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Las bailarinas lógicas: “Muerte”

 

 

Con un intenso dolor en la carne de mi alma, dedico este texto a mi querido amigo Juan Picón, que falleció hace dos días.

La muerte…

¿Es la muerte, también, una simple palabra? ¿Se trata de una bailarina lógica, un puro hechizo lingüístico?

¿Es un mero concepto, una forma de nuestra mente, entre otras que hay que suponer infinitas? Parece que sí, pues cada discurso, cada cosmos, cada modelo de mente, tiene su propio modelo de muerte y lo siente con convicción… al menos ante la tribu. Otra cosa es lo que sentimos cada uno de nosotros en  nuestra ‘metafísica íntima’: esa zona privadísima que no publicitamos: eso que, según se suele decir, quedaría ‘manchado’ si lo contamos a otros.

La muerte: uno de los más descomunales misterios. ¿Qué es? ¿Por qué es tan misteriosa? ¿Es el fin de una determinada configuración de Materia? ¿Es una transformación de la Materia? Lo que yo creo que es la Materia se puede leer entrando físicamente en este símbolo que he subrayado.

¿Es la muerte una puerta de entrada a otro mundo? ¿Podemos contactar con ese mundo? ¿Nos pueden seguir amando, y ayudando,  nuestros seres queridos, desde esa otra realidad? ¿Y nosotros a ellos desde aquí?

¿Hay vida después de la muerte? Pero, ¿alguien sabe exactamente qué es eso de “la vida”?

¿Cómo podemos saber que no hemos muerto y que no hemos ingresado en otro plano de lo real?

Recuerdo un sueño especialmente angustioso: una especie de samsara acelerado, arrollador, como una catarata de mundos sucesivos. Yo soñaba y creía despertar. Ese despertar me aliviaba porque el mundo en el que ingresaba me parecía sólido, real, fiable: vida verdadera por fin. Pero resultaba que aquello era también un sueño, una farsa de mi mente, y volvía a despertar en otra realidad ya sí verdadera, y de nuevo respiraba aliviado… Y así fui despeñándome entre mundos que parecían infinitos, todos con olor a vida real, todos finalmente convertidos en materia delicuescente.

Materia delicuescente. Eso es un sueño. Eso es la vida.

Hay quien sostiene que las religiones sirven para calmar el miedo a la muerte. Yo creo que se tiene mucho más miedo a la vida. Moksa [Véase] significa precisamente liberación… de la vida: de la vida que hay siempre después de toda vida: la cadena de las reencarnaciones, al parecer movida por implacables leyes morales.

Ante un tema como la muerte voy a sugerir un talante hiper-empírico, esto es: que dejemos ahí, sobre la mesa de nuestro taller de filósofos, todos los hechos que alguna vez se hayan presentado ante nuestra conciencia, no solo los que estén permitidos por uno u otro modelo de realidad. No seamos tan obedientes. La Filosofía es libertad extrema, lucidez extrema, belleza extrema, amor extremo. Por eso en muchas ocasiones es insoportable. Por eso en el fondo muy pocos seres humanos la quieren, la soportan.

Mis dos padres fallecieron hace pocos años. Antes de su muerte nos unía un amor descomunal. Ese amor ha ido creciendo con los años. Y no solo eso: también ha ido creciendo la sensación de llevarlos ‘dentro’ (¿dentro de qué?), como si yo estuviera misteriosamente embarazado de ellos, de los dos. También me ocurre que en ciertos momentos de mi vida siento su voz, su aviso, diciendo sí, o no, o que te vayas ahora mismo, o cuidado, que te están engañando.

Soy plenamente consciente de la facilidad con la que se podría desplegar un modelo de realidad que redujera mis sensaciones a pueriles fantasías, a mecanismos de mi mente capaces de proporcionar sedantes a mi dolor. Pero cualquiera de esos modelos, a su vez, podría ser reducido a una nada de palabras y de leyes huecas si son observados desde las atalayas de la epistemología moderna: la que nos dice, básicamente, que no descartemos ningún modelo de realidad: y que no demos por definitiva, por probada, ninguna ley física ni metafísica (si es que, en realidad, hay leyes que regulan lo que hay y lo que pasa).

Dolor. La muerte de nuestros seres queridos nos causa un dolor atroz. Pero hay quien al morir deja su habitación convertida en un  lago de luz. Fue el caso de mi madre. También ocurre a veces que un dolor puede ser más bello que un placer. La vida es una sofisticadísima obra de arte. La muerte también. Es lo mismo.

Empíricamente solo se ha comprobado la desaparición de lo objetivo, nunca de lo subjetivo: vemos morir a las personas y a otros seres vivos. Vemos que no están más ahí (en lo que se presenta ante nuestros sentidos ordinarios). ¿Veremos cómo muere ese ser (cuerpo-mente) con el que ahora nos identificamos?

Creo que sí.

Muerte. Vida. Los misterios arden –gloriosos, imponentes- en nuestras mentes de filósofos, porque todos somos filósofos, todos podemos activar en plenitud nuestra condición humanísima.

Mi madre, Julia, antes de morir, estaba segura de que se iba a reunir con su marido -Alfonso-, que además era el hombre del que estaba enamorada, aunque no le pudiera ver. Yo sé que ese encuentro ha ocurrido. Y asumo el riesgo –académico, ideológico, etc.- que se deriva de esta afirmación. Pero creo que en Filosofía está antes la honestidad intelectual y, digamos, hiper-empírica, que la buena imagen académica o ideológica.

Creo que se muere de belleza. La razón es simple: parece obvio que cuanto más disminuye el yo, la conciencia del yo, mayor es la belleza que inunda dicha conciencia (recordemos las teorías estéticas de Schopenhauer y de Hegel). La muerte es una radical disminución del yo –aunque solo sea porque se pierde un cuerpo, bienes materiales, etc. Es, por tanto, una forma de hipertrofiar la belleza. Supongo que para que ocurra este prodigio sensitivo será imprescindible morir en paz: contemplar serenamente cómo se extingue la imagen de nuestro propio yo en la imagen, en el espejo de nuestro propio mundo. Supongo que algo igualmente grandioso debe de ser la contemplación de nuestra entrada en un mundo: nuestro nacer.

Algunos apuntes sobre modelos de muerte:

1.- Materialistas/Fisicistas/Cientificistas. Muerte como reorganización de piezas que ya estaban muertas. No hay muerte porque no hay vida.

2.- El alma individual. Su existencia y su inmortalidad. Metempsicosis y palingenesia. ¿Tenemos un alma o somos un alma? ¿Alguien se atreve a pensar qué puede ser exactamente eso de “alma”?

3.- Confucio. Mejor ocuparse del más acá de la muerte, no del más allá.

4.- Panteístas, hilozoístas, panpsiquistas. Todo es vida, consciente, sagrada. Tales de Mileto (el alma entreverada en la Materia; todo está lleno de dioses).

5.- El vedanta advaita de Shankara. No existe en verdad la muerte, porque no hay nada individual que pueda vivir ni morir. Solo existe Brahaman (Dios) y ese es nuestro único y verdadero ser (inmortal). Pero sí existen paraísos para el alma que todavía no ha superado el principio de individualidad. Caben paraísos dentro del Maya prodigioso en el que también está la vida. Pero esos paraísos no ofrecen la libertad. Son sacras fantasías.

Ahora ofrezco un haiku japonés del siglo XVIII que arde eternamente en mi pecho. Lo escribió un poeta llamado Wakyu cuando ya sintió que se moría. No lo leáis. Entrad en él y permaneced un rato largo… sintiendo toda la grandeza de esa muerte serena e ilusionada.

Al fin
me abro paso por la nieve espesa:
el camino del pincel.

Los haikus se escribían –se dibujaban- con pincel. Wakyu comparó el momento de acercarse a la muerte con el camino de la Poesía: con el caminar configurativo del pincel.

Creo que la sacra magia que nos envuelve y que nos constituye permite afirmar que la obra de arte de nuestra realidad (de nuestra vida en el mundo) puede estar siendo asistida desde ‘fuera del mundo’ por seres que nos aman, y que ya fallecieron, los cuales estarían actuando (moviendo sus pinceles) desde lugares cuya belleza solo sería soportable por los dioses; esto es: por los seres humanos en su estado puro.

¡Suerte con el pincel, Juan!

David López

Las bailarinas lógicas: “Lila”

 

लीला

“Lila”. Las dos vocales se pronuncian largas, sin prisa, como si estuviéramos en un ritual de magia sacra. Es una palabra que en sánscrito significa, entre otras cosas, juego. Juego sagrado. ¿Juego de quién? ¿Dónde? ¿Juego de Dios en la mente del hombre? ¿Por qué y para qué ese juego?

¿Y qué es, exactamente, eso de “jugar”?

Una pregunta fundamental en Filosofía es la siguiente: ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es todo esto que se nos presenta como mundo ante la conciencia? ¿Cuál es el gran secreto del mundo? ¿Lo queremos saber?

Quizás esta preciosa palabra sánscrita nos ofrezca una sobrecogedora inmersión en el  corazón del mismísimo Dios.

“Lila”. Ella quiere decirnos que estamos dentro de un juego: dentro del juego de Brahman: dentro de nuestro propio juego. Porque somos, en realidad, en nuestro ser verdadero, un mago descomunal auto-ocultado que opera en su propia carne/mente.

