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Pensadores vivos: Paul Davies.

Paul Davies en su libro The goldilocks enigma (Penguin, Londres, 2006) considera la posibilidad de que una fabulosa supercomputadora, ubicada en un universo real,  esté creando ahora mismo para ti, querido lector de esta página, eso que se te presenta como universo, como realidad, como vida, sin serlo propiamente. Y también se teoriza en ese libro la posibilidad de que una consciencia sea creada artificialmente (si que quede claro qué es eso de “consciencia”).

En cualquier caso: ¿Qué es “natural”? ¿Qué es “artificial”?

Una cascada de creaciones artificiales. Según Paul Davies una máquina -máquina- podría estar fabricando nuestro mundo; y, a la vez, desde este mundo, el ser humano podría fabricar máquinas conscientes, con una consciencia similar a la que atribuimos a los seres humanos: evolucionadísimos robots, por simplificar (estamos condenados a la simplificación, al error, al maravilloso hechizo que es la vida).

Paul Davies es un pensador muy interesante -muy estimulante y nutritivo-  que pertenece a una tradición de poetas que trabaja con una determinada alquimia de hechizos lingüísticos, de mitos, de esquematizaciones de “lo real”. Y lo que esa tradición entiende por “universo”, al menos en estos diez últimos años, lo podemos leer en el libro antes citado, el cual, de forma muy didáctica, muy brillante, muy útil -muy “anglosajona”-, ofrece un listado de puntos clave al final de cada capítulo. Ese universo es, obviamente, una fantasía momentáneamente eficaz. Como todos. Pero quienes lo “fabrican” no son supercomputadoras, sino, por así decirlo, poetas de la ciencia. Y en ese poetizar hay sustancias -universales [Véase]- como eso de “Máquina”- que crean enormes despistes, que sumergen en profundísimos sueños dogmáticos. [Véase aquí mi bailarina lógica “Máquina”].

En cualquier caso creo que hay que des-dramatizar la posibilidad de que, efectivamente, estemos dentro de una máquina, que seamos incluso máquinas: que todo sea una red de máquinas, prodigiosas, sagradas, impulsadas por un calor bellísimo: máquinas alejadas por completo del tópico decimonónico (hierros y tornillos); y también del tópico cibernético (ceros y unos y cables y gélidas pantallas).

Una máquina es  una forma de canalizar o de aprovechar una fuerza. Tengo la sensación de que, efectivamente, vivimos en una máquina, y que somos máquinas; y que esas máquinas están diseñadas y movidas desde algo que podríamos llamar simplemente amor: sacralización de lo existente, del fenómeno del “existir”.

Paul Davies hace referencia en su libro a la ya mítica trilogía Matrix, la cual en mi opinión, al menos en su primera parte, presupone un esquema bogomilista (los bogomilos creían que el mundo era obra del Diablo, que el poder estaba en manos del mal, del no-amor). Algo así creen los marxistas puros respecto del mundo capitalista.

¿Dónde estamos? ¿Qué pasa aquí de verdad?

Estamos en algo muy sospechoso: una especie de videojuego en el que a veces se nota en exceso su artificialidad. Pero no dejo de constatar (como intuyó Schopenhauer) que hay algo (¿la Vida? ¿qué es eso?) que trabaja para nosotros mejor de lo que nosotros mismos lo hacemos. Parecería que somos niños dormidos, amadísimos, cuyos padres cuidan desde “fuera” dotados de no sé qué prodigiosos medios “técnicos”. Esos “padres” son capaces de fabricar sueños, mundos, universos, para su amada y dormida criatura. Probablemente Berkeley no estaría muy disconforme con este planteamiento. También vivimos pesadillas. No descartemos que sean también fruto de un amor impensable desde aquí.

Sospecho también que, en algún momento, nos veremos nosotros ubicados en ese lugar, digamos proto-físico (o post-físico si se quiere), creativo, hirviente de amor. Y haremos cosas fabulosas para los seres a los que amamos.

