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Pensadores vivos: Moisés Naím.

Este artículo está dentro de mi intento de contemplar -y calibrar- eso que sea el pensamiento actual: por así decirlo, los cerebros que estén emitiendo ideas, visiones, incluso sentimientos, con especial fuerza, con especial lucidez. Ahora.

A comienzos de este año leí en el texto infinito que nos envuelve (y que intenta definirnos) que el “poderoso” dueño de FaceBook (Zuckerberg) ha decidido crear un club de lectura. Para ello tenía Zuckerberg que elegir un libro/un autor. Y los agraciados por esa decisión quasi-divina han sido Moisés Naím y su obra El fin del poder. 

He entrado en esta obra con gran interés, a pesar de que no soy asiduo a los ensayos sobre política (o geopolítica, o economía política, o socio-economía-política, o como queramos llamarles).

Y he leído en Internet que Moisés Naím nació en Libia, de padres judíos que emigraron a Venezuela. Que en este país llegó a ser ministro de Fomento. Que ha sido también director del Banco Mundial y director de la revista Foreign Policy. Que se doctoró en el MIT. Que ha recibido el Premio Ortega y Gasset de periodismo… Y él mismo se presenta en la introducción del libro afirmando que conoció y conoce los lugares donde se reúnen los “poderosos” (?): Davos, FMI, Bildenberg, etc. Hay que escucharle.

Sobre todo después de que afirme (tras su experiencia como ministro):

“Tardé años en comprender del todo la lección más profunda que me dejó esa experiencia. Se trataba, como ya dije, de la enorme brecha entre la percepción y la realidad de mi poder. Sin embargo, en la práctica, no tenía más que una limitadísima capacidad de emplear recursos, de movilizar personas y organizaciones y, en términos generales, de hacer que las cosas sucedieran” (p. 13-14 de la edición de Debate, 2013).

Pero pocos párrafos más adelante, tras afirmar que el poder está “sufriendo mutaciones muy profundas”, nos dice Naím:

“De ninguna manera quiero decir que en el mundo no haya muchísima gente e instituciones con un inmenso poder”.

Yo, sin embargo, siento en el corazón de mi inteligencia, de forma creciente y desde hace muchos años, que esos poderes (los “de arriba”) no son poderosos. Ni malvados. Que lo que mueve la voluntad de los “poderosos” escapa a su voluntad consciente. ¿Qué/quién mueve el mundo? Depende de lo que entendamos por “mundo” y por “mover”.

Esta página intenta ser puramente filosófica. Esto significa que cualquier realidad que entre en ella será iluminada, simultáneamente, con todos los focos que yo tenga disponibles. Lo dijo Ortega y Gasset [Véase]: la Filosofía busca una imagen “enteriza” de la realidad. De ahí su imprecisión; y (diría yo) su gran capacidad de abrir bellísimos -y sobrecogedores- horizontes en los lugares más aparentemente confinados por un esquema.

La obra de Moisés Naím es brillante, estimulante, honesta creo; pero no es filosófica. Tampoco lo pretende, aunque, al apoyarse conceptualmente en eso que sea “el poder”, al abismarse en la ontología, acude a alguna cita de Nietzsche y a algún pensamiento aristotélico. También utiliza de forma muy oportuna una expresión de un amigo de Nietzsche (Jakob Buckhart), el cual advirtió del enorme daño civilizacional que pueden causar los “grandes simplificadores”.

Durante la lectura de El fin del poder he estado condicionado por una espera. Esperaba yo que Moisés Naím citara a Michel Foucault, el cual propuso al sueño lingüístico colectivo que nos cohesiona y que nos ilusiona un concepto extraordinariamente lúcido (lúcido aunque siempre dentro de este hechizo fabuloso del que no podemos salir). Me refiero al concepto de “micropoder”. [Aquí se puede leer mi artículo completo sobre Michel Foucault].

Ideas fundamentales de El fin del poder

1.- Fin del poder. Ese es el título de la agraciada obra de Naím. Pero lo cierto es que no encontramos en ella esa posibilidad, ese proclamado final. Sí encontramos la idea de que estamos asistiendo a una degradación y a una mutación del poder: el poder cada vez sería más accesible, más difícil de mantener y más fácil de perder. Las barreras que “los poderosos de siempre” tienen estructuradas para proteger su codiciado poder estarían ahora más amenazadas que nunca. Y esto (que según Naím abre grandes posibilidades a la humanidad) generaría también amenazas que hay que considerar: el caos, la inestabilidad total, la inseguridad incluso física, etc.

2.- ¿Qué entiende Naím por “poder”? Hay un epígrafe concreto en la obra cuyo título es “Pero, ¿qué es el poder?” (p. 37). Y se nos ofrece la siguiente definición: “El poder es la capacidad de dirigir o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos o individuos. O, dicho de otra forma, el poder es aquello con lo que logramos que otros tengan conductas que, de otro modo, no habrían adoptado”. Estamos, me parece a mí, ante una concepción del poder que se concibe exclusivamente como acción hacia fuera. Que los otros hagan lo que queremos. Me temo que eso exige menos fuerza y pericia que conseguir que nosotros ejerzamos poder sobre nosotros mismos. Que nos obedezcamos. El Yoga, por ejemplo, ofrece enormes poderes (siddhi) para ser desplegados en el universo (siempre interior) del yogui. También eso que entiende Naím por “mundo real” es una edición, un modelo, creado en su cerebro (si es que seguimos las concepciones cerebralistas actuales). Y cierto es también que eso que sea el mundo donde ejercer o detener o controlar el poder, nunca dejará de ser otra cosa que una narración, una tradición social (más o menos convincente). El verdadero poder sería la capacidad de destruir o crear mundos enteros. O incluso de conservarlos, una vez reducidos (y sacralizados) con palabras, con sagradas escrituras [Véase “Upanayana”].

(Creo oportuno reproducir aquí un Twitt de Moisés Naím en el que, inducido por la poetisa norteamericana Muriel Rukeyser, parece haber recibido en el alma de su cerebro el impacto de la mirada de la diosa Vak):

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“The universe is made of stories, not atoms” Muriel Rukeyser

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3.- ¿Qué es lo que ha cambiado en ese mundo que Naím tiene por objetivo, exterior? (disculpad por favor este exceso puntual de idealismo berkeliano). Naím habla de una triple revolución, asumiendo el riesgo de proponer una tesis hermenéutica muy forzada, pero que sin duda puede ofrecer muchas posibilidades prácticas. Y utiliza una técnica, digamos “cabalística”, para exponer esa tesis (p.89): revolución del más, revolución de la movilidad y revolución de la mentalidad. Las “tres emes”.

