Tribuna política: “Los desahucios, la Poesía y Sócrates”.

 

 

Así narró Platón las últimas palabras de Sócrates (según la traducción de Carlos García Gual):

Ya estaba casi fría la zona del vientre cuando descubriéndose, pues se había tapado, nos dijo, y fue lo último que habló:

– Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides.

Hay que pagar las deudas. Con dignidad. Con aristocracia meta-clasista. Con arrogante desapego incluso. Hay que calcular bien antes de contraer una deuda; y antes de que no podamos pagarla definitivamente. Es nuestra obligación.

Dijo Octavio Paz que la Poesía es una mezcla de pasión y de cálculo. Por Poesía creo que cabe entender también “Vida”. Construimos nuestra realidad mediante pequeñas y grandes decisiones. Los españoles somos apasionados y generosos, muy generosos, en general. Pero poco calculadores, también en general. Puede que no estemos haciendo buena Poesía (buena Vida).

El caso es que nos hemos endeudado en exceso, tanto los ciudadanos como las empresas y las administraciones públicas. Es comprensible: el dinero parece ser capaz de materializar buena parte de lo que soñamos (o de lo que somos inducidos a soñar). El dinero es una sustancia poderosísima que produce impactantes modificaciones en nuestros estados de conciencia (pensemos en los anuncios de la Lotería). Y a veces, por pasión, por exceso de deseo, por exceso de ensoñación, o incluso por exceso de generosidad hacia “el Pueblo”, se compra más dinero del que se puede pagar. “Los bancos”, como vendedores del dinero, aparecen en algunas narrativas actuales como seres oscuros, muy pecaminosos, que proporcionan esa demoníaca (pero deseadísima) sustancia desde una posición de abuso de poder. Los bancos serían oscuros tentáculos del Mal. Cierto es que los bancos, en momentos de deseo extremo y de extrema necesidad, han aprovechado para obtener lucros excesivos. Es lógico. Todos los seres vivos lo quieren todo para sí (Schopenhauer). Nuestro Derecho (un prodigio que ha costado milenios construir) intenta corregir los abusos en los que pueden incurrir los bancos. Pero no es fácil. Tampoco es fácil controlar la codicia de los millones de Lazarillos que sonríen por España. La picaresca es graciosa pero nos hace mucho daño. Y presupone además miseria.

Si efectivamente la actual ley hipotecaria es “injusta”, habrá que modificarla. Los estados de Derecho son organimos vivos, autopoiéticos: pueden mejorarse a sí mismos hasta el infinito. El Parlamento tiene la última palabra. Hay que re-legitimar cada día (y en cada frase) a las personas que han sido elegidas por la mayoría de los votantes, aunque los elegidos piensen diferente que nosotros, aunque gobiernen de forma antitética a como creemos nosotros que hay que gobernar. La democracia directa es impracticable. Yo estoy convencido de que en España siempre se ha gobernado de buena fe, pensando en lo mejor para el país. Son las oposiciones las que nunca me ha gustado.

En cualquier caso hay que pagar las deudas a los bancos. Y a todos los acreedores. Vida o muerte, como Sócrates. Hay que cumplir nuestras promesas, nuestros compromisos. Creo que es un gran error legitimar el impago de los préstamos hipotecarios. Y es un gran error porque rebaja al ser humano a la condición de animal de granja: bobalicón, bondadoso, manipulable, incapaz de valerse por sí mismo. Los políticos están condenados a adular al pueblo, a consentirle, a mimarle en exceso, a debilitarle. Y no olvidemos que la violencia es siempre síntoma de la debilidad, del miedo, del aturdimiento, de la estupidez (el odio es siempre estupidez). Los políticos están oprimidos por el Pueblo (aunque en casiones se consuelan corrompiéndose, lucrándose ilegítimamente). Y el Pueblo, en buena medida, está oprimido por narrativas indignas para la condición humana.

Creo que nuestra dignidad como seres humanos nos exige cumplir nuestros compromisos, pagar nuestras deudas. Veo con preocupación que crece el populismo y el bogomilismo en España. El populismo presupone que hay algo así como un organismo plurihumano (el Pueblo) que está formado por seres débiles, puros, ignorantes, manipulables, bondadosos como niños, que requieren mucha protección, mucha guía. Y presupone también -siempre- un enemigo: poderes que amenazan ese organismo santificado. El bogomilismo, por su parte, sería la creencia en que el poder está siempre en manos del Mal. Y que hay que exorcizar ese Mal. La paradoja estriba en que los bogomilistas (que se cuentan por millones actualmente) dan por hecho ese poder (“los de arriba”) y se comportan frente a él como esclavos: esclavos enfadados porque no son bien tratados por sus señores (gobiernos, bancos, empresas): esclavos que, unidos, y gritando frases cortas, forcejean con el poder en un insano juego de sometimiento erótico.