Paul Davies, como muchos de sus co-religionarios, habla de “multiversos”. Sí, cabe imaginar una red de mundos-regalo desplegada en el infinito de la mente de eso que a veces no nos queda más remedio que llamar “Dios”, pero que no es “Dios”. “Dios” es poca palabra, poco concepto, para ese espacio de creatividad y de amor infinito al que estoy intentando referirme. [Véase aquí mi bailarina lógica “Dios”]

Ofrezco ahora algunos lugares que me han parecido especialmente relevantes de la obra de Paul Davis que lleva por título The Goldilocks eningma (las traducciones, muy mejorables, son mías):

1.- Referencia, desde la admiración, a una idea de John Archibald Wheeler: “Mutabilidad”. Según este físico nada sería tan fundamental que no pudiera cambiar en circunstancias extremas, incluyendo las leyes del universo (p. xiii). Creo que cabe sugerir una posibilidad de cambio aún más radical: que no estemos en una totalidad legaliforme, en un algo siempre sometido a leyes (aunque se trate de leyes cambiantes), sino que estemos ( y seamos) algo libre, capaz de crear y habitar mundos ordenados con leyes, pero capaz también de dejarlas en suspenso en cualquier momento. Por otra parte, cabría también ver un cierto fijismo en esa mutación que consagra Wheeler: una mutación que se presenta como incapaz de mutar a una eterna inmutabilidad. Si todo cambia hay algo que nunca cambia: el eterno cambio. ¿Y si hubiera algo fijo, eterno?

2.- “Uno de los hechos más significativos -podría decirse que el más significante hecho- sobre el universo es que somos parte de él” (p. 2).  Se trata de uno de los presupuestos que movilizan la inteligencia de buena parte de los científicos actuales, si bien, como es el caso del biólogo Dawkins, ya empieza a ser imposible negar que eso que se denomina “mundo exterior” o “universo” es algo que ocurre en eso que los científicos llaman “cerebro” [Véase]. Podría por tanto decirse que el “universo” es una parte de nuestro cerebro (otras partes estarían ocupadas por nuestras fantasías, sueños, etc.). Y podría decirse más aún. Si la Ciencia va ofreciendo cambiantes dibujos del universo, vistos todos retrospectivamente se presentan como narraciones, fantasías, leyendas. Y, mientras parecen ser reales, en realidad forman parte de eso misterios que llamamos “lenguaje” [Véase]. Viven ahí, como nosotros; nosotros que, también, vamos siendo cosas cambiantes para ese “observador”, esa permanentemente hechizada consciencia, que tenemos dentro… ¿Dentro de dónde?

3.- Principio antrópico. El efecto “Ricitos de oro”. Davies se apoya en una idea de Brandon Carter, el cual se preguntó qué hubiera ocurrido si las leyes que rigen el universo hubieran sido otras de las actuales. Carter quiso llevar esta pregunta al misterio de la existencia de la vida y, en particular, de ese tipo de vida -la humana- que es capaz de observar la totalidad del universo. Su conclusión fue que una mínima variación en esas leyes, un no tan “fino ajuste” de las mismas, hubiera impedido nuestra existencia (y por lo tanto el prodigio de la, por así decirlo, auto-observabilidad del universo). Dice Davies que Carter creyó que, al igual que el plato de avena que se encontró Ricitos de Oro en casa de los tres ositos, las leyes de la Física están preparadas para la vida. Y Carter llamó a este ajuste “el principio antrópico”. El universo según Davies sería, en cualquier caso, “bio-friendly”.

4.- Las leyes de la Física como divinidades. Dice Davies: “Hoy, las leyes de la física ocupan la posición central de la ciencia; en realidad, han asumido un status casi deísta, frecuentemente citadas como el fundamento de la realidad física” (p. 8). Es cierto. Y es cierto también que los físicos actuales sueñan con encontrar una ley unificada: una sola “diosa”. La buscan porque creen que existe, porque la lógica que domina su pensar les induce a creer que existe esa diosa única, ubicua y omnipotente. Son teólogos.

5.- “Dios”; en concreto. Dice Davies: “En un nivel popular […] Dios es retratado de forma simplista como una suerte de Mago Cósmico, conjurando el mundo en el ser desde la nada y haciendo de vez en cuando milagros para solucionar problemas. Semejante ser está obviamente en flagrante contradicción con la visión científica del mundo. Al Dios de la teología escolástica, por el contrario,  se le atribuye el papel de un sabio Arquitecto Cósmico cuya existencia se manifiesta a través del orden racional del cosmos, un orden que es de hecho revelado por la ciencia. Ese Dios es en gran parte inmune al ataque científico”. Davies está mirando hacia la Diosa-Ley Física. Sería una Gran Arquitecta que se haría a sí misma en el fabuloso orden cósmico. Yo me temo que la realidad está más cerca de la idea del Gran Mago, el cual sería capaz de abarcar a ese “Arquitecto Cósmico” que me parece poca cosa para Dios; y para lo que me parece que hay y que está pasando.