– Primera eme: Más. Naím dice que vivimos en una época de abundancia. Dice que hay más de todomás bienes y servicios, más gente, mucha más, más partidos políticos, más estudiantes, más armas, más medicinas, más… Mucha más gente: dos mil millones más que hace dos decenios. Y se dice que la primera década del siglo XXI, a pesar de la crisis financiera, ha sido “la mejor de todas”: bajada espectacular de la pobreza en los países en vía de desarrollo, un aumento impactante de la clase media mundial (a la vez que se contrae la clase media de los países desarrollados). Se dice incluso que en 2013, en America Latina, “el número de personas que pertenecen a la clase media sobrepasó, por primera vez, a la población pobre”. Y que el 84 por ciento de la población mundial está alfabetizada. Y que hay una rápida expansión  de la población científica.  Y que los seres humanos “gozan ahora de una vida más larga y más saludable que sus antepasados, incluso que los más recientes de ellos” (p.93). Moisés Naím ofrece una clave para entender la degradación del poder: “cuando las personas son más numerosas y viven vidas más plenas, se vuelven más difíciles de regular, dominar y controlar”.

– Segunda eme: Movilidad. Habla Naím de las transformaciones que provoca la migración en las estructuras del poder, y de todo. Y estaríamos ante una migración planetaria con una rapidez y una intensidad nunca conocidas.

–  Tercera eme: Mentalidad. Cree Naím que están ocurriendo decisivos cambios en la “mentalidad”, supongo que colectiva: “La inclinación de los jóvenes a poner en duda la autoridad y desafiar al poder se ve reforzada por las revoluciones del más y de la movilidad . No solo hay más personas menores de treinta años, sino que tienen más: tarjetas de llamadas prepago, radios, televisores, teléfonos móviles, ordenadores y acceso a internet, además de posibilidades de viajar y comunicarse con otros como ellos en su país y en todo el mundo” (p. 107).  “La incapacidad de Estados Unidos y de la Unión Europea de cortar la inmigración ilegal o el tráfico ilícito es un buen ejemplo de cómo el uso del poder vía la coacción y la fuerza no da tan buenos resultados” (p. 116).

4.- Apertura a un futuro absolutamente novedoso: “No será la primera vez que esto sucede. En otras épocas también hubo estallidos de innovaciones radicales y positivas en el arte de gobernar […] Ya va siendo hora de que haya otro […] Empujada por los cambios en la manera de adquirir, usar y retener el poder, la humanidad debe encontrar, y encontrará, nuevas formas de gobernarse”.

No parece sin embargo que Moisés Naím, en su optimista apertura a esas “innovaciones radicales”, quiera cuestionarse, por ejemplo, el modelo sociológico, económico (y antropológico) que permite seguir afirmando que existen seres humanos “desempleados”. No cuestiona por tanto el en mi opinión esclavista binomio empleado/desempleado. Tampoco cuestiona los partidos políticos como instrumentos fundamentales para la participación de los ciudadanos en eso de “la Democracia”.

Yo creo que el único camino ascendente para la Humanidad es la desactivación de los discursos de identificación de ser humano con cosas como “Estados”, “Naciones”, “clases sociales”, “religiones”, “ideologías”, “partidos políticos”. Está pendiente una política planetaria basada en el puro humanismo: una red de monarcas absolutos (diamantes ontológicos absolutos) vinculados entre sí por hilos de oro ético. Una política, si se quiere, basada en el amor (Martha Nussbaum, Political emotions: why love matters for justice, The Belknap Press of Harvard University Press,  Cambridge, Massachusetts, 2013).

Lo grande de El fin del poder de Naím es que no solo ofrece un erudito, ordenado y responsable análisis del hipercomplejo mundo humano actual,  sino que es también capaz de llevarnos a un misterioso piso de arriba, a un cuarto de magos donde quizás seamos capaces de crear una sociedad a la altura de lo más alto del ser humano. Será entonces el comienzo del verdadero poder, ejercido dentro de esos diamantes, e irradiado hacia los demás en forma de amor.

Y entiendo por amor un acto de voluntad en virtud del cual el ser humano es contemplado, y es tratado, como un templo sagrado.

David López

El Huerto Infinito-Editorial

 

El Huerto Infinito-Editorial nació en mi cabeza y en mi corazón el uno de enero de 2012 mientras yo ascendía, rodeado de nieve y de acuarelas azules y doradas, hacia la laguna de Gredos, el lugar donde vibran las cenizas y los sueños de mis padres. Allí decidí que debía crear mi propia editorial, como parte de un gran proyecto que sentí que debía llamarse “El Huerto Infinito”. Ahora no recuerdo por qué.

La Magia/Tecnología actual parece haber eliminado cualquier límite a la creatividad empresarial, a la libertad, a la posibilidad. Francis Bacon estará sonriendo desde el cielo de su Nueva Atlántida. La autarquía (la pluri-monarquía) basada en vínculos de respeto, e incluso de amor, con otros autarcas/monarcas me pareció un camino idóneo (radicalmente libre e independiente) para ofrecer mis obras.

La imagen que aparece sobre estas líneas acompañará a todos los libros de El Huerto Infinito-Editorial. Es la entrada al Montesacro de Orta, en Italia. Se trata de un lugar crucial en mi vida, en mi Literatura y en mi Filosofía. Allí, bajo una lluvia torrencial, la tarde del 31 de diciembre de 1998, sentí algo decisivo. Fue justo al pasar bajo el arco de piedra que se ve en la fotografía. Ese acontecimiento está moviendo mi vida desde entonces con una fuerza extrema, con una contundencia que en ocasiones me ha llegado a asustar.

El Montesacro de Orta… El Huerto Infinito…

Esta editorial, en principio, se dividirá simplemente en dos secciones: novela y ensayo.

La sección de novela ha dado ya comienzo con la publicación de El nuevo filósofo del martillo. Próximamente publicaré  El hombre de tinta: una novela basada en mi primer viaje a la India y en la que intento entrar, y respirar, en la misteriosa materia de eso que sea el lenguaje “en sí” [Véase “Lenguaje” en mi diccionario filosófico]. Y es posible que ofrezca también una recreación que intuyo ya radical de mi novela El bosque de albaricoques. No sé. Tengo que pensarlo.

