidos, olores, que han configurado la grandiosa obra de arte que es todo año vivido, por mucho dolor y decepción y desesperación que hayamos sentido en él. Y esa brisa trae cosas también de mi infancia (época de magia desbordante).

Eso que sea la conciencia se convierte para mí de pronto en una sacra sala de exposiciones, de un tipo de arte que solo se me ocurre denominar “absoluto”, o “existencial”, o “sacro” quizás mejor.

En 1998 estuve también solo la noche de fin de año. El lugar era muy poderoso: el lago Orta, donde algunos meses antes había intentado revivir lo sentido allí por Nietzsche y Lou Salomé en la primavera de 1882. Ciento dieciséis años después llegué yo a ese lago metafísico bajo una cascada de agua que parecía venir de mucho más arriba que la atmósfera. En mi coche sonaba, atronaba, María Callas. Y Rachmaninov. Ya no les oigo. Eran otros tiempos. Mi juventud ardía peligrosamente cuando la sacudía el Arte (el humano y el no humano).

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Una metafísica de la violencia

 

 

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La imagen que ocupa el cielo de este texto es un cuadro de Caspar David Friedrich titulado Abtei im Aichwald. En él se muestra un templo arrasado. Un ser humano es un templo, sagrado, por lo tanto no profanable. Ese es el principio fundamental sobre el que se construyen los sistemas jurídicos más avanzados del planeta.

Ese templo no deja de serlo aunque esté ideológicamente enfermo. A Bin Laden -ese templo incuestionable, ese “árbol de sangre”- se le asesinó de forma sacrílega. Él lo hizo con muchos más templos, con miles de templos, pero fue coherente con sus -esclavistas, miedosas, emponzoñadas- ideas. Los que le asesinaron y los que ordenaron ese asesinato no fueron coherentes con las suyas, que son justamente las que yo considero como las más avanzadas y más diamantinas de este planeta: los derechos humanos, la salvaguardia de los templos. A nadie se le ocurre derruir una pirámide de Egipto por el hecho de que en ella, o con ocasión de ella, se cometieran atrocidades.

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Mi amiga Luz, la de Facinas

 

 

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Ha fallecido, se ha ocultado por el horizonte de lo visible, una gran amiga mía. Se llamaba Luz y tenía el nombre correcto. Vivía en un pueblo de Cádiz que se llama Facinas y que, desde hace milenios, como un multicúbico, no antropomórfico, asceta de cal y de jazmín, medita bajo una limpísima cascada de luz que viene de los cielos.

Me ha dolido en el fondo del alma el fallecimiento de mi querida amiga y, a la vez, he sentido una enorme gratitud por los momentos que viví con ella.

Que tu precioso Dios de estrellas y de jazmines te bendiga, más todavía.

Hace quince años publiqué en Diario 16 un artículo en el que hablé de Luz. Lo reproduzco a continuación:

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