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Curso on-line: Filosofía de la política (Un viaje filosófico por la historia de la Humanidad)

 

 

Es muy probable que la crisis provocada por el coronavirus ponga nombre a un nuevo capítulo de la historia de la Humanidad. Está todavía por ver cuál será la esencia, la textura fundamental, de ese nuevo capítulo, de esa nueva era.

Hoy, ahora mismo, muchos ciudadanos del mundo están asomados, con mirada filosófica, a sus ventanas (a las ventanas de sus casas y a las ventanas de sus dispositivos). Parecería que nos hemos puesto de verdad serios, graves, ante un futuro tan inquietante como fascinante. Hoy quizás sea el momento de plantearnos qué es exactamente eso de “Política”: ¿Cuál es la esencia, el motor crucial, de esos huracanes de ideas, de instituciones, de sueños y de demonologías recíprocas? ¿Cuál el sueño esencial, e irrenunciable, de la Humanidad? ¿Y qué es lo sagrado, lo intocable, de cada ser humano individual?

Este curso es un largo viaje, un vuelo, y también un buceo, por milenios y civilizaciones. El objetivo, aparte del inmenso placer de volar y de bucear, es contemplar bajo la luz descomunal de la Filosofía las distintas ideas políticas y sus creadores, así como los sistemas en los que dichas ideas se han encarnado. O no.

Empezaremos por la China antigua, pasaremos por la India védica, por las antiguas Grecia y Roma y, dos mil años después, llegaremos hasta el momento presente. Bueno, mejor dicho: llegaremos a lo que dentro de seis meses sea el momento presente.

Ofrezco a continuación el programa del curso. Es orientativo. Cada tema podrá exigir más de una conferencia, por lo que el curso se podrá extender más de seis meses. Lo iré anunciando con suficiente antelación. Es importante señalar que las conferencias serán interactivas, y que, aunque sí recomendable, no será necesario asistir al curso entero para entender y aprovechar el contenido de cualquiera de ellas.

El precio de la inscripción en cada una de las conferencias es de 5 euros.

Hay dos cursos (dos viajes) idénticos y casi paralelos. Uno los lunes y otro los miércoles, ambos a las 19.00 horas (Europe-Madrid). El de los lunes irá 4 conferencias por detrás. Esto facilitará no solo el acceso a más personas, sino también la recuperación de conferencias a las que no se haya podido asistir (o volver a participar en aquellas en las que se quiera profundizar).

Si seguís leyendo esta presentación veréis que en el programa aparecen destacadas las conferencias que tienen ya asignada una fecha concreta. Podéis inscribiros directamente en ellas desde el enlace que se muestra a continuación de su título.

Otra cosa importante: la “bibliografía a la carta”. Esto significa que cada alumno me tendrá a su entera disposición (gratuitamente) para aconsejarle sobre textos que pudieran ser de su especial interés. Así podrá  realizar, por así decirlo, un viaje personal, único, dentro del que ofrece este curso.

Es un honor para mí iniciar con vosotros esta gran expedición a lo más profundo del misterio de eso que llamamos “Política”. Hay en los milenios de nuestra Historia tesoros de ideas y de sentimientos todavía no utilizados. O no lo suficientemente. Y necesitamos esos tesoros para construir nuestro futuro.

 

PROGRAMA

1.- Introducción. ¿Qué es la Política? ¿Cuáles son sus presupuestos metafísicos, físicos y antropológicos? El tema de la libertad. El tema del progreso. Sociedad versus individualidad. Libertad versus orden.

2.- El confucianismo y el taoísmo en la China antigua. Estado versus Naturaleza.

3.- La regulación de la posibilidad anti-sistema en la India antigua: los renunciantes.

4.- Los sofistas en la Grecia antigua. Escepticismo y nihilismo políticos versus esperanza en las reflexiones sobre política.

5.- Platón: Critón. La sacralización de las leyes. Libertad versus legalidad.

6.- Platón: República. ¿Cuál es el mejor sistema político?

7.- Aristóteles: Política. La facticidad de la esclavitud humana. 

8.- Cicerón. Inteligencia política en la Roma antigua. ¿Hay un Derecho natural -unas leyes eternamente  justas- que el ser humano puede descubrir en su conciencia si su intelecto es potenciado mediante la educación? 

9.- Agustín de Hipona: La ciudad de Dios. La fe en la llegada de un sistema político perfecto, sagrado, final. [Lunes 13 de julio de 2020. Se puede realizar la inscripción en esta conferencia directamente desde aquí].

10.- Averroes. Exposición de la República de Platón. Brillantez política y metafísica desde el islam.

11.- La paz perpetua. El misterio de la política contemplado desde las alturas de la Filosofía  de Kant.

12.– Hegel: Lecciones de Filosofía de la historia universal ¿Cuál -y de qué/quién- es el plan secreto que se despliega en la historia?

13.- Stuart Mill: Sobre la libertad. 

14.- El comunismo. Marx. 

15.- La Escuela de Frankfurt. Horkheimer.

16.- Nietzsche y la teoría de la esclavitud. El “sobre-hombre” [Übermensch] empieza donde acaba el Estado. 

17.- Marxismo-leninismo. Nazismo. Fascismo. Una reflexión sobre la violencia. Ideologías contrarias al “No matarás”.

18.- “Sociedad abierta”. Henri Bergson. Karl Popper.

19.- Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.

20.- Simone Weil: El arraigo. Preludio a una declaración de deberes hacia el ser humano.

21.- Michel Foucault: Vigilar y castigar. Una teoría reticular sobre el poder.

22.- Lyotard versus Habermas. La condición postmoderna/Mundo de la vida, política y religión.

23.- Samuel P. Huntington: El choque de civilizaciones

24.- Fukuyama: El fin de la historia/El fin del hombre

25.E. O. Wilson: La conquista social de la Tierra.

26.- Martha Nussbaum: Political emotions

27.- Yuval Noah Harari. Homo Deus: Breve historia del mañana.    

28.- Steven Pinker: En defensa de la Ilustración.

29.- Repercusiones políticas de la crisis del corona virus.

30.- Reflexiones finales. Vislumbres de la esencia y del futuro de la política. Un propuesta personal.

 

 

El corona virus y los sacros manantiales de la libertad

 

 

9 de abril de 2020.

Con ocasión de la convulsión civilizacional que ha provocado el corona virus, entro de nuevo en el texto, en la carne, de una de mis bailarinas lógicas preferidas: la libertad. Llevo muchos días espacialmente confinado por imperativo legal. Sigo creyendo no obstante en las diosas-leyes, y venerándolas, aunque no sé si tanto como lo hace Sócrates en el Critón, platónico diálogo que nunca dejaré de recomendar lo suficiente.

Ante la amenaza de que los niveles de muerte y de pobreza en la Humanidad desborden lo admisible, los Estados [Véase] están optando, en su gran mayoría, por desactivar la libertad de movimiento espacial de sus miembros. Veo mis amadas montañas desde la ventana, muy lejos. Por primera primera vez en mi vida (y en la de cualquier ser humano) pasear por ellas es delito.

No puedo ver desde aquí, desde tantos kilómetros de distancia, los manantiales que hay en ellas. Agua que parece venir de otro mundo: limpia, poderosa, crucial para la vida, incluso para la vida del así llamado “Estado”, que no es nada sin seres humanos vivos, sin seres humanos hidratados.

Schopenhauer, como señalo más adelante en el presente texto sobre la libertad, afirmó que el ser humano, como individuo en este mundo (tú, yo), carece por completo de libertad, al igual que carecen de ella los anillos de Saturno o los corazones de las ballenas.  Pero también insistió en que eso que llamamos mundo, este descomunal show, no es todo lo que hay (no agota la totalidad del ser). Y que es precisamente nuestro verdadero ser el que ha creado este show  desde regiones metafísicas que no pueden ser siquiera pensadas desde aquí. No obstante, cabe, dice él, sentir ese lugar impensable en lo más profundo de nuestro pecho. Digamos con Schopenhauer que cabe sentir en nuestra más radical intimidad ese manantial de agua que viene de fuera del mundo para dar vida al mundo. Y la característica fundamental de ese agua sería la libertad (no cabe crear mundo, crear nada, si no es desde una libertad radical, abisal).

Spinoza, dos siglos antes de que Schopenhauer sublimara a Kant, afirmó que los gobiernos (los Estados en definitiva), por su propia supervivencia, deben respetar la libertad de pensamiento y de expresión del pensamiento de sus ciudadanos.