En la sección de ensayo publicaré, lo antes que me sea posible, los siguientes ensayos:

1.- Upanayana. La esencia de este trabajo puede leerse ya [Aquí]. Para llevarlo a cabo conté con la supervisión del profesor Eugenio Luján, dentro de un curso de doctorado en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

2.- Los sermones del Maestro Eckhart como Verbo des-creador. Este trabajo lo realicé con la supervisión de la profesora Isabel Cabrera, también dentro de un curso de doctorado en la misma Facultad.

3.- Versión en papel de Las bailarinas lógicas (Un diccionario filosófico) y de Filósofos míticos del mítico siglo XX. Estas dos obras están vivas en mi blog, sometidas a permanente reflexión, revisión, re-creación. Las versiones que salgan en papel significaran un momentáneo e insólito aquietamiento, un momento de silencio puramente contemplativo.

4.- Ontología y ontopóiesis de la empresa. Está obra será el resultado del seminario-taller que vengo celebrando desde septiembre de 2012 con varios alumnos investigadores. He convertido a mis bailarinas lógicas en cámaras y las he colocado en un gran círculo dentro del cual está ese misterio que llamamos “empresa”. Estamos obteniendo imágenes fabulosas, sorprendentes. Las aportaciones de los investigadores filosóficos me están pareciendo de un interés enorme. Espero que de todo esto salga una nueva poetización, un nuevo hechizo, sobre esa actividad humanísima que, me temo, está demonizada por algunas narrativas.

En ambas secciones -novela y ensayo- también entrarán obras de otros autores. Pero tendrán que ser obras de las que me enamore perdidamente; y llevarán siempre una introducción mía, un eterno aval, un trozo de mi alma.

En fin. Hay mucho trabajo por delante. El objetivo, muy nietzscheano supongo, es dar cuenta, y elevar en lo posible, la capacidad de hechizo, de belleza, de sacralidad, que tiene el inmenso prodigo que nos envuelve y que nos constituye.

Espero también que disfrutéis. Para eso escribo. Para eso me estoy dejando la vida en lo que escribo.

 

David López

6 de abril de 2013

 

Filósofos míticos del mítico siglo XX: G. E. Moore


Podría decirse que el filósofo, y sus miradas, y sus frases, son en muchas ocasiones realidades extremas, fascinantes, muy atractivas, pero también insufribles. Las tribus necesitan filósofos, incluso locos, para poder respirar, para no asfixiarse dentro de los refugios de lo aparentemente obvio, para arar sus huertos mentales y fertilizarlos con lo inimaginable, para vislumbrar nuevos sueños colectivos en los que poder vivir; pero en realidad, a los filósofos, las tribus no los soportan mucho rato (salvo que se trate de filósofos comprometidos con algún discurso ya normalizado, colectivizado… salvo que se trate de jefes de mantenimiento de esos mismos refugios). No es raro que los filósofos vivan y piensen y sientan solos, apartados en cabañas que a veces son invisibles, sintiendo su pecho cotidianamente atravesado -fértilmente atravesado- por la barra de hierro de la soledad. Pero también ha habido filósofos -pocos- a los que los dioses han regalado el prodigo del amor de pareja.

No digo que Moore fuera simplemente un jefe de mantenimiento. Probablemente este filósofo dedicó su inteligencia, y su corazón, a eliminar esos extremos, esos vértigos, a aquietar el mundo dentro del sentido común (lo cual implicaría, en mi opinión, una especie de democratismo radical, genésico). Se ha dicho que Moore fue el gran defensor de la filosofía del sentido común y, por lo tanto, del llamado “realismo del sentido común”. Es cierto: Moore quiso domar la salvaje mirada de los filósofos (sobre todo la de los idealistas neohegelianos ingleses)  y devolverla a un universo aparentemente muy concreto: el que muestra el lenguaje común, no el de los filósofos (que quizás ni ellos mismos sabrían lo que dicen cuando dicen lo que dicen). Y se considera a Moore también como el propugnador, influido quizás por el neohegeliano Bradley, de un esfuerzo intelectual encaminado a analizar, y a clarificar, el lenguaje ordinario (el que usa la gente normal, no el de los filósofos, que estarían fuera de esa normalidad… salvífica al parecer).

Veo en Moore una lucha, una preciosa lucha, por salvar hechizos: sus propios hechizos, y los de su gente (hechizos construidos en buena parte por esos mismos filósofos que no se quiere que digan nada más). Veo también amor hacia unos universales (por ejemplo las “manos”, las “manos humanas”), cuya existencia ahí, ahí delante, objetiva, no debe ser problematizada. Y en su apasionado examen del lenguaje ordinario veo a un teólogo contemplando, apasionadamente, soteriológicamente, un prodigioso espejo. Un espejo que, si fuera debidamente pulido, reflejaría el mundo de verdad, en tanto que conexión entre conceptos (que serían “seres” existentes por sí solos, eternos, haya o no una mente humana que los piense). Y de eso se trataría: de conocer la verdad del mundo: “dar una descripción general del universo entero”… según está reflejado en el espejo del lenguaje común, no en el de los filósofos tradicionales.

Veo a Moore como un devoto sacerdote de un hechizo democratizado (legitimado cuantitativamente), limpio de excentricidades aisladas, muy consensuado podríamos decir. Y su esfuerzo por salvar la existencia real de sus manos es un acto desesperado, pero precioso en mi opinión. El que salva sus manos de la duda de si el mundo exterior existe de verdad (y de si el universal “mano” tiene o no realidad fuera del lenguaje) está también salvando las manos de sus hijos; y los ojos y la boca y el recuerdo de la mujer a la que ama. El idealismo -ese monstruo metafísico contra el que luchó Moore- disolvería quizás esas manos y esa boca y esos ojos y esos recuerdos en un líquido demasiado subjetivo, demasiado interior, demasiado poco “real”.

Algo de su vida

1873-1958. Estudió en el Dulwich College y en el Trinity College de Cambridge. Fue también “Fellow” en esta institución académica y, más tarde, obtuvo la cátedra de filosofía de la mente y lógica de la Universidad de Cambridge. Amigo de Russell y de Wittgenstein [Véase]. Es famosa la visita que, en 1914, hizo Moore a Wittgenstein en la cabaña que este último se construyó en Noruega (Skojolden). De ahí surgieron la conocidas “Notes dictated to Moore”. Moore, al parecer, fue miembro de una “sociedad secreta” denominada “Los apóstoles de Cambridge”.

