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Feliz 2015

 

Lake-Orta1

 

Por no sé qué misteriosas ocurrencias del Mago que escribe el guión de mi vida, es la tercera vez consecutiva que paso la noche de fin de año en absoluta soledad, sentado en meditación, frente al fuego de una chimenea, o de una vela (fuego meta-inteligente, consciente decía Heráclito).

Y con los ojos cerrados, en absoluta calma mental y corporal (por hablar de alguna forma), voy sintiendo en la piel de mi alma la llegada de las imágenes de las personas con las que mantengo vínculos de oro puro. Esas imágenes se convierten en algo así como estrellas no geométricas, en cierta forma caóticas, hacia las que envío todo lo mejor que puedo pensar y que puedo sentir. Son momentos grandiosos, muy íntimos, muy cercanos: pura orfebrería psíquica y social.

También ocurre, mientras medito en mi particular fiesta de fin de año, que se levanta de repente una brisa memorística que trae al presente imágenes, sonidos, olores, que han configurado la grandiosa obra de arte que es todo año vivido, por mucho dolor y decepción y desesperación que hayamos sentido en él. Y esa brisa trae cosas también de mi infancia (época de magia desbordante).

Eso que sea la conciencia se convierte para mí de pronto en una sacra sala de exposiciones, de un tipo de arte que solo se me ocurre denominar “absoluto”, o “existencial”, o “sacro” quizás mejor.

En 1998 estuve también solo la noche de fin de año. El lugar era muy poderoso: el lago Orta, donde algunos meses antes había intentado revivir lo sentido allí por Nietzsche y Lou Salomé en la primavera de 1882. Ciento dieciséis años después llegué yo a ese lago metafísico bajo una cascada de agua que parecía venir de mucho más arriba que la atmósfera. En mi coche sonaba, atronaba, María Callas. Y Rachmaninov. Ya no les oigo. Eran otros tiempos. Mi juventud ardía peligrosamente cuando la sacudía el Arte (el humano y el no humano).

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Filósofos míticos del mítico siglo XX: Foucault

 

 

Michel Foucault.

Suya es una frase clave en la presentación de mi diccionario filosófico:

“No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres”.

“Foucault”: un “hombre-pensador” fabricado por un discurso. Pero entonces, ¿qué/quién hace los discursos que hacen a su vez a los “hombres”? ¿Debemos considerar el esquema de las manos de Escher?

¿Dónde ocurre ese mágico dibujar? ¿Dónde estamos?

Empiezo a redactar este texto tras una sesión de Yoga. Lugar: una azotea del pueblo de Facinas (Cádiz), bajo una catarata de luz, sacudido por el Levante, asomado a una inmensa llanura donde giran cientos de molinos de energía eólica: árboles nuevos, titánicos esclavos, nuevas esencias, diría Bacon, desafiando el dualismo aparente entre tecnología y naturaleza [Véase “Máquina”].

Y he tenido que suspender la sesión de Yoga para anotar algo que transcribo tal cual:

Estructuralismo. Creo que los estructuralistas no consideran posible la suspensión de las estructuras que ellos creen estar definiendo (ontologizando en realidad). Toda estructura (como por ejemplo una “sociedad humana”), presupone piezas (individualidades) interconectadas sistémicamente.

Bajo la catarata de luz, en esta azotea, en meditación, con “la mente” en silencio, las estructuras quedan en suspenso: ni siquiera se siente individualidad como algo recortado en una totalidad. Este tipo de experiencias ofrecen datos (son una ciencia): “nos” asoman a algo profundísimo, realísimo. Y creo que ese algo es, precisamente, la arcilla que puede ser modelada para configurar, entre otras cosas, entre otras infinitas cosas, eso que Foucault entendió por “hombre” (ese producto puramente discursivo, ese invento de finales del siglo XVIII, según lo definió este filósofo francés).

Pero, ¿qué poder es el que se despliega en ese modelar? ¿Qué/quién mueve las manos de ese alfarero que construye, entre otras cosas, eso que sea “el hombre”? Foucault se ocupó con especial lucidez del tema del poder, quizás en la -a mi juicio ingenua- línea suspicaz/esclavista/marxista de denuncia de “poderes sociales opresores” que pudieran estar amenazando la plenitud humana (la pureza de ese pueblo oprimido por los “poderosos”). Y acuñó Foucault un concepto interesante: microfísica del poder. El poder no se ejercería simplemente desde “arriba” a partir de los gobiernos, sino que sería un fenómeno de redes por las que se movería “el poder” sin un foco único.

Yo, si sigo las directrices del pensamiento de Foucault, me veo obligado a afirmar que el poder  absoluto parecería que lo tiene la palabra (la diosa Vak de  mi diccionario): es ella la que es capaz de fabricar, incluso, a un “hombre”. Y capaz también de diluirlo. Quizás para construir otra cosa (ahora innominada, un otro-absoluto de todo lo nombrado hasta ahora; y donde se cobijarán conciencias finitas, donde ocurrirá, una vez más, eso de decir “yo soy… x”).

¿Cuantas posibilidades de identificación, de finitización de la conciencia, están por llegar? ¿Cuántos mundos/estructuras/universos aparentemente reales y demostrados están todavía por nacer? ¿Por nacer dónde? ¿Y qué/quién es el motor de esos nacimientos y de esas muertes?

Creo que en pocos años asistiremos al nacimiento de otros cobijos lógicos (otros sustantivos) donde seres que ahora llamamos “hombres” acomodarán, cercenarán, su infinitud. Probablemente Foucault tuvo razón cuando afirmó que el hombre está a punto de desaparecer. Aunque yo creo que, en realidad, nunca fuimos hombres. Siempre fuimos y seremos nada, si por “algo” entendemos una pieza, un ser determinado, en un cosmos determinado.

Somos, creo yo, una nada mágica.

Pura magia.

Foucault es un pensador muy estimulante. Inhabitable, quizás no riguroso, pero nutritivo. Él, al final de su vida, sugirió que se le considerase algo así como una caja de herramientas. Veamos algo de esa vida. De ese mito.

Algo sobre su vida y sobre sus obras

Poitiers 1926-París 1984. Nació un 15 de octubre, como Nietzsche. Foucault afirmó al final de su vida que, de ser algo, era nietzscheano.

Su padre era una cirujano de cierto prestigio.

Destacó muy pronto como estudiante. Al parecer, durante su adolescencia sufrió por su homosexualidad (debemos recordar que “homosexualidad” es otra palabra, otro cobijo lógico). Foucault llegó incluso a padecer graves depresiones y a plantearse el suicidio.

Ingresó en la Ècole Normale Superiure de París. En esa época se sometió a un eficaz tratamiento psiquiátrico que le permitió recuperar el equilibrio y, sobre todo, su rendimiento intelectual.

Se licenció en Filosofía en 1948 y en Psicología en 1950. En 1952 obtuvo una diplomatura en Psicopatología.

Profesó en las universidades de Upsala, Varsovia y Hamburgo.

Fue miembro del partido comunista francés entre los años 1950 y 1953.

Tras los movimientos del 68 Foucault es nombrado jefe del departamento de Filosofía de la universidad París VIII. Allí participó con jóvenes izquierdistas en la toma de edificios. También se unió a ellos en los enfrentamientos con la policía.

1961. Publicó su tesis doctoral: Historia de la locura en la época clásica. Inició así lo que se ha llamado “etapa arqueológica”: excavar capas discursivas para descubrir cómo se constituyen los saberes. Dentro de este periodo estarían dos obras más: Las palabras y las cosas (1966) y La arqueología del saber (1969).

1970. Fue elegido por sus compañeros catedrático de historia de los sistemas de pensamiento en el Collège de France, en sustitución de Jean Hyppolite. Allí permanece Foucault hasta su muerte, la cual ocurre por una enfermedad derivada del SIDA.

Profesó también en la universidad de Berkeley (California).

Vigilar y castigar (1975). Me referiré brevemente a esta obra algunos párrafos más abajo.

Se ha hablado de una segunda época en el pensamiento de Foucault: la “etapa genealógica”, a la que corresponderían  obras como Vigilar y castigar (1975) y los cuatro volúmenes de la Historia de la sexualidad: 1.- La voluntad de saber (1976); 2.- El uso de los placeres (1984); 3.- La inquietud de sí (1984); y 4.- Las confesiones de la carne (2018).

Al final de su vida Foucault afirmó que quería que se le considerase algo así como una caja de herramientas. ¿Herramientas para qué?

Algunas de sus ideas

– Estructuralismo. Foucault no se reconoció como estructuralista, pero lo cierto es que llevó el método estructuralista a la historia de las ideas.

-Epistemes. Son las relaciones que han existido en cada época entre los diversos campos de la ciencia: entre los discursos de los distintos sectores científicos. La “arqueología del saber” sería la ciencia que se ocuparía de excavar en esas epistemes.

– El sujeto humano. Afirmó Foucault que eso era algo que se había deslizado en el discurso de una episteme (a finales del siglo XVIII). Y que era algo a punto de desaparecer: “A todos aquellos que pretenden seguir hablando del hombre, de su reino, y de la verdadera liberación, nosotros contraponemos nuestra risa filosófica”. En su obra Las palabras y las cosas llega incluso a decir: “Hoy podemos pensar únicamente en el vacío que ha dejado la desaparición del hombre”. Yo me pregunto, le pregunto a Foucault: ¿Quién ríe? Si no hay seres humanos -sujetos-, ¿qué ríe en el reír de Foucault? ¿La estructura? ¿La arcilla/nada capaz de ser cualquier cosa? ¿Cómo ubicar en la estructura a ese sujeto-errado que creer ser un ser humano? Hay que considerar no obstante que Foucault se está refiriendo a un significado concreto, concretado, del sustantivo “hombre” (o “ser humano”, para ser más precisos). Se trata, creo yo, del ser humano libre, consciente, motor de la Historia, esencialmente racional: el hombre moderno del que empieza a hablar Descartes y que se autosacralizaría en la Ilustración (ese “mayor de edad” al que se refirió Kant).

– El poder. Foucault se ocupó de este misterio con especial lucidez. Para ello acuñó un concepto que me parece muy eficaz para despejar la mirada: “la microfísica del poder”. Foucault afirmó que el poder, contemplado desde cerca, no estaba dividido entre los que lo ejercen y los que lo soportan, sino que funcionaría en cadena, en una organización reticular, sin una ubicación concreta. Todos los individuos pasarían por situaciones donde sufrirían o aplicarían el poder. El poder -ese gran misterio, creo yo- según Foucault transitaría por las redes de la sociedad sin quedarse aquietado en ningún individuo: todos víctimas y verdugos. Analizó no obstante Foucault, con especial énfasis, el poder estatal y otros poderes institucionales. En cualquier caso, al asomarme a la mirada de Foucault, tengo la sensación de que este pensador parte de una especie de suspicacia estructural, de algo así como una satanización sistémica de las estructuras sociales, en la línea del marxismo (o del bogomilismo). El poder -el poder actual- es malo, y ese mal viaja por las complejas venas del organismo social endemoniando puntualmente individuos e instituciones. En Vigilar y castigar Foucault realiza un análisis histórico del fenómeno del castigo y la vigilancia que  los seres humanos ejercen entre sí. Todo ser humano sería vigilante y prisionero a la vez en un ubicuo Panóptico (Jeremy Bentham) cuyo centro estaría en todas partes. La ética sublimada sería, en mi opinión, y apoyándome en los razonamientos de Foucault, una renuncia absoluta a cualquier uso de ese micro-poder que pudiera contravenir el imperativo categórico de Kant de no considerar jamás al otro como un medio, sino como un fin en sí mismo. Situaciones de micro-poder abusivo e irrespetuoso pueden ocurrir en cualquier tipo de vínculo humano, y en todas las direcciones, sean horizontales o verticales. Agentes y pacientes del mismo pueden ser individuos de cualquier sexo, nivel adquisitivo, raza, etc.

Iré completando estás notas con el tiempo. Quisiera ahora encender un foco y dirigirlo hacia el tema del poder y del “sistema”. Creo en este momento de la Historia estamos asistiendo a una simplificación progresiva de los discursos sobre el poder. Y creo que se trata de una simplificación peligrosa, maniquea.

Los movimientos anti-sistema adolecen de una impactante prepotencia (ingenuidad por tanto): creen haber retratado el “sistema”. Ni más ni menos. Me temo que “el sistema” es mucho más inmenso, prodigioso, inimaginable, que cualquier modelo de los hasta ahora descritos.

Uno de los esquemas que se repiten en los discursos (en los sueños lógicos) de esta época es el siguiente: una gran colectividad de seres humanos puros y vulnerables (el “pueblo”, “nosotros”) estaría siendo manipulado, maltratado, por poderes político-financieros (“ellos”).

