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La bailarinas lógicas: “Idea”

 

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“Idea” es una palabra que procede del vocablo griego Eidos y cuya traducción al español es “visión”.

José Ferrater Mora, en su bello y gélido Diccionario de Filosofía, destaca tres modos de considerar la “idea”: 1) como equivalente a concepto; 2) como entidad mental;  y 3) como cierta realidad. Es este último modo el que voy a desarrollar en este texto.

Un sinónimo de “idea” es “arquetipo”. Fue muy utilizado por el neoplatonismo y por el cristianismo que se enraizó en esa corriente filosófica. Platón habla de un demiurgo –un artesano, un simple artesano- que hace el mundo a partir de unos arquetipos que no son suyos. Y lo hace además de forma chapucera. No hay por tanto, en el modelo de totalidad platónico, creación en sentido estricto, sino simple labor artesanal, mecánica… y hasta fraudulenta.

¿De dónde provienen esos arquetipos? ¿Están ahí, eternos, inmutables? ¿Podemos crearlos? Pensemos en la idea de igualdad, o de átomo, o de galaxia, o de estrella, o de agujero negro, o de nube, o de labios de mujer… o de ipod, o de capitalismo.

¿Conocemos las ideas o a través de las ideas? Eidos significa “visión“. ¿Son las ideas una forma de ver? ¿De ver qué?

En la imagen que hay sobre estas líneas vemos al demiurgo de Matrix hablando con una de sus criaturas (un ser humano que se creyó único y que, sin embargo, como muestran los monitores que rellenan las paredes, es una copia contingente de un modelo artificial). Ese demiurgo (“el arquitecto”) está en la película al servicio de algo que le supera, que no entiende, algo que en esa filosófica trilogía lleva por nombre “las máquinas”.

Cualquier artista humano lucha por materializar una idea, una imagen de lo real, un arquetipo; que le viene. Que le viene de un lugar extraño. Extraño porque no se sabe muy bien si es interior o exterior al yo del artista.

Es la inspiración: el ser asaltado de pronto por un argumento, por un color, por una melodía, por un sistema filosófico, por una nueva forma de encadenar los acontecimientos históricos, por una nueva forma de mirar y de amar a una hija.

¿De dónde vienen esas ideas?

¿Por qué siente tanto placer un artista cuando consigue hacer real –eficaz- una idea? Esa idea, una vez inoculada en las prodigiosas algas que yo he llamado “Humanidad”, formarán ya parte de su sabia, de las energías interiores que fluyen entre las mentes, los cuerpos y los corazones que están en red; aunque no quieran.

Veo las ideas como arquetipos a disposición de todos los demiurgos en red que componen la Humanidad. Pertenecemos a una red de magos. También cabe llamarlos demiurgos, en sentido platónico: recibimos una gran lluvia de arquetipos y, en virtud de ellos, configuramos nuestro cosmos (nuestro orden en el infinito). La suma de todos nuestros arquetipos –el armazón desnudo de todas nuestras ideas – sería la idea de belleza; lo bello absoluto: eso a lo que tiende cada uno de nuestros movimientos artesanales.

Platón hizo referencia a la idea de belleza como la cúspide de una ascensión por niveles de belleza crecientes. ¿Sería eso nuestro paraíso?

Sugiero ahora considerar el siguiente esquema en la historia del pensamiento sobre las ideas:

1.- Platón y la jerarquía de las ideas. ¿Cuál es la idea suprema, la más capaz de unificar lo que se presenta como múltiple?

2.- Berkeley: las ideas las coloca Dios en la mente humana.

3.- Kant: tres ideas para seguir caminando hacia el infinito: alma, mundo y Dios.

4.- El empirismo norteamericano: William James: la idea –la verdad- es lo que mueve. Lo que tiene fuerza. ¿Fuerza para qué? ¿Para vivir? ¿Para seguir ilusionados? Creo que sí.

Esta es mi visión actual sobre eso que sean “las ideas” (mi idea sobre las ideas):

1.- Eso que llamamos “ser humano” [Véase aquí] es una máscara que esconde en realidad a un Demiurgo –un mago, un dios menor, menor al menos en este nivel de conciencia en el que ahora ocurren mis frases. Por eso el ser humano, en cuanto Demiurgo, está siempre necesitado de ideas, de arquetipos con los que configurar su mundo (su nada en realidad). Estaríamos ante las ideologías, pero en sentido muy amplio, como “logos de ideas”: paquetes de arquetipos entrelazados: me imagino todo el conjunto de arquetipos que permiten autodenominarse y autocosmizarse como “de derechas” o “de izquierdas” o “apolítico” o “animal racional”.

2.- Todo el obrar humano (el obrar, no el contemplar) se reduce construir, conservar o destruir mundos o trozos de mundos. Desde una cierta teología hindú se podría decir que somos Ishvara: un Dios menor que es, a la vez, Brahma (constructor de mundos), Vishnú (conservador de mundos) y Shiva (destructor de mundos). Los tres en armonía. Los tres sagrados.