El corona virus empuja esta civilización a un enorme desafío de inteligencia, de valentía y de bondad (de Filosofía en definitiva). Sería un gran error, un error probablemente letal, tapar con cemento, aunque fuera cemento legal, los manantiales de libertad que brotan en las más excelsas montañas de nuestra mente (o de nuestro pecho, o de nuestra alma… Es igual). El movimiento ecológico debe alcanzar también nuestras mentes: lo que brota ahí vivifica y embellece todos los rincones del planeta y del universo entero, y hará posible que volvamos a abrazarnos. Y a besarnos.

Y lo que más me preocupa ahora, mientras espero que amanezca en Madrid y pueda ver, un día más, mis amadas montañas desde la ventana, es que no sean solo los Estados, sino también sus propios ciudadanos, los que (por miedo, o por agotamiento) echen ellos mismos  paladas de cemento en los manantiales de sus propias mentes. Y quizás también en la de sus vecinos, familiares y amigos.

Os dejo ya con el texto original:

* * * *

¿Qué es la libertad? ¿Somos libres? ¿Ser libre es poder hacer lo que se quiera? ¿Ser libre es poder auto-inocularse contenidos de conciencia paradisíacos? ¿Cuánto tiempo se puede sostener un paraíso sin un infierno que lo destaque?

¿Se puede elegir, en libertad, lo que se quiere querer? Mejor preguntado: ¿se pueden elegir formas de querer?

En 1839 la Real Sociedad Noruega convocó un concurso para obtener respuesta a esta pregunta:

¿Se puede demostrar la libertad de la voluntad humana por la autoconciencia?

Schopenhauer, que por aquel entonces agonizaba por un déficit de fama, se presentó al concurso y lo ganó.

Hay una frase en su escrito premiado que lo dice casi todo:

“El ser humano hace en todo momento sólo lo que quiere, y lo hace además de una forma necesaria. Ello se debe a que él es lo que él quiere ser: pues de lo que él es se sigue necesariamente lo que siempre hace.”

Sospecho que ese auto-artesano (ese demiurgo mágico) no puede seguir siendo un ser humano. Sólo Dios puede ser libre (es la aseidad, tal como fue entendida en la escolástica). Pero solo puede ser libre si, siendo Dios, es también Nada. Absolutamente nada. Porque ser algo ya es un condicionante, ya determina lo que se puede o no hacer: lo que se puede o no ser.

Creo que somos esa Nada prodigiosa. Esa nada mágica.

Me he asomado a la palabra “libertad” desde estas cuatro ventanas:

1.- Schopenhauer. Sobre la libertad de la voluntad[1]. Se trata de un texto fundamental de la metafísica schopenhaueriana. El tema crucial es la responsabilidad: si no somos libres no podemos pecar. Schopenhauer no va a renunciar a la responsabilidad moral de todo ser humano.

2.- Sartre: hay que ser ateos consecuentes y asumir que el hombre es un ser condenado a la libertad.

3.- La libertad –el Samadhi– como fin último del Yoga. ¿De qué hay que liberarse? Creo que debe leerse este libro ya clásico: Mircea Eliade: El Yoga. Inmortalidad y libertad.[2]

4.- La libertad política. No debe ser olvidada la recomendación que hace Spinoza en su Tratado teológico-político de Spinoza. Los gobiernos deben ofrecer libertad de pensamiento y de expresión del pensamiento para salvaguardar, curiosamente, el propio orden.

Ofrezco ahora algunos esbozos de lo que en un futuro será mi propia teoría de la libertad:

1.- Hay dos tipos de libertad: la absoluta (la propia de la Nada/el infinito/Dios metalógico) y la cosmizada (la que se despliega dentro de las posibilidades algorítmicas de un cosmos concreto, de una creación determinada).

2.- El ser humano –eso que sea el ser humano- no puede existir sin finitud, pero tampoco la soporta. Dicho desde el tema de la libertad: el ser humano está en una finitud elegida –una esclavitud necesaria- y, desde ahí, necesita expandirse, llevar al infinito el algoritmo que estructura, pero que a la vez expansiona, esa finitud (ese cosmos). Sería algo así como un infinito desplegado dentro de una finitud algorítmica.

3.- En política prefiero mantener el nivel de lo que en la filosofía india se conoce como apara vidya (conocimiento inferior, el conocimiento puramente útil, el que permite optimizar el estado de conciencia dentro del sueño de la vida, siempre que uno se siga creyendo que no es un sueño, que no es un autohechizo). Desde este nivel creo que merece la pena destacar que cuanto más débil y yermo es un sistema político, más claustrofobia produce y más violencia exige en su interior. Los totalitarismos (recordemos este neologismo de Hanna Arendt) son huertos yermos: o mentes entretejidas con materiales muertos (materiales poéticos muertos). Dado que ese tejido está seco y quebradizo, sus guardianes vigilan toda forma de arte o de pensamiento (¿hay diferencia?) que pueda dar entrada al peligroso viento del infinito (el Demonio al que se refería Stefan Sweig; la Libertad, podríamos denominarlo ahora). Pero, ¿somos libres para aceptar unas u otras ideas, para ser o no miedosos, para practicar o no la censura y la autocensura? En cualquier caso no cabe ningún tipo de existencia humana –ningún modelo de tribu- sin límite, sin una libertad confinada. Porque la ausencia de límite es ausencia de existencia. Y, sobre todo, impide el respeto –y la fascinación- por la libertad del otro.

Se me ha ocurrido traer aquí una imagen de la película La vida de los otros (escrita y dirigida, magistralmente, por Florian Henckel von Donnersmack): un hombre con el alma vertebrada por el logos marxista y el esqueleto integrado en el esqueleto del Estado de la RDA, vigila, ahíto de fervor religioso, como un aplicado anticuerpo, a un escritor, a un poeta, a alguien cuya mente y cuyo corazón son algo más traslúcidos y expansivos de lo normal.

No obstante sospecho que, desde fuera, todos los mundos, y los sistemas políticos también –sin excluir el democrático- muestran con claridad la solidez de sus barrotes.

Los barrotes son imprescindibles para que haya algo en la Nada. Y saludables. Dejan pasar el aire del infinito. Permiten respirar a los prisioneros. Pero un cosmos se asfixia si esos barrotes son tapiados por el miedo a lo meta-cósmico.

No es grave. Tras la muerte de un mundo, y sobre su muerte, nace otro. Y es que la fertilidad que nos acosa y nos da la vida carece de límite.

Sí es libre de verdad.

David López


[1] Hay una edición es español que se ha realizado a partir de la traducción de Eugenio Ímaz (con introducción y revisión de Ángel Gabilondo, actual ministro de Cultura). Es ésta:  Arthur Schopenhauer: Sobre la libertad de la voluntad, Alianza Editorial, Madrid 2000.

[2] Este libro monumental está editado en español por la editorial Fondo de Cultura Económica. No es fácil comprarlo.

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Unas primeras reflexiones filosóficas sobre el coronavirus

 

 

19 de marzo de 2020.

Reviso el texto de mi bailarina lógica “Naturaleza” encerrado en una casa; aunque lo cierto es que no hay rincón del espacio que no tenga un tamaño infinito, sobre todo si en ese espacio hay seres amados. Visibles o invisibles. El amor amplifica y embellece el espacio. Los dos verbos hasta el infinito.

El Estado [Véase] -apoyado incluso en su para él irrenunciable ejército, y también en la práctica totalidad de las mentes que lo alimentan y son alimentadas por él-  no me permite salir de esta casa, salvo por razones de fuerza mayor. Ni siquiera para ir a la montaña. Ni siquiera se me permite pasear por “la Naturaleza”. Y es que al parecer un elemento de eso (de “la Naturaleza”) llamado coronavirus, podría ser una amenaza real para nuestro actual modelo de civilización.

Ese ser (el coronavirus) es invisible para nuestros ojos desnudos, pero, una vez visto con nuestros ¿artificiales? instrumentos [Véase “Maquina”],cabría decir que se trata de una especie de micro-planeta, o micro-monstruo geométrico, del que emergen algo así como llamaradas de fuego sólido, quieto, o cuernos, o quizás dientes, o anzuelos, con los que ese ser trata de agarrarse a ¿nuestro? cuerpo para conseguir vida en él, para reproducirse. Para serlo todo. Todo quiere serlo todo.

¿Es el coronavirus una especie de demonio? ¿Es natural? ¿Es bueno/malo? ¿O es que solo el ser humano puede ser bueno/malo? ¿No somos nosotros también Naturaleza? ¿No estamos nosotros también regidos hasta lo más profundo de nuestras entrañas moleculares por las mismas leyes que estructuran los virus, el vuelo de los pájaros al amanecer o la perfección matemática de los anillos de Saturno? ¿Cómo es posible que, siendo parte de la biomasa de este planeta, se nos acuse a los seres humanos de ser una amenaza para la sacra estructura de dicha biomasa?