El tema del poder, analizado con rigor y profundidad, nos lleva a la Teología (incluyendo en la Teología ese monoteísmo radical que subyace en la Física… ese credo que cree que todo estaría a las órdenes de una sola ley: la “teoría unificada”).

Yo tengo la sensación de que las leyes más poderosas no son las de la Física (ni por supuesto las de la Política), sino las de la Ética. Y las de la Lúdica [Véase “Lila”]. Eso que se va presentando ante nuestra conciencia como “mundo”, ese inefable espectáculo en el que somos a la vez actores y espectadores, se fabrica a cada instante en virtud de nuestra forma de jugar, de jugar el sagrado juego de la Ética.

Estamos ante un misterio fabuloso.

David López

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Las bailarinas lógicas: “Naturaleza”

 

 

19 de marzo de 2020.

Reviso el texto de mi bailarina lógica “Naturaleza” encerrado en una casa; aunque lo cierto es que no hay rincón del espacio que no tenga un tamaño infinito, sobre todo si en ese espacio hay seres amados. Visibles o invisibles. El amor amplifica y embellece el espacio. Los dos verbos hasta el infinito.

El Estado [Véase] -apoyado incluso en su para él irrenunciable ejército, y también en la práctica totalidad de las mentes que lo alimentan y son alimentadas por él-  no me permite salir de esta casa, salvo por razones de fuerza mayor. Ni siquiera para ir a la montaña. Ni siquiera se me permite pasear por “la Naturaleza”. Y es que al parecer un elemento de eso (de “la Naturaleza”) llamado coronavirus, podría ser una amenaza real para nuestro actual modelo de civilización.

Ese ser (el coronavirus) es invisible para nuestros ojos desnudos, pero, una vez visto con nuestros ¿artificiales? instrumentos [Véase “Maquina”],cabría decir que se trata de una especie de micro-planeta, o micro-monstruo geométrico, del que emergen algo así como llamaradas de fuego sólido, quieto, o cuernos, o quizás dientes, o anzuelos, con los que ese ser trata de agarrarse a ¿nuestro? cuerpo para conseguir vida en él, para reproducirse. Para serlo todo. Todo quiere serlo todo.

¿Es el coronavirus una especie de demonio? ¿Es natural? ¿Es bueno/malo? ¿O es que solo el ser humano puede ser bueno/malo? ¿No somos nosotros también Naturaleza? ¿No estamos nosotros también regidos hasta lo más profundo de nuestras entrañas moleculares por las mismas leyes que estructuran los virus, el vuelo de los pájaros al amanecer o la perfección matemática de los anillos de Saturno? ¿Cómo es posible que, siendo parte de la biomasa de este planeta, se nos acuse a los seres humanos de ser una amenaza para la sacra estructura de dicha biomasa?

Algunas configuraciones biológicas de este planeta afirman que la propia especie humana es un virus para dicho planeta: para esa esfera prodigiosa a la que, por otra parte, se le atribuye consciencia y, a la vez, una sacra mezcla de pureza y bondad, amenazadas ambas, al parecer, por nosotros, los asimétricos, pecadores y viscosos humanos. Y esa cosa (“el planeta consciente”) se estaría enfadando: estaría reaccionado con la furia letal del dios del Antiguo Testamento. ¿Somos entonces un virus consciente? ¿Malo? ¿Por lo tanto libre? ¿Nos  ha creado ese dios-Planeta? ¿Se equivocó entonces al hacerlo? ¿Quiere ahora ese enfurecido/moralista/esférico dios reparar su error, arrancar sin piedad esa página de su novela cósmica (esa en la que nos escribió)  y mandarnos a la nada de la muerte biológica para que, por fin, esa esfera, ese dios/planeta, pueda dar sus vueltas limpio ya, por fin, de pecado, diverso, cuajado de prístinas especies vegetales y animales, ya sí equilibrado, ya por fin de nuevo paradisíaco, en torno a la estrella solar?

¿Cabe por tanto atribuir responsabilidad, margen de maniobra, a un virus (al virus humano)? ¿Cabe libertad en una parte, solo una, de esa inter-penetrada amalgama de materia que se dice que es la biomasa? [Véase “Libertad”]

¿Es el coronavirus natural? ¿No lo es también el flujo de pensamientos que acuden ahora a mi mente y que provocan este golpeteo de mis dedos en el teclado de mi ordenador portátil?

¿Qué demonios es eso de “Naturaleza”? ¿Qué demonios es el coronavirus?

La humanidad, como consecuencia de esta pandemia, está autoinoculándose diversas narrativas, muchas de ellas auténticas demonologías. Y toda demonología presupone (y desencadena) siempre un elevadísimo grado de miedo y de estupidez. La Filosofía, que es la antítesis absoluta del miedo y la estupidez, puede servirnos para mirar a trasluz el tejido de esas secreciones, esos plásticos de palabras, que en muchos casos podrían arruinar los más excelsos océanos de nuestra mente.

En cualquier caso creo que estamos ante un nuevo, vertiginoso giro de ese símbolo descomunal que la antigua filosofía china llamó Taijitu: el que explicita la dinámica Yin-Yang [Véase “Yin-Yang”]. Nos espera una nueva configuración de las luces y las sombras del Ser (toda sombra lleva una intensa luz dentro; y toda luz una intensa sombra dentro). Nos esperan nuevas bellezas en definitiva.  Nuevas grandiosas obras de arte cósmico. Nuevas ocasiones para experimentar ese “estupor maravillado” que Ibn Arabi consideró característico de los grandes filósofos: un estupor maravillado que sin duda cabe sentir contemplando esta increíble -y aterradora- criatura de la “Naturaleza”:

 

 

“Naturaleza”. Del griego Physis. Del latín Natura.

Un nombre, una bailarina lógica, con la que, desde que dejé la sabiduría de mi misteriosa infancia, mi mente se ha creído que podía atrapar algo que estaba ahí, ahí delante, y detrás, y alrededor, ¿y dentro?, provocándome grandes sensaciones. “Amar la naturaleza”. Yo la he amado locamente. Y la sigo amando de la misma forma. Ella -¿es hembra?-me ha proporcionado momentos que, por sí solos, han justificado el hecho mismo de vivir. Pero la “Naturaleza” también me ha proporcionado momentos terribles: en alguna ocasión, incluso, estuvo a punto de matarme: de digerirme, de transformarme dentro de su -poderoso, fascinante, sagrado, despiadado- taller de alquimia.   Recuerdo la espantosa belleza de las rocas y de los musgos y del cielo y del agua que me acompañaban, impasibles, mientras me iba muriendo de hipotermia en un paraje natural de sublime belleza, hace ahora trece años. Me salvé de milagro. ¿O realmente fallecí y no lo sé?

“Naturaleza”. ¿Qué se ama cuando se ama eso de la “Naturaleza”? ¿Es lo mismo que amar a “Dios? ¿Qué demonios es eso de la “La Naturaleza”? ¿Tiene acaso un “ser”? ¿Tiene sentido practicar una ontología de la Naturaleza?

Muchos de los pensadores/sentidores que la narración canónica de la filosofía occidental denomina “los presocráticos” titularon sus obras así: “Sobre la naturaleza”. En general quisieron ofrecer frases que simbolizaran el todo: lo que hay, ahí, en su conjunto más omniabarcante, y en su composición más íntima.

La “Naturaleza”. ¿Cómo es posible que haga sentir tanto… tanta “Belleza”… y tanto horror, a la vez? ¿Qué tiene? Para empezar, se podría decir, desde el modelo de mente de los filósofos naturalistas, que nos tiene a nosotros mismos. Y a ellos, claro, con sus propias teorías sobre lo natural. Sería una religiosidad extrema. Un vínculo -inevitable, inmune por completo a la falta de fe- entre el ser humano y todo lo que hay.

Este texto está encabezado por un conocido cuadro de Caspar David Friedrich en el que se representa a un ser humano contemplando “la Naturaleza”. Pero también cabría afirmar que la pintura muestra, simplemente, Naturaleza (ser humano incluido). O más aún: cabría afirmar que es también “Naturaleza” el conjunto formado por ese cuadro, sus óleos, la tela, el bastidor… y los óleos interiores de la fantasía del pintor… y estas mismas frases (como un oleaje de símbolos mojando la retina de quien ahora las lee)… y también los óleos psíquicos que pintan el alma de ese lector.

¿Qué es “Naturaleza”? ¿Qué no lo es?

Naturaleza. Natura. Hay quien ha considerado este concepto como contrario a “Cultura” (los sofistas de la antigua Grecia, o los taoístas, entre otros).

La tesis fundamental que intentaré expresar en este texto (aunque todavía como simple borrador) es la siguiente:

La “Naturaleza” es artificial: es un producto cultural: una opción ideológico-metafísica entre las muchas que ha ido generando y proponiendo el pensamiento del ser humano. La “Naturaleza” es una leyenda, un hechizo, como lo son todos los bailes de todas las bailarinas lógicas que jadean en este diccionario. La “Naturaleza” es el personaje -casi siempre no antrópico- de un cuento: una fantasía, como cualquier cosa que quiera presentarse como no infinitamente misteriosa. Aún así, creo que merece la pena adentrarse en esa leyenda: quizás también las leyendas sean “naturales”, tanto como las algas y los cetáceos que vibran, sueñan y son soñados en los oceános.

Antes de desarrollar con algo más de detalle esta tesis/sensación, creo necesario hacer el siguiente recorrido:

1.- Diferencia entre “naturaleza”, en minúscula, como esencia de las cosas y “Naturaleza”, en mayúscula, como cosmos (complexum omnium substantiarum). La ontología sería la disciplina filosófica que estudia el “qué” de cada cosa, su “esencia”, su “substancia”: su “naturaleza” (con minúscula).  No entro ahora a calibrar y diferenciar esas bailarinas metafísicas. Por otra parte, la “Naturaleza” (con mayúscula) sería, desde algunos modelos de mente,  todo lo que hay (o una región, una parte, de ese todo): un todo, o parte del todo, que estarían determinados por el tiempo, el espacio y la causalidad, siempre bajo el yugo de  leyes deterministas (o estadísticas, si es que se aceptan las propuestas de Heisemberg). Esa “Naturaleza” -esa fantasía en realidad- la estaría estudiando y dominando la Ciencia (la Física, la Biología, la Química, etc.) Así, desde esta cosmovisión (desde este hechizo) la esencia (la “naturaleza”) de todo sería la propia “Naturaleza” -ahora otra vez en mayúscula- según ese hechizo las describe: legaliforme, causal, formada por piezas -o energías, o leyes- inertes, absurdas, pero capaces de fabricar vida, inteligencia y conciencia.

2.- Civilización indo-aria. Las cuatro fases de la vida. Según señala Nikhilananda en la introducción a su edición de las Upanisad (Ramakrishna Vivekananda Center, Nueva York 1949, p. 4) el Veda ofrece un modelo de vida que, en su tercera fase temporal, abriría al ser humano la salida a “la selva” (al “campo” diríamos ahora). Esto está programado para el momento en el que ya han aparecido las primeras canas y la piel se ha arrugado (y los hijos son ya adultos). Del “campo” (de la “Naturaleza”) de esa civilización, tal y como fue vivida por algunos de sus miembros, surgieron unos textos -unas sagradas revelaciones- que llevan por nombre “Aranyaka”. De ellos se derivaron, en muchos casos, las Upanisad. En español hay una cuidada edición, a cargo de Consuelo Martín, de una de las primeras: Brihadaaranyaka Upanisad (Gran Upanisad del bosque), Trotta, 2002. Es curioso: se trataba de retirarse a la “Naturaleza” para contemplar a Brahman (Dios, más o menos), una vez apaciguado (no extinguido del todo) el ruido moral y religioso de la civilización. La Naturaleza como lugar privilegiado para la contemplación del Absoluto. Mucha gente me ha confesado que sólo en la Naturaleza ha podido sentir algo que, quizás, podría ser realmente excepcional, religioso, sagrado, o místico si se quiere. Hay quien ha sentido algo así en el cuerpo -natural ¿no?- de otra persona, gracias a eso que llamamos, muy esquemáticamente, “sexo”.