3.- Como demiurgos recibimos arquetipos, ideas, y actuamos en virtud de ellos. También podríamos decir que el ser humano es un jardinero-hortelano: cultiva lo que le interesa, lo que necesita, pero también custodia simples formas por su belleza, por su capacidad de representar arquetipos. Y ese jardinero-hortelano puede llegar a sufrir desgarradoramente cuando su jardín (su mundo) se aleja en exceso de los arquetipos que le movilizan. ¿Que le esclavizan?

4.- ¿Cuál es el origen de esos modelos? Desde un punto de vista muy cerebralista/materialista podría decirse que, de pronto, por azar, en una masa encefálica de las muchas que están formando el alga-Humanidad tiene lugar un nuevo circuito de conexiones neuronales. Será una “buena idea”, una idea contagiosa, expandible por el interior de las algas, si es fértil. ¿Fértil para qué? Pues para seguir “viviendo”, estando aquí: soñando en definitiva. Una buena idea sería la que aumenta la belleza de un cosmos (la que corresponda a ese cosmos en concreto). Imaginemos el cosmos punk de Sid Vicious: una buena idea es mutilar el propio cuerpo con una cuchilla de afeitar.  Una buena idea sería por tanto la que optimizara los hechizos de Maya (esa bailarina que nos convence de que es mejor vivir que no vivir en un determinado sueño). En el caso de Sid Vicius el ideal de belleza, según sus declaraciones, consistía en estar enterrado, sin vida, bajo tierra. Un arquetipo más.

5.- Creo que las ideas provienen de nuestras profundidades. Creo que somos dioses autohechizados. Autohechizados con nuestra propia imaginación… que se origina “donde” no puede hablarse de pluralidad (donde no hay espacio ni tiempo ni causalidad). Solo “ahí” dejamos de ser artesanos. Solo ahí somos creadores de verdad.

Schopenhauer afirmó que la contemplación, sin deseo, de las ideas objetivadas en el espectáculo del mundo proporcionaba un adelanto (mínimo en intensidad y brevísimo en el tiempo) del placer que nos espera cuando no tengamos –no seamos- este ansioso yo, este espantoso mundo. La obra del genio artístico, según la filosofía de Schopenhauer, tendría una función casi salvífica; o al menos propedéutica: permitiría imaginar la gloria eterna que nos aguarda.

Pienso que quizás morir -en el sentido de ir perdiendo ese yo que muere- sea morir de belleza (abrasarse en la belleza): algo así como elevar miles de grados el fuego blanco del placer que produce contemplar algo que nos parezca excepcionalmente bello. Y quizás quepa morirse en parte y acceder a otro mundo: un mundo paradisíaco por la mínima dosis de yo que llevaríamos a él.

Se me ha ocurrido -la idea- de terminar este texto con una imagen de Muerte en Venecia: una película basada en una obra de Thomas Mann que también podría haberse titulado “Muerte en belleza”.

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La bailarinas lógicas: “Humanidad”

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Casi todas las noches contemplo el horizonte desde mi casa de Sotosalbos.

En ese oscuro límite brillan las luces de dos pueblos dormidos: dos misteriosas algas. Me fascina esa imagen. Su fuerza estética y filosófica es extraordinaria.

Cuando viajo en coche también me quedo hipnotizado por esas extrañas algas de luz y de sombra que se extienden por nuestro planeta. Muchas veces he tratado de imaginar los ríos internos que corren por el interior de esos seres: hombres, mujeres, niños, ancianos: dormidos, soñando, tocándose, amándose, odiándose, hablando, soñando, llorando, riendo…

Todas esas algas de luz, de sombras y de sueños, ahí, en silencio, sobre el planeta Tierra. Rodeadas de galaxias y de dioses.

Recuerdo ahora la última vez que sobrevolé Delhi. Era de noche. La ciudad tenía zonas no iluminadas por energía eléctrica. Yo la vi cubierta por una materia onírica, la vi sumergida en un océano no físico. Recuerdo que traté de imaginar el rugido onírico de todas aquellas almas en red. Y recuerdo que tuve la sensación de estar contemplando a un viejísimo dios sucio, o una amalgama de dioses amontonados, o un animal gigantesco y mórbido.

Son imágenes de eso que sea la “Humanidad”. Una palabra que me propongo estudiar -gozar y sufrir- con vosotros, en este texto.

Se me ocurre ya una definición:

“Humanidad”: cuerpos, corazones y mentes humanos vibrando en red.

En cualquier caso, creo que estamos ante una de las bailarinas más preciosas de este diccionario. Yo la amo. Absoluta e irracionalmente. Y creo que merece la pena creer en ella: en esas algas de luz que aparecen en la oscuridad de los horizontes y de las carreteras.

Un recorrido previo:

 

1.- Humanismo. Origen del concepto. El humanismo como sacralización de textos latinos y griegos. Uso de la palabra “Humanismo” en el siglo XX. Anti-humanistas: el estructuralismo y el marxismo.

2.- Sartre: el existencialismo es un humanismo. La divinización de la nada humana.