6.- Orden revelado, descrito. En mi opinión eso de “la Ciencia” no revela un orden objetivo, sino que construye un orden aparente a partir de una selección de datos que son obtenidos desde una determinada forma de mirar al infinito misterio que se nos presenta. Se podría decir que ese “Arquitecto Cósmico” es multicéfalo: está formado por varios cerebros en red, sucesivos en el tiempo, que van creando, juntos, una narración que se presenta como “Cosmos”. Y lo es en realidad, porque se trata de una esfera -en el sentido dado a este término por Peter Sloterdijk [Véase]-; una esfera que se fabrica de forma artificial pero muy convincente. No obstante, el propio Davies da cuenta (p. 145) de una nueva realidad (nueva a partir del lanzamiento del satélite WMAP): la esfera/cosmos que parecía, digamos “aquietar” el misterio de nuestro hábitat cósmico, resulta ser solo un porcentaje ridículo del total de eso que se sigue llamando “universo”. Y es que ha aflorado algo nuevo: la “materia oscura” y, también, la “energía oscura”. Dice Davies que nadie sabe qué es eso. Pero tengo la sensación de que la potencia poético-pragmática de los científicos transformarán ese misterio en sistemas ordenados de símbolos matemáticos (con sus correspondientes metáforas en la lengua ordinaria); y que esos sistemas incluso permitirán hacer predicciones que provocarán esa crucial confusión entre los modelos útiles y lo que en realidad hay, lo que en realidad nos envuelve y nos constituye. Modelos que serán sustituidos por otros, sin piedad. Recordemos a Hilary Putnam [Véase aquí] atribuyendo a la esencia de la ciencia ese continuo negar sus propios modelos, esa inestabilidad ontológica tan fabulosa.

7.- Universo virtual. Máquinas. He empezado este artículo haciendo referencia a que Davies (pp. 203 y ss.) considera posible que lo que se nos presenta como mundo sea en realidad una realidad virtual inoculada por una super-computadora que nos estaría controlando desde “otro universo”. Y que también ve técnicamente plausible que nosotros, en cuanto seres humanos, podamos construir seres con conciencia. Cita Davies a Turing y al joven filósofo Nick Bostrom, sin olvidar por supuesto la ya canonizada trilogía Matrix. Más allá de posibles “bogomilismos” (creencias en que el poder está en manos del mal), creo que cabría decir que existe efectivamente una máquina, poderosísima, que nos inocula el mundo. Unamuno la denominó “tradición social”. Muchos filósofos han hablado del “lenguaje”, como algo que nos toma, que nos vertebra, que nos hace mirar de una forma, y hasta nos dice lo que estamos viendo. Nietzsche, en el aforismo 261 de La ciencia alegre, viene a decir que a los hombres en general las cosas se les hacen visibles por el nombre. Y en la India antigua, a través de los himnos del Rig Veda, una diosa -Vak, diosa de la palabra- afirma que habitamos en ella. En varias ocasiones he confesado que mi diccionario filosófico es, quizás, un tratado de teología cuyo objeto es esa diosa que rige incluso nuestro teorizar sobre ella misma. El propio Noam Chomsky [Véase] ha ofrecido también una imagen algo robotizada de lo que es el fenómeno lingüístico: habría una especie de “máquina gramatical” instalada en nuestra mente, la cual condicionaría todo lo que podemos decir: toda posibilidad de decir un mundo y de decirnos a nosotros mismos.

¿Quién/qué controla esa máquina prodigiosa que llamamos lenguaje? [Véase “Lenguaje”]. ¿Son las propias leyes del universo físico que, activadas en mi cerebro material, obligan a que se produzcan unas conexiones neuronales concretas de las que surgen estas frases que estoy escribiendo? Pero resulta que ese universo es a su vez fruto de opciones lingüísticas: es una narración, una preciosa y utilísima leyenda que, quizás, está siendo dictada por algo impensable en el impensable interior de la conciencia humana.