Como ya he insistido en otros lugares de esta tribuna política, debemos estar atentos a los discursos que nos denigran como seres humanos. Nadie es un parado. Y nadie es un trabajador, o un proletario, o un ciudadano. Somos grandes señores (el masculino es exigencia gramatical, no síntoma ideológico). Todos somos grandes señores. Monarcas que se vinculan entre ellos desde el amor y el respeto, que se exigen más a sí mismos que a los demás, que no piden… pero que están dispuestos a ayudarse entre sí, a ofrecer una mano cálida y fuerte en la oscuridad. Por amor, sin más. Y todo ello más allá del intolerable clasismo que presupone creer en que hay una lucha de clases.

Señores. Magos. Somos los poetas de nuestra propia vida: vida que podemos compartir con otros poetas (escribirla por ejemplo a cuatro manos, con una preciosa pareja…). El caso es que nadie nos obliga a encarnar ningún modelo de bienestar concreto. Nadie. Todos podemos vivir de alquiler, en casas muy pequeñas y muy baratas, o en monasterios en los que admitan niños, si queremos tener niños. O en refugios de montaña (yo consideré esa posibilidad hace años).

El ser humano puede seguir siendo un dios aunque vaya montado en un burro. Pero, si es posible (digo yo) con un libro, de Kant por ejemplo, o del Maestro Eckhart, o de Ortega, o de Novalis, en las alforjas, junto a las hortalizas de un huerto. Da igual si propio o comunal.

También sigue siendo un dios si, montado en un burro, o simplemente caminando, sin libros, contempla en silencio -sin nada, en la nada- la grieta roja del infinito horizonte, o las hogueras blancas de un cielo estrellado.

Lo que quiero decir es que necesitamos alarmantemente poco para vivir en plenitud. El sistema económico en el que vibramos actualmente no es más que un juego. Jugamos a que acumulamos cosas que no necesitamos y a que nos creemos que las necesitamos. Está bien. Es un juego interesante, motivador, fascinante (a mí, por ejemplo, me fascinan los coches). Ese juego nos mantiene activos, soñadores, luchadores. Es como un deporte. Pero, por favor, que nadie sufra en exceso por dejar una casa “en propiedad”. No necesitamos tener casas en propiedad. No necesitamos casi nada para alcanzar la plenitud.

La derecha a veces se excede en su culto a lo innecesario,  tiende a despreciar a los que no lo tienen y padece una especie de vértigo cósmico ante la posibilidad de perder lo que en realidad no necesita. La izquierda, por su parte, tiende a demonizar a los que poseen muchas cosas innecesarias, bajo la presuposición de que las han obtenido privando al Pueblo (o a los países pobres) de esas cosas innecesarias.

Necesario-innecesario. Las casas. El Tao Te Ching nos ofrece un precioso consejo de sabiduría. Es algo así como que el sabio serenamente habita en los palacios… Y serenamente los abandona.

Y no solo eso. Hay que abandonar las casas mucho antes de que lleguen los oficiales del Juzgado. Esa fue nuestra promesa. Hay que cumpirla. Sin más. Cierto es que toca asumir un dolor, pero también lo es que aceptamos un riesgo cuando nos dieron un dinero que no teníamos para comprar una casa que no teníamos.

Somos grandes señores. No esclavos. Podemos reconfigurar nuestras vidas en cualquier momento. Pero no debemos olvidar la definición que de la Poesía hizo Octavio Paz: pasión… y cálculo. Mucho antes de que llegue el desahucio, mucho antes de que no podamos ya pagar nuestra hipoteca, hay que hacer muchos cálculos, hay que ser muy honestos. Y no debemos permitirnos el bogomilismo: los bancos son el Mal; y al Mal no lo legitimamos como acreedor de buena fe.