3.- Demonizaciones y huidas de la Humanidad. El fenómeno de los renunciantes en la India védica. El Raja Yoga o el abandono de la conciencia humana (y, por tanto, del hechizo implícito en la creencia en que haya “Humanidad”).

4.- El club “Humanidad” y sus posibles invitados. Reflexiones sobre los derechos de los animales. Para reflexionar sobre este asunto me permito recomendar la lectura de una crítica que hace algunos meses hice de un libro de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Esta crítica, que abrió nuevos y muy fértiles espacios a mi reflexión filosófica, es accesible desde  (aquí).

5.- Posibles transformaciones –culminaciones- de la Humanidad. San Agustín y la Ciudad de Dios. Schopenhauer: la Humanidad, que es malvada, no tiene futuro. El proyecto cientista-democratista-ilustrado. Jane Leade: la salvación por la magia.

Algunas de mis ideas provisionales, siempre provisionales:

1.- “Humanidad” es un simple nombre. Una bailarina lógica. Algo que le ocurre a un lenguaje. Un hechizo en definitiva. Los distintos discursos lo utilizan y lo utilizarán según lo exijan sus modelos de cosmos. Una vez “sentido” ese cosmos –cosmos humano si se quiere- y una vez incorporada una mente y un corazón en una de esas redes de sueños –con sus modelos de pasado y de futuro-, se tiene acceso a las energías que ahí se mueven: el amor, el amor que fluye concretamente en ese cosmos de “personas” (tengo que utilizar esta palabra para entendernos). Quiero recordar aquí mis reflexiones sobre las palabras “amor” y “cosmos”. Y también mi insistencia en que observemos con atención el amor –sí, amor- con el que se abrazan los cuerpos y almas de personas pertenecientes a modelos de humanidad como el etarra o el de los talibanes.

2.- Me parece obvio que el sentimiento humanitario es una forma de egoísmo. Pero me parece un egoísmo bellísimo.

3.- Creo, a diferencia de los historicistas y los estructuralistas, que esas prodigiosas algas de luz que me hechizan en mis noches solitarias están formadas por magos. Quiero decir que ahí dentro se fabrican mundos, que late la aseidad: la potencia creativa infinita. Son algas autoconfiguradas. Son talleres de dioses. En ellos cabe hacer cosas prodigiosas: nuevos mundos, nuevos paraísos. Y nuevos infiernos.

4.- La clave estará, una vez más, en la textura lingüística de los sueños que se compartan dentro de esas algas. Esas algas se mueven por ideas, por modelos de belleza, por sueños compartidos. Como afirmé en mi pasada conferencia, aún son posibles nuevos tejidos poéticos que movilicen mentes y corazones: nuevas configuraciones de la luz de esas algas.

5.- Probablemente sea imposible –y hasta nocivo, como diría Heráclito- la paz absoluta entre todas las diferentes algas que están entrelazadas en eso que estoy llamando “Humanidad”. Pero no hay que descartar el nacimiento de ideas que puedan ilusionar a todos. Aunque sea un momento.

Cuando camino por parajes solitarios y me cruzo con un miembro de la “Humanidad” –de cualquiera de los modelos actuales- siento algo grande. La sonrisa que nos cruzamos es el símbolo de algo sagrado que debe custodiarse en todos los templos.

En un bosque de albaricoques del Ladakh –rodeado de desiertos y montañas sin tamaño- una indígena, joven, bellísima, me ofreció una taza de té. Dije que sí. Me lo trajo, me lo bebí a su lado, en silencio, sin tiempo, ante su atenta mirada, y quise pagar. Pero ella no aceptó mi dinero. Fue imposible darle una sola rupia a aquella hada agrietada y polvorienta.

Finalmente opté por darle las gracias. Y sonreír. Ella me devolvió la sonrisa en medio de aquel desierto.

Eso es la Humanidad.

 

David López

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La bailarinas lógicas: “Fe”

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Unamuno [Véase aquí] cosió esta frase en el tejido de mitos de que dispone ese precioso mito que llamamos “Humanidad”:

“La fe no es creer en lo que no se ve; sino crear lo que no se ve”.

Pero en realidad solo cabe crear lo que se ve en la imaginación. En la caja mágica de la esperanza.

Hay otra frase de Unamuno que dice más –más si cabe-: “Creer es crear”.

¿Debemos incluir también lo visible -“el mundo real”- en lo creable? ¿Qué es lo visible, por cierto? ¿No es algo que está ahí, siempre, cosmizado, independiente de lo que quiera creer o no el ser humano?

Parece que hay algo exclusivo del “ser humano” que ofrece posibilidades aterradoramente fértiles. Ese algo es de lo que pretendo ocuparme en este texto: la fe.

“Tú ten fe y verás cómo consigues lo que estás soñando”.

¿Qué es esa fuerza descomunal? ¿Dónde se ejerce, en qué espacio? ¿Dentro de nuestra mente? ¿Dentro de la mente de Dios? ¿Hay diferencia entre ambas?

