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Pensadores vivos: Gianni Vattimo

Gianni Vattimo puede quizás ser considerado un pensador de “la ternura”. Así termina una de sus más relevantes obras (Creer que se cree):

“Si esto es un exceso de ternura, es Dios mismo quien nos ha dado ejemplo de ello”.

He usado la edición española de Paidós (Barcelona 1996; traducción de Carmen Revilla). A esta edición se refieren todas las citas de este artículo.

¿Qué es la “ternura”? Quizás sea un presupuesto, digamos emocional, del “pensamiento débil”: un neologismo creado por el propio Vattimo a principios de los años 80 y que es así definido en la ya citada obra Creer que se cree:

“[El pensamiento débil] significa no tanto, o no principalmente, una idea del pensamiento más consciente de sus límites y que abandona las pretensiones de las grandes visiones metafísicas totalizantes, etc., cuanto una teoría del debilitamiento como carácter constitutivo del ser en la época del final de la metafísica”.

Creo no obstante que el pensamiento y el sentimiento de Vattimo solo presentan una debilidad aparente. Y es que encuentro en sus obras una contundente afirmación de un núcleo, digamos diamantino, fortísimo, que podría resumirse en el concepto de caridad cristiana. Vattimo no parece dispuesto a dudar, a debilitar el absolutismo de su pensamiento, respecto de ese núcleo, de ese diamante; y, con fuerza, afirma una ética (un “debemos”) y una ontología: existe Dios, existe el mundo creado por Dios, existen los seres humanos creados por Dios y, estos últimos, deben amar a Dios y amarse entre sí por amor Dios.

“La razón por la cual me siento comprometido en una política que posibilite el desarrollo del socialismo es el amor al prójimo que aprendí en el evangelio”, ha dicho Vattimo en una entrevista realizada en El Salvador.

Pero, ¿es la caridad cristiana lo mismo que el amor, que el amor hacia el ser humano, sin más? Creo que hay una sutil diferencia, digamos metafísica u ontológica (si es que a Dios le dejamos ser simplemente un algo objetivo, “existente”). La diferencia estaría precisamente en que la caridad cristiana tiene algo así como una fuente primordial, un instalador poderosísimo. No olvidemos que la caridad, para el cristianismo, es una de las virtudes teologales; esto es, aquellas cuyo objeto directo es Dios, y que han sido instaladas por el propio Dios en la voluntad y en la inteligencia del ser humano para que esta especial criatura dirija sus acciones a Dios mismo. No estamos por tanto ante un amor “civil”, puramente “humano”, salvo que eso de “humanidad” lo elevemos a la categoría de un Dios (un sacro arquetipo si se quiere) y lo amemos indirectamente cuando amamos a otro ser humano y a nosotros mismos.

Vattimo en cualquier caso, medio en broma, se declara cato-comunista. Dice que el amor aprendido en el Evangelio le empuja a luchar por políticas socialistas, comunistas. No estoy yo seguro de que el socialismo presuponga amor al ser humano concreto. No sé por qué se habla de “políticas sociales” y no de “políticas humanistas”. Me preocupa que se ponga el foco en lo colectivo (siempre empaquetado en un esquema, en una simplificación) y no en el ser humano (siempre imposible de esquematizar, de empequeñecer, de “politizar”).

De hecho Vattimo escribe su obra Creer que se cree en primera persona, no desmembrado en el “nosotros”: escribe desde su piel y desde el corazón de su cerebro:

“[…] el tema de la religión y de la fe parece reclamar una escritura necesariamente “”personal”” y comprometida” (p. 9).

¿Comprometida con qué? Quizás con lo que William James [Véase] denominó “empirismo radical”: dar cuenta, privada y pública -y epistemológica- de todo lo que ocurra en nuestra conciencia, o en nuestra experiencia si se quiere. Todo: no solo lo que nos permita dar por existente, por legitimado, el discurso dominante… la metafísica y la política dominantes. Vattimo sí parece un hombre sincero. A mí me gusta mucho leerle. Le veo grande.

Algo sobre su vida

Nace en Turín. 1936.

Estudia Filosofía en esa misma ciudad, al parecer empujado por sus inquietudes “religiosas”.

Consigue una beca para estudiar en Heildelberg (que nadie se pierda esa ciudad, sobre todo “el camino de los filósofos”). Allí Vattimo tiene como maestro a Gadamer [Véase] y más tarde traduce su Verdad y método (diez años de trabajo).

Profesor en la universidad de Turín. Profesor visitante y honorario de varias universidades.

Vattimo ha desarrollado también una carrera como político: 1.- Partito Radicale (libertario, antiprohicionista, a favor de la laicidad del Estado); 2.- Democratici di Sinistra (fue parlamentario europeo de este partido); 3.- Partido comunista italiano; 4.- (2005) Se presentó a las elecciones de alcalde en la ciudad San Giovanni di Fiore (no llegó a la segunda vuelta, quería combatir la “degeneración intelectual”); 5.- (30 de marzo de 2009) Anuncia su candidatura como parlamentario europeo en la lista del partido Italia dei Valore.

Algo sobre su pensamiento/su sentimiento

Creo que la pulsión política de Vattimo (ya quizás desencantada) hay que verla como una consecuencia de su particular concepción de la revelación cristiana. Ofrezco a continuación algunos lugares de su obra Creer que se cree, la cual me parece que ofrece suficientes argumentos a favor de la hipótesis hermenéutica que acabo de exponer:

– Renacer de la religión. Cree Vattimo (en 1996) que ese renacer es el resultado de una serie de “transformaciones acaecidas en el mundo del pensamiento, en las cuestiones teóricas” (p. 21). ” Hoy ya no hay razones filosóficas fuertes y plausibles para ser ateo o, en todo caso, para rechazar la religión” (p. 22). “Todos estamos ya acostumbrados al hecho de que el desencanto del mundo haya producido también un radical desencanto respecto de la idea misma de desencanto; o, en otra palabras, que la desmitificación se ha vuelto, finalmente contra sí misma, reconociendo como mito también el ideal de la liquidación del mito” (p. 22).

– Secularización como fe purificada. Cree Vattimo que el cristianismo, la enseñanza de Jesús y su interpretación por parte de los profetas no es algo definitivo (salvo en ese núcleo diamantino al que me refiero al comienzo de este artículo). La secularización “como hecho positivo significa que la disolución de las estructuras sagradas de la sociedad cristiana, el paso a una ética de la autonomía, el carácter laico del Estado, a una literalidad menos rígida en la interpretación de los dogmas y de los preceptos, no debe ser entendida como una disminución o una despedida del cristianismo, sino como una realización más plena de su verdad, que es, recordémoslo, la kenosis, el abajamiento de Dios […]” (p. 50). Me preocupa lo del “abajamiento”. ¿Por qué no “ascensión” de Dios hacia las alturas de la materia de su propia Creación?

– La revelación continúa. “Desde este punto de vista no es en absoluto escandaloso pensar en la revelación bíblica como en una historia que continúa, en la que estamos implicados y que, por tanto, no se ofrece al “”redescubrimiento”” de un núcleo de doctrina dado de una vez y por todas y permanente (disponible en la enseñanza sacerdotal autorizada para custodiarla). La revelación no revela una verdad-objeto; habla de una salvación en curso” (pp. 52-53). Esto me recuerda a ese Dictado permanente que, según Ibn Arabí, realizaría Dios en el oído del hombre… Un Logos emitido ininterrumpidamente, custodio de un mundo-mito… Un sacro programa informático que renueva constantemente sus contenidos y, por tanto, los imanes invisibles pero poderosísimos que mueven la voluntad de sus destinatarios… ¿Somos máquinas, amadas máquinas?