Algunas configuraciones biológicas de este planeta afirman que la propia especie humana es un virus para dicho planeta: para esa esfera prodigiosa a la que, por otra parte, se le atribuye consciencia y, a la vez, una sacra mezcla de pureza y bondad, amenazadas ambas, al parecer, por nosotros, los asimétricos, pecadores y viscosos humanos. Y esa cosa (“el planeta consciente”) se estaría enfadando: estaría reaccionado con la furia letal del dios del Antiguo Testamento. ¿Somos entonces un virus consciente? ¿Malo? ¿Por lo tanto libre? ¿Nos  ha creado ese dios-Planeta? ¿Se equivocó entonces al hacerlo? ¿Quiere ahora ese enfurecido/moralista/esférico dios reparar su error, arrancar sin piedad esa página de su novela cósmica (esa en la que nos escribió)  y mandarnos a la nada de la muerte biológica para que, por fin, esa esfera, ese dios/planeta, pueda dar sus vueltas limpio ya, por fin, de pecado, diverso, cuajado de prístinas especies vegetales y animales, ya sí equilibrado, ya por fin de nuevo paradisíaco, en torno a la estrella solar?

¿Cabe por tanto atribuir responsabilidad, margen de maniobra, a un virus (al virus humano)? ¿Cabe libertad en una parte, solo una, de esa inter-penetrada amalgama de materia que se dice que es la biomasa? [Véase “Libertad”]

¿Es el coronavirus natural? ¿No lo es también el flujo de pensamientos que acuden ahora a mi mente y que provocan este golpeteo de mis dedos en el teclado de mi ordenador portátil?

¿Qué demonios es eso de “Naturaleza”? ¿Qué demonios es el coronavirus?

La humanidad, como consecuencia de esta pandemia, está autoinoculándose diversas narrativas, muchas de ellas auténticas demonologías. Y toda demonología presupone (y desencadena) siempre un elevadísimo grado de miedo y de estupidez. La Filosofía, que es la antítesis absoluta del miedo y la estupidez, puede servirnos para mirar a trasluz el tejido de esas secreciones, esos plásticos de palabras, que en muchos casos podrían arruinar los más excelsos océanos de nuestra mente.

En cualquier caso creo que estamos ante un nuevo, vertiginoso giro de ese símbolo descomunal que la antigua filosofía china llamó Taijitu: el que explicita la dinámica Yin-Yang [Véase “Yin-Yang”]. Nos espera una nueva configuración de las luces y las sombras del Ser (toda sombra lleva una intensa luz dentro; y toda luz una intensa sombra dentro). Nos esperan nuevas bellezas en definitiva.  Nuevas grandiosas obras de arte cósmico. Nuevas ocasiones para experimentar ese “estupor maravillado” que Ibn Arabi consideró característico de los grandes filósofos: un estupor maravillado que sin duda cabe sentir contemplando esta increíble -y aterradora- criatura de la “Naturaleza”:

 

“Naturaleza”. Del griego Physis. Del latín Natura.

Un nombre, una bailarina lógica, con la que, desde que dejé la sabiduría de mi misteriosa  infancia, mi mente se ha creído que podía atrapar algo que estaba ahí, ahí delante, y detrás, y alrededor, ¿y dentro?, provocándome grandes sensaciones. “Amar la naturaleza”. Yo la he amado locamente. Y la sigo amando de la misma forma. Ella -¿es hembra?-me ha proporcionado momentos que, por sí solos, han justificado el hecho mismo de vivir. Pero la “Naturaleza” también me ha proporcionado momentos terribles: en alguna ocasión, incluso, estuvo a punto de matarme: de digerirme, de transformarme dentro de su -poderoso, fascinante, sagrado, despiadado- taller de alquimia.   Recuerdo la espantosa belleza de las rocas y de los musgos y del cielo y del agua que me acompañaban, impasibles, mientras me iba muriendo de hipotermia en un paraje natural de sublime belleza, hace ahora trece años. Me salvé de milagro. ¿O realmente fallecí y no lo sé?

“Naturaleza”. ¿Qué se ama cuando se ama eso de la “Naturaleza”? ¿Es lo mismo que amar a “Dios? ¿Qué demonios es eso de la “La Naturaleza”? ¿Tiene acaso un “ser”? ¿Tiene sentido practicar una ontología de la Naturaleza?

Muchos de los pensadores/sentidores que la narración canónica de la filosofía occidental denomina “los presocráticos” titularon sus obras así: “Sobre la naturaleza”. En general quisieron ofrecer frases que simbolizaran el todo: lo que hay, ahí, en su conjunto más omniabarcante, y en su composición más íntima.

La “Naturaleza”. ¿Cómo es posible que haga sentir tanto… tanta “Belleza”… y tanto horror, a la vez? ¿Qué tiene? Para empezar, se podría decir, desde el modelo de mente de los filósofos naturalistas, que nos tiene a nosotros mismos. Y a ellos, claro, con sus propias teorías sobre lo natural. Sería una religiosidad extrema. Un vínculo -inevitable, inmune por completo a la falta de fe- entre el ser humano y todo lo que hay.

Este texto está encabezado por un conocido cuadro de Caspar David Friedrich en el que se representa a un ser humano contemplando “la Naturaleza”. Pero también cabría afirmar que la pintura muestra, simplemente, Naturaleza (ser humano incluido). O más aún: cabría afirmar que es también “Naturaleza” el conjunto formado por ese cuadro, sus óleos, la tela, el bastidor… y los óleos interiores de la fantasía del pintor… y estas mismas frases (como un oleaje de símbolos mojando la retina de quien ahora las lee)… y también los óleos psíquicos que pintan el alma de ese lector.

¿Qué es “Naturaleza”? ¿Qué no lo es?

Naturaleza. Natura. Hay quien ha considerado este concepto como contrario a “Cultura” (los sofistas de la antigua Grecia, o los taoístas, entre otros).

La tesis fundamental que intentaré expresar en este texto (aunque todavía como simple borrador) es la siguiente:

La “Naturaleza” es artificial: es un producto cultural: una opción ideológico-metafísica entre las muchas que ha ido generando y proponiendo el pensamiento del ser humano. La “Naturaleza” es una leyenda, un hechizo, como lo son todos los bailes de todas las bailarinas lógicas que jadean en este diccionario. La “Naturaleza” es el personaje -casi siempre no antrópico- de un cuento: una fantasía, como cualquier cosa que quiera presentarse como no infinitamente misteriosa. Aún así, creo que merece la pena adentrarse en esa leyenda: quizás también las leyendas sean “naturales”, tanto como las algas y los cetáceos que vibran, sueñan y son soñados en los oceános.

Antes de desarrollar con algo más de detalle esta tesis/sensación, creo necesario hacer el siguiente recorrido:

1.- Diferencia entre “naturaleza”, en minúscula, como esencia de las cosas y “Naturaleza”, en mayúscula, como cosmos (complexum omnium substantiarum). La ontología sería la disciplina filosófica que estudia el “qué” de cada cosa, su “esencia”, su “substancia”: su “naturaleza” (con minúscula).  No entro ahora a calibrar y diferenciar esas bailarinas metafísicas. Por otra parte, la “Naturaleza” (con mayúscula) sería, desde algunos modelos de mente,  todo lo que hay (o una región, una parte, de ese todo): un todo, o parte del todo, que estarían determinados por el tiempo, el espacio y la causalidad, siempre bajo el yugo de  leyes deterministas (o estadísticas, si es que se aceptan las propuestas de Heisemberg). Esa “Naturaleza” -esa fantasía en realidad- la estaría estudiando y dominando la Ciencia (la Física, la Biología, la Química, etc.) Así, desde esta cosmovisión (desde este hechizo) la esencia (la “naturaleza”) de todo sería la propia “Naturaleza” -ahora otra vez en mayúscula- según ese hechizo las describe: legaliforme, causal, formada por piezas -o energías, o leyes- inertes, absurdas, pero capaces de fabricar vida, inteligencia y conciencia.