La palabra fe se ha considerado en ocasiones como un tipo de creencia que se circunscribe a lo religioso. Pero, ¿qué es lo religioso? ¿Lo religioso es tomar conciencia de un vínculo con la Omnipotencia, con lo divino, con nuestro yo esencial –único-?

¿Se puede crear, mediante la fe, al propio Dios, en tanto “Dios existente” (yo le llamo “Dios lógico”), como aseguraron el Maestro Eckhart y el maestro Feuerbach?

La foto que sobrevuela estos apuntes muestra a un grupo de hombres construyendo un andamio en un espacio que parece infinito. Es una imagen que me produce un extraordinario sobrecogimiento estético y metafísico. Y es que veo en ella un sumatorio que resquebraja mi mente y la deja con olor a infinito; mejor dicho: a infinita creatividad. Si efectivamente nuestra fe, o nuestra voluntad de crear, tienen efectos creativos -configurativos de realidades objetivas-, cabría visualizar en un todo armónico la suma de los actos de fe de todos los seres humanos: de todos los que existieron y existirán (si es que insistimos en atribuirlos a ellos –a nosotros- esa facultad excepcional de creer/crear).

Uno de los obreros -uno de los creyentes- de la foto parece estar fabricando el propio sol, al propio Dios-Sol; o a lo mejor el sol como esfera ígnea dentro del dibujo mítico que la Ciencia hace todavía del universo. Ese obrero, en cualquier caso, parece estar creando un “sol”: un decisivo foco de fuerza en el todo en el que él cree.

Trato de imaginar el rugido final de todos los actos de fe emanados de todos los seres humanos que existieron, que existen y que existirán. Y trato de pensar cuál puede ser la energía genésica resultante de ese gigantesco coro de sueños. Quizás cabría ver ahí la Creación con mayúscula (con un solo soñador de fondo, autodrifactado). Creación siempre viva, siempre fertilizando la nada. Creación ubicua y omnipotente, pero autodifractada en cada ser humano que es capaz de creer/crear: de tener “fe”.

Schopenhauer, en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza, incluyó un sorprendente capítulo titulado “Magnetismo animal y magia”. Una sola convicción ilumina todas las frases de este capítulo. Es ésta: el ser humano tiene acceso en su interior a la omnipotencia: a algo capaz de dejar en suspenso las leyes de la naturaleza y de provocar fenómenos imposibles. Pero para ello hay que creer. Creer, por ejemplo, que una barra de metal puede curar (mesmerismo). Basta con creer. Y con imaginar. Creer en que lo imaginado puede fecundar la nada.

Imaginación. Fe. Esperanza de lo inesperable. ¿Alguien conoce los límites lógicos de lo esperable?

¿Y quién/qué cree en nuestro creer? ¿Quién sueña en nuestro soñar? ¿Cuánto hay todavía por crear? ¿Es el ser humano, como pensó Sartre, una nada que se tiene que configurar a sí misma, darse sentido a sí misma ante la -para Sartre-obvia inexistencia de Dios?

Quiero compartir el sobrecogimiento que me produce imaginar, atisbar, el sumatorio de actos de fe de todos los seres humanos, el estruendo de esa descomunal catarata de actos de fe (de sueños).

Mis ideas básicas se han desplegado, supongo que casi algorítmicamente, a partir de estas palabras de la Biblia: “Si no creeréis, no existiréis” (Isaías VII, 9)[1].

1.- Toda existencia (todo Maya/ toda bailarina) requiere fe (fe en que existe lo objetivo: un mundo que no depende de nosotros). Y dentro de lo existente estarían esos hombres a los que da el aviso el citado párrafo de la Biblia: si ellos no creen, no hay existencia, y sin existencia no existen ni ellos mismos: los seres humanos. Ellos deben creerse que su ser es ese: que son seres humanos fenoménicos, ahí, en los existente. En lo objetivo.

2.- Tener fe es creer en que lo que no se ve (postularlo). En este sentido la Ciencia siempre exige actos de fe. Popper habló de la religión de la ciencia.

3.- Sin fe (sin creación en definitiva) no existiría lo existente, lo objetivo: no habría ninguna bailarina bailando ante ningún sujeto. La fe, cuando es creadora, es la antítesis de la sabiduría (de la iluminación si se quiere). La sabiduría, cuando es absoluta, diluye el dualismo sujeto-objeto: incinera los mundos en la hoguera de la nada.

4.- El regreso a la Nada requiere la ausencia absoluta de fe: un nihilismo radical que permitiría, utilizando una expresión de D.T. Suzuki, estar con Dios antes de que Él dijera “hágase la luz”. [Véase “Nada”]

5.- Pero ahora, ahora que escribo esto, hay algo. Y ese algo, en caso de que efectivamente la fe sea creadora, habría que considerarlo fruto de la fe: de la fe de alguien… ¿Nuestra en el pasado? ¿De nuestros padres u otros seres que nos amaron y que mediante la fe nos fabricaron, o nos fabrican, esta realidad?