– Vattimo ensayando un cristianismo purísimo. “Yo diría que intento sólo atenerme más fielmente que ellos a la paradójica afirmación de Jesús, de acuerdo con la cual no debemos ya considerarnos siervos de Dios, sino sus amigos. No es, pues, un cristianismo fácil, sino, en todo caso, amigable, justo como Cristo mismo nos ha predicado” (p. 63). Estamos, me parece, ante otro Cristofilo, como Schopenhauer o Nietzsche, pero “Eclesiastí-fobo”, como lo fueron estos filósofos.

– Cristianismo. Homosexualidad. Vattimo dice ser un homosexual. Es interesante cómo “disculpa” a la Iglesia cristiana por su rechazo hacia esta opción sexual (si es que se opta a ella libremente). Vattimo es más amable con la iglesia católica de lo que ésta, en general, lo es hacia los homosexuales. Me parece muy interesante la siguiente frase de Vattimo: “Y no estoy en absoluto seguro de que se pueda sostener que este amor, eros, no tiene nada que ver con la caritas […] (p. 88). ¿Se está proponiendo, viendo, un sexo carnal iluminado, aunque no sea de forma consciente, por ese amor que fluye entre Dios y las redes carne y de alma que forman los seres humanos? ¿El deseo carnal como manifestación del amor divino? Se abre una perspectiva fascinante.

– Caridad. Solo eso. “”Muy simplemente -creo que es el momento de repetirlo- reivindico el derecho a escuchar de nuevo la palabra evangélica sin tener por ello que compartir las auténticas supersticiones, en materia de filosofía y de moral, que todavía la oscurecen en la doctrina oficial de la Iglesia. Quiero interpretar la palabra evangélica como el mismo Jesús enseñó a hacerlo, traduciendo la letra, frecuentemente violenta, de los preceptos y de las profecías, a términos más conformes con el mandamiento supremo de la caridad” (p. 93). Veo que volvemos a la línea de Russell: el amor es sabiduría. Vattimo estaría proponiendo una lectura de los evangelios o, mejor, una “ingestión” de las sustancias lógicas de esos libros, que partiera de ese tipo de sabiduría. Si algo incita a odiar, sería equivocado. Pero, ¿qué hacer con los que abusan sexualmente de los menores? ¿Cómo conceptuarlos, a ellos, o a sus actos? El pecado, el mal…

– Nulidad del pecado. “Pero, ¿no deberíamos reconocer que Jesús nos rescata del pecado también y sobre todo porque lo desvela en su nulidad? ¿No sucederá con lo que llamamos pecado lo que se ha verificado a propósito de las muchas prescripciones rituales que Jesús dejó fuera de juego como provisionales y ya innecesarias? No sólo el sábado […], sino la misma circuncisión, que deja de ser una condición indispensable para pertenecer al pueblo de Dios. ¿Que impide pensar que también los demás pecados, los que nosotros todavía consideramos como tales, estén destinados a desvelarse un día a la misma luz?” (pp. 111-112). Prohibiciones, pecados. Yo me temo que toda sociedad, y todo individuo, requiere un sistema de sagrados “noes”. Aristóteles definió el mal como la ausencia de límites. Pero, afirmo yo, el “no” jamás puede extenderse a un ser humano en sí, haga lo que haga. Ese es el humanismo radical que calienta mis textos.

– Acorde final de Creer que se cree. La amabilidad de Dios. “Una norma tal -la caridad- destinada a permanecer cuando la fe y la esperanza ya no sean necesarias, una vez realizado completamente el reino de Dios- justifica plenamente, me parece, la preferencia por una concepción “”amigable”” de Dios y del sentido de la religión. Si esto es un exceso de ternura, es Dios mismo quien nos ha dado ejemplo de ello” (p. 127).

Vattimo es un caritativo -sabio por tanto- intérprete del mundo visible, y del invisible. Ha extendido la ternura al entero “Ser” por que el quiso preguntar su admirado Heidegger [Véase aquí].

Eres grande Gianni Vattimo.

David López

Sotosalbos, 3 de enero de 2014

Filósofos míticos del mítico siglo XX: H.G. Gadamer

 

 

Gadamer.

Sigo intentando fundir mi horizonte, lo que puedo ver ahora, con el horizonte de Gadamer: con lo que él pudo ver. La lectura, la escucha, de textos, de personas, de realidades, implican un fascinante viaje de riesgo hacia mundos no pensados ni sentidos ni amados todavía, hacia fabulosas expansiones de nuestra conciencia. Hay que escuchar, hay que leer, hay que dialogar desde un nivel de amor que quizás cabría llamar filosófico, por su gran apertura, por su capacidad de fertilizar, de transformar.

Gadamer -apoyándose sobre los hombros de Heidegger [Véase]- llevó la hermenéutica [Véase] a la esencia humana. Hizo de ella una ontología, vio en ella lo fundamental del hombre. El hombre sería un ser que interpreta, que interpreta la tradición que recibe, el mundo que le envuelve y a sí mismo, constantemente, en ese mundo, que en realidad no es sino una determinada estructura de símbolos (una leyenda, diría yo). Unamuno [Véase] diría que el mundo es una tradición social. El mundo como forma de lenguaje, pero lenguaje vivo capaz de superar sus límites y los del propio mundo que en él se crea y se cobija. Capaz incluso de transformar el mundo, ampliarlo, crear otro. Ni el lenguaje ni el mundo estarían nunca quietos. Tienen demasiada fuerza, demasiada magia. Todo tiene demasiada magia.

Gadamer -siempre sobre la base de su obra Verdad y método– afirmó que la esencia del hombre es la interpretación. Que esa actividad es su actividad fundamental, lo que determina su ser. Quizás cabría ir algo más allá y afirmar que eso que Gadamer llama “hombre” -o, mejor “ser humano” (Mensch)- no es el sujeto de la hermenéutica, no es el que interpreta la tradición, la experiencia, etc, sino precisamente una opción hermenéutica, una interpretación entre las infinitas posibles que ofrece el espectáculo que se presenta en eso que sea nuestra conciencia. También la propia hermenéutica, como actividad, es ya una opción hermenéutica. Presupone un dualismo: los textos y la realidad están ahí fuera, frente al intérprete. ¿Y si los creáramos, siempre, todos, nosotros mismos? ¿Cabe hablar de textos “en sí”?

Gadamer en cualquier caso abrió la puerta a una fascinante metafísica de la lectura, que ha propiciado incluso el nacimiento de la así llamada Escuela de Costanza, uno de cuyos representantes es Roman Ingarden.

Leer, escuchar, mirar. Son radicales experiencias, son una posibilidad de acercamiento a la Gran Estética. Me refiero a la lectura-mirada-escucha de “la Cosa”, de la totalidad de lo que se presenta (incluidos nosotros mismos), como experiencia estética más allá del dualismo sujeto-objeto. Eso, según Gadamer, ocurre en la contemplación de la obra de Arte. Pero yo sospecho que todo lo que se presenta en la pantalla de cine de nuestra conciencia es una gran obra de Arte, aunque también sospecho que esa pantalla protofísica no es exactamente “nuestra”.

Gadamer pasó buena parte de su vida en Heidelberg. Allí hay un camino cuyo nombre es Philosophensweg (camino de los filósofos). En ese lugar la obra de arte del mundo está explicitada, sobre todo en Otoño, y sobre todo si está uno enamorado, y más aún si ese enamoramiento tiene por objeto la “Cosa” (el Ser). También está explicitada la obra de arte del mundo en la imagen que sobrevuela este texto. Es una fotografía de Heidelberg.

