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Las bailarinas lógicas: “Upanayana”.

 

 

Seguimos buceando por debajo del hechizante hielo del lenguaje. Para ello hay una palabra que me parece única: Upanayana.

En las dos versiones que se conservan del Atharva-Veda —la Sáunaka y la Paippalada—[1],  hay unos himnos especialmente enigmáticos que se refieren a la ceremonia de iniciación del estudiante védico (upanayana).

Estos himnos explicitan un modelo metafísico a la vez que son la realidad que ese modelo describe. Dicho con otras palabras: explicitan su propio status ontológico mientras comunican la estructura fundamental de lo que existe (del ‘universo’, si se entiende por tal la totalidad de lo existente). 

El Atharva-Veda-Samhita, conocido también como el veda de las fórmulas o palabras mágicas, es la más moderna de las cuatro colecciones que configuran el Veda. Algunos autores, como Winternitz,[2] consideran que se formó en un momento avanzado de la civilización védica-aria, cuando su invasión había alcanzado el sudeste del subcontinente indio, cuando ya se había establecido el sistema de castas y cuando ya se había iniciado la especulación filosófica característica de la época upanisádica. Pero, como el mismo Winternitz señala,[3], esta compilación podría recoger una tradición de himnos cuyo origen coincidiría con el de los himnos del propio Rig-Veda (que se tiene como el más antiguo de los cuatro vedas) o incluso podrían ser mucho más antiguos.

No obstante, los himnos de iniciación del estudiante védico representan una cosmovisión claramente pre-upanisádica porque son, como veremos, manifestaciones de un logocentrismo absoluto.

El único bráhmana del Atharva-Veda (el único comentario realizado por escuelas de brahmanes “de la época”) que se ha encontrado hasta la fecha es el Gopatha-brahmana. Yo no he considerado el contenido de este texto en la elaboración de estas notas a pesar de que, según Whitney[4], el Gopatha-brahmana “cita” la ceremonia upanayana. No obstante, A. B. Keith no hace referencia alguna a este bráhmana en las páginas que dedica a la iniciación del estudiante en su  gran obra Religion and Philosophy of the Veda and the Upanishads.[5] En esta obra sí se citan numerosos Grhya sutras, pero siempre relacionados con aspectos puramente rituales, no como posibles fuentes de interpretación del sentido de los himnos que nos ocupan.

Whitney, por su parte, afirma que la ceremonia upanayana no se cita ni en el Kausika Sutra ni en el Vaitana Sutra[6].

Finalmente, El Código de Manu, al igual que los Grhya sutras, solo se ocupa de aspectos rituales.[7]

Carezco, por tanto, de una explicación “desde dentro” de la antigua civilización védica que nos permitiera entender qué dicen los himnos que acompañan la iniciación del estudiante védico.

A esta dificultad se añaden dos advertencias:

La primera la hizo Winternitz: “Creo que se le otorga un honor excesivo a estos versos cuando se busca sabiduría profunda en ellos”.[8]

La segunda proviene de Keith. Y es un consejo de precaución, de rigor en definitiva, que sirve para cualquier estudioso de la antigua literatura védica (y de cualquier literatura): “… la ingenua imaginería de los poetas no puede ser presionada para que diga más de lo que dice”. [9]

Estas son las frases de los himnos del ritual upanayana que vamos a analizar, todas ellas provenientes del Libro XI.5 de la versión Sáunaka del Atharva-Veda-Samhitá:[10]

El estudiante védico camina poniendo ambos firmamentos; en él los dioses se vuelven concordes. Él preserva tierra y cielo.

Nacido el primero de un brahmán, el estudiante védico, vestido con calor, se ha puesto en pie con ardor; de éste ha nacido el bráhmana, el brahmán más eminente y todos los dioses junto con la inmortalidad.

Al punto él marcha desde oriente hasta el lejano océano, atrapando los mundos, regulándolos constantemente.”

Por el estudio del Veda, por el ardor, los dioses repelen la muerte.

Las hierbas curativas, lo presente y lo futuro, el día y la noche, el árbol del bosque, el año junto con las estaciones, han nacido del estudiante védico.

Los animales de la tierra y los del cielo, los del bosque y los de la ciudad, los que tienen alas y los que no, han nacido del estudiante védico.

Todas y cada una de las criaturas de Prajapati llevan en su ser los alientos; a todas ellas protege el estudiante védico.

El estudiante védico es portador de un brillante brahman, en él están entretejidos todos los dioses…

¿Por qué otorgarles a estas frases el honor que Winternitz considera que no se merecen? ¿Por qué no presuponer que estamos ante una amalgama de imágenes poéticas carentes de interés filosófico?

Porque, además de que, como veremos, hay un modelo metafísico explícito en estos himnos, la iniciación del estudiante védico era un momento crucial en la existencia de personas cruciales de la civilización védica; personas que, en el caso de los brahmanes, en época del Atharva-Veda, se les denominaba dioses. [11]

La upanayana era una ceremonia de muerte y de renacimiento. Y esa nueva vida significaba para los varones de las tres castas superiores un acceso pleno a la sociedad védica. Por eso, lo que se decía, se decía desde una especial ‘gravedad’, aunque en realidad todas las palabras de los cuatro vedas, desde la civilización que estos textos vertebraban, eran ‘graves’. Eran mucho más que palabras-símbolo: ‘nadas’ corporizadas en sonidos referidas a ‘algos’.