Si no salen los cálculos, si vemos que no vamos a poder pagar, hay que entregar la casa. Con dignidad. Y volver a poetizar, volver a imaginar cómo podemos crear otra vida, cómo podemos encarnar otro modelo de cielo (otro modelo de felicidad… hay muchos “standar” disponibles, pero cabe también inventarse uno a medida). Veo grandes grupos de personas que gritan por las calles, enfurecidos, sin duda con buena fe, y gritan para que les oigan “los de arriba”, para que les den más de lo que les dan. Pero deben saber que ellos son “los de arriba”. Que tienen un poder ilimitado para fabricarse una vida maravillosa. Debe ponerse fin a las inquisiciones. De verdad que no hay tantos malos. Todo es mucho más complejo. Y mucho más bonito.

Imagino que, de pronto, un grupo de manifestantes se aburrieran de sostener la misma pancarta, de repetir la misma frase, de condenar a los mismos malos, y, con los ojos encendidos (con los ojos de un niño soñador), se fueran a un pueblo abandonado. Por ejemplo en Soria. Y crearan allí un mundo entero: una especie de monasterio autárquico, sin ayudas del Estado, sin discursos demonizadores del exterior: un monasterio de silencio (de silencio ideológico) donde cupiera la fraternidad, el respeto,la libertad… y la Filosofía. Para vivir en plenitud “solo” necesitamos un cobijo caliente, comida sana, silencio nocturno, amor y Filosofía (lo que significa mantener al menos un rendija abierta al infinito en nuestra mente y en nuestro corazón). Con trabajo se puede conseguir cualquier cosa. Paracelso dijo algo así como que a la magia no le gustan los vagos. Y para trabajar duramente, de sol a sol, no hace falta estar empleado por otro.

En cualquier caso, creo que hay que cumplir los contratos. Hay que cumplir las reglas de los juegos en los que hemos decidido jugar. Nadie nos ha obligado a jugar ningún juego, pero si jugamos ha de ser con honradez. Y debemos asumir los riesgos del juego, como grandes señores. Las leyes de la Ética -ya lo he expresado en más ocasiones- me parecen más poderosas que las de la Física. La realidad que se representa en nuestra conciencia (o en nuestro cerebro si se quiere) está condicionada por nuestra Ética. La Ética fabrica realidad. Es pura magia. Doy mi palabra.

Merece la pena aspirar a la excelencia. Somos grandes. Y necesitamos muy poco. Cuando toque entregar nuestra casa, lo haremos con una estoica sonrisa, con infinita elegancia. Y la dejaremos además limpia. Un gesto de extrema honradez.

Por último. Soy consciente de que mis palabras pueden ofender a mucha gente que está sufriento mucho. Si es así, pido disculpas desde lo más profundo de mi alma. Mi intención es mostrar que no debemos creernos demasiado este curioso juego (el capitalismo, consumismo, etc.). Y que cabe salir de él en cualquier momento, con una sonrisa,  sin rencor, sin pegar portazos, sin llevar a ningún hereje a la hoguera. También cabe volver a jugar, jugar mejor, ganar, y disfrutar de las emocionantes experiencias que ofrece ese juego que, siendo muy simplistas, podemos denominar “capitalismo” (concepto que en breve desaparecerá de nuestras redes de palabras-hechizo). Nuestra potencia legislativa nos abrirá nuevos mundos -mucho más justos- donde desplegar nuestras ilusiones. No me cabe duda.

El burro. Podemos ir en burro. O en un Ferrari. Es lo mismo en realidad. Ambos -burro y Ferrari- pueden ser la ilusión de nuestra vida, pueden motivarnos para trabajar duro cada día. Y ambos pueden también producir un tedio insufrible una vez poseídos. Todo es un juego: jugar a que necesitamos lo que no necesitamos. Pero creo, de corazón, que es un bonito juego. Un juego que, no obstante, hay que jugar y contemplar con una cierta distancia: no creérselo del todo, no dormirse del todo dentro de él.

Un juego que hay que jugar con honradez. Con grandeza. Tenemos mucha. Mucha más que el Sócrates de Platón (que fue reducido a idea por su alumno).

Somos seres prodigiosos, irreductibles. Y somos grandes poetas. Por eso debemos calcular bien.

 

David López

Sotosalbos, a 18 de noviembre de 2012.

 

 

 

 

One thought on “Tribuna política: “Los desahucios, la Poesía y Sócrates”.