Algunas de sus ideas

1.- Interpretar es la esencia del hombre. La hermenéutica deja de ser un simple método de acceso a la verdad para convertirse en la verdad misma, la forma como la verdad se desvela y, aún más, sería también la hermenéutica lo más humano, lo característico de lo humano. La verdad en última instancia sería una labor humana, algo que le presupone, que le exige.

2.- Comprender es fusionar horizontes. El lector debe exponerse a una ampliación de lo que puede ser visto desde el punto que ahora ocupa en el mundo. Debe exponerse a una ampliación de ese horizonte y a la incorporación de horizontes completamente nuevos: nuevos lugares desde los que mirar nuevos mundos. Eso sería presupuesto y, a la vez, efecto de una lectura, digamos, “verdadera” dentro de la metafísica de la hermenéutica que elaboró Gadamer. Se podría incluso decir desde esta metafísica que una lectura, o una escucha, podría tener efectos físicos, genésicos: la irrupción de nuevos mundos en nuestra conciencia. Recordemos que Wittgenstein [Véase], al desarrollar su teoría de los juegos del lenguaje, llego a afirmar que esos juegos tienen unas arreglas que, una vez asumidas por los jugadores, fucionan como leyes de la Física (de la Física de esos mundos de palabras que ellos tienen por realidad verdadera). Gadamer habla de “comprender”. Pero comprender sería en realidad ser “comprendido” en nuevos mundos, según yo entiendo a Gadamer.

3.- Prejuicios, autoridad, tradición. Gadamer, saltándose los prejuicios que la Ilustración tenía contra los prejuicios, reivindica estas formas de pre-comprensión que serían efecto de la tradición en la que está incardinado todo ser humano, todo intérprete. El ser humano es un ser histórico, no puede abstraerse del flujo histórico en el que nace y vive y muere. El prejuicio es una anticipación al sentido de cualquier texto o realidad que se vaya a recibir e interpretar. No cabría interpretación sin prejuicio. Comprendemos siempre que la tradición nos haya dado ya los prejuicios que necesita ese texto o realidad para ser comprendidos. Y la validadez de esos prejuicios se la otorgaría la autoridad. Debemos aceptar, aunque, eso sí, críticamente, que haya o haya habido personas que sepan más que nosotros y que deban ser escuchadas, estudiadas, en profundidad. La crítica requiere conocimiento, pero en cualquier caso no cabe ignorar las autoridades (aquí encontramos una síntesis entre el pensamiento escolástico y el ilustrado). La tradición, por lo tanto, como causa de nuestros prejuicios, no debe ser desatendida. Sería una grave estupidez. Y sus autoridades deben ser aprovechadas, críticamente, para dilatar nuestro horizonte. Se me ocurre recordar ahora a Kant: la esencia del ser humano sería volar hacia el infinito. ¿Quien establece lo que debemos entender por “autoridad”? Gadamer responde que lo establece la tradición, esa fértil fuente de prejuicios, así de claro.

4.- La experiencia estética. Se refiere Gadamer a la experiencia de la obra de Arte, siempre que esto provoque la sensación de un barrido de la frontera entre el sujeto y el objeto, digamos un “rapto” operado por la belleza de lo percibido. Y cree Gadamer que el método científico no puede ocuparse de este fenómeno porque parte siempre de un presupuesto: la distinción entre el sujeto y el objeto: el estudio de lo que pasa ahí, frente al observador. Gadamer utiliza términos como “juego” o “fiesta” para dar cuenta de los estados de conciencia en los que ocurre, o que propicia, el Arte. Lo que pretende Gadamer es legitimar la existencia de otras formas de tiempo y de espacio, otras formas de ser un ser humano, que por otra parte acompañan desde siempre a los humanos. Y reivindica el valor de esas experiencias, que serían, por así decirlo, datos, aprendizajes, material que no hay que elminar de nuestros modelos de la Verdad. Me viene a la memoria el empirismo radical que reinvindicó William James [Véase].

4.- La Poesía. Gadamer otorga a este arte el máximo potencial para desvelar la verdad. Incluso para crear nuevos mundos.

Con ocasión de la palabra Poesía quisiera interpretar un texto concreto de Gadamer. Es decir: entrar en su abismo desde mi abismo, ambos sin fondo. El texto lleva por fecha 1986 y por título Der “eminente” Text und Seine Wahrheit [El texto eminente y su verdad]. En español hay una edición de este texto dentro de una antología que lleva por título: Arte y verdad de la palabra (Paidós, Barcelona, 2012).

Voy a mostrar los fogonazos más sublimes que, en mi opinión, ofrece el citado texto de Gadamer. Los enumero a continuación como ideas por mí abstraídas del texto, no como citas del mismo:

1.- La Poesía como texto, como realidad autónoma que no requiere ser legitimada por nada externo, aunque mantenga vínculos con la “realidad”.

2.- ¿Qué sentido tiene entonces preguntarse por la verdad de un texto poético?

3.- No hay fuera del texto poético un sitio donde comprobar esa verdad (entendida como equivalencia entre el intelecto y la cosa… pues la cosa sería ya el propio texto poético).

4.- El texto poético forma parte de lo que se entiende por “bellas artes”. Es algo bello. Y sería bello lo que está justificado por su propia existencia, lo que no necesita ninguna instancia fuera de sí mismo ante la que justificarse.

5.- La Filosofía descubre su cercanía con la Poesía tras su enfrentamiento con la pretensión de verdad que ostentan las ciencias experimentales. Esa cercanía entre la Filosofía y la Poesía habría sido negada por Platón y recuperada por Schelling y Hegel.

6.- La Literatura como conjunto de textos eminentes, distinguidos, en cierto sentido intemporales.

7.- Un texto poético sería eminente cuando ninguna interpretación lo puede “agotar” en conceptos. “El texto eminente es una configuración consistente, autónoma, que requiere ser continua y constantemente releída, aunque siempre haya sido ya previamente comprendido”.

8.- Un texto poético es “cursi” cuando  irrumpe en él un interés ajeno a lo artístico. Fuentes de cursilada: intereses patrióticos, religiosos…

9.- Para la sociología sí es útil la Poesía cursi, pues da cuenta del momento en el que nace. Una fuente de cursiladas sería, por ejemplo, el realismo socialista.

10.- En la Poesía verdadera lo que se presenta como lenguaje dice más de lo que puede decir el decir. Ahí estaría su eminencia.

A partir de estos fogonazos de Gadamer se me ocurren la siguientes reflexiones:

1. Lo que Gadamer está entendiendo por Poesía verdadera quizás sería la Filosofía verdadera, si es que por Filosofía entendemos también una determinada producción de textos, una forma de Literatura. Ambas serían “cursis” -yo diría mejor “horteras”- cuando incorporaran emocionados vínculos a conceptos ya considerados “verdad”. Una acepción de hortera sería aquel comportamiento humano en virtud del cual se hace ostentación de riquezas, o bellezas, que, vistas desde un plano superior, no lo son en realidad. ¿Cabe por cierto acceder a ese plano? ¿Cómo saberlo? ¿No será una horterada creerse en él, hablar gozosamente desde él?