6.- Las masas de mitos que están ahí disponibles nos ofrecen modelos arquetípicos de realidad configurable en virtud de un acto de fe. Viviríamos en una especie de gigantesco mercado de sueños posibles. Un creador, un verdadero creador, sería alguien capaz de ofrecer sueños nuevos: nuevos modelos de mente: nuevas opciones de fe.

7.- Yo no sé qué se está construyendo con el soñar de todos los soñadores… con ese gigantesco andamio que están levantando, a la vez, todos los que creen en algo. ¿Qué está creando Dios a través del creer/crear de sus criaturas? ¿En qué cree Dios? ¿No sería maravilloso poder asomarse a su obra, con las manos entrecruzadas en la espalda, como si fuéramos jubilados?

8.- Salvador Paniker, en una obra titulada Asimetrías[2], afirmó que la fe es la confianza en la realidad. Es una preciosa definición.

Tener fe es confiar en que algo grandioso se está construyendo, siempre, a golpe de sueños. A golpe de creencias. Y que estamos implicados en esa grandiosa construcción.

David López

 

[1] Se trata de una cita de la Biblia que he encontrado en la siguiente obra: Raimon Panikkar, Mito, fe y hermenéutica, Herder, Barcelona, 2007. En ella hay un profundo estudio del fenómeno de la fe.

[2] En la sección de críticas literarias se pueden leer mis comentarios a esta obra.

 

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Las bailarinas lógicas/Un diccionario filosófico: “Dharma”. Notas sueltas

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Dharma. No es posible una traducción de esta palabra sánscrita. Pero cabe aproximarse al concepto que ella propone con vocablos como “ley”, “orden”, “religión”, “deber”, “justicia”, “mérito moral” o “virtud”.

Gavin Flood, en su obra El hinduismo [1], afirma que la finalidad del dharma es “producir lo que es bueno”. ¿Bueno para qué? ¿Para la creación de un cosmos? ¿Para su mantenimiento? ¿Para su destrucción? ¿Qué es lo que hay que hacer?

Una de las obras fundamentales de Lenin -y del inefable siglo XX- lleva por título ¿Qué hacer? En ella presupone, a diferencia del profeta Marx, que, si no se hacen bien las cosas, lo mismo la Historia no culmina en una sociedad comunista.

Volvamos al hinduismo. Dharma también se traduce como “camino” (similar al Tao chino): el camino que cada uno debe encontrar y debe seguir. ¿Para qué? Bueno, al parecer, para salvarse, para glorificarse, él, y el propio cosmos (Rita) que le alimenta a él, que le da sentido, que le permite ser algo, luchar por algo, soñar algo: el Dharma sería un orden divino, invulnerable, que protege a quien lo protege.

Pero, si es invulnerable, ¿para qué protegerlo?

La fotografía que he elegido para asomarme a eso que sea el dharma fue tomada en 1945. En Normandía. Corresponde al desembarco “dharmico” de un grupo de soldados. Algunos, como se ve, están ya en el agua. Sus cuerpos, temblorosos, jadeantes, cumplidores, cubiertos por ropas robotizantes y por armas lógicas, están ya sacudidos por la fría inestabilidad del océano –Anrita– y por el miedo a la muerte. A recibirla y a darla. Uno de los soldados parece que se ha quedado en la embarcación, que no se decide a ofrecer su corazón al sacerdote que está oficiando en este sangriento rito salvífico. Los ojos del soldado rezagado miran hacia sus compañeros de dharma; y también hacia un espacio metafísicamente prodigioso: una simbiosis de luz y de tinieblas donde los desgarros mutuos generan una belleza que no parece ser de este mundo. Allí están combatiendo dos ejércitos, dos custodios de dos universos no compatibles. El idioma sánscrito tiene una palabra para ese espacio moral y letal: Dharmakshetra (o Kurukshetra). Se trata de un campo donde los Paandavas luchan contra los Kauravas para reestablecer el orden divino.

El orden divino: dharma. Más bien: el ordenar, la acción ordenar que culminaría en un cosmos. Y que lo mantendría como tal. El orden divino que aquellos soldados querían reestablecer lleva nombres-dioses como “Democracia”, “Libertad”, “derechos humanos” … Se trata de un cosmos (Rita) que requiere, para su sustento, que se cumpla el dharma. Que todos sus componentes cumplan su dharma. ¿Aquellos soldados estaban siguiendo su dharma? ¿El suyo propio o el que les impuso su sociedad? ¿Hay diferencia?

Raimon Panikkar [2] afirma que el hinduismo es simplemente dharma. Y que si eso que llamamos desde fuera “hinduismo” pudiera elegir un nombre para sí mismo, el nombre elegido sería: sanaatana dharma (orden perenne).

 

Orden perenne. Eterno. Inamovible.

 

Y dice también Panikkar en el libro citado que el hombre debe conocer cuál es su propio

Las bailarinas lógicas: “Cultura”

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“Cultura”. La persona que sangra en el cielo de esta frase se quiso llamar Sid Vicious. Murió con 21 años, como consecuencia de una sobredosis de heroína. Tocaba el bajo en un grupo que es ya parte del canon occidental: los Sex Pistols.