Me encontré por vez primera con una versión escrita de esta idea leyendo un libro de Luis Renou (El hinduismo, Paidós, Barcelona 1991). Y leí lo siguiente:

“El Linga-purana hace hablar a éste [a Brahman] en los siguientes términos: La conciencia fue creada por mí, y también la noción-de-yo en sus tres formas, la cual proviene de la conciencia; de ahí los cinco elementos sutiles, de ahí el espíritu y los sentidos corporales, el éter y las demás esencias, y lo que de ellas ha surgido: todo eso lo he creado yo, jugando” (p. 64).

Jugando…

Y pensé entonces en la seriedad y la inmensidad de mis juegos de niño. Yo recuerdo haber permanecido eternidades en mi habitación, con no más de cuatro años, sintiendo que estaba en el taller de los dioses: una zona muy seria, seria de verdad, fabricando realidad: entrando y saliendo de ella, con mis soldados y mis indios y mis vaqueros de plástico.

Un niño jugando en solitario es un Dios visible, disfrazado de animal vulnerable, que opera -que oficia- en un mundo invisible para los adultos.

Muchos años más tarde -ya autoexpulsado de ese taller sagrado- me sorprendí, casi me asusté, leyendo estas frases de Novalis:

“La naturaleza es, por tanto, puramente poética, y así el cuarto de un mago, de un físico, un cuarto de niños, un trastero y una despensa” (Novalis; Escritos escogidos, edición de Ernst-Edmund Keil y Jenaro Talens, Visor, 1984, p.120).

Y, finalmente, creo que debo decir que he sentido algo inexpresable ante los fenómenos de Second Life o los SIMS.

Este diccionario lo he ido denominando “Las bailarinas lógicas”. El término lo tomé precisamente de la mitología hindú: quería visualizar las palabras-bailarinas como sacerdotisas de un juego que Vak (la diosa de la palabra) juega en nuestra mente. Pero, ¿es nuestra esa mente?

“Lila”. Antes de exponer mis ideas sobre esta palabra crucial, creo que debemos detenernos en los siguientes lugares:

1.- “Lila” en el hinduismo. Se dice que como concepto aparece, por primera vez, en el Brahmasutra 2.1.33. El Gita, por su parte, en mi opinión, explicita una especie de videojuego sagrado. Hay que jugar al karma, pero con distancia, con conciencia de su sagrada artificialidad. Brahman sería el gran mago que se transforma a sí mismo en el mundo. La fuerza dinámica del juego-mundo sería karma (acción condicionada y condicionante… todo conectado con todo en el gran juego del universo). Hay instrucciones para jugar bien. Instrucciones que se envía el Gran Jugador a sí mismo.

2.- El libro de Job (en mi opinión, un desagradable juego entre Dios y el Demonio). Estudié este libro de la Biblia con especial profundidad gracias a un brillante curso de doctorado que impartió la profesora Isabel Cabrera en la Universidad Complutense de Madrid (“Un modelo para el estudio de la mística”). Hoy creo que, dentro de la narración cristiana, la histórica entrada de Dios en el mundo -Jesucristo- podría significar un insólito acto de amor (compasión, identidad incluso) hacia simples criaturas de su propio juego creativo.

3.- Novalis. En el fondo del mundo habría un mago jugando. Recomiendo, aparte de la ya citada, estas dos publicaciones:

  • Novalis (Plilosophical writings), traducción de Margaret Mahony Stoljar, State University of New York Press, Albany 1997.
  • Novalis (Gesammelte Werke), edición de Hans Jürgen Balmes, Fischer Verlag, Frankfurt 2008.

4.- Schiller. “Expresado con toda brevedad, el ser humano sólo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y sólo es enteramente ser humano cuando juega”. Esta frase de Schiller la recoge Rüdiger Safranski en su obra Romantik (Eine deutsche Affare). Edición española: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona 2009. Schiller cree que en el juego del arte el ser humano es verdaderamente libre. La belleza -el arte bello- conduce a la libertad porque aumenta la sensibilidad. Y el juego crea distancia, perspectiva, civilización en su grado máximo. El hombre como “homo ludens”. Safranski utiliza estas palabras (p. 43 edición española): “Por ejemplo, la sexualidad se sublima como juego erótico, ya así deja de ser meramente animal para volverse verdaderamente humana”. Sobre Schiller, aparte la ya citada de Safranski, creo que pueden ser interesantes las siguientes publicaciones:

  • Schiller: Cartas sobre la educación estética del hombre (trad. J.Feijóo y J. Seca), Anthropos, Barcelona 1990. Esta obra está disponible, gratis, y en su versión original aquí: http://gutenberg.spiegel.de/buch/3355/1
  • Rüdiger Safranski: Friedrich Schiller, oder die Erfindung des deutschen Idealismus, Munich 2004. Edición española: Rüdiger Safranski: Schiller o la invención del idealismo alemán, Tusquets, 2006.
  • F. C. Beiser: Schiller as philosopher, Oxford University Press, 2008.
  • Schiller: arte y política, Antonio Rivera García (editor), Editum (Ediciones de la Universidad de Murcia), Murcia 2010.

* Mi artículo sobre Rüdiger Safraski puede leerse [Aquí].

5.- Kierkegaard. Dios creó el mundo por aburrimiento. La palabra “aburrimiento” lleva “horror” dentro. ¿Horror a qué? Quizás lo único de lo que carece Dios es de carencia, y de amenaza, y de otredad. Quizás todo esto, para recibir existencia, requiere una fabuloso acto de auto-engaño, de auto-olvido: la omnipotencia quiere sacar de sí un lugar donde jugar a la impotencia. Y crea un mundo, que no es sino un fabuloso juego sagrado.

6.- Sartre. En su obra “La náusea” este filósofo expresa el hastío ante un determinado cosmos, ante una determinada configuración de universales [Véase “Universales”]. Le acecha un aburrimiento pre-creacional. Necesita un juego que le estimule para seguir jugando el juego de la vida. Necesita un nuevo mundo con sus desafíos lúdicos. [Véase “Ser/Nada”].

7.- Emilio Lledó [Véase]. En su obra Ser quien eres (Ensayos para una educación democrática), este autor apuntaba la necesidad de un nuevo discurso.  Nuevos hechizos en realidad (nuevos juegos en nuestra mente). Sugiero la lectura de la crítica que en su día hice de la citada obra de Emilio Lledó. Se puede acceder a ella desde [Aquí].

Lo que el baile -el juego- de la palabra “Lila” provoca en mi mente y en mi corazón es más o menos lo siguiente:

1.- ¿Qué es, exactamente, “jugar”? Creo que con esa palabra nos referimos a la creación de dificultades artificiales, inexistentes, para generar determinadas emociones. Se juega para emocionarse (para provocar determinadas secreciones hormonales, dirían quizás los materialistas/hormonalistas/cerebralistas). Quizás no se pueda vivir, en un cuerpo ‘físico’, sin determinadas secreciones. El sistema humano no estaría preparado para la ausencia de peligros, desafíos, conquistas, victorias, etc. Estamos ante creaciones de realidades virtuales. Jugar sería huir del aburrimiento, del horror del no-estímulo, de la no-vida. Una definición de juego podría ser ésta: “creación artificial de situaciones estimulantes”. En cualquier caso, no debemos olvidar que los animales también juegan.

2.- La clave de un buen juego estaría en ilusionar. La vida es ilusión en el sentido más amplio que pueda tener esta palabra. El mejor juego es el que más ilusiona: el que permite entrar -virtualmente- en un mundo de promesas y de amenazas.

3.- Pero creo que también se juega cuando no se juega. El juego meramente artificial supliría carencias del juego de la vida. ¿Qué juego es ese? ¿A qué estamos jugando? Creo que se trata de la lucha, constante, fascinante, por fabricar nuestro cosmos soñado, por hacerlo visible, habitable, para nosotros, y para nuestros seres queridos. Jugamos a cosmizar el infinito, el caos que nos amenaza. Jugamos el gran juego de la vida, que es jugar con Dios a que se perfeccione su Creación.

4.- El aburrimiento. La gran amenaza (decía Schopenhauer). Creo que dentro de no muchos años habrá seres humanos bostezando de tedio -sufriendo de absurdidad- frente a los ventanales de una casa construida en algún anillo de Saturno, al atardecer. El ser humano rutiniza, banaliza, cualquier prodigio. Por eso tiene que crear nuevos mundos, para no aburrirse. Tiene que crear nuevos cielos y nuevos infiernos muy ilusionantes. Las grandes narraciones de las ideologías políticas juegan ahí: creando grandes malos, grandes amenazas, grandes causas… para jugar, para seguir vibrando de emoción en el juego sagrado de la vida.

5.- En estados de meditación profunda no existe el aburrimiento [Véase “Meditación“]. Se podría decir entonces que solo se aburre la mente, o una determinada función del cerebro. Pero siempre regresamos al mundo -yo al menos-porque amamos este juego, esta ilusión. Lo cierto es que si convertimos la meditación en un elemento fundamental de nuestra rutina diaria, el juego de la vida aumenta su capacidad de fascinarnos. Y no sólo eso, sino que aumentan también nuestras capacidades de jugar bien. Es curioso: el juego de la vida se puede jugar mejor o peor. Si se juega bien, hay grandes premios: grandes experiencias. Y las instrucciones del juego están repartidas en varios soportes. Recordemos el Gita, entre otros manuales de ayuda.

