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Pensadores vivos: Richard Dawkins

 

Richard Dawkins. Yo creo que la clave de su pensamiento podría estar en la presentación que hace de sí mismo en su cuenta de Twitter. Ahí encontramos la siguiente frase:

Likes science, the poetry of reality.

Tengo la sensación, creciente, de que esa poesía a la que se refiere Dawkins no es de la realidad, sino al revés: la “realidad” es suya, es un producto de su fuerza, de su creatividad. Y es que los modelos de realidad que ofrece la Ciencia (aunque parezca que se verifican, que se prueban) no dejan de ser conjuntos de símbolos, leyendas, fantasías útiles. Todas las fantasías lo son. La poesía científica a la que se refiere Dawkins es creadora de mundos aparentes. Todos los mundos son aparentes. En realidad no estamos en ningún “mundo”. La “realidad” que quieren describir los científicos no cabe en ningún modelo comunicable. Es demasiado grande, demasiado misteriosa, demasiado bella quizás. También lo son ellos, los científicos, vistos desde sus propios modelos de realidad.

La palabra poesía implica siempre creación. Y toda creación presupone algo sacro e imposible a la vez. Sugiero la lectura de mi bailarina lógica “Poesía” [Aquí].

Richard Dawkins es un poeta aupado y encendido por otros. Eso ocurre con todos los poetas. Y desde su mundo poetizado se puede decir que unos seres poderosísimos (las Leyes de la Naturaleza) mueven su cerebro desde dentro y desde fuera para que poetice de una forma ya determinada desde las más insondables profundidades del universo.

Este post está estructurado en dos partes, cada una de las cuales va precedida por un vídeo.

En la primera parte reflexiono sobre su obra The God Delusion [El espejismo de Dios]. Las citas se refieren a la edición española de Espasa (Madrid, 2010; traducción de Regina Hernández Weigand).

En la segunda parte reflexiono sobre la obra The Blind Watchmaker [El relojero ciego].

Primera parte

https://www.youtube.com/watch?v=9FiHRVb_uE0

Dawkins se declara ateo militante. Elimina la “hipótesis de Dios” a la hora de explicar el origen, estructura y desarrollo de eso que no solo los científicos llaman “universo”. Consciente de que el término Dios puede llegar a denominar cualquier cosa, insiste Dawkins en que su ateísmo se refiere a la existencia de un Dios personal, creador/diseñador inteligente del universo e involucrado en su desarrollo, con una especial vinculación con los seres humanos, los cuales no solo serían constantemente vigilados por ese Ser, sino que podrían comunicarse con Él.

Según Dawkins, lo que regula el devenir de lo que hay (del Universo, o Multiversos), y el devenir biológico de una emoción humana, etc., son unas cosas (invisibles) que reciben el nombre de “Leyes de la Naturaleza”. Hay creyentes del cientismo que consideran que estamos cerca de alcanzar un soñado “monoteísmo”, el cual, por fin, nos salvaría del actual caos politeísta (la no total certidumbre) que parecen ofrecer unas leyes de la Física que, funcionando de maravilla cada una en su plano de lo real, no parecen ser compatibles entre sí.

Siendo Dawkins devoto de estas pitagóricas pero (por el momento) algo desordenadas y desconcertantes diosas, su bellísimo hechizo se completa con la ley de la evolución, la cual habría sido enunciada -por así decirlo- en un lugar físico-biólogico-temporal único: el cerebro de Darwin.

¿Cuál es el estatus ontológico de las teorías que surgen de los cerebros humanos? ¿Evolucionarán con el evolucionar de esa materia biologizada en la que cree Dawkins?

Veamos al trasluz metafísico algunas de las ideas que ofrece Dawkins en El espejismo de Dios:

1.- Propósito del libro: “mejorar la conciencia” (p.11). Estamos ante una soteriología, una salvación, otra más. ¿Para salvar a quién de qué? Se trata, parece, de desinstalar modelos de lo real (mundos, imanes metafísicos) porque se suponen nocivos para el ser humano individual y para las sociedades en las que se integra esa individualidad.  Y se trata también, insiste Dawkins, de abrir ventanas para que se pueda acceder a la maravilla de lo real, del “universo”. Dawkins confunde, creo yo, lo “real” con una determinada forma de “aquietar” – de “dar forma”- a la mágica Nada que tenemos delante. Y que somos. Él está fascinado con una Poesía, con un filtro estético, con una determinada hermenéutica del infinito. Belleza. Ese sería el camino a seguir. Recordemos el sublime discurso de Diótima en el Banquete de Platón. Sigamos el camino de la belleza, de la magnificencia y, sobre todo, del conocimiento (la Verdad interiorizada). Y Dawkins señala ese camino: “Los capítulos 1 y 10 comienzan y finalizan el libro al explicar, de distintas formas, cómo un entendimiento apropiado de la magnificencia del mundo real, mientras no se convierta en religión, puede asumir el papel inspirativo que histórica e inadecuadamente ha tenido la religión” (p. 14). De eso se trata, de “inspirar”, de empujarnos a volar hacia la Belleza. De emocionarnos. La materia se emociona a sí misma. O la energía. O lo que sea.

2.- La religión como vicio (p.17). Dawkins considera religiosa la actitud intelectual de creer en algo que no se puede verificar o que es manifiestamente “irracional”. Pero desde, al menos, los experimentos filosóficos del Círculo de Viena, sabemos que no podemos verificar nada. Que todo es metafísica, especulación. Lakatos ni siquiera nos permitía refutar una teoría científica “falsa” con otra “verdadera”, porque no podemos nunca saber si esta última es verdadera y, por lo tanto, si sirve para verificar la anterior. Pero en cualquier caso, como apuntó Popper, la Ciencia da por supuestas cosas que ni ve ni puede probar. Popper habló de la religión de la Ciencia. Espero algún día escribir una obra útil sobre esta fascinante religión.

3.- Todo es “natural”. No habría nada “sobrenatural”. “Si hay algo que parece que está más allá del mundo natural tal y como hoy imperfectamente se conoce, esperamos conocerlo finalmente e incluirlo dentro de ese mundo natural” (p. 23). Tengo la sensación de que Dawkins entiende por “mundo natural” todo aquello que pueda recibir un asiento lógico, un puesto, en la matriz poética, en la preciosa leyenda que vibra en eso que él mismo llama “conciencia”. La suya. Si es que podemos hablar de conciencias individualizadas. Pero, ¿no son según Dawkins los modelos falsos o “sobrenaturales” fenómenos al menos cerebrales y, por lo tanto, reales en cuanto realidades biológicas/físicas de la naturaleza? ¿No afirma Dawkins que los pensamientos, sentimientos, ilusiones, fantasías “humanas” no son sino procesos químicos? Y, sobre todo: ¿cómo podemos salir de nuestros ojos-cerebros para “ver” si lo que ese sistema ve es “lo real”? Imposible no tener presentes (al menos) a Berkeley y a Kant si, al pensar, queremos ser serios.

4.- “La madre de todos los burkas” (pp. 386-400). Es el nombre del último capítulo de este interesantísimo libro de religión, de este biológico producto de la evolución y del big bang y de las leyes naturales y ¿de qué más? “Uno de los espectáculos más desgraciados que se ven en nuestras calles hoy en día es la imagen de una mujer envuelta en ropas negras e informes de la cabeza a los pies, mirando al mundo exterior a través de una diminuta abertura” (p. 386). Utiliza Dawkins esta imagen no solo para mostrar los a su juicio miserables efectos de las religiones clásicas, sino también para dar cuenta de que nuestros “ojos ven el mundo a través de una franja muy estrecha del espectro electromagnético” (p. 386). Tenemos aquí una afirmación de fe, un dogma religioso. No sabemos si vemos el mundo, si hay algo ahí fuera, objetivo, ordenado, preparado para ser conocido, esto es: sistematizado en un modelo lingüístico comunicable entre individuos en principio humanos. Cree Dawkins que gracias a la Ciencia esa abertura se puede ampliar, lo cual nos daría acceso al glorioso paraíso estético (y práctico) del “universo natural”, de lo que hay de verdad, fuera de las deformaciones provocadas por la irracionalidad, por la religión, por el error. Pero ese modelo de individuo recortado en la masa cuántica del universo, observando el resto del universo como desde una atalaya exterior, es insostenible desde el propio modelo físico/metafísico (es lo mismo) en el que cree Dawkins. Un modelo que habría tenido varios profetas, pero sobre todo uno: Darwin: “Darwin se apoderó de la ventana del burka y le dio un tirón para dejarla abierta, permitiendo el paso de un flujo de entendimiento cuya deslumbrante novedad y cuyo poder para elevar el espíritu humano quizás no tuvo precedentes -a menos que fuera la compresión de Copérnico de que la Tierra no era el centro del Universo” (p.392). Pero, ¿qué es entonces eso de “espíritu humano”? ¿Qué es eso de “elevarle”?

