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Las bailarinas lógicas: “Meditación”

“Meditación”. Otra palabra, otra bailarina lógica. Otro delicioso hechizo.

Según mi propia experiencia  en la meditación se oye el silencio, y se percibe la prodigiosa inmensidad, de la sala de baile donde quieren bailar todas las bailarinas lógicas. La meditación disuelve a la diosa Vak (la Gran Diosa de la Palabra que aparece en el Rig Veda); pero la sublima a la vez al evidenciar la poderosísima nada de la que está hecha esa diosa.

Quizás las siguientes ideas ampliar mis posibilidades de acercar el lenguaje a esa enormidad que es fuente y, a la vez, muerte de cualquier lenguaje:

1.- “Meditación” es otra palabra, otra bailarina lógica, y, como tal, está construida por tejidos onírico-lógicos.

2.- Podría decirse que la meditación permite desactivar “temporalmente” un cosmos entero. Ese cosmos “hiberna” durante la meditación. Así, un creyente (viviente) en el cosmos azteca regresará a sus dioses y a su naturaleza encendida de almas. Aristóteles regresaría a su universo de esferas concéntricas. Y un físico actual  a sus super-cuerdas, a sus contradictorios cerebros en tres dimensiones y a sus agujeros negros. Cada uno regresará a su sueño sagrado y ubicará la experiencia de la meditación en las estanterías lógicas que le ofrezca ese sueño: a esa coreografía de bailarinas lógicas, si se quiere decir así.

3.- En cualquier caso es importante precisar que la meditación no dura diez minutos. Ni una hora. No tiene “duración”. Es una experiencia meta-temporal porque implica, cabría decir, una desactivación de esa maquinaria psíquica constructora de tiempo que describió Kant; entre otros. Aunque, en realidad, la meditación no es tampoco una “experiencia” ni es “humana”. Ni es, por tanto, “meditación” (como actividad que presupone un sujeto, etc.)

4.- El regreso. Algo que vengo observando desde hace años en mí y en otras personas que han meditado conmigo es que el regreso amplifica y sublima el cosmos en el que se viva. Quizás porque todo cosmos es una  burbuja transparente que, desde el silencio, permite ver el prodigio donde flota.  En cualquier caso, gracias al “regreso” el mundo recuperaría el olor a nuevo. El olor del amanecer sobre la tierra dormida. Simone Weil lo dijo así: “Sólo descreándome puedo participar en la Creación”. [Véase “Concepto“]. La meditación podría quizás ser definida como un morir y volver a nacer en el cosmos en el que se murió; pero volviéndolo a estrenar: el olor de la primerísima ilusión, del primerísimo sueño de amor.

5.- En “Máquina” [Véase] afirmo que el ser humano no fabrica máquinas, sino que vive en una máquina -una máquina sagrada- que fabrica máquinas a través de él. Todo es artificial. Todo es natural. Es lo mismo. Cabría aclarar aquí ya que la fuerza que es dirigida y controlada por esa titánica maquinaria es la nuestra propia, pero que ahí ya no somos “seres humanos”. Afirmo también con ocasión de la palabra “Máquina” que hay un interruptor “interior” para desactivar ese cosmos-máquina en el que vivimos: la Meditación. El “interruptor exterior” sería la “Gracia” [Véase].

6.- Kant hizo un enorme esfuerzo en su Crítica de la razón pura para marcar los límites de lo que podía ser conocido. Y dibujó una especie de isla -la del conocimiento humano- rodeada por un océano tempestuoso, inaccesible a la razón pero irresistible para ella. Cabría decir que en meditación saltamos a ese océano desde el último acantilado de nuestra mente -y de nuestro corazón- insulares. Y regresamos mojados. ¿De agua? No. De nosotros mismos: somos ese sobrecogedor océano que Kant consideró incognoscible. Y la isla es nuestra propia obra, fabricada con nuestras propias entrañas metafísicas.

7.- Creo que es también útil afirmar desde este cosmos que ahora nos hechiza (el cosmos desde el que yo escribo y tú lees) que el ser humano no medita. En meditación quedaría desactivado ese universal, ese sustantivo, ese autohechizo. En meditación no se es “un ser humano” [Véase], ni un “ksatriya”, ni un “obrero”, ni un “empresario”, ni una “mujer liberada”, ni un “hijo de Dios”, ni un “resultado de la evolución” ni “un lugar donde el universo se conoce a sí mismo”.  Se trata de una irrupción de lo que no tiene esencia (la nada omnipotente) en una de sus infinitas creaciones. Esta última frase es lo más que puedo decir dentro de este sueño; dentro de esta maquinaria lingüística, sagrada, pero cegadora. En meditación ya no se es un “ser humano” pero se tiene “la sensación” (si cabe hablar así) de haber vuelto por fin a uno mismo: de no haber sido nunca tan uno mismo.

8.- Desde una perspectiva materialista-panmatematista (el principio de indeterminación de Heisemberg es panmatematista) el estado de meditación sería una consecuencia necesaria de la interacción de las leyes de la naturaleza sobre la Materia de nuestro cerebro. Si es así, deberíamos sacralizar la Matemática y sus capacidades de reconfiguración de la Materia [Véase “Materia“]. Pero insisto en que la meditación implica una desactivación de los discursos, de los sueños aparentemente legaliformes: y el discurso cientista-materialista es un sueño. Un sueño muy útil, como lo son todos los sueños. Un choque entre discursos sobre la meditación se muestra en la siguiente emisión del  programa Sternstunde Philosophie de la televisión suiza (la presentadora es Barbara Bleisch): “Todos meditan. ¿Quién cambia el mundo?”.

“Alle meditieren. Wer verändert die Welt?”

9.- Al ocuparme de la palabra “Luz” [Véase] comparto la sensación de que la fuente de toda luz (incluida la fuente de la luz que describe la Física actual) es una tiniebla absoluta: no puede verse ni pensarse siquiera. Cabría decir que meditar es remontarse “luz arriba” hasta la boca del primer manantial. Y dejar de ser -aniquilarse- en Eso innombrable que trasciende el dualismo existencia/no existencia. Y, “después” (un “después” sin Tiempo), volver al arroyo, y fluir en él, sabiéndose su fuente y su final.

10. Y creo, finalmente, que desde la meditación cabe amar nuestra mente, ese lugar de prodigios, ese taller de magos, esa sala de baile para mis queridas bailarinas lógicas. Pero para amar nuestra mente hay que poder salirse de ella y contemplarla, con ternura, como el que mira, extasiado de amor, a su hijo dormido.

David López

Diccionario filosófico: “Máquina”

El próximo jueves 21 de marzo a las 18.00 horas (hora de Madrid) impartiré una conferencia on-line basada en el presente artículo. [Más información]

En las Navidades de 2009 fui a Londres con mi hija Lucía. Allí tomé las primeras notas para un futuro ensayo sobre la metafísica de las máquinas. Mi intención era, y sigue siendo, visualizar el modelo de totalidad que presupone el hecho mismo de que hablemos de “máquinas”.

Creo, además, que se acercan tiempos que van a exigir un nuevo Logos respecto de lo que ahora se presenta como un dualismo hombre-máquina: un nuevo Logos al servicio de la ilusión y de la vida; en general.

Londres. La ciudad en la que Francis Bacon soñó un edén tecnológico para el ser humano. Es Francis Bacon quien aparece retratado, con 18 años, en el cielo de este texto.

Aquel invierno de 2009 Londres estaba casi blanco. Sereno. Bellísimo. Vibrante de pasado y de futuro. También lo estaba mi querida hija, que, con sus 13 años, no paraba de tomar fotos en rincones herrumbrosos del metro, o en muros medievales en los que vibraba el musgo artificial de grafitis con talento.

Entramos en la Royal Academy of Arts. Había una exposición de esculturas de Epsein. Y allí estaba el famoso “Trípode”: una especie de ametralladora antropo-mimética que producía espanto maravillado.

Aquella noche, en casa de unos amigos, asistimos a un despliegue de tecno-magia interactiva en el universo Apple: todo artefactos amables, suaves al tacto, capaces de coordinarse entre sí para ofrecernos casi infinitos contenidos de conciencia: música, películas, Youtube… todo configurándose en una enorme pantalla casi mental que, en ocasiones, también reflejaba el fabuloso espectáculo de los tejados de Chelsea y los edificios del Támesis.

Nada que ver con el trípode de Epsein. Nada que ver con las “máquinas” hostilísimas de la triología “Matrix”.

“Máquina”.

¿Qué significado otorga la Real Academia Española a este vocablo? Reproduzco el primero de la lista:

Máquina (Del lat. machĭna, y este del gr. dórico μαχανά).

1. f. Artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza.

Estamos en Filosofía y nos tenemos que abismar en preguntas así:  ¿Qué modelo del todo es necesario sostener -y respirar- para hablar siquiera de esas determinadas partes de lo real? ¿Hacen los hombres las máquinas? ¿Cabe construir máquinas fuera de las leyes de la naturaleza? ¿Pero alguien conoce las leyes de la naturaleza? ¿Tienen “alma” las máquinas o son meramente “materiales”? ¿Y qué es la “Materia”? ¿Tiene alma la Materia?

Hace algunos años impartí cursos de Filosofía apoyándome en la trilogía “Matrix”. Fue una experiencia muy vivificante y creo que pudimos acceder a privilegiadas visualizaciones de modelos metafísicos que solo se presentan en textos generalmente abstrusos. Creo que en esos cursos también pudimos sentir que el universal “máquina” quedaba desdibujado; y que se nos abría un mundo donde todo -todo modelo de universales- parecía posible. “Free your mind”, le decía Morpheo a Neo. ¿Y qué será eso de “liberar la mente”? ¿Sacarla de las “maquinarias cósmicas” que fabrica el lenguaje?

También Francis Bacon, cuyo retrato sobrevuela estas notas, quiso liberar las “mentes”. A él se le considera el profeta de la civilización tecnológica: un edén de hombres y de materia algoritmizada al servicio de la plenitud humana: un “i-Kosmos” amable, suave al tacto, divertido, colectivista, gentil.

La idea fundamental que intentaré exponer en este texto (en este esbozo de texto) es la siguiente: vivimos (en cuanto “seres humanos”) en una máquina: vivimos en un Cósmos que se mueve, artificialmente, en función de una estructura de ideas [Véase “Idea“]. En realidad esto es lo que estaría sosteniendo el mecanicismo materialista: todo se mueve, ordenadamente, mecánicamente, según unas leyes naturales inmutables (que quizás puedan englobarse en una sola).