Sus ideas fundamentales

– A favor del “sentido común”. Moore afirmó que no pueden probarse ni refutarse las proposiciones del sentido común. Pero que es mejor atenerse a ellas. Y creyó además que esas proposiciones tienen una significación clara (a diferencia de las proposiciones de los filósofos).

– Contra el idealismo; sobre todo contra el idealismo neohegeliano inglés, cuyos representantes fundamentales serían Bradley y MacTaggart. Este último filósofo, por cierto, creo que merece atención especial. Propuso un modelo de totalidad compuesto exclusivamente por almas humanas que estarían vinculadas por amor (sin la existencia de ningún Dios). Y lo hizo en una obra cuyo nombres es: The nature of existence.

– En su obra The refutation of the idealism encontramos una muy interesante argumentación en contra de los argumentos que, según Moore, son tradicionalmente utilizados por los idealistas para legitimar su afirmación fundamental. Y la afirmación fundamental de este tipo de pensadores sería que el mundo es “espiritual”; afirmación que Moore, curiosamente, va a compartir, con devoción incluso. Lo que no va a admitir son los argumentos utilizados por la metafísica idealista para afirmar que, efectivamente, el mundo es espiritual. The refutation of the idealism es una obra sorprendente; no obvia. Merece muchas lecturas.

The revolution in Philosophy. Así tituló Ryle una antología de conferencias de varios autores de habla inglesa que, a principios del s. XX, habrían reaccionado contra el idealismo y habrían colocado el lenguaje como tema fundamental de la Filosofía. Moore, uno de los propulsores de esta revolución, no solo legitimó el lenguaje común frente al “filosófico”, sino que sometió a ambos a un meticuloso análisis. Se trataría de una propedéutica (de una labor previa), cuyo objetivo sería finalmente practicar una Filosofía como ciencia de lo objetivo en general. Todo el pensamiento de Moore no se confinó en un análisis del lenguaje.

– Los conceptos. Moore cree que no son fenómenos mentales (o cerebrales si se quiere). Los conceptos, para este filósofo, tendrían existencia exterior al ser humano; y serían eternos además: objetividad pura. Esos conceptos inmutables mantendrían entre sí relaciones inmutables.

– La realidad. No sería el “absoluto” de los idealistas, sino que estaría compuesta de cosas individualizables, de las mismas cosas de las que daría cuenta el lenguaje común, no el de los filósofos. “Cada cosa es lo que es y no otra cosa”.

– La ética. Moore aplica su método analítico a la ética. Y al fijar su atención en el significado de “bueno”, afirma que estaríamos ante algo no analizable (no divisible en otras significaciones). “Bueno” sería una cualidad irreductible, indefinible por algo distinto a sí mismo. Y “bueno”, además, sería una propiedad no natural.

Su encuentro con las bailarinas lógicas de este diccionario

– “Upanayana” [Véase]: Moore, en su pensar, en su actividad intelectual, en su obra, está oficiando este mismo ritual védico, pero al servicio del cosmos que sostienen las palabras/mitos de su propia tribu (básicamente la Inglaterra de principios del S. XX). Su esfuerzo filosófico es la custodia de un mundo puramente lógico sentido como realidad. Según mi interpretación de los himnos del Upanayana, cabría afirmar que los filósofos védicos sí fueron conscientes de la vulnerabilidad lógica de su mundo (de su dependencia de las palabras). No sé si Moore también lo fue.

– “Poesía” [Véase]. Moore habitaría, poéticamente, en un mundo que ya no querría seguir siendo solo poesía, que querría librase de su propia creatividad intrínseca (Poesía es creación… de mundos). Moore quiso afianzar una Poesía colectivizada y elevarla al estatus de Logos (de estructura lógica de lo existente).

Moore quiso poner silicona en los abismos de “las cosas”, dejarlas sólidas, alicatadas ontológicamente. No quiso Moore, en mi opinión, exponer la conciencia al silencio, a ese silencio sagrado, pero también espeluznante, que convierte las cosas en bailarinas de piel transparente, bailarinas de nada que bailan en la nada (y cuando utilizo la palabra “nada” lo hago en sentido de “nada mágica”, que es la mejor construcción lingüística que se me ocurre para nombrar a eso que también se ha querido nombrar con la palabra “Dios”). Véanse [Nada] y  [Dios].

Lecturas que sugiero


G. E. Moore: Refutation of Idealism. (Se puede leer directamente aquí:http://www.ditext.com/moore/refute.html).

Ibíd.: Proof of an external World. (Se puede leer aquí: http://www.hist-analytic.org/MooreExternalWorld.pdf).

Ibíd.: Defensa del sentido común y otros ensayos (Orbis, Barcelona, 1983).

Sensación final.

Moore está sugiriendo que vivamos poéticamente, no filosóficamente: que nos entreguemos a las formas, que absoluticemos los universales, que nos dejemos in-formar por ellos.

Nos pide que bailemos, sin cuestionarlas, con las bailarinas lógicas que viven cotidianamente en la tribu. Cuerpo a cuerpo.

El de Moore es un giro hacia dentro del mundo. Creo que por amor. Quizás también por miedo. Quizás también por un sentido práctico recalcitrántemente anglosajón. ¿Práctico para qué? ¿Para que la Filosofía no sea un obstáculo a ese progreso que sí estaría facilitado por la ciencia moderna?

En cualquier caso yo haría -y hago- el mismo esfuerzo filosófico que hizo Moore por salvar la realidad objetiva de las manos, sobre todo de las manos de los seres a los que amo. Platón, por ejemplo, vería esas manos como sombras en una caverna. Yo las veo como luces sublimadas, como luz esencial sublimada por la magia, el amor de la caverna.

Quien haya besado una de esas sombras no puede, creo yo, quererlas pensar como irreales. Y el filósofo que ame una de esas sombras, después de haberlas besado, construirá el sistema filosófico que sea necesario para salvarlas de la intemperie metafísica.

David López

 

Diccionario filosófico: “Lenguaje”

“Lenguaje”. Ofrezco a continuación algunas notas -muy provisionales- sobre este monstruo prodigioso. Sagrado y sacralizador… si es que existe más allá de la propia palabra que lo designa.