5.- La liberación final, la entrada al paraíso cientista. “Estamos liberados por el cálculo y la razón para visitar regiones de posibilidades que una vez parecieron sin destino o habitadas por dragones”.

Fascinante.

El problema es que cualquier modelo de aquietamiento de la magia infinita que nos rodea (y que nos constituye) puede ser reducido al absurdo en cuanto se lo observa con detenimiento. Pero ocurre que hay modelos (y métodos) que tienen tanta belleza que enamoran (solo nos mueve el Eros, como bien supo ver Platón). Y cuando alguien está enamorado no se puede razonar con él. Cierto es que los que estamos enamorados de la Filosofía (del razonamiento extremo, de la magia extrema, de la mirada que quiere verlo, pensarlo y sentirlo todo; incluso a sí misma) tampoco nos dejamos reducir al absurdo en el que, sin duda, desplegamos nuestros sueños e ilusiones, nuestro infinito erotismo.

Sagrado absurdo.

¿Es Dios un espejismo? Sí, claro, como lo es todo lo que ex-iste [Véase mi bailarina “Existencia” aquí]. También es un espejismo ese “universo” (evolucionando en el tiempo y sacando de su carne a los seres humanos y sus teorías) del que habla Dawkins. Son espejismos creados por la Nada Mágica en la pantalla de las conciencias en las que ella misma se puede autodifractar. Por decir algo desde el lenguaje. Lo dijo el Maestro Eckhart en el siglo XIV: “que exista Dios y que exista yo es porque yo lo he querido”. ¿Qué es ese yo, esa subjetividad abisal?

Desde la leyenda cientísta de Dawkins se podría decir que Dios es un espejismo de la materia, un prodigio surgido de esa cosa fabulosa, todavía no conocida, que llaman “naturaleza”, capaz de crear modelos no naturales sobre sí misma. Capaz de crear hombres, conciencias y Dioses.

No descartemos, por tanto, que en ese universo haya inteligencias que no detectemos y que pudieran estar ejerciendo de Dioses con nosotros. Y no descartemos tampoco que estemos siendo amados con inimaginable intensidad. Tampoco descartemos que cualquier cosa que miremos no tenga absolutamente nada que ver con lo que creemos que estamos mirando.

Segunda parte

Richard Dawkins me fascinó en mi adolescencia con su libro The selfish gene [El gen egoísta]. Ya solo por haberme provocado esa -pasajera pero maravillosa- sensación debería estarle eternamente agradecido. Y es que en aquel entonces sentí yo que alguien, ya de verdad, por fin, había encontrado la explicación a lo que está pasando, al menos entre los seres vivos, que eran los que más me importaban.

Y en el fondo de todo eso que contaba Dawkins había unos seres maravillosos, entre abstractos y reales, poderosísimos y egoístas sin saberlo: prodigiosos robots biológicos: los “genes”. Duendes mecánicos.  Otra ocurrencia poética con enormes posibilidades explicativas.

Pero los años pasan y los ojos se van dilatando, a la vez que las texturas de todos los discursos, de todos los modelos de totalidad, se van haciendo cada vez más transparentes, más coherentes con eso que dijo Shakespeare: “Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños”.

El vídeo que he colocado en el cielo de este texto lleva por título “Enemigos de la razón.” Se trata de un precioso auto sacramental en el que Dawkins, con extraordinaria buena fe, muestra los “horrores”, los “disparates”, que se derivan de un alejamiento de la Ciencia, entendida como culto a la razón y a los hechos verificables. Las religiones, y las supersticiones (la New Age por ejemplo) nos alejarían de un camino que promete enorme belleza, justicia social, felicidad, verdad… Por todo merece la pena luchar (intelectualmente). ¿Quién no lucharía por algo tan fabuloso? Y hay que combatir contra los enemigos de la razón, los cuales, según reza el subtítulo de este documental, serían a la vez “esclavos de la superstición”.

La superstición sería creer en lo no verificado. La Ciencia, creo yo, cree en lo no verificado. Es otra superstición, pero necesaria, útil, en un determinado “nivel de conciencia” (expresión ésta que me produce mucho rechazo intelectual, pero que ahora creo necesario utilizar).

Dawkins ha publicado muchas obras desde El Gen Egoísta (1976). Hay una de ellas –El relojero ciego- que, según su propio autor, ofrece un “filosófico capitulo”. Es el primero y lleva como título “Explicar lo muy improbable”. Eso sería un ser vivo según Dawkins: algo muy improbable, complejo (consta, a diferencia de una estrella, de muchos elementos no homogéneos) y hábil (capaz de mantenerse vivo, de “no revertir a un estado de equilibrio con el medio ambiente”.)

Cree no obstante Dawkins que esos seres son explicables, aplicando el “reduccionismo”: reduciendo el objeto de estudio a sus piezas más simples, más conocidas (reducir lo desconocido a lo conocido).

Esta euforia epistétima le lleva quizás  a Dawkings a comenzar su Relojero Ciego así:

“Este libro está escrito con la convicción de que nuestra propia existencia, presentada alguna vez como el mayor de los misterios, ha dejado de serlo, porque el misterio está resuelto. Lo resolvieron Darwin y Wallace, aunque todavía continuaremos añadiendo observaciones a esta solución, durante algún tiempo.”

Estamos por tanto ante el final de una búsqueda. Ya sabemos lo que pasa, por qué estamos aquí, qué somos, etc. O, por lo menos, ya sabemos cómo saberlo (como si alguien supiera de verdad qué es eso de “saber”).

Dawkins, en la tradición cientísta de Francis Bacon, cree que ya tenemos la herramienta fundamental para avanzar en el conocimiento de lo real y, a la vez, para instaurar una ética humanística alejada de oscuras/erróneas/peligrosas creencias, como por ejemplo la creencia en la existencia de Dios (el cual, creo yo, si existiera no sería Dios; aunque no debemos descartar que una inteligencia -y un corazón- ubicados en un nivel no perceptible ahora por nosotros, pero sin llegar a ser el fondo total de lo real, nos estuviera amando sin límite, y nos estuviera inoculando realidad): me estoy refiriendo a algo así como “un dios menor” (o varios).

Herramienta. Lo fascinante de El gen egoísta era precisamente que Dawkins parecía demostrar que los genes, desde un egoísmo radical pero inconsciente, utilizaban el cuerpo humano como una herramienta para su supervivencia. Cabría preguntarse si esos seres tan pequeños y tan decisivos no serán a su vez herramientas de algo más profundo, y más decisivo. Dawkins parece dispuesto a considerar que en cualquier nivel de observación (el que permite ver y teorizar los genes, por ejemplo), cabe seguir profundizando, pero que hay un momento en el que él, como biólogo, se tiene que retirar y dejar paso a los físicos.

Pero los físicos, a su vez, no solo están hoy en día en un huracán de fantásticas teorías verificables y contradictorias entre sí, sino que sueñan con encontrar una ley única que lo mueva todo. Supongo que en ese todo estará también el movimiento (¿mecánico?) del cerebro de Dawkins y su tendencia a generar teorías sobre lo que hay de verdad; y lo que no hay.

Schopenhauer también habló de un fondo inconsciente y egoísta en el mundo (en el mundo como representación, esto es: como creación nuestra). Pero Schopenhauer, que fue un gran filósofo, no habría aceptado la antifilosófica frase, la opiácea frase “el misterio está resuelto”.

Creo que merece la pena retener esta cita del gran filósofo alemán:

„ […]wir in ein Meer von Räthseln und Unbegreiflichkeiten versenkt sind und unmittelbar weder die Dinge, noch uns selbst, von Grund aus kennen und verstehn“.

“[…] estamos hundidos  en un mar de misterios e incomprensibilidad y de forma inmediata ni las cosas ni a nosotros mismos conocemos y entendemos a fondo.” (La traducción, muy mejorable, es mía).

Esta cita  la encontramos en el capítulo “Magnetismo animal y magia” de su obra Sobre la voluntad en la naturaleza (Vol. IV, p. 109, de la edición de Hübscher, 1988). Y la escribió Schopenhauer para advertir a los ilustrados cientistas del siglo XIX de los peligros de su credo, de dar todo por cognoscible y “racional”. Así quiso el gran filósofo abrir una puerta a la legitimidad de la magia (de lo paranormal), contra lo cual Dawkings, en el documental que precede este texto, lanza toda su artillería poética. De buena fe, y con un impecable gesto de respeto hacia “los enemigos de la razón”.