3.- El romanticismo alemán. Fue, entre otras cosas, una guerra poética para liberar la “Naturaleza” del cepo ontológico que había fabricado el cientismo materialista, el cual habría reducido esa “cosa” que tanto nos hace sentir a una especie de maquinaria de piezas muertas (átomos, moléculas), sacudidas por leyes ciegas e inconscientes. Contra esta -útil, sólo útil, momentáneamente útil- poetización de lo que hay y envuelve al ser humano, los románticos habrían querido recuperar el misterio, la Magia, la consciencia no humana, la inefabilidad, la libertad, la creatividad, lo sagrado: habrían querido hacer un boca a boca, urgente, apasionado, voluptuoso, a todas las hadas cuyo pecho había sido atravesado por los alfileres del materialismo cientista. Sigo recomendado, entre otras, la siguiente obra editada en español: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona, 2009. Mi artículo sobre Rüdiger Safranski puede leerse [Aquí]

4.- Ludwig Feuerbach: La esencia de la religión (Páginas de Espuma, Madrid, 2005; edición y traducción de Tomás Cuadrado). Feuerbach dio comienzo a esta obra afirmando lo siguiente: “El ente distinto e independiente de la esencia humana o Dios (en cuya descripción consiste La esencia del cristianismo), el ente que no posee esencia humana, propiedades humanas, individualidad humana no es otro, en realidad, que la naturaleza”. Y define así Feuerbach esa cosa que no es Dios ni es el hombre: “Para mí “”naturaleza”” (exactamente igual que “”espíritu””) no es más que un término general para designar entes, cosas, objetos que el hombre diferencia de sí mismo y de sus propias producciones y que agrupa así bajo el nombre colectivo de “”naturaleza””; pero en absoluto un ente universal, extraído y separado de la realidad, ni personificado o mistificado.”

La guerra de los poetas por configurar y, después, aquietar, el Kósmos Noetós (la arquitectura ideológica) de la mente humana. Para Feuerbach la “Naturaleza” (sus entes… sus universales en realidad [Véase “Universales]) son el ens realissimum: lo absolutamente real. No hay otra cosa. No cabe lo “sobrenatural”. Pero tampoco se nos aclara qué es lo “natural”.

5.- El movimiento ecologista. Creo que debe leerse -y analizarse críticamente, desapasionadamente- este polémico y conocido libro: Bjorn Lomborg: El ecologista escéptico (editado en España por Espasa, Pozuelo de Alarcón 2oo3). Lomborg sostiene en esta obra que el planeta en el que vivimos no está tan mal como afirma la mayoría de los movimientos ecologistas. Todo lo contrario: está cada vez mejor, y cada vez más gente vive mejor en él, lo cual no significa que no haya problemas y que no haya que seguir luchando para resolverlos. Lomborg -un profesor danés de estadística- se basa en informes oficiales emitidos por organismos internacionales. Carezco de recursos, por el momento, para valorar esta obra. Pero creo que debe ser leída, como praxis de una actitud filosófica que esté siempre atenta a la posibilidad de que las cosas no sean como parecen: una respetuosa, y analítica, y valiente, puesta en cuestión de lo no cuestionado.

6.- Otra obra que recomiendo especialmente, con ocasión de la palabra “Naturaleza”, está escrita, con extraordinaria belleza, por alguien que afirma no amar especialmente la Naturaleza. La obra es ésta: Felipe Fernández-Armesto: Civilizaciones (La lucha del hombre por controlar la Naturaleza), Taurus, Madrid 2002. Se trata, según afirma su propio autor (p. 16), de una “historia de la naturaleza, incluyendo en ella al hombre. A diferencia de otros intentos anteriores de escribir la historia comparada de las civilizaciones, éste está organizado en función de los diferentes entornos y no de periodos o sociedades”. La lucha del hombre contra la Naturaleza. ¿Es eso real? ¿Es eso posible siquiera? Felipe Fernández-Armesto cree que es lo definitorio de las civilizaciones. Y dice (p. 21): “Me emocionan las ruinas porque las veo como heridas que la civilización ha sufrido dentro de una batalla perdida contra la naturaleza. Por otra parte, el conocimiento de lo salvaje me merece todo el respeto e incluso la veneración, y me emocionan igualmente las heridas que el hombre inflige a la naturaleza”. Gran y apasionante batalla. ¿Es real? ¿No es el hombre, también, Naturaleza? ¿La Naturaleza guerreando contra sí misma? ¿O es que hay algo en el hombre -algo no natural, pecaminoso si se quiere- que amenaza el orden natural?

Expongo a continuación algunas ideas provisionales que provoca en mi mente la bailarina “Naturaleza”:

1.- Ya lo he repetido a lo largo de este breve texto: yo he sentido grandes cosas “ahí”. Grandes de verdad. Pero, ¿”ahí dónde”? Respondo -me respondo-: ha sido en lugares solitarios, muy abiertos, poco o en absoluto transformados por el ser humano. Daba igual si era un bosque, un llano desértico, una montaña, un río o una playa salvaje. ¿Por qué ahí? Se me ocurren algunas respuestas para salir del paso: por la cantidad y la pureza del oxígeno; por la “descontaminación” psíquica; por la desactivación de la vigilancia civilizatoria. No sé. Quizás se trate de lugares donde no ruge el alga lógica de la Humanidad (esa red psíquica, esos “ruidos” casi metafísicos, que emana las colectividades humanas y sus obras). Insisto: no sé.

2.- En cualquier caso, es simplemente una opción ideológica (o metafísica) sostener el dualismo que separa ontológicamente al hombre de la Naturaleza (una metafísica que está, curiosamente, implícita en el movimiento ecologista). Así, desde el naturalismo (como corriente filosófica) cabría reducir todo -todo- incluido el ser humano y sus sueños, a la Naturaleza. A “lo natural”. No habría entonces lucha alguna entre el hombre y la Naturaleza. El ser humano no sería -según consideran los movimientos ecologistas- el único malo posible dentro del orden natural: la única amenaza el sagrado equilibrio de la Naturaleza. El comportamiento -“anti-ecológico”- del ser humano sería tan natural y tan armónico como una esperada lluvia de primavera o los primeros brotes de los castaños.

3.- La “Naturaleza”, como adelanta al comienzo de este texto, es un producto cultural. Una fantasía. Una palabra con la que se ha sustituido a otras como Dios o Tao o Brahman (palabras que, por otra parte, nunca pudieron decir nada de su objeto).

Una mirada no ideologizada hacia eso que llamamos “Naturaleza” nos muestra, aquí, en lo que hay, el infinito inefable, que yo siento “sagrado”, por decir algo desde el lenguaje.

David López

Este blog de Filosofía no cuenta con publicidad ni con apoyo institucional. Y yo no tengo recursos financieros para sostenerlo y para desarrollarlo. Sí tengo, sin embargo, una  enorme cantidad de ideas y de proyectos filosóficos todavía por desarrollar y por comunicar. Por todo ello, si tú crees que tiene valor el trabajo que estoy ofreciendo aquí, por favor, considera la posibilidad de hacer alguna donación (a través del botón “Donate”). Tu ayuda puede ser decisiva para la supervivencia de este proyecto. Te doy mi palabra.

Las bailarinas lógicas: “Meditación”

“Meditación”. Otra palabra, otra bailarina lógica. Otro delicioso hechizo.

Según mi propia experiencia  en la meditación se oye el silencio, y se percibe la prodigiosa inmensidad, de la sala de baile donde quieren bailar todas las bailarinas lógicas. La meditación disuelve a la diosa Vak (la Gran Diosa de la Palabra que aparece en el Rig Veda); pero la sublima a la vez al evidenciar la poderosísima nada de la que está hecha esa diosa.

Quizás las siguientes ideas ampliar mis posibilidades de acercar el lenguaje a esa enormidad que es fuente y, a la vez, muerte de cualquier lenguaje:

1.- “Meditación” es otra palabra, otra bailarina lógica, y, como tal, está construida por tejidos onírico-lógicos.

2.- Podría decirse que la meditación permite desactivar “temporalmente” un cosmos entero. Ese cosmos “hiberna” durante la meditación. Así, un creyente (viviente) en el cosmos azteca regresará a sus dioses y a su naturaleza encendida de almas. Aristóteles regresaría a su universo de esferas concéntricas. Y un físico actual  a sus super-cuerdas, a sus contradictorios cerebros en tres dimensiones y a sus agujeros negros. Cada uno regresará a su sueño sagrado y ubicará la experiencia de la meditación en las estanterías lógicas que le ofrezca ese sueño: a esa coreografía de bailarinas lógicas, si se quiere decir así.

3.- En cualquier caso es importante precisar que la meditación no dura diez minutos. Ni una hora. No tiene “duración”. Es una experiencia meta-temporal porque implica, cabría decir, una desactivación de esa maquinaria psíquica constructora de tiempo que describió Kant; entre otros. Aunque, en realidad, la meditación no es tampoco una “experiencia” ni es “humana”. Ni es, por tanto, “meditación” (como actividad que presupone un sujeto, etc.)

4.- El regreso. Algo que vengo observando desde hace años en mí y en otras personas que han meditado conmigo es que el regreso amplifica y sublima el cosmos en el que se viva. Quizás porque todo cosmos es una  burbuja transparente que, desde el silencio, permite ver el prodigio donde flota.  En cualquier caso, gracias al “regreso” el mundo recuperaría el olor a nuevo. El olor del amanecer sobre la tierra dormida. Simone Weil lo dijo así: “Sólo descreándome puedo participar en la Creación”. [Véase “Concepto“]. La meditación podría quizás ser definida como un morir y volver a nacer en el cosmos en el que se murió; pero volviéndolo a estrenar: el olor de la primerísima ilusión, del primerísimo sueño de amor.

5.- En “Máquina” [Véase] afirmo que el ser humano no fabrica máquinas, sino que vive en una máquina -una máquina sagrada- que fabrica máquinas a través de él. Todo es artificial. Todo es natural. Es lo mismo. Cabría aclarar aquí ya que la fuerza que es dirigida y controlada por esa titánica maquinaria es la nuestra propia, pero que ahí ya no somos “seres humanos”. Afirmo también con ocasión de la palabra “Máquina” que hay un interruptor “interior” para desactivar ese cosmos-máquina en el que vivimos: la Meditación. El “interruptor exterior” sería la “Gracia” [Véase].

6.- Kant hizo un enorme esfuerzo en su Crítica de la razón pura para marcar los límites de lo que podía ser conocido. Y dibujó una especie de isla -la del conocimiento humano- rodeada por un océano tempestuoso, inaccesible a la razón pero irresistible para ella. Cabría decir que en meditación saltamos a ese océano desde el último acantilado de nuestra mente -y de nuestro corazón- insulares. Y regresamos mojados. ¿De agua? No. De nosotros mismos: somos ese sobrecogedor océano que Kant consideró incognoscible. Y la isla es nuestra propia obra, fabricada con nuestras propias entrañas metafísicas.

7.- Creo que es también útil afirmar desde este cosmos que ahora nos hechiza (el cosmos desde el que yo escribo y tú lees) que el ser humano no medita. En meditación quedaría desactivado ese universal, ese sustantivo, ese autohechizo. En meditación no se es “un ser humano” [Véase], ni un “ksatriya”, ni un “obrero”, ni un “empresario”, ni una “mujer liberada”, ni un “hijo de Dios”, ni un “resultado de la evolución” ni “un lugar donde el universo se conoce a sí mismo”.  Se trata de una irrupción de lo que no tiene esencia (la nada omnipotente) en una de sus infinitas creaciones. Esta última frase es lo más que puedo decir dentro de este sueño; dentro de esta maquinaria lingüística, sagrada, pero cegadora. En meditación ya no se es un “ser humano” pero se tiene “la sensación” (si cabe hablar así) de haber vuelto por fin a uno mismo: de no haber sido nunca tan uno mismo.

8.- Desde una perspectiva materialista-panmatematista (el principio de indeterminación de Heisemberg es panmatematista) el estado de meditación sería una consecuencia necesaria de la interacción de las leyes de la naturaleza sobre la Materia de nuestro cerebro. Si es así, deberíamos sacralizar la Matemática y sus capacidades de reconfiguración de la Materia [Véase “Materia“]. Pero insisto en que la meditación implica una desactivación de los discursos, de los sueños aparentemente legaliformes: y el discurso cientista-materialista es un sueño. Un sueño muy útil, como lo son todos los sueños. Un choque entre discursos sobre la meditación se muestra en la siguiente emisión del  programa Sternstunde Philosophie de la televisión suiza (la presentadora es Barbara Bleisch): “Todos meditan. ¿Quién cambia el mundo?”.

“Alle meditieren. Wer verändert die Welt?”

9.- Al ocuparme de la palabra “Luz” [Véase] comparto la sensación de que la fuente de toda luz (incluida la fuente de la luz que describe la Física actual) es una tiniebla absoluta: no puede verse ni pensarse siquiera. Cabría decir que meditar es remontarse “luz arriba” hasta la boca del primer manantial. Y dejar de ser -aniquilarse- en Eso innombrable que trasciende el dualismo existencia/no existencia. Y, “después” (un “después” sin Tiempo), volver al arroyo, y fluir en él, sabiéndose su fuente y su final.

10. Y creo, finalmente, que desde la meditación cabe amar nuestra mente, ese lugar de prodigios, ese taller de magos, esa sala de baile para mis queridas bailarinas lógicas. Pero para amar nuestra mente hay que poder salirse de ella y contemplarla, con ternura, como el que mira, extasiado de amor, a su hijo dormido.