Simplemente por amor. Por sacralización del prodigio de que exista un mundo ante una conciencia. Por sacralización de la Creación y de lo Creado.

La gran mayoría de los científicos -como Paul Davies- participan de ese amor porque está fascinados con lo que van descubriendo en la Gran Obra Maestra del mundo.

David López

Madrid, a 20 de febrero de 2014

Pensadores vivos: Francis Fukuyama

 

Francis Fukuyama (Chicago, 1952) se hizo mundialmente famoso con un artículo titulado The end of History? [¿El final de la Historia?] (The National Interest, 1989).

Durante mucho tiempo no tuve el más mínimo interés en leer ese trabajo. No me apetecía dedicarle tiempo de estudio y de reflexión a un pensador que yo consideraba demasiado “de derechas”.

Ideología. Ideas. Ésta (no la anterior) es, creo, la palabra clave del artículo que hizo famoso a Fukuyama. Por fin, no hace mucho, pude leerlo con sosiego, con escucha, teniendo muy presentes las recomendaciones de Gadamer [Véase] sobre los peligros de una lectura pre-juciada (sorda y ciega en definitiva). Y me encontré fabulosas sorpresas. La primera fue su profundidad. La última fue su inesperado final: impactante y fascinante como si el artículo entero lo hubiera escrito el mejor guionista de Hollywood.

Los años, las experiencias, las lecturas, las conversaciones con otros seres humanos, los silencios, y sin duda los salubres efectos de la Filosofía me han abierto puertas, me han dado acceso a miradores insólitos, a otros colores de amanecer y de atardecer. Los “malos”, mirados de cerca, con cariño, con lucidez, de pronto irradian una luz que abre horizontes insospechados. Creo que sigue confirmándose la tesis de que todo es más complejo y más bello de lo que podemos imaginar, de lo que podemos soportar. El mal no es una realidad objetiva, sino una forma de mirar.

Ofrezco a continuación algunas de las ideas fundamentales que he encontrado en ¿El final de la Historia?:

1.- The triumph of the West, of the Western idea, is evident first of all in the total exhaustion of viable systematic alternatives to Western liberalism. Francis Fukuyama consideró, en 1989, tras el fin de la guerra fría, tras lo que ya parecía ser el fin total de comunismo en Rusia, tras los cambios iniciados en China por Deng Xiaoping, que una única idea política se había impuesto al resto. Esta idea sería el liberalismo occidental, el cual, partiendo de un sistema de liberalismo económico, desembocaba -había desembocado de hecho- necesariamente, en un liberalismo político: un Estado que representa a sus miembros, que les rinde cuentas y que garantiza fundamentalmente su libertad (la cual sería, al parecer, el bien más preciado de la condición humana).

2.- El fin de la Historia. Francis Fukuyama se apoya en una idea de Alexandre Kojève, el cual, en el París de entreguerras, impartió una serie de conferencias sobre Hegel, pero leído sin la lente de Marx (Sartre fue uno de sus alumnos). Francis Fukuyama atribuye a Kojève -“entre otros”- la idea de que “el igualitarismo de la América moderna representa la consecución esencial de la sociedad sin clases que previó Marx”. Ojo. Todavía no hemos llegado al sorprendente final del artículo. Y no olvidemos que su título es una interrogación.

3.- Ideas y estados de conciencia. Francis Fukuyama considera, explícitamente contra Marx, que son los estados de conciencia, y las ideas que los provocan, los que condicionan los comportamientos económicos y, por tanto, los sistema políticos. Marx, por el contrario, había afirmado que eran las formas materiales de producción las que determinaban la creación de “superestructuras” en las que había que ubicar la ideología, el pensamiento filosófico, el arte, etc. Fukuyama aprovecha en su artículo para desautorizar el materialismo determinista profesado también, según él, por la Wall Street Journal School. Fukuyama es un pensador sorprendente.

4.- Fukuyama en el fondo parece decir que lo que gobierna y determina realmente una sociedad son las ideas; y que sobrevivirán -accederán a ser un final de la Historia- aquellas que sean más adecuadas a la condición humana. Pero, ¿no es también “la condición humana” una idea?

