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Pensadores vivos: Paul Davies

Paul Davies en su libro The goldilocks enigma (Penguin, Londres, 2006) considera la posibilidad de que una fabulosa supercomputadora, ubicada en un universo real,  esté creando ahora mismo para ti, querido lector de esta página, eso que se te presenta como universo, como realidad, como vida, sin serlo propiamente. Y también se teoriza en ese libro la posibilidad de que una consciencia sea creada artificialmente (si que quede claro qué es eso de “consciencia”).

En cualquier caso: ¿Qué es “natural”? ¿Qué es “artificial”?

Una cascada de creaciones artificiales. Según Paul Davies una máquina -máquina- podría estar fabricando nuestro mundo; y, a la vez, desde este mundo, el ser humano podría fabricar máquinas conscientes, con una consciencia similar a la que atribuimos a los seres humanos: evolucionadísimos robots, por simplificar (estamos condenados a la simplificación, al error, al maravilloso hechizo que es la vida).

Paul Davies es un pensador muy interesante -muy estimulante y nutritivo-  que pertenece a una tradición de poetas que trabaja con una determinada alquimia de hechizos lingüísticos, de mitos, de esquematizaciones de “lo real”. Y lo que esa tradición entiende por “universo”, al menos en estos diez últimos años, lo podemos leer en el libro antes citado, el cual, de forma muy didáctica, muy brillante, muy útil -muy “anglosajona”-, ofrece un listado de puntos clave al final de cada capítulo. Ese universo es, obviamente, una fantasía momentáneamente eficaz. Como todos. Pero quienes lo “fabrican” no son supercomputadoras, sino, por así decirlo, poetas de la ciencia. Y en ese poetizar hay sustancias -universales [Véase]- como eso de “Máquina”- que crean enormes despistes, que sumergen en profundísimos sueños dogmáticos. [Véase aquí mi bailarina lógica “Máquina”].

En cualquier caso creo que hay que des-dramatizar la posibilidad de que, efectivamente, estemos dentro de una máquina, que seamos incluso máquinas: que todo sea una red de máquinas, prodigiosas, sagradas, impulsadas por un calor bellísimo: máquinas alejadas por completo del tópico decimonónico (hierros y tornillos); y también del tópico cibernético (ceros y unos y cables y gélidas pantallas).

Una máquina es  una forma de canalizar o de aprovechar una fuerza. Tengo la sensación de que, efectivamente, vivimos en una máquina, y que somos máquinas; y que esas máquinas están diseñadas y movidas desde algo que podríamos llamar simplemente amor: sacralización de lo existente, del fenómeno del “existir”.

Paul Davies hace referencia en su libro a la ya mítica trilogía Matrix, la cual en mi opinión, al menos en su primera parte, presupone un esquema bogomilista (los bogomilos creían que el mundo era obra del Diablo, que el poder estaba en manos del mal, del no-amor). Algo así creen los marxistas puros respecto del mundo capitalista.

¿Dónde estamos? ¿Qué pasa aquí de verdad?

Estamos en algo muy sospechoso: una especie de videojuego en el que a veces se nota en exceso su artificialidad. Pero no dejo de constatar (como intuyó Schopenhauer) que hay algo (¿la Vida? ¿qué es eso?) que trabaja para nosotros mejor de lo que nosotros mismos lo hacemos. Parecería que somos niños dormidos, amadísimos, cuyos padres cuidan desde “fuera” dotados de no sé qué prodigiosos medios “técnicos”. Esos “padres” son capaces de fabricar sueños, mundos, universos, para su amada y dormida criatura. Probablemente Berkeley no estaría muy disconforme con este planteamiento. También vivimos pesadillas. No descartemos que sean también fruto de un amor impensable desde aquí.

Sospecho también que, en algún momento, nos veremos nosotros ubicados en ese lugar, digamos proto-físico (o post-físico si se quiere), creativo, hirviente de amor. Y haremos cosas fabulosas para los seres a los que amamos.

Paul Davies, como muchos de sus co-religionarios, habla de “multiversos”. Sí, cabe imaginar una red de mundos-regalo desplegada en el infinito de la mente de eso que a veces no nos queda más remedio que llamar “Dios”, pero que no es “Dios”. “Dios” es poca palabra, poco concepto, para ese espacio de creatividad y de amor infinito al que estoy intentando referirme. [Véase aquí mi bailarina lógica “Dios”]

Ofrezco ahora algunos lugares que me han parecido especialmente relevantes de la obra de Paul Davis que lleva por título The Goldilocks eningma (las traducciones, muy mejorables, son mías):

1.- Referencia, desde la admiración, a una idea de John Archibald Wheeler: “Mutabilidad”. Según este físico nada sería tan fundamental que no pudiera cambiar en circunstancias extremas, incluyendo las leyes del universo (p. xiii). Creo que cabe sugerir una posibilidad de cambio aún más radical: que no estemos en una totalidad legaliforme, en un algo siempre sometido a leyes (aunque se trate de leyes cambiantes), sino que estemos ( y seamos) algo libre, capaz de crear y habitar mundos ordenados con leyes, pero capaz también de dejarlas en suspenso en cualquier momento. Por otra parte, cabría también ver un cierto fijismo en esa mutación que consagra Wheeler: una mutación que se presenta como incapaz de mutar a una eterna inmutabilidad. Si todo cambia hay algo que nunca cambia: el eterno cambio. ¿Y si hubiera algo fijo, eterno?