David López

Este blog de Filosofía no cuenta con publicidad ni con apoyo institucional. Y yo no tengo recursos financieros para sostenerlo y para desarrollarlo. Sí tengo, sin embargo, una  enorme cantidad de ideas y de proyectos filosóficos todavía por desarrollar y por comunicar. Por todo ello, si tú crees que tiene valor el trabajo que estoy ofreciendo aquí, por favor, considera la posibilidad de hacer alguna donación (a través del botón “Donate”). Tu ayuda puede ser decisiva para la supervivencia de este proyecto. Te doy mi palabra.

Diccionario filosófico: “Máquina”

 

En las Navidades de 2009 fui a Londres con mi hija Lucía. Allí tomé las primeras notas para un futuro ensayo sobre la metafísica de las máquinas. Mi intención era, y sigue siendo, visualizar el modelo de totalidad que presupone el hecho mismo de que hablemos de “máquinas”.

Creo, además, que se acercan tiempos que van a exigir un nuevo Logos respecto de lo que ahora se presenta como un dualismo hombre-máquina: un nuevo Logos al servicio de la ilusión y de la vida; en general. ¿Al servicio de qué si no?

Londres. La ciudad en la que Francis Bacon soñó un edén tecnológico para el ser humano. Es Francis Bacon quien aparece retratado, con 18 años, en el cielo de este texto.

Aquel invierno de 2009 Londres estaba casi blanco. Sereno. Bellísimo. Vibrante de pasado y de futuro. También lo estaba mi querida hija, que, con sus 13 años, no paraba de tomar fotos en rincones herrumbrosos del metro, o en muros medievales en los que vibraba el musgo artificial de grafitis con talento.

Entramos en la Royal Academy of Arts. Había una exposición de esculturas de Epsein. Y allí estaba el famoso “Trípode”: una especie de ametralladora antropo-mimética que producía espanto maravillado.

Aquella noche, en casa de unos amigos, asistimos a un despliegue de tecno-magia interactiva en el universo Apple: todo artefactos amables, suaves al tacto, capaces de coordinarse entre sí para ofrecernos casi infinitos contenidos de conciencia: música, películas, Youtube… todo configurándose en una enorme pantalla casi mental que, en ocasiones, también reflejaba el fabuloso espectáculo de los tejados de Chelsea y los edificios del Támesis.

Nada que ver con el trípode de Epsein. Nada que ver con las “máquinas” hostilísimas de la triología “Matrix”.

“Máquina”.

¿Qué significado otorga la Real Academia Española a este vocablo? Reproduzco el primero de la lista:

Máquina (Del lat. machĭna, y este del gr. dórico μαχανά).

1. f. Artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza.

Estamos en Filosofía y nos tenemos que abismar en preguntas así:  ¿Qué modelo del todo es necesario sostener -y respirar- para hablar siquiera de esas determinadas partes de lo real? ¿Hacen los hombres las máquinas? ¿Cabe construir máquinas fuera de las leyes de la Naturaleza? ¿Pero alguien conoce las leyes de la Naturaleza? ¿Tienen “alma” las máquinas o son meramente “materiales”? ¿Y qué es la “Materia”? ¿Tiene alma la Materia?

Hace algunos años impartí cursos de Filosofía apoyándome en la trilogía “Matrix”. Fue una experiencia muy vivificante y creo que pudimos acceder a privilegiadas visualizaciones de modelos metafísicos que solo se presentan en textos generalmente abstrusos. Creo que en esos cursos también pudimos sentir que el universal “máquina” quedaba desdibujado; y que se nos abría un mundo donde todo -todo modelo de universales- parecía posible. “Free your mind”, le decía Morpheo a Neo. ¿Y qué será eso de “liberar la mente”? ¿Sacarla de las “maquinarias cósmicas” que fabrica el lenguaje?

También Francis Bacon, cuyo retrato sobrevuela estas notas, quiso liberar las “mentes”. A él se le considera el profeta de la civilización tecnológica: un edén de hombres y de materia algoritmizada al servicio de la plenitud humana: un “i-Kosmos” amable, suave al tacto, divertido, colectivista, gentil.

La idea fundamental que intentaré exponer en este texto es la siguiente: vivimos (en cuanto “seres humanos”) en una máquina: vivimos en un Cosmos que se mueve, artificialmente, en función de una estructura de ideas [Véase “Idea“]. En realidad esto es lo que estaría sosteniendo el mecanicismo materialista: todo se mueve, ordenadamente, mecánicamente, según unas leyes naturales inmutables (que quizás puedan englobarse en una sola).

Pero el mecanicismo materialista no contempla que esa máquina pueda ser modificada, como por arte de magia: valdría con modificar la estructura ideológica de la maquinaria cósmica para que aflorara -como por arte de magia- otra maquinaria entera: otro universo en “nuestra” conciencia, que es donde opera toda máquina.

También sospecho que vivimos en una maquina gramatical. Vak -la diosa védica de la Palabra- sería la voz de una máquina prodigiosa; pero que cabe desactivar, simplemente, apretando -desde “dentro”- el botón de la Meditación [Véase]. Y -desde “fuera”- el de la Gracia [Véase].

Antes de ocuparme con algo más de detalle de esta intuición, creo que puede sernos útil hacer el siguiente recorrido:

1.- Aristóteles. El primer motor. El mundo entero se mueve por atracción hacia ese Dios inmóvil, bellísimo, gélido. El mundo entero es una maquinaria enamorada, movilizada por ese imán metafísico. Ineludible. Somos máquinas enamoradas sin saberlo.

2.- Francis Bacon. La Nueva Atlántida. El ser humano, agrupado en sociedades científicas, puede crear un nuevo mundo. Pero tiene que observar la Naturaleza con la mente liberada de prejuicios, de “falsos ídolos”. “Un hombre que conozca las formas puede descubrir y obtener efectos jamás conseguidos con anterioridad; efectos que las mutaciones naturales, el azar o la experiencia y laboriosidad de los hombres nunca produjeron y que tampoco habría podido prever la mente humana”. “¡Cuántas cosas son todavía posibles!” cantó Nietzsche. Bacon vio en la “Materia” (lo que no es “hombre” ni “Dios”) posibilidades de Creación casi infinitas: de Creación, ni más ni menos, de nuevas esencias: nuevas “Ideas” podríamos decir: nuevos pobladores de ese Kosmos Noetós que Platón -pero no Schopenhauer- creyó inmutable.

3.- Heidegger [Véase].  La pregunta por la técnica. El técnico en realidad no hace nada, lo hace, por así decirlo, el Ser a través de él. El error estaría en admitir un dualismo que reduciría la naturaleza a “objeto”, a “rex extensa”, a cosa ahí, muerta, dispuesta a ser invadida y usada por un ser humano “externo”.

4.- Nishitani (Religion and Nothingness). Efectos del dualismo materialista-cartesiano implícito en la visión moderna de la tecnología: “[…] el hombre queda rodeado de un mundo frío y sin vida. Inevitablemente, cada ego individual pasa a ser una isla solitaria, aunque bien fortificada, flotando en un mar de materia muerta. […] la corriente de vida que fluía nutriendo las raíces del hombre y de las cosas se secó”. La cita la he sacado de esta obra: Mónica Cavallé: “La sabiduría de la no-dualidad”, Kairós, Barcelona 2000.

5.- Juan David García Bacca. Este filósofo tiene una obra cuyo título es Elogio a la Técnica (Antrophos). En el siguiente enlace de internet se puede acceder, gratuitamente, a su obra “Ciencia, Técnica, Historia y Filosofía”:   http://www.garciabacca.com/bibliode.html. García Bacca fue un enamorado de la técnica. Y de la Poesía. Creo que es lo mismo. [Véase “Poesía” y “Materia“]. La máquina canaliza, dirige, una fuerza. La Poesía también. Y fabrica mundos enteros en nuestra conciencia.

Con las palabras construimos mundos: maquinarias que canalizan la Fuerza. ¿Qué Fuerza es esa? ¿De quién es? Es la fuerza de la Ilusión.

Voy a exponer a continuación algunas ideas sueltas, meros esbozos por el momento:

1.- Repito las intuiciones fundamentales que adelanté al comienzo de este texto: vivimos (en cuanto “seres humanos”) en una máquina: vivimos en un Cosmos que se mueve, artificialmente, en función de una estructura de ideas [Véase “Idea”]. En realidad esto es lo que estaría sosteniendo el mecanicismo materialista: todo se mueve, ordenadamente, mecánicamente, según unas leyes naturales inmutables (que quizás puedan englobarse en una sola). Pero este modelo no contempla que esa máquina pueda ser modificada, como por arte de magia: valdría con modificar la estructura ideológica de la maquinaria cósmica para que aflorara -como por arte de magia- otra maquinaria entera: otro universo. También sospecho que vivimos en una maquina gramatical. Vak -la diosa védica de la Palabra- sería la voz de una máquina prodigiosa; pero que cabe desactivar, simplemente, apretando el botón de la Meditación. O el de la Gracia. Eso ya desde “fuera”.

2.- El Hatha-Yoga es una tecnología que permite al “hombre” (por decir algo) transformar su cuerpo y su mente (y el mundo entero por tanto) en su propia máquina sagrada.

3.- Puede que el universo entero, y cualquier universo (cualquier cosmos bailando cualquier música ideológica) sean máquinas en manos de algo que quizás el vedanta denominaría Brahman: el gran soñador: el gran constructor de máquinas-Maya. Todo mundo (toda forma de finitización en el infinito de “nuestra” conciencia”) sería la canalización de una Ilusión. La Ilusión de “Dios”. O de la “Tiniebla” [Véase “Luz”].

4.- Desde el monismo metafísico -el vedanta advaita entre otros- todo lo que hay (coches y teléfonos móviles incluidos) es algo así como una vibración en el alma única que lo penetra todo. Una máquina, cualquier máquina (si es que seguimos manteniendo ese universal), tendría el mismo grado de espiritualidad que el corazón de un niño y el mismo frescor natural que el pétalo de una rosa o un anillo de Saturno. ¿Podemos soportar esta visión? Yo no. Por el momento. Pero quizás haya que abrir la mente a nuevas bailarinas: nuevos hechizos para seguir viviendo (para seguir subyugados por una ilusión). No otra cosa es vivir.

5.- Hay un tipo de máquina que me fascina especialmente. Es una especie de exo-esqueleto humano que llamamos “coches”. Mi hobby más secreto es comprar revistas de coches, o contemplarlos por internet. Lo que me subyuga es su tensión estética: el hecho de que vayan modificándose sus formas, como si a través de ellos se estuviera desplegando una “evolución de las especies” filtrada, aparentemente, por el cerebro tecnológico y creativo de los seres humanos. Lo sorprendente es que esa evolución no se detiene y que lo nuevo siempre parece encontrar un misterioso beneplácito estético en la colectividad implicada en ese mercado. Vicente Verdú en su obra Capitalismo funeral [Véase mi crítica aquí] se lamenta de que pudieran estar irrumpiendo coches que no serían “coches-coches”: nuevas esencias, como dijo Francis Bacon. Nuevas esencias demasiado “light”. Pero todo Génesis implica un Apocalipsis. Ese es el gran baile de Maya. La Gran Bailarina. Tormentas incesantes en el Kosmos Noetos de Platón.

En Londres, aquel invierno de 2009, los musgos de los muros y de los adoquines, las estatuas de Epsein, los edificios de Forster, las aguas del Támesis, el i-world de mis amigos, los preciosos ojos de mi hija Lucía y la tinta de mis notas construyeron, en mi conciencia, en mi pecho, una maquinaria poética que cuidaré, que puliré, mientras viva: un mundo custodiable.

Recordemos la primera definición de la palabra “Máquina” que nos ofrece la Real Academia Española:

1. f. Artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza.

Creo que en realidad, eso que llamamos mundo, es una maquina sagrada, un artificio, una Creación, que permite dirigir -aprovechar, regular- la acción de una fuerza desmesurada.

David López

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Las bailarinas lógicas. “Filosofía”

 

 

Filosofía.

Estoy perdidamente enamorado de esta bailarina lógica. Desde hace más de treinta años. Y ya para siempre. Eternamente, espero.

La conocí en 1978. Yo tenía catorce años y ella varios miles. Ocurrió en el instituto Jaime Ferrán de Villalba (Madrid). A partir de entonces el mundo, y mi mente, y quizás mi corazón, iniciaron una expansión infinita. O, mejor dicho, un regreso a inmensidades que sentí cuando era un niño de pocos años (no más de seis).