Pero el mecanicismo materialista no contempla que esa máquina pueda ser modificada, como por arte de magia: valdría con modificar la estructura ideológica de la maquinaria cósmica para que aflorara -como por arte de magia- otra maquinaria entera: otro universo en “nuestra” conciencia, que es donde opera toda máquina.

También sospecho que vivimos en una maquina gramatical. Vak -la diosa védica de la Palabra- sería la voz de una máquina prodigiosa; pero que cabe desactivar, simplemente, apretando -desde “dentro”- el botón de la Meditación [Véase]. Y -desde “fuera”- el de la Gracia [Véase].

Antes de ocuparme con algo más de detalle de esta intuición, creo que puede sernos útil hacer el siguiente recorrido:

1.- Aristóteles. El primer motor. El mundo entero se mueve por atracción hacia ese Dios inmóvil, bellísimo, gélido. El mundo entero es una maquinaria enamorada, movilizada por ese imán metafísico. Ineludible.

2.- Francis Bacon. La Nueva Atlántida. El ser humano, agrupado en sociedades científicas, puede crear un nuevo mundo. Pero tiene que observar la naturaleza con la mente liberada de prejuicios, de “falsos ídolos”. “Un hombre que conozca las formas puede descubrir y obtener efectos jamás conseguidos con anterioridad; efectos que las mutaciones naturales, el azar o la experiencia y laboriosidad de los hombres nunca produjeron y que tampoco habría podido prever la mente humana”. “¡Cuántas cosas son todavía posibles!” cantó Nietzsche. Bacon vio en la “Materia” (lo que no es “hombre” ni “Dios”) posibilidades de Creación casi infinitas: de Creación, ni más ni menos, de nuevas esencias: nuevas “Ideas” podríamos decir: nuevos pobladores de ese Kosmos Noetós que Platón -y Schopenhauer- creyeron inmutable.

3.- Heidegger.  La pregunta por la técnica. El técnico en realidad no hace nada, lo hace, por así decirlo, el Ser a través de él. El error estaría en admitir un dualismo que reduciría la naturaleza a “objeto”, a “rex extensa”, a cosa ahí, muerta, dispuesta a ser invadida y usada por un ser humano “externo”.

4.- Nishitani (Religion and Nothingness). Efectos del dualismo materialista-cartesiano implícito en la visión moderna de la tecnología: “[…] el hombre queda rodeado de un mundo frío y sin vida. Inevitablemente, cada ego individual pasa a ser una isla solitaria, aunque bien fortificada, flotando en un mar de materia muerta. […] la corriente de vida que fluía nutriendo las raíces del hombre y de las cosas se secó”. La cita la he sacado de esta obra: Mónica Cavallé: “La sabiduría de la no-dualidad”, Kairós, Barcelona, 2000.

5.- Juan David García Bacca. Este filósofo tiene una obra cuyo título es Elogio a la Técnica (Antrophos). En el siguiente enlace de internet se puede acceder, gratuitamente, a su obra “Ciencia, Técnica, Historia y Filosofía”:   http://www.garciabacca.com/bibliode.html. García Bacca fue un enamorado de la técnica. Y de la Poesía. Creo que es lo mismo. [Véase “Poesía” y “Materia“]. La máquina canaliza, dirige, una fuerza. La Poesía también. Y fabrica mundos enteros en nuestra conciencia.

Con las palabras construimos mundos: maquinarias que canalizan la Fuerza. ¿Qué Fuerza es esa? ¿De quién es? Es la fuerza de la Ilusión.

Voy a exponer a continuación algunas ideas sueltas, meros esbozos por el momento:

1.- Repito las intuiciones fundamentales que adelanté al comienzo de este texto: vivimos (en cuanto “seres humanos”) en una máquina: vivimos en un Cosmos que se mueve, artificialmente, en función de una estructura de ideas [Véase “Idea”]. En realidad esto es lo que estaría sosteniendo el mecanicismo materialista: todo se mueve, ordenadamente, mecánicamente, según unas leyes naturales inmutables (que quizás puedan englobarse en una sola). Pero este modelo no contempla que esa máquina pueda ser modificada, como por arte de magia: valdría con modificar la estructura ideológica de la maquinaria cósmica para que aflorara -como por arte de magia- otra maquinaria entera: otro universo. También sospecho que vivimos en una maquina gramatical. Vak -la diosa védica de la Palabra- sería la voz de una máquina prodigiosa; pero que cabe desactivar, simplemente, apretando el botón de la Meditación. O el de la Gracia. Eso ya desde “fuera”.

2.- El Hatha-Yoga es una tecnología que permite al “hombre” (por decir algo) transformar su cuerpo y su mente (y el mundo entero por tanto) en su propia máquina sagrada.

3.- Puede que el universo entero, y cualquier universo (cualquier cosmos bailando cualquier música ideológica) sean máquinas en manos de algo que quizás el vedanta denominaría Brahman: el gran soñador: el gran constructor de máquinas-Maya. Todo mundo (toda forma de finitización en el infinito de “nuestra” conciencia”) sería la canalización de una Ilusión. La Ilusión de “Dios”. O de la “Tiniebla” [Véase “Luz”].

4.- Desde el monismo metafísico -el vedanta advaita entre otros- todo lo que hay (coches incluidos) es algo así como una vibración en el alma única que lo penetra todo. Una máquina, cualquier máquina (si es que seguimos manteniendo ese universal), tendría el mismo grado de espiritualidad que el corazón de un niño y el mismo frescor natural que el pétalo de una rosa o un anillo de Saturno. ¿Podemos soportar esta visión? Yo no. Por el momento. Pero quizás haya que abrir la mente a nuevas bailarinas: nuevos hechizos para seguir viviendo (para seguir subyugados por una ilusión). No otra cosa es vivir.

5.- Hay un tipo de máquina que me fascina especialmente. Es una especie de exo-esqueleto humano que llamamos “coches”. Mi hobby más secreto es comprar revistas de coches, o contemplarlos por internet. Lo que me subyuga es su tensión estética: el hecho de que vayan modificándose sus formas, como si a través de ellos se estuviera desplegando una “evolución de las especies” filtrada, aparentemente, por el cerebro tecnológico y creativo de los seres humanos. Lo sorprendente es que esa evolución no se detiene y que lo nuevo siempre parece encontrar un misterioso beneplácito estético en la colectividad implicada en ese mercado. Vicente Verdú en su obra Capitalismo funeral se lamenta de que pudieran estar irrumpiendo coches que no serían “coches-coches”: nuevas esencias, como dijo Francis Bacon. Nuevas esencias demasiado “light”. Pero todo Génesis implica un Apocalipsis. Ese es el gran baile de Maya. La Gran Bailarina. Tormentas incesantes en el Kosmos Noetos de Platón.

En Londres, aquel invierno de 2009, los musgos de los muros y de los adoquines, las estatuas de Epsein, los edificios de Forster, las aguas del Támesis, el i-world de mis amigos, los preciosos ojos de mi hija Lucía y la tinta de mis notas construyeron, en mi conciencia, en mi pecho, una maquinaria poética que cuidaré, que puliré, mientras viva: un mundo custodiable.

Recordemos la primera definición de la palabra “Máquina” que nos ofrece la Real Academia Española:

1. f. Artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza.

Creo que en realidad, eso que llamamos mundo, es una maquina sagrada, un artificio, una Creación, que permite dirigir -aprovechar, regular- la acción de una fuerza desmesurada.

David López

Las bailarinas lógicas. “Filosofía”

Filosofía.

Estoy perdidamente enamorado de esta bailarina lógica. Desde hace más de treinta años. Y ya para siempre. Eternamente, espero.

La conocí en 1978. Yo tenía catorce años y ella varios miles. Ocurrió en el instituto Jaime Ferrán de Villalba (Madrid). A partir de entonces el mundo, y mi mente, y quizás mi corazón, iniciaron una expansión infinita. O, mejor dicho, un regreso a Inmensidades que sentí cuando era un niño de pocos años (no más de seis).

Recuerdo a dos profesores de aquel instituto, pero no sus nombres. Uno de ellos había trabajado en la ONU, tenía gafas redondas y convocó un concurso filosófico con el lema “Libertad y autoridad”. Yo me presenté con un trabajo en el que afirmé que era necesaria la autoridad porque no había libertad: que el hombre libre no necesita la autoridad. Sigo pensando lo mismo. Gané aquel concurso y sentí una enorme felicidad.

Sí recuerdo haber leído a Locke pensando el pensamiento. Y a Nietzsche gritando eso de que Dios había muerto. También recuerdo haber pasado decenas de horas virtuales en las habitaciones, y en las terrazas, y en los jardines, de la Montaña Mágica de Thomas Mann. O haberme sorprendido de que el Sidhartha de Hemann Hesse sufriera tanto con su hijo al final de la novela, a pesar de ser tan sabio, a pesar de haber vivido y pensado y aprendido tanto en aquel territorio casi imaginario cuyo nombre era  “India”. ¡La India!

Ahora, treinta y tantos años después, ese final de novela lo tengo muy presente. Ahora sé lo que se puede llegar a amar a un hijo. Ahora sé que Maya duele como nada puede doler jamás. Solo en Maya se puede sufrir. Solo en Maya se puede encontrar lo sagrado. Solo en Maya se puede amar. Dios sin Maya (sin mundo) no es nada. Es una infinita tristeza, una infinita y atroz soledad.

Este texto, y las conferencias que saldrán de él, quiero que sean un homenaje, una declaración de amor. Un agradecimiento. La Filosofía me ha proporcionado momentos que yo no creía posibles. Y desde hace algunos años tengo el privilegio de compartir esos momentos con otros cerebros y otros corazones.

Recuerdo ahora las miles de horas de soledad, normalmente rodeado por paisajes solitarios, sin espacio delimitado, sin tiempo confinado y depredado. Recuerdo haberme tumbado en el suelo, estupefacto, muchas veces, ante la contemplación de alguna Inmensidad atrapada en algún sistema filosófico: frases expandidas al máximo, palpando lo inefable, adoptando posturas yóguicas casi imposibles, para decir lo que hay. Esto. Y ofreciendo un fabuloso espectáculo estético: el lenguaje hipertrofiado, el lenguaje rugiendo dentro de sí mismo para decir Todo: serlo Todo: y hacerlo además sin quedar incinerado en el Todo.

La Filosofía: sentir la brisa que entra en la mente y en el alma y en el cuerpo cuando el lenguaje deja sitio al Infinito: cuando lo atrae con sus temblorosas manos de palabras, cuando deja huecos y transparentes los conceptos de mente y alma y cuerpo y cualquier otro, incluido el concepto de concepto.