2.- Civilización indo-aria. Las cuatro fases de la vida. Según señala Nikhilananda en la introducción a su edición de las Upanisad (Ramakrishna Vivekananda Center, Nueva York 1949, p. 4) el Veda ofrece un modelo de vida que, en su tercera fase temporal, abriría al ser humano la salida a “la selva” (al “campo” diríamos ahora). Esto está programado para el momento en el que ya han aparecido las primeras canas y la piel se ha arrugado (y los hijos son ya adultos). Del “campo” (de la “Naturaleza”) de esa civilización, tal y como fue vivida por algunos de sus miembros, surgieron unos textos -unas sagradas revelaciones- que llevan por nombre “Aranyaka”. De ellos se derivaron, en muchos casos, las Upanisad. En español hay una cuidada edición, a cargo de Consuelo Martín, de una de las primeras: Brihadaaranyaka Upanisad (Gran Upanisad del bosque), Trotta, 2002. Es curioso: se trataba de retirarse a la “Naturaleza” para contemplar a Brahman (Dios, más o menos), una vez apaciguado (no extinguido del todo) el ruido moral y religioso de la civilización. La Naturaleza como lugar privilegiado para la contemplación del Absoluto. Mucha gente me ha confesado que sólo en la Naturaleza ha podido sentir algo que, quizás, podría ser realmente excepcional, religioso, sagrado, o místico si se quiere. Hay quien ha sentido algo así en el cuerpo -natural ¿no?- de otra persona, gracias a eso que llamamos, muy esquemáticamente, “sexo”.

3.- El romanticismo alemán. Fue, entre otras cosas, una guerra poética para liberar la “Naturaleza” del cepo ontológico que había fabricado el cientismo materialista, el cual habría reducido esa “cosa” que tanto nos hace sentir a una especie de maquinaria de piezas muertas (átomos, moléculas), sacudidas por leyes ciegas e inconscientes. Contra esta -útil, sólo útil, momentáneamente útil- poetización de lo que hay y envuelve al ser humano, los románticos habrían querido recuperar el misterio, la Magia, la consciencia no humana, la inefabilidad, la libertad, la creatividad, lo sagrado: habrían querido hacer un boca a boca, urgente, apasionado, voluptuoso, a todas las hadas cuyo pecho había sido atravesado por los alfileres del materialismo cientista. Sigo recomendado, entre otras, la siguiente obra editada en español: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona, 2009. Mi artículo sobre Rüdiger Safranski puede leerse [Aquí]

4.- Ludwig Feuerbach: La esencia de la religión (Páginas de Espuma, Madrid, 2005; edición y traducción de Tomás Cuadrado). Feuerbach dio comienzo a esta obra afirmando lo siguiente: “El ente distinto e independiente de la esencia humana o Dios (en cuya descripción consiste La esencia del cristianismo), el ente que no posee esencia humana, propiedades humanas, individualidad humana no es otro, en realidad, que la naturaleza”. Y define así Feuerbach esa cosa que no es Dios ni es el hombre: “Para mí “”naturaleza”” (exactamente igual que “”espíritu””) no es más que un término general para designar entes, cosas, objetos que el hombre diferencia de sí mismo y de sus propias producciones y que agrupa así bajo el nombre colectivo de “”naturaleza””; pero en absoluto un ente universal, extraído y separado de la realidad, ni personificado o mistificado.”

La guerra de los poetas por configurar y, después, aquietar, el Kósmos Noetós (la arquitectura ideológica) de la mente humana. Para Feuerbach la “Naturaleza” (sus entes… sus universales en realidad [Véase “Universales]) son el ens realissimum: lo absolutamente real. No hay otra cosa. No cabe lo “sobrenatural”. Pero tampoco se nos aclara qué es lo “natural”.

5.- El movimiento ecologista. Creo que debe leerse -y analizarse críticamente, desapasionadamente- este polémico y conocido libro: Bjorn Lomborg: El ecologista escéptico (editado en España por Espasa, Pozuelo de Alarcón 2oo3). Lomborg sostiene en esta obra que el planeta en el que vivimos no está tan mal como afirma la mayoría de los movimientos ecologistas. Todo lo contrario: está cada vez mejor, y cada vez más gente vive mejor en él, lo cual no significa que no haya problemas y que no haya que seguir luchando para resolverlos. Lomborg -un profesor danés de estadística- se basa en informes oficiales emitidos por organismos internacionales. Carezco de recursos, por el momento, para valorar esta obra. Pero creo que debe ser leída, como praxis de una actitud filosófica que esté siempre atenta a la posibilidad de que las cosas no sean como parecen: una respetuosa, y analítica, y valiente, puesta en cuestión de lo no cuestionado.

6.- Otra obra que recomiendo especialmente, con ocasión de la palabra “Naturaleza”, está escrita, con extraordinaria belleza, por alguien que afirma no amar especialmente la Naturaleza. La obra es ésta: Felipe Fernández-Armesto: Civilizaciones (La lucha del hombre por controlar la Naturaleza), Taurus, Madrid 2002. Se trata, según afirma su propio autor (p. 16), de una “historia de la naturaleza, incluyendo en ella al hombre. A diferencia de otros intentos anteriores de escribir la historia comparada de las civilizaciones, éste está organizado en función de los diferentes entornos y no de periodos o sociedades”. La lucha del hombre contra la Naturaleza. ¿Es eso real? ¿Es eso posible siquiera? Felipe Fernández-Armesto cree que es lo definitorio de las civilizaciones. Y dice (p. 21): “Me emocionan las ruinas porque las veo como heridas que la civilización ha sufrido dentro de una batalla perdida contra la naturaleza. Por otra parte, el conocimiento de lo salvaje me merece todo el respeto e incluso la veneración, y me emocionan igualmente las heridas que el hombre inflige a la naturaleza”. Gran y apasionante batalla. ¿Es real? ¿No es el hombre, también, Naturaleza? ¿La Naturaleza guerreando contra sí misma? ¿O es que hay algo en el hombre -algo no natural, pecaminoso si se quiere- que amenaza el orden natural?

Expongo a continuación algunas ideas provisionales que provoca en mi mente la bailarina “Naturaleza”:

1.- Ya lo he repetido a lo largo de este breve texto: yo he sentido grandes cosas “ahí”. Grandes de verdad. Pero, ¿”ahí dónde”? Respondo -me respondo-: ha sido en lugares solitarios, muy abiertos, poco o en absoluto transformados por el ser humano. Daba igual si era un bosque, un llano desértico, una montaña, un río o una playa salvaje. ¿Por qué ahí? Se me ocurren algunas respuestas para salir del paso: por la cantidad y la pureza del oxígeno; por la “descontaminación” psíquica; por la desactivación de la vigilancia civilizatoria. No sé. Quizás se trate de lugares donde no ruge el alga lógica de la Humanidad (esa red psíquica, esos “ruidos” casi metafísicos, que emana las colectividades humanas y sus obras). Insisto: no sé.

2.- En cualquier caso, es simplemente una opción ideológica (o metafísica) sostener el dualismo que separa ontológicamente al hombre de la Naturaleza (una metafísica que está, curiosamente, implícita en el movimiento ecologista). Así, desde el naturalismo (como corriente filosófica) cabría reducir todo -todo- incluido el ser humano y sus sueños, a la Naturaleza. A “lo natural”. No habría entonces lucha alguna entre el hombre y la Naturaleza. El ser humano no sería -según consideran los movimientos ecologistas- el único malo posible dentro del orden natural: la única amenaza el sagrado equilibrio de la Naturaleza. El comportamiento -“anti-ecológico”- del ser humano sería tan natural y tan armónico como una esperada lluvia de primavera o los primeros brotes de los castaños.

3.- La “Naturaleza”, como adelanta al comienzo de este texto, es un producto cultural. Una fantasía. Una palabra con la que se ha sustituido a otras como Dios o Tao o Brahman (palabras que, por otra parte, nunca pudieron decir nada de su objeto).

Una mirada no ideologizada hacia eso que llamamos “Naturaleza” nos muestra, aquí, en lo que hay, el infinito inefable, que yo siento “sagrado”, por decir algo desde el lenguaje.

David López

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The logical ballerinas: “Nature”

 

 

March 25th, 2020.

I rewrite the text of my logical ballerina “Nature” locked inside a house, although the truth is that there is no corner of space that is not infinite in size, especially if there are loved ones in that space. Visible or invisible. Love amplifies and beautifies the space.

The State, supported even by its for him inalienable army, and also in practically all the minds that feed it and are fed by it, does not allow me to leave this house, except for reasons of force majeure. Not even to go to the inhuman mountains. I’m not even allowed to wander through “Nature”; because it seems that an element, a creature, of that (of “Nature”) called coronavirus, could be a serious threat to millions of humans beings, and ultimately for our current model of civilisation.

That creature (the coronavirus) is invisible to our naked eyes, but, once seen with our artificial  instruments [See “Machine”], it could be said that it is a kind of micro-planet, or a geometric micro-monster, from which emerge something like flames of solid, still fire, or horns, or perhaps teeth, or hooks: biological tools with which that “thing” tries to grip us and get life in our body so as to reproduce itself. To be everything. Every single thing wants to be everything.