Ojo. Dawkings dice también que la Ciencia es la más bella poesía sobre el universo. Es cierto. Y la poesía es básicamente creación… En este sentido expansionista hay también una afirmación suya que dice algo así como que los científicos siempre están abiertos a nuevas posibilidades, reconsiderando una y otra vez nuestro concepto de realidad.

Ofrezco a continuación algunas ideas especialmente interesantes que he encontrado en el “Relojero ciego”, y que estructuran ese “concepto de realidad” donde parece desplegarse el pre-poetizado pensamiento de Dawkins (las citas que ofrezco se refieren a la edición española  de Labor, Barcelona, 1988; traducción de Manuel Arroyo Fernández):

1.- “Este libro está escrito con la convicción de que nuestra propia existencia, presentada alguna vez como el mayor de todos los misterios, ha dejado de serlo, porque el misterio está resuelto. Lo resolvieron Darwin y Wallace […]” (Prefacio, p. VII). Este verano en un Ashram de Yoga perdido en un onírico valle de Baviera escuché también esta anti-filosófica afirmación (obviamente desde una devoción distinta, desde un culto hacia otros dioses-lógicos). El temblor y la duda solo lo resisten los grandes pensadores (Kant, Schopenhauer, Nietzsche, María Zambrano…). Y también la gente no intelectualizada (la gente “de la calle”). Dawkins no es un gran pensador, ni gente “de la calle”, pero sí un gran poeta. Él no sabe lo que dice (como el Ion de Platón); sino que está tomado por dioses que se sirven de él para inocular sus hechizos en las mentes humanas. Por decirlo de alguna forma.

2.- Las máquinas como “objetos biológicos” (p. 1) o “seres vivos honorarios” (p. 8). Es un tema especialmente fascinante para mí. A él me he referido en mi diccionario filosófico. La bailarina lógica “Máquina” (que se presenta todavía muy oscura para mis lectores y alumnos) se puede contemplar desde [Aquí]. Quizás valga con decir que la ontologización de la máquina como algo “artificial” presupone un dualismo que eso de “la Ciencia” en general no admite. Desde ese Credo un ordenador no estaría hecho por los seres humanos (ni sus teorías sobre lo real tampoco) sino por esas Leyes que mueven su biológico-físico cerebro. O dicho de otra forma: el cerebro humano (como los genitales humanos) serían máquinas al servicio de algo cuyo poder no sería desactivable.

3.- El culto a lo útil. Dawkins es inglés, es práctico, rinde culto a la franciscana navaja de Ockham (para explicar un fenómeno hay que utilizar el menor número posible de elementos… simplificar, reducir…). Creo que merece la pena reproducir aquí un largo párrafo de Dawkins (no tengamos prisas filosóficas; leamos con serenidad):

“Los físicos, naturalmente, no dan por supuestas las propiedades de las barras de hierro. Preguntan por qué son rígidas, y continúan descendiendo algunos escalones más, hasta llegar a las partículas elementales y los quarks. Pero la vida es demasiado corta para que la mayoría de nosotros sigamos su camino. En cualquier nivel determinado de una organización compleja, pueden conseguirse explicaciones normalmente satisfactorias descendiendo uno o dos escalones desde nuestro nivel inicial, pero no más. El comportamiento de un motor de coche se explica en términos de cilindros, carburadores y bujías. Es cierto que cada uno de estos componentes descansa en lo algo de una pirámide de explicaciones a niveles inferiores. Pero si me preguntan cómo funciona un motor coche la gente pensaría que soy algo sofisticado si contestara en términos de las leyes de Newton o de las leyes termodinámicas, y completamente oscurantista si contestara en términos de partículas fundamentales. Sin duda, es cierto que, en el fondo, el comportamiento de un motor de automóvil se explica en términos de interacciones entre partículas fundamentales. Pero resulta mucho más útil hacerlo en términos de interacciones entre pistones, cilindros y bujías” (pp. 9-10).

¿Util para qué?, me pregunto. ¿Para mantenerse vivo? ¿Para ser felices en cuanto especie biológica?

Estamos justo ahora en un lugar crucial para ejercitar la lucidez filosófica. Dawkins parece satisfecho subido a esa pirámide (ese templo) de científicas explicaciones (siempre en movimiento, eso sí, pero siempre ofreciendo solidez suficiente como para vivir relativamente tranquilo). En realidad cada uno de los niveles de esa pirámide está construido con explicaciones tambaleantes, con frases, con sustantivos que presuponen que lo que hay está dividido en lo que esos sustantivos obligan a ver (universo, estrellas, cuerpos vivos individualizados, células, quarks… leyes matemáticas…) La necesaria existencia de estos radicalmente invisibles seres la han teorizado muy bien (de forma muy pragmática) Putnam [Véase] y Quine [Véase] con su “compromiso ontológico”: necesitamos dar por reales esos entes pues las teorías que los dan por reales nos funcionan muy bien. Pero una cosa es que los elementos de una explicación sirvan para la existencia y eficacia de la explicación, y otra que esa explicación, su modelo-mundo implícito, refleje lo que de verdad hay, lo que de verdad está pasando: que refleje el sublime océano de misterios al que se refirió, entre otros grandes, Schopenhauer.

Filosofar es ser capaz de oler (y quizás amar) ese océano a través de la textura de todos los mundos que se presentan como reales en eso que sea “la mente humana”. Y Filosofía es también ser capaz de ver esos mundos artificiales como fabulosas obras de arte. Creo yo.

Dawkins, que en el video que vuela sobre este texto aparece como guerrero en una guerra santa contra las “religiones” (contra los enemigos de la “Razón”), está tomado a su vez por la (irracional) religión de la Ciencia. Pero todas las religiones, incluida ésta, tienen grandes pensadores atrapados, y fecundados, en sus leyes físicas (en sus reglas del juego discursivo, diríamos desde Wittgenstein).

La “verdad” de esta religión de la Ciencia no se puede medir por su eficacia “física” (dentro del mundo “físico” que ella misma describe). Otras religiones (el islam v.gr.) es también enormemente eficaz: entra con mucho poderío en la matriz fundamental donde anidan todas las “verdades”: la mente humana (por llamar ese sitio de alguna forma). Es ahí adonde se dirigen todos los Verbos (el de Dawkins incluido). Si no es así, ¿por qué habla y escribe tanto? ¿Para qué el vídeo? ¿No presupone toda teoría sobre lo real un destinatario que pueda acogerla y, por así decirlo, darle la “vida”?

“¡Hágase la luz!”  sería algo así como la activación de un modelo de mundo dentro de una mente, adoptando el status de Verdad, ya encarnada, ya sentida. Al principio era el Verbo, sí, pero ese Verbo requería ser creído, vivificado por la luz de la “verificación”.

Dawkins está inmerso en una guerra santa. Pero lo cierto es que -como Russell [Véase]- es consciente de que el odio es estupidez (“yo no odio a nadie”, le dice Dawkins al fundamentalista islámico que aparece en el vídeo). Ibn Arabí también apuntó a esa religión universal desde el cerebro y el corazón del Islam. La Filosofía, como palabra, como cuerpo, lleva en su primera parte el concepto de “amor”.

Que siga por tanto Dawkins luchando contra los enemigos de la Razón (de la suya), pero que lo haga con amor: los enemigos contra los que hay que guerrear serían constructos de palabras, frases, virus poéticos, ideas no aptas para el templo de lo humano. Pero nunca personas.

Guerra santa de ideas contra ideas. La guerra de los mundos. Librada en el interior de eso que sea “la mente humana”.

David López

Sotosalbos, a 23 de junio de 2014

Twitter: @HuertoInfinito

 

Las bailarinas lógicas/ Un diccionario filosófico: “Hermenéutica”

“Hermenéutica”. Otra palabra. Otra bailarina que quiere vida en nuestra mente. Ésta, al parecer, nos dirá cómo debemos contemplar los grandes ballets que nos ofrecen las demás… para que se queden bailando dentro de nosotros, tal y como bailan “fuera”. Yo no creo que las bailarinas lógicas -las palabras- puedan vivir fuera de una mente humana. Ese es su único hábitat posible. Su cielo y su tierra.

Una primera aproximación a la palabra “hermenéutica” podría ser considerarla un simple sinónimo de “interpretación”. La Real Academia da varios significados a este vocablo. El cuarto es el que considero más relevante desde un punto de vista filosófico:

“4. tr. Concebir, ordenar o expresar de un modo personal la realidad.”

Interpretación. Inter-penetración. Quizás la hermenéutica estudie un fenómeno vital extraordinario: el hombre y el texto inter-penetrándose, fecundándose recíprocamente, reconfigurándose el uno al otro hasta el infinito. Son los hombres los que hacen los discursos y los discursos los que hacen a los hombres.