El día en que conocí la Filosofía, en ese instituto de pueblo, gélido en invierno como el universo de Pascal, sentí que alguien muy poderoso y muy cercano había empezado a descorrer las cortinas de mi habitación; y que irrumpía en ella una mañana sin límites, un horizonte de belleza insoportable. Luego he ido descubriendo que la Filosofía es un vuelo prodigioso por los infinitos -y sagrados- modelos de finitud que pueden configurarse en eso que sea “nuestra mente”; si es que es algo distinto de la mente del propio Dios (conceptos huecos, nadas vibrando en la Nada Mágica, pero siendo capaces de ofrecer la apariencia de una existencia). Así debe ser.

Aristóteles siempre me ha impresionado con esta afirmación del comienzo de su Metafísica: “y tal ciencia [la Filosofía] puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna”.

Quizás sea la Filosofía una ciencia de Dios y sobre Dios: un autoconocimiento imposible: una angustiosa, descomunal, prodigiosa, retorsión del Ser sobre sí mismo.

En este momento la Filosofía es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría”, pero siendo consciente de que toda sabiduría es ignorancia fundamental, hechizo necesario para vibrar vitalmente en un mundo: para ser algo en algo: para disfrutar de ese misterio ontológico que denominamos, a la ligera, “vivir”. La Filosofía sería para mí, en este momento, “amor a la ignorancia”, pues toda sabiduría es ignorancia sagrada, útil, creacional.

Acabo de enunciar la idea fundamental que desarrollaré en este texto. Pero antes quisiera detenerme en los siguientes lugares:

1.- Etimología de la palabra. Del griego: amor a la sabiduría. Según Cicerón, Diógenes Laercio y Jámblico, fue Pitágoras el primero en llamarse a sí mismo “filósofo”, amante de la sabiduría. En el pensamiento/sentimiento de lo que hoy llamamos India antigua la palabra sería Dharsana: “mirada”.

2.- El Nasadiya Sukta del Rig Veda (10.129). La gran pregunta. ¿De dónde ha salido todo esto (dioses incluidos)? ¿Lo sabe alguien? ¿Lo sabe el que lo mira todo desde arriba? Quizás tampoco lo sabe.

3.- ¿La Filosofía nació en Grecia? ¿Hubo Filosofía anteriormente, en otros lugares del planeta, como Egipto, Persia, China o India? ¿Existe algo identificable como “filosofía oriental”?

4.- Los que primero filosofaron: el mito del paso del mito al logos. Esta idea, esta sensación, me acompaña desde hace muchos años. Espero desarrollarla con cierto rigor en un futuro próximo.

5.- El caso Sócrates-Platón. La filosofía como impulso erótico hacia las ideas. [Véase “Idea” y “Belleza“].

6.- Aristóteles. La Metafísica. La ciencia que estudia las primeras causas. O, mejor, en singular: la primera causa: “Dios” [Véase]. En mis cursos de Filosofía siempre, al final, terminamos hablando de ese abismo. Es ineludible porque filosofar es, básicamente, preguntarse qué demonios es todo esto: qué está pasando aquí. Pero de verdad… Y, sobre todo, qué/quién tiene el poder. ¿El poder de qué?

7.- Ibn Arabí. El estupor maravillado. Ante lo que hay. Esta barbaridad. Por favor. Deja de leer y levanta la mirada a tu alrededor. Siente el “Esto”. La “Cosa”.

8.- Schopenhauer. El mejor filósofo es el músico: es el que expresa con más precisión la esencia del mundo. Pero en la metafísica de Schopenhauer el mundo no agota la totalidad del Ser.

9.- Nietzsche. El filósofo aumenta los hechizos al servicio de la vida: no es un desvelador de verdades, sino un artista constructor de verdades. Hay fertilidad disponible para eso y para mucho más.

10.- Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Estas once conferencias impartidas por Ortega y Gasset en 1929 constituyen una obra maestra del arte filosófico. No pueden dejarse de leer. Dice Ortega, entre muchas otras cosas: “El hombre se instalaba dentro de la física y cuando esta concluía seguía el filósofo todo derecho, en una especie de movimiento de inercia, usando para explicar lo que quedaba una suerte de física extramuros. Esta física más allá de la física era la metafísica -por tanto una física fuera de sí. Pero lo dicho antes anuncia que nuestro camino es el opuesto. Hacemos que el físico -y lo mismo el matemático, o el historiador, o el artista, o el político-, al notar los límites de su oficio, retroceda al fondo de sí mismo […] No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta ésta pues, no meta-física, sino ante-física.”

11.- María Zambrano. Filosofía y Poesía. Una vez más en este diccionario filosófico. También: Algunos lugares de la Poesía.

12.- Jean-FranÇois Lyotard: Porquoi philosopher?  “Pero nos preguntábamos si sirve de algo filosofar, pues la filosofía, según su propio testimonio, no encierra historial alguno, no concluye ningún sistema y, rigurosamente hablando, no conduce a nada”. Yo recuerdo a una señora que, tras un año de curso de Filosofía, me preguntó: Entonces, ¿qué? ¿Cuál es la conclusión? Yo no supe qué contestar y me limité a compartir una sensación: hemos nadado juntos por la Inmensidad. Hemos braceado por el Infinito. Para mí, al menos, ha sido una experiencia sublime, y no sólo en sentido kantiano.

Ahora procedo a exponer ideas propias. Algunas las he expresado varias veces, incluso han dado título a cursos enteros. Son éstas:

1.- La Filosofía para mí es una experiencia extrema: la más extrema que puede soportar mi mente. A partir de ahí -de ese límite- ubico la experiencia mística: esa llama de amor viva que incinera la nave del filósofo y al filósofo mismo [Véase “Cábala”]. De eso no se puede hablar. Pero de Filosofía sí. Y cuando el lenguaje filosofa construye edificios prodigiosos. Vivificantes para nuestras ilusiones.

2.- “Modelo de totalidad”. Es un concepto que acuñé hace algunos años y que desarrollé a lo largo de un curso entero (cuarenta conferencias creo que fueron). Mi intención era detectar desde dónde -desde qué previa estructura de la totalidad- se creen que están emitiendo su Filosofía cada uno de los grandes filósofos. Y qué se creen ellos ser cuando están segregando ideas. Este concepto, esta herramienta hermenéutica, me ha sido de una gran utilidad para, en lo posible, “entrar” en la mente de los filósofos -y de los “místicos” y de los “científicos”-. No se trata tanto de entender sus propuestas o sus descripciones sistematizadoras, sino su previo hábitat físico y metafísico, tal y como sus mentes lo tienen instalado.

3.- “Obras maestras del arte filosófico”. Es el título de un curso al que dediqué también un año entero. En esa ocasión quise visualizar las propuestas de los grandes filósofos como si fueran obras de arte. Pero no solo de arte “poético”, sino, sobre todo, arquitectónico: me fascinan, además de forma creciente, esos edificios en los que se quiere apresar lo que hay: esos “sistemas” que tratan de sobrevivir, de mantenerse en pie, entre las gigantescas olas físicas y metafísicas que zarandean el Ser.

4.- “Bailarina lógica”. Es otro de los conceptos que han surgido espontáneamente de mi actividad filosófica. En él se basa este diccionario. Sugiero leer la explicaciones y las emociones que comparto [Véase Bailarina lógica].

5.- “Filosofía”. En este momento es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría” (pero desde fuera de la “sabiduría”…. no se puede amar algo desde dentro). [Véase “Concepto” y “Cosmos“]. La Filosofía la entiendo como amor a los hechizos, a los infinitos cosmizados. Amor a la vida. Y, en mi caso concreto, amor -a muerte- hacia la vida que estoy viviendo en este rincón prodigioso de la Inmensidad.

6.- La Filosofía ofrece el espectáculo de los flujos entre la Apara-Vidya y la Para-Vidya [Véase]: es un ojo misterioso que contempla lo que ocurre en el espacio infinito de la mente (por utilizar una palabra que ya presupone un modelo de totalidad).

7.- ¿Qué no es Filosofía? El pensamiento algorítmico que busca sus nutrientes en los discursos que se le van presentando. Aquí hay miedo, hambre, inseguridad: se buscan materiales para solidificar los diques de contención intra-cósmica. No se oye. No interesa ver, sino resguardarse, comer, no sufrir.

8.- Es común decir que andamos buscando, buscando la verdad, y que no la encontramos, pero que la encontraremos algún día (si seguimos subiendo no sé qué escaleras). El buscador en realidad no busca verdades, sino calma, o quizás también, en ocasiones, ilusión, antídotos contra el aburrimiento. La verdadera Filosofía, en mi opinión, se practica desde un encuentro radical y desbordante: la experiencia de la existencia. Repito lo que escribí en “Existencia” [Véase]. No se puede encontrar nada más descomunal. El lenguaje luego, aturdido, sobre-excitado, quiere atrapar lo que le tiene a él atrapado: lo que le envuelve y, a la vez, lo constituye (soy consciente de que estoy tratando al lenguaje, gramaticalmente, como si fuera una persona).

9.- Es común encontrar la palabra “Filosofía” unida a la palabra “problema”. “Problemas filosóficos”. José Ferrater Mora, en su impecable Diccionario de Filosofía, al ocuparse de esta palabra, empieza diciendo: “Entre los problemas que se plantean con respecto a la filosofía figuran […]”. Para mí la Filosofía -siempre en mayúscula- ha sido siempre un regalo, una especie de sustancia mágica, vivificadora. Sé que algunos de vosotros habéis notado, cuando practicamos la Filosofía, como si de pronto desembocara en vuestro pecho un manantial de agua fresca y como si surgieran decenas de arco iris en los horizontes de vuestra mente. Podríamos decir que la Filosofía es el mejor antídoto posible contra la claustrofobia mental, contra el enrarecimiento de la atmósfera de nuestro cerebro. Y de nuestro corazón también. Quizás sea, dicho desde el modelo de totalidad cientista-cerebralista, que la Filosofía propicia, exige, una plasticidad cerebral casi infinita. Y eso no es sino un regreso al prodigioso mundo en el que vivimos cuando éramos niños: cuando el universo no estaba casi seco, reducido.

10.- Creo que los “sistemas de verdad” que busca el buscador -esas casitas de chocolate ontológico- no solo pueden necrosear los paisajes de nuestra mente, sino que, además, niegan la libertad y la creatividad del Ser. De lo que hay. Soy consciente de que estoy emitiendo una especie de “Verdad”. Pero no tengo forma de salir del lenguaje si quiero seguir practicando la maravilla de Filosofía.