Is the coronavirus a kind of demon? Is it natural? Is it good/bad? Morally neutral? Can only human beings be good or bad? Are we not also Nature, or part of it at least? Are we not also governed to the depths of our molecular entrails by the same laws that structure the viruses, the flight of birds at dawn or the mathematical perfection of Saturn’s rings? How is it possible that, being part of this planet’s biomass, we are accused (self-accused indeed) of being a lethal threat to the allegedly sacred structure of such mass?

From some models of mind is being vehemently asserted that the human species is a virus for this planet, whom they ascribe conscience and, furthermore, a sacred mixture of purity and goodness, threatened both, apparently, for us, the humans. And that paramount thing, “the conscious planet”, is said to be getting mad, increasingly mad, and reacting with the deadly fury of the Old Testament’s god. Are we then a conscious virus? A free thinking/acting virus? Has that “Planet-God” created us with its own matter, out of its own sacred flesh? Made that spheric Creator a great mistake creating us? Does now that enraged/moralistic God want to repair his biological/historical error, and ruthlessly tear out that page (the page were we were written) from his cosmic novel and dissolve us in its own flesh so that, finally, that sacred sphere (the planet Earth, that conscious god) can go on flying around the solar star, now once again pure, biologically diverse and balanced, free from the moral and physical human-pandemic?

Is it possible to attribute responsibility, therefore freedom, to that virus (to the human virus)? Is there freedom in one part, only one, of that interpenetrated amalgam of matter that is said to be the biomass? Can we thing that biomass as something with parts, something divisible?

Let’s go on philosophising. Is the coronavirus natural? Isn’t it also natural the flow of thoughts that now come to my mind and cause this tapping of my fingers on the keyboard of my laptop?

What the hell is Nature? What the hell is the coronavirus?

Humanity today, as a consequence of the coronavirus pandemic, is compulsively self-inoculating various narratives, many of them authentic demonologies. Theories about Evil. And the point is that every single demonology does always presuppose (and also trigger) a very high level of fear and stupidity. Philosophy, which is the absolute antithesis of fear and stupidity, can help us to look though the fabric of those blinding linguistic secretions, those plastics of words, which in many cases could ruin the most beautiful and wild and pure oceans of our mind.

Anyway, I think we are facing a new, vertiginous turn of that powerful symbol that the ancient Chinese philosophy called Taijitu: the one that explains the Yin-Yang dynamic [See “Yin-Yang”]. A new configuration of lights and shadows awaits us (all shadows have an intense light inside; and all lights have an intense shadow inside). Definitely new beauties await us ahead. Great new works of cosmic art. New opportunities to experience that “marvelled amazement” that Ibn Arabi considered characteristic of the great philosophers: a marvelled amazement that can certainly be felt while contemplating this incredible -and terrifying- creature of “Nature”:

 

“Nature”. From the Greek “Physis”. From the Latin “Natura”.

A name, a logical ballerina, with whom, since I left the wisdom of my eery childhood, my mind has believed that it could catch something that was out there, there in front, and behind, and around, (and inside?) me, causing me great sensations. “Loving nature”. I have always loved her madly. And I still love her the same way. She (is it female?) has provided me with moments that, by themselves, have justified the very fact of living. But Nature has also provided me with terrible moments. Some time ago, it even came close to killing me: to digest me, to transform me in its -powerful, fascinating, sacred, ruthless- alchemy workshop. I remember the dreadful beauty of the rocks and the mosses and the sky and the water that accompanied me, all of them impassive, while I was dying of hypothermia in a natural place of sublime beauty. I was saved by a miracle. Or did I really die? Are miracles part of Nature, or are they something that comes from beyond Nature? Is Nature the ultimate reality? Is Nature absolutely subdued to dictatorial rules? Is she therefore not free, not really creative? 

Nature. What do we love when we love that of “Nature”? Is it the same as loving God (understood as infinite freedom and creativity)? What the hell is that of Nature? Does it have an essence? Does it make sense to practice an ontology of Nature?

Many of the thinkers that the canonical narrative of Western philosophy calls “the pre-Socratics” titled their works thus: “On Nature”. In general, they wanted to offer phrases powerful enough to symbolized the whole: To say what is there, in its most all-encompassing set, and in its most intimate composition.

“Nature”. How is it possible that she makes us feel so much beauty, and so much horror, at the same time? It could be said, from the model of the mind of some thinkers, that she has, she owns, ourselves. And that she also owns those thinkers, together with their own theories about Nature. We are facing an extreme, inevitable religiosity. A religious link -completely immune to the lack of faith – between the human being and the rest of the reality.

This text is headed by a well-known painting by Caspar David Friedrich in which a human being is depicted contemplating “Nature”. But it could also be said that the painting simply shows Nature (human being included). Or even more: it could be said that “Nature” is also the set formed by that painting, its oils, the canvas, the frame … and the interior oils of the painter’s fantasy … and also these phrases you read now (like waves of symbols wetting your retina) … and also the psychic oils that paint the lenses though which you read and feel this text.

What is “Nature”? What is not? Is it the whole Being? Is the philosophical thought about “Nature” also part of “Nature”?

Nature. Nature. Some thinkers have considered this concept as contrary to “Culture” (the sophists of ancient Greece, or the Taoists, among others).

The fundamental insight that I will try to express in this text is the following:

“Nature” is something artificial. It is, paradoxically, a cultural product: an ideological-metaphysical option among many others that human thought has been generating and proposing. “Nature” is a legend, a spell, as are all the dances of all the logical ballerinas who gasp inside this boundless dictionary. “Nature” is the character -almost always not anthropic- of a story: a fantasy, like anything that wants to present itself as not infinitely mysterious. Still, I think it is worth living into that legend. Perhaps legends are also “natural”, just as the algae and cetaceans that vibrate, dream and are dreamed of in the oceans of this planet.

Before developing this insight in more detail, I think it could be useful to make the following journey:

1.- Difference between “nature”, in lowercase, as the essence of things, and “Nature”, in capitals, as organised set, as cosmos (complexum omnium substantiarum). Ontology would be the philosophical discipline that studies the “what” of each thing, its “essence”, its “substance”: its “nature” (lowercase). On the other hand, “Nature” (in capitals) would be, from some models of mind, everything that exists (or a region, a part, of that whole): a whole, or part of the whole, that would be determined by time, space and causality, always under the yoke of deterministic laws (or mathematical statistics, if the proposals of Heisemberg are accepted). That “Nature” would be studied and mastered by the so-called Science (Physics, Biology, Chemistry, etc.) Thus, from this worldview (from this spell) the essence (the “nature”) of everything would be “Nature” itself -now again in capital letters- as that spell describes them: lawlike, causal, made up of inert pieces -or energies, or laws-, pointless, but surprisingly capable of manufacturing life, intelligence, consciousness… and even models of herself.

2.- Indo-Aryan civilisation. The four phases of life. As Nikhilananda points out in the introduction to his edition of the Upanisad (Ramakrishna Vivekananda Center, New York 1949, p. 4), the Veda offers a model of life that, in its third phase of time, would open up the human being to “the jungle” (to wilderness could be said today). This is scheduled for the moment when the first gray hairs have already appeared in our heads and our skin has wrinkled (and our children are already adults). Out of that Indian jungle, out of the wild borders of that civilisation, emerged some sacred revelations, which are know as the Aranyaka. And from theses galaxies of texts were derived, in many cases, the mighty Upanisad. Human beings retiring to “Nature” in order to contemplate Brahman (the Absolute), once the moral and religious noise of their civilisation has been calmed (not completely extinguished thought). Nature as a privileged place for the contemplation of the Absolute. Many people have confessed to me that only in Nature have they been able to feel something that, perhaps, could be really exceptional, religious, sacred, or mystical if you like. Some people feel the same in the body -natural, right?- of another person, thanks to what we call, very schematically, “sex”.

3.- German romanticism. It was, among other things, a poetic war to free “Nature” from the ontological stocks that materialistic scientism had manufactured in order to reduce that “thing” that makes us feel so much into a machinery of dead pieces (atoms, molecules ) shaken by blind and unconscious laws. Against this useful, only useful, momentarily useful, poeticization of what exists and involves the human being, the romantics would have wanted to recover the mystery, the Magic, the non-human consciousness, ineffability, freedom, creativity, sacrality: They would have wanted to make an urgent, passionate, voluptuous mouth-to-mouth method of resuscitation to all the fairies whose chest had been pierced by the pins of scientistic materialism. I recommend the extraordinary book Romanticism, of Rüdiger Safranski. 