Recuerdo a dos profesores de aquel instituto, pero no sus nombres. Uno de ellos había trabajado en la ONU, tenía gafas redondas y convocó un concurso filosófico con el lema “Libertad y autoridad”. Yo me presenté con un trabajo en el que afirmé que era necesaria la autoridad porque no había libertad: que el hombre libre no necesita la autoridad. Sigo pensando lo mismo. Gané aquel concurso y sentí una enorme felicidad.

Sí recuerdo haber leído a Locke pensando el pensamiento. Y a Nietzsche gritando eso de que Dios había muerto. También recuerdo haber pasado decenas de horas virtuales en las habitaciones, y en las terrazas, y en los jardines, de la Montaña Mágica de Thomas Mann. O haberme sorprendido de que el Sidhartha de Hemann Hesse sufriera tanto con su hijo al final de la novela, a pesar de ser tan sabio, a pesar de haber vivido y pensado y aprendido tanto en aquel territorio casi imaginario cuyo nombre era  “India”. ¡La India!

Ahora, treinta y tantos años después, ese final de novela lo tengo muy presente. Ahora sé lo que se puede llegar a amar a un hijo. Ahora sé que Maya duele como nada puede doler jamás. Solo en Maya se puede sufrir. Solo en Maya se puede encontrar lo sagrado. Solo en Maya se puede amar. Dios sin Maya (sin mundo) no es nada. Es una infinita tristeza, una infinita y atroz soledad.

Este texto, y las conferencias que saldrán de él, quiero que sean un homenaje, una declaración de amor. Un agradecimiento. La Filosofía me ha proporcionado momentos que yo no creía posibles. Y desde hace algunos años tengo el privilegio de compartir esos momentos con otros cerebros y otros corazones.

Recuerdo ahora las miles de horas de soledad, normalmente rodeado por paisajes solitarios, sin espacio delimitado, sin tiempo confinado y depredado. Recuerdo haberme tumbado en el suelo, estupefacto, muchas veces, ante la contemplación de alguna Inmensidad atrapada en algún sistema filosófico: frases expandidas al máximo, palpando lo inefable, adoptando posturas yóguicas casi imposibles, para decir lo que hay. Esto. Y ofreciendo un fabuloso espectáculo estético: el lenguaje hipertrofiado, el lenguaje rugiendo dentro de sí mismo para decir Todo: serlo Todo: y hacerlo además sin quedar incinerado en el Todo.

La Filosofía: sentir la brisa que entra en la mente y en el alma y en el cuerpo cuando el lenguaje deja sitio al Infinito: cuando lo atrae con sus temblorosas manos de palabras, cuando deja huecos y transparentes los conceptos de mente y alma y cuerpo y cualquier otro, incluido el concepto de concepto.

El día en que conocí la Filosofía, en ese instituto de pueblo, gélido en invierno como el universo de Pascal, sentí que alguien muy poderoso y muy cercano había empezado a descorrer las cortinas de mi habitación; y que irrumpía en ella una mañana sin límites, un horizonte de belleza insoportable. Luego he ido descubriendo que la Filosofía es un vuelo prodigioso por los infinitos -y sagrados- modelos de finitud que pueden configurarse en eso que sea “nuestra mente”; si es que es algo distinto de la mente del propio Dios (conceptos huecos, nadas vibrando en la Nada Mágica, pero siendo capaces de ofrecer la apariencia de una existencia). Así debe ser.

Aristóteles siempre me ha impresionado con esta afirmación del comienzo de su Metafísica: “y tal ciencia [la Filosofía] puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna”.

Quizás sea la Filosofía una ciencia de Dios y sobre Dios: un autoconocimiento imposible: una angustiosa, descomunal, prodigiosa, retorsión del Ser sobre sí mismo.

En este momento la Filosofía es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría”, pero siendo consciente de que toda sabiduría es ignorancia fundamental, hechizo necesario para vibrar vitalmente en un mundo: para ser algo en algo: para disfrutar de ese misterio ontológico que denominamos, a la ligera, “vivir”. La Filosofía sería para mí, en este momento, “amor a la ignorancia”, pues toda sabiduría es ignorancia sagrada, útil, creacional.

Acabo de enunciar la idea fundamental que desarrollaré en este texto. Pero antes quisiera detenerme en los siguientes lugares:

1.- Etimología de la palabra. Del griego: amor a la sabiduría. Según Cicerón, Diógenes Laercio y Jámblico, fue Pitágoras el primero en llamarse a sí mismo “filósofo”, amante de la sabiduría. En el pensamiento/sentimiento de lo que hoy llamamos India antigua la palabra sería Dharsana: “mirada”.

2.- El Nasadiya Sukta del Rig Veda (10.129). La gran pregunta. ¿De dónde ha salido todo esto (dioses incluidos)? ¿Lo sabe alguien? ¿Lo sabe el que lo mira todo desde arriba? Quizás tampoco lo sabe.

3.- ¿La Filosofía nació en Grecia? ¿Hubo Filosofía anteriormente, en otros lugares del planeta, como Egipto, Persia, China o India? ¿Existe algo identificable como “filosofía oriental”?

4.- Los que primero filosofaron: el mito del paso del mito al logos. Esta idea, esta sensación, me acompaña desde hace muchos años. Espero desarrollarla con cierto rigor en un futuro próximo.

5.- El caso Sócrates-Platón. La filosofía como impulso erótico hacia las ideas. [Véase “Idea” y “Belleza“].

6.- Aristóteles. La Metafísica. La ciencia que estudia las primeras causas. O, mejor, en singular: la primera causa: “Dios” [Véase]. En mis cursos de Filosofía siempre, al final, terminamos hablando de ese abismo. Es ineludible porque filosofar es, básicamente, preguntarse qué demonios es todo esto: qué está pasando aquí. Pero de verdad… Y, sobre todo, qué/quién tiene el poder. ¿El poder de qué?

7.- Ibn Arabí. El estupor maravillado. Ante lo que hay. Esta barbaridad. Por favor. Deja de leer y levanta la mirada a tu alrededor. Siente el “Esto”. La “Cosa”.

8.- Schopenhauer. El mejor filósofo es el músico: es el que expresa con más precisión la esencia del mundo. Pero en la metafísica de Schopenhauer el mundo no agota la totalidad del Ser.

9.- Nietzsche. El filósofo aumenta los hechizos al servicio de la vida: no es un desvelador de verdades, sino un artista constructor de verdades. Hay fertilidad disponible para eso y para mucho más.

10.- Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Estas once conferencias impartidas por Ortega y Gasset en 1929 constituyen una obra maestra del arte filosófico. No pueden dejarse de leer. Dice Ortega, entre muchas otras cosas: “El hombre se instalaba dentro de la física y cuando esta concluía seguía el filósofo todo derecho, en una especie de movimiento de inercia, usando para explicar lo que quedaba una suerte de física extramuros. Esta física más allá de la física era la metafísica -por tanto una física fuera de sí. Pero lo dicho antes anuncia que nuestro camino es el opuesto. Hacemos que el físico -y lo mismo el matemático, o el historiador, o el artista, o el político-, al notar los límites de su oficio, retroceda al fondo de sí mismo […] No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta ésta pues, no meta-física, sino ante-física.”

11.- María Zambrano. Filosofía y Poesía. Una vez más en este diccionario filosófico. También: Algunos lugares de la Poesía.

12.- Jean-FranÇois Lyotard: Porquoi philosopher?  “Pero nos preguntábamos si sirve de algo filosofar, pues la filosofía, según su propio testimonio, no encierra historial alguno, no concluye ningún sistema y, rigurosamente hablando, no conduce a nada”. Yo recuerdo a una señora que, tras un año de curso de Filosofía, me preguntó: Entonces, ¿qué? ¿Cuál es la conclusión? Yo no supe qué contestar y me limité a compartir una sensación: hemos nadado juntos por la Inmensidad. Hemos braceado por el Infinito. Para mí, al menos, ha sido una experiencia sublime, y no sólo en sentido kantiano.

Ahora procedo a exponer ideas propias. Algunas las he expresado varias veces, incluso han dado título a cursos enteros. Son éstas:

1.- La Filosofía para mí es una experiencia extrema: la más extrema que puede soportar mi mente. A partir de ahí -de ese límite- ubico la experiencia mística: esa llama de amor viva que incinera la nave del filósofo y al filósofo mismo [Véase “Cábala”]. De eso no se puede hablar. Pero de Filosofía sí. Y cuando el lenguaje filosofa construye edificios prodigiosos. Vivificantes para nuestras ilusiones.

2.- “Modelo de totalidad”. Es un concepto que acuñé hace algunos años y que desarrollé a lo largo de un curso entero (cuarenta conferencias creo que fueron). Mi intención era detectar desde dónde -desde qué previa estructura de la totalidad- se creen que están emitiendo su Filosofía cada uno de los grandes filósofos. Y qué se creen ellos ser cuando están segregando ideas. Este concepto, esta herramienta hermenéutica, me ha sido de una gran utilidad para, en lo posible, “entrar” en la mente de los filósofos -y de los “místicos” y de los “científicos”-. No se trata tanto de entender sus propuestas o sus descripciones sistematizadoras, sino su previo hábitat físico y metafísico, tal y como sus mentes lo tienen instalado.

3.- “Obras maestras del arte filosófico”. Es el título de un curso al que dediqué también un año entero. En esa ocasión quise visualizar las propuestas de los grandes filósofos como si fueran obras de arte. Pero no solo de arte “poético”, sino, sobre todo, arquitectónico: me fascinan, además de forma creciente, esos edificios en los que se quiere apresar lo que hay: esos “sistemas” que tratan de sobrevivir, de mantenerse en pie, entre las gigantescas olas físicas y metafísicas que zarandean el Ser.

4.- “Bailarina lógica”. Es otro de los conceptos que han surgido espontáneamente de mi actividad filosófica. En él se basa este diccionario. Sugiero leer la explicaciones y las emociones que comparto [Véase Bailarina lógica].

5.- “Filosofía”. En este momento es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría” (pero desde fuera de la “sabiduría”…. no se puede amar algo desde dentro). [Véase “Concepto” y “Cosmos“]. La Filosofía la entiendo como amor a los hechizos, a los infinitos cosmizados. Amor a la vida. Y, en mi caso concreto, amor -a muerte- hacia la vida que estoy viviendo en este rincón prodigioso de la Inmensidad.

6.- La Filosofía ofrece el espectáculo de los flujos entre la Apara-Vidya y la Para-Vidya [Véase]: es un ojo misterioso que contempla lo que ocurre en el espacio infinito de la mente (por utilizar una palabra que ya presupone un modelo de totalidad).

7.- ¿Qué no es Filosofía? El pensamiento algorítmico que busca sus nutrientes en los discursos que se le van presentando. Aquí hay miedo, hambre, inseguridad: se buscan materiales para solidificar los diques de contención intra-cósmica. No se oye. No interesa ver, sino resguardarse, comer, no sufrir.

8.- Es común decir que andamos buscando, buscando la verdad, y que no la encontramos, pero que la encontraremos algún día (si seguimos subiendo no sé qué escaleras). El buscador en realidad no busca verdades, sino calma, o quizás también, en ocasiones, ilusión, antídotos contra el aburrimiento. La verdadera Filosofía, en mi opinión, se practica desde un encuentro radical y desbordante: la experiencia de la existencia. Repito lo que escribí en “Existencia” [Véase]. No se puede encontrar nada más descomunal. El lenguaje luego, aturdido, sobre-excitado, quiere atrapar lo que le tiene a él atrapado: lo que le envuelve y, a la vez, lo constituye (soy consciente de que estoy tratando al lenguaje, gramaticalmente, como si fuera una persona).

9.- Es común encontrar la palabra “Filosofía” unida a la palabra “problema”. “Problemas filosóficos”. José Ferrater Mora, en su impecable Diccionario de Filosofía, al ocuparse de esta palabra, empieza diciendo: “Entre los problemas que se plantean con respecto a la filosofía figuran […]”. Para mí la Filosofía -siempre en mayúscula- ha sido siempre un regalo, una especie de sustancia mágica, vivificadora. Sé que algunos de vosotros habéis notado, cuando practicamos la Filosofía, como si de pronto desembocara en vuestro pecho un manantial de agua fresca y como si surgieran decenas de arco iris en los horizontes de vuestra mente. Podríamos decir que la Filosofía es el mejor antídoto posible contra la claustrofobia mental, contra el enrarecimiento de la atmósfera de nuestro cerebro. Y de nuestro corazón también. Quizás sea, dicho desde el modelo de totalidad cientista-cerebralista, que la Filosofía propicia, exige, una plasticidad cerebral casi infinita. Y eso no es sino un regreso al prodigioso mundo en el que vivimos cuando éramos niños: cuando el universo no estaba casi seco, reducido.