Alguna vez he confesado a algún alumno, a algún amigo, lo que siento. Ahora lo voy a hacer, digamos, públicamente. Siento una sobreabundancia de “encuentros” y una dificultad, gloriosa pero agotadora, de gestionar esos “encuentros”: de pasarlos a textos, de compartirlos con los seres a los que amo: los seres humanos: vosotros.

Muchas veces  me siento como cuando era un niño y los Reyes Magos habían llenado de tesoros el salón de mi casa. Es como si ese momento se hubiera prolongado eternamente. Y me falta tiempo -y energía- para ocuparme de tanto tesoro. A veces siento incluso cierta ansiedad. Y mucho cansancio. El Yoga es el que se encarga de custodiar mi cordura. O eso espero al menos.

Lo confieso: no sé qué hacer con tanto encuentro: con tantas imágenes prodigiosas de esa Inmensidades que nos rodean y que nos constituyen. Por eso es para mí un verdadero regalo, casi una terapia, casi un sacramento, que haya gente que quiera compartir conmigo esas Inmensidades: y que quiera llevárselas al salón de sus mentes y de sus corazones.

Por último, quiero dar las gracias a la Filosofía, a esa fabulosa bailarina lógica: me ha regalado una vida impresionante; aunque un poco dura, por trabajosa.

Y quiero daros las gracias a todos vosotros (alumnos y lectores) por acompañarme con tanto cariño, con tanta paciencia y con tanto respeto.

Gracias desde el fondo sin fondo de mi corazón.

David López

Las bailarinas lógicas: “Cábala”

Cábala. Algunos no quieren que esta bailarina lógica lleve la “C” delante y reclaman que siempre se escriba con “K”: Kábala.

En cualquier caso significa “tradición”: entrega sucesiva de un gran secreto que se cree que Dios incorporó a su Creación para ser usado por los seres humanos (en realidad para ser usado por él mismo).

Estamos ante una bailarina hebrea de mirada penetrante. Una bailarina cubierta con mil velos dispuestos a retirarse ante el sabio. Una bailarina cuyos ojos, siempre medio abiertos, siempre medio cerrados, están pintados con tierras de muchos mundos.

En el cielo de estas frases aparece el monte donde se supone que Moisés fue contactado por Dios; y donde recibió de esa omnipotencia, de esa omnicreatividad, una información decisiva. Algunos lo denominan monte Sinaí. Otros Gebel Musa (Monte Moisés). Me parece una montaña sorprendentemente bella y salvaje.

Cabría visualizar esa montaña como la parte interior de  un  usb, un enchufe, un puerto de entrada utilizado por Dios para introducir datos, manuales de instrucciones, en su Creación (en su prodigioso programa, o en su prodigioso hechizo si se quiere).

Leamos (Éxodo 3.1-6):

Apacentaba Moisés el ganado de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Llevóle un día más allá del desierto; y llegado al monte de Dios, Horeb, se le apareció el ángel de Yavé en llama de fuego de en medio de una zarza. Veía Moisés que la zarza ardía y no se consumía, y se dijo: “Voy a ver qué gran visión es ésta y por qué no se consume la zarza”. Vio Yavé que se acercaba para mirar, y le llamó de en medio de la zarza”: ¡Moisés! ¡Moisés!” Él respondió: “Heme aquí”. Yaveh le dijo: “No te acerques. Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa”, y añadió: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro, pues temía ver a Dios.

¿Por qué tenía miedo de mirar a Dios? No es ilógico pensar la posibilidad de que se pueda morir de belleza. Recodemos cuando nos hemos convulsionado, nos hemos sentido sacados del mundo, por algo extremadamente bello. ¿Qué podría pasar si la intensidad de esa belleza se elevara millones de grados, miles de millones de grados?

El caso es que Moisés recibió instrucciones para salvar al pueblo de Israel, que estaba esclavizado en Egipto. Y las siguió. Y regresó con el pueblo (salvado al menos políticamente) al pie de esa montaña “abierta”, al pie de esa especie de agujero negro con forma de monte por el que entraba Dios en su Creación.

Pero subió solo. Porque se lo ordenó su Dios, porque quizás solo Moisés era considerado capaz de soportar la brutal presencia de Dios (Éxodo 19, 21-22):

Baja y prohíbe terminantemente al pueblo que traspase el término marcado para acercarse a Yavé y ver, no vayan a perecer muchos de ellos. Que aun los sacerdotes, que son los que se acercan a Yavé, se santifiquen, no los hiera Yavé.

Poco después Moisés recibió la Ley (la Torá). Según la tradición rabínica, Dios habría transmitido a Moisés una doble Torá: la escrita (que sería exotéricamente accesible a todo el pueblo por la simple lectura de las sagradas escrituras) y la oral (la Torá secreta, solo transmisible de maestro a discípulo, digamos “upanisádicamente”). De esa tradición oral surgiría el Talmud, texto fundamental del judaísmo rabínico.

Estamos ante lo que se conoce como “esoterismo judío”. Hay quien habla también de la magia judía.

He entrado en la Cábala gracias a mi admirado amigo Álvaro Calle Gliugueri. A él le debo una introducción escueta pero luminosísima de algo que, desde hace muchos años, moviliza su generosa inteligencia y su espacioso corazón.

A mí, por el momento, me interesa sobre todo ensayar un dibujo del modelo de totalidad desde el que opera la Cábala: cómo ve esa tradición la “Caja Total”, dónde se creen que están esos sabios, cuál es el objetivo final de su sabiduría.

Lecturas recomendables: Pico de la Mirandola: Conclusiones místicas y cabalísticas. Merece ser leída la edición de Obelisco (Barcelona, 1982), a partir de la traducción de Eduardo Sierra, con introducción de Julio Peradejordi.

También deben ser leídos: Gershom Scholem,  Ben Shimon Halevi y Gerald Schroeder… Este último autor ha realizado un intento de legitimar la narración literal del Génesis  con los datos que ofrece lo que, según él, es la Ciencia actual. Yo no he realizado todavía un estudio de su propuesta, pero sí voy a ofrecer algunas reflexiones en torno a este intento de fusión de dos sistemas de verdades (este hibridismo lógico-cósmico). La página de Schroeder es ésta:  http://www.geraldschroeder.com.

Un precioso libro sobre la Cábala que cayó hace algún tiempo en mis manos es éste: Mario Satz: Árbol Verbal (Nueve notas en torno a la Kábala), Altalena, Madrid 1983. Me lo regaló, con emoción, una querida alumna cuya nombre es Paloma Marugán. En esta obra hay frases así: “La escritura es la huella del ciempiés del espíritu sobre la roca de los siglos” (p. 9). Y así: “El poder sobre el lenguaje era la meta de todo kabalista zohárico. Este poder no se traducía, no debía traducirse en un dominio sobre el otro, sino sobre uno mismo”.

A continuación ofrezco algunas imágenes y reflexiones que ha desencadenado en mí la bailarina lógica Cábala:

1.- Transparencia. Transparencias. El modelo del Ser (el modelo de totalidad) desde el que parece pensar y sentir el cabalista está construido con transparencias. Todo lo que se presenta ante el hombre -textos incluidos- sería transparente: sería una epidermis que serviría para transmitir un misterioso magma de mensajes: todo estaría hablando a través de transparencias: cualquier hecho, cualquier relación entre cosas, tendría significado, si se está lo suficientemente atento para atravesar su epidermis: su velo lógico. Pensemos en un simple cartel publicitario en la carretera. De pronto leemos en él un texto que contiene un mensaje fundamental para nuestra vida.

2.- Y transparentes serían también los textos, cualquier texto. Por ejemplo el Nuevo Testamento: según algunas escuelas cabalistas en ese texto Dios habría condensado toda la Verdad con mayúscula, y también todas las verdades con minúscula, incluidas las leyes de la Física y de la Política. Así, bastaría con retirar los velos lógicos que cubren ese texto absoluto para ser absolutamente sabio, o todo lo sabio que se puede ser desde la condición humana, que supongo que no será mucho (hay niveles de sabiduría que incineran al sabio en la hoguera del infinito).

3.- Si consideramos las conclusiones a las que he ido llegando con la palabra “Logos” [Véase], cabría decir que el sabio cabalista lo que consigue es atravesar la carne interior de su cosmos (de su “mente” si se quiere) y visualizar la estructura de ideas con que se ha construído ese cosmos: vería el programa, la arquitectura lógica, que sostiene su mundo: y esa arquitectura se presentaría en cualquier punto al que accediera su mirada, al menos su mirada “intelectual” o “mental” (que es la que es tomada por un Logos, por un” discurso de totalidad” si se quiere). Gerald Schroeder, por ejemplo, viviría en un cosmos construido, al menos, con dos sistemas de ideas (las que ofrecen sus textos sagrados y las que ofrece eso que llamamos “Ciencia”). Schroeder, cuando busque, cuando calcule, encontrará siempre ese cosmos híbrido, porque, precisamente, es el que vertebra su mirada. Lo curioso es que se intente legitimar la narración literal del Génesis con la narración literal de algunas hipótesis científicas (hipótesis que están siempre amenzazadas de vacuidad, de ser un hechizo entre hechizos, de ser, dentro de algunos años, un sueño tribal).

4.- El cabalista manejaría una especie de maquinaria de rayos x lógicos que le permitiría ver la estructura del cosmos que, precisamente, modela su mirada. Porque toda mirada humana requiere ser finitizada (cosmizada, “logificada”). Toda mirada es ciega porque es intracósmica; es decir: “intra-lógica”. Toda mirada es onírica.

5.- Dos pilares fundamentales de la cábala  son el monoteísmo (hay un Dios omnipotente y creador) y el árbol de la vida: un dibujo que representa algo así como el proceso de alejamiento y regreso a sí mismo del propio Dios. Ese árbol simbólico, tan esencial en la Cábala, se ha explicado de muy diversas maneras. Hay quien ve en él un modelo de los distintos estados de conciencia a los que puede ir accediendo el hombre hasta llegar a lo más alto de su condición (Kéter, la corona). O, dicho al reves, y de forma descendente: el árbol  de la vida de los cabalistas muestra los distintos niveles de conciencia a los que puede llegar a bajar Dios: marcaría el límite máximo de lo que ese ser es capaz de alejarse de sí mismo.