Eran la estructura misma de lo existente. Eran el propio orden cósmico (rta).

Los himnos que estamos analizando parecen ser, además, los utilizados concretamente para la iniciación de los brahmanes, pues en el himno número 6 se proclama que el estudiante védico va “vestido con una piel de antílope negro”, y ese atuendo en concreto era el que se utilizaba para la iniciación de los miembros de la casta sacerdotal.

Gavin Flood podría estar apoyando esta idea cuando afirma:

Solo se permitía a las clases de los dos veces nacidos que escucharan el Veda y, mientras en un periodo anterior, todos los dos veces nacidos podían aprenderlo, solo los brahmanes se terminaron convirtiendo en sus guardianes (Solo ellos lo aprendían y lo recitaban durante los rituales).[12]

El hecho de que estos himnos afectaran tan decisivamente al renacimiento de los miembros de la casta sacerdotal, convierte en improbable la hipótesis de que se tratara de meros sonidos, o fórmulas mágicas desprovistas de una respuesta satisfactoria a la idiosincrásica inquietud filosófica indoaria que les empujaba, como una condena, a buscar el sentido último -el modelo metafísico- de la totalidad.

Cabe  la posibilidad de que los demás himnos fueran utilizados para la iniciación de los miembros de las dos otras castas superiores –ksatriyas y vaisyas-, pero en cualquier caso parece que el número seis, al menos, sería exclusivo para los brahmanes.

El modelo que “comunican” y, a la vez, son, los himnos de la ceremonia upanayana, podría describirse así:

El estudiante védico, en concreto el brahmán (no los miembros de las otras dos castas superiores), en virtud del ascetismo (tapas) que le corresponde (instalar en su mente los himnos del Veda),  se convierte en una divinidad que es, a la vez, creadora (o, mejor dicho, ‘constructora’), conservadora y manipuladora del cosmos; del cosmos védico. Los himnos (bráhman) no son más que sonidos en la India antigua, pero tienen fuerza suficiente como para componer ese ser inmaterial llamado Veda e invadir,  por así decirlo, la mente entera del estudiante. Serían sonidos portadores de una sustancia capaz de configurar, sostener y hasta  dominar un cosmos. .

El Veda es el propio cosmos védico; y no metafóricamente. Y es a la vez lo que impide que el cosmos vuelva al caos –a ‘la nada’- del que ha brotado.

Así, el estudiante védico, mediante el ascetismo que le es propio -el Tapas del estudio- se convertiría en el instrumento de la Creación, con todos los dioses incluidos en ella. Y es que el Veda existe –y por tanto la creación en su totalidad- si los estudiantes lo actualizan (lo  re-crean) y lo conservan. Porque el mundo es, para el Veda, lenguaje; o, dicho quizás con mayor elocuencia: el lenguaje es mundo. Más aún: el corpus lingüístico concreto que es el Veda es el Ser.

Según lo anterior, podríamos afirmar que el estudiante védico era un dios creador de dioses creadores –creador incluso del gran Prajapati.[13] Pero, en rigor, sería más bien un mero instrumento creado para crear y sostener un mundo fijo: un mundo “prediseñado”, un mundo único latente en palabras de enorme trascendencia metafísica: palabras que, posteriormente, en época upanisádica (a partir, aproximadamente, de la mitad del primer milenio antes de Cristo), se transformarán en el Espíritu Absoluto: el neutro Brahman.

Los himnos que acompañaban la iniciación del estudiante védico, al ser palabras védicas, son parte del armazón metafísico del mundo, pero también, y esto es lo grandioso, comunican este modelo.

Hay tres conceptos fundamentales del pensamiento/sentimiento indio: tapas, veday brahmán. Esos tres conceptos arden juntos en esta cita de la Svetaasvatara Upanisad:

“Himnos, sacrificios, votos, lo que ha sido y lo que será los Vedas lo dicen. Con eso, el que tiene el poder de la ilusión crea todo este mundo, y en él el otro (purusa) está confinado por una ilusión.” [14].

Todo cosmos, con su Física y su Metafísica (esto es, con su modelo de lo visible y de lo invisible), está lógicamente custodiado: es una ilusión sacralizada mediante símbolos comunicables, dispuestos a inseminar conciencias. La Física y la Metafísica védica dependían -y dependen, como todas- de su memorización, de su supervivencia en forma de conexiones neuronales fijas, transmisibles, conservables durante milenios en las algas blancas del cerebro de los estudiantes védicos. Ellos –mediante el sufrimiento creativo del Tapas del estudio- se convirtieron en la caja lógica -el hábitat lógico- de una totalidad cósmica.

Hay muchas formas de sostener y de hacer comunicable un cosmos -con sus sueños, sus promesas, sus bellezas y sus horrores. Una de esas formas (una de las más bellas que conozco) se puede contemplar en el Montesacro de Orta, en Italia. Allí se construyeron veinte capillas que narrarán, eternamente, si las dejan otras narraciones, la vida de San Francisco de Asís; entretejida, esa vida, en el logos cristiano, que también querrá ser el logos total: querrá ser Poesía eterna [Véase Poesía].

