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Las bailarinas lógicas/ Un diccionario filosófico: “Filosofía”

Filosofía.

Estoy perdidamente enamorado de esta bailarina lógica. Desde hace más de treinta años. Y ya para siempre. Eternamente, espero.

La conocí en 1978. Yo tenía catorce años y ella varios miles. Ocurrió en el instituto Jaime Ferrán de Villalba (Madrid). A partir de entonces el mundo, y mi mente, y quizás mi corazón, iniciaron una expansión infinita. O, mejor dicho, un regreso a Inmensidades que sentí cuando era un niño de pocos años (no más de seis).

Recuerdo a dos profesores de aquel instituto, pero no sus nombres. Uno de ellos había trabajado en la ONU, tenía gafas redondas y convocó un concurso filosófico con el lema “Libertad y autoridad”. Yo me presenté con un trabajo en el que afirmé que era necesaria la autoridad porque no había libertad: que el hombre libre no necesita la autoridad. Sigo pensando lo mismo. Gané aquel concurso y sentí una enorme felicidad.

Sí recuerdo haber leído a Locke pensando el pensamiento. Y a Nietzsche gritando eso de que Dios había muerto. También recuerdo haber pasado decenas de horas virtuales en las habitaciones, y en las terrazas, y en los jardines, de la Montaña Mágica de Thomas Mann. O haberme sorprendido de que el Sidhartha de Hemann Hesse sufriera tanto con su hijo al final de la novela, a pesar de ser tan sabio, a pesar de haber vivido y pensado y aprendido tanto en aquel territorio casi imaginario cuyo nombre era  “India”. ¡La India!

Ahora, treinta y tantos años después, ese final de novela lo tengo muy presente. Ahora sé lo que se puede llegar a amar a un hijo. Ahora sé que Maya duele como nada puede doler jamás. Solo en Maya se puede sufrir. Solo en Maya se puede encontrar lo sagrado. Solo en Maya se puede amar. Dios sin Maya (sin mundo) no es nada. Es una infinita tristeza, una infinita y atroz soledad.

Este texto, y las conferencias que saldrán de él, quiero que sean un homenaje, una declaración de amor. Un agradecimiento. La Filosofía me ha proporcionado momentos que yo no creía posibles. Y desde hace algunos años tengo el privilegio de compartir esos momentos con otros cerebros y otros corazones.

Recuerdo ahora las miles de horas de soledad, normalmente rodeado por paisajes solitarios, sin espacio delimitado, sin tiempo confinado y depredado. Recuerdo haberme tumbado en el suelo, estupefacto, muchas veces, ante la contemplación de alguna Inmensidad atrapada en algún sistema filosófico: frases expandidas al máximo, palpando lo inefable, adoptando posturas yóguicas casi imposibles, para decir lo que hay. Esto. Y ofreciendo un fabuloso espectáculo estético: el lenguaje hipertrofiado, el lenguaje rugiendo dentro de sí mismo para decir Todo: serlo Todo: y hacerlo además sin quedar incinerado en el Todo.

La Filosofía: sentir la brisa que entra en la mente y en el alma y en el cuerpo cuando el lenguaje deja sitio al Infinito: cuando lo atrae con sus temblorosas manos de palabras, cuando deja huecos y transparentes los conceptos de mente y alma y cuerpo y cualquier otro, incluido el concepto de concepto.

El día en que conocí la Filosofía, en ese instituto de pueblo, gélido en invierno como el universo de Pascal, sentí que alguien muy poderoso y muy cercano había empezado a descorrer las cortinas de mi habitación; y que irrumpía en ella una mañana sin límites, un horizonte de belleza insoportable. Luego he ido descubriendo que la Filosofía es un vuelo prodigioso por los infinitos -y sagrados- modelos de finitud que pueden configurarse en eso que sea “nuestra mente”; si es que es algo distinto de la mente del propio Dios (conceptos huecos, nadas vibrando en la Nada Mágica, pero siendo capaces de ofrecer la apariencia de una existencia). Así debe ser.

Aristóteles siempre me ha impresionado con esta afirmación del comienzo de su Metafísica: “y tal ciencia [la Filosofía] puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna”.

Quizás sea la Filosofía una ciencia de Dios y sobre Dios: un autoconocimiento imposible: una angustiosa, descomunal, prodigiosa, retorsión del Ser sobre sí mismo.