6.- Ahora quisiera compartir aquí un vértigo, una ventana extrema: ¿Y si los textos sagrados fueran de verdad sagrados? ¿Y si fueran membranas vivas, permanentemente regadas con la sangre omnipotente del Dios que los instaura en su Creación? Quiero decir: ¿Y si el texto tuviera una dimensión metafísica que se nos escapa? ¿Y si el que leyera un texto sagrado como la Biblia, o cualquier otro, sagrado o no, estuviera en contacto con un tejido metafísicamente membranoso? El cabalista vería a través de, por así decirlo, las paredes celulares de su cosmos: los textos sagrados serían lugares de entrada, y de uso, para lo que no es pensable desde aquí dentro.

7.- El árbol de la vida, desde la perspectiva de la Cábala, sería algo así como la huella que dejaría Dios en su paso por la finitud. O, mejor explicado quizás: un sistema prediseñado -un radical legaliformidad- que permitiría a lo que es infinito y metaforme vivir, vivir en un mundo: dudar, jugar, sufrir, amar transparencias: ser un ser humano.

Finalmente, cabría decir desde el monoteísmo cabalista  que el arbol de la vida es el arbol de la vida de Dios.  Y que cada hombre sería una nueva oportunidad de vida para el propio Dios. De ahí su carácter sagrado. El del hombre,quiero decir. Y de ahí el que no podamos jamás perderle el respeto.

El hombre, cada hombre, en sus diversos niveles de conciencia, sería un árbol metafísico: el árbol donde Dios consigue acceder a la vida plena, esa imponente tormenta de luces y de sombras .

David López

Las bailarinas lógicas /Un diccionario filosófico: “Arte”

Lo que aparece sobre esta frase es una fotografía de un cuadro que pintó Leonardo da Vinci y que lleva por nombre Salvator Mundi. Un avatar de Dios (Jesucristo) hecho materia por un artista que ha sido divinizado por la historia de nuestra civilización. Se dice que, al día de la fecha, es el cuadro por el que más dinero se ha pagado jamás: 450 millones de dólares. Quizás estemos ante la porción de materia más cara del universo. Un cuadro. Materia transformada por la mano humana, por el corazón humano: materia mutada dispuesta a producir estados de conciencia excepcionales a quien la observe.

Estamos ante una obra de Arte. ¿Qué es el Arte?

La Real Academia Española ofrece esta sobria definición: “Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Esta Academia ofrece otras definiciones para el arte entendido como habilidad humana, como virtud, como técnica, etc. No me voy a ocupar de ellas aquí.  Mi propósito es aproximarme a eso que sea el “Arte” desde dos perspectivas: la metafísica (la filosófica) y la puramente física (si es que sostenemos que la Física no es, en realidad, una Metafísica).

Desde la Metafísica [Véase] surgen, como mínimo, estas preguntas: ¿Qué es el Arte, qué lugar ocupa en la gran dinámica de la totalidad? ¿Cabe dibujar un modelo de totalidad en el que incluir el fenómeno del Arte? ¿Es el Arte un fenómeno crucial, una muestra privilegiada,  para acometer una profunda antropología, o una psicología si se quiere, o incluso una sociología no cegada por los límites que impone su objeto de estudio?

Desde la Física, por su parte, surgen preguntas fascinantes: ¿Cómo visualizar, desde un punto de vista radicalmente físico, o materialista, el fenómeno del Arte: la inspiración, la creación, la comunicación de lo creado, la alteración del estado de conciencia del receptor de la obra? ¿Qué es, físicamente, molecularmente, o cuánticamente, una obra de Arte como la Piedad de Miguel Ángel o la Pasión según San Mateo de Bach? ¿Cómo visualizar a la vez, matemáticamente si se quiere, al creador de la obra, a la obra misma -vibrante, voraz- y al receptor? ¿Qué le pasa a la materia -a toda la materia implicada- cuando suena la Pasión según San Mateo de Bach? O dicho más descarnadamente: ¿Qué le pasa a la materia, a mi materia, cuando yo soy tomado, físicamente, por ese ser invisible que creó Bach y que nos acecha desde la zona invisible? [Véase  aquí “Física”].

La Pasión según San Mateo de Bach no existe, no tiene un lugar concreto en el mundo de lo perceptible: es, por así decirlo, una idea, en sentido platónico, creada por un ser humano (que es otra idea), y dispuesta a dar forma a la materia: es una especie de modelo de existencia (una forma de vibración artificial pre-programada), que no tiene, paradójicamente, existencia material. Ésta será mi tesis fundamental sobre el Arte.

Creo que puede ser útil hacer las siguientes paradas por la Historia de la Filosofía:

1.- El rechazo del Arte por parte de Platón. El Demiurgo es un artesano.

2.- El Arte en el Romanticismo. La divinización del artista. Novalis: “La flor azul”.

3.- Hegel. Ofrece un soprendente placer la lectura su obra Vorlesungen über die Ästhetik [Lecciones sobre la estética]. En español hay una traducción de Manuel Granell (Espasa Calpe, Madrid, 1946).

4.- El caso de Schopenhauer. El artista copia las ideas mejor que la naturaleza; y ofrece al ser humano momentos en los que ya no sigue sometido a la tortura del deseo. La música como copia del corazón del mundo. El músico es el mejor filósofo.

5.- El caso de Nietzsche. “Sea yo el embellecedor del mundo”.

6.- Simone Weil [Véase]:   “La belleza del mundo es la sonrisa de ternura de Cristo hacia nosotros a través de la materia”

Y estas son mis ideas fundamentales sobre el Arte:

1.- El problema fundamental del fenómeno artístico es el de la creatividad y, por tanto, el de la libertad. Si la libertad individual es lógicamente insostenible [Véase “Libertad“], solo podemos pensar en un artista primordial, una omnipotencia sin esencia (Dios, Nada, lo que se quiera) actuando en las manos y en las neuronas y en los corazones de todos los artistas posibles. En la historia del Arte no se pueden apreciar momentos absolutamente creativos e innovadores: lo que se nos presenta es una especie de milimétrica evolución de especies estéticas, interpenetrándose y fecundándose ubícuamente. Cada artista se nutre del entorno, añade pequeñas modificaciones a lo que otros hicieron, siempre dentro de paradigmas en los que no puede no beber y que le beben a él mismo, con el huerto de su mente y de su alma superpoblado de semillas que traen los vientos que le rodean. Es difícil, o quizás imposible, ver creación pura. Jackson Pollock no innovó. Picasso tampoco. Ambos estuvieron sometidos a influencias que podrían ser visualizadas desde una perspectiva determinista. Pero existe, sin embargo, sorprendentemente, el fenómeno de la inspiración, de la posesión repentina, que Hegel describe con maestría. Se trata de un fenómeno que queda fuera del arbitrio humano: no se puede propiciar. No se puede alcanzar con el esfuerzo, ni con la reflexión, ni con la técnica. Cabría hablar de algo así como la “Gracia”.

2.- El cuadro de Pollock es, desde un punto de vista puramente “físico”, una porción de Materia [Véase]. Así, el comprador del Number 5 sabe que tiene, posee, retiene, una porción única del sólido del universo: un concreto recorte de ese gran tejido de átomos que, desde una perspectiva simplista pero útil, constituye el cosmos. Pero sabemos que esa solidez es solo aparente, o “exterior” (que es algo así como un velo). El Number 5 en realidad está hirviendo en esa “nada” que, a duras penas, trata de matematizar la Física actual. El Number 5 está abierto por dentro, abierto a una zona donde ya no se sabe muy bien si se puede seguir hablando de lo  físico (de lo objetivo) o de lo psíquico (subjetivo… ¿humano? ¿divino?… Nos perdemos ahí). Lo que sí parece aceptado es que los entes subatómicos que constituyen el Number 5 aparecen y desaparecen, cambian… Pero el cuadro parece seguir siendo el mismo, como si la materia que su forma sujeta fuera siempre la misma. Pero no lo es.

3.- Las reflexiones anteriores nos obligan a considerar que una obra de arte es una idea, en sentido platónico (un arquetipo, una instrucción para moldear la materia). La obra de arte sería una idea, en principio inmutable, que toma la materia para existir. Podríamos decir, en parte desde Schopenhauer, que la obra de arte es un ser vivo (permanencia de la forma con cambio de la materia). Esta perspectiva es más evidente en el caso de la música. El genio musical crea una forma de modificar la vibración natural del entorno acústico que rodea al perceptor. La obra musical no es la partitura, sino una idea, invisible, unas instrucciones de modificación de la materia. Y cada vez que esa idea se cumple, cada vez que la materia es tomada por la idea, la obra de arte toma vida: dispone por fin de existencia en el mundo fenoménico. Y puede incluso tomar la materia neuronal de un ser humano y, ahí, seguir sonando, seguir teniendo vida, en eso que sea la materia de su imaginación.

4.- El Arte, su posibilidad misma, plantea una cuestión puramente metafísica: ¿Por qué existe? ¿Qué estatus ontológico cabe otorgarle en la totalidad de lo real? Un relato válido podría ser el siguiente: hay algo que se autosuministra contenidos de conciencia desde infinitos puntos. Ese auto-suministro podría dar sentido al hecho mismo de la existencia de un mundo. El Arte, la obra de Arte, cuando consigue su objetivo, genera plenitudes, momentos en los que un sí absoluto, un sí más afirmativo que el del propio Nietzsche, retumba por todos los rincones del Ser (o de “lo que hay”, si es que la palabra “Ser” produce empacho).

5.- Desde el materialismo determinista (la Física pura y dura, que en realidad es una pura y dura Matafísica) aparece el fenómeno del Arte como algo realmente fabuloso: un grupo de átomos genera una especie de ley, o algoritmo, capaz de modificar la estructura de su entorno (pensemos en una obra musical, o en una pintura, que puede ser copiada infinitas veces). Y hay otro grupo de átomos que percibe esas alteraciones programadas de su entorno, lo cual altera a su vez su propio ser (pensemos en las subidas de ritmo cardíaco, el rapto, la pérdida del yo ante la belleza excesiva de una pintura, el sobrecogimiento quasiletal que puede producir una obra poética o una canción). La Materia, según el materialismo, genera formas de modificación de su entorno y es capaz de fabricar el glorioso estremecimiento del Arte. Es sin duda la Materia, esa divinidad a la que rinden culto los materialistas, una fascinante divinidad.

6.- Es probable que los seres humanos, al morir,  nos muramos de belleza. A menos “yo” -en el mundo- más belleza del mundo.