2.- “Uno de los hechos más significativos -podría decirse que el más significante hecho- sobre el universo es que somos parte de él” (p. 2).  Se trata de uno de los presupuestos que movilizan la inteligencia de buena parte de los científicos actuales, si bien, como es el caso del biólogo Dawkins, ya empieza a ser imposible negar que eso que se denomina “mundo exterior” o “universo” es algo que ocurre en eso que los científicos llaman “cerebro” [Véase]. Podría por tanto decirse que el “universo” es una parte de en nuestro cerebro (otras partes estarían ocupadas por nuestras fantasías, sueños, etc.). Y podría decirse más aún. Si la Ciencia va ofreciendo cambiantes dibujos del universo, vistos todos retrospectivamente se presentan como narraciones, fantasías, leyendas. Y, mientras parecen ser reales, en realidad forman parte de eso misterios que llamamos “lenguaje” [Véase]. Viven ahí, como nosotros; nosotros que, también, vamos siendo cosas cambiantes para ese “observador”, esa permanentemente hechizada consciencia, que tenemos dentro… ¿Dentro de dónde?

3.- Principio antrópico. El efecto “Ricitos de oro”. Davies se apoya en una idea de Brandon Carter, el cual se preguntó qué hubiera ocurrido si las leyes que rigen el universo hubieran sido otras de las actuales. Carter quiso llevar esta pregunta al misterio de la existencia de la vida y, en particular, de ese tipo de vida -la humana- que es capaz de observar la totalidad del universo. Su conclusión fue que una mínima variación en esas leyes, un no tan “fino ajuste” de las mismas, hubiera impedido nuestra existencia (y por lo tanto el prodigio de la -por así decirlo- auto-observabilidad del universo). Dice Davies que Carter creyó que, al igual que el plato de avena que se encontró Ricitos de Oro en casa de los tres ositos, las leyes de la Física están preparadas para la vida. Y Carter llamó a este ajuste “el principio antrópico”. El universo según Davies sería, en cualquier caso, “bio-friendly”.

4.- Las leyes de la Física como divinidades. Dice Davies: “Hoy, las leyes de la física ocupan la posición central de la ciencia; en realidad, han asumido un status casi deísta, frecuentemente citadas como el fundamento de la realidad física” (p. 8). Es cierto. Y es cierto también que los físicos actuales sueñan con encontrar una ley unificada: una sola “diosa”. La buscan porque creen que existe, porque la lógica que domina su pensar les induce a creer que existe esa diosa única, ubicua y omnipotente. Son teólogos.

5.- “Dios”; en concreto. Dice Davies: “En un nivel popular […] Dios es retratado de forma simplista como una suerte de Mago Cósmico, conjurando el mundo en el ser desde la nada y haciendo de vez en cuando milagros para solucionar problemas. Semejante ser está obviamente en flagrante contradicción con la visión científica del mundo. Al Dios de la teología escolástica, por el contrario,  se le atribuye el papel de un sabio Arquitecto Cósmico cuya existencia se manifiesta a través del orden racional del cosmos, un orden que es de hecho revelado por la ciencia. Ese Dios es en gran parte inmune al ataque científico”. Davies está mirando hacia la Diosa-Ley Física. Sería una Gran Arquitecta que se haría a sí misma en el fabuloso orden cósmico. Yo me temo que la realidad está más cerca de la idea del Gran Mago, el cual sería capaz de abarcar a ese “Arquitecto Cósmico” que me parece poca cosa para Dios; y para lo que me parece que hay y que está pasando.

6.- Orden revelado, descrito. En mi opinión eso de “la Ciencia” no revela un orden objetivo, sino que construye un orden aparente a partir de una selección de datos que son obtenidos desde una determinada forma de mirar al infinito misterio que se nos presenta. Se podría decir que ese “Arquitecto Cósmico” es multicéfalo: está formado por varios cerebros en red, sucesivos en el tiempo, que van creando, juntos, una narración que se presenta como “Cosmos”. Y lo es en realidad, porque se trata de una esfera -en el sentido dado a este término por Peter Sloterdijk [Véase]-; una esfera que se fabrica de forma artificial pero muy convincente. No obstante, el propio Davies da cuenta (p. 145) de una nueva realidad (nueva a partir del lanzamiento del satélite WMAP): la esfera/cosmos que parecía, digamos “aquietar” el misterio de nuestro hábitat cósmico, resulta ser solo un porcentaje ridículo del total de eso que se sigue llamando “universo”. Y es que ha aflorado algo nuevo: la “materia oscura” y, también, la “energía oscura”. Dice Davies que nadie sabe qué es eso. Pero tengo la sensación de que la potencia poético-pragmática de los científicos transformarán ese misterio en sistemas ordenados de símbolos matemáticos (con sus correspondientes metáforas en la lengua ordinaria); y que esos sistemas incluso permitirán hacer predicciones que provocarán esa crucial confusión entre los modelos útiles y lo que en realidad hay, lo que en realidad nos envuelve y nos constituye. Modelos que serán sustituidos por otros, sin piedad. Recordemos a Hilary Putnam [Véase aquí] atribuyendo a la esencia de la ciencia ese continuo negar sus propios modelos, esa inestabilidad ontológica tan fabulosa.