En este momento la Filosofía es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría”, pero siendo consciente de que toda sabiduría es ignorancia fundamental, hechizo necesario para vibrar vitalmente en un mundo: para ser algo en algo: para disfrutar de ese misterio ontológico que denominamos, a la ligera, “vivir”. La Filosofía sería para mí, en este momento, “amor a la ignorancia”, pues toda sabiduría es ignorancia sagrada, útil, creacional.

Acabo de enunciar la idea fundamental que desarrollaré en este texto. Pero antes quisiera detenerme en los siguientes lugares:

1.- Etimología de la palabra. Del griego: amor a la sabiduría. Según Cicerón, Diógenes Laercio y Jámblico, fue Pitágoras el primero en llamarse a sí mismo “filósofo”, amante de la sabiduría. En el pensamiento/sentimiento de lo que hoy llamamos India antigua la palabra sería Dharsana: “mirada”.

2.- El Nasadiya Sukta del Rig Veda (10.129). La gran pregunta. ¿De dónde ha salido todo esto (dioses incluidos)? ¿Lo sabe alguien? ¿Lo sabe el que lo mira todo desde arriba? Quizás tampoco lo sabe.

3.- ¿La Filosofía nació en Grecia? ¿Hubo Filosofía anteriormente, en otros lugares del planeta, como Egipto, Persia, China o India? ¿Existe algo identificable como “filosofía oriental”?

4.- Los que primero filosofaron: el mito del paso del mito al logos. Esta idea, esta sensación, me acompaña desde hace muchos años. Espero desarrollarla con cierto rigor en un futuro próximo.

5.- El caso Sócrates-Platón. La filosofía como impulso erótico hacia las ideas. [Véase “Idea” y “Belleza“].

6.- Aristóteles. La Metafísica. La ciencia que estudia las primeras causas. O, mejor, en singular: la primera causa: “Dios” [Véase]. En mis cursos de Filosofía siempre, al final, terminamos hablando de ese abismo. Es ineludible porque filosofar es, básicamente, preguntarse qué demonios es todo esto: qué está pasando aquí. Pero de verdad… Y, sobre todo, qué/quién tiene el poder. ¿El poder de qué?

7.- Ibn Arabí. El estupor maravillado. Ante lo que hay. Esta barbaridad. Por favor. Deja de leer y levanta la mirada a tu alrededor. Siente el “Esto”. La “Cosa”.

8.- Schopenhauer. El mejor filósofo es el músico: es el que expresa con más precisión la esencia del mundo. Pero en la metafísica de Schopenhauer el mundo no agota la totalidad del Ser.

9.- Nietzsche. El filósofo aumenta los hechizos al servicio de la vida: no es un desvelador de verdades, sino un artista constructor de verdades. Hay fertilidad disponible para eso y para mucho más.

10.- Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Estas once conferencias impartidas por Ortega y Gasset en 1929 constituyen una obra maestra del arte filosófico. No pueden dejarse de leer. Dice Ortega, entre muchas otras cosas: “El hombre se instalaba dentro de la física y cuando esta concluía seguía el filósofo todo derecho, en una especie de movimiento de inercia, usando para explicar lo que quedaba una suerte de física extramuros. Esta física más allá de la física era la metafísica -por tanto una física fuera de sí. Pero lo dicho antes anuncia que nuestro camino es el opuesto. Hacemos que el físico -y lo mismo el matemático, o el historiador, o el artista, o el político-, al notar los límites de su oficio, retroceda al fondo de sí mismo […] No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta ésta pues, no meta-física, sino ante-física.”

11.- María Zambrano. Filosofía y Poesía. Una vez más en este diccionario filosófico. También: Algunos lugares de la Poesía.

12.- Jean-FranÇois Lyotard: Porquoi philosopher?  “Pero nos preguntábamos si sirve de algo filosofar, pues la filosofía, según su propio testimonio, no encierra historial alguno, no concluye ningún sistema y, rigurosamente hablando, no conduce a nada”. Yo recuerdo a una señora que, tras un año de curso de Filosofía, me preguntó: Entonces, ¿qué? ¿Cuál es la conclusión? Yo no supe qué contestar y me limité a compartir una sensación: hemos nadado juntos por la Inmensidad. Hemos braceado por el Infinito. Para mí, al menos, ha sido una experiencia sublime, y no sólo en sentido kantiano.