De igual manera que el universo védico quiso ser eternizado entre las algas blancas de los cerebros de los brahmanes, cabría visualizar el Montesacro de Orta como un gigantesco cerebro de rocas, de raíces como manos de gigantes, de lagartijas, de templos y estatuas: todo ello al servicio de una narración, de una Poesía, de una finitización del infinito: me refiero a la Creación cristiana (al modelo de mente cristiano, en su versión franciscana al menos).

David López, PhD.

[1] Ambas versiones solo presentan pequeñas diferencias de orden, según W.D. Withney. Atharva-Veda-Samhita. Delhi, 2001.

[2] Maurice Winternitz, History of Indian Literature.  Delhi, 1981. P. 113.

[3] Winternitz, op. cit . P. 116

[4] Whitney, op. cit. P. 636.

[5] A. B. Keith, The religion and philosophy of the Veda and Upanishads, Cambridge (Massachusetts), 1925. PP. 369 y ss.

[6] Whitney, op. cit. P. 636.

[7] “The Laws of Manu”. Traducción del sánscrito al ingles de George Bühler. Sacred Books of the East, Volum. 25, capítulo II. PP. 36 y ss.

[8] Winternitz, op. cit. P. 145.

[9] Keith, op. cit. P. 260. Traducción del ingles de David López.

[10] Los himnos escogidos pertenecen a una traducción del profesor Eugenio R. Luján.

[11] Winternitz, op. cit. P.113

[12] Gavin Flood, El hinduismo. Madrid, 1998. P. 74.

[13] AV XI.5.7.

[14] Upanisads. Traducción del sánscrito y edición de Daniel de Palma. Madrid, 2001. P.150.

La bailarinas lógicas “Tapas” (Sufrimiento creativo).

 

 

Tapas. Una palabra, un concepto, que desencadena dentro de mi mente una excepcional fascinación filosófica. Viene del védico antiguo. Este lenguaje fue escrito en Devanagari (“la escritura de los dioses”). La belleza de su caligrafía se puede ver aquí:

नासदासीन नो सदासीत तदानीं नासीद रजो नो वयोमापरो यत |
किमावरीवः कुह कस्य शर्मन्नम्भः किमासीद गहनं गभीरम ||

Es el comienzo del famoso Himno a la Creación (10.129) del Rig Veda. Se puede encontrar en esta generosa página web:

www.sacred-texts.com

Sufrimiento. Creación. Nietzsche elevó el sufrimiento (por supuesto el sufrimiento no deseado, no buscado) a los más altos niveles de la naturaleza humana, y sacralizó a quien diera un  heroico “sí” a la vida, con todo su sufrimiento. El filósofo del martillo rindió culto a un sufriente esfuerzo artístico cuyo fin sería aumentar la potencia del hechizo estético de la vida, de la realidad única, de lo inmanente. Schopenhauer, por el contrario, dio un “no” radical a la vida, a este mundo, a este sueño/hechizo que tanto dolor nos causa; y proclamó no solo la urgencia de su completa aniquilación, sino también la posibilidad de la Creación de otro mundo, de otra realidad completa, impensable, incluso inimaginable, desde éste. [Véase aquí mi articulo sobre la metafísica de Schopenhauer, todavía en alemán].

Dolor. Sufrimiento. Creación de la realidad. Tapas

Estamos frente a un sustantivo sánscrito relacionado con el verbo tap (calentar). Recomiendo, a quienes aún no lo conozcan, este recurso de la universidad de Colonia:

https://www.sanskrit-lexicon.uni-koeln.de

Ahí encontramos estos significados para Tapas: “calor”, “los cinco fuegos a los que el devoto está sometido en la estación cálida”, “dolor”, “sufrimiento”, “austeridad religiosa”, “mortificación del cuerpo”, “el aprendizaje sagrado de los brahmanes “, “dar el alma a los brahmanes”, “servicio”, “alimentarse solo con raíces y hierbas”…

Pero un estudioso como Maurice Blomfield fue mucho más allá y, en su edición del Atharva Veda (Estrasburgo 1899, p. 87), tradujo Tapas como “fervor creativo”. 

Esta concepción de Tapas también se puede encontrar en el antes mencionado Himno de la Creación del Rig Veda, cuyo tercer verso canta así:

“La oscuridad estaba oculta por la oscuridad al principio; sin distinción, todo esto fue agua. La fuerza de vida que estaba cubierta de vacío, esa surgió a través del poder del calor.”

Para la cita anterior he utilizado la traducción y edición de parte de los himnos del Rig Veda de Wendy Donniger (Penguin, Londres 1981). Esta traductora incluye una nota en la palabra “calor” que dice lo siguiente:

“Tapas designa calor, en particular el calor generado por la actividad ritual y por la mortificación física del cuerpo” (La traducción del inglés al español es mía).

Pero resulta que nos enfrentamos a un himno que quiere explicar el misterio de que haya algo en lugar de nada: algo, además, que surge de la nada: la Creación. Y la clave parece estar en un cierto tipo de sufrimiento; o, mejor dicho, en una canalización creativa del sufrimiento extremo.

Este poder creativo del sacrificio ascético, el “calor” del ascetismo, también se muestra en otro famoso himno del Rig Veda, el Purusa-Sukta (10.90), que describe la Creación como el resultado de un violento desmembramiento del hombre primordial. Leamos su noveno verso:

“De ese sacrificio en el que se ofreció todo, nacieron los versos y los cantos, nacieron de él los metros, y de él nacieron las fórmulas”.