7.- Universo virtual. Máquinas. He empezado este artículo haciendo referencia a que Davies (pp. 203 y ss.) considera posible que lo que se nos presenta como mundo sea en realidad una realidad virtual inoculada por una super-computadora que nos estaría controlando desde “otro universo”. Y que también ve técnicamente plausible que nosotros, en cuanto seres humanos, podamos construir seres con conciencia. Cita Davies a Turing y al joven filósofo Nick Bostrom, sin olvidar por supuesto la ya canonizada trilogía Matrix. Más allá de posibles “bogomilismos” (creencias en que el poder está en manos del mal), creo que cabría decir que existe efectivamente una máquina, poderosísima, que nos inocula el mundo. Unamuno la denominó “tradición social”. Muchos filósofos han hablado del “lenguaje”, como algo que nos toma, que nos vertebra, que nos hace mirar de una forma, y hasta nos dice lo que estamos viendo. Nietzsche, en el aforismo 261 de La ciencia alegre, viene a decir que a los hombres en general las cosas se les hacen visibles por el nombre. Y en la India antigua, a través de los himnos del Rig Veda, una diosa -Vak, diosa de la palabra- afirma que habitamos en ella. En varias ocasiones he confesado que mi diccionario filosófico es, quizás, un tratado de teología cuyo objeto es esa diosa que rige incluso nuestro teorizar sobre ella misma. El propio Noam Chomsky [Véase] ha ofrecido también una imagen algo robotizada de lo que es el fenómeno lingüístico: habría una especie de “máquina gramatical” instalada en nuestra mente, la cual condicionaría todo lo que podemos decir: toda posibilidad de decir un mundo y de decirnos a nosotros mismos.

¿Quién/qué controla esa máquina prodigiosa que llamamos lenguaje? [Véase “Lenguaje”]. ¿Son las propias leyes del universo físico que, activadas en mi cerebro material, obligan a que se produzcan unas conexiones neuronales concretas de las que surgen estas frases que estoy escribiendo? Pero resulta que ese universo es a su vez fruto de opciones lingüísticas: es una narración, una preciosa y utilísima leyenda que, quizás, está siendo dictada por algo impensable en el impensable interior de la conciencia humana.

Simplemente por amor. Por sacralización del prodigio de que exista un mundo ante una conciencia. Por sacralización de la Creación y de lo Creado.

La gran mayoría de los científicos -como Paul Davies- participan de ese amor porque está fascinados con lo que van descubriendo en la Gran Obra Maestra del mundo.

David López

Madrid, a 20 de febrero de 2014

Escuela libre de Filosofía. Diez años de vuelos por el interior de la chistera del Gran Mago.

 

 

Hoy lunes, a las siete de la tarde, en Ámbito Cultural de Madrid, daré comienzo al décimo año de vuelos tripulados por la mágica Inmensidad que nos envuelve (y que nos constituye). Volveré a compartir mi estupor maravillado ante “la Cosa”, volveré a “hacerme” las preguntas extremas: ¿Dónde estamos? ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es todo esto? ¿Quién/qué hace las preguntas? ¿A qué/quién? ¿No llevan ya las preguntas su propia respuesta al estar -preguntas y respuestas- sometidas a un Matrix lingüístico?

Y volveré a rendir un culto apasionado (y algo claustrofóbico) a la diosa Vak: la diosa védica de la palabra, esa que se atrevió a decir, hace milenios, desde la boca de los sacerdotes védicos, que vivimos en ella (en la palabra): que no hay otra cosa que lenguaje (hechizo poético en definitiva). Esto es una obviedad. Pero el problema, el gran desafío de la Filosofía, es saber (o “sentir”) qué es eso de “lenguaje”, de lenguaje más allá del lenguaje, más allá de su condición de sustantivo dentro de un sistema lingüístico: el lenguaje “en sí”. [Véase “lenguaje”].

El caso es que en la sala de Ámbito Cultural de Madrid he vivido momentos fabulosos. He comprobado qué le ocurren a los ojos de los seres humanos cuando se ponen de puntillas para asomarse a la Inmensidad, al prodigio de la Filosofía. Debo decir que en esa sala mágica de la calle Serrano de Madrid he llegado a la convicción de que cabe una sacra -y deliciosa- fraternidad de seres humanos que se permiten pensar de forma radicalmente libre; con una sola norma (una sola): el respeto.

Un año más, por lo tanto, para compartir prodigios y temblores, para asomarme con otros seres humanos al mismísimo taller de los mundos (a “la fabulosa mente de Dios”, por utilizar una potente metáfora… ¿qué otra cosa puedo utilizar?).