5.- Ideas y conciencia. Volvamos a ello. Hay una frase en este artículo que me parece crucial, y cuyo alcance transciende “lo político” para proyectarnos a las inmensidades de la Metafísica: “Pero mi propósito no es analizar acontecimientos a corto plazo, o hacer predicciones con fines políticos, sino observar las tendencias subyacentes en la esfera de la ideología y de la conciencia”. Fukuyama parece afirmar constantemente en su artículo que el liberalismo económico y político (las democracias liberales occidentales) conforman un estado de conciencia, óptimo, al que tienden todas las regiones y la mayor parte de los seres humanos inteligentes y evolucionados de este mundo. De hecho se atreve a hablar esa “parte del mundo que ha alcanzado el fin de la Historia”, y que estaría “más preocupada por la economía que por la política o la estrategia”. De acuerdo, pero: ¿De dónde salen las ideas? ¿De dónde ha salido esa idea política de que el liberalismo es capaz de organizar óptimamente la Humanidad? Sugiero la lectura de mi bailarina lógica “Idea”. Es accesible desde [Aquí].

6.- El fin de la Historia. Y el inicio del gran aburrimiento. Así concluye Fukuyama su sorprendente artículo:

The end of history will be a very sad time. The struggle for recognition, the willingness to risk one’s life for a purely abstract goal, the worldwide ideological struggle that called forth daring, courage, imagination, and idealism, will be replaced by economic calculation, the endless solving of technical problems, environmental concerns, and the satisfaction of sophisticated consumer demands. In the post-historical period there will be neither art nor philosophy, just the perpetual caretaking of the museum of human history. I can feel in myself, and see in others around me, a powerful nostalgia for the time when history existed. Such nostalgia, in fact, will continue to fuel competition and conflict even in the post-historical world for some time to come. Even though I recognize its inevitability, I have the most ambivalent feelings for the civilization that has been created in Europe since 1945, with its north Atlantic and Asian offshoots. Perhaps this very prospect of centuries of boredom at the end of history will serve to get history started once again.

Será por tanto el fin de la Historia, según Fukuyama, un tiempo muy triste, porque faltará la emoción de la lucha entre las ideologías, la cual exije atrevimiento, coraje, imaginación, idealismo. Y eso será sustituido por los cálculos económicos, la resolución de infinitos problemas técnicos, los temas ecológicos y la satisfacción de sofisticadas demandas de consumo. Cree Fukuyama que él sentirá entonces una poderosa nostalgia de cuando la Historia existía. Y la frase final: “Quizás esta perspectiva de siglos de aburrimiento al final de la Historia servirá para que empiece la Historia otra vez”.

En 2002 Fukuyama publicó un libro (titulado El fin del hombre) en el que afirmaba que en 1989 se había equivocado, que no había llegado el fin de la historia: “Al examinar con detenimiento las numerosas críticas aparecidas a raíz de aquel primer artículo, me pareció que lo único que no admitía refutación alguna era el argumento de que no podía darse el final de la historia a menos que se diera el final de la ciencia”. Fukuyama habla en el citado libro del peligro de una historia post-humana, de un posible mundo feliz pero, a la vez, atroz, porque no sería humano. Y es que la esencia del ser humano no sería la felicidad, sino “una cierta capacidad general de decidir lo que deseamos ser, de modificarnos a nosotros mismos de acuerdo con nuestros deseos”.

Cree no obstante Fukuyama que no hay que ser pesimistas, que cabe frenar el fin del hombre utilizando el poder de la Ley y del Estado (del Estado de Derecho en definitiva). En su libro encontramos un arsenal de argumentos a favor de esta legalista posibilidad de contención. Cabe pues luchar contra el fin de ese hombre que sufre y duda. ¿Es el hombre quien puede realizar esa lucha o hay algo más profundo y poderoso que “el hombre” actuando en el fondo del hombre?

Creo oportuno traer aquí el concepto de “Tapas” [Véase]: el sufrimiento creativo. El sufrimiento creativo de los dioses. Dios tuvo que sufrir atrozmente para crear este mundo. Quizás no fue un acto de placer, sino de amor.

En cualquier caso me parece que una sociedad sin sufrimiento sería un infierno. También lo sería una sociedad sin Filosofía. Cuidado con el utilitarismo puramente técnico y mercantilista que parece que se está imponiendo. Es, sobre todo, aburridísimo.