2.- Gadamer habla de la cursilería religiosa o patriótica como elemento que impediría convertir un texto pretendidamente poético en un texto eminente. Cierto. Pero lo curioso es que hay un tipo de poesía “religiosa” donde, en mi opinión, la eminencia sube a alturas fabulosas. Me refiero a la Poesía mística. Podría ser que precisamente la Mística se opone a la Religión, siempre que esa Mística implique un silencio cognoscitivo, un fusionarse con lo no pensable, con lo que transciende el binomio Verdad- No Verdad. Decir desde el silencio. Palabras de silencio. Palabras de Dios por así decirlo, por así decirlo desde un abismo que no se puede decir a sí mismo.

3.- La eminencia de la que habla Gadamer, aparte las exigencias formales y el dominio del lenguaje, creo que presupone un yo filosófico; y creador: una ubicación más allá de esos mundos cognoscibles que pujan por ser el Ser en nuestra conciencia (por decir algo). La buena Poesía sería palabra que da cuenta de lo Prodigioso, del Infinito si se quiere, de lo que el Lenguaje no es.

4.- Cabría incluso afirmar, desde este texto de Gadamer, que toda verdad es cursi. Yo añadiría hortera, si esa verdad se exhibe, hacia afuera o hacia dentro de uno mismo, con gozoso entusiasmo onírico.

5.- También cabría afirmar desde el citado texto que la Poesía es la Verdad, pero solo si es “mala Poesía” y si es que por Verdad entendemos un orden, un mundo, un Cosmos, y una isomorfía entre nuestra mente y ese orden aparente. Por ejemplo: los mundos “de verdad” que van ofreciendo los textos que escriben los que a sí mismos se denominan “científicos” y olvidan que sus modelos son instrumentales, abstracciones encadenadas sobre una realidad “objetiva”. En cualquier caso, tengo la sensación creciente de que, como dijo Unamuno, el “mundo” (es decir, la Verdad final de referencia) es una tradición social, una leyenda, una gran Poesía (Hölderlin), pero no eminente, aunque no por ello menos fascinante. La Poesía eminente surgiría de la no eminente y ofrecería momentos de meta-verdad, momentos de misterio infinito. Ahí, la Poesía eminente compartiría la labor de la Filosofía, tal y como la entendió, por ejemplo, Jaspers [Véase]: desbrozar, abrir caminos a lo transcendente, a lo que no es “mundo” (por ejemplo en el sentido dado a “mundo” por Wittegenstein), a lo no narrado, a lo no cursi ni hortera diría yo.

Intentaré ir completando estas notas a lo largo de mi vida. Y lo haré consciente de que de alguna manera yo mismo caeré en la cursilada. Y en la horterada. Claro que sí. No se puede vivir sin ellas, sin cierta dosis de ellas. Pero, en ambos casos, consciente de ellas, creo y, sobre todo, enamorado. ¿De qué? No lo sabría decir con exactitud. Pero se trata de algo fabuloso que intento compartir en este blog.

Algo “eminente” porque no se deja reducir a conceptos.

David López

Sotosalbos, 28 de enero de 2012.

Filósofos míticos del mítico siglo XX: Ernst Bloch

 

 

Esperanza. Es el concepto nuclear del imponente sistema filosófico que construyó Ernst Bloch. Y desde ese sistema nos llega un susurro fundamental, un consejo decisivo. Oigámoslo: el desafío del ser humano es saber esperar.

El futuro. Ernst Bloch lo considera como la dimensión verdaderamente auténtica del hombre: un ser fabuloso que vuela, por así decirlo, hacia su verdadera casa: el futuro (lo que ahora no es).

Se supone que cuando hablamos de esperanza partimos de un estado de carencia, de no presencia de lo esperado. Creo que estamos ante uno de los grandes temas ante los que se enfrenta la condición humana. La esperanza implica fe en que en el futuro se encarnará, se materializará, lo que ensoñamos en el presente. Pero esa tensión entre mundos (el “real”, “objetivo”) y el soñado/esperado produce dolor, ansiedad. Hay tradiciones de sentimiento y de pensamiento que aconsejan no tener ilusiones: no tener esperanza; aunque en realidad anuncian un gran paraíso para aquellos que sean capaces de renunciar a sus deseos… sugieren desear el no desear para alcanzar mucho más de lo que puede llegar a ser deseado desde la condición humana. Aquí cabría ubicar buena parte de las tradiciones budistas y al propio Schopenhauer. Es el esquema de la renuncia. Nietzsche hablaría de simple cobardía: moral de esclavos.

Bloch marca un camino contrario al de la renuncia. Más heroico. Más nietzscheano. La esperanza sería la esencia de la condición humana (y no solo de la humana). Pero no sería una esencia negativa, sino algo que abriría nuevos horizontes: una salvación, digamos, expansiva y, a la vez, puramente terrenal. Social, en el sentido marxista.

Ernst Bloch fue marxista. Pero su marxismo fue considerado como excesivamente original y heterodoxo. Él, sin embargo, creyó que su pensamiento era el que más respetaba la esencia de esa fe. Porque el marxismo cree en que cabe una transformación radical del estado de las cosas. Y Bloch sería materialista en el sentido en el que he tratado el concepto de materia en mi diccionario filosófico [Véase aquí]. Materia entendida como Hyle, una palabra griega que se ha traducido en el sentido de “materia prima con la que hacer cualquier cosa”.

La esperanza, según nos la permite pensar un marxista-“materialista” como Ernst Bloch, sería una fe, una confianza sacra, en las posibilidades creativas de la materia, de todo lo que hay. Una fe en la dimensión, digamos alquímica, del mundo entero. Hay que esperar lo inesperado, nos dice Bloch.

Eso es también la fe. La esperanza sería una fe en el futuro, sí, pero también, según entiendo yo a Bloch, una fe en la materia: un lugar mágico donde constantemente se estarían engendrando futuros gloriosos para la condición humana. Sugiero la lectura de la palabra fe en mi diccionario filosófico [Véase aquí].

El 27/02/2012 viví dentro de un sueño -no lúcido- que me tiranizaba con un motor argumental aparentemente imparable. Yo no podía ni imaginar ahí dentro que me esperaba un despertar. Y al hacerlo en esta dimensión desde la que ahora escribo he sentido la magia de “la materia”. Es decir: he sentido que aquí sí puedo tener esperanza, porque puedo hacer cosas, puedo transformar situaciones, puedo marcar caminos, me puedo atrever incluso a dirigir mis pasos hacia un futuro soñado, muy difícil, pero “trabajable”. Aquí. En “la materia”: esa sustancia alquímica donde todo es posible.

Creo que la última frase que he escrito no sería rechazada por Ernst Bloch (un gran creyente, pienso yo, en la magia de la materia). Pero tengo la sensación de que no en todos los “mundos” (sueños) se nos ofrece la materia para ser modelada. En el sueño que tuve aquella noche desde luego no era así. La materia era opaca, frenética en su mecanicismo, incontrolable casi por completo. Solo he tenido un momento en el que he podido subir unas escaleras volando. Pero aun así, era un sueño sin materia, en el sentido griego de sustancia para hacer cosas.

Ernst Bloch. La esperanza. Dejémonos tomar por esta poderosa palabra y por este sorprendente pensador marxista.

Algo sobre su vida

Ludwigshafen 1885-Tubinga 1977. Familia judía burguesa de clase media.

Fascinado desde muy joven con el materialismo histórico de Hegel. Y afectado por el contraste entre su ciudad “proletaria” (Ludwigshafen) y la “burguesa” Mannheim.

Estudia en Munich.

Se doctora en Würzburg (dirigido por  Oswald Külpe). En su tesis desarrolla ideas de los pensadores utópicos.

Discípulo de Simmel en Berlin y cercano al círculo de Max Weber en Heidelberg (allí, en esa preciosa ciudad para filósofos-caminantes, se relaciona con Jaspers y Lukács).