Sí. Es sangre lo que brota de su boca. Y también lo que se adivina en los surcos de su carne cultivada. Estamos, me parece, ante lo que Simmel denominó “espiritualidad objetivada”.

Para mí, lo que sangra en esta imagen es un mártir lógico (mártir de un logos; un logos feroz en este caso: el logos punk). Aunque probablemente todos los logos sean feroces, si es que no quieren ser nada, otra vez, en la nada que les circunda, les amenzaza y les constituye.

Ortega dijo que la cultura es un movimiento natatorio, un bracear del hombre en el mar sin fondo de su existencia con el fin de no hundirse. Pero también dijo que “el hombre se pierde en su propia riqueza, y su propia cultura, vegetando tropicalmente en torno a él, acaba por ahogarle”.

Incluso en sangre.

Ferrater Mora habló de la idea de “cultura” como cultivo de capacidades humanas y como el resultado del ejercicio de esas capacidades según ciertas normas.

Pero, ¿qué significado hemos pactado, oficialmente, para la palabra “cultura”? El primer significado que establece la Real Academia es, precisamente, “cultivo”. Y si leemos cómo comienza la redacción del significado de “cultivo” nos encontramos esto: “Cría y explotación de seres vivos con fines científicos, económicos o industriales”.

¿Es la cultura algo que somete, que explota, al ser humano culturizado? ¿Cabe tomar distancia de una cultura, mirarla desde fuera? ¿Es la cultura un fenómeno exclusivamente humano? ¿Es la cultura superior a la natura? ¿Existe algún grupo humano sin cultura?

Antes de enfrentarme a estas cuestiones creo necesario considerar los siguientes lugares del pensamiento:

1.- “Cultura” y “naturaleza” en la filosofía griega: las reflexiones de los sofistas.

2.- “Cultura” y “naturaleza” en la filosofía china: taoísmo versus confucianismo.

3.- Chantal Maillard (Adios a la India): “cultura” como ritmo. Mis sensaciones sobre esta obra las expreso en la sección de críticas literarias. También puede leerse [Aquí].

4.- El cerebro humano como hábitat de la cultura. Jesús Mosterín (La cultura humana). Mi crítica sobre esta obra puede leerse [Aquí].

5.- La cultura punk y, en concreto, el fenómeno de los Sex Pistols. Me interesa especialmente la religiosidad –el misticismo incluso- de este importantísimo movimiento cultural que brotó en el inefable siglo XX. Y, también, su vehemente esteticismo: su iconoclastia convertida en radical iconofilia; en ritualización, y sacralización, del Apocalipsis del Occidente moderno.

Expongo a continuación algunas ideas que, al parecer, están ahí, en mi “mente”, o en mi “conciencia”, si me ocupo de la palabra “Cultura”:

1.- “Cultura” es un verbo, una acción. De ese verbo se derivaría el sustantivo “culto”. Ser culto es estar cultivado, explotado por un logos: cegado: aniquilado. Debe distinguirse entre ser culto y tener cultura. Y cabe incluso crear cultura: nuevos valores: nuevos mundos.

2.- Una cultura es una forma –entre infinitas posibles- de mirar y de interactuar –de nadar- , colectivamente, en el infinito. En el caos. En la nada. Para ello, obviamente, hay que mantener un nivel de conciencia en el que siga activado el principio de individuación. Y en el que se siga dejando bailar a las bailarinas lógicas [Véase “Bailarina lógica“] Cosmos” y “cultura” son lo mismo.

3.- La foto que ocupa el cielo de estas frases refleja un punto de conciencia –un “ser humano”- que vibra de amor, de amor absoluto hacia una idea, dentro de una cultura (el cosmos punk). Estamos ante un místico –un místico lógico, no silente- que ha permitido que la divinidad lógica a la que rinde culto se encarne en él: que “le sea” entero. Y no sólo eso: ha permitido también que esa cultura le convierta en un “objeto cultural”.  Y que le exponga.  Y que le venda. Este diccionario trata sobre “bailarinas lógicas”. Ahora tenemos delante a una bailarina que no solo suda con su baile cósmico, sino que también sangra: deliberadamente, porque quiere morir, morir bailando y cantando (mejor dicho: gritando enfurecida). Y con ella sangra y baila y grita una civilización entera (un tejido de culturas compatibles): eso que a sí mismo se denominó “cultura occidental”.

Quiero terminar -por el momento- estas frases confesando el esfuerzo de autovigilancia que me he impuesto. Y es que podría haber ocurrido que, para mis fines de reflexión metafísica, yo hubiera convertido a Sid Vicious, y a los Sex Pistols, en exóticas mariposas lógicas. Y que, sentado en mi despacho, hubiera jugado con ellas como un niño-filósofo caprichoso y despiadado. Ya nos advirtió María Zambrano contra los “infiernos de la luz”. Por eso he elegido, entre todas las imágenes que de aquellos religiosos punk ofrece internet, la que me ha parecido más “grave” (en sentido religioso): más capaz de mostrar en toda su pureza, en todo su ciego temblor, una cultura encarnada: un “hombre-cultura”: un cultivo de carne y de sangre humanas.