Ahora procedo a exponer ideas propias. Algunas las he expresado varias veces, incluso han dado título a cursos enteros. Son éstas:

1.- La Filosofía para mí es una experiencia extrema: la más extrema que puede soportar mi mente. A partir de ahí -de ese límite- ubico la experiencia mística: esa llama de amor viva que incinera la nave del filósofo y al filósofo mismo [Véase “Cábala”]. De eso no se puede hablar. Pero de Filosofía sí. Y cuando el lenguaje filosofa construye edificios prodigiosos. Vivificantes para nuestras ilusiones.

2.- “Modelo de totalidad”. Es un concepto que acuñé hace algunos años y que desarrollé a lo largo de un curso entero (cuarenta conferencias creo que fueron). Mi intención era detectar desde dónde -desde qué previa estructura de la totalidad- se creen que están emitiendo su Filosofía cada uno de los grandes filósofos. Y qué se creen ellos ser cuando están segregando ideas. Este concepto, esta herramienta hermenéutica, me ha sido de una gran utilidad para, en lo posible, “entrar” en la mente de los filósofos -y de los “místicos” y de los “científicos”-. No se trata tanto de entender sus propuestas o sus descripciones sistematizadoras, sino su previo hábitat físico y metafísico, tal y como sus mentes lo tienen instalado.

3.- “Obras maestras del arte filosófico”. Es el título de un curso al que dediqué también un año entero. En esa ocasión quise visualizar las propuestas de los grandes filósofos como si fueran obras de arte. Pero no solo de arte “poético”, sino, sobre todo, arquitectónico: me fascinan, además de forma creciente, esos edificios en los que se quiere apresar lo que hay: esos “sistemas” que tratan de sobrevivir, de mantenerse en pie, entre las gigantescas olas físicas y metafísicas que zarandean el Ser.

4.- “Bailarina lógica”. Es otro de los conceptos que han surgido espontáneamente de mi actividad filosófica. En él se basa este diccionario. Sugiero leer la explicaciones y las emociones que comparto [Véase Bailarina lógica].

5.- “Filosofía”. En este momento es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría” (pero desde fuera de la “sabiduría”…. no se puede amar algo desde dentro). [Véase “Concepto” y “Cosmos“]. La Filosofía la entiendo como amor a los hechizos, a los infinitos cosmizados. Amor a la vida. Y, en mi caso concreto, amor -a muerte- hacia la vida que estoy viviendo en este rincón prodigioso de la Inmensidad.

6.- La Filosofía ofrece el espectáculo de los flujos entre la Apara-Vidya y la Para-Vidya [Véase]: es un ojo misterioso que contempla lo que ocurre en el espacio infinito de la mente (por utilizar una palabra que ya presupone un modelo de totalidad).

7.- ¿Qué no es Filosofía? El pensamiento algorítmico que busca sus nutrientes en los discursos que se le van presentando. Aquí hay miedo, hambre, inseguridad: se buscan materiales para solidificar los diques de contención intra-cósmica. No se oye. No interesa ver, sino resguardarse, comer, no sufrir.

8.- Es común decir que andamos buscando, buscando la verdad, y que no la encontramos, pero que la encontraremos algún día (si seguimos subiendo no sé qué escaleras). El buscador en realidad no busca verdades, sino calma, o quizás también, en ocasiones, ilusión, antídotos contra el aburrimiento. La verdadera Filosofía, en mi opinión, se practica desde un encuentro radical y desbordante: la experiencia de la existencia. Repito lo que escribí en “Existencia” [Véase]. No se puede encontrar nada más descomunal. El lenguaje luego, aturdido, sobre-excitado, quiere atrapar lo que le tiene a él atrapado: lo que le envuelve y, a la vez, lo constituye (soy consciente de que estoy tratando al lenguaje, gramaticalmente, como si fuera una persona).