Hermenéutica. Vamos a centrarnos, por el momento, en la interpretación de textos (de esas particulares configuraciones de lo real, de la Materia en definitiva). Pero, ¿qué es un texto en sí? ¿Qué es un texto más allá de lo que hace con él esa maquinaria de generación de realidades virtuales que es nuestro cerebro biológico? Si es que sabemos, a su vez, qué esa esa cosa -el cerebro- en sí.

La hermenéutica, según nos dicen muchos textos, sería, entre otras cosas, la ciencia de la correcta interpretación de lo dicho por un ser humano. Y cabe sospechar que en ese decir haya cosas que escapen a su propio emisor. Gadamer [Véase] afirmó que el autor no es el mejor intérprete de su propia obra. ¿Que/Quién se expresa entonces en lo expresado por un ser humano? ¿Es esa “inteligencia social” a la que se refiere José Antonio Marina en su obra Culturas fracasadas? ¿Es el Ser que se habla a sí mismo a través de los poetas que configura para ese propósito? ¿La Materia [Véase] se habla a sí misma, se interpreta a sí misma, a través de símbolos que ella misma fabrica con su propio cuerpo físico?

¿No tendrán los textos una profundidad y una vitalidad que se nos escapa en este nivel de conciencia?

Creo oportuno reproducir aquí algunas de las ideas que expuse con ocasión de la palabra “Cábala” [Véase]:

“1.- Transparencia. Transparencias. El modelo del Ser (el modelo de totalidad) desde el que parece pensar y sentir el cabalista está construido con transparencias. Todo lo que se presenta ante el hombre -textos incluidos- sería transparente: sería una epidermis lógico-material que recubriría una especie de magma de mensajes: todo estaría hablando a través de transparencias: cualquier hecho, cualquier relación entre cosas, tendría significado, si se es lo suficientemente sabio para atravesar su epidermis: su velo lógico”.

“2.- Y transparentes serían también los textos, cualquier texto. Por ejemplo el Nuevo Testamento: según algunas escuelas cabalistas en ese texto Dios habría condensado toda la Verdad con mayúscula, y también todas las verdades con minúscula, incluidas las leyes de la Física y de la Política. Así, bastaría con retirar los velos lógicos que cubren ese texto absoluto para ser absolutamente sabio, o todo lo sabio que se puede ser desde la condición humana, que supongo que no será mucho (hay niveles de sabiduría que, según afirma la tradición cabalística, incineran al sabio en la hoguera del infinito).”

Hermenéutica. Queremos saber qué es lo que nos dicen los textos. Saberlo absolutamente. Queremos que sus símbolos sean capaces de reconstruir en nuestra mente los mundos que ellos llevan dentro. Queremos entrar en el texo y que el texto entre en nosotros (la inter-pretación). Y también queremos interpretar los hechos que configuran la trama de nuestra vida. ¿Para qué? ¿Cuántos hechos conforman nuestra vida? ¿Cómo aislarlos? Sugiero entrar en estas bailarinas: Hecho e Historia [Véanse aquí].

Antes de exponer mis propias ideas sobre esta bailarina, creo que es necesario hacer el siguiente recorrido:

1.- Schleiermacher: la interpretación no es algo externo a lo interpretado. Dilthey: con la hermenéutica, como ciencia, se puede entender a un autor mejor de lo que él se entiende a sí mismo (o una época histórica). Heidegger: el hombre va desarrollándose, creciendo, a través de la interpretación que realiza de sus experiencias.

2.-  Hans-Georg Gadamer: Wahrheit und Methode. Grundzüge einer philosophischen Hermeneutik, (Tübingen, 1960). En español: Verdad y método (Ediciones Sígueme, Salamanca, 1997). Gadamer -cuya imagen está en el cielo de este texto- reflexiona sobre lo que Heidegger entendió por “círculo hermenéutico”. El obstáculo mayor que debe superar el intérprete son sus prejuicios, sus precomprensiones y sus expectativas. Debemos ser conscientes de nuestros prejuicios (aunque será imposible eliminarlos del todo). Al entrar en un texto tenemos un proyecto hermenéutico -una primera hipótesis de sentido- que se va confrontando con la verdad de ese texto, y que va cambiando con las perspectivas desde las que ese texto va a ser visualizado. El intérprete debe estar lo más atento y desprejuiciado posible para escuchar lo que dice el texto. Gadamer cree en la alteridad del texto, en su objetividad, en su verdad accesible a través de una progresiva depuración de la ciencia hermenéutica. Yo también lo creo. Pero se necesita mucho silencio, mucha apertura, mucho amor incluso (amor entendido como capacidad de vínculo con lo otro, con lo que no se es, con lo que todavía no se ha pensado). [Véase aquí mi Gádamer dentro de mis “Filósofos míticos del mítico siglo XX”].

3.- Harold Bloom. How to read and Why (Scribner, New York, 2000). En español: Cómo leer y por qué (Anagrama, Barcelona, 2000; traducción de Marcelo Cohen). Este gran intérprete de las sagradas escrituras que se agrupan dentro del “Canon occidental” afirma lo siguiente en las pp. 26-27 de la citada edición española:

“Sin embargo, el motivo más profundo y auténtico para la lectura personal del tan maltratado canon es la búsqueda de un placer difícil. Y no patrocino precisamente una erótica de la lectura, y pienso que “dificultad placentera” es una definición plausible de lo sublime; pero depende de cada lector que encuentre un placer todavía mayor. Hay una versión de lo sublime para cada lector, la cual es, en mi opinión, la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos “enamorarse”. Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podamos utilizar para sopesar y reflexionar.  A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee. A limpiarnos la mente de tópicos, no importa qué idealismo afirmen representar. Sólo se puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más”.

Creo que sí cabe. Y que, de hecho, Harold Bloom nos ha iluminado con muchas velas de palabras: nos ha mostrado caminos de tinta donde, yo al menos, he encontrado sublimes placeres.

Voy a exponer a continuación algunas reflexiones personales en torno a los textos y su interpretación:

1.- Como he adelantado al comienzo de estas notas, creo que hay que asumir que todo texto -propio o ajeno- es virtual: una secreción realizada por nuestra “mente”; o, si se quiere, por eso que sea la cerebro “en sí” [Véase “Cerebro“]. Toda lectura sería por tanto “interior”. El propio texto tendría una materia virtual (como así nos exigen pensar hoy los cientistas, v. gr. Richard Dawkins). No hay que olvidar que el texto es algo que le ocurre a la materia según ésta es visualizada por un materialista. El texto está ya “dentro” cuando se lee.

2.- Cómo sea el texto en sí es un fabuloso misterio (como todo, por otra parte). Y el autor mismo es un espectador -estupefacto- de lo que parece ser su propia secreción lingüística. El autor no sabe qué es eso que está brotando de su aparente interior. Como tampoco sabe ni podrá saber jamás qué es él mismo.

3.- Los cabalistas miran a través de los símbolos de los textos, a través de su aparente realidad, y encuentran verdades decisivas: mensajes de Dios… y hasta al propio Dios, o casi, toda vez que, según esta tradición, contemplar a Dios implica dejar de ser. Los textos serían entonces transparencias, transparencias en la materia de nuestra mente… membranas a través de las cuales nos entraría algo así como “nutrientes”. Pensemos en las membranas de las células.

4.- Los textos son para mí en este momento de mi vida lo mismo que fueron en mi niñez: pura naturaleza: materia prodigiosa para ser contemplada en silencio, con fascinación, con todos los sentidos activados. Sin miedo. Sin hambre. Con fe. Hoy los veo -a los textos- tejidos con la misma materia con la que Shakespeare creyó que estaban tejidos los sueños. De los textos de mi niñez lo que más recuerdo es su olor. Intenté evocar ese olor en este cuento:

https://www.davidlopez.info/?page_id=175

5.- Uno de los desafíos hermenéuticos más fascinantes es el que se refiere a nuestra propia vida, vista si se quiere como texto de experiencias fijado en nuestra memoria. Pero lo que hemos vivido es casi infinito -quizás infinito. Así, creo que en nuestra mano está poetizar nuestro pasado, embellecerlo hasta sus límites, sin que para ello se deban falsear realidades. Yo nunca gané el torneo de Roland Garrós. Pero mi pecho vibró muchas veces con el pecho de los tenistas que allí jugaron.    Creo que cabe sublimar, sacralizar, nuestra vida mediante un esfuerzo poético, devoto.