Un hombre crucificado en un logos; que se merece respeto. Mucho respeto.

 

David López

 

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Escuela “,” libre de Filosofía: programa del mes de septiembre de 2009.

 

 

 

 

 

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Ámbito Cultural-El Corte Inglés. Calle Serrano, 52 (Madrid) 

 

Curso 2009-2010:   Diccionario de los mundos.

 

Impartido por David López.  

 

Duración: septiembre de 2009-julio de 2010.

 

Entrada libre hasta completar el aforo.

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–         14 de septiembre: Advaita.

–         21 de septiembre: Amor.

–         28 de septiembre: Aufhebung.

 

 

         Damos comienzo a un nuevo viaje lingüístico por el infinito (que es una simple palabra). Esta vez vamos a visitar palabras, simples palabras, siguiendo un orden alfabético, pero no cronológico ni geográfico. Y nuestros apuntes de viaje irán configurando un “diccionario de los mundos”. En plural. En un plural, en una multicosmicidad, que son manifestaciones de la sacra fertilidad de lo que hay.

         Con la palabra “mundo”, esta vez –quizás por exigencias poéticas-, me referiré a cualquier modelo de totalidad, incluido el que asumían Hegel o Fichte al hablar de “acosmismo” (inexistencia del cosmos o del mundo).

         Y así, cada lunes, me ocuparé de una palabra que me parezca crucial para presuponer un mundo, o para creerlo/crearlo, o para entenderlo, o para amarlo, o para odiarlo, o para destruirlo… o para elevar “nuestra” mirada por encima de todos los mundos y de todas las palabras.

         Las palabras que he elegido para el mes de septiembre –Advaita, Amor, Aufhebung– son puertas privilegiadas a mundos cuya belleza en ocasiones se hace insoportable. ¿Las palabras –esas palabras- son símbolos de los mundos? ¿Los crean? ¿Los prescriben?

         En el Rig Veda hay un himno (el 10.125) que ríe y deslumbra desde hace más de tres mil años. En ese himno es la propia palabra la que habla de sí misma y de todo: “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”. Michel Foucault dijo milenios después: “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres”.

         Un año más nos esperan momentos inefables paseando por las palabras y los mundos, volando en sus abismos, mirando por sus ventanas sin tamaño, oliendo sus paraísos; y sus infiernos. Dejándoles vivir. Y morir. Mientras sospechamos que no hay vida ni muerte más allá de estas dos palabras prodigiosas.

         Comienza el curso.

 

        

         David López

 

 

 

 

Un aviso; y el olor de la nada mágica.

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La conferencia sobre la obra Filosofía y poesía de María Zambrano, que estaba programada para el próximo lunes uno de junio, la daré el día siguiente: el martes dos de junio.

Espero que este cambio, que responde a razones organizativas de Ámbito Cultural,  no os cause especiales molestias. Y, sobre todo, espero que no provoque que os perdáis la cegadora -aunque no solar- luminosidad de la filosofía zambraniana.

[membership]    Y, en compensación por las posibles incomodidades que pudiera ocasionar este cambio, se me ha ocurrido regalaros un cuento. Está incluido -junto al de otros veintitrés escritores con los que compartí un viaje en tren, a fuego lento, por el norte de España- en una obra titulada Sobre raíles (Imagine Ediciones-FEVE).

Con este cuento quisiera conmemorar con vosotros el olor abisal del papel de los libros. ¿Quién no ha metido su nariz, voluptuosamente, en esa grieta metafísica que separa las dos páginas de un libro?

Aquí está el cuento:  Son tus ojos.pdf [/membership]

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Sex Puncta Mystica

 

 

        

 

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         El próximo 9 de febrero de 2009, dentro del programa “Obras maestras del arte filosófico” que estoy desarrollando en la Escuela Libre de Filosofía (Ámbito Cultural), trataré de compartir lo que me hacen pensar, y sentir, algunos párrafos de un texto que Jakob Böhme escribió en 1620: Sex Puncta Mystica. Y para facilitar el trabajo y el placer filosófico no solo a mis queridos alumnos, he creído oportuno ofrecer aquí mi propia traducción de esos párrafos.

         Jakob Böhme, a pesar de su influencia decisiva en la filosofía alemana del siglo XIX (y por tanto en la filosofía “universal”), apenas ha sido objeto de atención por parte del pensamiento que se expresa en español. En este desierto, es justo decirlo, destaca una brillante obra de Isidoro Reguera: Jakob Böhme, edit. Siruela, Madrid, 2003.

         Supe de la existencia y de la relevancia de Sex Puncta Mystica gracias a Schopenhauer, el cual, en un sorprendente capítulo que lleva por título “Magnetismo animal y magia” –incluido en Sobre la voluntad en la naturaleza– trata de legitimar racionalmente su sistema metafísico con ideas de varios místicos, magos y visionarios. Ente ellos destaca Jakob Böhme y, de todo lo escrito por aquel zapatero, una cita de Sex Puncta Mystica: la obra que, en extracto, quiero compartir con vosotros.