6.- Un juego explícitamente artificial y especialmente exitoso en nuestra tribu es el fútbol. Se podría decir, desde Schiller, que es una muestra de civilización avanzada, de sublimación de fenómenos tan salvajes como la guerra entre grupos humanos. Impresiona ver cómo ese juego sacude y moviliza mentes, corazones y cuerpos. Se producen incluso fenómenos identitarios (de construcción del “Yo”) que, en ocasiones, pueden ser muy denigradores de la condición humana. [Véase “Yo“]. Hace algunos años escribí para el Diario 16 una columna sobre este poderoso juego. Se puede leer [Aquí].

7.- Las bailarinas lógicas. Los hechizos de las palabras. Los juegos del lenguaje. Creo sostenible que el mundo entero que se presenta como tal ante ‘nuestra conciencia’ -el universo, todos los dioses o no dioses, materia o energía, etc.- no es más, ni menos, que un juego del lenguaje: un gran juego de bailarinas lógicas a las órdenes de Vak (que sería uno de los avatares de Brahman; o de Dios, si se quiere). Nuestro mundo es un juego de palabras. Un juego del lenguaje, si se quiere evocar a Wittgenstein.

Y creo que cabe crear nuevos juegos, nuevos mundos, nuevos cielos bajo los que seguir ilusionándose sin perder el respeto al principio de veracidad. Caben honestas irrupciones de prodigios todavía por estrenar. Me refiero a nuevas ilusiones para ser compartidas por eso que llamamos “Humanidad” [Véase].

Porque creo que sin ilusión no hay sacralidad; y que sin sacralidad no hay Humanidad.

David López

Las bailarinas lógicas: “Yin-Yang”

 

 

Yin-Yang”.

Todos contemplamos, atónitos, desconcertados, fascinados también, el giro incesante de nuestras realidades interiores y exteriores. Todos hemos padecido las mutaciones del alma propia y del alma ajena: el bondadoso resulta ser un diablo, y el diablo, de pronto, nos mira con infinita ternura y nos tiende su mano -firme y cálida- cuando ningún santo nos la tiende. La naturaleza, a veces, nos ama y nos sublima con su belleza, y, otras veces, nos tritura y nos denigra sin piedad. Las laderas de las montañas del alma se encienden y se apagan bajo un cielo que no puede quedarse quieto: el estúpido es un sabio descomunal, y el sabio, o el santo, de pronto, se ubican, ante nuestro estupor, en los límites inferiores de la condición humana.

Yin-Yang”. Cambio, interpenetración y complementariedad de los contrarios. Creo que estamos ante una sola palabra que -según la tradición china- simboliza la maquinaria interior que mueve el mundo. Pero dentro de esa palabra única -“Yin-Yang“- en realidad bailan, abrazadas siempre, abrazadas incluso a su vísceras, y a las vísceras de sus vísceras, dos preciosas bailarinas que nacieron en China, en la China antigua, si es que China ha dejado de ser alguna vez “antigua”.

Y ese baile intimísimo refleja una terrible pero fértil tensión: no estamos ante dos fuerzas opuestas, sino complementarias. Ninguna de ellas puede vivir sin la otra. Las dos se desnutren recíprocamente. Nunca crecen ni decrecen juntas: cuando una de ellas se expande es porque la otra se reduce. Pero ese expandirse y reducirse provoca enseguida un cambio a sus contrarios: lo que sube empieza a bajar si alcanza su máximo, y lo que baja, cuando consigue una denigración suficiente, empieza a ascender. La luz se vuelve oscuridad y la oscuridad luz. El infierno se hace cielo. Y el cielo infierno. Todo girando, cambiando, sin que cambie nunca la realidad del cambio ni su lógica interna.

Así, instalando en su conciencia, mediante la palabra, siempre mediante la palabra, la realidad metafísica de este baile eterno, la sabiduría china quizás fue capaz de combinar la esperanza (todo horror transmutará en paraíso) con la prudencia (cuidado, considera que todo cambiará, toma precauciones, no te despreocupes demasiado en los tiempos de vacas gordas). Equilibrio. Prudencia. Templanza. Punto medio. Equilibrio. Evitar los extremos, los excesos.

Antes de exponer mis ideas sobre el Yin-Yang, voy a detenerme en los siguientes lugares:

1.- China. Me llama la atención el hecho de que su programa civilizacional básico siga casi  intacto, y que lo activara, según parece, una familia, los Shang, que dieron su nombre a esa zona del planeta y que la gobernaron entre los siglos XVII y XI a.C. De ellos proviene la escritura china, aún viva: bailarinas lógicas que surgieron del Río Amarillo hace milenios y que, a diferencia de las que aparecen en este diccionario filosófico, están dibujadas de cuerpo entero, no a pedazos, no con piezas lingüísticas inertes. También me parece destacable la relativa autarquía de China. La veo como una especie de animal viejísimo -ya casi un dios- donde el individuo humano, como tal, no habría alcanzado una ubicación ontológica determinante. Quizás China siempre fue, en general, comunista y burocratista. Salvo por la irrupción del budismo, no veo que este fabuloso organismo segregado por el Río Amarillo haya abierto su conciencia a conceptos como el de libertad o el de creatividad. Al ocuparme de Tao [Véase] ya expresé mi sensación de que el taoísmo,  si bien propiciaría una anarquía en lo social, arrojaría al individuo humano a una corriente natural, sí, pero hiper-legalizada: a una fuerza metafísica imparable con la que sólo cabría armonizarse. El budismo, por el contrario, como cosmovisión importada de la India, sí ofrecería a la mente china -y a su corazón- el concepto de la libertad absoluta: la posibilidad de salir de las ruedas de lo real, de liberarse del Tao incluso, entendiendo el Tao como ley universal.

2.- Significados para Yin-Yang. Parece extremadamente complicado fijar un significado único para estos símbolos. Se habla de débil (yin) y fuerte (yang), de femenino (yin) y masculino (yang), de oscuro (yin) y luminoso (yang), de tierra (yin) y cielo (yang).  En el I Ching (o Yijing según la transcripción fonética pinyin) encontramos un uso eficacísimo de dos tipos de trazos: el trazo partido (dos líneas consecutivas) que correspondería al concepto yin (quizás por su similitud con la vagina); y el trazo continuo, que correspondería a yan (quizás por su similitud con el pene). Jordi Vilá, en su introducción a ese libro descomunal  afirma que “el concepto del yin y el yang es una de las aportaciones más universales de la cultura china, que considera este binomio el mecanismo que mantiene el equilibrio de un sistema. Yin y yang no son, en absoluto, fuerzas primarias ni poderes cósmicos, sino “utensilios” de clasificación. Etimológicamente, los conceptos yin y yang se referían exclusivamente a las laderas sombría e iluminada de una montaña […] De esto no debe deducirse una noción antagónica de dualidad, sino un sistema dinámico de complementariedad y equilibrio, una visión cíclica y relativa del Universo, en la que el yin llegado al extremo originará el yang y viceversa; yin y yang no son cosas independientes, sino dos fases de un mismo fenómeno. Los textos canónicos Zhou que exponen la teoría del yin y el yang la relacionan con las diferentes técnicas de adivinación vigentes en tiempos de las antiguas dinastías. Se puede suponer que la teoría del yin y el yang apareció en la Edad del Bronce, en el seno de la casta chamánica, y que desde su origen se asoció con las ideas de adivinación y pronóstico” (Yijing, traducción, prólogo y notas del texto de Jordi Vilà; traducción, prólogo y notas del comentario de Wang Bi por Albert Galvany, Atalanta, Girona 2006, p. 19).

3.- Yin-Yang en la filosofía china. Estos conceptos alcanzaron un lugar decisivo en el pensamiento de Zou Yan (305-240 a.C.). Pero su desarrollo filosófico fue impulsado sobre todo por Dong Zhongshu (179-104 a. C.), un pensador de la época Han que escribió una obra cuyo título -de sublime belleza- fue algo así como “Rocío exuberante de los anales de la primavera y el otoño” (Chunqiu fanlu). En esta obra se muestra un modelo de totalidad en el que la tierra, el cielo y el hombre están íntimamente conectados.

4.- Yin-Yang en el I Ching (o Yijing).  La idea fundamental de este libro fundamental es la de cambio. Todo cambia sin cesar. Y ese cambio se produciría por la interacción de los opuestos Yin-Yang. El I Ching es un ser extraño, bello y abisal que forma parte de mi vida desde hace muchos años. Yo tengo la edición española de la traducción de Richard Wilhelm (Edhasa, Barcelona 1977). Con este libro, dentro de este libro, he vivido momentos decisivos en mi existencia. El prólogo que en su momento hizo Jung forma parte de las obras maestras del arte filosófico. Creo que, para el tema que nos ocupa ahora, hay dos símbolos fundamentales: Qian y Kun. El primero es Yang puro, es activo y se refiere al cielo. El segundo es Yin puro, es pasivo y se refiere a la tierra. Podemos pensar en la dualidad entre las diosas mediterráneas de la tierra y los dioses del cielo. También cabe pensar en la dualidad purusa-prakriti del Samkya indio. Pero desde la cosmovisión china (al menos la que está implícita en la doctrina del Yin-Yang) no cabe hablar de dualismos: dentro de las diosas de la tierra habría dioses del cielo. Y viceversa. Y dentro de la prakriti india habría siempre, y siempre debería haber, purusa (simplificando cabría decir que desde la doctrina del Yin-Yang no cabría pensar un alma sin cuerpo, ni lo contrario).