Seguiremos con los filósofos míticos del mítico siglo XX [Véase]. Y creo que me ocuparé de los siguientes:

1.- María Zambrano. Su concepto de piedad, de razón poética y su fotofobia final (los infiernos de la luz).

2. Ortega y Gasset. Un año más haremos una expedición a su sorprendente obra. Me ocuparé especialmente del concepto de “hombre-masa”.

3.- Unamuno. Me interesa profundizar en su idea de que la fe es crear lo que no se ve (yo me pregunto qué es lo que sí se ve). También me interesa de Unamuno su mágico catolicismo final.

4.- Lévinas. Indagaré su concepción del Otro y su esfuerzo por basar toda la Filosofía en el amor y en la ética. Creo que no se puede filosofar de otra forma.

5.- Gaston Bachelard. Me ocuparé de su poética del espacio. Y abriré una reflexión filosófica sobre la decoración (las casas): una actividad que me fascina.

6.- Habermas. Revisaré la posibilidad de sus propuestas de “democracia deliberativa” y de “acción comunicativa”. Y lo estudiaré en conexión con las propuestas políticas de Noam Chomsky.

7.- Hilary Putnam. Me ocuparé de su posición respecto a los conceptos de mente y cerebro.

8.- Simone Weil. Profundizaré en su política y en su mística.

9.- Nishida Kitarô. Me interesa su visión de la religión y su metafísica del trono imperial.

10.- Ayn Rand. Revisaré en detalle su “objetivismo” y su “egoísmo racional”. Me interesa especialmente su sacralización del capitalismo para problematizar este concepto, esta bailarina lógica aparentemente obvia (y a la vez quisiera problematizar, para no caer en la claustrofobia lógica, la aparente antítesis del capitalismo: el socialismo).

11.- Nishitani Keiji. Entraremos en su obra “¿Qué es religión”? Y veremos cómo miró este gigantesco filósofo japonés a gigantes como el Maestro Eckhart, Nicolás de Cusa, Schelling o Bergson.

 

Gracias, queridos filósofos, por acompañarme un año más -¡diez años ya!- en mis paseos por el interior de la chistera del Gran Mago (y por asomaros conmigo al ardiente borde exterior de ese lugar prodigioso).

Gracias.

 

David López

Madrid, a 10 de septiembre de 2012.

Filósofos míticos del mítico siglo XX

 

 

Este año me propongo incorporar nombres propios a mi diccionario filosófico. Quisiera visualizar a buena parte de los míticos filósofos del siglo XX como fabulosos –y siempre mutantes- constructos narrativos. Quisiera calibrar la fuerza hechizante de las redes lógicas que los mantienen vivos, como mitos, como nodos de energía filosófica que sostienen y vivifican nuestra civilización de palabras (nuestro lógico sueño compartido).

Desde el concepto del Maya hindú (y no solo desde ahí) se podría decir que ninguno de esos filósofos tuvo existencia individual; y que su pensamiento no fue suyo. ¿De quién fue entonces? ¿Qué fueron todos ellos? ¿En qué podrían llegar a convertirse si algún día se produce una mutación radical en eso que los cerebralistas denomina “cerebro humano”?

Desde la cosmovisión cerebralista, o fisicista, cabría visualizar el pensamiento filosófico del siglo XX como una forma determinada de interconectarse neuronas (materia legislada), en una serie de individuos, a lo largo de un vector de tiempo determinado.  [Véase “Cerebro“].

¿Y por qué el siglo XX? “Siglo XX” es otra bailarina lógica. Pero aun así, presenta, como narración al menos, como poesía comúmente aceptada, rasgos que me parecen excepcionales.

Creo que el siglo XX fue un siglo impresionante. Y que también lo fue la Filosofía que ocurrió en él. Como impresionante es, creo, la imagen que he elegido para el cielo de este texto. Ya la usé con ocasión de la palabra “Cultura” [Véase]. ¿Por qué esa imagen ahora, otra vez? Porque muestra un cuerpo humano trágicamente convertido en cultura pura y dura (un cuerpo transmutado ideológicamente). Michel Foucault dijo que el alma es la cárcel del cuerpo. Yo diría que tanto el “alma” como el“cuerpo” están en la misma cárcel: en la misma vivificante (y mortificante) matriz: el lenguaje: la diosa Vak; aunque es imposible, desde el lenguaje, decir qué sea eso del lenguaje [Véase “Lenguaje“].

En cualquier caso, creo que esa fotografía de Sid Vicious muestra un siglo impresionante, muy soñador, muy “lógico”, muy desgarrado por poesías [Véase “Poesía“].

 

 

Ofrezco a continuación la lista provional de filósofos. Están ordenados alfabéticamente; y limitados a 40, que es el número de conferencias que este año impartiré en Ámbito Cultural de Madrid (sin incluir la introductoria y la de conclusiones del curso):

 

– Adorno, Theodor.

– Althusser, Luis.

– Apel, Karl-Otto.

– Bachelard, Gaston.

– Baudrillard.

– Bergson, Henry.

– Buber, Martin.

– Chomsky, Noam.

– Deleuze, Gilles.