4.- Ludwig Feuerbach: The essence of religion. Feuerbach began this historic work by affirming that the entity distinct and independent of the human essence or God, the entity that does not possess human essence, human properties and human individuality is not other, actually, that Nature. But, surprisingly, Feuerbach seems to be as incapable of grasping and defining Nature as theologians are of grasping and defining God, and he confess that it is just a general term, a word used by humans in order to designate things different from himself and from his own human-productions. 

The war of the poets to configure and, later, to calm down, the Kósmos Noetós of the human mind. For Feuerbach “Nature” is the absolutely real. There is nothing else. There is no room for the “supernatural”. But the point is that we are not clarified what it is the natural.

5.- Environmentalism. I think that this controversial book should be read and critically, dispassionately analyzed: Bjorn Lomborg: The Skeptical Ecologist. Lomborg argues in this work that the planet we live on is not as bad as most environmental movements claim. On the contrary: it is getting better, more and more people are living better in it, which would not mean that there are no problems that need urgent solutions. Lomborg supports his ideas on official reports issued by international organizations. I have no resources, at the moment, to value this work. But I think it should be read, as praxis, as workout, for a philosophical attitude that should always be attentive to the possibility that things are not as they seem: a respectful, and analytical, and courageous, questioning the unquestioned.

And now, I convey the core ideas that the dancer “Nature” provokes in my mind:

1.- I have already repeated it throughout this short text: I have felt great things there. Really big. But “there, where”? I answer -I answer myself-: it has been in solitary places, very open, little or not at all transformed by the human being. It didn’t matter if it was a forest, a desert, a mountain, a river or a wild beach (or a wild human, erotic body). Why there? I can think of some aceptable answers: the quantity and purity of oxygen; the psychic decontamination; the deactivation of civil surveillance… I dont know. Perhaps these are places where the logical algae of civilisation does not roar (that psychic network, those almost metaphysical noises that emanate from human communities and their works). I insist: I do not know.

2.- In any case, it is simply an ideological (or metaphysical) option to sustain the dualism that ontologically separates man from Nature: a metaphysics that is surprisingly implicit in the environmentalism. Thus, from naturalism it would be possible to reduce everything -everything- including the human being and his dreams, to Nature. There would be no struggle between man and Nature. The human being would not be the only possible evil within the natural order: the only threat to the sacred balance of Nature. The“anti-ecological” behaviour  of the human being would be as natural and as harmonious as a spring rain or the first buds of chestnut trees.

3.- Nature, as anticipated at the beginning of this text, is a cultural product. A fantasy. A word with which others such as God or Tao or Brahman (words that, on the other hand, could never say anything about its object) have been replaced.

A non-ideological, non-confined look at what we call “Nature” shows us the magic, the brutal beauty -the sacrality- of any form of existence. Ours included.

David Lopez

Las bailarinas lógicas: “Ética/Moral”

 

“Moral” (Mos; costumbre). Moralis sería, según Cicerón, la traducción latina de Ethikós.

El caso es que los seres humanos repiten comportamientos sistemáticamente. Y también sistemáticamente emiten juicios de valor sobre los actos cometidos por ellos mismos y por los demás. El “cargo de conciencia”, visualizable con nitidez en obras como Crimen y castigo de Dostoievski, es uno de los huracanes más terribles que puede acontecer en el pecho de un ser humano. Es la “conciencia moral”: un tema crucial en las metafísicas de Kant y de Schopenhauer. Y también en la de Nietzsche, muy a su pesar.

Ser un ser humano es algo extraordinariamente vertiginoso y difícil [Véase “Ser humano”]. Pero sin duda es también un honor, como lo es tratarse con otros seres humanos. Tener siquiera esa opción. Pero ahí la dificultad es casi infinita. Se podría decir que el diario, constante desafío ético, sería algo determinante de la condición humana  y, a la vez, paradójicamente, una exigencia sobrehumana, un esfuerzo sobrehumano al servicio de la belleza. De la Gran Belleza. Quizás efectivamente el mundo solo tenga sentido en cuanto fabulosa, constante, sagrada obra de arte.

La imagen que flota sobre estas frases pertenece a una película de Stanley Kubrick: Eyes Wide Shut. En ella pude ver con claridad la diferencia entre moralidad y ética (al menos tal y como esos dos conceptos tienen tomada mi mente al día de la fecha).

La película es una especie de Bildungsroman (con un muy inelegante final) en la que el protagonista (Tom Cruise), tras ser consciente de una radical inmoralidad que estuvo a punto de cometer su esposa, se deja llevar, aturdido, por callejuelas mojadas por preciosas luces de neón y termina sentado en la cama de una prostituta. Los dos acuerdan, amablemente, una permuta de placer sexual por dinero. Empiezan a besarse. Ella tiene una belleza y una dulzura que sacuden los diques morales de ese marido que está a punto de ser “infiel”. ¿Es la infidelidad una falta de ética o una inmoralidad?

Suena un teléfono móvil. Tom Cruise se levanta para atender la llamada. Es su esposa, que le espera en casa. La moralidad -¿la ética?- activa su imán metafísico. Tom Cruise vuelve a la cama y le dice a la prostituta que él debe irse. No ha habido más contacto sexual que el beso -sublime por cierto. Pero él quiere pagar de todas formas a la prostituta. Ella no acepta. Él insiste. La ética se sublima al mismo nivel de belleza que el beso inmoral que se ofició pocos minutos antes.

La soga del argumento de Eyes Wide Shut arrastrará a su protagonista a una especie de palacio donde hombres escondidos tras lúgubres máscaras participan, fríos, en una gelida ritualización de la transgresión de una determinada moral sexual: la puritana/anglosajona. Entre coreografías pornográficas frías como monedas, rituales de sociedad secreta y máscaras de espanto infantil ocurre otro gran momento ético (ética sublimada en un ritual de sistemática transgresión de la moralidad sexual compartida por los asistentes). Ese otro gran momento ético lo representa una mujer desnuda, sin cara (sin “persona”), que da su vida para salvar la de Tom Cruise: un médico que, según nos es mostrado en la película, ama más a las personas que a los sistemas de moralidad.

Recordemos esa idea de Paracelso de que el médico solo puede serlo, solo puede curar, si ama a su paciente.

Así, cabría afirmar que la moral es un vínculo, una forma de amor si se quiere, entre un ser humano y un modelo de conducta compartido tribalmente (una determinada coreografía, un arquetipo social). La ética, según yo siento este concepto, es un vínculo intersubjetivo de sacralización mutua que trasciende las distintas formas de organización grupal que ha ido adoptando la condición humana para su supervivencia (física y psíquica).

La ética, como sacralización (no utilitarista) de la intersubjetividad, implica un individualismo radical y sagrado: es un guiño entre personas por detrás del telón de la moralidad: es una forma de amor puro y duro que podría encajar en la frase “ama al prójimo como a ti mismo”… sin condiciones, aunque no seas cristiano. Estamos ante un amor meta-cívico, meta-nómico, meta-moral si se quiere. Es esa sonrisa que nos regalamos unos a otros cuando nos cruzamos por los caminos de las montañas [Véase “Humanidad”].

Antes de desarrollar con algo más de detalle estas intuiciones, creo que es necesario considerar los siguientes rincones de la Historia del pensamiento:

1.- Yoga-Sutras de Patañjali: una ética al servicio del poder, la libertad y la inmortalidad. Creo que sigue siendo crucial la lectura de El Yoga (Inmortalidad y libertad), de Mircea Eliade. ¿Por qué una impecabilidad ética nos da poder y libertad? Tat twam asi. La ética, finalmente, se dirige siempre a uno mismo: porque todo -todo lo que existe- sería “uno mismo”. Siempre se escupiría contra el viento…

2.- Sócrates/Platón. El que conoce el bien hace el bien. Intelectualismo moral. El sabio es virtuoso y eso le conduce a la felicidad. ¿Por qué? En este punto me remito a esta obra: Beatriz Bossi: Saber gozar (Trotta); y a mi crítica sobre la misma, disponible  aquí: Saber gozar de Platón

3.- Aristóteles. Ética a Nicómaco. Ética a Eudemo. Magna Moralia. Aristóteles dibujó un modelo de totalidad en el cual el mundo y todas las cosas del mundo se movían irresistiblemente atraídas por un primer motor inmóvil (Dios) o idea del Bien. La ética virtuosa sería aquella que se dirige hacia la idea del bien. Sin más. Pero… ¿cabe resistirse a ese Imán metafísico (en realidad físico) del que habla Aristóteles… y obrar “mal”? Volvemos al problema de la libertad [Véase].