9.- Es común encontrar la palabra “Filosofía” unida a la palabra “problema”. “Problemas filosóficos”. José Ferrater Mora, en su impecable Diccionario de Filosofía, al ocuparse de esta palabra, empieza diciendo: “Entre los problemas que se plantean con respecto a la filosofía figuran […]”. Para mí la Filosofía -siempre en mayúscula- ha sido siempre un regalo, una especie de sustancia mágica, vivificadora. Sé que algunos de vosotros habéis notado, cuando practicamos la Filosofía, como si de pronto desembocara en vuestro pecho un manantial de agua fresca y como si surgieran decenas de arco iris en los horizontes de vuestra mente. Podríamos decir que la Filosofía es el mejor antídoto posible contra la claustrofobia mental, contra el enrarecimiento de la atmósfera de nuestro cerebro. Y de nuestro corazón también. Quizás sea, dicho desde el modelo de totalidad cientista-cerebralista, que la Filosofía propicia, exige, una plasticidad cerebral casi infinita. Y eso no es sino un regreso al prodigioso mundo en el que vivimos cuando éramos niños: cuando el universo no estaba casi seco, reducido.

10.- Creo que los “sistemas de verdad” que busca el buscador -esas casitas de chocolate ontológico- no solo pueden necrosear los paisajes de nuestra mente, sino que, además, niegan la libertad y la creatividad del Ser. De lo que hay. Soy consciente de que estoy emitiendo una especie de “Verdad”. Pero no tengo forma de salir del lenguaje si quiero seguir practicando la maravilla de Filosofía.

Alguna vez he confesado a algún alumno, a algún amigo, lo que siento. Ahora lo voy a hacer, digamos, públicamente. Siento una sobreabundancia de “encuentros” y una dificultad, gloriosa pero agotadora, de gestionar esos “encuentros”: de pasarlos a textos, de compartirlos con los seres a los que amo: los seres humanos: vosotros.

Muchas veces  me siento como cuando era un niño y los Reyes Magos habían llenado de tesoros el salón de mi casa. Es como si ese momento se hubiera prolongado eternamente. Y me falta tiempo -y energía- para ocuparme de tanto tesoro. A veces siento incluso cierta ansiedad. Y mucho cansancio. El Yoga es el que se encarga de custodiar mi cordura. O eso espero al menos.

Lo confieso: no sé qué hacer con tanto encuentro: con tantas imágenes prodigiosas de esa Inmensidades que nos rodean y que nos constituyen. Por eso es para mí un verdadero regalo, casi una terapia, casi un sacramento, que haya gente que quiera compartir conmigo esas Inmensidades: y que quiera llevárselas al salón de sus mentes y de sus corazones.

Por último, quiero dar las gracias a la Filosofía, a esa fabulosa bailarina lógica: me ha regalado una vida impresionante; aunque un poco dura, por trabajosa.

Y quiero daros las gracias a todos vosotros (alumnos y lectores) por acompañarme con tanto cariño, con tanta paciencia y con tanto respeto.

Gracias desde el fondo sin fondo de mi corazón.

David López

Sotosalbos, a 28 de noviembre de 2010.

Las bailarinas lógicas (Un diccionario filosófico): “Materia”.

“Materia”.

Una palabra.  “Materia” solo -¿solo?- es una palabra.

Proviene del griego hyle. Este símbolo permitía transmitir y compartir tribalmente un modelo de mente, un concepto: algo así como el que nosotros sentimos con el símbolo “madera cortada” o, también, “materia prima con la que hacer cualquier cosa”. En latín el símbolo fue materia, y el concepto a él asociado sería algo así como “madera para cualquier tipo de construcción”.

¿Y qué se construye con la materia? ¿El mundo? ¿Es el mundo una suma de cuerpos materiales que bailan y mutan, esclavizados, al son de unas leyes que lo explican, o que podrían explicarlo, todo?

¿De qué está hecho un sueño por fin conseguido? Me refiero, por ejemplo, a un beso en los labios de una mujer amada.  ¿Está ese beso -y los corazones y las fantasías en él entrelazados- constituido por átomos muertos sometidos a leyes físicas tan implacables como muertas?

¿Por qué la mayoría de las metafísicas tienen pavor a la vida, a la libertad, a la creatividad?

¿De qué está hecha la materia de los sueños?

Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real. Shakespeare escribió esto en la primera escena del cuarto acto de La tempestad:

Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits and
Are melted into air, into thin air:
And, like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp’d towers, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea all which it inherit, shall dissolve
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on, and our little life
Is rounded with a sleep.

Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada por un dormir.

Cabe preguntarse: ¿quién –o qué- duerme en ese dormir que envuelve todas las vidas? Y, sobre todo, ¿ese soñador es creador? ¿Cabe moldear la materia o está ya eternamente sometida a leyes inconscientes de sí mismas?

La materia. Antes de exponer mis propias ideas/sensaciones, recomiendo echar un vistazo a los siguientes temas:

1.- La pregunta por el Arjé en los presocráticos: ¿De qué está hecho todo? El hylozoísmo de Tales de Mileto: la materia está viva, tiene alma (espíritu). Y todo está lleno de dioses.

2.- La materia en Aristóteles: “aquello con lo que algo se hace”.

3.- Neoplatónicos (Plotino, Proclo, Simplicio y Jámblico): materia como puro receptáculo sin cualidades ni medida. Recomiendo una vez más el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, ahora en concreto su artículo “Materia”.

4.- La  materia en el pensamiento cientista y en el pensamiento mágico. Materia esclavizada versus materia libre.

5.- Dualistas. La materia en la metafísica Samkya: el sufrimiento y la esclavitud derivan de identificarse con la experiencia psíquico-mental (la prakriti o materia). Los Charvakas de la India antigua: La materia es la única realidad. El dualismo de Descartes: mente y cuerpo como realidades diferenciadas.

5.- La materia en las Física actual. La definición del CERN: “All ordinary matter in today’s universe is made up of atoms. Each atom contains a nucleus composed of protons and neutrons (except hydrogen, which has no neutrons), surrounded by a cloud of electrons. Protons and neutrons are in turn made of quarks bound together by other particles called gluons. No quark has ever been observed in isolation: the quarks, as well as the gluons, seem to be bound permanently together and confined inside composite particles, such as protons and neutrons”. Recomiendo entrar en este enlace: A.L.I.C.E.

Procedo ya a exponer algunos esbozos filosóficos personales:

1.- Creo oportuno diferenciar entre materia como “masa” informe con potencialidad para adoptar formas (lo que para los neoplatónicos era un receptáculo sin medidas ni cualidades) y materia como “lo que llena el espacio”, o “conjunto de cuerpos físicos”, o “variaciones de densidad en un campo unificado”, etc. La primera concepción de “materia” sugiere una especie de nada que podría ser cualquier cosa. La segunda es ya un algo legalizado. Veo más vida (más verdad) en el primer tipo de materia.

2.- Si la materia es esa masa in-formable, cabría imaginar una “masa” prodigiosa que tuviera, a la vez, infinita potencialidad (infinita capacidad para adoptar formas, para ser una natura naturata) e infinita potencia creativa (natura naturans). Esa “masa” prodigiosa sería Dios –el Dios metalógico-: siendo Nada puede fabricar consigo mismo cualquier mundo.

3.- Creo que los términos Materia, Maya y Magia significan lo mismo: nombran la esencia del espectáculo que se presenta ante nuestra conciencia. Y en ese espectáculo estarían incluidos nuestros pensamientos y nuestro propio yo tanto psíquico como óptico (lo que aparece ante los espejos, lo que vemos en las fotos, la parte de cuerpo visible desde donde están nuestros ojos…). Estoy de acuerdo con Schopenhauer en que somos los secretos directores de esas obras de teatro.

4.- Según lo anterior me considero materialista. Amo la materia. Amo la textura –a veces feroz- de este sueño prodigioso. Mi rechazo al materialismo, digamos, dualista (el que distingue entre materia y espíritu) se deriva de su desprecio hacia los mundos.

5.- En estado de meditación podemos experimentar algo que me gustaría denominar “la materia pura”.  Nuestra conciencia siente que esa nada que es experimentada en meditación  [Véase “Ser/Nada”] podría autoconfigurarse en cualquier mundo imaginado: cualquier Creación podría ocurrir en esa prodigiosa Nada.

Vuelvo ahora a aquel sueño en el que pude tocar las ramas de un árbol. ¿Qué sentí en realidad mientras acariciaba ese vegetal onírico, mientras respiraba el aire y la luz de “mi “propia imaginación?

Sentí estupor maravillado: dos sensaciones que desencadenan el impulso filosófico con enorme fuerza.

David López