Parecería que el enorme sufrimiento de ese ‘proto-humano’ que fue desmembrado sería la energía fundamental de toda la Creación, incluida la palabra primigenia [Véase la introducción de este diccionario filosófico].

Ahora procedo a transmitir algunos pensamientos personales sobre el misterio del sufrimiento. (He vivido lo suficiente como para haberlo experimentado plenamente, varias veces, en su asombrosa plenitud):

1.- La realidad del sufrimiento, incluso del sufrimiento extremo, es sin duda uno de los elementos centrales de nuestra existencia. Por otro lado, cabría afirmar que la intensidad que puede alcanzar ese ‘dolor del alma’ es una de las experiencias más sorprendentes, más desconcertantes, de nuestra vida.

2.- Buena parte de los sistemas religiosos, e incluso filosóficos, son gigantescas farmacéuticas que ofrecen todo tipo de remedios contra el sufrimiento (‘el dolor del alma’). Y, en muchos casos, se medirá su ‘nivel de verdad’  en función de la eficacia que dichos sistemas tengan a la hora de diseñar sus productos (los cuales además suelen estar fabricados solo con palabras).

3. Veo dos tipos básicos de sufrimiento: el ‘protector’ y el ‘creativo’.

El ‘sufrimiento protector’ sirve para proteger, para sostener, nuestro mundo, nuestro modelo actual de existencia (por ejemplo, el dolor que nos impide realizar actos que puedan amenazar la integridad de nuestro cuerpo físico, o la estabilidad de nuestra dimensión financiera, o la supervivencia de nuestro arquetipo de familia, o la pureza de nuestro modelo de sexualidad, o la supuesta sacralidad de la bandera de nuestra nación). Los mundos y sus hechizados habitantes están protegidos por un sistema dual de placer/sufrimiento. Cualquier cosa que amenace o rompa nuestro cosmos causa sufrimiento. Pensemos en el sufrimiento (sufrimiento lógico podría llamarse) causado por los discursos que derivan de ideas políticas radicalmente diferentes de aquellas que estructuran, que sostienen, la comodidad político-ideológica del oyente.

El ‘sufrimiento creativo’, por el contrario, propiciaría la necesidad de huir de un mundo ya insoportable y crear otro, e incluso tomar algunas joyas esenciales del primero y llevarlas al nuevo. Me refiero a algo así como una emigración metafísica (no necesariamente física, o territorial) que, en su duro viaje, transporta lo que no es renunciable: un hijo, por ejemplo, o ciertos valores éticos. Este tipo de creación/migración requiere sufrimiento extremo. Pensemos en la idea de Marx de utilizar el sufrimiento extremo de las masas trabajadoras para dinamitar completamente lo que él consideraba como un sistema capitalista (y, por lo tanto, anti-humano, maligno). De hecho, el sufrimiento extremo, cuando supera ciertos umbrales, funciona como un arado (y también como una barita mágica) en el jardín infinito de nuestra conciencia. Ese sufrimiento extremo puede incluso romper los diques de contención que nos separa de ‘lo otro’. De todos modos, si, como dicen Buda o Schopenhauer, la vida es un sufrimiento extremo, podríamos afirmar que la vida es Creatividad (con mayúsculas). Creatividad ubicua y permanente. Creatividad que también presupone (necesita) destrucción, dolor. Estoy hablando de un infierno personal involuntario que, al mismo tiempo, es la fábrica de cualquier cielo, y no solo de nuestro cielo privado, sino también de un cielo que podría ser compartido.

4.- Muchos de nosotros podemos recordar esto: sufrir intensamente dentro de un sueño y, de repente, ser conscientes, desde una misteriosa y radical lucidez, de que podemos escapar de ese torturante sueño en cualquier momento. Solo con quererlo. Y de hecho lo hacemos. En realidad lo ya lo hicimos, porque de lo contrario no estaríamos leyendo este texto.

5.- Se podría decir que todos los mundos están abiertos. Es posible salir, escapar a otro Maya, o a la ‘Nada’ de la que brotan y a la que regresan todos los mundos. ¿Podemos crear mundos? Sí. Y no solo eso: podemos re-crearnos a nosotros mismos. Y parece que la fuerza decisiva para ello es un sufrimiento anterior, insoportable: una prodigiosa catapulta emocional. Una catapulta que hay que manejar con cuidado si se quiere que cause los efectos deseados. Paradójicamente, el sufrimiento extremo puede ser una oportunidad para realizar milagros supuestamente imposibles dentro del mundo que estaba protegido por el ‘sufrimiento protector’. El sufrimiento extremo (no voluntario, insistamos) puede considerarse magia pura. Eso parecen indicar los himnos a la Creación del Rig Veda a los que me he referido anteriormente.

A continuación ofrezco un enlace en el que se puede ver un fragmento de Todas las mañanas del mundo, una película dirigida por Alain Corneau. Cuenta la asombrosa historia de Saint Colombe, un músico del siglo XVII que canalizó su sufrimiento extremo (y su autodisciplina extrema) para crear una música capaz de convocar, y también de estremecer, a su esposa muerta. La música es interpretada para la película por Jordi Savall. Disfrutad en plenitud de este sublime fruto del sufrimiento creativo:

 

 

 

Las bailarinas lógicas : “Upanayana”

 

 

Seguimos buceando por debajo del hechizante hielo del lenguaje. Para ello hay una palabra que me parece única: Upanayana.