Dijo Heidegger (bueno, él no en realidad, sino el propio lenguaje) que el lenguaje es la “casa del Ser”.  Wittgenstein afirmó, por su parte -en sus frases, en su propio sueño lógico- que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Pero tengo la sensación de que  “casa”,  “Ser”,  “mundo”  o  “lenguaje” no son más -ni menos- que palabras: bailarinas lógicas: hechizantes nadas dispuestas a ser amadas y a fabricar en nuestra conciencia universos enteros.

Estamos, por tanto, ante otra bailarina lógica. Y cabe cuestionarse incluso la existencia misma del lenguaje más allá del sustantivo que presiona nuestra conciencia para obtener realidad.

He dudado de si realmente la palabra “lenguaje” merece una entrada específica en este diccionario. Y he estado a punto de ampliar lo que tengo escrito en “Logos” [Véase]. Pero creo que a esta bailarina hay que dejarla bailar sola… y disfrutar de sus hechizos específicos. Adelanto ya lo que creo que la distingue de “Logos”: su inmanencia. El “lenguaje” sería un logos detectable, estudiable, sistematizable, desde eso que llamamos “inteligencia” humana. Sería un momento concreto del Logos total. Y, por tanto, cabría hablar de lenguajes, en plural, en un plural segregado desde un Logos Único (¿La teoría unificada que ansía la Física contemporánea?).

“Lenguaje”. De los distintos significados que a esta palabra otorga la Real Academia destaco el primero y el sexto:

1.- Conjunto de sonidos con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente.

6.- Conjunto de señales que dan a entender algo.

¿Es el lenguaje un vehículo de pensamientos y de sentimientos… o el sistema que los condiciona; que los fabrica incluso?

El siglo veinte (esa sorprendente abstracción cuantitativa) colocó al pensamiento filosófico en el abismo de lo que ese pensamiento no pudo menos que llamar “lenguaje”. La filosofía, para muchos, no sería ya sino pensamiento sobre el lenguaje. Todo sería lenguaje -sólo eso… ni más ni menos que eso. Pero, ¿qué es el lenguaje? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cuál es su textura ontológica?

¿Alguien ha visto el lenguaje?

Filosofar entorno a la enormidad del lenguaje -de esa cárcel prodigiosa- ofrece espectáculos que, por sí solos, justifican el hecho mismo de la existencia. Dicho con palabras absurdas y autocontradictorias -como todas-: es fabuloso contemplar a ese ser -con sus mundos y sus dioses y sus hombres- retorcerse sobre sí mismo para mirarse, para saber qué demonios es él mismo más allá de los simples sustantivos. De dónde viene. Qué o quién lo ha creado.

Tengo la sensación de que el lenguaje, en sí, no cabe en el concepto de lenguaje. ¿Cómo nombrar, aquietar, el lenguaje -cualquier lenguaje- en uno de sus sustantivos?

Pero aunque no sé lo que es,  amo el lenguaje -esa fuerza que nos hechiza- porque en él vibran, al menos en su parte “visible”, seres a los que amo perdidamente: seres que pueden ser momentáneamente señalados con sustantivos como “personas”, “bosques”, “sueños” o “cielos”. Esta sensación me llevará a reivindicar una sacralización de este lenguaje; aunque consciente de sus hechizos y de su delicuescencia. Creo que el cosmos -entero- es tan frágil y moldeable como una simple frase. Como esta frase en la que ahora estamos.

Antes de desarrollar estas ideas y sensaciones “personales” creo que puede ser útil observar algunos lugares del tejido lingüístico en el que soñamos:

1.- Vak. La diosa de la palabra según la tradición védica. Este diccionario en realidad es una especie de teología -confesadamente expresionista- cuyo objeto específico es esa divinidad. Repitamos las palabras de Vak (lo que ella misma dice de sí misma y dentro de sí misma):

Himno 10.125,verso 4, del Rig Veda:

“El que come comida, el que verdaderamente ve, el que respira, el que oye lo que se dice, lo hace a través de mí. Aunque ellos no se dan cuenta, habitan en mí”.

2.- Upanayana. Creo que es oportuno volver sobre este ritual védico. Algunas de mis notas se pueden leer [aquí]. La idea fundamental es que la tradición védica habría tomado conciencia de la necesidad de custodiar un texto concreto -un lenguaje aquietado- para salvar un cosmos entero en la memoria de sus estudiantes védicos.

3.- Los sofistas griegos. Gorgias: el lenguaje no expresa nada. El lenguaje como instrumento de poder.

4.- Platón (Cratilo): los nombres están relacionados con las cosas sin necesidad de que los hombres lo acuerden. Y consiguió Platón un cierto acuerdo a este respecto.

5.- Edad Media. Tema de los universales [Véase]. Los realistas creerían que los árboles existen más allá del lenguaje, que ese sustantivo -árbol- existe per se y que recorta con sus tijeras ontológicas los confines de ese ser en la placa empírica que se nos presenta.

6.- Voltaire. Diccionario filosófico. En la entrada “Lenguas” este sacerdote de la ilustración francesa afirma: “Dícese que los indios empiezan casi todos sus libros con estas palabras: Bendito sea el inventor de la escritura:   nosotros también podríamos empezar este artículo bendiciendo al autor del lenguaje.” Y el artículo que escribe Voltarie en realidad es una declaración de amor a su lengua madre (el francés)… la lengua en la que le habló su madre,  Marie Marguerite d’Aumary, que murió cuando el futuro filósofo tenía solo siete años. Vak -la diosa de la palabra en la tradición védica- es también un ser femenino.

7.- Lenguaje y lenguajes. ¿Hubo una primera lengua madre en la especie humana? ¿Qué podemos encontrar recorriendo para atrás la cadena causal de los lenguajes? Hay buenos artículos sobre el lenguaje en Wikipedia. Pero Wikipedia -como cualquier otra enciclopedia- está confinada en el interior de los círculos de los lenguajes.   En la versión española se define lenguaje así:  “Se llama lenguaje (del provenzal lenguatgea) a cualquier tipo de código semiótico estructurado, para el que existe un contexto de uso y ciertos principios combinatorios formales. Existen contextos tanto naturales como artificiales”. Wikipedia es lenguaje que habla de sí mismo: es algo que le ocurre al lenguaje -o una parte del lenguaje- de una parte de la humanidad.