         He realizado esta traducción a partir de la edición de Friedrich Schulze, Leipzig, 1938. La cita de Böhme que se incluye en la obra de Schopenhauer Magnetismo animal y magia sigue publicándose en español a partir de la traducción de Miguel de Unamuno, la cual es muy defectuosa. En ella encontramos la palabra alemana Wesen traducida como “esencia”, lo cual no es incorrecto. Yo, no obstante, y para facilitar la compresión de este texto, he optado por traducirla como “ser”. Por otra parte, he querido mantener en mayúscula la palabra Magia para que se explicite su enorme relevancia metafísica y teológica en el pensamiento de Jakob Böhme. Quiero también señalar que la presente traducción es provisional; esto es: intentaré pulirla con el tiempo, según avance en mi conocimiento sobre lo que vio aquel zapatero. Quedo obviamente abierto a críticas y a sugerencias.

         Finalmente, quisiera advertir de la extraordinaria complejidad lingüística de Jakob Böhme, la cual, “afortunadamente”, no se manifiesta con demasiada virulencia en este abismático texto.

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Sex Puncta Mystica*

Jakob Böhme

(Extracto)

 

         La Magia es la madre de la eternidad, del ser de todos los seres, pues se hace a sí misma; y se hace comprensible en el deseo [Begierde].

         Ella es en sí misma nada más que una voluntad; y esa misma voluntad es el más grande misterio de todas las maravillas y de todos los secretos y se conduce a sí misma a través de la imaginación del hambre deseante en el ser [begierigen Hungers in Wesen].

         Ella es el origen de la Naturaleza, su deseo hace una imaginación, la imaginación es solo la voluntad del deseo: pero el deseo hace en la voluntad un ser tal y como la voluntad es en sí misma.

         La verdadera Magia no es ningún ser, sino el espíritu deseante de los seres. Ella es una matriz insubstancial, pero se revela en el ser.

         Magia es espíritu, y el ser es su cuerpo, y sin embargo los dos son solo uno, de igual manera que cuerpo y alma solo es una persona.

         Magia es el más grande secreto, pues ella está por encima de la Naturaleza; ella hace la Naturaleza según la imagen de su voluntad: ella es el misterio de la Trinidad, entiende la voluntad en el deseo de ir hacia el corazón de Dios.

         Ella es la modelación en la sabiduría de Dios como un deseo en la Trinidad, en el cual la eterna maravilla de la Trinidad desea revelarse con la Naturaleza: así es el deseo, que se introduce en la Naturaleza tenebrosa y a través de la Naturaleza en el fuego y a través del fuego, a través de la muerte o la rabia, en la luz que va a la Majestad.

         Ella no es Majestad, sino el deseo de la Majestad. Ella es el deseo de la fuerza divina, no la propia fuerza, sino el hambre o el desear en la fuerza; ella no es la omnipotencia, sino lo que conduce la fuerza y el poder. El corazón de Dios es la fuerza, y el Espíritu Santo es la revelación de la fuerza…

         A través de la Magia se realiza todo, el bien y el mal. Su forma de operar es la nigromancia, pero se distribuye en todas las cualidades. En el bien la Magia es buena, y en el mal es mala.

         Ella sirve a los niños para llegar al reino de Dios y a los brujos para llegar al reino del Diablo; pues el entendimiento puede hacer con ella lo que quiera; ella carece de entendimiento y sin embargo lo conceptúa todo, pues ella es el concepto de todas las cosas.

         No se puede expresar su profundidad, pues ella es desde la eternidad el fundamento y sostén de todas las cosas; ella es a la vez un maestro de Filosofía y también una madre.

         Pero la Filosofía conduce a la Magia, su madre, como quiere. Así como el poder divino, como el Verbo (o el corazón de Dios), lleva al padre severo a la suavidad: así también la Filosofía (como entendimiento) lleva a su madre a un suave tormento divino [sanfte göttliche Qual].

         Magia es el libro de todos los estudiantes: todos los que quieren aprender, sea un alto o bajo oficio, deben aprender primero Magia. También el labriego en su campo debe ir a la escuela mágica, si quiere cultivar su campo.

         Magia es la mejor Teología; pues en ella se fundamenta y se encuentra la verdadera fe. Y ella se burla del bufón; porque no la conoce y blasfema contra Dios y contra sí mismo y es más un charlatán que un sabio teólogo.

         Como quien mira a un espejo y no se entera de cuál es la disputa; pues mira desde fuera; así mira también la Magia el falso teólogo a través de un reflejo y no entiende nada de la fuerza: pues ella es divina y él no divino, más bien demoníaco, según la propiedad de cada principio. In Summa: Magia es la actividad en el espíritu deseante [Willensgeiste].

 

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                           Jakob Böhme (1575-1624)