7.- Cabe por tanto hacer una equivalencia entre el rapto que  produce la obra de arte y la propia muerte. El síndrome de Stendhal sería quizás una convulsión ante un exceso de Creación: algo así como si a Dios, el Creador, se le hubiera ido la mano con su Creación: demasiada plenitud para los espectadores. Para sí mismo en realidad, si tenemos presente la imposibilidad de superar el monismo metafísico.

8.- Hace algunos años impartí un curso que llevó por título “Obras maestras del arte filosófico”. Creo que cabe contemplar los grandes sistemas filosóficos como obras de arte, no solo poético, sino también arquitectónico: grandiosos edificios que pretenden ser la totalidad.

9.- Ciento cuarenta millones de dólares por un cuadro. ¿Cómo es posible? Hay respuestas fáciles, consoladoras: la vanidad humana, la locura y la codicia del mercado, la idiotez de la condición humana… Sí, todo esto es sostenible. Pero me temo que hay mucho más. El comprador de una obra de arte compra la más inmediata materilización de una idea (de una idea platónica). No puede comprar lo que sacudió a Pollock y al planeta en ese momento de creación, pero sí su primera entrada en la materia. El comprador de una obra de Arte compra un estado de conciencia comunicable: el estado de conciencia de lo que para él es una divinidad: un ser humano excepcional (o con momentos excepcionales) en el que ha ocurrido un suceso único, un impulso único de transmutación de lo perceptible. La nada de la pintura y el lienzo han sido sublimadas por la intervención de un ser divino, divinizado por la leyenda, por el mercado, por el arbitrio de otras divinidades, por el hecho mismo de que alguien haya pagado millones de dólares por su obra. Y cabría decir que el artista es una divinidad porque, de forma explícita, genera contenidos de conciencia, construye Mayas (realidades falsas, que, según Nietzsche, serían las únicas verdaderas, porque estarían al servicio de la vida, esto es, del hechizo).

10.- Sobrecogimiento, catalizadores en la materia, plenitudes que casi matan. ¿De dónde sale todo esto? Es el tema de la creatividad. La magia. La omnipotencia. Nos despeñamos en la Teología y en la Mística.

Schopenhauer afirmó que la música, la música del genio, expresa directamente la esencia del mundo, lo que mueve todo lo que mueve el mundo (su íntimo corazón, por así decirlo). En el vídeo que ofrezco a continuación se podrá ver, por tanto, el mundo a corazón abierto, como tendido sobre la mesa del quirófano. Y podremos ver también una obra, una idea, encarnada, tomando la materia de un grupo de seres humanos, para ser, para tener vida. Sugiero contemplar las imágenes del video teniendo presente la idea schopenhaueriana de que en los seres vivos se produce un cambio constante de materia con mantenimiento de la forma. Quisiera que se pudiera ver ese ser vivo que es La Pasión según San Mateo de Bach tomando la materia de un grupo de seres humanos: moviendo los músculos de sus caras, sus manos, dibujando conexiones neuronales predeterminadas en la inmensidad de sus cerebros… Para mí ha sido una experiencia descomunal. Una visión maravillosa y aterradora a la vez: un ser vivo (creado por Bach) viviendo dentro de otro (una catedral, que es otra obra de arte, otra porción de materia tomada por la idea de un artista).

Os ruego que hagáis el esfuerzo de ver a esos dos seres vivos creados por el hombre. Uno dentro de otro. Es algo fabuloso.

La grabación pertenece al Brandenburg Consort.

David López

La bailarinas lógicas: “Ser humano”

 

 

Lo que aparece en la imagen es la escultura de un ser que, en 1758, se denominó a sí mismo Homo sapiens. En realidad lo hizo Carlos Linneo. Se ha dicho de este dador de nombres que fue un gran poeta sueco dedicado a la Biología. Rousseau y Goethe le veneraron. No fue Dios quien puso nombre a los animales. Ni siquiera al animal humano, que parece haberse puesto nombre a sí mismo.

Homo sapiens. Ser humano. ¿Estamos ante  bailarinas lógicas, puros símbolos, nadas que quieren ser algo en una conciencia? ¿Las conciencias son siempre “humanas”? ¿Soy yo, el que ahora escribe, un ser humano? ¿Lo eres tú, lector? ¿Qué es eso exactamente?

Antes de exponer lo que ocurre en mi mente cuando baila en ella la bailarina “Ser humano”, sugiero asomarse a las siguientes ideas, preguntas y perspectivas:

1.- El relato cientista-naturalista-evolucionista: a la materia [Véase “Materia”] en la que cree ese relato (a su universo), de pronto, en un punto concreto de su despliegue temporal, le ocurre, le brota, algo prodigioso: el ser humano. Se dice también que ese ser es un “lugar” donde el universo se contempla a sí mismo. Estado actual de esa narración:  en la primera versión de este artículo (2013) esa narración afirmaba que el primer ser humano moderno (con cuerpo y comportamiento igual al nuestro) habría aparecido en la actual Etiopía (hay restos encontrados de 195.000 años). Son los hombres de Kibish, descubiertos en 1967 por Richard Leakey.  Pero, al parecer, desde 2017 hay otro lugar en el planeta (en el universo conocido) que tiene ahora  el honor de ser nuestra primera cuna, nuestro primer brote: Jebel Irhoud, en Marruecos (315.000 años).

2.- El ser humano como secuencia genética. “El genoma humano”. ¿Cuándo empieza exactamente la materia a ser un “ser humano”? ¿Cuándo deja de serlo? ¿Es el código genético la esencia de lo humano? ¿Qué límites de diferencia, de deformidad, de alejamiento del modelo básico de “genoma humano”, son admisibles para seguir hablando de “lo humano”?

3.- El cuerpo humano. Modelos de cuerpo humano. El Hatha Yoga: el cuerpo como lanzadera espiritual. El modelo platónico: cuerpo/malo versus alma/buena). El cuerpo humano y su tensión con la sociedad… Sugiero la lectura de esta obra: Peter Brown, Body and society, Columbia University Press, Londres 1988.

4.-  Shakespeare (La Tempestad): Estamos hechos con la misma materia con la que se hacen los sueños.

5.- Biblia: Corintios 3, 16-17:  “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?  Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”.

6.- El hombre es el templo de Dios. Transcribo a continuación unas palabras de Paracelso sacadas de esta obra: Jolande Jacobi (edit): Textos esenciales. Paracelso, Siruela, Madrid 2007, p. 101. La traducción es de Carlos Fortea, y la obra cuenta con un epílogo de C. G. Jung.  “Qué maravillosamente ha sido creado y configurado el hombre, cuando se penetra en su verdadero ser […] Dios ha construido su cielo en el hombre, hermoso y grande, noble y bueno; porque Dios está en su cielo, es decir, en el hombre. Él mismo dice que Él está en nosotros, y nosotros somos su templo”.

7.- Kant. Somos ciudadanos de dos mundos. Uno de ellos es accesible al conocimiento humano El otro no lo es. Y estamos destinados a volar hacia el infinito. Hacia la Filosofía. No lo podemos evitar.

8.- Otra lectura que considero ineludible: Max Scheler: Die Stellung des Menschen im Kosmos, que creo que debería traducirse como La posición del hombre en el cosmos.

9.- Estructuralistas franceses. El fin del hombre. Todo es estructura meta-humana. [Véase Levy-Strauss].

10.- Humanismo político. Sacralización del ser humano. Construcción y custodia de sistemas políticos basados en el carácter sagrado del ser humano individual. Declaración universal de los derechos humanos. ¿Pero qué ocurre si ya no es claramente identificable un ser humano? Sugiero la lectura de este libro de Francis Fukuyama [Véase aquí]: El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica, Ediciones B, 2002. La sacralización del ser humano (por el ser humano).  Sugiero también esta lectura: Adela Cortina, Las fronteras de la persona, Taurus, Madrid 2009. Sobre esta obra hice una crítica que se puede leer [aquí].

11- Creo también que deben ser leídos estos dos libros de Yuval Noah Harari: 1.- Sapiens: De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad (Debate, 2014). 2.- Homo Deus: Breve historia del mañana  (Debate, 2016).

12.- Pero, ¿qué dice la Ley? ¿Cómo hay que ser para ser un “Ser humano” y, por tanto, ser la pieza clave de todo el ordenamiento jurídico? El artículo 30 del Código Civil español, tras la reforma del 201, dice tan solo lo siguiente:

“La personalidad se adquiere en el momento del nacimiento con vida, una vez producido el entero desprendimiento del seno materno”.

Antes de dicha reforma el citado artículo expresaba lo siguiente:

“Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno”.

¿Ya no es necesaria la “forma humana”? ¿Cómo sería dicha forma? ¿Valdría ser un cerebro en una vasija? ¿Medio cerebro? ¿Qué valdría?

Comparto ahora algunas reflexiones personales sobre ese templo a que se refería Paracelso:

1.- Dijo Michel Foucault [Véase] que no son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres. Vak dijo algo similar -hace más de tres mil años- en el himno del Rig Veda que inspira mis bailarinas lógicas.

2.- “Ser humano” es una palabra. No somos seres humanos. La Poesía [véase] -el grupo de bailarinas lógicas que hayan conseguido sobrevivir en “nuestra” mente- nos hace vernos como seres humanos. O no. Una cosa es nuestro yo esencial (“metalógico”), y otra nuestro yo “lógico”: lo que vemos de nosotros mismos a través del filtro lingüístico-poético. Pero, ¿de qué abismo innombrable surge ese poetizar que toma nuestra mirada… ese poetizar que nos hace vernos como “seres humanos”?

3.- Como afirmé en Progreso [Véase] creo que lo “humano” no exige una forma concreta -ni siquiera un genoma concreto-, sino una esencia, digamos, metafísica (por no reducirse a las formas de lo físico): filósofos capaces de amar (y de soñar y hacer soñar)… incluso adoptando la forma de centauros, o de nubes, o de lagos perdidos, nunca visitados, pero llenos de mágicos seres. No ofrezco una definición. Se trata de una sugerencia de creatividad, de poetización, de hechizo, de identificación. Lo que somos, más allá de las poesías, es inefable.

4.- Podríamos decir, desde las metáforas, siempre desde las metáforas, que somos una sombra: algo innombrable, impensable, imperceptible, que (creativamente) sueña mundos: que sueña seres humanos. Y que se identifica con ellos. Y se religa con ellos [Véase Religión]. O no se religa. El sistema Samkya de la filosofía india: saber que no se es lo fenoménico (lo que se presenta como objetivo, la “materia”).

5.- No somos los productos de nuestra imaginación. Pero quizás sea más fascinante creer que lo somos.