5.- Los diagramas. El más conocido es el Taijitu (literalmente “símbolo de lo más elevado, de lo más extraordinario”). Es un símbolo que muestra polaridad y movimiento; y que aparece también, con pocas diferencias morfológicas, en las culturas celta, etrusca y romana. En el caso chino, creo que se ha conseguido una gran expresividad filosófica al incluirse dentro de cada color un círculo del color contrario, el cual, según descubrieron los sabios chinos, siempre podría subdividirse en otro diagrama de dos colores entrelazados. Y así hasta el infinito. Hasta el infinito. Esto no debe olvidarse. Pero cabría, en mi opinión, ensayar un diagrama en el que dentro del Taijitu apareciera un símbolo que representara su otro absoluto… lo que está completamente fuera de esa rueda humana y cósmica y, por tanto, de todas sus leyes. Creo que ese sí sería un símbolo de “lo más elevado”: abarcaría lo que se presenta ante la conciencia y la conciencia misma (ese vacío infinito).

6.- Algunas fuentes sobre la filosofía china en general.

Sugiero estas dos páginas de internet:

–  www.sacred-texts.com (creada por John Bruno Hare)

–  www.sino-platonic.org. Esta última página está editada por Victor H. Mair (Departamento de lenguas y civilizaciones asiáticas de la Universidad de Pennsylvania) y ofrece una gran cantidad de ensayos sobre la cultura china en general.

Y como obras sobre la filosofía china sugiero las siguientes:

– Feng Youlan: A History of Chinese Philosophy, 1934 (Princeton University Press, 1983, traducción de Derk Bodde.).

– Marcel Granet: La pensée chinoise, Paris 1934.

-Needham, Joseph: Science and Civilization  in China, Cambridge University Press, 1954-2016 (7 volumes in 25 books).

– Bauer Wolfgang: Geschichte der chinesischen Philosophie. Konfuzianismus, Daodismus, Buddhismus, München 2001.

– Chantal Maillard: La sabiduría como estética (China: confucianismo, taoísmo y budismo), Akal, Madrid 1995.

– Encyclopedia of Chinese Philosophy (ed. Antonio S. Cua, Routledge, 2002).

Expongo a continuación algunas de mi ideas sobre el concepto Yin-Yang:

1.- Ying-Yang. Cambio permanente. Y reglado. Pero el cambio es imposible -ilógico. Como es imposible -ilógico- el movimiento (recordemos, no dejemos de hacerlo, a Zenón de Elea). En realidad, a mi juicio, todo lo que ocurre es imposible (porque todo lo que ocurre es puramente mágico). En cualquier caso, para que pudiera haber cambio debería mantenerse inmutable un observador (precisamente el que afirmara ese cambio… el que ve que se modifica la estructura de lo que se presenta). Pero ese observador, según la tradición china, al menos hasta donde yo llego, e, incluso, según la propia cosmovisión de la Física actual, está también sacudido permanentemente por el gran baile que lo mueve todo. No habría por tanto dónde ubicar un punto  fijo desde el que afirmar que, hace unos minutos, no había un halcón en el cielo y ahora sí lo hay.

2.- Creo -siento- que el cambio ocurre sólo en Maya (en los espectáculos de nuestra conciencia, o “mente”, “cerebro” si se quiere). El cambio es una fantasía (fantasía químico-biológica, para los que no quieran abandonar la cosmovisión neurofisiológista). Y ahí -en esa prodigiosa fantasía- sí cabe visualizar la tensión de contrarios complementarios. No obstante, esa tensión me parece finalmente lingüística (como todo lo que pueda aparecer en frases): el Yin-Yang presupone una determinada estructura de universales [Véase].  Se dice que Yang sería la ladera luminosa de una montaña, y Yin la sombría. Pero “montaña” o “ladera” son resultantes de una determinada forma mental: son producto de una de entre las infinitas formas de recortar lo que se presenta como real. Lo contrario de algo requiere asumir la realidad ontológica de ese algo. Pensemos en la posible tensión entre Dios y el Diablo (que requiere un teísmo). O en la tensión entre materia y antimateria (una tensión sólo posible si se asumen como reales los bocetos que ofrece la Física). [Véase “Física“].

3.-  Los cambios y su lógica interna sólo acontecen en los teatros de la conciencia. Son necesidades artísticas: resortes necesarios para que ocurra -para que sintamos- mundo en nuestras conciencias. En estado de meditación [Véase], y, por cierto, no sólo en ese estado, puede ocurrir que retomemos la conciencia de que siempre estuvimos quietos, ahí, en un taller meta-espacial y meta-temporal, capaces de cualquier Creación. Creación con mayúscula.

4.- El  modelo de totalidad implícito en la doctrina del Yin-Yang presupone una metafísica legaliforme. Tengo la sensación de que la mayor parte de los planteamientos filosóficos chinos (exceptuando los derivados del budismo, que es una sabiduría “importada”) ofrecen ideas para optimizar la posición del hombre dentro del cosmos. No veo en la filosofía-sotoriología chinas que se aspire a la transcendencia: el sabio chino quiere optimizar su estancia en la inmanencia. Los chinos buscan acomodo en un cosmos cambiante, pero cambiante según un orden que el sabio debe detectar. No se buscan, en general, salidas del sistema, sino optimización en el sistema. Los confucianos incorporarán la sociedad humana e, incluso, su burocracia, en un todo cósmico y sagrado. Los taoístas, en general, rechazarán ese socialismo radical, pero aspirarán a una fusión con una especie de burocracia cósmico-natural. En ambos casos, la libertad individual carecerá de sentido. Estamos ante metafísicas legaliformes. El budismo -esa sotoriología india- sería quizás la única forma de libertad -de libertad en sentido absoluto- que habría conocido el espíritu chino. Cabría afirmar que la sabiduría china es una imponente Apara-Vidya [Véase]. Y, hasta donde yo llego, que no es mucho, esa “sabiduría inferior” de China se basa en la búsqueda del equilibrio -la armonía- dentro de un universo de fuerzas cambiantes; y la búsqueda de técnicas que permitan canalizar, en beneficio del hombre, esas mismas fuerzas.

5.- Desde la cosmovisión de la neurofisiología moderna (que yo no comparto) cabría quizás sostener la hipótesis de que el Yin-Yang esquematiza, de forma rudimentaria, el funcionamiento de las dos partes del cerebro humano y su necesidad, fisiológica, vital, energética si se quiere, de mantenerse equilibrado [Véase “Cerebro“]. En el futuro intentaré investigar algo más esta posibilidad. Cualquier sugerencia o indicación será enormemente agradecida.

6.- Vuelvo a la posibilidad que apunté en los primeros párrafos de este texto: ensayar un Taijitu(el clásico diagrama del Yin-Yang) en el que se mostrara su propio contrario: el contrario del propio modelo de totalidad que ese símbolo quiere sujetar: lo absolutamente otro de lo que es pensado a través de esa tradición de sabiduría china. Quizás la dialéctica hegeliana ofrecería la posibilidad de suprimir y elevar el dualismo cambio-quietud; legaliformidad metafísica/libertad absoluta… [Véase “Aufhebung“].

Dios, como Dios metalógico [Véase], estaría más allá de los contrarios (incluso más allá de la tensión existencia/no existencia de Dios). Pero creo que lo que se nos presenta, ahora mismo, esto mismo, también puede serlo. El sistema Yin-Yang permite sobrevivir en un cosmos de palabras, pero no permite ver.

Para ver hay que estar en silencio. Ser el silencio. [Véase “Silencio“]. Más allá del baile del Yin-Yang.

En cualquier caso, espero tener tiempo para contemplar con sosiego el majestuoso aleteo de la civilización china. Esa mariposa descomunal.

David López

Las bailarinas lógicas

 

 

En el Rig Veda hay un himno (el 10.125) que ríe y deslumbra desde hace más de tres mil años. En ese himno es la propia palabra la que habla de sí misma y de todo: “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”. Michel Foucault dijo milenios después: “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres” [Véase].

Este diccionario lleva por nombre “Las bailarinas lógicas”. Y todas sus palabras/bailarinas están unidas por “manos” o “supercuerdas” que, ante mi sorpresa, están tejiendo, lentamente, apasionadamente, un organismo cuyas dimensiones no puedo prever ahora.

Supongo que dedicaré mi vida entera a este diccionario. A este organismo lógico.

Los textos que he escrito sobre cada palabra son, en muchos casos,  simples presentaciones de conferencias y, en otros, no más que borradores de artículos. Todas las entradas de mi diccionario reclaman una redacción que sea, al menos, provisional. Pero no quisiera que esa redacción -esa imagen del fértil infinito interior de cada palabra- llegara nunca a ser definitiva (finita; final por tanto). Amo la vida (la vida infinita e inefable): y también amo la vida de estas criaturas.

Espero estar siendo capaz de compartir mi estupor maravillado ante  el gran espectáculo de baile que ofrecen las bailarinas lógicas. De baile metafísico si se quiere. Mi intención es dejar que bailen muchas palabras en la pista infinita de nuestra mente. Y de nuestro corazón.

Y creo que en algunos lugares de este diccionario se puede vislumbrar la transparencia -la sublime y casi omnipotente nada- de los cuerpos de estos seres prodigiosos: su temblor ontológico.

Creo que en la fotografía que hay en el cielo de este texto se aprecia esa transparencia. La bailarina que aparece es Wilfride Piollet.

* * * *

Y las bailarinas lógicas que ya viven y sueñan en este diccionario filosófico son las siguientes:

 

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El mito de Europa.

 

 

Europa. Más Europa. Es el único camino. Precioso camino por cierto, aunque ahora no lo parezca. Así lo dicen, creo yo, los mitos de la Grecia Antigua.