Aunque lo cierto es que el aburrimiento es un tipo de sufrimiento con enormes posibilidades de creación, de libertad, de purísima humanidad por lo tanto.

Algunas reflexiones adicionales con ocasión del pensamiento de Fukuyama

1.- El concepto “fin de la Historia” presupone una forma de narrar el pasado, un modelo de desarrollo y de estructuración de lo ocurrido hasta el presente (si es que alguien ha visto alguna vez eso de “presente”). Creo que siempre hay que contemplar el concepto de Historia en sentido de narración, de “leyenda”. Y no porque haya mala fe o falta de veracidad en los emisores de modelos de lo pasado, sino que ese pasado no puede ser sustituido por un modelo, por una interpretación del infinito, por así decirlo. El pasado, el presente y el futuro están igualmente abiertos. No están dichos todavía. No caben en ninguna gramática. El fin de la Historia de la que hablaba Fukuyama era el fin de las posibilidades de narración de un determinado modelo historicista (creyente en la Historia en sí, en que algo objetivo ha ido ocurriendo en virtud de una lógica que el ser humano puede decodificar y expresar). Véase “Hecho e Historia” [Aquí].

2.- El fin del hombre y la amenaza de la Biotecnología. Fukuyama es un pensador cuyo modelo de mente está forjado en el mundo anglosajón, en el cual están muy activadas las ideas de Francis Bacon sobre el poder de la tecnología: de las máquinas, de los números, de la reducción de lo real a aquello que puede ser medido. Nietzsche ya habló de un Übermensch: un “Sobre-hombre”: un ser que, brotando de las bajezas esclavistas de la condición humana, podría llegar, por fin, a jugar como un niño soberano, a ser el dios de su mundo, el legislador de los (sus) valores: un ser que ya no diría nunca “yo debo”, sino “yo quiero”. Nietzsche no pensó, creo, en las supuestas maravillas de la técnica baconiana para que llegara su Übermensch. Tampoco lo hacen diversas tradiciones que ofrecen una sublimación individual de la condición humana. Pensemos en el Yoga, el budismo, el propio cristianismo.

3.- Hay un movimiento actual que, apoyado en un culto ferviente hacia la Ciencia y la Tecnología, se autodenomina “transhumanista”. Sus representantes creen que los límites del ser humano pueden ser desplazados gracias a nuestro vínculo con esas diosas (ellos no lo dicen así). Un representante es Nick Bostrom, profesor de Filosofía en Oxford y cofundador de la Asociación transhumanista mundial. En una entrevista a la televisión suiza afirmó que un animal no puede acceder por completo a la belleza de la música por carecer de la inteligencia necesaria para entender la complejidad de ese lenguaje. Y que a los seres transhumanos que están por llegar les esperan también experiencias de belleza que no están a nuestro alcance. La citada entrevista es accesible desde el siguiente enlace: Nick Bostrom en Sternstunde Philosophie

Creo que esas experiencias de supra-belleza son accesibles también a través de la tecnología no baconiana de la Ética [Véase] y de la Lúdica [Véase “Lila”]. La belleza se dispara mediante nuestro comportamiento ético. Básicamente se podría decir (con poca originalidad) que el mundo del que ama es otro que el mundo del que odia: otro de verdad, con otros colores, con otra estructura, con otra música, con otro guión incluso. La ética es magia pura. También lo es la lúdica: saber jugar en el gran juego del mundo.

Y creo que la clave está en la lucidez, en la astucia y en un amor ilimitado. El resultado puede ser fabuloso, porque nunca están actualizadas nuestras posibilidades. Somos mucho, individualmente. Por eso hay que propiciar una Política que presuponga esa grandeza, no que necesite y proclame nuestra pequeñez, nuestra menesterosidad.

Somos mucho más de lo que podemos pensar o imaginar. Todos. De ahí que eso de los “derechos humanos” (un gran tema para Francis Fukuyama) sea algo que transciende lo puramente político y nos lleva más allá incluso de lo Teológico.

El respeto a los derechos humanos es una forma sublimada de amor. También lo es la creencia en que a cualquier ser humano se le puede exigir responsabilidad, grandeza, deberes…

David López

Sotosalbos, a 12 de diciembre de 2013