En cualquier caso yo amo a lo seres humanos, a esas misteriosas creaciones. Y no lo puedo evitar además.

David López

 
 

Las bailarinas lógicas: “Realidad”

Realidad.

¿Qué es “lo real”? ¿Es real eso que se me presenta como mundo, como sumatorio de impactos en mis sentidos? ¿Es eso, por el contrario, puramente ilusorio? ¿Me permiten los sentidos acceder a lo real o me lo ocultan? ¿Cómo puedo salir de mis sentidos para comprobar si, efectivamente, ellos están percibiendo realidad?

¿Lo que tengo delante -la realidad sensible- es un velo que cubre la verdadera realidad? ¿Cómo puedo desgarrar ese velo? ¿Por qué existe ese velo?

¿Cómo sé que esto -este momento en el que escribo sobre lo real- no es un sueño y que no despertaré, de pronto, en otra realidad más “real” que ésta? ¿Se pueden medir los niveles de realidad?

Un íntimo amigo mío ingirió ayahuasca hace unos meses. Bajo los efectos de esa “planta” (¿diosa?) accedió a una realidad inconmensurable con la que estaba desplegada antes de la ingestión: un cosmos vegetal, vivo, poblado de misteriosos mandalas, con una diosa-planta consciente y deseosa de amar/acoger/devorar a mi amigo (como todas las diosas). Pero lo verdaderamente sorprendente para mí fue que mi amigo aseguraba que aquella realidad -aquel misterioso y tangible teocentrismo vegetal- parecía más real que ésta: más nítida, más definida, más sólida, más fiable…

La textura de lo real.

Al ocuparme de Materia [véase] conté lo siguiente:

Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real.

Y en aquella conferencia recordé la frase de Shakespeare que aparece en La Tempestad: “We are such stuff/ As dreams are made on”.

Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños. Pero… ¿de qué están hechos los sueños? ¿De qué están hechas todas las realidades?

La literatura de “ficción” ha intentado muchas veces recoger realidad. Realidad verdadera (no fantasías de pirados burgueses). Hacer como de espejo. Dentro de esos intentos cabe destacar el de Emile Zola y su naturalismo, el de los realistas (éstos espejeando, al parecer, una especie de realismo burgués) y el de eso que se llamó nuevo periodismo (Truman Capote). A mí esos textos siempre me parecieron extramadamente artificiosos, demasiado finitizados (demasiado protegidos del impacto del infinito). La imagen que aparece sobre estas líneas pertenece a una película que yo sentí hiper-realista: Mulholland Drive, de David Linch.

Creo que cabe acercarse a la bailarina “Realidad” siguiendo este orden:

1.- Posicionamientos básicos del pensamiento filosófico frente a “lo real”. La caverna de Platón. El Maya indio. Idealistas versus empiristas.

2.- Otros acercamientos filosóficos a lo real. Lo real como lo que se presenta ante la conciencia. Empiristas lógicos: la expresión “real” no tiene significado.

3.- Ontología: ciencia de lo real en cuanto real.

4.- Relación entre lenguaje y realidad.

5.- El problema de la cognoscibilidad de lo real. El dualismo inplícito en la posibilidad misma del conocer.

Mis provisionalísimas ideas sobre eso de la “realidad” son las siguientes:

1.- Real será aquello que se sienta como tal desde dentro de un determinado Cosmos; esto es: lo que sienta una conciencia que respire dentro de una concreta finitización del infinito, hechizada por un Logos.

2.- Algo será real -para una conciencia finita- cuando tenga un lugar lógico: cuando pueda encontrar un hábitat en algún sistema de universales ya legitimado. Aquí la Poesía es decisiva. Y todas las teorías cientistas-materialistas (o psiquistas) que deambulan por el paradigma actual son fenómenos poéticos.

3.- Lo real es lo que se ve como tal. Lo que se siente como tal. El periodismo, en cualquiera de sus soportes -y sin mala fe necesariamente-, genera un peligroso hechizo: selecciona partes minúsculas del infinto de lo real de un día y las eleva al estatus ontológico de realidad total. Por ejemplo: una violación en Sevilla.

4.- Creo que Materia, Magia, Deseo y Realidad son lo mismo. Creo que lo que se presenta ante una conciencia finita es siempre arte: el resultado de una actividad creadora. La realidad es una obra de teatro y nosotros -como dijo Schopenhauer- somos los secretos directores de esa obra. El mundo es Maya. Sí. Pero también es sagrado. La obra de teatro en la que ahora estamos es sagrada. Por eso considero nefasta la mentira: es una falta de respeto a Maya y, sobre todo, un absurdo: no hay a quien engañar.

“Realidad”. Una bailarina lógica que vamos a ver cantando y llorando en una escena crucial de Mulholland Drive. Llorando desde la conciencia de su oniricidad (su realidad teatral) y desde su necesidad de ser amada (de ser creída/creada, convertida en un logos… un cosmos real). Al final de su canción (que no es suya, nada es suyo) veremos cómo se desmaya. Las espectadoras, que son también personajes de ficción, materia de sueños (pero materia muy sintiente), sentirán estupor: el principio de razón se ha desactivado: alguien sigue cantando desde la nada mientras se evidencia que la cantante ha dejado de cantar, que está en el suelo, como muerta. Ya no hay cosmos (orden): lo “real” muestra obscenamente -prodigiosamente- su textura mágica/artística/ teatral. Ruge el misterio (me viene a la memoria la última María Zambrano)… y accedemos al hiperrealismo. A lo serio.

Éste es el enlace a ese momento fabuloso de la historia del cine:

David López

Las bailarinas lógicas: “Progreso”

“Progreso”. Otra bailarina lógica dispuesta a hacernos creer que hay algo real simbolizado por ella.

En la imagen que sobrevuela estas frases se ve a un centauro salido de la imaginación del pintor John La Farge. A una centaura en realidad. Es muy probable que algún día veamos a esos seres galopando y charlando y pensando por nuestros parques. Y que alguien bostece a su paso (eso que sea el ser humano tiene una capacidad infinita para rutinizar prodigios) [Véase “Ser humano”]. También imagino a alguien bostezando, devorado por lo prosaico, en una casa de cristal construida en un anillo de Saturno.

Progreso. Una asociación mental casi mecánica nos lleva a reflexionar sobre el progreso “tecnológico” o “científico”. ¿Hasta dónde puede llegar esa magia baconiana? ¿Qué nuevas esencias -en sentido aristotélico- vamos a ser capaces de crear con la materia que nos es dada? [Véase “Materia”].

Otro progreso: el de las sociedades humanas (países desarrollados/no desarrollados). ¿Cómo se mide eso? ¿Está más desarrollado un alto ejecutivo de Google que un cazador-recolector del paleolítico? ¿Por qué? ¿De qué se trata con todo eso del “desarrollarse”? ¿Hacia qué vamos?

Y otro: el progreso personal. ¿Hacia dónde debe progresar el ser humano para alcanzar su plenitud? ¿Cabe progreso personal en una sociedad sin progreso?

Se supone que creer en el progreso es creer en que puede aumentar -progresivamente- el número de personas felices en la Humanidad. Y también, la profundidad y la “calidad” de esa felicidad. Pero, ¿es buena tanta felicidad? ¿O es que hay algo mejor que la felicidad? Quizás sí: la libertad, la creatividad, la admiración, el estupor maravillado ante el baile de Maya.

Pero, en cualquier caso: ¿Qué es lo que progresa en el progresar humano (en previsión de que en algún momento ya no podamos seguir sosteniendo el universal “humano”)? ¿Cabe hablar de un progreso en Dios? Sí. Escoto Erígena, entre muchos otros pensadores, imaginó -sintió quizás- la posibilidad de que Dios recorriera una especie de odisea metafísica hasta llegar a su plenitud.

¿Hay opción para no progresar? ¿Hay opción para regresar a modelos de sociedad y de moralidad como, por ejemplo, los que parecen ofrecer los textos clásicos de la Grecia Antigua? Me refiero en concreto a las propuestas de Sócrates sobre que encontramos en el Critón de Platón: el respeto a las leyes, y el esfuerzo constante por mejorarlas, por ponerlas a la altura del ser humano. ¿Qué altura es esa?

Ofrezco a continuación algunos esbozos de mis ideas sobre eso que haya detras de la bailarina “Progreso”:

1.- La gran pregunta es si el ser humano puede o no intervenir en las cadenas causales que, según los materialistas, mueven todo. Si no hay libertad, lo más que cabe esperar es que esas cadenas deterministas nos ofrezcan momentos de felicidad creciente para un número creciente personas y de sociedades (el presupuesto básico del progreso humano).

2.- Tanto los feligreses del progresismo (todo lo pasado fue peor y lo nuevo -lo “moderno”- es bueno de por sí), como los que anhelan la restauración, o la conservación, de ideales pretéritos (como sería el caso de Leo Strauss), se mueven hacia algo: hay una Idea [Véase] que imanta su acción y su corazón. Avanzan hacia algo. Y ese algo es un constructo poético [Véase Poesía]. Las disputas políticas son disputas poéticas. Ganará -moverá más mentes y cuerpos- el político que ofrezca más posibilidades de soñar, de ilusionarse.

3.- Se progresa o no hacia algo: hacia una idea de hombre y de sociedad -de cosmos en realidad-. Una idea previamente encarnada en nuestra mente por obra de algún poderoso Verbo (humano o no humano).  Cabría decir -con Platón- que todo se mueve arrastrado por amor hacia una Idea. Progresar sería reconfigurar lo real para acercarlo a lo ideal (a un mito, a un constructo poético necesitado de materia, de realidad).

4.- El progreso presupone Tiempo. Si, con Kant, y no solo con él, negamos la existencia del Tiempo más allá de eso que sea la psique humana, nos vemos obligados a hablar de algo así como un progreso (cambios sucesivos hacia plenitudes) en nuestra conciencia: en nuestras propias secreciones mentales. Así, la sociedad, el cosmos entero, progresarían dentro de nosotros. ¡Qué lugar prodigioso somos! Aunque no sepamos en realidad lo que somos…

5.- El progreso también presupone carencia previa; esto es: la descripción de un estado de pre-plenitud. ¿Cuál es el cielo de la Ciencia?  (por cierto: el cielo, como el infierno, es un lugar donde ya no hay esperanza). ¿Qué cielo espera alcanzar la mágica ciencia de Francis Bacon, esa magia de la que se dice que sí funciona de verdad? De pronto imagino algo así como una red de magos sin materia condicionada (natura naturata), creando, siendo lo que quieran ser en cualquier universo posible, e imposible. Felices, si quieren. O infelices. ¿Es esa una sociedad absolutamente tecnológica y libre? ¿No será eso lo que está ya pasando detrás del velo de lo fenoménico?