6.- Hasta hace algunos años practiqué la crítica literaria. Espero recuperarla en breve. Fue una preciosa actividad; pero también enormemente compleja y extenuante. Para mí el esfuerzo mayor fue compatibilizar el respeto (y hasta el amor) hacia el autor con la honestidad intelectual. No creo en una crítica literaria que no se despliegue en un plano fraternal, que no presuponga que todos los seres humanos compartimos un mundo, un nivel de conciencia, un sueño en red si se quiere: un gran grupo de personas en torno a un gigantesco fuego. A partir de ahí surge otra dificultad: escuchar, callarse, reducir al mínimo posible los prejuicios ideológicos y morales… y estar predispuesto a que emerja lo prodigioso. O no. En este momento de mi vida ya no soy capaz de escuchar un texto que desafine formalmente: que esté mal escrito, que no haya sido capaz de interiorizar la belleza de la gramática. Tampoco sigo leyendo un texto que sea irrespetuoso con el ser humano en general. Esos son dos grandes prejuicios, pero soy consciente de ellos. Habrá otros muchos que no detecte.

7.- Hay autores, como Heidegger, o como Zubiri, o incluso María Zambrano en ocasiones, que parecen no tener en cuenta al lector y lo someten a una cierta tortura oscurantista (que Ortega entendería como falta de cortesía). Pero esos textos, incluso aunque no sean comprendidos, funcionan muchas veces como misteriosas pócimas lógicas que propician sublimes estados de conciencia. Cabría incluso hablar de una lógica inconsciente, musical, completamente abstracta, incapaz de proporcionar “verdades” o “soluciones” pero eficacísima para elevar el grado de magia de lo real (el grado de “vida” en definitiva).

8.- Una pregunta importante sería: ¿Qué queremos de un texto? Harold Bloom habla de placeres inefables, y de la posibilidad de participar de lleno en la naturaleza humana (esa que lee y escribe textos). Muchos buscan ideas para no sufrir, sobre todo para no sufrir de aburrimiento. Muchos buscan la frase decisiva que les asome a la Verdad Final. Cabe sospechar, desde las teorías de Maturana sobre la autopoiesis de los sistemas vivientes, que los textos -como los atardeceres o el olor de los trigales- los segrege biológicamente eso que sea nuestro cerebro, para optimizar la vitalidad del sistema viviente que lo nutre. Así, me vería obligado a sospechar que todo lo que he leído en mi vida lo he escrito yo… bueno, “yo” no,  porque ese “yo” que creo ser también sería una fantasía creada por ese cerebro biológicamente prodigioso.

9.- Heidegger pronunció una muy famosa conferencia en Roma en 1936 que se publicó en 1944 con el título “Hölderlin y la esencia de la poesía”. Contamos con una edición y traducción realizada por David García Bacca (Antropos, 1989). En esta obra dice Heidegger (p. 31 ed. española):

“Que la realidad de verdad del hombre es, en su fondo, “poética”. Por poesía estamos ahora, con todo, entendiendo ese nombrar fundador de Dioses y fundador también de la esencia de las cosas. “Morar poéticamente” significa, por otra parte, plantarse en presencia de los dioses y hacer de pararrayos a la esencial inmanencia de las cosas.”

Considero que la metáfora del pararrayos puede mostrar nuestra ubicación en la descomunal y tormentosa galaxia de palabras que ha segregado y segrega la especie humana. Considero que tenemos que ser pararrayos valientes, con capacidad de exposición, conscientes de nuestra fuerza. Y recibir los rayos de los textos sin miedo. Somos nodos hermenéuticos. Y creo que debemos estar atentos a la salubridad de lo que sale de nosotros. Recordemos esa frase mágica que dice “una palabra tuya bastará para sanarme”. También hay palabras que enferman.

Cabría por último tener algo así como “fe lógica”, la cual implicaría sacralizar todos los textos que se presenten en nuestra realidad: todos serían regalos de lo inefable (del “sistema viviente” si nos queremos poner muy “biológicos”). Y todos ellos serían membranas a través de las cuales nos estaría alimentando Eso inefable.

Yo de niño metía la nariz entre las páginas de los libros y sospechaba que ahí había algo sagrado, poderosísimo, oculto: una fuente inagotable de mundos para ser vividos desde ese estupor maravillado que, según supe más tarde, caracteriza a los filósofos; esto es: a los seres humanos en plenitud.

David López

Sotosalbos, 24 de enero de 2011.

Las bailarinas lógicas/ Un diccionario filosófico: “Globalización”

 

“Globalización”. Una bailarina nueva (dice ella ser): una bailarina que lleva las fragancias del final del siglo veinte. ¿Estamos ante una palabra necesaria para nombrar un fenómeno insólito en la historia de eso que sea la “Humanidad”? ¿O, como dijo, al parecer, Martin Wolf en el Financial Times “la mundialización revela, si no un mito, al menos un abuso del lenguaje”)?

Pero, ¿hay algo -desde un punto de vista metafísico- que no sea un mito (un hechizo lingüístico)?

La cita de Martin Wolf la he obtenido de Wikipedia-Francés. Se podría quizás afirmar que Wikipedia es una de las manifestaciones más paradigmáticas de la globalización. Por eso me ha parecido oportuno acudir a cuatro relevantes rincones de esa galaxia semántica (español, francés, inglés y alemán) para buscar el origen de nuestra bailarina. Pero Wikipedia, paradójicamente, no ha globalizado sus criterios en las distintas lenguas en las que se expresa.

En Wikipedia-español se ubica la génesis del fenómeno en 1989, coincidiendo con la caída del muro de Berlín y la afirmación, por parte de Francis Fukuyama, de que se había llegado al fin de la Historia; esto es: a un sistema de democracia liberal-capitalista modelizado por USA. También se cita a Marshall  Mac Luhan (que habría hablado de “Aldea Global” en 1961) y a Rüdiger Safranski (que habría considerado el surgimiento de una comunidad mundial de aterrorizados a partir de las bombas atómicas que se lanzaron sobre Japón en 1945). [Véase aquí mi artículo sobre Rüdiger Safranski].

En Wikipedia-francés se utiliza el término “mondialisation” y se ofrecen interesantes ideas sobre la oportunidad de este término. Con titubeos, parecen también ubicar la génesis de nuestra bailarina en la ocurrencia de Mac Luhan: la “Aldea global” (1961).

En Wikipedia-inglés (el idioma de la globalización) se hace referencia al Oxford English Diccionary, el cual dice que nuestra bailarina nació en un ensayo titulado “Towards new education” (1952).

Y, por último, en Wikipedia-alemán se afirma que la palabra globalización –Globalisierung– apareció por primera vez en 1961 en un léxico inglés; pero que, antes de que apareciera esa palabra, ya se había discutido mucho antes sobre el concepto. Así, Jaspers, en su escrito Die geistige Situation der Zeit (1932) [La situación espiritual del momento]  utilizó el término “Planetarisch” para referirse a la relevancia que estaban adquiriendo la economía y la tecnología en esos primeros años del siglo XX.

Esto es un diccionario filosófico, un intentó de levantar con las manos de nuestra inteligencia el cuerpo de las bailarinas lógicas, ponerlas al trasluz, y, desde el respeto y la fascinación, ver sus transparencias, su hechizante nada.

Antes de exponer mis ideas sobre la globalización, creo que puede ser muy útil ocuparse de los siguientes autores y temas:

1.- Joseph E. Stieglizt: Globalization and its Discontents (2002). Edición española: El malestar en la globalización (Taurus, Madrid, 2002). Stiegliz obtuvo el premio Nobel de Economía en 2001, fue asesor económico de Clinton y vicepresidente senior del Banco Mundial. No podemos no escucharle. Bueno, ni a él ni a nadie. Somos filósofos, no “sabios” con el cosmos ya “entendido”. Stieglizt dice en esta obra cosas así: 1.- Algunas decisivas instituciones transnacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional se están convirtiendo en simples herramientas al servicio de poderosísimos intereses financieros (que deberían velar por el equilibrio económico y luchar por la igualdad, pero que están destrozando la economía de la mayoría de los países); 2.- La globalización es el efecto que en la humanidad están teniendo las nuevas tecnologías de la información, sobre todo internet: miles de millones de contactos entre seres humanos recorriendo el planeta a velocidad de vértigo, como si fueran neuronas en un cerebro (y por esos espacios se mueve el dinero con una ferocidad infinita); 3.- Se están alcanzando niveles terribles de pobreza, la alarma es absoluta; 4.- Los inicios del FMI y del BM fueron más o menos buenos, pero en los ochenta un brote de ideología neoliberal llevó la economía de mercado al tercer mundo, con resultados desastrosos (“los boxeadores son muy duros”); 5.- El FMI y el BM están gestionados por personas que representan gigantescos intereses finacieros (“corazones de hielo y temple de golf”).