– Derrida, Jacques.

– Feyerabend.

– Foucault, Michel.

– Gadamer.

– Habermas.

– Heidegger.

– Horkheimer.

– Husserl.

– James, William.

– Jaspers, Karl.

– Lacan.

– Lévinas.

– Levi-Strauss.

– Lukács.

– Lyotard.

– Marcuse.

– Merlau Ponty.

– Moore.

– Nishida Kitaro.

– Ortega y Gasset.

– Popper.

– Putnam, Hilary.

– Quine.

– Ricoeur, Paul.

– Russell.

– Sartre.

– Scheller.

– Unamuno.

– Weil, Simone.

– Wittgenstein.

– Zambrano, María.

 

Sugiero a continuación algunos recursos bibliográficos:

 

1.- Bibliografía general:

 

  • Ferrater Mora, José: Diccionario de Filosofía, Círculo de lectores, Barcelona, 1991.
  • Garrido, Manuel; Valdés, Luis.M., Arenas, Luis. (coords.): El legado filosófico y científico del siglo XX, Cátedra, Madrid, 2005.
  • Reale, Giovani; y Antiseri, Darío: Historia del pensamiento filosófico y científico (tres tomos), Tomo III, Herder, Barcelona, 2005.
  • Sáez Rueda, Luis: Movimientos filosóficos actuales, Trotta, Madrid, 2001.
  • Sanchez Meca, Diego: Historia de la filosofía moderna y contemporánea, Dykinson, Madrid, 2010.
  • Muguerza, Javier y Cerezo, Pedro: La filosofía hoy, Crítica, Madrid, 2000.

 

2.- Recursos de internet:

 

http://www.iep.utm.edu (Recurso gratuito de internet, en inglés, que fue fundado por James Fieser y actualmente codirigido por él mismo y por Bradkey Dowden).

– http://plato.stanford.edu/ (Stanford University).

– http://www.ucl.ac.uk/philosophy/LPSG/contents.htm (University College London).

– http://www.information-philosophie.de/ (Recurso en alemán).

– http://la-philosophie.com (Recurso en francés).

– http://asterion.revues.org/ (Ecole Normale Supérieure de Lyon, en francés también).

 

 

3.- Revistas de Filosofía:

 

  • Revista de Filosofía (Universidad Complutense de Madrid, dirigida por Rafael V. Órden Jiménez).
  • Claves de la razón práctica (Dirigida por Javier Pradera y Fernando Savater).
  • Filosofía hoy (Dirigida por Pepa Castro).

 

 

 

En realidad, este año quiero ver qué les pasa a esos mitos, a esos seres de palabras, y a sus propias secreciones de palabras, cuando entren a bailar con mis bailarinas lógicas. Muchos de ellos ya están dentro desde hace tiempo, pero de forma parcial, como simples referencias; no de cuerpo entero.

Estoy seguro de que las bailarinas lógicas de mi diccionario filosófico ganarán mucho -sentirán y harán sentir mucho- con el baile que está a punto de empezar. Y espero que los lectores de este blog -tras la entrada en él de cuarenta filósofos del siglo XX- aumenten sus posibilidades de experimentar ese estupor maravillado -ese sublime vertigo/placer- que es capaz de provocar la Filosofía… siempre dentro de ese misterio infinito -pero mágico también- que es nuestra esencia y nuestra existencia.

 

 

David López

Sotosalbos, 12 de septiembre de 2011.

 

La bailarinas lógicas/ Un diccionario filosófico: “Cerebro”

 

“Cerebro”. Se supone que es el órgano que palpita en el fondo de esta escultura de Rodin.

“Cerebro”. El propósito de este diccionario filosófico no es otorgar significados a las palabras, no es confinar su semántica, sino calibrar su capacidad de hechizo: su fuerza para configurar contenidos de conciencia. Así, de lo que me voy a ocupar a continuación no es del “cerebro” como realidad externa al lenguaje, sino del símbolo, de la palabra, del concepto si se quiere [Véase “Concepto“].

Entremos ya en el fabuloso laberinto de espejos que tenemos delante. Para ello debemos empezar acometiendo un simple pensamiento. Así de simple: quien pretende estudiar, ver, considerar, medir, etc, el cerebro, el cerebro humano por ejemplo, pretende formar en su propio cerebro una imagen del cerebro: quiere crear el concepto de cerebro dentro de un cerebro. Pero, ¿puede el cerebro humano ver, y pensar, el cerebro humano, entero, el cerebro humano, digamos, “en sí”?

Fue leyendo a Schopenhauer cuando quedé por primera vez atrapado en lo que él llamo “paradoja del cerebro”. Puede enunciarse así: el cerebro, como cosa entre cosas, es parte del mundo (como los árboles o los caracoles o los coches o las estrellas). Visto así, como recorte concreto del impacto visual del mundo, se muestra como algo minúsculo, vulnerable, feo incluso, aparentemente configurado y sometido por esas leyes tan mutantes que primero imaginan y luego veneran los que profesan una ontología materialista.