Vivimos momentos históricos, fascinantes, hipercreativos, peligrosos también. Estamos contemplando, hoy mismo, el nacimiento de algo grande, excepcionalmente fecundo e ilusionador. Hay que poner todas nuestras factorías de sueños al servicio de esa ilusión: al servicio de Europa: un futuro gran país.

Hace algunos días me estremecí leyendo los mitos de los que brotó eso de “Europa”. Y, lo confieso: me sacudió la brisa del misterio, de lo imposible, de ese océano mágico cuyo olor imprega todo lo que pasa, ahí, en “el mundo objetivo”. O “dentro de nuestra conciencia”. Es igual. El caso es que me estremecí hasta el punto de no poder moverme, de no poder hablar, durante horas.

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Ha sido un gran honor

 

 

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El pasado lunes trece de julio finalicé un vuelo de once años que he compartido, desde el estupor, con mis queridos alumnos/amigos de Ámbito Cultural de Madrid.

Ha sido un gran honor para mí: un milagro extra-académico del que han salido, entre otras cosas, “las bailarinas lógicas”[Véanse aquí],  los “filósofos míticos del mítico siglo XX” [Véanse aquí]  y los “pensadores vivos”.

Este último proyecto ha ocupado dos años: un arduo trabajo de pura y deliciosa Filosofía que me ha servido para contemplar el pensamiento de algunas personas cuyos cerebros están hoy físicamente vivos: filósofos, físicos, biólogos, sociólogos…

Paracelso afirmó: “Los pensamientos son libres y nadie los domina. En ellos reposa la libertad del hombre, y ellos aventajan la luz de la Naturaleza”.

Nada habría por tanto más poderoso que esa misteriosa actividad humana, si es que es simplemente humana. Pero… ¿qué es, exactamente, pensar? ¿Cabe pensar el pensamiento? ¿Desde dónde? ¿Dónde? ¿Cabe pensar en libertad? ¿No creyó Paracelso que Dios controlaba el pensar humano, que pensaba en el fondo de ese pensar?

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Pensadores vivos: E.O. Wilson.

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En este texto expongo parte de  lo que ha ocurrido en ¿mi? pensamiento al leer la obra de E. O. Wilson que lleva por título The Social Conquest of Earth, publicada en España por la editorial Debate bajo el título La conquista social de la tierra.

Se trata de una obra de gran belleza en la que el reputadísimo biólogo de Harvard (el “señor de las hormigas”) ofrece lo que él cree que espera recibir aquel que se hace las clásicas preguntas “¿De dónde venimos?”, “¿Quiénes somos?” y “¿Adónde vamos?”. Preguntas éstas que, como todas, llevan ya dentro la presuposición de que se comparte un modelo estático de metafísica (de la estructura visible e invisible donde se cree que está el que las formula).

El sujeto de esos interrogatorios aparece en primera persona del plural y se auto-denomina “ser humano” (“seres humanos” mejor dicho quizás). Este libro de Wilson se abisma en el conocimiento de la esencia de lo humano. Creo que podría ser de interés que alguien (yo ahora no tengo tiempo para ello) intentará relacionar esta obra con la obra maestra de Max Scheler: La posición del hombre en el cosmos. Scheler es más profundo que Wilson porque es filósofo: digamos que es capaz de activar su conciencia por encima del proceso de pensamiento que se despliega ante ella (digamos que está más atento a los hechizos del lenguaje). Wilson es brillante, científicamente impecable (supongo), fascinante (he disfrutado enormemente leyendo su narración de la teo-génesis humana), pero su pensamiento opera imantado por una metafísica que él no problematiza: es un delicioso (y muy saludable) pensador religioso.

Wilson ha incorporado a su narración científica un cuadro de Gauguin, quizás con la intención de mostrar que, gracias a la prodigiosa evolución de la cultura humana, estamos ya en un momento de síntesis gnoseológica  que nos puede llevar a paraísos todavía no imaginados (si es que somos capaces de instaurar una nueva Ilustración, una nueva entronización de la razón empírica). Se trata de un cuadro cuyo título agrupa las tres preguntas clásicas a que antes he hecho referencia, y cuya respuesta cree Wilson haber acercado gracias a su obra. Esta obra termina por cierto de una forma algo insólita, muy bella en cualquier caso: una carta que “El señor de las hormigas” escribe al gran pintor francés. La última frase de esa carta y de esa obra la traduzco así al español:

En nuestro tiempo hemos acercado mutuamente el análisis racional y el Arte, y hemos convertido en socios las ciencias naturales y las Humanidades, y con ello estamos un paso más cerca de las respuestas que tú buscabas.

Creo no obstante que Gaugin no buscaba respuestas a preguntas filosóficas, sino un estado de conciencia pre-paradisíaco donde desplegar el misterio de la creatividad y de la belleza. D.T. Suzuki calificó el Satori (punto culminante del camino del Zen) algo así como lo que sentía Dios antes de decir “Hágase la luz”.

A finales de mayo de 2015 visité con mi hijo Nicolás y con su amigo Ari un minúsculo lago perdido que ardía en las sobrias llamas de la primavera segoviana, bajo ese cielo que, según dijo María Zambrano [Véase], tiene la altura justa. Queríamos coger ranas vivas. No cogimos ni una sola. Ellas nos observaban camufladas entre algas y flores. Las miradas de los niños quedaron muy pronto imantadas por la superficie del lago. El Ser se contemplaba a sí mismo desde todos sus infinitos puntos. Silencio. Olores a rocas, hierva casi seca, manzanillas, robles lejanos. Yo contemplaba a los niños sentados sobre una de las rocas, y contemplaba su mirada, la belleza de su mirada de ocho años; la misma que la de los grandes científicos y los grandes filósofos y los grandes teólogos y los grandes místicos. Todos en realidad siendo una misma forma de ser, de ser un ser humano: mirando con estupor maravillado el despliegue no sustativizable de lo real.

De pronto el silencio fue subrayado por el vuelo lineal de dos velocísimas libélulas. Azules. Translúcidas. Atentísimas a nuestros movimientos (incluso mentales me pareció en algún momento). Y no excluí su ubicación en otra matriz semántica (ver en ellas quasi-hadas… como nos permitiría un pensador tan aperturista como es Patrick Harpur [Véase aquí]).

El día anterior lo habíamos pasado esos dos preciosos niños y yo intentando hacer volar un dron: torpe animal todavía no nacido del todo, no asentado, es de suponer, en ninguna especie biológica. Las libélulas volaban ¿autómatas? de forma prodigiosa, creando una especie de agujero negro de belleza en esa porción de materia que sus códigos genéticos eran capaces de someter, de guiar. Utilizo estos juegos de lenguaje porque son los que permiten, creo, asomarse a lo que parece verse desde la mirada de E. O. Wilson, cuyos hallazgos en el mundo de las hormigas le han parecido de interés para un buen encauzamiento de la especie humana (la única que parece capaz de pecar, en sentido ecológico).

Según el algoritmo ideológico en el que creo que se mueve el pensamiento de E.O.Wilson, el dron y la libélula (y los niños) serían formaciones derivadas de una sola Ley: la ley de la Evolución. Todo máquina [Véase mi bailarina lógica “Máquina”].

Y dentro de ese mismo algoritmo ideológico encontramos también un esfuerzo para conservar la así llamada “biodiversidad”, lo cual exige fundamentar éticamente esa conservación. He encontrado algunos intentos en la preciosa página web de la E. O. Wilson Biodiversity Fundation (http://eowilsonfoundation.org/). Quizás se puedan agrupar en dos ideas:

1.- La utilidad que para la especie humana tienen los millones de especies vivas que existen en este planeta (utilidad sobre todo medicinal, nutricional, etc.).

2.- La propia dignidad, digamos bio-ontológica, de esos seres, todos ellos fruto de la omnipotente e incuestionable (e invisible) Ley de la Evolución; todos ellos -supongo- amenazados de desintegración al estar mutando hacia lo que ahora no son.

Desde el punto de vista puramente ontológico la Ley de la Evolución impide otorgar un ser estático a sus criaturas. Tampoco veo posible otorgar individualidades en la Biomasa más allá de nuestras ocurrencias poéticas y de nuestras necesidades de disponer de esquemas útiles para bracear en el infinito.

Sí creo, no obstante, que debe apoyarse la custodia de la Biodiversidad por un sentido religioso de respeto a lo existente: todo templos mutantes.

Hace años que tenía yo la ilusión de asomarme a la mirada de E. O. Wilson. No sé muy bien cómo y cuándo llegué a él, pero enseguida me cautivó la forma en que decía “beautiful” mientras contemplaba una “simple” hormiga. También me hechizó la narración de su infancia: un niño prodigio asomado al prodigio de “la naturaleza” [Véase], aquietando en ideas (en modelos) la sensualísima gelatina de eso que los científicos llaman “Biomasa”.

La Filosofía, una vez más, me ha regalado algo glorioso: mirar con calma y con verdadero gozo la mirada de Wilson, dejar que se haga Cosmos el infinito ante mí según el Verbo que brota de este gran científico.

He pasado, por fin, varios días dejándome tomar de lleno por ese Verbo. En uno de esos días, poco antes del atardecer, salí a pasear por el campo que se infinitiza frente a mi mesa de trabajo, en Sotosalbos. Quería sentarme junto a un hormiguero y contemplarlo sin prisa, en absoluta soledad, en silencio. Hubo un momento en que la luz roja del sol se reflejó en la quasimetálica piel de las hormigas. Eran los momentos finales del día, pero seguía oliendo a planeta recién creado, recién narrado, recién ilusionado. Elegí un hormiguero especialmente grande, que parecía comunicado con otros mediante una carretera de hormigas muy negras, bastante grandes, todas hécticas, apasionadas, rápidas, sometidas a una tensión que Wilson llama “la correa genética”.