8.- Real Academia Española: una energía cosmizadora: se trabaja para que un lenguaje -el español- se mantenga unido e identificable como tal en las redes humanas en las que vive y hace vivir. Sus reglas son descriptivas y, a la vez, prescriptivas. Sugerencias en realidad. Leyes no coercitivas decretadas por amor a la lengua española, desde la lengua española. Y se cree que ese producto particular del lógos humano tiene una esencia que puede custodiarse e identificarse a pesar de su evolución. Allí, en esa Academia, algunos seres humanos escogidos debaten sobre el verdadero baile que bailan las bailarinas lógicas. Algunas de ellas tardan en ser aceptadas en ese prestigioso salón de baile. Algunas no entran nunca.

9.- Wittgenstein (primero y segundo), Nisargadatta, Heidegger (último Heidegger)… Un muy lúcido y sólido estudio de las intuiciones que estos tres “pensadores” expusieron -dentro del lenguaje- con ocasión de la palabra “lenguaje” lo ofrece Mónica Cavallé en esta obra: La sabiduría de la no-dualidad (Kairós, Madrid, 2008). Leer lo dicho por Mónica Cavallé sobre lo dicho por esos tres sobrecogedores poetas es una gran experiencia filosófica. Y poética:

“El Oriente no-dual siempre se ha asombrado del poder de la palabra y de su surgimiento desde el silencio. El jnanin [con la primera “a” larga] ha sabido que su palabra no es suya -¿quién elige cada palabra que dice o cada pensamiento que piensa?- y ha rastreado este surgir hasta sumergirse en el acto impersonal de creación de la Palabra Una. Y el Oriente no-dual se ha maravillado, igualmente, ante la capacidad de la palabra para ocultar su propio surgimiento impersonal y alumbrar mundos estrictamente personales, separados y autónomos; una infinidad de sueños entrecruzados, pero que nunca confluyen; cárceles de ignorancia construidas por palabras oscurecidas en su carácter clausurado y auto-enfático […] (pp. 599-600).

Lo que la palabra lenguaje provoca en eso que sea mi inteligencia -y eso que sea mi corazón- quizás pueda expresarlo así:

1.- Como ya confesé antes, amo este lenguaje en concreto, con sus hechizos. Me refiero al lenguaje básico que vertebra mi inteligencia y mi sensibilidad, el cual, según nos dicen los buenos lingüistas, es común a toda la especie humana [Véase “Humanidad“].

2.- Ese amor hacia este lenguaje no me impide ser consciente de su textura onírica, de su inefabilidad en cuanto cosa en sí. El lenguaje, en sí, más allá del lenguaje mismo -más allá de esta frase y de otras que puedan configurarlo-no existe. No cabe hablar de lenguaje en sí, más allá de un acto concreto que lo sostenga -un acto de habla.

3.- Una pareja de enamorados acaba y termina en una matriz lingüística: un sueño compartido, una música común, única, irrepetible: un cosmos misterioso cuya estructura lógica está a disposición de los dos poetas que lo configuran a la vez. Por amor. Por amor a su sueño compartido: sueño de mentes y de cuerpos entrelazados en un universo para dos.

4.- ¿Cómo visualizar la estructura metafísica de un lenguaje? Yo lo veo como una forma de comunicar encadenamientos entre universales. “Mi mano tocó la nieve acumulada en las ramas de un fresno”. La frase es una música mágica que muestra el baile entrelazado de parcelaciones arbitrarias del infinito. Es prodigioso. Sobre todo porque la visión de ese baile puede llevarse a otra conciencia, al que escuche lo dicho.

5.- Al ocuparme de “Logos” [Véase] y “Humanidad” [Véase] ya compartí mi sensación -mi convicción- de que somos magos. Magos lógicos (también químicos). Y que tenemos acceso al Logos que vertebra nuestras almas y la de nuestros seres queridos. Una frase, sincera, enviada al sueño particular de la persona a la que amamos puede reconfigurar el color de todos los cielos de ese sueño. El lenguaje es sagrado y sacralizador. Se puede irrumpir en el sueño ajeno y llenarlo de belleza (de lo que según ese mismo sueño es belleza [Véase “Belleza“]). Eso sería agraciar [Véase “Gracia“].

6.- Si bien el lenguaje -como Logos observable y analizable por una inteligencia- es un sistema regido por leyes, su fuente es no legaliforme. Si aceptamos una sola libertad -la de “Eso” que, por ser nada, puede ser y hacer cualquier cosa- “nuestro” uso del lenguaje sería siempre sagrado: todo lo dicho estaría dicho desde las profundidades: desde “Dios” si se quiere este vocablo. Heidegger o Nisargadatta dijeron que nadie dice nada. Todo es escucha.

7.- Los lenguajes en plural se presentan como sistemas organizados en función de leyes gramaticales. Pero esos sistemas  -dejando aparte los lenguajes “artificiales”- se han sistematizado “solos”: serían sistemas emergentes, button-up: universos legaliformes y legaliformizadores que han surgido de… ¿de dónde? ¿De la interacción entre las leyes de la naturaleza y la materia de los cerebros de la humanidad? ¿Será la teoría unificada de la Física el primer Verbo, esa palabra primera de la cual surge todo lo existente, lenguajes incluídos?

8.- Me fascinan especialmente los renglones del lenguaje escrito. Y todo lo escrito por los filósofos y poetas se me presenta como las yemas de los dedos de un ser que apenas puedo intuir, pero que parece que quiere tocar algo.

¿Qué quiere tocar? ¿Qué quiere decir el lenguaje en su totalidad? ¿Cuánto va a llegar a decirse con el lenguaje? ¿Qué sorpresas nos esperan en los renglones que todavía no han sido escritos a través de nosotros; y en nosotros? ¿Cuánto le queda a “Dios” (o al “hombre”) por decir/por crear?

¿Qué prodigios nos esperan gracias a los hechizos de las manos -humanas y divinas a la vez- del lenguaje?

Creo que muchos. Y creo que cabe decírselos, al oído, a las personas a las que amamos.

“Una palabra tuya bastará para sanarme”.

David López

Las bailarinas lógicas : “Upanayana”

Seguimos buceando por debajo del hechizante hielo del lenguaje. Para ello hay una palabra que me parece única: Upanayana.