Pero, por otro lado, es precisamente en el cerebro, y solo ahí, donde se dice que ocurre, al menos, la percepción de eso que llamamos “mundo”. Es en el cerebro de, por ejemplo, los científicos, donde se producen las conexiones neuronales, o los conceptos, que la conciencia recoge como “exteriores”, como “mundo objetivo”.

El hechizo consiste en confundir lo que segregan las conexiones neuronales de nuestro cerebro con “Eso” que, según dicen, envuelve al propio cerebro: el “mundo exterior”. Las teorías de un neurofisiólogo, desde esas mismas teorías, solo ocurren dentro del entramado eléctrico y viscoso de sus propias neuronas: ese sería el hábitat ontológico de sus propias ideas (de lo que él tiene por “mundo objetivo”, en definitiva).

Se podría decir, desde el materialismo cientista, que el cerebro es una de las cosas que le puede ocurrir al cerebro (puede ocurrirle también una brisa de Otoño que sobrecoja la piel de la memoria). Y desde ese materialismo puede decirse también que seremos más conocedores del cerebro cuanto más nos aproximemos a un determinado recorrido neuronal, a una determinada forma en la materia de nuestro cerebro: la que propicie en nuestra conciencia [véase], una representación idónea de lo que es el cerebro más allá de nuestro cerebro.

Vamos a asomarnos a lo que haya detrás de la palabra “cerebro” desde la Filosofía, que puede ser también entendida como una capacidad (¿cerebral?) de mirar miradas, de analizar, por así decirlo, la composición químico-lingüística de los modelos de mente que condicionan las miradas. Creo que la palabra “cerebro” (esa poderosísima bailarina) nos va a dar la maravillosa ocasión de filosofar “en serio”: sin pereza, con valentía extrema, dispuestos a nadar en el océano del infinito, de lo impensable, de lo insoportable incluso (pero insoportable, a veces, por su extremada belleza).

La bailarina lógica “cerebro” suele bailar junto a otra: “mente”. Se dice que a partir del último tercio del siglo XX la filosofía de la mente está adquiriendo un lugar privilegiado en eso que llamamos reflexión filosófica.  Parece que la mente, eso que sea “la mente”, se está pensando a sí misma. El ojo se quiere mirar a sí mismo: ¿Es eso posible? ¿Qué queremos decir con “posible”?

Empieza el gran espectáculo de la Filosofía. En mi opinión no hay nada más fabuloso que pueda acometer (que pueda fabricar) eso que el modelo de totalidad de la ciencia actual llama “cerebro”. Y creo que nuestro filosofar puede recibir un fértil impuso si miramos a eso que sea el cerebro desde estas perspectivas (desde estas determinadas configuraciones de la química de nuestro cerebro, si se quiere poetizar así):

1.- Schopenhauer. La paradoja del cerebro: el cerebro está en el mundo y el mundo en el cerebro.  El cerebro como órgano corporal, siempre al servicio de la vida (de la voluntad). El intelecto está sometido a la voluntad: es su esclavo.

2.- El problema mente/cuerpo (cerebro). Merece ser leído un artículo de Ángel García Rodríguez que está incluido en El legado filosófico y científico del siglo XX (Cátedra, Madrid, 2005).   En este brevísimo estudio podemos contemplar lo que ocurre cuando dos bailarinas (“mente” y “cuerpo” (o “cerebro”) quieren bailar juntas- y separadas- en el paradigma intelectual en el que parece que respiramos en la actualidad.

3.- Humberto Maturana. La autopoiesis (la autocreación) de los “sistemas vivientes”. La rana no ve todos los animales (no ve los que son especialmente grandes y lentos). No hay objetos fuera del lenguaje. El habla y el cuerpo se cambian recíprocamente. La actividad del cerebro es resultado de las exigencias del sistema viviente que lo nutre: la realidad es fabricada por los sistemas vivientes. ¿Lo es también la propia teoría que genera el cerebro (el “sistema viviente”) que “nutre” a Maturana? ¿No estamos ante una teoría que se refuta a sí misma?  Merece ser leído el esquemático estudio que sobre el pensamiento de Humberto Maturana se ofrece en esta obra: John Lechte: Fifty Key Contemporary Thinkers, 2010 [Edición espanola: 50 pensadores contemporáneos esenciales, traducción de Carmen García Trevijano, Cátedra, 2010].

4.- El funcionalismo computacional de Hilary Putnam: la mente es el software; el cerebro es el hardware. La crítica de John Searle: la habitación china (Minds, Brains and Science, Harmondsworth, Penguin, 1984 [Edición española: Mentes, cerebros y ciencia, Cátedra, Madrid, 1994].

5.- Antonio Damasio: El error de Descartes. ¿Cuál fue? Pues “creer que las operaciones más refinadas de la mente están separadas de la estructura y del funcionamiento del organismo biológico”; “porque el cerebro y el resto del cuerpo constituyen un organismo indisociable integrado por circuitos reguladores bioquímicos y neurales que se relacionan con el ambiente como un conjunto, y la actividad mental surge de esa interacción”. Así se presenta la obra de Damasio en la contraportada de edición de Crítica (Madrid, 2003).