2.- Noam Chomsky [Véase aquí]. Su obra sobre las estructuras de la sintaxis, publicada en 1957, nos obligaría a sostener que todos los seres humanos nacen ya globalizados, pues compartirían una especie de sistema operativo-lingüístico común: un cosmos, en definitiva. No obstante, Noam Chomsky es un enérgico activista que lucha por la globalización de sus ideas: derechos humanos, libertad, etc. (algo similar hizo Voltaire en el siglo XVIII desde su atalaya de Suiza). En España se publicó, bajo el inelegante título “Cómo nos venden la moto” (Icaria),  un ensayo muy interesante de Noam Chomsky (“El control de los medios de comunicación”) junto a otro de Ignacio Ramonet (“Pensamiento único y nuevos amos del mundo”). Noam Chomsky afirma en esta obra: “La propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario”. Ignacio Ramonet, por su parte, nos dice cosas así: 1.- El pensamiento único es el de la rentabilidad, que comparten, por cierto, los medios de comunicación (y es el que legitima la bulimia de los monstruos finacieros que se están comiendo el planeta); 2.- Al finales del siglo XX el poder se movió, ya no está en manos de los políticos, sino en las de los monstruos de las finanzas y en las de los medios de comunicación (creadores de “realidad”); 3.- Y cita palabras de Butros Butros Ghali, antiguo secretario general de la ONU: “La realidad del poder mundial escapa con mucho a los estados. Tanto es así que la globalización implica la emergencia de nuevos poderes que trasciende las estructuras estatales”. ¿No habrá poderes todavía más “transcendentes” y, por tanto, decisivos en la configuración de la realdidad social? Estamos en Filosofía, no lo olvidemos: no podemos comprimir nuestra mirada en exceso.

3.- Samuel Huntington: The clash of civilizations and the remaking of world order (Simon & Schuster, Nueva York, 1996). Edición española: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Paidós, Barcelona, 1997). Se trata de uno de los libros más polémicos del final del inefable siglo XX. Yo tardé en decidirme a leer esta obra, por prejuicios ideológicos (si los juicios son temerarios, los prejuicios son un suicidio intelectual). Ideas básicas que yo encontré en El choque de civilizaciones: 1.- La civilización “occidental” (demócrata-liberal) está en decadencia y no debe seguir intentando su globalización; 2.- Sí habría una esencia de lo “occidental”, dentro de la cual el cristianismo sería un elemento fundamental; 3.- Consejo concreto: “El curso prudente para Occidente no es intentar detener el cambio en el poder, sino aprender a navegar entre escollos, soportar las miserias, moderar sus empresas y salvaguardar su cultura”; 4.- Idea nuclear: “El multiculturalismo dentro del país amenaza a los USA y a Occidente; el universalismo fuera de él amenaza a Occidente y al mundo”; 5.- Otra idea, que hay que escuchar, como todas: un debate, respetuoso, entre civilizaciones que no se quieren cambiar unas a otras, que no se juzgan: una unión contra la barbarie. ¿Qué es la “barbarie”? ¿La antítesis del respeto? Kant consideró el respeto como la más alta de las virtudes humanas.

4.- Un libro interesante -y teológicamente sorprendente- sobre el tema que nos ocupa es Capitalismo funeral,  de Vicente Verdú (Anagrama). La crítica que hice  para Cuadernos hispanoamericanos puede leerse [Aquí]

Éstas son mis sensaciones:

1.- Las ideas, las mercancías, los dioses, los sistemas políticos, los vínculos emocionales (también el odio y la indiferencia) presuponen una matriz antropo-socio-lógica (cosmo-lógica en realidad). La globalización es absoluta, en mi opinión -en mi “sensación más radical”- y, además, no cabe salida. Dios no puede huir de sí mismo. Se podría decir incluso que no hay “conexión” entre partes de la sociedad humana -o de la materia cósmica en general-, porque para que haya conexión debe existir previamente un conjunto de elementos aislados, susceptibles de ser o no “conectados”. El debate sobre si la globalización es o no conveniente presupone un modelo de totalidad atomista-newtoniano (una fría fantasía por tanto). Creo que, si somos intelectualmente serios, no podemos abstraer lo social de lo material, y lo material, hoy, como vimos en “Física” [Véase], arde de magia [Véase].

2.- El tema de la “globalización”, como tantos otros, debe ser estudiado desde la “Apara-vidya” [Véase]. Hay una serie de presupuestos, metafísicamente insostenibles, que hay que aceptar para poder seguir debatiendo: 1.- Que el ser humano es libre para canalizar la Historia; 2.- Que es también libre y suficientemente “lúcido” para saber, más o menos, qué está pasando en el momento histórico en el que vive; 3.- Que sus ideas, sus pensamientos, son suyos, y que pueden tener relevancia en la estructura de ideas que vertebran las conciencias humanas en cuya red está colgado eso que en esas conciencias se presenta como “mundo”.

3.- Considero que, en el tema de la “globalización”, el concepto de “idea” es crucial [Véase “Idea“]. En realidad, asistimos a una lucha entre bailarinas lógicas por conquistar el cielo lógico de nuestra conciencia. Intentaré explicarme. Según Platón, vivimos bajo una especie de cielo de ideas, las cuales sirven de arquetipos para las cosas, imperfectas siempre, de este mundo. Un demiurgo -un artesano- ha creado este mundo usando esas ideas/modelo. Lo que veo es una fabulosa batalla para alcanzar ese cielo y poblarlo de ideas: ideas a las que se quisiera otorgar el poder de configurar nuestro cosmos social: la “Humanidad”. Así, por ejemplo, Noam Chomsky lucha para llenar ese cielo colectivo con ideas como “democracia”, “libertad humana”, “laicismo” o “derechos humanos”. Otros, como los grupos islamistas, quieren transmutar ese cielo en un Corán. Muchos cristianos, por su parte, quieren que ese cielo crucial -el cielo de la conciencia humana- sea rellenado por el mensaje de Cristo, tal y como ellos, en concreto, lo interpretan. Muchos grupos “anti-globalización” luchan para que no se “globalicen” ideas (o formas de vivir, de poseer, etc ) que a ellos no les gustan.

4.- ¿Cabría aspirar a un pacto sobre la estructura del cielo; del cielo “lógico”, quiero decir: sobre las ideas básicas que vetebrarían una ilusión común para las conciencias de todos los seres humanos que se reconocen como tales en este universo? Quizás sí: por puro instinto de supervivencia. Quizás, efectivamente, nos acerquemos a un planeta-estado [Véase “Estado“]. Yo, desde luego, haré todo lo posible para que en ese estado casi esférico al ser humano individual se le deje ser filósofo: se le deje actualizar toda la potencia de sus ojos y de su corazón.  Y una idea que yo propongo para ese cielo común: el respeto. Casi por encima del amor.  El respeto es la sacralización del otro, de lo otro.

5.- Los físicos sueñan con una teoría -un fórmula matemática- que muestre la hiper-globalización de un orden inmutable en todos los rincones de lo que hay (incluidas las sociedades humanas y su Historia). Yo, por el contrario, sueño -y siento- una globalización absoluta de la no-legaliformidad, de la libertad, de la creatividad, de la Magia.

6.- Ya lo he afirmado en otros lugares. A mí aquí me huele a sudor de bailarina lógica, a hechizos, a Inmensidad. A mí aquí me huele a algo descomunal que podría quizás llamar “Dios” si esta palabra no designara un concepto demasiado “lógico”, “cosmizado”… “globalizado”.

7.- Cabría decir también que la “globalización” es una fuerza de esquematización, de finitización, de parcelación de las miradas de los miembros de la Humanidad. Toda globalización, en realidad, como antes apuntaba, quiere aquietar (cerrar) el cielo (las ideas). Dicho de otra forma: toda globalización quiere que se afiance un sistema de universales [Véase “Universales“].

8.- Una última reflexión. Creo que la decisiva. Si, como dicen algunos científicos -y muchos filósofos-, eso que entiendo yo como “mundo” es algo que crea mi cerebro a partir de un material exterior que me es incognoscible, si eso es así,  puedo afirmar que ese mundo está globalizado en mí: que lleva mi olor, mi luz, mi dolor, mi ilusión. Según lo anterior, un largo paseo por lo que mi cerebro me dice que es una montaña, me podría proporcionar un estado, digamos, “químico”, una “luz”, que afectaría al mundo entero: a mi mundo entero. Se podría decir que no hay un mundo humano en sí -o que, al menos, no es pensable desde nuestro cerebro-. Vivimos en ese mundo virtual al que se refiere el biólogo Richard Dawkins (o, dicho quizás desde las perspectivas de Humberto Maturana, vivimos en esa realidad que genera para “nosotros” nuestro “sistema viviente”). En conclusión (provisional), el mundo siempre está globalizado porque en él se despliega nuestra química cerebral, afectada por lo que ingerimos, por lo que respiramos, por la música que escuchamos, por la televisión que vemos, o incluso por la piel de otro ser humano que nos esté tocando y amando desde esa zona inimaginable que está más allá de nuestro cerebro. Y más aún: ese mundo del que hablamos, que sentimos, con sus políticos y sus convulsiones financieras, también estará globalizado dentro de nosotros en virtud de las ideas que hayan tomado nuestro cielo.