6.- ¿Y si ya se hubiera progresado del todo? ¿Y si la iluminación consistiera en sentir/saber que ya se tiene la plenitud absoluta? ¿Hay algo más que pueda ofrece el progreso científico y político de lo que ya se siente en un estado de meditación profunda? Quizás sí: el Arte; y amar a “lo  otro” (aunque sea un hechizo de Maya). Me refiero a los niños, a la Naturaleza… a los cuerpos y los corazones de otros seres humanos, y también de otros seres no humanos: amar la vida en definitiva: amar a Maya. Al precio que sea, como diría Nietzsche.

7.- Recuperándonos del abismo meta-filosófico de la Mística, ya con los pies en la sólida tierra de Maya, cabría preguntarse por el tipo de sociedad, por la idea de belleza social, a la que debemos tender (y que debemos plantar en el precioso huerto del alma de nuestros hijos). Aristóteles pensó que el ser humano se actualiza en cuento tal -alcanza su plenitud esencial- cuando filosofa.

8.- Quizás cabría medir el progreso de una sociedad por el brillo de los ojos de sus miembros. Yo he visto un brillo muy especial -sublime realmente- en los ojos de las personas que practican la Filosofía; la Filosofía radical: esa que se atreve a mirar y a pensar – y a amar incluso- la inmensidad que somos y que nos envuelve. También veo eso brillo en los niños. No en todos, desgraciadamente. Bochornosamente. No hay progreso posible que no considere prioritaria la risa y la ilusión de los niños.

Sentido del humor y sentido del amor.

Creo que hay que apostar por una sociedad de filósofos; de filósofos capaces de amar (y de reír y de soñar y hacer soñar); que sería como decir que  hay que apostar por una sociedad de seres humanos plenos. Aunque quizás esa plenitud lleve implícita la posibilidad de autoconfigurar su cuerpo -su parte visible- y convertirse en un centauro: un centauro-filósofo capaz de galopar, con los ojos encendidos de Metafísica, por un prado infinito.

Si ese futuro centauro (on centaura) es capaz de filosofar, de amar y de soñar (y de hacer soñar)…  llevara entonces a un ser humano dentro: será un ser humano. Si no, ya sí habrá ocurrido el fin del hombre.

David López

La bailarinas lógicas: “Idea”

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“Idea” es una palabra que procede del vocablo griego Eidos y cuya traducción al español es “visión”.

José Ferrater Mora, en su bello y gélido Diccionario de Filosofía, destaca tres modos de considerar la “idea”: 1) como equivalente a concepto; 2) como entidad mental;  y 3) como cierta realidad. Es este último modo el que voy a desarrollar en este texto.

Un sinónimo de “idea” es “arquetipo”. Fue muy utilizado por el neoplatonismo y por el cristianismo que se enraizó en esa corriente filosófica. Platón habla de un demiurgo –un artesano, un simple artesano- que hace el mundo a partir de unos arquetipos que no son suyos. Y lo hace además de forma chapucera. No hay por tanto, en el modelo de totalidad platónico, creación en sentido estricto, sino simple labor artesanal, mecánica… y hasta fraudulenta.

¿De dónde provienen esos arquetipos? ¿Están ahí, eternos, inmutables? ¿Podemos crearlos? Pensemos en la idea de igualdad, o de átomo, o de galaxia, o de estrella, o de agujero negro, o de nube, o de labios de mujer… o de ipod, o de capitalismo.

¿Conocemos las ideas o a través de las ideas? Eidos significa “visión“. ¿Son las ideas una forma de ver? ¿De ver qué?

En la imagen que hay sobre estas líneas vemos al demiurgo de Matrix hablando con una de sus criaturas (un ser humano que se creyó único y que, sin embargo, como muestran los monitores que rellenan las paredes, es una copia contingente de un modelo artificial). Ese demiurgo (“el arquitecto”) está en la película al servicio de algo que le supera, que no entiende, algo que en esa filosófica trilogía lleva por nombre “las máquinas”.

Cualquier artista humano lucha por materializar una idea, una imagen de lo real, un arquetipo; que le viene. Que le viene de un lugar extraño. Extraño porque no se sabe muy bien si es interior o exterior al yo del artista.

Es la inspiración: el ser asaltado de pronto por un argumento, por un color, por una melodía, por un sistema filosófico, por una nueva forma de encadenar los acontecimientos históricos, por una nueva forma de mirar y de amar a una hija.

¿De dónde vienen esas ideas?

¿Por qué siente tanto placer un artista cuando consigue hacer real –eficaz- una idea? Esa idea, una vez inoculada en las prodigiosas algas que yo he llamado “Humanidad”, formarán ya parte de su sabia, de las energías interiores que fluyen entre las mentes, los cuerpos y los corazones que están en red; aunque no quieran.

Veo las ideas como arquetipos a disposición de todos los demiurgos en red que componen la Humanidad. Pertenecemos a una red de magos. También cabe llamarlos demiurgos, en sentido platónico: recibimos una gran lluvia de arquetipos y, en virtud de ellos, configuramos nuestro cosmos (nuestro orden en el infinito). La suma de todos nuestros arquetipos –el armazón desnudo de todas nuestras ideas – sería la idea de belleza; lo bello absoluto: eso a lo que tiende cada uno de nuestros movimientos artesanales.

Platón hizo referencia a la idea de belleza como la cúspide de una ascensión por niveles de belleza crecientes. ¿Sería eso nuestro paraíso?

Sugiero ahora considerar el siguiente esquema en la historia del pensamiento sobre las ideas:

1.- Platón y la jerarquía de las ideas. ¿Cuál es la idea suprema, la más capaz de unificar lo que se presenta como múltiple?

2.- Berkeley: las ideas las coloca Dios en la mente humana.

3.- Kant: tres ideas para seguir caminando hacia el infinito: alma, mundo y Dios.

4.- El empirismo norteamericano: William James: la idea –la verdad- es lo que mueve. Lo que tiene fuerza. ¿Fuerza para qué? ¿Para vivir? ¿Para seguir ilusionados? Creo que sí.

Esta es mi visión actual sobre eso que sean “las ideas” (mi idea sobre las ideas):

1.- Eso que llamamos “ser humano” [Véase aquí] es una máscara que esconde en realidad a un Demiurgo –un mago, un dios menor, menor al menos en este nivel de conciencia en el que ahora ocurren mis frases. Por eso el ser humano, en cuanto Demiurgo, está siempre necesitado de ideas, de arquetipos con los que configurar su mundo (su nada en realidad). Estaríamos ante las ideologías, pero en sentido muy amplio, como “logos de ideas”: paquetes de arquetipos entrelazados: me imagino todo el conjunto de arquetipos que permiten autodenominarse y autocosmizarse como “de derechas” o “de izquierdas” o “apolítico” o “animal racional”.

2.- Todo el obrar humano (el obrar, no el contemplar) se reduce construir, conservar o destruir mundos o trozos de mundos. Desde una cierta teología hindú se podría decir que somos Ishvara: un Dios menor que es, a la vez, Brahma (constructor de mundos), Vishnú (conservador de mundos) y Shiva (destructor de mundos). Los tres en armonía. Los tres sagrados.

3.- Como demiurgos recibimos arquetipos, ideas, y actuamos en virtud de ellos. También podríamos decir que el ser humano es un jardinero-hortelano: cultiva lo que le interesa, lo que necesita, pero también custodia simples formas por su belleza, por su capacidad de representar arquetipos. Y ese jardinero-hortelano puede llegar a sufrir desgarradoramente cuando su jardín (su mundo) se aleja en exceso de los arquetipos que le movilizan. ¿Que le esclavizan?

4.- ¿Cuál es el origen de esos modelos? Desde un punto de vista muy cerebralista/materialista podría decirse que, de pronto, por azar, en una masa encefálica de las muchas que están formando el alga-Humanidad tiene lugar un nuevo circuito de conexiones neuronales. Será una “buena idea”, una idea contagiosa, expandible por el interior de las algas, si es fértil. ¿Fértil para qué? Pues para seguir “viviendo”, estando aquí: soñando en definitiva. Una buena idea sería la que aumenta la belleza de un cosmos (la que corresponda a ese cosmos en concreto). Imaginemos el cosmos punk de Sid Vicious: una buena idea es mutilar el propio cuerpo con una cuchilla de afeitar.  Una buena idea sería por tanto la que optimizara los hechizos de Maya (esa bailarina que nos convence de que es mejor vivir que no vivir en un determinado sueño). En el caso de Sid Vicius el ideal de belleza, según sus declaraciones, consistía en estar enterrado, sin vida, bajo tierra. Un arquetipo más.

5.- Creo que las ideas provienen de nuestras profundidades. Creo que somos dioses autohechizados. Autohechizados con nuestra propia imaginación… que se origina “donde” no puede hablarse de pluralidad (donde no hay espacio ni tiempo ni causalidad). Solo “ahí” dejamos de ser artesanos. Solo ahí somos creadores de verdad.

Schopenhauer afirmó que la contemplación, sin deseo, de las ideas objetivadas en el espectáculo del mundo proporcionaba un adelanto (mínimo en intensidad y brevísimo en el tiempo) del placer que nos espera cuando no tengamos –no seamos- este ansioso yo, este espantoso mundo. La obra del genio artístico, según la filosofía de Schopenhauer, tendría una función casi salvífica; o al menos propedéutica: permitiría imaginar la gloria eterna que nos aguarda.

Pienso que quizás morir -en el sentido de ir perdiendo ese yo que muere- sea morir de belleza (abrasarse en la belleza): algo así como elevar miles de grados el fuego blanco del placer que produce contemplar algo que nos parezca excepcionalmente bello. Y quizás quepa morirse en parte y acceder a otro mundo: un mundo paradisíaco por la mínima dosis de yo que llevaríamos a él.

Se me ha ocurrido -la idea- de terminar este texto con una imagen de Muerte en Venecia: una película basada en una obra de Thomas Mann que también podría haberse titulado “Muerte en belleza”.

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La bailarinas lógicas: “Humanidad”

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Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa de Sotosalbos.

En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que me propongo estudiar -gozar y sufrir- con vosotros, en este texto.

Se me ocurre ya una definición:

“Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de este diccionario. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

Un recorrido previo:

 

1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.

2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

Algunas de mis ideas provisionales, siempre provisionales:

1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

Eso es la Humanidad.

 

David López