Miembro del partido comunista.

La llegada del nazismo le obliga al éxodo. Pasa por Suiza, por Austria, por Praga y, tras vivir un tiempo en New Hampshire, llega hasta Massachussetts.

En la Widener Library de la universidad de Harvard escribe su obra fundamental: El principio esperanza.

Finalizada la segunda guerra mundial entra como profesor en Leipzig, ya constituida la República democrática alemana (1949).

Tiene que abandonar su cátedra por discrepancias teóricas con otros seguidores del credo marxista. Se le acusa de revisionista y  de hereje. Se le confisca además su trabajo filosófico fundamental: Das Prinzip Hoffnung [El principio esperanza].

Creo que hay una película ineludible sobre aquella Alemania: La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmack. Una de sus imágenes vuela sobre el cielo del texto que dedico a la palabra libertad [Véase aquí]. La reproduzco de nuevo. Por puro placer:

1961. Se levanta el muro de Berlin. Ernst Bloch está en Baviera. Decide no volver a aquella Alemania amurallada con ladrillos y con frases.

Fue profesor en Tubinga y permaneció en esta ciudad hasta su muerte.

Tras su muerte tres mil estudiantes le rindieron homenaje con antorchas encendidas. ¿Cabe pensar la juventud sin ilusiones, sin un apasionado enamoramiento en un futuro glorioso y no imposible?

Por cierto, ¿alguien sabe qué es imposible?

Muerte…

¿Aceptaría Bloch un futuro inesperado para sí mismo tras el acabamiento de su cuerpo, digamos, “presente”?

No olvidemos que hay muchos seres humanos cuya esperanza se focaliza precisamente en lo contrario: que no haya más vida. Que no haya nunca más un yo en un mundo. Hay muchos seres humanos que ensueñan una nada tras la muerte, o una especie de serena nada pétreo-vegetal, compartida, en esos monasterios de verdadero silencio que son los cementerios.

Ernst Bloch se casó tres veces: en 1913 con la escultora Else von Stritzky, que murió en 1921; en 1922 con la pintora Linda Oppenheimer, de la que se separó al nacer su hija (1928); y en 1933 con la arquitecta polaca Carola Piotrowska, con la que permaneció hasta su muerte: 44 años juntos.

Dijo Oscar Wilde algo así como que un segundo matrimonio es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia. ¿Y un tercero qué es entonces?

Esperanza. Saber esperar la maravilla que está gestándose en el presente.

Algunas de sus ideas

– Esperanza. Es la idea y el ideal básico sobre los que Ernst Bloch edificó su gran sistema filosófico, comparable por su tamaño y su nivel de detalle a otros clásicos como los de Kant, Hegel o Schopenhauer. Bloch considera que nadie antes que él ha construido una filosofía de la esperanza. Y hace referencia a Heráclito, el cual habría afirmado algo así como que “quien no espera lo inesperado, no lo encontrará”. También vio Bloch una filosofía, no desarrollada, de la esperanza, en el Eros platónico y en la materia de Aristóteles, considerada como potencia, como capacidad de sacar de sí a los seres. La obra fundamental donde se edificó este sistema sobre la esperanza es la ya citada Das Prinzip Hoffnung [El principio esperanza]. Tiene cinco partes y cincuenta y cinco capítulos. La esperanza blochiana. Se trataría de un principio cósmico que empujaría hacia una realidad que todavía no es, pero que es esperada desde ese todavía no ser. La conciencia de ese futuro sería por tanto anticipatoria. Manifestaciones de esa conciencia anticipatoria serían detectables en el arte, en la religión, en nuestras ensoñanciones. La esperanza no obstante se apoyaría en una posibilidad real de transformación del estado actual de las cosas. El concepto de utopía será sublimado por Bloch, hasta el punto de que parecería que no cabe hablar de condición humana sin utopía. El ser humano tendría por tanto todavía mucho ante sí (yo creo que tiene mucho ante sí no solo en el futuro, sino también en el presente y en el pasado… es que el ser humano tiene mucho “delante”. Y dentro). La esperanza, en cualquier caso, será sentida y pensada por Bloch como una poderosísima palanca, capaz de levantar el mundo entero (el cual, desde el marxismo, es contemplado como algo negativo, opresor del ser humano, no capaz de ofrecer a este ser excepcional lo que él se merece). Pero no solo al ser humano lo movería la esperanza, sino a todos los demás seres: estaríamos ante el empuje del corazón mismo de las cosas. Sin duda nos acuden aquí otros conceptos como el Elan Vital de Bergson [Véase aquí] o la voluntad de Schopenhauer. Habría, según Bloch, un proceso de génesis que estaría latiendo en el corazón de todo lo existente. Y habría que aprender a vivir ahí (en esa pre-génesis): “Lo que importa es aprender a esperar”. Y sentir, quizás, una “corriente de calor” que, según Bloch, enarbola una esperanza indestructible de vida nueva.

– Apertura. La apertura consustancial del hombre hacia el futuro, aunque parte de la sensación de incompletitud, no es negativa según Bloch. Todo lo contrario: es emancipatoria, abre horizontes, evita restricciones, confinamientos (pensemos en el confinamiento del muro físico e ideológico de Berlin). Nuevos horizontes. Nuevos mundos que hay que saber esperar y que, según Bloch, serían consecuencia de una mutabilidad del mundo en el marco de sus leyes, las cuales, no obstante, podrán variar bajo condiciones nuevas, sin dejar de ser por ello leyes. Pensemos en los juegos del lenguaje de los que habló Wittgenstein [Véase aquí]: para los que los juegan funcionan como verdaderas leyes de la Física. Siempre mutables.

– El marxismo de Bloch. Muchos marxistas le acusaron de revisionista, de hereje, de no verdadero marxista. Los anti-marxistas le acusaron de marxista. Él estaría de acuerdo con esta segunda acusación, pues se consideró más cerca del pensamiento marxiano que los que le consideraban a él un hereje. En cualquier caso Bloch tomará de Marx el objetivo de transformar el mundo: y la Filosofía estaría al servicio de esa transformación (no de la mera contemplación y descripción de lo contemplado). Pero la filosofía de Bloch, me parece a mí, estaría más bien al servicio de la fe; de la fe en la esperanza: hay que esperar, pero activamente: hay que resistir -trabajando- dentro de ese motor mágico capaz de convertir la materia actual en eso que soñamos: el paraíso que está en el futuro. Marx, según Bloch, se había ocupado poco del futuro. Para Bloch el futuro es todo. Estamos ante un anti-conservadurismo radical, un progresismo místico. Se ha dicho también que la inclinación de Bloch hacia la metafísica sería una actitud poco marxista. Creo que esta consideración es errónea: el marxismo es una metafísica completa, pero dogmática, ya cerrada por dentro y por fuera; y quizás por eso mismo impide la práctica de la metafísica pura y dura: la que no se encapsula en sistemas.

– Religión. No cree Bloch que aliene al hombre (como lo creyeron Feuerbach, Marx, o Engels, entre otros), sino que, por el contrario, la religión es precisamente la reacción, la protesta, contra una existencia que no es propia del hombre.  Bloch critica tanto al ateísmo como al teísmo de la iglesia institucionalizada. Al ateísmo reprocha su capacidad de crear vacío [Hohlraum], un vacío que habría propiciado la irrupción de la barbarie nazi. Religión. Esperanza de plenitud. Bloch cita el Apocalipsis (21.5): “Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Tengo la sensación de que Bloch creyó que el ser humano -la sociedad humana- podría acceder a ese trono. En cualquier caso, Bloch vio en el Nuevo Testamento un fabuloso anuncio: la posibilidad de una nueva Jerusalem; que para el marxista Bloch debería ser por supuesto terrenal, pero humanísima. ¿Alguien se atreve a imaginar ese paraíso? ¿Sería realmente un paraíso ese lugar final? ¿No será ya el paraíso la propia esperanza del paraíso, si se vive con entusiasmo creador? ¿No estaremos ya en el paraíso?