En las dos versiones que se conservan del Atharva-Veda –la Sáunaka y la Paippalada-[1]  hay unos himnos especialmente enigmáticos que se refieren a la ceremonia de iniciación del estudiante védico (upanayana).

Estos himnos explicitan un modelo metafísico a la vez que son la realidad que ese modelo describe. Dicho con otras palabras: explicitan su propio status ontológico mientras comunican la estructura fundamental de lo que existe (del ‘universo’, si se entiende por tal la totalidad de lo existente). 

El Atharva-Veda-Samhita, conocido también como el veda de las fórmulas o palabras mágicas, es la más moderna de las cuatro colecciones que configuran el Veda. Algunos autores, como Winternitz,[2] consideran que se formó en un momento avanzado de la civilización védica-aria, cuando su invasión había alcanzado el sudeste del subcontinente indio, cuando ya se había establecido el sistema de castas y cuando ya se había iniciado la especulación filosófica característica de la época upanisádica. Pero, como el mismo Winternitz señala,[3], esta compilación podría recoger una tradición de himnos cuyo origen coincidiría con el de los himnos del propio Rig-Veda (que se tiene como el más antiguo de los cuatro vedas) o incluso podrían ser mucho más antiguos.

No obstante, los himnos de iniciación del estudiante védico representan una cosmovisión claramente pre-upanisádica porque son, como veremos, manifestaciones de un logocentrismo absoluto.

El único bráhmana del Atharva-Veda (el único comentario realizado por escuelas de brahmanes “de la época”) que se ha encontrado hasta la fecha es el Gopatha-brahmana. Yo no he considerado el contenido de este texto en la elaboración de estas notas a pesar de que según Whitney[4], el Gopatha-brahmana “cita” la ceremonia upanayana. No obstante, A. B. Keith no hace referencia alguna a este bráhmana en las páginas que dedica a la iniciación del estudiante en su  gran obra Religion and Philosophy of the Veda and the upanishads.[5] En esta obra sí se citan numerosos Grhya sutras, pero siempre relacionados con aspectos puramente rituales, no como posibles fuentes de interpretación del sentido de los himnos que nos ocupan.

Whitney, por su parte, afirma que la ceremonia upanayana no se cita ni en el Kausika Sutra ni en el Vaitana Sutra[6].

Finalmente, El Código de Manu, al igual que los Grhya sutras, solo se ocupa de aspectos rituales.[7]

Carezco, por tanto, de una explicación “desde dentro” de la antigua civilización védica de los himnos que acompañan la iniciación del estudiante védico.

A esta dificultad se añaden dos advertencias:

La primera la hizo Winternitz: “Creo que se le otorga un honor excesivo a estos versos cuando se busca sabiduría profunda en ellos”.[8]

La segunda proviene de Keith, y es un consejo de precaución –de rigor en definitiva- que sirve para cualquier estudioso de la antigua literatura védica, y de cualquier literatura: “… la ingenua imaginería de los poetas no puede ser presionada para que diga más de lo que dice”. [9]

Estas son las frases de los himnos del ritual upanayana que vamos a analizar, todas ellas provenientes del Libro XI.5 de la versión Sáunaka del Atharva-Veda-Samhitá:[10]

El estudiante védico camina poniendo ambos firmamentos; en él los dioses se vuelven concordes. Él preserva tierra y cielo.

Nacido el primero de un brahmán, el estudiante védico, vestido con calor, se ha puesto en pie con ardor; de éste ha nacido el bráhmana, el brahmán más eminente y todos los dioses junto con la inmortalidad.

Al punto él marcha desde oriente hasta el lejano océano, atrapando los mundos, regulándolos constantemente.”

Por el estudio del Veda, por el ardor, los dioses repelen la muerte.

Las hierbas curativas, lo presente y lo futuro, el día y la noche, el árbol del bosque, el año junto con las estaciones, han nacido del estudiante védico.

Los animales de la tierra y los del cielo, los del bosque y los de la ciudad, los que tienen alas y los que no, han nacido del estudiante védico.

Todas y cada una de las criaturas de Prajapati llevan en su ser los alientos; a todas ellas protege el estudiante védico.

El estudiante védico es portador de un brillante brahman, en él están entretejidos todos los dioses…

¿Por qué otorgarles a estas frases el honor que Winternitz considera que no se merecen? ¿Por qué no presuponer que estamos ante una amalgama de imágenes poéticas carentes de interés filosófico?

Porque, además de que, como veremos, hay un modelo metafísico explícito en estos himnos, la iniciación del estudiante védico era un momento crucial en la existencia de personas cruciales de la civilización védica; personas que, en el caso de los brahmanes, en época del Atharva-Veda, se les denominaba dioses. [11]

La upanayana era una ceremonia de muerte y de renacimiento; y esa nueva vida significaba para los varones de las tres castas superiores un acceso pleno a la sociedad védica. Por eso, lo que se decía, se decía desde una especial ‘gravedad’, aunque en realidad todas las palabras de los cuatro vedas, desde la civilización que estos textos vertebraban, eran ‘graves’. Eran mucho más que palabras-símbolo: ‘nadas’ corporizadas en sonidos referidas a ‘algos’.