Concluyo este texto, siempre de forma provisional, haciéndome estas preguntas:

¿Cómo será, en sí, el mundo donde vivimos, más allá del constructo que realiza nuestra mente?

¿No será que no vivimos en ningún “mundo”, sino que vibramos dentro de la infinita imaginación de algo que podríamos llamar “Dios”?

David López

Sotosalbos, a 10 de enero de 2011.

La bailarinas lógicas/ Un diccionario filosófico: “Cerebro”

 

“Cerebro”. Se supone que es el órgano que palpita en el fondo de esta escultura de Rodin.

“Cerebro”. El propósito de este diccionario filosófico no es otorgar significados a las palabras, no es confinar su semántica, sino calibrar su capacidad de hechizo: su fuerza para configurar contenidos de conciencia. Así, de lo que me voy a ocupar a continuación no es del “cerebro” como realidad externa al lenguaje, sino del símbolo, de la palabra, del concepto si se quiere [Véase “Concepto“].

Entremos ya en el fabuloso laberinto de espejos que tenemos delante. Para ello debemos empezar acometiendo un simple pensamiento. Así de simple: quien pretende estudiar, ver, considerar, medir, etc, el cerebro, el cerebro humano por ejemplo, pretende formar en su propio cerebro una imagen del cerebro: quiere crear el concepto de cerebro dentro de un cerebro. Pero, ¿puede el cerebro humano ver, y pensar, el cerebro humano, entero, el cerebro humano, digamos, “en sí”?

Fue leyendo a Schopenhauer cuando quedé por primera vez atrapado en lo que él llamo “paradoja del cerebro”. Puede enunciarse así: el cerebro, como cosa entre cosas, es parte del mundo (como los árboles o los caracoles o los coches o las estrellas). Visto así, como recorte concreto del impacto visual del mundo, se muestra como algo minúsculo, vulnerable, feo incluso, aparentemente configurado y sometido por esas leyes tan mutantes que primero imaginan y luego veneran los que profesan una ontología materialista.

Pero, por otro lado, es precisamente en el cerebro, y solo ahí, donde se dice que ocurre, al menos, la percepción de eso que llamamos “mundo”. Es en el cerebro de, por ejemplo, los científicos, donde se producen las conexiones neuronales, o los conceptos, que la conciencia recoge como “exteriores”, como “mundo objetivo”.

El hechizo consiste en confundir lo que segregan las conexiones neuronales de nuestro cerebro con “Eso” que, según dicen, envuelve al propio cerebro: el “mundo exterior”. Las teorías de un neurofisiólogo, desde esas mismas teorías, solo ocurren dentro del entramado eléctrico y viscoso de sus propias neuronas: ese sería el hábitat ontológico de sus propias ideas (de lo que él tiene por “mundo objetivo”, en definitiva).

Se podría decir, desde el materialismo cientista, que el cerebro es una de las cosas que le puede ocurrir al cerebro (puede ocurrirle también una brisa de Otoño que sobrecoja la piel de la memoria). Y desde ese materialismo puede decirse también que seremos más conocedores del cerebro cuanto más nos aproximemos a un determinado recorrido neuronal, a una determinada forma en la materia de nuestro cerebro: la que propicie en nuestra conciencia [véase], una representación idónea de lo que es el cerebro más allá de nuestro cerebro.

Vamos a asomarnos a lo que haya detrás de la palabra “cerebro” desde la Filosofía, que puede ser también entendida como una capacidad (¿cerebral?) de mirar miradas, de analizar, por así decirlo, la composición químico-lingüística de los modelos de mente que condicionan las miradas. Creo que la palabra “cerebro” (esa poderosísima bailarina) nos va a dar la maravillosa ocasión de filosofar “en serio”: sin pereza, con valentía extrema, dispuestos a nadar en el océano del infinito, de lo impensable, de lo insoportable incluso (pero insoportable, a veces, por su extremada belleza).

La bailarina lógica “cerebro” suele bailar junto a otra: “mente”. Se dice que a partir del último tercio del siglo XX la filosofía de la mente está adquiriendo un lugar privilegiado en eso que llamamos reflexión filosófica.  Parece que la mente, eso que sea “la mente”, se está pensando a sí misma. El ojo se quiere mirar a sí mismo: ¿Es eso posible? ¿Qué queremos decir con “posible”?

Empieza el gran espectáculo de la Filosofía. En mi opinión no hay nada más fabuloso que pueda acometer (que pueda fabricar) eso que el modelo de totalidad de la ciencia actual llama “cerebro”. Y creo que nuestro filosofar puede recibir un fértil impuso si miramos a eso que sea el cerebro desde estas perspectivas (desde estas determinadas configuraciones de la química de nuestro cerebro, si se quiere poetizar así):

1.- Schopenhauer. La paradoja del cerebro: el cerebro está en el mundo y el mundo en el cerebro.  El cerebro como órgano corporal, siempre al servicio de la vida (de la voluntad). El intelecto está sometido a la voluntad: es su esclavo.

2.- El problema mente/cuerpo (cerebro). Merece ser leído un artículo de Ángel García Rodríguez que está incluido en El legado filosófico y científico del siglo XX (Cátedra, Madrid, 2005).   En este brevísimo estudio podemos contemplar lo que ocurre cuando dos bailarinas (“mente” y “cuerpo” (o “cerebro”) quieren bailar juntas- y separadas- en el paradigma intelectual en el que parece que respiramos en la actualidad.

3.- Humberto Maturana. La autopoiesis (la autocreación) de los “sistemas vivientes”. La rana no ve todos los animales (no ve los que son especialmente grandes y lentos). No hay objetos fuera del lenguaje. El habla y el cuerpo se cambian recíprocamente. La actividad del cerebro es resultado de las exigencias del sistema viviente que lo nutre: la realidad es fabricada por los sistemas vivientes. ¿Lo es también la propia teoría que genera el cerebro (el “sistema viviente”) que “nutre” a Maturana? ¿No estamos ante una teoría que se refuta a sí misma?  Merece ser leído el esquemático estudio que sobre el pensamiento de Humberto Maturana se ofrece en esta obra: John Lechte: Fifty Key Contemporary Thinkers, 2010 [Edición espanola: 50 pensadores contemporáneos esenciales, traducción de Carmen García Trevijano, Cátedra, 2010].

4.- El funcionalismo computacional de Hilary Putnam: la mente es el software; el cerebro es el hardware. La crítica de John Searle: la habitación china (Minds, Brains and Science, Harmondsworth, Penguin, 1984 [Edición española: Mentes, cerebros y ciencia, Cátedra, Madrid, 1994].

5.- Antonio Damasio: El error de Descartes. ¿Cuál fue? Pues “creer que las operaciones más refinadas de la mente están separadas de la estructura y del funcionamiento del organismo biológico”; “porque el cerebro y el resto del cuerpo constituyen un organismo indisociable integrado por circuitos reguladores bioquímicos y neurales que se relacionan con el ambiente como un conjunto, y la actividad mental surge de esa interacción”. Así se presenta la obra de Damasio en la contraportada de edición de Crítica (Madrid, 2003).

6.- Jesús Mosterín: La cultura humana (Espasa, Madrid, 2009). Mi crítica de esta obra para Cuadernos Hispanoamericanos se puede leer [aquí]. Reproduzco algunos párrafos de esa crítica que creo que pueden ser útiles para el tema que nos ocupa ahora:

El estatus ontológico del cerebro es crucial en el modelo de totalidad –y en la religiosidad- que se ve a través de las cristalinas frases   de  Jesús Mosterín. Y es que en otra de sus obras –La naturaleza humana- este filósofo afirma que a través del cerebro humano el universo (o Dios dice él) se conoce a sí mismo. El universo sería, para Jesús Mosterín, un Dios aún no conocedor de sí mismo, necesitado por tanto del cerebro humano. Pero, para semejante prodigio, ¿no debería llevar toda cultura (todo conjunto de circuitos neurales aprendibles) un mecanismo de autohibernación que permitiera a su portador –el hombre- liberarse de todo procesador y recibir así “la señal única”, la “in-formación total”: Dios? ¿No sería eso la autoconciencia del universo, la sinapsis total, libre, sin algoritmo, sin orden alguna que diga qué información es la útil y qué hacer luego con ella? ¿Qué sentiría un cerebro con plasticidad infinita? Eso sea quizás el satori en el Zen. D. T. Suzuki lo definió como la sensación de estar con Dios antes de que éste dijera: “Hágase la luz”; o, dicho desde la cosmovisión de Jesús Mosterín: la sensación de poder configurar cualquier circuito neural (cualquier “cultura”: cualquier mundo). En libertad.