4.- Kant. Crítica de la razón práctica. Los juicios morales no pueden basarse exclusivamente en la experiencia. Se caería en el empirismo y en el utilitarismo. No hay libertad para el ser humano dentro del mundo. Es libre el ser humano nouménico, el que está ubicado fuera del mundo. Ahí sí es responsable por su conducta. El imperativo categórico: debes porque debes. El imperativo hipotético se basaría en un “si quieres… debes”. La conexión con la ética del Gita es evidente: cumplir con el deber sin esperar nada a cambio. Lo curioso es que esta actitud provoca la irrupción de la plenitud (de la “felicidad”)… siempre, creo, en otro mundo (porque el mundo del ser humano feliz es otro, absolutamente, que el del ser humano infeliz).

Dos fórmulas kantianas:

I. “Actúa de modo que la máxima de tu voluntad tenga siempre validez, al mismo tiempo, como principio de legislación universal”.

II. “Actúa de modo que consideres a la Humanidad, tanto en tu persona, como en la persona de los demás, siempre como un fin y nunca como un simple medio”.

Me gusta más esta segunda definición. En la primera estaría legitimada la violencia contra “los malos”. Legitimaría, por tanto, eso que desde “aquí” llamamos “terrorismo”. La segunda sacraliza a todos los seres humanos -buenos y malos- y los ubica en un altar meta-moral (muy nietzschano por cierto; y cristiano a la vez). De Kant quisiera recordar la importancia capital que otorgó -en su “fría moralidad”- al respeto. Yo ubico el respeto por encima del amor: es más sacralizador del otro, menos invasivo, menos interesado: en el amor siempre se busca, de alguna forma, un placer: el placer de amar. El respeto es más grande, más silencioso, más heroico.

Por último, dando por evidente esa conciencia moral, Kant considera necesario postular (“postular”, como hace la ciencia moderna) la existencia de tres cosas: 1.- La libertad humana; 2.- la existencia de Dios (que hace posible que las personas que han cumplido con el imperativo moral sin esperar nada a cambio reciban su premio en la eternidad); y 3.- la inmortalidad del alma para que sea efectivo ese premio.

6.- Schopenhauer. La ética es siempre descriptiva, no prescriptiva. Nadie va a ser virtuoso o no virtuoso por convicción. El intelecto humano está al servicio de la voluntad (algo, abisal, pero inmanetísimo a la vez, que le agarra como por debajo de su ser fenoménico y que le sacude como a una marioneta).

7.- Nietzsche. La moral de los esclavos: el resentimiento contra el que está pletórico de vida (de ilusión): el que culpabiliza de su pequeñez y de su escasez vital a un amo, permanente, que va cambiando de rostro con el paso de la Historia: el que necesita cobijarse en un sistema fijo de verdades inmutables, objetivas, impuestas, de las que el esclavo no es creador ni, por tanto, responsable: el que carece de auto-nomía (capacidad de otorgarse una moral propia y de cumplir con ella heroicamente, más allá del placer y de sufrimiento… siempre teniendo como objetivo la creación de una vida/obra maestra). Recomiendo la -siempre sorprendente y siempre vivificante- lectura de estas dos obras de Nietzsche: La genealogía de la moral y Más allá del bien y del mal. Hay una edición de las obras de Nietzsche en la editorial Gredos con introducción y notas, muy interesantes, de Germán Cano. También sugiero la lectura de mi novela El nuevo filósofo del martillo.

8.- La ética más allá de los límites de lo humano. Los derechos de los animales. Recomiendo esta obra de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Mi crítica puede leerse directamente aquí: Adela Cortina y las bailarinas de hierro.pdf.

Ofrezco a continuación algunas ideas, ya parcialmente diseminadas en los párrafos anteriores:

1.- Parto de una distinción entre ética y moral, tal y como la he enunciado al comienzo de este texto: la moral sería un vínculo con un modelo organizativo de una determinada tribu (que puede ser o no común con otras tribus). La ética es un vínculo interpersonal que transciende las puntuales formas de organizar los comportamientos de los individuos en las colectividades. Cabe incluso que la moralidad -lo social- tenga tanta fuerza que un individuo pueda arrasar -ignorar- éticamente a otro, sintiéndose con ello un auténtico héroe tribal (pensemos en un torturador al servicio de la Democracia).

2.- No obstante lo anterior, creo que hay que tener presente la enorme fuerza configurativa que tienen las moralidades tribales: pueden llegar a convertirse en un órgano -como un hígado- que duele si es agredido. Una pareja de homosexuales, todavía hoy en España, retozando en la hierba, junto a parque de niños, produce dolor a muchas madres (y a muchas más abuelas). Ninguno a los niños, que celebran ubicuamente el sagrado juego nietzscheano (y el de Schiller, y el del Linga Purana también) más allá de las puntuales músicas morales que vayan sonando en las salas de baile civilizacional. Pero la ética, como respeto y sacralización del otro, puede ser un motor, muy bello, que convenza a los homosexuales de que merece la pena evitar daños innecesarios: que las ancianas están sufriendo, que hay sitios más retirados y más románticos en el parque para disfrutar de su recién estrenada moralidad sexual; que las moralidades, cuando han de ser cambiadas, es mejor cambiarlas “éticamente”; esto es: teniendo siempre presente, como el que está ante un altar, la piel exterior e interior de los demás seres humanos. Los principos éticos (los que rigen, o deberían regir, la intersubjetividad humana) pueden ser eternos, inamovibles. Las moralidades, por el contrario, mutan porque se basan en la utilidad.

3.- El ser humano es social. La sociedad es una especie de exo-cuerpo que nutre y que es nutrido por el propio ser humano. Toda sociedad necesita costumbres, morales. El hecho de que sean esencialmente mutantes no les quita a las moralidades -a todas- su dignidad.

4.- La palabra “moral” provoca normalmente una asociación inconsciente con “sexualidad”. Moral es, muchas veces, moral sexual. Creo que en este ámbito, y como he señalado con ocasión de la película Eyes Wide Shut, la tensión entre mis conceptos de ética y de moralidad se hace especialmente visible. Una revolución sexual pendiente, a mi parecer, es la que, trascendiendo cualquier modelo de interacción corporal (bilateral o multilateral, hetero u homosexual) se centrara la ética: la ética sexual. El ser humano, con independencia de qué universo sexual visite u ofrezca, debería -“debería”- sentir que está siempre entre dioses (o entre criaturas divinas, si se quiere bajar el tono). Creo que en nuestros sistemas educativos se ha insistido demasiado en la moral sexual. Falta elevar el tono ético de la sexualidad.

4.- Tengo la -poco original- sensación de que la actual crisis económico-financiera ha sido consecuencia directa de una falta de ética. Solo de ética, no de moralidad. Se han vulnerado principios éticos básicos, incuestionables, universales: no mentir, no robar, cumplir los pactos. La economía requiere confianza entre los seres humanos y fe en la posibilidad de construir y de compartir sueños. También requiere respeto. Lo dice el Tao Te Ching, con palabras misteriosas e inquietantes: “El imperio es un aparato muy espiritual. Cogerlo es ya perderlo”. Mientras escribo esto me doy cuenta, estupefacto, de que me he convertido en un iusnaturalista. Lo asumo sin demasiado problema. En cualquier caso, creo que no es imposible ganar dinero, incluso mucho dinero, desde una ética impecable. Conozco ejemplos. Seamos serios desde un punto de vista empírico y no eliminemos los hechos que no dan la razón a nuestras creencias. Existe también la honestidad intelectual. Es ardua, pero ineludible.

5.- Me inquietan de forma creciente los discursos que demonizan el ego. Creo que la ética, tal y como la estoy desarrollando en este escrito, implica una legitimación total de los egos (por muy fenoménicos u “oníricos” que sean). La ética intersubjetiva presupone un radical “alter-egoísmo” compatible con el “auto-egoísmo” (Ama al prójimo como a ti mismo). Estas reflexiones -estas emociones- nos llevan, creo, a algo que cabría denominar “multi-egoísmo sagrado” (algo insoportable para los colectivistas radicales). La cuestión crucial es si, de verdad, nos gustan, si amamos, si respetamos, a las personas, a los individuos humanos, más allá de toda moral (de toda puntual coreografía tribal).