Eran la estructura misma de lo existente. Eran el propio orden cósmico (rta).

Los himnos que estamos analizando parecen ser, además, los utilizados concretamente para la iniciación de los brahmanes, pues en el himno número 6 se proclama que el estudiante védico va “vestido con una piel de antílope negro”, y ese atuendo en concreto era el que se utilizaba para la iniciación de los miembros de la casta sacerdotal.

Gavin Flood podría estar apoyando esta idea cuando afirma:

Solo se permitía a las clases de los dos veces nacidos que escucharan el Veda y, mientras en un periodo anterior, todos los dos veces nacidos podían aprenderlo, solo los brahmanes se terminaron convirtiendo en sus guardianes (Solo ellos lo aprendían y lo recitaban durante los rituales).[12]

El hecho de que estos himnos afectaran tan decisivamente al renacimiento de los miembros de la casta sacerdotal, convierte en improbable la hipótesis de que se tratara de meros sonidos, o fórmulas mágicas desprovistas de una respuesta satisfactoria a la idiosincrásica inquietud filosófica indoaria que les empujaba, como una condena, a buscar el sentido último -el modelo metafísico- de la totalidad.

Cabe  la posibilidad de que los demás himnos fueran utilizados para la iniciación de los miembros de las dos otras castas superiores –ksatriyas y vaisyas-, pero en cualquier caso parece que el número seis, al menos, sería exclusivo para los brahmanes.

El modelo que “comunican” y, a la vez, son, los himnos de la ceremonia upanayana, podría describirse así:

El estudiante védico, en concreto el brahmán –no los miembros de las otras dos castas superiores- en virtud del ascetismo (tapas) que le corresponde (instalar en su mente los himnos del Veda),  se convierte en una divinidad que es, a la vez, creadora (o, mejor dicho, ‘constructora’), conservadora y manipuladora del cosmos; del cosmos védico. Los himnos (bráhman) no son más que sonidos en la India antigua, pero tienen fuerza suficiente como para componer ese ser inmaterial llamado Veda e invadir,  por así decirlo, la mente entera del estudiante. Serían sonidos portadores de una sustancia capaz de configurar, sostener y hasta  dominar un cosmos. .

El Veda es el propio cosmos védico; y no metafóricamente. Y es a la vez lo que impide que el cosmos vuelva al caos –a ‘la nada’- del que ha brotado.

Así, el estudiante védico, mediante el ascetismo que le es propio -el Tapas del estudio- se convertiría en el instrumento de la Creación, con todos los dioses incluidos en ella. Y es que el Veda existe –y por tanto la creación en su totalidad- si los estudiantes lo actualizan (lo  re-crean) y lo conservan. Porque el mundo es, para el Veda, lenguaje; o, dicho quizás con mayor elocuencia: el lenguaje es mundo. Más aún: el corpus lingüístico concreto que es el Veda es el Ser.

Según lo anterior, podríamos afirmar que el estudiante védico era un dios creador de dioses creadores –creador incluso del gran Prajapati.[13] Pero, en rigor, sería más bien un mero instrumento creado para crear y sostener un mundo fijo: un mundo “prediseñado”, un mundo único latente en palabras de enorme trascendencia metafísica: palabras que, posteriormente, en época upanisádica (a partir, aproximadamente, de la mitad del primer milenio antes de Cristo), se transformarán en el Espíritu Absoluto: el neutro Brahman.

Los himnos que acompañaban la iniciación del estudiante védico, al ser palabras védicas, son parte del armazón metafísico del mundo, pero también, y esto es lo grandioso, comunican este modelo.

Hay tres conceptos fundamentales del pensamiento/sentimiento indio: tapas, veda y brahmán. Esos tres conceptos arden juntos en esta cita de la Svetaasvatara Upanisad:

“Himnos, sacrificios, votos, lo que ha sido y lo que será los Vedas lo dicen. Con eso, el que tiene el poder de la ilusión crea todo este mundo, y en él el otro (purusa) está confinado por una ilusión.” [14].

Todo cosmos, con su Física y su Metafísica (esto es, con su modelo de lo visible y de lo invisible), está lógicamente custodiado: es una ilusión sacralizada mediante símbolos comunicables, dispuestos a inseminar conciencias. La Física y la Metafísica védica dependían -y dependen, como todas- de su memorización, de su supervivencia en forma de conexiones neuronales fijas, transmisibles, conservables durante milenios en las algas blancas del cerebro de los estudiantes védicos. Ellos –mediante el sufrimiento creativo del Tapas del estudio- se convirtieron en la caja lógica -el hábitat lógico- de una totalidad cósmica.

Hay muchas formas de sostener y de hacer comunicable un cosmos -con sus sueños, sus promesas, sus bellezas y sus horrores. Una de esas formas (una de las más bellas que conozco) se puede contemplar en el Montesacro de Orta, en Italia. Allí se construyeron veinte capillas que narrarán, eternamente, si las dejan otras narraciones, la vida de San Francisco de Asís; entretejida, esa vida, en el logos cristiano, que también querrá ser el logos total: querrá ser Poesía eterna [Véase Poesía].