Quizás haya que vigilar la cultura para que no nos arrebate la plasticidad cerebral. Para que no mutile en exceso el autorretrato de Dios. O, si se quiere,  para que no mutile en exceso nuestra creatividad a la hora de crear a Dios.

7.- Richard Dawkins: The God delusion, 2006 [Edición española: El espejismo de Dios, traducción de Regina Hernández Weigand, Espasa, Madrid, 2010]. En este libro hay un epígrafe que lleva por título “La madre de todos los burkas”. Desde la ranura de su propio burka, y siempre a través de la caleidoscópica lente del materialismo cientista,  Dawkins afirma lo siguiente (p. 397 de la edición española): “Lo que vemos del mundo real no es el mundo real, sino un modelo del mundo real, regulado y ajustado por datos de los sentidos -un modelo que está construido de tal forma que es útil para tratar con el mundo real-. La naturaleza de ese modelo depende del tipo de animal que seamos.” Cabe preguntar a Dawkins: ¿No será este modelo, el modelo de realidad que él expone, algo que su cerebro necesita para sobrevivir? ¿No será un modelo extremadamente simple, tan limitado, tan utilitario, que prácticamente no muestra nada? Pero: ¿los cerebros reflejan la realidad o la crean? ¿La supervivencia del sistema requiere “realidad” reflejada cerebralmente o fantasía capaz de desencadenar entusiasmos, digamos, químicos: engaños al servicio de la “vida”? [Véase aquí mi artículo completo sobre Richard Dawkings].

A continuación voy a exponer lo que supongo que le pasa a mi cerebro cuando piensa, no solo qué es eso de “cerebro” y eso de “mente”, sino también cuando piensa lo pensado por otros cerebros al respecto. En realidad voy a pasar a palabras lo que es capaz de provocar en mi conciencia esa bailarina lógica que se presenta como “cerebro”. Éste es el resultado de la lucha entre la voracidad de su hechizo y mi resistencia a ser hechizado (hechizado del todo):

1.- “Cerebro” es una palabra. Nada más. También puede decirse que es resultado de aplicar un determinado sistema de universales [Véase “Universales”]. No hay “cerebro” más allá de una mirada tomada por el sistema que lo instaura (más allá de un determinado software mental, por utilizar la metáfora de Hilary Putnam). Mi cerebro, al menos como lo ve la mirada de la ciencia actual, sería una gigantesca galaxia para un ser pensante que tuviera el tamaño de un átomo. Y para ese ser pensante -ese nanofilósofo- mis neuronas serían seres vivos de tamaño indetectable que fabricarían mundos, para ellas mismas, provocando algo así como tormentas electromagnéticas y genésicas.

2.- Pero seguimos apresados por el lenguaje, por los universales. Para atisbar la salida -si se quiere- hay que ser capaz de sentir que tanto “átomo”, como “neurona”, como “cerebro” y como “ciencia” son palabras: frutos artificiales de modelos mentales: secreciones de algo inefable que, como estoy ahora en una frase, no me queda más remedio que denominar “cerebro”. Pero cabría sospechar que “el cerebro en sí”, aquello con lo que estoy ahora pensando, filosofando, no tenga absolutamente nada que ver con el dibujo que de él hacen los neurofisiólogos (y que se reproduce en la eléctrica viscosidad de “mi cerebro”).

3.- Soy consciente de que estoy llevando mi pensamiento y mi lenguaje a la hoguera de la infefabilidad absoluta. Soy consciente del temblor de estas frases, un temblor algo zambraniano, pero también nietzscheano: es el temblor de la vida, con toda su magia, el que sacude nuestro filosófico intento de alcanzar una imagen totalizadora de lo que hay. Y lo que hay me temo que es infinitamente más grande de lo que es capaz de configurar eso que, desde un determinado modelo de “mente”, llamamos “neuronas”, “cerebro”, etc.

4.- Creo que merece especial atención el pensamiento de Humberto Maturana. Sobrecogen las conclusiones del estudio que él y otros científicos realizaron a finales de los cincuenta sobre la percepción de las ranas: sus cerebros fabrican realidad, no la ven. Y no ven animales especialmente grandes y lentos. Me pregunto cuántos “animales” no veremos los que estamos confinados en un cerebro humano. ¿Y si nuestros catálogos de zoología estuvieran incompletos y, además, lo fueran a estar siempre? ¿Y si nos rodearan animales gigantescos, muy lentos, mucho más inteligentes que nosotros? ¿Y si nos estuvieran estudiando como Maturana estudió las ranas? ¿Y si alguna rana tuviera la capacidad de sentir (entrever) al científico? ¿No sentiría semejante rana algo así como esa “presencia” que hemos sentido algunos palpitando, operando, amándonos, más allá de la epidermis de lo que parece ser lo único real? Cuidado, seguimos hechizados: queremos que lo que hay equivalga a nuestras frases (a nuestros universales).

5.- Las sugerentes teorías de Maturana implican que ellas mismas son ciegas, oníricas: que no hablan de nada exterior, pues han surgido del cerebro del propio Maturana; y no al servicio de la verdad, sino al servicio de la permanencia de su sistema viviente. Aquí parecen haber pensado a la vez Nietzsche y Schopenhauer: todo está al servicio de la vida, y la vida fabrica hechizos para que sus seres sigan aferrados a ella, esclavizados: los cerebros no segregarían “verdades”, sino sueños subyugantes que optimizarían el sistema que los nutre. Pero esos “sistemas vivientes”, en sí, más allá de lo que ellos mismos pueden decir de ellos mismos, se presentan ante el pensamiento filosófico como algo inefable: algo así como dioses biológicos con propiedades inabarcables para el cerebro humano.

El silencio radical (en meditación por ejemplo) desactiva los universales: no hay un “yo” que medite, no hay un “mundo” donde esté ubicado el “cuerpo” del que medita (ni el “alma” ni la “mente” ni “nada”). En ese silencio no hay ya ni “meditación”. Y no hay “cerebro”. Digamos que la “conciencia” queda liberada de cualquier modelo de “mente”: podría recibir cualquier software. Podría tener la mirada finitizada (creadora en definitiva) de cualquier animal. Estamos en la nada protocósmica.

Desde la mirada del cientismo materialista el estado de meditación puede ser reducido a determinadas reacciones químicas ocurridas en el cerebro, lo cual las explicaría (las digeriría, las disciplinaría, las normalizaría, en ese determinado modelo de mente). Así, ocurriría una aparente “rebaja” del fenómeno de la meditación… rebaja a lo “material” (¿Por qué va a ser peor la materia que el espíritu?). Y, una vez más, hay que preguntarse: ¿qué es la materia?

Desde la teoría de Maturana la materia será, para el científico, eso que necesite su cerebro que sea la materia para que se optimice su sistema viviente: será un sueño útil.

El libro de Richard Dawkins que he citado anteriormente se titula El espejismo de Dios. En él encontramos una apasionada lucha de palabras contra los males de las religiones teístas. Una apasionada lucha de palabras contra palabras (bailarinas contra bailarinas): una guerra entre religiones (la Ciencia es una gran religión; una de mis preferidas, por cierto).

Cabría escribir un libro que llevara por título: El espejismo de Dios y el espejismo de la Ciencia. Y cabría preguntarse al final de ese libro si puede concebirse un mundo que no sea, entero, un espejismo: un prodigioso constructo -“cerebral”- al servicio de… ¿qué? ¿de un gigantesco sistema viviente que nos nutre sin que, en principio, lo podamos percibir ni pensar?

¿Será ese inefable sistema viviente eso que algunos, ante el enfado de Dawkins, siguen llamando “Dios” y siguen sintiendo, contundentemente fuera de las fronteras del cerebro? ¿Aceptamos una especie de politeísmo biologicista: seres vivos impensables disputándose algo que no podemos llamar “espacio” ni “tiempo” por estar más allá de nuestros cerebros?

¿Estamos ante un entramado de dioses vivos, soñadores, cuyo sumatorio final sería eso que en las upanisads se denomina, impropiamente, “Nirguna Brahman”?

Mis frases ya no soportan más tensión. Saquemos a la Filosofía -y a la Teología- de la sala de baile que necesita nuestra bailarina de hoy -“Cerebro”-. Y sigamos dejando que nos hechice. Hay que vivir en algún sueño. Al menos en uno. Aunque sea en el sueño del materialismo cientista (que ofrece mundos fabulosos, por cierto).

Lo otro, lo que hay más allá de todos los sueños, es lo místico.

David López

Sotosalbos, a 18 de octubre de 2010.