10.- Creo que los “sistemas de verdad” que busca el buscador -esas casitas de chocolate ontológico- no solo pueden necrosear los paisajes de nuestra mente, sino que, además, niegan la libertad y la creatividad del Ser. De lo que hay. Soy consciente de que estoy emitiendo una especie de “Verdad”. Pero no tengo forma de salir del lenguaje si quiero seguir practicando la maravilla de Filosofía.

Alguna vez he confesado a algún alumno, a algún amigo, lo que siento. Ahora lo voy a hacer, digamos, públicamente. Siento una sobreabundancia de “encuentros” y una dificultad, gloriosa pero agotadora, de gestionar esos “encuentros”: de pasarlos a textos, de compartirlos con los seres a los que amo: los seres humanos: vosotros.

Muchas veces  me siento como cuando era un niño y los Reyes Magos habían llenado de tesoros el salón de mi casa. Es como si ese momento se hubiera prolongado eternamente. Y me falta tiempo -y energía- para ocuparme de tanto tesoro. A veces siento incluso cierta ansiedad. Y mucho cansancio. El Yoga es el que se encarga de custodiar mi cordura. O eso espero al menos.

Lo confieso: no sé qué hacer con tanto encuentro: con tantas imágenes prodigiosas de esa Inmensidades que nos rodean y que nos constituyen. Por eso es para mí un verdadero regalo, casi una terapia, casi un sacramento, que haya gente que quiera compartir conmigo esas Inmensidades: y que quiera llevárselas al salón de sus mentes y de sus corazones.

Por último, quiero dar las gracias a la Filosofía, a esa fabulosa bailarina lógica: me ha regalado una vida impresionante; aunque un poco dura, por trabajosa.

Y quiero daros las gracias a todos vosotros (alumnos y lectores) por acompañarme con tanto cariño, con tanta paciencia y con tanto respeto.

Gracias desde el fondo sin fondo de mi corazón.

David López

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Las bailarinas lógicas: “Cábala”

Cábala. Algunos no quieren que esta bailarina lógica lleve la “C” delante y reclaman que siempre se escriba con “K”: Kábala.

En cualquier caso significa “tradición”: entrega sucesiva de un gran secreto que se cree que Dios incorporó a su Creación para ser usado por los seres humanos (en realidad para ser usado por él mismo).

Estamos ante una bailarina hebrea de mirada penetrante. Una bailarina cubierta con mil velos dispuestos a retirarse ante el sabio. Una bailarina cuyos ojos, siempre medio abiertos, siempre medio cerrados, están pintados con tierras de muchos mundos.

En el cielo de estas frases aparece el monte donde se supone que Moisés fue contactado por Dios; y donde recibió de esa omnipotencia, de esa omnicreatividad, una información decisiva. Algunos lo denominan monte Sinaí. Otros Gebel Musa (Monte Moisés). Me parece una montaña sorprendentemente bella y salvaje.

Cabría visualizar esa montaña como la parte interior de  un  usb, un enchufe, un puerto de entrada utilizado por Dios para introducir datos, manuales de instrucciones, en su Creación (en su prodigioso programa, o en su prodigioso hechizo si se quiere).

Leamos (Éxodo 3.1-6):

Apacentaba Moisés el ganado de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Llevóle un día más allá del desierto; y llegado al monte de Dios, Horeb, se le apareció el ángel de Yavé en llama de fuego de en medio de una zarza. Veía Moisés que la zarza ardía y no se consumía, y se dijo: “Voy a ver qué gran visión es ésta y por qué no se consume la zarza”. Vio Yavé que se acercaba para mirar, y le llamó de en medio de la zarza”: ¡Moisés! ¡Moisés!” Él respondió: “Heme aquí”. Yaveh le dijo: “No te acerques. Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa”, y añadió: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro, pues temía ver a Dios.

¿Por qué tenía miedo de mirar a Dios? No es ilógico pensar la posibilidad de que se pueda morir de belleza. Recodemos cuando nos hemos convulsionado, nos hemos sentido sacados del mundo, por algo extremadamente bello. ¿Qué podría pasar si la intensidad de esa belleza se elevara millones de grados, miles de millones de grados?

El caso es que Moisés recibió instrucciones para salvar al pueblo de Israel, que estaba esclavizado en Egipto. Y las siguió. Y regresó con el pueblo (salvado al menos políticamente) al pie de esa montaña “abierta”, al pie de esa especie de agujero negro con forma de monte por el que entraba Dios en su Creación.

Pero subió solo. Porque se lo ordenó su Dios, porque quizás solo Moisés era considerado capaz de soportar la brutal presencia de Dios (Éxodo 19, 21-22):

Baja y prohíbe terminantemente al pueblo que traspase el término marcado para acercarse a Yavé y ver, no vayan a perecer muchos de ellos. Que aun los sacerdotes, que son los que se acercan a Yavé, se santifiquen, no los hiera Yavé.

Poco después Moisés recibió la Ley (la Torá). Según la tradición rabínica, Dios habría transmitido a Moisés una doble Torá: la escrita (que sería exotéricamente accesible a todo el pueblo por la simple lectura de las sagradas escrituras) y la oral (la Torá secreta, solo transmisible de maestro a discípulo, digamos “upanisádicamente”). De esa tradición oral surgiría el Talmud, texto fundamental del judaísmo rabínico.

Estamos ante lo que se conoce como “esoterismo judío”. Hay quien habla también de la magia judía.

He entrado en la Cábala gracias a mi admirado amigo Álvaro Calle Gliugueri. A él le debo una introducción escueta pero luminosísima de algo que, desde hace muchos años, moviliza su generosa inteligencia y su espacioso corazón.

A mí, por el momento, me interesa sobre todo ensayar un dibujo del modelo de totalidad desde el que opera la Cábala: cómo ve esa tradición la “Caja Total”, dónde se creen que están esos sabios, cuál es el objetivo final de su sabiduría.

Lecturas recomendables: Pico de la Mirandola: Conclusiones místicas y cabalísticas. Merece ser leída la edición de Obelisco (Barcelona, 1982), a partir de la traducción de Eduardo Sierra, con introducción de Julio Peradejordi.

También deben ser leídos: Gershom Scholem,  Ben Shimon Halevi y Gerald Schroeder… Este último autor ha realizado un intento de legitimar la narración literal del Génesis  con los datos que ofrece lo que, según él, es la Ciencia actual. Yo no he realizado todavía un estudio de su propuesta, pero sí voy a ofrecer algunas reflexiones en torno a este intento de fusión de dos sistemas de verdades (este hibridismo lógico-cósmico). La página de Schroeder es ésta:  http://www.geraldschroeder.com.

Un precioso libro sobre la Cábala que cayó hace algún tiempo en mis manos es éste: Mario Satz: Árbol Verbal (Nueve notas en torno a la Kábala), Altalena, Madrid 1983. Me lo regaló, con emoción, una querida alumna cuya nombre es Paloma Marugán. En esta obra hay frases así: “La escritura es la huella del ciempiés del espíritu sobre la roca de los siglos” (p. 9). Y así: “El poder sobre el lenguaje era la meta de todo kabalista zohárico. Este poder no se traducía, no debía traducirse en un dominio sobre el otro, sino sobre uno mismo”.

A continuación ofrezco algunas imágenes y reflexiones que ha desencadenado en mí la bailarina lógica Cábala:

1.- Transparencia. Transparencias. El modelo del Ser (el modelo de totalidad) desde el que parece pensar y sentir el cabalista está construido con transparencias. Todo lo que se presenta ante el hombre -textos incluidos- sería transparente: sería una epidermis que serviría para transmitir un misterioso magma de mensajes: todo estaría hablando a través de transparencias: cualquier hecho, cualquier relación entre cosas, tendría significado, si se está lo suficientemente atento para atravesar su epidermis: su velo lógico. Pensemos en un simple cartel publicitario en la carretera. De pronto leemos en él un texto que contiene un mensaje fundamental para nuestra vida.

2.- Y transparentes serían también los textos, cualquier texto. Por ejemplo el Nuevo Testamento: según algunas escuelas cabalistas en ese texto Dios habría condensado toda la Verdad con mayúscula, y también todas las verdades con minúscula, incluidas las leyes de la Física y de la Política. Así, bastaría con retirar los velos lógicos que cubren ese texto absoluto para ser absolutamente sabio, o todo lo sabio que se puede ser desde la condición humana, que supongo que no será mucho (hay niveles de sabiduría que incineran al sabio en la hoguera del infinito).

3.- Si consideramos las conclusiones a las que he ido llegando con la palabra “Logos” [Véase], cabría decir que el sabio cabalista lo que consigue es atravesar la carne interior de su cosmos (de su “mente” si se quiere) y visualizar la estructura de ideas con que se ha construído ese cosmos: vería el programa, la arquitectura lógica, que sostiene su mundo: y esa arquitectura se presentaría en cualquier punto al que accediera su mirada, al menos su mirada “intelectual” o “mental” (que es la que es tomada por un Logos, por un” discurso de totalidad” si se quiere). Gerald Schroeder, por ejemplo, viviría en un cosmos construido, al menos, con dos sistemas de ideas (las que ofrecen sus textos sagrados y las que ofrece eso que llamamos “Ciencia”). Schroeder, cuando busque, cuando calcule, encontrará siempre ese cosmos híbrido, porque, precisamente, es el que vertebra su mirada. Lo curioso es que se intente legitimar la narración literal del Génesis con la narración literal de algunas hipótesis científicas (hipótesis que están siempre amenzazadas de vacuidad, de ser un hechizo entre hechizos, de ser, dentro de algunos años, un sueño tribal).

4.- El cabalista manejaría una especie de maquinaria de rayos x lógicos que le permitiría ver la estructura del cosmos que, precisamente, modela su mirada. Porque toda mirada humana requiere ser finitizada (cosmizada, “logificada”). Toda mirada es ciega porque es intracósmica; es decir: “intra-lógica”. Toda mirada es onírica.

5.- Dos pilares fundamentales de la cábala  son el monoteísmo (hay un Dios omnipotente y creador) y el árbol de la vida: un dibujo que representa algo así como el proceso de alejamiento y regreso a sí mismo del propio Dios. Ese árbol simbólico, tan esencial en la Cábala, se ha explicado de muy diversas maneras. Hay quien ve en él un modelo de los distintos estados de conciencia a los que puede ir accediendo el hombre hasta llegar a lo más alto de su condición (Kéter, la corona). O, dicho al reves, y de forma descendente: el árbol  de la vida de los cabalistas muestra los distintos niveles de conciencia a los que puede llegar a bajar Dios: marcaría el límite máximo de lo que ese ser es capaz de alejarse de sí mismo.

6.- Ahora quisiera compartir aquí un vértigo, una ventana extrema: ¿Y si los textos sagrados fueran de verdad sagrados? ¿Y si fueran membranas vivas, permanentemente regadas con la sangre omnipotente del Dios que los instaura en su Creación? Quiero decir: ¿Y si el texto tuviera una dimensión metafísica que se nos escapa? ¿Y si el que leyera un texto sagrado como la Biblia, o cualquier otro, sagrado o no, estuviera en contacto con un tejido metafísicamente membranoso? El cabalista vería a través de, por así decirlo, las paredes celulares de su cosmos: los textos sagrados serían lugares de entrada, y de uso, para lo que no es pensable desde aquí dentro.

7.- El árbol de la vida, desde la perspectiva de la Cábala, sería algo así como la huella que dejaría Dios en su paso por la finitud. O, mejor explicado quizás: un sistema prediseñado -un radical legaliformidad- que permitiría a lo que es infinito y metaforme vivir, vivir en un mundo: dudar, jugar, sufrir, amar transparencias: ser un ser humano.

Finalmente, cabría decir desde el monoteísmo cabalista  que el arbol de la vida es el arbol de la vida de Dios.  Y que cada hombre sería una nueva oportunidad de vida para el propio Dios. De ahí su carácter sagrado. El del hombre,quiero decir. Y de ahí el que no podamos jamás perderle el respeto.

El hombre, cada hombre, en sus diversos niveles de conciencia, sería un árbol metafísico: el árbol donde Dios consigue acceder a la vida plena, esa imponente tormenta de luces y de sombras .

David López

Este blog de Filosofía no cuenta con publicidad ni con apoyo institucional. Y yo no tengo recursos financieros para sostenerlo y para desarrollarlo. Sí tengo, sin embargo, una  enorme cantidad de ideas y de proyectos filosóficos todavía por desarrollar y por comunicar. Por todo ello, si tú crees que tiene valor el trabajo que estoy ofreciendo aquí, por favor, considera la posibilidad de hacer alguna donación (a través del botón “Donate”). Tu ayuda puede ser decisiva para la supervivencia de este proyecto. Te doy mi palabra.