De igual manera que el universo védico quiso ser eternizado entre las algas blancas de los cerebros de los brahmanes, cabría visualizar el Montesacro de Orta como un gigantesco cerebro de rocas, de raíces como manos de gigantes, de lagartijas, de templos y estatuas: todo ello al servicio de una narración, de una Poesía, de una finitización del infinito: me refiero a la Creación cristiana (al modelo de mente cristiano, en su versión franciscana al menos).

David López

[1] Ambas versiones solo presentan pequeñas diferencias de orden, según W.D. Withney. Atharva-Veda-Samhita. Delhi, 2001.

[2] Maurice Winternitz, History of Indian Literature.  Delhi, 1981. P. 113.

[3] Winternitz, op. cit . P. 116

[4] Whitney, op. cit. P. 636.

[5] A. B. Keith, The religion and philosophy of the Veda and Upanishads, Cambridge (Massachusetts), 1925. PP. 369 y ss.

[6] Whitney, op. cit. P. 636.

[7] “The Laws of Manu”. Traducción del sánscrito al ingles de George Bühler. Sacred Books of the East, Volum. 25, capítulo II. PP. 36 y ss.

[8] Winternitz, op. cit. P. 145.

[9] Keith, op. cit. P. 260. Traducción del ingles de David López.

[10] Los himnos escogidos pertenecen a una traducción del profesor Eugenio R. Luján.

[11] Winternitz, op. cit. P.113

[12] Gavin Flood, El hinduismo. Madrid, 1998. P. 74.

[13] AV XI.5.7.

[14] Upanisads. Traducción del sánscrito y edición de Daniel de Palma. Madrid, 2001. P.150.

 

 

Las bailarinas lógicas: “Realidad”.

 

 

Realidad.

¿Qué es “lo real”? ¿Es real eso que se me presenta como mundo, como sumatorio de impactos en mis sentidos? ¿Es eso, por el contrario, puramente ilusorio? ¿Me permiten los sentidos acceder a lo real o me lo ocultan? ¿Cómo puedo salir de mis sentidos para comprobar si, efectivamente, ellos están percibiendo realidad?

¿Lo que tengo delante —la realidad sensible— es un velo que cubre la verdadera realidad? ¿Cómo puedo desgarrar ese velo? ¿Por qué existe ese velo?

¿Cómo sé que esto -este momento en el que escribo sobre lo real- no es un sueño y que no despertaré, de pronto, en otra realidad más “real” que ésta? ¿Se pueden medir los niveles de realidad?

Un íntimo amigo mío ingirió ayahuasca hace unos meses. Bajo los efectos de esa “planta” (¿diosa?) accedió a una realidad inconmensurable con la que estaba desplegada antes de la ingestión: un cosmos vegetal, vivo, poblado de misteriosos mandalas, con una diosa-planta consciente y deseosa de amar/acoger/devorar a mi amigo (como todas las diosas). Pero lo verdaderamente sorprendente para mí fue que mi amigo aseguraba que aquella realidad -aquel misterioso y tangible teocentrismo vegetal- parecía más real que ésta: más nítida, más definida, más sólida, más fiable…

La textura de lo real.

Al ocuparme de Materia [véase] conté lo siguiente:

Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real.

Y en aquella conferencia recordé la frase de Shakespeare que aparece en La Tempestad: “We are such stuff/ As dreams are made on”.

Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños. Pero… ¿de qué están hechos los sueños? ¿De qué están hechas todas las realidades?

La literatura de “ficción” ha intentado muchas veces recoger realidad. Realidad verdadera (no fantasías de pirados burgueses). Hacer como de espejo. Dentro de esos intentos cabe destacar el de Emile Zola y su naturalismo, el de los realistas (éstos espejeando, al parecer, una especie de realismo burgués) y el de eso que se llamó nuevo periodismo (Truman Capote). A mí esos textos siempre me parecieron extremadamente artificiosos, demasiado finitizados (demasiado protegidos del impacto del infinito). La imagen que aparece sobre estas líneas pertenece a una película que yo sentí hiper-realista: Mulholland Drive, de David Linch.

Creo que cabe acercarse a la bailarina “Realidad” siguiendo este orden:

1.- Posicionamientos básicos del pensamiento filosófico frente a “lo real”. La caverna de Platón. El Maya indio. Idealistas versus empiristas.

2.- Otros acercamientos filosóficos a lo real. Lo real como lo que se presenta ante la conciencia. Empiristas lógicos: la expresión “real” no tiene significado.

3.- Ontología: ciencia de lo real en cuanto real.

4.- Relación entre lenguaje y realidad.

5.- El problema de la cognoscibilidad de lo real. El dualismo implícito en la posibilidad misma del conocer.

Mis provisionalísimas ideas sobre eso de la “realidad” son las siguientes:

1.- Real será aquello que se sienta como tal desde dentro de un determinado  cosmos; esto es: lo que sienta una conciencia que respire dentro de una concreta finitización del infinito, hechizada por un Logos.

2.- Algo será real —para una conciencia finita— cuando tenga un lugar lógico: cuando pueda encontrar un hábitat en algún sistema de universales ya legitimado. Aquí la Poesía es decisiva. Y todas las teorías cientistas-materialistas (o psiquistas) que deambulan por el paradigma actual son fenómenos poéticos.