– Utopía concreta [Konkrete Utopie]. Bloch comparte con Marx la idea de que la sociedad de su época estaría en la Prehistoria. Pero discrepará del gran gurú en su interés por el concepto de utopía (Engels y Marx se autoproclamaron “socialistas científicos”, los verdaderamente válidos frente a los “socialistas utópicos” y los “socialistas burgueses” (que estarían intentando mejorar las condiciones de los trabajadores, desactivando así la energía revolucionaria derivada de la desesperación). Bloch junta las palabras “utopía” y “concreta” para generar un concepto nuevo y sorprendente. Las utopías se suelen entender como fantasías irrealizables: Bloch apoya toda su propuesta filosófica en las utopías concretas, las realizables: las que palpitan en el prodigioso vientre de la materia.

– El Ser-en-lo Posible [In-Möglichkeit-Seiendes]. Bloch, con ocasión del concepto de materia (única realidad para un marxista), distinguió una derecha y una izquierda aristotélicas (siguiendo lo de la derecha y la izquierda hegelianas). La izquierda aristotélica se encontraría en la filosofía medieval persa y arábica, en la cosmología de Giordano Bruno y en el marxismo (particularmente en el suyo propio). La derecha aristotélica, por su parte, se manifestaría en la teología medieval cristiana. Diferencia fundamental, según Bloch: la izquierda aristotélica otorgaría el primado a la materia sobre la forma; la derecha a la forma sobre la materia. Podemos decirlo así también: los derechistas aristotélicos verían todo ya acaecido, ya derivado de lo posible. La materia sería pasiva, obediente a las formas. Los izquierdistas aristotélicos concebirían la materia como autocreadora, activa, capaz de sacar todavía de sí misma lo que nunca ha sido. La materia sería posibilidad [Möglichkeit].

Heimat. Esta palabra alemana la he traducido como “hogar”, aunque en rigor significa “patria”, “tierra de origen”, “origen”. Bloch apunta al acceso/regreso a lo que nos ilumina en la infancia. Leamos unas frases finales de El principio esperanza (ofrezco la versión alemana en primer lugar):

Der Mensch lebt noch überall in der Vorgeschichte, ja alles und jedes steht noch vor Erschaffung der Welt, als einer rechten. Die wirkliche Genesis ist nicht am Anfang, sondern am Ende, und sie beginnt erst anzufangen, wenn Gesellschaft und Dasein radikal werden, das heißt sich an der Wurzel fassen. Die Wurzel der Geschichte aber ist der arbeitende, schaffende, die Gegebenheiten umbildende und überholende Mensch. Hat er sich erfaßt und das Seine ohne Entäußerung und Entfremdung in realer Demokratie begründet, so entsteht in der Welt etwas, das allen in die Kindheit scheint und worin noch niemand war: Heimat.

Una traducción posible:

El ser humano vive aún por doquier en la Prehistoria, ya que todas y cada una de las cosas se encuentran todavía antes de la creación del mundo, de un mundo justo. El génesis verdadero no está al principio, sino al final, y no comienza a iniciarse hasta que la sociedad y el ser humano existente [Dasein] no se radicalizan, es decir, no se agarran a la raiz. La raiz de la historia, sin embargo, es el hombre trabajador, creador, transformador de circunstancias y enaltecedor. Si [el ser humano] se ha comprendido a sí mismo y ha fundamentado lo suyo, sin enajenación ni alienación, en una democracia real, entonces se origina en el mundo algo que a todos resplandece en la infancia y en lo cual todavía no estuvo nadie: Heimat [Hogar-Origen].

Estas frases de Bloch me han devuelto a unas reflexiones de Chantal Maillard. Las incluí en una crítica que se puede leer en la sección “Críticas literarias” de esta página. Y creo oportuno traer aquí estas frases:

Quizás así, sin palabras, sin abstracciones, libre y fresca, pueda Chantal Maillard regresar a un charquito de agua prodigioso; en Bélgica, en pleno centro de la pecaminosa Europa.

La poeta, en una entrevista, habló de ese charquito así:

“En ese charquito de agua lo que había era gozo, un gozo que solo puede tener el niño, antes del pensamiento, del juicio y del lenguaje”.

 

– Ensoñaciones [Tagträume]. Bloch les otorga una enorme relevancia metafísica e, incluso, epistemológica. Son fantasías que se presentan ante la conciencia despierta y que demuestran que hay mucho todavía por ocurrir: mucho prodigio (prodigio que él, como marxista, supeditará siempre a la consecución de una sociedad justa, verdaderamente democrática, que permita al individuo una plenitud compartida).

Algunas de las reflexiones y sensaciones que me provocan las ideas de Bloch

1.- Comparto su veneración por la ilusión, por la esperanza. Creo que hay que atreverse a soñar nuestro futuro y a resistir el dolor, la ansiedad, que provoca el embarazo: la no materialización “exterior” de lo que soñamos, de lo que amamos antes de que nazca siquiera. Muchas tradiciones de renunciantes parten del miedo al dolor: no quiero hacerme ilusiones porque no quiero sufrir si no se cumplen. Creo que el sufrimiento en el embarazo, sin no es, digamos, extremadamente “insano”, sublima la condición humana. Saber esperar es saber creer. Saber vivir. Amar la vida (la “hiper-vida”). Tener fe. Soñar un futuro amado y momentáneamente incapaz de tomar la objetividad, aunque eso nos haga sufrir.

2.- Hay no obstante, creo yo, ciertos peligros en la soteriología de Bloch. Por un lado, exige aceptar como premisa mayor que lo que hay es indigno, incompleto, rechazable. Creo que este modelo de mente -este discurso- puede ser muy injusto, muy miserable, y que puede arruinar la propia vida y las de los que nos rodean. No veo incompatible una sacralización del presente con una sacralización del futuro. E incluso del pasado. Todo formando parte de una corriente prodigiosa donde anidan nuestros sueños.

3.- Creo que cabe sentir el presente que vivimos como un futuro soñado, esperado, heroicamente, por conciencias que nos han precedido. Hay momentos en los que ya se siente el olor de un futuro perfecto, donde lo que se presenta supera incluso cualquier esperanza pasada. La negatividad del marxismo -entre otras negatividades religiosas- me parece en ocasiones terriblemente injusta y ciega.

4.- Tengo la sensación de que cualquier sueño (cualquier futuro ensoñado y amado) accederá a lo objetivo y será vivido como tal. Eso sería un paraíso. Tengo la sensación de que todo momento presente está preñado de paraísos (que requieren sus infiernos para destacar así su paradisíaca luminosidad).

5.- Desde el concepto chino “Yin-Yang” [Véase aquí] cabe contemplar, serenamente, y con fascinación también, ese punto negro que hay siempre dentro de cualquier dimensión blanca: ese punto negro que nos incrusta en el alma astillas mágicas -y dolorosísmas- para que no dejemos de mover nuestras alas por el infinito.