Las bailarinas lógicas /Un diccionario filosófico: “Arte”

Lo que aparece sobre esta frase es una fotografía de un cuadro que pintó Leonardo da Vinci y que lleva por nombre Salvator Mundi. Un avatar de Dios (Jesucristo) hecho materia por un artista que ha sido divinizado por la historia de nuestra civilización. Se dice que, al día de la fecha, es el cuadro por el que más dinero se ha pagado jamás: 450 millones de dólares. Quizás estemos ante la porción de materia más cara del universo. Un cuadro. Materia transformada por la mano humana, por el corazón humano: materia mutada dispuesta a producir estados de conciencia excepcionales a quien la observe.

Estamos ante una obra de Arte. ¿Qué es el Arte?

La Real Academia Española ofrece esta sobria definición: “Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Esta Academia ofrece otras definiciones para el arte entendido como habilidad humana, como virtud, como técnica, etc. No me voy a ocupar de ellas aquí.  Mi propósito es aproximarme a eso que sea el “Arte” desde dos perspectivas: la metafísica (la filosófica) y la puramente física (si es que sostenemos que la Física no es, en realidad, una Metafísica).

Desde la Metafísica [Véase] surgen, como mínimo, estas preguntas: ¿Qué es el Arte, qué lugar ocupa en la gran dinámica de la totalidad? ¿Cabe dibujar un modelo de totalidad en el que incluir el fenómeno del Arte? ¿Es el Arte un fenómeno crucial, una muestra privilegiada,  para acometer una profunda antropología, o una psicología si se quiere, o incluso una sociología no cegada por los límites que impone su objeto de estudio?

Desde la Física, por su parte, surgen preguntas fascinantes: ¿Cómo visualizar, desde un punto de vista radicalmente físico, o materialista, el fenómeno del Arte: la inspiración, la creación, la comunicación de lo creado, la alteración del estado de conciencia del receptor de la obra? ¿Qué es, físicamente, molecularmente, o cuánticamente, una obra de Arte como la Piedad de Miguel Ángel o la Pasión según San Mateo de Bach? ¿Cómo visualizar a la vez, matemáticamente si se quiere, al creador de la obra, a la obra misma -vibrante, voraz- y al receptor? ¿Qué le pasa a la materia -a toda la materia implicada- cuando suena la Pasión según San Mateo de Bach? O dicho más descarnadamente: ¿Qué le pasa a la materia, a mi materia, cuando yo soy tomado, físicamente, por ese ser invisible que creó Bach y que nos acecha desde la zona invisible? [Véase  aquí “Física”].

La Pasión según San Mateo de Bach no existe, no tiene un lugar concreto en el mundo de lo perceptible: es, por así decirlo, una idea, en sentido platónico, creada por un ser humano (que es otra idea), y dispuesta a dar forma a la materia: es una especie de modelo de existencia (una forma de vibración artificial pre-programada), que no tiene, paradójicamente, existencia material. Ésta será mi tesis fundamental sobre el Arte.

Creo que puede ser útil hacer las siguientes paradas por la Historia de la Filosofía:

1.- El rechazo del Arte por parte de Platón. El Demiurgo es un artesano.

2.- El Arte en el Romanticismo. La divinización del artista. Novalis: “La flor azul”.

3.- Hegel. Ofrece un soprendente placer la lectura su obra Vorlesungen über die Ästhetik [Lecciones sobre la estética]. En español hay una traducción de Manuel Granell (Espasa Calpe, Madrid, 1946).

4.- El caso de Schopenhauer. El artista copia las ideas mejor que la naturaleza; y ofrece al ser humano momentos en los que ya no sigue sometido a la tortura del deseo. La música como copia del corazón del mundo. El músico es el mejor filósofo.

5.- El caso de Nietzsche. “Sea yo el embellecedor del mundo”.

6.- Simone Weil [Véase]:   “La belleza del mundo es la sonrisa de ternura de Cristo hacia nosotros a través de la materia”

Y estas son mis ideas fundamentales sobre el Arte:

1.- El problema fundamental del fenómeno artístico es el de la creatividad y, por tanto, el de la libertad. Si la libertad individual es lógicamente insostenible [Véase “Libertad“], solo podemos pensar en un artista primordial, una omnipotencia sin esencia (Dios, Nada, lo que se quiera) actuando en las manos y en las neuronas y en los corazones de todos los artistas posibles. En la historia del Arte no se pueden apreciar momentos absolutamente creativos e innovadores: lo que se nos presenta es una especie de milimétrica evolución de especies estéticas, interpenetrándose y fecundándose ubícuamente. Cada artista se nutre del entorno, añade pequeñas modificaciones a lo que otros hicieron, siempre dentro de paradigmas en los que no puede no beber y que le beben a él mismo, con el huerto de su mente y de su alma superpoblado de semillas que traen los vientos que le rodean. Es difícil, o quizás imposible, ver creación pura. Jackson Pollock no innovó. Picasso tampoco. Ambos estuvieron sometidos a influencias que podrían ser visualizadas desde una perspectiva determinista. Pero existe, sin embargo, sorprendentemente, el fenómeno de la inspiración, de la posesión repentina, que Hegel describe con maestría. Se trata de un fenómeno que queda fuera del arbitrio humano: no se puede propiciar. No se puede alcanzar con el esfuerzo, ni con la reflexión, ni con la técnica. Cabría hablar de algo así como la “Gracia”.

2.- El cuadro de Pollock es, desde un punto de vista puramente “físico”, una porción de Materia [Véase]. Así, el comprador del Number 5 sabe que tiene, posee, retiene, una porción única del sólido del universo: un concreto recorte de ese gran tejido de átomos que, desde una perspectiva simplista pero útil, constituye el cosmos. Pero sabemos que esa solidez es solo aparente, o “exterior” (que es algo así como un velo). El Number 5 en realidad está hirviendo en esa “nada” que, a duras penas, trata de matematizar la Física actual. El Number 5 está abierto por dentro, abierto a una zona donde ya no se sabe muy bien si se puede seguir hablando de lo  físico (de lo objetivo) o de lo psíquico (subjetivo… ¿humano? ¿divino?… Nos perdemos ahí). Lo que sí parece aceptado es que los entes subatómicos que constituyen el Number 5 aparecen y desaparecen, cambian… Pero el cuadro parece seguir siendo el mismo, como si la materia que su forma sujeta fuera siempre la misma. Pero no lo es.

3.- Las reflexiones anteriores nos obligan a considerar que una obra de arte es una idea, en sentido platónico (un arquetipo, una instrucción para moldear la materia). La obra de arte sería una idea, en principio inmutable, que toma la materia para existir. Podríamos decir, en parte desde Schopenhauer, que la obra de arte es un ser vivo (permanencia de la forma con cambio de la materia). Esta perspectiva es más evidente en el caso de la música. El genio musical crea una forma de modificar la vibración natural del entorno acústico que rodea al perceptor. La obra musical no es la partitura, sino una idea, invisible, unas instrucciones de modificación de la materia. Y cada vez que esa idea se cumple, cada vez que la materia es tomada por la idea, la obra de arte toma vida: dispone por fin de existencia en el mundo fenoménico. Y puede incluso tomar la materia neuronal de un ser humano y, ahí, seguir sonando, seguir teniendo vida, en eso que sea la materia de su imaginación.

4.- El Arte, su posibilidad misma, plantea una cuestión puramente metafísica: ¿Por qué existe? ¿Qué estatus ontológico cabe otorgarle en la totalidad de lo real? Un relato válido podría ser el siguiente: hay algo que se autosuministra contenidos de conciencia desde infinitos puntos. Ese auto-suministro podría dar sentido al hecho mismo de la existencia de un mundo. El Arte, la obra de Arte, cuando consigue su objetivo, genera plenitudes, momentos en los que un sí absoluto, un sí más afirmativo que el del propio Nietzsche, retumba por todos los rincones del Ser (o de “lo que hay”, si es que la palabra “Ser” produce empacho).

5.- Desde el materialismo determinista (la Física pura y dura, que en realidad es una pura y dura Matafísica) aparece el fenómeno del Arte como algo realmente fabuloso: un grupo de átomos genera una especie de ley, o algoritmo, capaz de modificar la estructura de su entorno (pensemos en una obra musical, o en una pintura, que puede ser copiada infinitas veces). Y hay otro grupo de átomos que percibe esas alteraciones programadas de su entorno, lo cual altera a su vez su propio ser (pensemos en las subidas de ritmo cardíaco, el rapto, la pérdida del yo ante la belleza excesiva de una pintura, el sobrecogimiento quasiletal que puede producir una obra poética o una canción). La Materia, según el materialismo, genera formas de modificación de su entorno y es capaz de fabricar el glorioso estremecimiento del Arte. Es sin duda la Materia, esa divinidad a la que rinden culto los materialistas, una fascinante divinidad.

6.- Es probable que los seres humanos, al morir,  nos muramos de belleza. A menos “yo” -en el mundo- más belleza del mundo.

7.- Cabe por tanto hacer una equivalencia entre el rapto que  produce la obra de arte y la propia muerte. El síndrome de Stendhal sería quizás una convulsión ante un exceso de Creación: algo así como si a Dios, el Creador, se le hubiera ido la mano con su Creación: demasiada plenitud para los espectadores. Para sí mismo en realidad, si tenemos presente la imposibilidad de superar el monismo metafísico.

8.- Hace algunos años impartí un curso que llevó por título “Obras maestras del arte filosófico”. Creo que cabe contemplar los grandes sistemas filosóficos como obras de arte, no solo poético, sino también arquitectónico: grandiosos edificios que pretenden ser la totalidad.

9.- Ciento cuarenta millones de dólares por un cuadro. ¿Cómo es posible? Hay respuestas fáciles, consoladoras: la vanidad humana, la locura y la codicia del mercado, la idiotez de la condición humana… Sí, todo esto es sostenible. Pero me temo que hay mucho más. El comprador de una obra de arte compra la más inmediata materilización de una idea (de una idea platónica). No puede comprar lo que sacudió a Pollock y al planeta en ese momento de creación, pero sí su primera entrada en la materia. El comprador de una obra de Arte compra un estado de conciencia comunicable: el estado de conciencia de lo que para él es una divinidad: un ser humano excepcional (o con momentos excepcionales) en el que ha ocurrido un suceso único, un impulso único de transmutación de lo perceptible. La nada de la pintura y el lienzo han sido sublimadas por la intervención de un ser divino, divinizado por la leyenda, por el mercado, por el arbitrio de otras divinidades, por el hecho mismo de que alguien haya pagado millones de dólares por su obra. Y cabría decir que el artista es una divinidad porque, de forma explícita, genera contenidos de conciencia, construye Mayas (realidades falsas, que, según Nietzsche, serían las únicas verdaderas, porque estarían al servicio de la vida, esto es, del hechizo).

10.- Sobrecogimiento, catalizadores en la materia, plenitudes que casi matan. ¿De dónde sale todo esto? Es el tema de la creatividad. La magia. La omnipotencia. Nos despeñamos en la Teología y en la Mística.

Schopenhauer afirmó que la música, la música del genio, expresa directamente la esencia del mundo, lo que mueve todo lo que mueve el mundo (su íntimo corazón, por así decirlo). En el vídeo que ofrezco a continuación se podrá ver, por tanto, el mundo a corazón abierto, como tendido sobre la mesa del quirófano. Y podremos ver también una obra, una idea, encarnada, tomando la materia de un grupo de seres humanos, para ser, para tener vida. Sugiero contemplar las imágenes del video teniendo presente la idea schopenhaueriana de que en los seres vivos se produce un cambio constante de materia con mantenimiento de la forma. Quisiera que se pudiera ver ese ser vivo que es La Pasión según San Mateo de Bach tomando la materia de un grupo de seres humanos: moviendo los músculos de sus caras, sus manos, dibujando conexiones neuronales predeterminadas en la inmensidad de sus cerebros… Para mí ha sido una experiencia descomunal. Una visión maravillosa y aterradora a la vez: un ser vivo (creado por Bach) viviendo dentro de otro (una catedral, que es otra obra de arte, otra porción de materia tomada por la idea de un artista).

Os ruego que hagáis el esfuerzo de ver a esos dos seres vivos creados por el hombre. Uno dentro de otro. Es algo fabuloso.

La grabación pertenece al Brandenburg Consort.

David López

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La bailarinas lógicas: “Ser humano”

 

 

Lo que aparece en la imagen es la escultura de un ser que, en 1758, se denominó a sí mismo Homo sapiens. En realidad lo hizo Carlos Linneo. Se ha dicho de este dador de nombres que fue un gran poeta sueco dedicado a la Biología. Rousseau y Goethe le veneraron. No fue Dios quien puso nombre a los animales. Ni siquiera al animal humano, que parece haberse puesto nombre a sí mismo.