Intenté desactivar los universales [Véanse aquí], diluir los sustantivos (que habría que llamar más bien “sostentivos” porque sostienen el hechizo de que lo real corresponde a la estructura del lenguaje): diluir las fronteras ontológicas que en ese momento obligaban a mi mirada a dividir entre la hormiga individual y las demás, y entre las hormigas como conjunto y el suelo que pisaban, y el vapor invisible de las flores de manzanilla, y la placa sin fondo de un cielo que otros científicos aseguran que nos bombardea con ese tipo de materia cósmica que Aristóteles, entre otros, consideraba no corruptible. Todo junto. Todo uno. Todo nada (nada mágica). Y mi propio cuerpo, tendido en la hierba y en las flores junto al hormiguero. Y mi pensar también. El misterio del pensamiento, que Wilson ubica dentro de la biología, como un efecto más de la sacralizada Ley de la Evolución: una diosa nueva, diosa del cambio perpetuo, de la autoconfiguración infinita. ¿Hasta dónde? ¿Hasta qué?

Para mí es fascinante contemplar la cosmovisión (más bien “cosmo-creación”) de Wilson desde esa multi-cámara extrema que nos ofrece la gran Filosofía. Me parece en cualquier caso que la vía científica (aunque renuncie en la mayoría de los casos a contemplar su propia manera de contemplar, y aunque presuponga casi siempre una metafísica no cuestionada) ofrece sensaciones únicas. Ayer yo, por ejemplo, salí de mis libros, de mis apuntes, de esta pantalla, de la misteriosa sinfonía de “mi” pensamiento, y acerqué todos mis sentidos a la piel misma de la Cosa, de lo que parece presentarse como “objetivo” (de la Vorstellung de la que habló Schopenhauer), que olía por cierto a primavera extrema, a infinita posibilidad, a magia sensual y total.

Dijo Bertrand Russell [Véase aquí] que los científicos son las personas más felices. Puede que tuviera razón. Mirar su mirada mientras ellos contemplan los hechizos del Ser es realmente fabuloso. Se les enciende la cara; es decir: el alma. Puede que el científico, en su doble labor de creador y de contemplador de ideas ya hechas “mundo” (por ejemplo la idea de “hormiga”), esté sintiendo el placer de los dioses demiurgos, de los dioses que crean y contemplan sus creaciones. Todas siempre artificiales; y sacras también, mientras son amadas.

Gracias a Wilson llegué a otro gran experto en hormigas (otro científico-demiurgo). Su nombre es Laurent Keller (universidad de Lausana) y parece haber descubierto una descomunal colonia de hormigas, una especie de divinidad biológica, un no sé si mitológico monstruo con una longitud de 5.760 kilómetros, posado sobre una superficie de planeta que llegaría desde la Riviera italiana hasta el noroeste de la península ibérica. Se habla de un monstruo formado por millones de nidos y miles de millones de “hormigas”, las cuales (si les queremos otorgar individualidad bio-ontológica) se reconocerían entre sí y se aceptarían como si formaran parte de un pueblo, una civilización, donde por fin hubiera reinado la paz (o un cuerpo perfectamente sano donde todos sus componentes vibraran en completa armonía). Me ha parecido leer también que esa quasi-divinidad biológica tiene réplicas de sí misma que se extienden también por la costa de California y la costa oeste de Japón.

Mi pensamiento, ahora, está incendiado por la mirada y la narración de Wilson. Él diría que mi pensamiento es una resultante casual de la Ley de la Evolución, la cual, poderosísima, manejaría incluso el fondo del abismo de mi mente (que no es sino materia muy evolucionada). Mi pensar y mi escribir de ahora mismo no serían míos, sino de esa divinidad, que estaría dentro, sometida a su vez, a la esperada Ley Unificada que algunos científicos esperan elevar a un posición que ninguna religión monoteísta ha conseguido alcanzar jamás. O quizás sí.

Estaríamos dando la razón al Sócrates que habla en el Ion. El propio Wilson, en un impactante experimento, utiliza el cuerpo de una hormiga, sus líquidos, para convertirlos en Verbo biológico vertido en una superficie plana en forma de línea recta, y decirles así a las demás hormigas cuál es el camino a seguir. Una hormiga utilizada por un Dios (Wilson) como instrumento para comunicarse con las demás, para decirles cuál es el camino. Parece que Wilson cree que su experimento de “hablar” con las hormigas lo estaría realizando sometido a las directrices de la diosa Ley de la Evolución (no más que una manifestación de la Gran Diosa que sería la Ley Unificada).

En La conquista social de la tierra Wilson se atreve a narrar el misterio de la irrupción del ser humano en la Materia [Véase mi bailarina lógica “Materia”]. Y se atreve también a hacerlo responsable de un desastre ecológico, negando a la vez su libertad. Estamos ante una terrible contradicción: si no somos libres, no tenemos opción para realizar o no pecados ecológicos. Sería la diosa Ley de la Evolución la que habría provocado, mediante los cerebros humanos, decisiones perjudiciales para otras especies.

Pero Wilson ofrece también un paraíso futuro: un paraíso terreno donde se desplegaría la magia ética, lingüística y artística humana en plena armonía con el resto de las especies vivas. Eso sí: desde la colaboración… desde “lo social”. Se habla de una conquista social de la tierra, aunque en realidad se debería hablar de una conquista social del cielo: una salvación colectiva gracias a la luz de la Ciencia. Preciosa luz, sin duda, para una potente inteligencia utilitarista, pero no para la “ex-teligencia”, la inteligencia que “lee” fuera de sí misma [Véase aquí].

David López

Pensadores vivos: Martha Nussbaum.

Martha Nussbaum

Martha Nussbaum.

En este artículo trataré de exponer lo que me ha hecho pensar y sentir su última obra: Political Emotions. Why Love Matters for Justice. Este texto termina abierto hacia arriba con una cita de Walt Whitman:

“América, eso solo somos tú y yo.”

Y dice entonces Martha Nussbaum:

“No deberíamos aspirar a nada menor”.

¿Qué aspiración es esa exactamente? Martha Nussbaum afirma que tiene la idea vaga de una sociedad capaz de utilizar el Arte al servicio de una especie de consenso emocional en el que se consagrara la emoción humana más sublime: el amor (algo así como “respeto caliente”).

Cree Martha Nussbaum que el respeto (virtud fría) es necesario pero no suficiente para que se construya una sociedad capaz de ofrecer la plenitud a los seres humanos. Y menos aún es suficiente una política basada exclusivamente en el intelecto racional. No ve ella justicia posible para el prodigio humano aunque todo el sistema político fuera una máquina perfecta (incluso desde el punto de vista económico).

Necesitamos ser amados, pero de verdad. No basta que un padre sea impecable en su conducta con los hijos si, en el fondo, no les ama.

Cree no obstante esta bella filósofa que, si bien la sociedad humana puede ser objeto de algo así como una transformación vertical infinita (¿hasta dónde?), el ser humano está esencialmente limitado. Es como es. Tiene las carencias que tiene. Y es así como hay que amarle, sin idealizarle.

No creo yo que el “ser humano” sea “como es”. Max Scheler intentó perfilar ese ser en su preciosa obra Die Stellung des Menschen im Kosmos [El puesto del hombre en el cosmos]. Pero no lo consiguió. Afortunadamente para nuestra inconmensurabilidad. Toda ontología es siempre intelectualmente fascinante y expansiva, pero fallida, salvo cuando presupone un solo Ser. Somos mucho más que “humanos”, y lo que nos constituye y constituimos es mucho más que “Materia” o “Biología”.

Estoy intentando asomarme al pensamiento de Martha Nussbaum y, desde ahí, mostrar quizás que se apoya en una antropo-ontología que, en mi opinión, es minimalista (sociocéntrica sin quizás pretenderlo).

Puede incluso que el universal “ser humano” se nos quede pequeño [Véase aquí mi artículo sobre el tema filosóficamente crucial de los “universales”]. Y recordemos los miedos meta-antrópicos que Fukuyama expone en su obra El fin del hombre [Véase aquí].

Todo se nos queda pequeño porque, quizás, hay algo en el fondo del mundo y en nuestro propio fondo que no para de crecer-se, mediante una libertad y un orden que se nos escapan.

Libertad. Orden. En el modelo de sociedad que dice vislumbrar Martha Nussbaum se combina milagrosamente una especie de liberalismo de grandes alas (un impactante no a la prohibición del burka, por ejemplo), con un “totalitarismo” moral de mínimos valores incuestionables que cabría consensuar, una vez convertidos esos valores en guías “emocionantes”, “movilizadoras” a través del Arte.

El Arte habría sido una herramienta utilizada por todos los sistemas y regímenes políticos para cohesionar y rentabilizar las emociones humanas. Ahora se trataría de seleccionar y potenciar las emociones más excelsas para crear una sociedad humana tan excelsa como esas emociones. Entre esas emociones no estarían, obviamente, el odio, la envidia, la codicia, la ira, el rencor, el asco… Sí estaría el vínculo mágico del amor, del amor incluso hacia una patria (una tierra, una nación…). Martha Nussbaum -apoyada en Giuseppe Mazzini- considera que el patriotismo es una emoción útil, pues permitiría una expansión de los límites del egoísmo, una capacidad de identificación con algo colectivo… De acuerdo. Pero ya toca desmontar esas oxidadas catapultas. Hay demasiada gente que se ha fusionado con esas herramientas. Hay que salir de ahí con urgencia; me parece a mí.