3.- Lo real es lo que se ve como tal. Lo que se siente como tal. El periodismo, en cualquiera de sus soportes —y sin mala fe necesariamente—, genera un peligroso hechizo: selecciona partes minúsculas del infinito de lo real de un día y las eleva al estatus ontológico de realidad total. Por ejemplo: una violación en Sevilla.

4.- Creo que Materia, Magia, Deseo y Realidad son lo mismo. Creo que lo que se presenta ante una conciencia finita es siempre arte: el resultado de una actividad creadora. La realidad es una obra de teatro y nosotros —como dijo Schopenhauer—somos los secretos directores de esa obra. El mundo es Maya. Sí. Pero también es sagrado. La obra de teatro en la que ahora estamos es sagrada. Por eso considero nefasta la mentira: es una falta de respeto a Maya y, sobre todo, un absurdo: no hay a quien engañar.

“Realidad”. Una bailarina lógica que vamos a ver cantando y llorando en una escena crucial de Mulholland Drive. Llorando desde la conciencia de su oniricidad (su realidad teatral) y desde su necesidad de ser amada (de ser creída/creada, convertida en un logos… un cosmos real). Al final de su canción (que no es suya, nada es suyo) veremos cómo se desmaya. Las espectadoras, que son también personajes de ficción, materia de sueños (pero materia muy sintiente), sentirán estupor: el principio de razón se ha desactivado: alguien sigue cantando desde la nada mientras se evidencia que la cantante ha dejado de cantar, que está en el suelo, como muerta. Ya no hay cosmos (orden): lo “real” muestra obscenamente —prodigiosamente— su textura mágica/artística/ teatral. Ruge el misterio (me viene a la memoria la última María Zambrano)… y accedemos al hiperrealismo. A lo serio.

David López

 

Las bailarinas lógicas/Un diccionario filosófico: “Dharma”. Notas sueltas

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Dharma. No es posible una traducción de esta palabra sánscrita. Pero cabe aproximarse al concepto que ella propone con vocablos como “ley”, “orden”, “religión”, “deber”, “justicia”, “mérito moral” o “virtud”.

Gavin Flood, en su obra El hinduismo [1], afirma que la finalidad del dharma es “producir lo que es bueno”. ¿Bueno para qué? ¿Para la creación de un cosmos? ¿Para su mantenimiento? ¿Para su destrucción? ¿Qué es lo que hay que hacer?

Una de las obras fundamentales de Lenin -y del inefable siglo XX- lleva por título ¿Qué hacer? En ella presupone, a diferencia del profeta Marx, que, si no se hacen bien las cosas, lo mismo la Historia no culmina en una sociedad comunista.

Volvamos al hinduismo. Dharma también se traduce como “camino” (similar al Tao chino): el camino que cada uno debe encontrar y debe seguir. ¿Para qué? Bueno, al parecer, para salvarse, para glorificarse, él, y el propio cosmos (Rita) que le alimenta a él, que le da sentido, que le permite ser algo, luchar por algo, soñar algo: el Dharma sería un orden divino, invulnerable, que protege a quien lo protege.

Pero, si es invulnerable, ¿para qué protegerlo?

La fotografía que he elegido para asomarme a eso que sea el dharma fue tomada en 1945. En Normandía. Corresponde al desembarco “dharmico” de un grupo de soldados. Algunos, como se ve, están ya en el agua. Sus cuerpos, temblorosos, jadeantes, cumplidores, cubiertos por ropas robotizantes y por armas lógicas, están ya sacudidos por la fría inestabilidad del océano –Anrita– y por el miedo a la muerte. A recibirla y a darla. Uno de los soldados parece que se ha quedado en la embarcación, que no se decide a ofrecer su corazón al sacerdote que está oficiando en este sangriento rito salvífico. Los ojos del soldado rezagado miran hacia sus compañeros de dharma; y también hacia un espacio metafísicamente prodigioso: una simbiosis de luz y de tinieblas donde los desgarros mutuos generan una belleza que no parece ser de este mundo. Allí están combatiendo dos ejércitos, dos custodios de dos universos no compatibles. El idioma sánscrito tiene una palabra para ese espacio moral y letal: Dharmakshetra (o Kurukshetra). Se trata de un campo donde los Paandavas luchan contra los Kauravas para reestablecer el orden divino.

El orden divino: dharma. Más bien: el ordenar, la acción ordenar que culminaría en un cosmos. Y que lo mantendría como tal. El orden divino que aquellos soldados querían reestablecer lleva nombres-dioses como “Democracia”, “Libertad”, “derechos humanos” … Se trata de un cosmos (Rita) que requiere, para su sustento, que se cumpla el dharma. Que todos sus componentes cumplan su dharma. ¿Aquellos soldados estaban siguiendo su dharma? ¿El suyo propio o el que les impuso su sociedad? ¿Hay diferencia?

Raimon Panikkar [2] afirma que el hinduismo es simplemente dharma. Y que si eso que llamamos desde fuera “hinduismo” pudiera elegir un nombre para sí mismo, el nombre elegido sería: sanaatana dharma (orden perenne).

 

Orden perenne. Eterno. Inamovible.

 

Y dice también Panikkar en el libro citado que el hombre debe conocer cuál es su propio