Creo que debemos resistir el dolor -creativo- que produce tener una ilusión todavía no materializada, no encarnada en lo objetivo, no transformada ya en un Maya vivible como realidad absoluta. Creo que hay que resistir el dolor de la espera, del embarazo. Todo por ese mundo soñado, amado antes de nacer. Pero sabiendo, que cuando nazca ese mundo amado, tendrá dentro la astilla mágica de la negritud que muestra el símbolo de Yin-yang.

Un paraíso completamente blanco no sería un lugar donde vivir. Sería un infierno para la condición humana.

En cualquier caso: no tener ilusión es no tener vida (porque la vida, a su vez, no es más que una ilusión… sagrada).

Ayer domingo mi hijo Nicolás (5 años) localizó “casualmente” una caja donde guardo recuerdos de mis padres. E insistió -con la insistencia de los niños de cinco años- en que quería que le enseñara alguna de las cartas que hay esa caja mágica.

Y encontré una carta escrita por mi padre a mi madre en 1960 (yo nací en 1964). Mi padre, Alfonso, estaba en la montaña, junto a su tienda, en Gredos, solo, con las manos enamoradas escribiendo bajo la luna. Y le dice a mi madre que la quiere con toda su alma; y que sería maravilloso que ella estuviera allí. Y le dice también “soñar no cuesta nada”.

Mi madre  y mi padre estuvieron allí, en esas montañas, miles de veces, compartiendo cielos incendiados de estrellas y de silencio. Y siguen haciéndolo ahora.

Soñar no cuesta nada. Y puede fabricar un futuro prodigioso; que hay que valorar cuando se materializa (cuando se convierte en una fantasía en cuyo interior se puede ya vivir).

Hay sueños (“diurnos” o “nocturnos”) que vienen del  sagrado taller de los mundos y que preñan lo real con un futuro que parece imposible. ¿Quién no los ha tenido? Es como si el futuro -soñado, amado- quisiera empezar a fabricarse ya en su pasado y viajara hasta él. La clave quizás esté en recoger sin miedo esa semilla de oro y aguantar los preciosos -pero a veces intensos- dolores de la espera. Como lo hizo mi padre en 1960 bajo la luna de Gredos.

Esperanza. Gracias querido Ernst Bloch.

David López

Madrid, 5 de marzo de 2012.

Filósofos míticos del mítico siglo XX: “Jaspers”

Jaspers: un médico psiquiatra que quiso entrever lo transcendente -lo omniabarcante- en el fondo mismo de la más desgarrada y naufragante subjetividad humana: en eso de la “existencia”, que sería lo otro por completo de cualquier objeto. Y eso “transcendente” y “omniabarcante” se mostraría no en un acto cognoscitivo sino a través de lo que Jaspers llamó “situaciones límite”.

Jaspers fue un médico-psiquiatra-filósofo, como lo quiso ser también Nietzsche (respecto de Occidente entero, enfermado por ideas desvitalizadoras). Y ambos soñaron el advenimiento de una nueva lógica (una nueva forma de pensar y de decir… una nueva poesía colectiva) que sublimara la condición humana. Porque es -yo creo- en poesías donde vivimos. Jaspers creyó que el ser humano estaba determinado, casi preso, en una “situación” fija, inamovible, que como mucho cabía conocer para, desde ahí, vislumbrar lo que transciende todo -y lo que es omniabarcante de todo. Jaspers creyó en un mundo objetivable en virtud de los hechos suministrados por el método científico, aunque sólo compresible y vivificado desde la subjetividad del hombre -concreto, individual, tú, yo-. No consideró Jaspers, creo, la posibilidad de la re-poetización estructural de eso que se presenta como “existencia”.

Yo sí creo en esa posibilidad.

Jaspers pasó buena parte de su vida pensando y enseñando Filosofía -con mayúscula-en una ciudad especial para mí: Heidelberg. Allí se puede recorrer el “Philosophen Weg” (el camino de los filósofos) y quizás hasta sentir lo sentido por tantos seres humanos que se permitieron a sí mismos, sin miedo, sin codicia, sin necesidades previas, eso que llamamos Filosofía: esa “situación límite”, pero límite de verdad; aunque se trataría de un límite glorioso, sublimador por completo de la condición humana… un límite al que hay que acercarse sin ansia de “conocer” (de cerrar, de empequeñecer)… sin ansia de sosiego y de confort mental.

Quizás Heidelberg sea una “situación límite”. La leyenda dice que en esa ciudad mágica o se enamora uno o se pierde el amor que se tenía. A mí me pasó lo segundo.

Creo que Jaspers elevó la dignidad existencial del filosofar humano; y lo hizo además integrando en esa actividad un -a mi juicio ingenuo- esquema del existir humano.

Al ocuparme de la palabra “Sueño” en mi diccionario filosófico [Véase aquí], sugiero una explosión de la palabra “vida”, la cual yo quisiera sustituir por “hiper-vida”. Como veremos, Jaspers traza un esquema de la existencia humana desde una visión no auto-problematizada: hay en su visión del existir una negatividad que apunta a una ineludible y palpitante tragedia -en el mundo- que, eso sí, permitiría asomarse -sin conocimiento posible- a lo que ya no es mundo: a lo transcendente. Veo ecos agustinianas y hasta hindúes: el mundo que se presenta como real es, básicamente, un infierno; pero cabe salir de él: cabe regresar a la Fuente… al Ser… a Dios para los que aceptan este vocablo.

La idea fundamental que intentaré expresar en este brevísimo ensayo sobre Jaspers es la siguiente: el ser humano no está en ninguna “situación” determinada. Para delimitar cualquier situación y cualquier mundo hay que aceptar, acríticamente, un determinado hechizo poético: frases, modelos de lo visible y de lo invisible. Pero, ¿qué vemos? ¿Ve alguien algo que no sea construcción de la Poesía en la que vive? ¿Es cierto que el ser humano se enfrenta a la muerte (la horripilante finitud)? ¿Es cierto que no puede modificar su “situación”? ¿No será que ya estamos, siempre, y somos, siempre, la transcendencia, lo omniabarcante, aquello para lo cual todo mundo, toda existencia, no es más que un juego? [Véase “Lila“]

¿No será que “la transcendencia”, el fondo de toda luz, no solo no es perseguible, o alcanzable, sino que es ineludible…? ¿Cómo no ser el Ser?

Algo sobre su persona y sobre su vida

1883 (Oldenburg)-1969 (Basilea). Su familia pertenecía a una burgesía liberal vinculada a la banca. Jaspers, ya anciano, hablaba de su padre con devoción. Eso es siempre precioso. Admiraba Jaspers de su padre sobre todo su capacidad de enseñar con su propia conducta. También recordaba el anciano filósofo, emocionado, el día en que su padre le llevó hasta el mar: un día en el que la marea estaba muy baja (una “situación límite”, un especial “desocultamiento”). Y aquel niño-filósofo que quiso ver el Todo sintió, de la mano de su amado padre, algo inolvidable: sintió en su carita de niño la brisa de lo transcendente. Y no pudo olvidarlo jamás. El infinito estaba ahí delante, palpitando con un corazón invisible y descomunal, mostrando algas y medusas y sonidos de mundos de profundidad infinita. Recomiendo ver y escuchar a Jaspers hablando del mar en este link (hay subtítulos en español):

Entrevista a Jaspers

Sigamos esquematizando -poetizando, reduciendo- la “vida” de Jaspers. En Oldenburg estudió medicina. Y en Heilderberg trabajó como psiquiatra en el Hospital psiquiátrico. Fue Privat-dozent en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Heidelberg hasta 1937. Los nazis no soportaron su oposición -muy valiente al parecer-.  Jaspers fue grande, en mi opinión. Jaspers recupera su puesto al terminar la segunda guerra mundial: 1945. Muere en Basilea.