Ahora, creo yo, toca activar ese simple tú y yo que Whitman puso muy por encima de eso que sea “América”. Whitman era un poeta. Un mago. Un hechicero social. También los son los que mueven las almas y las manos de los seres humanos que dicen formar parte del Estado Islámico.

Una guerra de magos librada en la galaxia del alma humana. ¿Qué/Quién mueve las manos de esos magos aparentemente individualizados? ¿Quién mueve los cerebros de los grandes narradores de nuestro tiempo? ¿La Materia? Nadie sabe lo que es eso [Véase mi bailarina lógica “Materia”]. ¿Una omnipotente Ley Física Unificada que, sometiendo a toda la Materia de todos los universos, habría alcanzado un estatus monoteológico jamás soñado por ninguna religión monoteísta?

Vietnam Veterans Memorial. Un monumento que, según Martha Nussbaum, es un ejemplo de Arte al servicio de emociones positivas: de Arte como activador y cohesionador de sentimientos que pueden ir construyendo la sociedad que ella vislumbra, que ella sueña.

Political emotions comienza con una introducción extensa e intensa, seguida por tres bloques de contenido y un epílogo cuyo punto culminante lo contruyen esas frases genésicas a las que antes he hecho referencia:

“América. Eso solo somos tú y yo” (dice Walt Whitman)

“No deberíamos aspirar a nada menor” (dice la propia Martha Nussbaum).

¿A qué debemos aspirar exactamente?, me pregunto yo. ¿A un paraíso psíquico, físico, político y económico consensuado por todos los seres humanos? No lo veo realista. Ni saludable.

En ese generoso paraíso parece que habría que dejar fuera sensaciones como el asco hacia la corporalidad humana, incluyendo en la misma todas sus secreciones. Apunta Martha Nussbaum a una toma de conciencia sobre la posibilidad de que ese asco esté narrativamente inducido al servicio del racismo. Cierto es que la relación de eso que sea el ser humano con su propio cuerpo y el de los demás ha sido históricamente conflictiva. Y cierto es también que un humanismo consecuente no puede enfocarse en una aséptica idealidad, en un inocuo esquema mental, sino en el ser corpóreo concreto que suda, que excreta, que no siempre huele bien. Aceptación y sacralización de la convulsa galaxia biológica que se nos dice que conforma nuestra individualidad corpórea. Martha Nussbaum ofrece en su obra Political Emotions una metafísica del cuerpo antitética a la que parece que ofrecía Hipatia de Alejandría a sus alumnos. Una anécdota recogida por María Dzielska nos habla de cómo la filósofa alejandrina, con la intención de desactivar el enamoramiento que hacia ella (y su cuerpo) sentía uno de sus alumnos, le mostró su paño íntimo, el cual contenía la huella su menstruación. El cuerpo real humano como imposible objeto de amor verdadero. La antítesis de los planteamientos de Martha Nussbaum, la cual ha dedicado muchas páginas al tema del asco. Todos sabemos que cuando amamos a alguien de verdad, nada de su cuerpo ni de su alma nos da asco. ¿Cabe amar de verdad a todos los seres humanos… y a Todo (incluidos nosotros mismos, con nuestro secretor cuerpo y nuestra sospechosa mente)?

Inclusión. Grandeza. Ampliación de los ámbitos de lo amado, de lo sagrado (fluidos menstruales incluidos). Quizás Martha Nussbaum estaría conmigo de acuerdo en la creación y sacralización de un espacio prodigioso (una matriz política) donde, desde el Arte, desde la gran Filosofía, y desde el hechizo amoroso, puedan desplegarse e interfecundarse incontables modelos de paraíso; y donde, además, se abran espacios no finitos para que quepa esa enormidad que denominamos “ser humano individual” (enormidad que se puede asfixiar dentro de una “identidad nacional” o dentro de una “ideología”).

Pero para conseguir eso se debe utilizar el amor. ¿Qué entiende Martha Nussbaum por amor? Encontramos algunas indicaciones concretas en un epígrafe del capítulo 7 que lleva por título “El aumento de la empatía a partir del espíritu del amor” (la traducción es mía, hecha a partir de la edición alemana de Suhrkamp, 2014, que es la que he utilizado para este trabajo). En intento de dar un contenido a la palabra “amor” Martha Nussbaum se apoya expresamente en las investigaciones y propuestas de Donald Winnicott:

“[…] el gozoso conocimiento de que el otro es un ser valioso, especial y fascinante; el deseo de comprender el punto de vista del otro; diversión y juego en común; intercambio y eso que Winnicott denomina “empática interacción”; gratitud hacia un comportamiento amoroso y sentimiento de culpa por los propios deseos o comportamientos agresivos; y, finalmente, confianza y el deber de controlar las exigencias impulsadas por el terror”.

“Pero la confianza no surge solo de normas de equidad. Tiene poco que ver con ellas. Será posible gracias al comportamiento amoroso de los padres, combinado con el asombro, el amor y la creatividad del hijo […]”

“Ese es esencialmente el pensamiento que está detrás de la Religión de la Humanidad de Tagore, detrás del “sí” de Mozart y detrás de este libro: “Este día de dolor, de veleidad y de locura solo el amor puede finalizarlo con satisfacción y felicidad”.”

Esta frase pertenece al libreto que Mozart y Lorenzo da Ponte escribieron para Las Bodas de Fígaro; y es la escogida por Martha Nussbaum como bienvenida a quien quiera entrar en su libro.

Amor. Está pendiente una reflexión metafísica extrema sobre lo que parece querer indicar esa palabra. Me parece en cualquier caso de enorme interés filosófico e incluso cosmológico la posibilidad de que ese “sentimiento” pudiera finalmente encender todos los pechos humanos en red. ¿Adónde nos llevaría eso? ¿A qué fenómenos políticos, biológicos y hasta físicos? ¿Qué prodigios están todavía por surgir de eso que sea la ley de la evolución?

En cualquier caso, y regresando en los confinamientos de la polis, creo obvio que en los actuales mítines políticos y en las hogueras digitales de FaceBook o Twitter, el amor (es decir la grandeza, la inteligencia y la belleza) no tiene apenas presencia. Hay que acometer una elegante evolución política.

David López

Pensadores vivos: Moisés Naím.

Este artículo está dentro de mi intento de contemplar -y calibrar- eso que sea el pensamiento actual: por así decirlo, los cerebros que estén emitiendo ideas, visiones, incluso sentimientos, con especial fuerza, con especial lucidez. Ahora.

A comienzos de este año leí en el texto infinito que nos envuelve (y que intenta definirnos) que el “poderoso” dueño de FaceBook (Zuckerberg) ha decidido crear un club de lectura. Para ello tenía Zuckerberg que elegir un libro/un autor. Y los agraciados por esa decisión quasi-divina han sido Moisés Naím y su obra El fin del poder. 

He entrado en esta obra con gran interés, a pesar de que no soy asiduo a los ensayos sobre política (o geopolítica, o economía política, o socio-economía-política, o como queramos llamarles).

Y he leído en Internet que Moisés Naím nació en Libia, de padres judíos que emigraron a Venezuela. Que en este país llegó a ser ministro de Fomento. Que ha sido también director del Banco Mundial y director de la revista Foreign Policy. Que se doctoró en el MIT. Que ha recibido el Premio Ortega y Gasset de periodismo… Y él mismo se presenta en la introducción del libro afirmando que conoció y conoce los lugares donde se reúnen los “poderosos” (?): Davos, FMI, Bildenberg, etc. Hay que escucharle.

Sobre todo después de que afirme (tras su experiencia como ministro):

“Tardé años en comprender del todo la lección más profunda que me dejó esa experiencia. Se trataba, como ya dije, de la enorme brecha entre la percepción y la realidad de mi poder. Sin embargo, en la práctica, no tenía más que una limitadísima capacidad de emplear recursos, de movilizar personas y organizaciones y, en términos generales, de hacer que las cosas sucedieran” (p. 13-14 de la edición de Debate, 2013).

Pero pocos párrafos más adelante, tras afirmar que el poder está “sufriendo mutaciones muy profundas”, nos dice Naím:

“De ninguna manera quiero decir que en el mundo no haya muchísima gente e instituciones con un inmenso poder”.

Yo, sin embargo, siento en el corazón de mi inteligencia, de forma creciente y desde hace muchos años, que esos poderes (los “de arriba”) no son poderosos. Ni malvados. Que lo que mueve la voluntad de los “poderosos” escapa a su voluntad consciente. ¿Qué/quién mueve el mundo? Depende de lo que entendamos por “mundo” y por “mover”.

Esta página intenta ser puramente filosófica. Esto significa que cualquier realidad que entre en ella será iluminada, simultáneamente, con todos los focos que yo tenga disponibles. Lo dijo Ortega y Gasset [Véase]: la Filosofía busca una imagen “enteriza” de la realidad. De ahí su imprecisión; y (diría yo) su gran capacidad de abrir bellísimos -y sobrecogedores- horizontes en los lugares más aparentemente confinados por un esquema.

La obra de Moisés Naím es brillante, estimulante, honesta creo; pero no es filosófica. Tampoco lo pretende, aunque, al apoyarse conceptualmente en eso que sea “el poder”, al abismarse en la ontología, acude a alguna cita de Nietzsche y a algún pensamiento aristotélico. También utiliza de forma muy oportuna una expresión de un amigo de Nietzsche (Jakob Buckhart), el cual advirtió del enorme daño civilizacional que pueden causar los “grandes simplificadores”.