En las dos versiones que se conservan del Atharva-Veda –la Sáunaka y la Paippalada[1]–  hay unos himnos especialmente enigmáticos que se refieren a la ceremonia de iniciación del estudiante védico (upanayana).

Estos himnos explicitan un modelo metafísico a la vez que son la realidad que ese modelo describe. Dicho con otras palabras: explicitan su propio status ontológico mientras comunican la estructura fundamental de lo que existe: del universo.

Algo nos adelanta Luis Renou en su obra El hinduismo. Al referirse al ritual tántrico dice (pag. 89) que su germen se remonta especialmente al Atharva Veda, el cual “puede considerarse un himnario pretántrico […] Entramos así de lleno en el esoterismo indio. Se ha desarrollado una semántica oculta. Privativo de los “héroes” no se da a conocer al pasú o ganado, que es el común de los fieles; la lengua propia de esos misterios se califica de crepuscular. En consecuencia, el lenguaje adquiere un poder casi ilimitado; es a la vez signo y cosa significada.”

El Atharva-Veda-Samhita, conocido también como el veda de las fórmulas o palabras mágicas, es la más moderna de las cuatro colecciones que configuran el Veda. Algunos autores, como Winternitz[2], consideran que se formó en un momento avanzado de la civilización védica-aria, cuando su invasión había alcanzado el sudeste del subcontinente indio, cuando ya se había establecido el sistema de castas y cuando ya se había iniciado la especulación filosófica característica de la época upanisádica. Pero, como el mismo Winternitz señala[3], esta compilación podría recoger una tradición de himnos cuyo origen coincidiría con el de los himnos del propio Rig-Veda (que se tiene como el más antiguo de los cuatro vedas) o incluso podrían ser mucho más antiguos.

No obstante, los himnos de iniciación del estudiante védico representan una cosmovisión claramente pre-upanisádica porque son, como veremos, manifestaciones de un logocentrismo absoluto.

El único bráhmana del Atharva-Veda (el único comentario realizado por escuelas de brahmanes “de la época”) que se ha encontrado es el Gopatha-brahmana. Yo no he considerado el contenido de este texto en la elaboración de estas notas a pesar de que según Whitney[4], el Gopatha-brahmana “cita” la ceremonia upanayana. No obstante, A. B. Keith no hace referencia alguna a este bráhmana en las páginas que dedica a la iniciación del estudiante en su  gran obra Religion and Philosophy of the Veda and the upanishads[5]. En esta obra sí se citan numerosos Grhya sutras, pero siempre relacionados con aspectos puramente rituales, no como posibles fuentes de interpretación del sentido de los himnos que nos ocupan.

Whitney, por su parte, afirma que la ceremonia upanayana no se cita ni en el Kausika Sutra ni en el Vaitana Sutra[6].

Finalmente, El Código de Manu, al igual que los Grhya sutras, sólo se ocupa de aspectos rituales.[7]

Carezco, por tanto, de una explicación -“desde dentro” de la antigua civilización védica- de los himnos que acompañan la iniciación del estudiante védico.

A esta dificultad se añaden dos advertencias:

La primera la hizo Winternitz: “Creo que se le otorga un honor excesivo a estos versos cuando se busca sabiduría profunda en ellos”.[8]

La segunda proviene de Keith, y es un consejo de precaución –de rigor en definitiva- que sirve para cualquier estudioso de la antigua literatura védica, y de cualquier literatura: “… la ingenua imaginería de los poetas no puede ser presionada para que diga más de lo que dice”. [9]

Advertidos, vamos empezar con una presión –una violencia- inevitable: la que se deriva de la traducción del védico al español[10]. Estas son las frases de los himnos del ritual upanayana que vamos a analizar, todas ellas provenientes del Libro XI.5 de la versión Sáunaka del Atharva-Veda-Samhitá:

El estudiante védico camina poniendo ambos firmamentos; en él los dioses se vuelven concordes. Él preserva tierra y cielo.

Nacido el primero de un brahmán, el estudiante védico, vestido con calor, se ha puesto en pie con ardor; de éste ha nacido el bráhmana, el brahmán más eminente y todos los dioses junto con la inmortalidad.

Al punto él marcha desde oriente hasta el lejano océano, atrapando los mundos, regulándolos constantemente.”

Por el estudio del Veda, por el ardor, los dioses repelen la muerte.

Las hierbas curativas, lo presente y lo futuro, el día y la noche, el árbol del bosque, el año junto con las estaciones, han nacido del estudiante védico.

Los animales de la tierra y los del cielo, los del bosque y los de la ciudad, los que tienen alas y los que no, han nacido del estudiante védico.

Todas y cada una de las criaturas de Prajapati llevan en su ser los alientos; a todas ellas protege el estudiante védico.

El estudiante védico es portador de un brillante brahman, en él están entretejidos todos los dioses…

¿Por qué otorgarles a estas frases el honor que Winternitz considera que no se merecen? ¿Por qué no presuponer que estamos ante una amalgama de imágenes poéticas carentes de interés filosófico?

Porque, además de que, como veremos, hay un modelo metafísico explícito en estos himnos, la iniciación del estudiante védico era un momento crucial en la existencia de personas cruciales de la civilización védica; personas que, en el caso de los brahmanes, en época del Atharva-Veda, se les denominaba dioses[11].

La upanayana era una ceremonia de muerte y de renacimiento; y esa nueva vida significaba para los varones de las tres castas superiores un acceso pleno a la sociedad védica. Por eso lo que se decía, se decía desde una especial “gravedad”, aunque en realidad todas las palabras de los cuatro vedas, desde la civilización que estos textos vertebraban, eran “graves”. Eran mucho más que “palabras-símbolo”: “nadas” corporizadas en sonidos referidas a “algos”.

Eran la estructura misma de lo existente. Eran el propio orden cósmico (rta).

Los himnos que estamos analizando parecen ser, además, los utilizados concretamente para la iniciación de los brahmanes, pues en el himno número 6 se proclama que el estudiante védico va “vestido con una piel de antílope negro”, y ese atuendo en concreto era el que se utilizaba para la iniciación de los miembros de la casta sacerdotal.