Homo sapiens. Ser humano. ¿Estamos ante  bailarinas lógicas, puros símbolos, nadas que quieren ser algo en una conciencia? ¿Las conciencias son siempre “humanas”? ¿Soy yo, el que ahora escribe, un ser humano? ¿Lo eres tú, lector? ¿Qué es eso exactamente?

Antes de exponer lo que ocurre en mi mente cuando baila en ella la bailarina “Ser humano”, sugiero asomarse a las siguientes ideas, preguntas y perspectivas:

1.- El relato cientista-naturalista-evolucionista: a la materia [Véase “Materia”] en la que cree ese relato (a su universo), de pronto, en un punto concreto de su despliegue temporal, le ocurre, le brota, algo prodigioso: el ser humano. Se dice también que ese ser es un “lugar” donde el universo se contempla a sí mismo. Estado actual de esa narración:  en la primera versión de este artículo (2013) esa narración afirmaba que el primer ser humano moderno (con cuerpo y comportamiento igual al nuestro) habría aparecido en la actual Etiopía (hay restos encontrados de 195.000 años). Son los hombres de Kibish, descubiertos en 1967 por Richard Leakey.  Pero, al parecer, desde 2017 hay otro lugar en el planeta (en el universo conocido) que tiene ahora  el honor de ser nuestra primera cuna, nuestro primer brote: Jebel Irhoud, en Marruecos (315.000 años).

2.- El ser humano como secuencia genética. “El genoma humano”. ¿Cuándo empieza exactamente la materia a ser un “ser humano”? ¿Cuándo deja de serlo? ¿Es el código genético la esencia de lo humano? ¿Qué límites de diferencia, de deformidad, de alejamiento del modelo básico de “genoma humano”, son admisibles para seguir hablando de “lo humano”?

3.- El cuerpo humano. Modelos de cuerpo humano. El Hatha Yoga: el cuerpo como lanzadera espiritual. El modelo platónico: cuerpo/malo versus alma/buena). El cuerpo humano y su tensión con la sociedad… Sugiero la lectura de esta obra: Peter Brown, Body and society, Columbia University Press, Londres 1988.

4.-  Shakespeare (La Tempestad): Estamos hechos con la misma materia con la que se hacen los sueños.

5.- Biblia: Corintios 3, 16-17:  “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?  Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”.

6.- El hombre es el templo de Dios. Transcribo a continuación unas palabras de Paracelso sacadas de esta obra: Jolande Jacobi (edit): Textos esenciales. Paracelso, Siruela, Madrid 2007, p. 101. La traducción es de Carlos Fortea, y la obra cuenta con un epílogo de C. G. Jung.  “Qué maravillosamente ha sido creado y configurado el hombre, cuando se penetra en su verdadero ser […] Dios ha construido su cielo en el hombre, hermoso y grande, noble y bueno; porque Dios está en su cielo, es decir, en el hombre. Él mismo dice que Él está en nosotros, y nosotros somos su templo”.

7.- Kant. Somos ciudadanos de dos mundos. Uno de ellos es accesible al conocimiento humano El otro no lo es. Y estamos destinados a volar hacia el infinito. Hacia la Filosofía. No lo podemos evitar.

8.- Otra lectura que considero ineludible: Max Scheler: Die Stellung des Menschen im Kosmos, que creo que debería traducirse como La posición del hombre en el cosmos.

9.- Estructuralistas franceses. El fin del hombre. Todo es estructura meta-humana. [Véase Levy-Strauss].

10.- Humanismo político. Sacralización del ser humano. Construcción y custodia de sistemas políticos basados en el carácter sagrado del ser humano individual. Declaración universal de los derechos humanos. ¿Pero qué ocurre si ya no es claramente identificable un ser humano? Sugiero la lectura de este libro de Francis Fukuyama [Véase aquí]: El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica, Ediciones B, 2002. La sacralización del ser humano (por el ser humano).  Sugiero también esta lectura: Adela Cortina, Las fronteras de la persona, Taurus, Madrid 2009. Sobre esta obra hice una crítica que se puede leer [aquí].

11- Creo también que deben ser leídos estos dos libros de Yuval Noah Harari: 1.- Sapiens: De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad (Debate, 2014). 2.- Homo Deus: Breve historia del mañana  (Debate, 2016).

12.- Pero, ¿qué dice la Ley? ¿Cómo hay que ser para ser un “Ser humano” y, por tanto, ser la pieza clave de todo el ordenamiento jurídico? El artículo 30 del Código Civil español (tras la reforma de 2011), dice tan solo lo siguiente:

“La personalidad se adquiere en el momento del nacimiento con vida, una vez producido el entero desprendimiento del seno materno”.

Antes de dicha reforma el citado artículo expresaba lo siguiente:

“Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno”.

¿Ya no es necesaria la “forma humana”? ¿Cómo sería dicha forma? ¿Valdría ser un cerebro en una vasija? ¿Medio cerebro? ¿Qué valdría?

Comparto ahora algunas reflexiones personales sobre ese templo a que se refería Paracelso:

1.- Dijo Michel Foucault [Véase] que no son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres. Vak dijo algo similar -hace más de tres mil años- en el himno del Rig Veda que inspira mis bailarinas lógicas.

2.- “Ser humano” es una palabra. No somos seres humanos. La Poesía [véase] -el grupo de bailarinas lógicas que hayan conseguido sobrevivir en “nuestra” mente- nos hace vernos como seres humanos. O no. Una cosa es nuestro yo esencial (“metalógico”), y otra nuestro yo “lógico”: lo que vemos de nosotros mismos a través del filtro lingüístico-poético. Pero, ¿de qué abismo innombrable surge ese poetizar que toma nuestra mirada… ese poetizar que nos hace vernos como “seres humanos”?

3.- Como afirmé en Progreso [Véase] creo que lo “humano” no exige una forma concreta -ni siquiera un genoma concreto-, sino una esencia, digamos, metafísica (por no reducirse a las formas de lo físico): filósofos capaces de amar (y de soñar y hacer soñar)… incluso adoptando la forma de centauros, o de nubes, o de lagos perdidos, nunca visitados, pero llenos de mágicos seres. No ofrezco una definición. Se trata de una sugerencia de creatividad, de poetización, de hechizo, de identificación. Lo que somos, más allá de las poesías, es inefable.

4.- Podríamos decir, desde las metáforas, siempre desde las metáforas, que somos una sombra: algo innombrable, impensable, imperceptible, que (creativamente) sueña mundos: que sueña seres humanos. Y que se identifica con ellos. Y se religa con ellos [Véase Religión]. O no se religa. El sistema Samkya de la filosofía india: saber que no se es lo fenoménico (lo que se presenta como objetivo, la “materia”).

5.- No somos los productos de nuestra imaginación. Pero quizás sea más fascinante creer que lo somos.

En cualquier caso yo amo a lo seres humanos, a esas misteriosas creaciones. Y no lo puedo evitar además.

David López

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Las bailarinas lógicas: “Realidad”

 

Realidad.

¿Qué es “lo real”? ¿Es real eso que se me presenta como mundo, como sumatorio de impactos en mis sentidos? ¿Es eso, por el contrario, puramente ilusorio? ¿Me permiten los sentidos acceder a lo real o me lo ocultan? ¿Cómo puedo salir de mis sentidos para comprobar si, efectivamente, ellos están percibiendo realidad?

¿Lo que tengo delante -la realidad sensible- es un velo que cubre la verdadera realidad? ¿Cómo puedo desgarrar ese velo? ¿Por qué existe ese velo?

¿Cómo sé que esto -este momento en el que escribo sobre lo real- no es un sueño y que no despertaré, de pronto, en otra realidad más “real” que ésta? ¿Se pueden medir los niveles de realidad?

Un íntimo amigo mío ingirió ayahuasca hace unos meses. Bajo los efectos de esa “planta” (¿diosa?) accedió a una realidad inconmensurable con la que estaba desplegada antes de la ingestión: un cosmos vegetal, vivo, poblado de misteriosos mandalas, con una diosa-planta consciente y deseosa de amar/acoger/devorar a mi amigo (como todas las diosas). Pero lo verdaderamente sorprendente para mí fue que mi amigo aseguraba que aquella realidad -aquel misterioso y tangible teocentrismo vegetal- parecía más real que ésta: más nítida, más definida, más sólida, más fiable…

La textura de lo real.

Al ocuparme de Materia [véase] conté lo siguiente:

Hace algunos años tuve yo este sueño: bajaba por la escalera de la casa de pisos donde viví hasta los nueve años. En esa escalera había una ventana desde la que se divisaba un jardín. De pronto supe que estaba soñando y que, por lo tanto, podía construir en la materia de mi mente lo que yo quisiera.

Y quise volar. Y volando pude llegar a las ramas de uno de los árboles. Allí pasé un buen rato rozando con mis dedos la superficie onírica de ese ser vegetal que se movía con la brisa de mi mente.

Pude tocar la materia de los sueños. Fue una de las experiencias más extremas y sublimes que puedo recordar desde este nivel de conciencia. La materia de los sueños/la materia del universo real.

Y en aquella conferencia recordé la frase de Shakespeare que aparece en La Tempestad: “We are such stuff/ As dreams are made on”.

Somos de la misma materia con la que están hechos los sueños. Pero… ¿de qué están hechos los sueños? ¿De qué están hechas todas las realidades?

La literatura de “ficción” ha intentado muchas veces recoger realidad. Realidad verdadera (no fantasías de pirados burgueses). Hacer como de espejo. Dentro de esos intentos cabe destacar el de Emile Zola y su naturalismo, el de los realistas (éstos espejeando, al parecer, una especie de realismo burgués) y el de eso que se llamó nuevo periodismo (Truman Capote). A mí esos textos siempre me parecieron extramadamente artificiosos, demasiado finitizados (demasiado protegidos del impacto del infinito). La imagen que aparece sobre estas líneas pertenece a una película que yo sentí hiper-realista: Mulholland Drive, de David Linch.

Creo que cabe acercarse a la bailarina “Realidad” siguiendo este orden:

1.- Posicionamientos básicos del pensamiento filosófico frente a “lo real”. La caverna de Platón. El Maya indio. Idealistas versus empiristas.

2.- Otros acercamientos filosóficos a lo real. Lo real como lo que se presenta ante la conciencia. Empiristas lógicos: la expresión “real” no tiene significado.

3.- Ontología: ciencia de lo real en cuanto real.

4.- Relación entre lenguaje y realidad.

5.- El problema de la cognoscibilidad de lo real. El dualismo inplícito en la posibilidad misma del conocer.

Mis provisionalísimas ideas sobre eso de la “realidad” son las siguientes:

1.- Real será aquello que se sienta como tal desde dentro de un determinado Cosmos; esto es: lo que sienta una conciencia que respire dentro de una concreta finitización del infinito, hechizada por un Logos.

2.- Algo será real -para una conciencia finita- cuando tenga un lugar lógico: cuando pueda encontrar un hábitat en algún sistema de universales ya legitimado. Aquí la Poesía es decisiva. Y todas las teorías cientistas-materialistas (o psiquistas) que deambulan por el paradigma actual son fenómenos poéticos.

3.- Lo real es lo que se ve como tal. Lo que se siente como tal. El periodismo, en cualquiera de sus soportes -y sin mala fe necesariamente-, genera un peligroso hechizo: selecciona partes minúsculas del infinto de lo real de un día y las eleva al estatus ontológico de realidad total. Por ejemplo: una violación en Sevilla.

4.- Creo que Materia, Magia, Deseo y Realidad son lo mismo. Creo que lo que se presenta ante una conciencia finita es siempre arte: el resultado de una actividad creadora. La realidad es una obra de teatro y nosotros -como dijo Schopenhauer- somos los secretos directores de esa obra. El mundo es Maya. Sí. Pero también es sagrado. La obra de teatro en la que ahora estamos es sagrada. Por eso considero nefasta la mentira: es una falta de respeto a Maya y, sobre todo, un absurdo: no hay a quien engañar.

“Realidad”. Una bailarina lógica que vamos a ver cantando y llorando en una escena crucial de Mulholland Drive. Llorando desde la conciencia de su oniricidad (su realidad teatral) y desde su necesidad de ser amada (de ser creída/creada, convertida en un logos… un cosmos real). Al final de su canción (que no es suya, nada es suyo) veremos cómo se desmaya. Las espectadoras, que son también personajes de ficción, materia de sueños (pero materia muy sintiente), sentirán estupor: el principio de razón se ha desactivado: alguien sigue cantando desde la nada mientras se evidencia que la cantante ha dejado de cantar, que está en el suelo, como muerta. Ya no hay cosmos (orden): lo “real” muestra obscenamente -prodigiosamente- su textura mágica/artística/ teatral. Ruge el misterio (me viene a la memoria la última María Zambrano)… y accedemos al hiperrealismo. A lo serio.

Éste es el enlace a ese momento fabuloso de la historia del cine:

David López

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