6.- Jesús Mosterín: La cultura humana (Espasa, Madrid, 2009). Mi crítica de esta obra para Cuadernos Hispanoamericanos se puede leer [aquí]. Reproduzco algunos párrafos de esa crítica que creo que pueden ser útiles para el tema que nos ocupa ahora:

El estatus ontológico del cerebro es crucial en el modelo de totalidad –y en la religiosidad- que se ve a través de las cristalinas frases   de  Jesús Mosterín. Y es que en otra de sus obras –La naturaleza humana- este filósofo afirma que a través del cerebro humano el universo (o Dios dice él) se conoce a sí mismo. El universo sería, para Jesús Mosterín, un Dios aún no conocedor de sí mismo, necesitado por tanto del cerebro humano. Pero, para semejante prodigio, ¿no debería llevar toda cultura (todo conjunto de circuitos neurales aprendibles) un mecanismo de autohibernación que permitiera a su portador –el hombre- liberarse de todo procesador y recibir así “la señal única”, la “in-formación total”: Dios? ¿No sería eso la autoconciencia del universo, la sinapsis total, libre, sin algoritmo, sin orden alguna que diga qué información es la útil y qué hacer luego con ella? ¿Qué sentiría un cerebro con plasticidad infinita? Eso sea quizás el satori en el Zen. D. T. Suzuki lo definió como la sensación de estar con Dios antes de que éste dijera: “Hágase la luz”; o, dicho desde la cosmovisión de Jesús Mosterín: la sensación de poder configurar cualquier circuito neural (cualquier “cultura”: cualquier mundo). En libertad.

Quizás haya que vigilar la cultura para que no nos arrebate la plasticidad cerebral. Para que no mutile en exceso el autorretrato de Dios. O, si se quiere,  para que no mutile en exceso nuestra creatividad a la hora de crear a Dios.

7.- Richard Dawkins: The God delusion, 2006 [Edición española: El espejismo de Dios, traducción de Regina Hernández Weigand, Espasa, Madrid, 2010]. En este libro hay un epígrafe que lleva por título “La madre de todos los burkas”. Desde la ranura de su propio burka, y siempre a través de la caleidoscópica lente del materialismo cientista,  Dawkins afirma lo siguiente (p. 397 de la edición española): “Lo que vemos del mundo real no es el mundo real, sino un modelo del mundo real, regulado y ajustado por datos de los sentidos -un modelo que está construido de tal forma que es útil para tratar con el mundo real-. La naturaleza de ese modelo depende del tipo de animal que seamos.” Cabe preguntar a Dawkins: ¿No será este modelo, el modelo de realidad que él expone, algo que su cerebro necesita para sobrevivir? ¿No será un modelo extremadamente simple, tan limitado, tan utilitario, que prácticamente no muestra nada? Pero: ¿los cerebros reflejan la realidad o la crean? ¿La supervivencia del sistema requiere “realidad” reflejada cerebralmente o fantasía capaz de desencadenar entusiasmos, digamos, químicos: engaños al servicio de la “vida”? [Véase aquí mi artículo completo sobre Richard Dawkings].

A continuación voy a exponer lo que supongo que le pasa a mi cerebro cuando piensa, no solo qué es eso de “cerebro” y eso de “mente”, sino también cuando piensa lo pensado por otros cerebros al respecto. En realidad voy a pasar a palabras lo que es capaz de provocar en mi conciencia esa bailarina lógica que se presenta como “cerebro”. Éste es el resultado de la lucha entre la voracidad de su hechizo y mi resistencia a ser hechizado (hechizado del todo):

1.- “Cerebro” es una palabra. Nada más. También puede decirse que es resultado de aplicar un determinado sistema de universales [Véase “Universales”]. No hay “cerebro” más allá de una mirada tomada por el sistema que lo instaura (más allá de un determinado software mental, por utilizar la metáfora de Hilary Putnam). Mi cerebro, al menos como lo ve la mirada de la ciencia actual, sería una gigantesca galaxia para un ser pensante que tuviera el tamaño de un átomo. Y para ese ser pensante -ese nanofilósofo- mis neuronas serían seres vivos de tamaño indetectable que fabricarían mundos, para ellas mismas, provocando algo así como tormentas electromagnéticas y genésicas.

2.- Pero seguimos apresados por el lenguaje, por los universales. Para atisbar la salida -si se quiere- hay que ser capaz de sentir que tanto “átomo”, como “neurona”, como “cerebro” y como “ciencia” son palabras: frutos artificiales de modelos mentales: secreciones de algo inefable que, como estoy ahora en una frase, no me queda más remedio que denominar “cerebro”. Pero cabría sospechar que “el cerebro en sí”, aquello con lo que estoy ahora pensando, filosofando, no tenga absolutamente nada que ver con el dibujo que de él hacen los neurofisiólogos (y que se reproduce en la eléctrica viscosidad de “mi cerebro”).