Gavin Flood podría estar apoyando esta idea cuando afirma:

Sólo se permitía a las clases de los dos veces nacidos que escucharan el Veda y, mientras en un periodo anterior, todos los dos veces nacidos podían aprenderlo, sólo los brahmanes se terminaron convirtiendo en sus guardianes (Sólo ellos lo aprendían y lo recitaban durante los rituales).[12]

El hecho de que estos himnos afectaran tan decisivamente al renacimiento de los miembros de la casta sacerdotal, convierte en improbable la hipótesis de que se tratara de meros sonidos, fórmulas mágicas, desprovistas de una respuesta satisfactoria a la idiosincrásica inquietud filosófica indoaria que les empujaba, como una condena, a buscar el sentido último -el “modelo metafísico”- de lo existente.

Cabe  la posibilidad de que los demás himnos fueran utilizados para la iniciación de los miembros de las dos otras castas superiores –ksatriyas y vaisyas-, pero en cualquier caso parece que el número seis, al menos, sería exclusivo para los brahmanes.

El modelo que “comunican” y, a la vez, son, los himnos de la ceremonia upanayana, podría describirse así:

El estudiante védico, en concreto el brahmán –no los miembros de las otras dos castas superiores- en virtud del ascetismo (tapas) que le corresponde (instalar en su mente los himnos del Veda),  se convierte en una divinidad que es, a la vez, creadora (o, mejor dicho, “constructora”), conservadora y manipuladora del cosmos; del cosmos védico. Los himnos (bráhman) –no más que sonidos en la India antigua- que componen ese ser inmaterial llamado Veda y que invade, por así decirlo, el “ser” del estudiante, serían el principio verdaderamente creador con el que se configuraría, se sostendría y se dominaría el cosmos.

El Veda es el propio cosmos védico; y no metafóricamente. Y es a la vez lo que impide que el cosmos vuelva al caos –a la “nada”- del que ha nacido.

Así, el estudiante védico, mediante el ascetismo que le es propio -el Tapas del estudio- se convertiría en el instrumento de la Creación, con todos los dioses incluidos en ella. Y es que el Veda existe –y por tanto la creación en su totalidad- si los estudiantes lo actualizan (lo  re-crean) y lo conservan. Porque el mundo es, para el Veda, lenguaje; o, dicho quizás con mayor elocuencia: el lenguaje es mundo. Más aún: el corpus lingüístico concreto que es el Veda es el Ser.

Según lo anterior, podríamos afirmar que el estudiante védico era un dios creador de dioses creadores –creador incluso del gran Prajapati[13]– pero, en rigor, sería más bien un mero instrumento creado para crear y sostener un mundo “fijo”: un mundo “prediseñado”, un mundo único latente en palabras de enorme trascendencia metafísica: palabras que, posteriormente, en época upanisádica (a partir, aproximadamente, de la mitad del primer milenio antes de Cristo), se transformarán en el Espíritu Absoluto: el neutro Brahman.

Los himnos que acompañaban la iniciación del estudiante védico, al ser “palabras védicas”, son parte del armazón metafísico del mundo, pero también, y esto es lo grandioso, “comunican” este modelo.

Hay tres conceptos fundamentales del pensamiento/sentimiento indio: tapas, veda y brahmán. Esos tres conceptos arden juntos en esta cita de la Svetaasvatara Upanisad:

“Himnos, sacrificios, votos, lo que ha sido y lo que será los Vedas lo dicen. Con eso, el que tiene el poder de la ilusión crea todo este mundo, y en él el otro (purusa) está confinado por una ilusión.” [14].

Todo cosmos, con su Física y su Metafísica (esto es, con su modelo de lo visible y de lo invisible), está lógicamente custodiado. Es una ilusión sacralizada mediante símbolos comunicables, dispuestos a inseminar conciencias. La Física y la Metafísica védica dependían -y dependen, como todas- de su memorización, de su supervivencia en forma de conexiones neuronales fijas, transmisibles, conservables durante milenios en las algas blancas del cerebro de los estudiantes védicos. Ellos –mediante el sufrimiento creativo del Tapas del estudio- se convirtieron en la caja lógica -el hábitat lógico- de una totalidad cósmica.

Hay muchas formas de sostener y de hacer comunicable un cosmos -con sus sueños, sus promesas, sus bellezas y sus horrores. Una de esas formas (una de las más bellas que conozco) se puede contemplar en el Montesacro de Orta, en Italia. Allí se construyeron veinte capillas que narrarán, eternamente, si las dejan otras narraciones, la vida de San Francisco de Asís; entretejida, esa vida, en el logos cristiano, que también querrá ser el logos total: querrá ser Poesía eterna [Véase Poesía].

La foto que vibra al comienzo de este texto fue tomada por mi amigo y alumno Jean Sourdeau. En ella se recoge la estatua de San Francisco que da la bienvenida a aquel que quiera dejarse hechizar por ese bellísimo monte/logos.

De igual manera que el universo védico quiso ser eternizado entre las algas blancas de los cerebros de los brahmanes, cabría visualizar el Montesacro de Orta como un gigantesco cerebro de rocas, de raíces como manos de gigantes, de lagartijas, de templos y estatuas: todo ello al servicio de una narración, de una Poesía, de una finitización del infinito: me refiero a la Creación cristiana (al modelo de mente cristiano, en su versión franciscana al menos).

David López

[1] Ambas versiones sólo presentan pequeñas diferencias de orden, según W.D. Withney. Atharva-Veda-Samhita, Delhi, Motilal Banarsidass Publishers. 2001.

[2] Maurice Winternitz, History of Indian Literature, Delhi, Motilal Banarsidass, 1981, pag. 113.

[3] Winternitz, op. cit .pag. 116

[4] Whitney, op. cit. pag. 636.

[5] A. B. Keith, The religion and philosophy of the Veda and Upanishads, Cambridge (Massachusetts), 1925, pags. 369 y ss.

[6] Whitney, op. cit. pag. 636.

[7] “The Laws of Manu” traducción del sánscrito al ingles de George Bühler, Sacred Books of the East, Volum. 25, capítulo II. 36 y ss.

[8] Winternitz, op. cit. pag. 145.

[9] Keith, op. cit. pag.260. Traducción del ingles de David López.

[10] Los himnos escogidos pertenecen a una traducción del profesor Eugenio R. Luján.

[11] Winternitz, op. cit. Pag.113

[12] Gavin Flood, El hinduismo, Cambridge University Press, Madrid, 1998, pag. 74.

[13] AV XI.5.7.

[14] Upanisads. Traducción del sánscrito y edición de Daniel de Palma. Madrid, Siruela, 2001, p.150.