  1. Enrique Titos

    He leido tu artículo con interés y comparto que debemos ser congruentes con lo que firmamos, con los compromisos que adquirimos, es señal de que somos tan “adultos” para firmar una hipoteca al principio como para “honrarla” con el pago o aceptar es desahucio cuando no podemos pagarla.

    El problema es que en la sociedad actual hemos sometido todo a contratos, que nos dan derechos y exigen obligaciones. Cuando compramos fruta para comer un dia no hay engaño, la pago y se acabo, y si no me gusta comprare en otro sitio. Si compro un coche o una casa a plazos el tema cambia, pensaba que podria pagarlo, pero ahora ya no me llega el dinero y no puedo pagarlo, y me molesta, o mucho mas grave, no tengo donde vivir porque hice mal el calculo y me desahucian, me quitan el coche. Incluso si no pago una deuda con Hacienda, me embargan la cuenta, me desahucian de mi saldo positivo, me convierto en acreedor de Hacienda. Que diferencia hay con la vivienda? Pues que hemos creido que la vivienda tenia un valor cierto y siempre creciente y resulta que no. El dinero en el banco vale lo mismo, pero como bien dices, como no lo tenía, lo pedia prestado. Codicia. Creo que la clave esta en tener lo que podemos pagar y lo que necesitamos para vivir, el problema es que la sociedad capitalista no esta construida así. Esta llena de empresas que venden lo que no necesitamos pero que nos convencen de que sí, y la política está llena de políticos que me hacen una carretera o un aeropuerto que no he pedido. Por eso existen los impuestos, para pagar muchas cosas que no necesitamos. Porque si quiero sanidad, quiza me la puede dar un privado, y de la misma forma si quiero constituir mi pension futura sin depender de que la seguridad social tenga dinero. Hay una parte muy importante que sí se justifica, pero otras responden a las visiones del político que como el mal empresario hace una mala planificación. Pero el empresario o gestor no queda incolume cuando la empresa quiebra o pierde dinero, le cuesta la empresa o se tiene que marchar. El político lo hace tras las elecciones, solo quizá,
    pero sus metricas de valor para la sociedad no estan tan claras. Y esto solo cambiara cuando todos nos sintamos accionistas de la empresa España (o Cataluña, en un extremo), para lo que hace falta una narrativa (pasado lo mas compartido posible y plan de futuro) y una capacidad de ejecución de proyecto ajustada a los inputs cambiantes de la globalización.

    Volviendo al tema de los desahucios, “tecnicamente” no podemos cambiar la Ley Hipotecaria, que establece las razones por las que un banco puede o no desahuciar ante falta de pago, porque los bancos se han financiado usando como colateral el valor de los activos de su balance. Y lo más grave se siguen financiando así porque no tienen otra forma, junto con el recurso al BCE. Si cambiaramos la ley con caracter retroactivo estaríamos al nivel de Argentina en la confianza internacional. Y lamento apreciar que nos estamos acercando, y que la presion social, y la irresponsabilidad de los políticos nos llevan por mal camino. Pero hay voces en otro sentido. Algunos economistas internacionales defienden una renegociación de la deuda hipotecaria, que no es más que un mecanismo de compartición de dolor, como recientemente decía algún ministro, y yo no descarto que la presión social por ahí nos lleve.

    Pero de esta no podemos salir sin leccion, primero porque no es posible (no nos prestan desde fuera) y segundo, porque no es sano. Estariamos en otra galaxia si no hubieramos entrado en esta carrera de crearnos y cubrir necesidades que no tenemos. Pero ese mundo no existe hoy. Y para que exista tendrá que ocurrir un cataclismo, me temo. Podemos imaginarnos un mundo donde la gente compra lo que necesita para vivir en ese pueblo de Soria? Empiezo a pensar que la culpa de todo la tiene el dinero, la forma en la que hemos decidido denominar el valor de las cosas, pero hay sistemas alternativos? Hay comunidades que se empiezan a organizar con pago por dinero virtual, no físico, pero dudo que vayan más allá de la prestacion de servicios de cercania, de buena vecindad, de compra de fruta que antes citaba. El valor de las cosas está, creo en lo que puedo obtener a cambio, hasta ahora creiamos que con una casa comprabamos mucho, ahora menos. Y creo que muchas cosas de las que tenemos no nos producen satisfacción, sino frustración y por supuesto, adicción. Pero como se desmonta esto, de forma controlada y hacia adonde vamos? Yo no lo sé.

    Espero que te ayude en algo como reflexión.

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