Durante la lectura de El fin del poder he estado condicionado por una espera. Esperaba yo que Moisés Naím citara a Michel Foucault, el cual propuso al sueño lingüístico colectivo que nos cohesiona y que nos ilusiona un concepto extraordinariamente lúcido (lúcido aunque siempre dentro de este hechizo fabuloso del que no podemos salir). Me refiero al concepto de “micropoder”. [Aquí se puede leer mi artículo completo sobre Michel Foucault].

Ideas fundamentales de El fin del poder

1.- Fin del poder. Ese es el título de la agraciada obra de Naím. Pero lo cierto es que no encontramos en ella esa posibilidad, ese proclamado final. Sí encontramos la idea de que estamos asistiendo a una degradación y a una mutación del poder: el poder cada vez sería más accesible, más difícil de mantener y más fácil de perder. Las barreras que “los poderosos de siempre” tienen estructuradas para proteger su codiciado poder estarían ahora más amenazadas que nunca. Y esto (que según Naím abre grandes posibilidades a la humanidad) generaría también amenazas que hay que considerar: el caos, la inestabilidad total, la inseguridad incluso física, etc.

2.- ¿Qué entiende Naím por “poder”? Hay un epígrafe concreto en la obra cuyo título es “Pero, ¿qué es el poder?” (p. 37). Y se nos ofrece la siguiente definición: “El poder es la capacidad de dirigir o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos o individuos. O, dicho de otra forma, el poder es aquello con lo que logramos que otros tengan conductas que, de otro modo, no habrían adoptado”. Estamos, me parece a mí, ante una concepción del poder que se concibe exclusivamente como acción hacia fuera. Que los otros hagan lo que queremos. Me temo que eso exige menos fuerza y pericia que conseguir que nosotros ejerzamos poder sobre nosotros mismos. Que nos obedezcamos. El Yoga, por ejemplo, ofrece enormes poderes (siddhi) para ser desplegados en el universo (siempre interior) del yogui. También eso que entiende Naím por “mundo real” es una edición, un modelo, creado en su cerebro (si es que seguimos las concepciones cerebralistas actuales). Y cierto es también que eso que sea el mundo donde ejercer o detener o controlar el poder, nunca dejará de ser otra cosa que una narración, una tradición social (más o menos convincente). El verdadero poder sería la capacidad de destruir o crear mundos enteros. O incluso de conservarlos, una vez reducidos (y sacralizados) con palabras, con sagradas escrituras [Véase “Upanayana”].

(Creo oportuno reproducir aquí un Twitt de Moisés Naím en el que, inducido por la poetisa norteamericana Muriel Rukeyser, parece haber recibido en el alma de su cerebro el impacto de la mirada de la diosa Vak):

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“The universe is made of stories, not atoms” Muriel Rukeyser

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3.- ¿Qué es lo que ha cambiado en ese mundo que Naím tiene por objetivo, exterior? (disculpad por favor este exceso puntual de idealismo berkeliano). Naím habla de una triple revolución, asumiendo el riesgo de proponer una tesis hermenéutica muy forzada, pero que sin duda puede ofrecer muchas posibilidades prácticas. Y utiliza una técnica, digamos “cabalística”, para exponer esa tesis (p.89): revolución del más, revolución de la movilidad y revolución de la mentalidad. Las “tres emes”.

– Primera eme: Más. Naím dice que vivimos en una época de abundancia. Dice que hay más de todomás bienes y servicios, más gente, mucha más, más partidos políticos, más estudiantes, más armas, más medicinas, más… Mucha más gente: dos mil millones más que hace dos decenios. Y se dice que la primera década del siglo XXI, a pesar de la crisis financiera, ha sido “la mejor de todas”: bajada espectacular de la pobreza en los países en vía de desarrollo, un aumento impactante de la clase media mundial (a la vez que se contrae la clase media de los países desarrollados). Se dice incluso que en 2013, en America Latina, “el número de personas que pertenecen a la clase media sobrepasó, por primera vez, a la población pobre”. Y que el 84 por ciento de la población mundial está alfabetizada. Y que hay una rápida expansión  de la población científica.  Y que los seres humanos “gozan ahora de una vida más larga y más saludable que sus antepasados, incluso que los más recientes de ellos” (p.93). Moisés Naím ofrece una clave para entender la degradación del poder: “cuando las personas son más numerosas y viven vidas más plenas, se vuelven más difíciles de regular, dominar y controlar”.

– Segunda eme: Movilidad. Habla Naím de las transformaciones que provoca la migración en las estructuras del poder, y de todo. Y estaríamos ante una migración planetaria con una rapidez y una intensidad nunca conocidas.

–  Tercera eme: Mentalidad. Cree Naím que están ocurriendo decisivos cambios en la “mentalidad”, supongo que colectiva: “La inclinación de los jóvenes a poner en duda la autoridad y desafiar al poder se ve reforzada por las revoluciones del más y de la movilidad . No solo hay más personas menores de treinta años, sino que tienen más: tarjetas de llamadas prepago, radios, televisores, teléfonos móviles, ordenadores y acceso a internet, además de posibilidades de viajar y comunicarse con otros como ellos en su país y en todo el mundo” (p. 107).  “La incapacidad de Estados Unidos y de la Unión Europea de cortar la inmigración ilegal o el tráfico ilícito es un buen ejemplo de cómo el uso del poder vía la coacción y la fuerza no da tan buenos resultados” (p. 116).

4.- Apertura a un futuro absolutamente novedoso: “No será la primera vez que esto sucede. En otras épocas también hubo estallidos de innovaciones radicales y positivas en el arte de gobernar […] Ya va siendo hora de que haya otro […] Empujada por los cambios en la manera de adquirir, usar y retener el poder, la humanidad debe encontrar, y encontrará, nuevas formas de gobernarse”.

No parece sin embargo que Moisés Naím, en su optimista apertura a esas “innovaciones radicales”, quiera cuestionarse, por ejemplo, el modelo sociológico, económico (y antropológico) que permite seguir afirmando que existen seres humanos “desempleados”. No cuestiona por tanto el en mi opinión esclavista binomio empleado/desempleado. Tampoco cuestiona los partidos políticos como instrumentos fundamentales para la participación de los ciudadanos en eso de “la Democracia”.

Yo creo que el único camino ascendente para la Humanidad es la desactivación de los discursos de identificación de ser humano con cosas como “Estados”, “Naciones”, “clases sociales”, “religiones”, “ideologías”, “partidos políticos”. Está pendiente una política planetaria basada en el puro humanismo: una red de monarcas absolutos (diamantes ontológicos absolutos) vinculados entre sí por hilos de oro ético. Una política, si se quiere, basada en el amor (Martha Nussbaum, Political emotions: why love matters for justice, The Belknap Press of Harvard University Press,  Cambridge, Massachusetts, 2013).

Lo grande de El fin del poder de Naím es que no solo ofrece un erudito, ordenado y responsable análisis del hipercomplejo mundo humano actual,  sino que es también capaz de llevarnos a un misterioso piso de arriba, a un cuarto de magos donde quizás seamos capaces de crear una sociedad a la altura de lo más alto del ser humano. Será entonces el comienzo del verdadero poder, ejercido dentro de esos diamantes, e irradiado hacia los demás en forma de amor.

Y entiendo por amor un acto de voluntad en virtud del cual el ser humano es contemplado, y es tratado, como un templo sagrado.

David López

Feliz 2015

 

Lake-Orta1

 

Por no sé qué misteriosas ocurrencias del Mago que escribe el guión de mi vida, es la tercera vez consecutiva que paso la noche de fin de año en absoluta soledad, sentado en meditación, frente al fuego de una chimenea, o de una vela (fuego meta-inteligente, consciente decía Heráclito).

Y con los ojos cerrados, en absoluta calma mental y corporal (por hablar de alguna forma), voy sintiendo en la piel de mi alma la llegada de las imágenes de las personas con las que mantengo vínculos de oro puro. Esas imágenes se convierten en algo así como estrellas no geométricas, en cierta forma caóticas, hacia las que envío todo lo mejor que puedo pensar y que puedo sentir. Son momentos grandiosos, muy íntimos, muy cercanos: pura orfebrería psíquica y social.

También ocurre, mientras medito en mi particular fiesta de fin de año, que se levanta de repente una brisa memorística que trae al presente imágenes, sonidos, olores, que han configurado la grandiosa obra de arte que es todo año vivido, por mucho dolor y decepción y desesperación que hayamos sentido en él. Y esa brisa trae cosas también de mi infancia (época de magia desbordante).

Eso que sea la conciencia se convierte para mí de pronto en una sacra sala de exposiciones, de un tipo de arte que solo se me ocurre denominar “absoluto”, o “existencial”, o “sacro” quizás mejor.

En 1998 estuve también solo la noche de fin de año. El lugar era muy poderoso: el lago Orta, donde algunos meses antes había intentado revivir lo sentido allí por Nietzsche y Lou Salomé en la primavera de 1882. Ciento dieciséis años después llegué yo a ese lago metafísico bajo una cascada de agua que parecía venir de mucho más arriba que la atmósfera. En mi coche sonaba, atronaba, María Callas. Y Rachmaninov. Ya no les oigo. Eran otros tiempos. Mi juventud ardía peligrosamente cuando la sacudía el Arte (el humano y el no humano).

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