3.- Soy consciente de que estoy llevando mi pensamiento y mi lenguaje a la hoguera de la infefabilidad absoluta. Soy consciente del temblor de estas frases, un temblor algo zambraniano, pero también nietzscheano: es el temblor de la vida, con toda su magia, el que sacude nuestro filosófico intento de alcanzar una imagen totalizadora de lo que hay. Y lo que hay me temo que es infinitamente más grande de lo que es capaz de configurar eso que, desde un determinado modelo de “mente”, llamamos “neuronas”, “cerebro”, etc.

4.- Creo que merece especial atención el pensamiento de Humberto Maturana. Sobrecogen las conclusiones del estudio que él y otros científicos realizaron a finales de los cincuenta sobre la percepción de las ranas: sus cerebros fabrican realidad, no la ven. Y no ven animales especialmente grandes y lentos. Me pregunto cuántos “animales” no veremos los que estamos confinados en un cerebro humano. ¿Y si nuestros catálogos de zoología estuvieran incompletos y, además, lo fueran a estar siempre? ¿Y si nos rodearan animales gigantescos, muy lentos, mucho más inteligentes que nosotros? ¿Y si nos estuvieran estudiando como Maturana estudió las ranas? ¿Y si alguna rana tuviera la capacidad de sentir (entrever) al científico? ¿No sentiría semejante rana algo así como esa “presencia” que hemos sentido algunos palpitando, operando, amándonos, más allá de la epidermis de lo que parece ser lo único real? Cuidado, seguimos hechizados: queremos que lo que hay equivalga a nuestras frases (a nuestros universales).

5.- Las sugerentes teorías de Maturana implican que ellas mismas son ciegas, oníricas: que no hablan de nada exterior, pues han surgido del cerebro del propio Maturana; y no al servicio de la verdad, sino al servicio de la permanencia de su sistema viviente. Aquí parecen haber pensado a la vez Nietzsche y Schopenhauer: todo está al servicio de la vida, y la vida fabrica hechizos para que sus seres sigan aferrados a ella, esclavizados: los cerebros no segregarían “verdades”, sino sueños subyugantes que optimizarían el sistema que los nutre. Pero esos “sistemas vivientes”, en sí, más allá de lo que ellos mismos pueden decir de ellos mismos, se presentan ante el pensamiento filosófico como algo inefable: algo así como dioses biológicos con propiedades inabarcables para el cerebro humano.

El silencio radical (en meditación por ejemplo) desactiva los universales: no hay un “yo” que medite, no hay un “mundo” donde esté ubicado el “cuerpo” del que medita (ni el “alma” ni la “mente” ni “nada”). En ese silencio no hay ya ni “meditación”. Y no hay “cerebro”. Digamos que la “conciencia” queda liberada de cualquier modelo de “mente”: podría recibir cualquier software. Podría tener la mirada finitizada (creadora en definitiva) de cualquier animal. Estamos en la nada protocósmica.

Desde la mirada del cientismo materialista el estado de meditación puede ser reducido a determinadas reacciones químicas ocurridas en el cerebro, lo cual las explicaría (las digeriría, las disciplinaría, las normalizaría, en ese determinado modelo de mente). Así, ocurriría una aparente “rebaja” del fenómeno de la meditación… rebaja a lo “material” (¿Por qué va a ser peor la materia que el espíritu?). Y, una vez más, hay que preguntarse: ¿qué es la materia?

Desde la teoría de Maturana la materia será, para el científico, eso que necesite su cerebro que sea la materia para que se optimice su sistema viviente: será un sueño útil.

El libro de Richard Dawkins que he citado anteriormente se titula El espejismo de Dios. En él encontramos una apasionada lucha de palabras contra los males de las religiones teístas. Una apasionada lucha de palabras contra palabras (bailarinas contra bailarinas): una guerra entre religiones (la Ciencia es una gran religión; una de mis preferidas, por cierto).

Cabría escribir un libro que llevara por título: El espejismo de Dios y el espejismo de la Ciencia. Y cabría preguntarse al final de ese libro si puede concebirse un mundo que no sea, entero, un espejismo: un prodigioso constructo -“cerebral”- al servicio de… ¿qué? ¿de un gigantesco sistema viviente que nos nutre sin que, en principio, lo podamos percibir ni pensar?

¿Será ese inefable sistema viviente eso que algunos, ante el enfado de Dawkins, siguen llamando “Dios” y siguen sintiendo, contundentemente fuera de las fronteras del cerebro? ¿Aceptamos una especie de politeísmo biologicista: seres vivos impensables disputándose algo que no podemos llamar “espacio” ni “tiempo” por estar más allá de nuestros cerebros?

¿Estamos ante un entramado de dioses vivos, soñadores, cuyo sumatorio final sería eso que en las upanisads se denomina, impropiamente, “Nirguna Brahman”?

Mis frases ya no soportan más tensión. Saquemos a la Filosofía -y a la Teología- de la sala de baile que necesita nuestra bailarina de hoy -“Cerebro”-. Y sigamos dejando que nos hechice. Hay que vivir en algún sueño. Al menos en uno. Aunque sea en el sueño del materialismo cientista (que ofrece mundos fabulosos, por cierto).

Lo otro, lo que hay más allá de todos los sueños, es lo místico.

David López

Sotosalbos, a 18 de octubre de 2010.