Jaspers no sólo merece un lugar de honor en la historia de la Filosofía, sino también en la historia de la Psiquiatría. Su obra Psicopatología general (en dos volúmenes) es un clásico en esta ciencia de la “psique”.

Después de la segunda guerra mundial escribió una obra de “compromiso político”: Die Schuldfrage [El problema de la culpa]. Es una obra desagarrada. Imponente. Creo que debe leerse. En español hay una edición en Paidós (traducción de Román Gutierrez e introducción de Ernesto Garzón Valdés).

Jaspers publicó treinta libros y dejó 35.000 páginas sin publicar. Sugiero, aparte la ya citada, estas obras en español:

La filosofía (trad. José Gaos, Fondo de Cultura Económica, 1953).

– Los grandes filósofos (trad. Pablo Simón, Tecnos, 2002).

Cifras de la transcendencia (trad. Jaime Franco, Alianza Editorial, 1993).

Origen y meta de la historia (trad. Fernando Vela, Alianza Editorial, 1985).

– La filosofía desde el punto de vista de la existencia (Fondo de Cultural Económica, 1981).

Algunas de sus ideas fundamentales

1.- “Situación”. Jaspers forma parte de la filosofía existencialista que habría arrancado con Kierkegaard. Y afirma que el ser humano debe conocer su “situación” (algo así como su lugar en el mapa total del mundo, entendido en sentido muy amplio, más allá de lo que las ciencias delimitan). Y ese conocimiento permitiría tomar conciencia de que nuestra “situación” está caracterizada por la finitud, por la contradicción, por el naufragio. Toda existencia naufraga; y todo pensamiento. Estaríamos, por así decirlo, en un valle de lágrimas ineludible e inamovible. Sólo cabría conocer esa -trágica- “situación”, aceptarla y, desde ella, vislumbrar lo que la trasciende. Las “situaciones límite” serían la mejores ventanas para entrever esa transcendencia, la cual se mostraría, con menos nitidez, en el propio mundo de la existencia, aunque lo haría a través de “cifras” (símbolos susceptibles de ser descifrados).

2.- La Filosofía. Practicada con radicalidad -como metafísica- no ofrecería enunciados con pretensión de veracidad sobre ninguna objetividad. Sería una actividad del ser humano, practicada desde su naufragante existencia, que, curiosamente, no le ofrecería ningún conocimiento, sino que “desbrozaría” los caminos hacia la transcendencia. Jaspers afirmó que “ningún ser sabido es el Ser”. No cabría conocimiento, sino, por así decirlo, la práctica de una metafísica de expansión, de apertura de horizontes hasta el  infinito (que es donde cabría quizás ubicar lo transcendente, el Ser, la posibilidad única de libertad para lo que es existencia). La “verdad” -ya ahí- sería algo muy superior a la exactitud científica. Y a la sistematización metafísica.

3.- La nueva lógica filosófica. Jaspers quiso desarrollar una nueva forma de pensar y de hablar para aproximarse, lo más posible, al borde de ese mar que le enseñó su padre. Jaspers quiso crear una nueva lógica filosófica que, aunque no pudiera conocer nunca nada (de ningún objeto), sí fuera capaz de despejar los caminos que llevan a ese mar de prodigios: lo “transcendente” (que sería quizás lo completamente otro de cualquier objetividad). Esa nueva lógica, según Jaspers, debería ser omnicomprensiva (debería ocuparse de todo lo que se presenta en la conciencia, y de todo el saber que hay en la civilización). También debería resistir la no nivelación (soportar los saltos y los vacíos de la inmensidad por la que se quiere mover). Pero, a la vez, debería rechazar las parcelaciones en el saber. Estaríamos ante una mirada total, dispuesta a contemplar el horizonte en toda su inmensidad, en toda su posibilidad. Una lógica -creo yo- que dejaría espacio libre en lo que vengo llamando “pista de baile de las bailarinas lógicas”. Y creo que ese horizonte “marítimo” no puede ser visto si se quiere conocer -esquematizar en definitiva- cualquier existencia (como me temo que hizo el propio Jaspers, en la línea  sufriente y ácida del existencialismo europeo… que tanto se parece a cierto cristianismo y a cierto hinduismo).

4.- Achsenzeit. Era axial. Se trata de una hipótesis que es comúnmente atribuida a Jaspers (aunque podría haber sido acuñada por Anquetil Duperrón a finales del siglo XVIII). La encontramos en su obra Vom Ursprung und Ziel der Geschichte [Sobre el origen y la meta de la historia). La hipótesis sería la siguiente: entre los siglos VIII y II antes de Cristo se habría producido un fenómeno único y decisivo en varias partes del planeta; pero sin conexión aparente entre esas partes. Se trataría de una era “axial” que delimitaría el advenimiento histórico de un salto cualitativo de gran importancia en la evolución de la Humanidad. El hombre se habría hecho consciente de sí mismo y habría iniciado una actividad reflexiva (filosófica) de la que habrían surgido muchas corrientes de pensamiento (de cuestionamiento de lo dado por las civilizaciones de forma irreflexiva). Esos debates, esos cuestionamientos, habrían mostrado que las concepciones sobre la vida serían modificables. En China aparecerían Confucio y Lao Tse. En India Buda, los sabios de las Upanisads (como Yagnavalka), Mahavira. En Persia Zarathustra. En Grecia los presocráticos. En Oriente Medio los profetas judíos: Elías, Isaías, Jeremías. Todos ellos -en mi opinión- diciendo básicamente: “Así no. Así sí”. Diciéndolo además desde una individualidad humana consciente y crítica con la Poesía de su tribu. Sobre esta hipótesis -que yo he expuesto con poca precisión y con mucho añadido personal- hay al menos dos trabajos que merecen ser leídos. El primero es de José Antonio Antón (un profesor de Filosofía de la Universidad de Sevilla al que tuve el gusto de conocer el año pasado en Arenas de San Pedro, dentro del Círculo de Estudios Espirituales Comparados):

http://symbolos.com/cg5anton1.htm

El segundo ensayo que recomiendo sobre la “Era axial” es de Dieter Metzeler. Puede leerse aquí (en alemán):

http://www2.hu-berlin.de/nilus/net-publications/ibaes10/publikation/metzler_ibaes10.pdf

Sensaciones provisionales sobre Jaspers

Mi sensación ahora con Jaspers es que este filósofo no estuvo dispuesto a diluir la aparente contundencia de ese “mundo” o “existencia” que, tan trágicamente, describen los existencialistas.

Creo que la -salvífica- epojé de Husserl [Véase aquí] tendría la misma eficacia que esas “situaciones límite” a las que tanto valor metafísico atribuyó Jaspers.

En cualquier caso considero que la Filosofía, practicada con la suficiente radicalidad (como creo que Jaspers quiso practicarla) sería la situación más “límite” en la que puede ubicarse el ser humano (pensante). Ahí ya sí se siente de lleno el mar. Desde su orilla. Lo místico sería entrar ahí. Sin miedo. Sabiendo que ese mar somos nosotros donde ya no cabe pluralidad. La meditación sería precisamente un baño en ese mar prodigioso que tanto impresionó al niño Jaspers: un “mar interior”, interior a todo.

Los musgos y los árboles y el río y los muros de Heidelberg tienen también el olor de ese mar transcendente y omniabarcante.

En realidad todo -todo lo que se presenta como mundo- lleva ese olor.  El “olor de Dios” diría quizás Jaspers.

David López.

Madrid, 24 de octubre de 2011