6.- El gran misterio es que, como afirma el Raja-Yoga, la virtud transforma la materia del mundo (porque transforma nuestra mente, que es el hábitat de eso que llamamos mundo). Impresiona comprobar los efectos que nuestros actos realmente virtuosos (generosos, desinteresandos, amorosos por simplificar) producen en el despliegue del espectáculo de nuestras propias vidas. Kant se vio obligado a postular la existencia de Dios para dar sentido a ese prodigioso fenómeno: al hecho, muy sorprendente, de que la impecabilidad ética tiene efectos desbordantes. No buscados. Ni siquiera deseados. Quizás porque esa impecabilidad implica ya una plenitud previa: son síntomas, no efectos.

La virtud, la ética llevada al extremo, es genésica: es mágica. Eso es lo que no me queda más remedio que decir después de lo hecho, lo visto y lo vivido hasta ahora. También lo es la falta de ética: fabrica el infierno (un infierno siempre nutritivo, un dolor creativo… [Véase “Tapas”]...

Finalmente, quisiera compartir aquí la sensación (la creciente convicción) de que todo lo que hacemos es hecho por algo que conspira a nuestro favor. Los actos que nos llevan al infierno (¿quién no ha estado alguna vez en el infierno?) son pasos hacia el cielo.

David López

Las bailarinas lógicas: “Filosofía”

 

 

Filosofía.

Estoy perdidamente enamorado de esta bailarina lógica. Desde hace más de treinta años. Y ya para siempre. Eternamente, espero.

La conocí en 1978. Yo tenía catorce años y ella varios miles. Ocurrió en el instituto Jaime Ferrán de Villalba (Madrid). A partir de entonces el mundo, y mi mente, y quizás mi corazón, iniciaron una expansión infinita. O, mejor dicho, un regreso a Inmensidades que sentí cuando era un niño de pocos años (no más de seis).

Recuerdo a dos profesores de aquel instituto, pero no sus nombres. Uno de ellos había trabajado en la ONU, tenía gafas redondas y convocó un concurso filosófico con el lema “Libertad y autoridad”. Yo me presenté con un trabajo en el que afirmé que era necesaria la autoridad porque no había libertad: que el hombre libre no necesita la autoridad. Sigo pensando lo mismo. Gané aquel concurso y sentí una enorme felicidad.

Sí recuerdo haber leído a Locke pensando el pensamiento. Y a Nietzsche gritando eso de que Dios había muerto. También recuerdo haber pasado decenas de horas virtuales en las habitaciones, y en las terrazas, y en los jardines, de la Montaña Mágica de Thomas Mann. O haberme sorprendido de que el Sidhartha de Hemann Hesse sufriera tanto con su hijo al final de la novela, a pesar de ser tan sabio, a pesar de haber vivido y pensado y aprendido tanto en aquel territorio casi imaginario cuyo nombre era  “India”. ¡La India!

Ahora, treinta y tantos años después, ese final de novela lo tengo muy presente. Ahora sé lo que se puede llegar a amar a un hijo. Ahora sé que Maya duele como nada puede doler jamás. Solo en Maya se puede sufrir. Solo en Maya se puede encontrar lo sagrado. Solo en Maya se puede amar. Dios sin Maya (sin mundo) no es nada. Es una infinita tristeza, una infinita y atroz soledad.

Este texto, y las conferencias que saldrán de él, quiero que sean un homenaje, una declaración de amor. Un agradecimiento. La Filosofía me ha proporcionado momentos que yo no creía posibles. Y desde hace algunos años tengo el privilegio de compartir esos momentos con otros cerebros y otros corazones.

Recuerdo ahora las miles de horas de soledad, normalmente rodeado por paisajes solitarios, sin espacio delimitado, sin tiempo confinado y depredado. Recuerdo haberme tumbado en el suelo, estupefacto, muchas veces, ante la contemplación de alguna Inmensidad atrapada en algún sistema filosófico: frases expandidas al máximo, palpando lo inefable, adoptando posturas yóguicas casi imposibles, para decir lo que hay. Esto. Y ofreciendo un fabuloso espectáculo estético: el lenguaje hipertrofiado, el lenguaje rugiendo dentro de sí mismo para decir Todo: serlo Todo: y hacerlo además sin quedar incinerado en el Todo.

La Filosofía: sentir la brisa que entra en la mente y en el alma y en el cuerpo cuando el lenguaje deja sitio al Infinito: cuando lo atrae con sus temblorosas manos de palabras, cuando deja huecos y transparentes los conceptos de mente y alma y cuerpo y cualquier otro, incluido el concepto de concepto.

El día en que conocí la Filosofía, en ese instituto de pueblo, gélido en invierno como el universo de Pascal, sentí que alguien muy poderoso y muy cercano había empezado a descorrer las cortinas de mi habitación; y que irrumpía en ella una mañana sin límites, un horizonte de belleza insoportable. Luego he ido descubriendo que la Filosofía es un vuelo prodigioso por los infinitos -y sagrados- modelos de finitud que pueden configurarse en eso que sea “nuestra mente”; si es que es algo distinto de la mente del propio Dios (conceptos huecos, nadas vibrando en la Nada Mágica, pero siendo capaces de ofrecer la apariencia de una existencia). Así debe ser.

Aristóteles siempre me ha impresionado con esta afirmación del comienzo de su Metafísica: “y tal ciencia [la Filosofía] puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna”.

Quizás sea la Filosofía una ciencia de Dios y sobre Dios: un autoconocimiento imposible: una angustiosa, descomunal, prodigiosa, retorsión del Ser sobre sí mismo.

En este momento la Filosofía es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría”, pero siendo consciente de que toda sabiduría es ignorancia fundamental, hechizo necesario para vibrar vitalmente en un mundo: para ser algo en algo: para disfrutar de ese misterio ontológico que denominamos, a la ligera, “vivir”. La Filosofía sería para mí, en este momento, “amor a la ignorancia”, pues toda sabiduría es ignorancia sagrada, útil, creacional.

Acabo de enunciar la idea fundamental que desarrollaré en este texto. Pero antes quisiera detenerme en los siguientes lugares:

1.- Etimología de la palabra. Del griego: amor a la sabiduría. Según Cicerón, Diógenes Laercio y Jámblico, fue Pitágoras el primero en llamarse a sí mismo “filósofo”, amante de la sabiduría. En el pensamiento/sentimiento de lo que hoy llamamos India antigua la palabra sería Dharsana: “mirada”.

2.- El Nasadiya Sukta del Rig Veda (10.129). La gran pregunta. ¿De dónde ha salido todo esto (dioses incluidos)? ¿Lo sabe alguien? ¿Lo sabe el que lo mira todo desde arriba? Quizás tampoco lo sabe.

3.- ¿La Filosofía nació en Grecia? ¿Hubo Filosofía anteriormente, en otros lugares del planeta, como Egipto, Persia, China o India? ¿Existe algo identificable como “filosofía oriental”?

4.- Los que primero filosofaron: el mito del paso del mito al logos. Esta idea, esta sensación, me acompaña desde hace muchos años. Espero desarrollarla con cierto rigor en un futuro próximo.

5.- El caso Sócrates-Platón. La filosofía como impulso erótico hacia las ideas. [Véase “Idea” y “Belleza“].

6.- Aristóteles. La Metafísica. La ciencia que estudia las primeras causas. O, mejor, en singular: la primera causa: “Dios” [Véase]. En mis cursos de Filosofía siempre, al final, terminamos hablando de ese abismo. Es ineludible porque filosofar es, básicamente, preguntarse qué demonios es todo esto: qué está pasando aquí. Pero de verdad… Y, sobre todo, qué/quién tiene el poder. ¿El poder de qué?

7.- Ibn Arabí. El estupor maravillado. Ante lo que hay. Esta barbaridad. Por favor. Deja de leer y levanta la mirada a tu alrededor. Siente el “Esto”. La “Cosa”.

8.- Schopenhauer. El mejor filósofo es el músico: es el que expresa con más precisión la esencia del mundo. Pero en la metafísica de Schopenhauer el mundo no agota la totalidad del Ser.

9.- Nietzsche. El filósofo aumenta los hechizos al servicio de la vida: no es un desvelador de verdades, sino un artista constructor de verdades. Hay fertilidad disponible para eso y para mucho más.

10.- Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Estas once conferencias impartidas por Ortega y Gasset en 1929 constituyen una obra maestra del arte filosófico. No pueden dejarse de leer. Dice Ortega, entre muchas otras cosas: “El hombre se instalaba dentro de la física y cuando esta concluía seguía el filósofo todo derecho, en una especie de movimiento de inercia, usando para explicar lo que quedaba una suerte de física extramuros. Esta física más allá de la física era la metafísica -por tanto una física fuera de sí. Pero lo dicho antes anuncia que nuestro camino es el opuesto. Hacemos que el físico -y lo mismo el matemático, o el historiador, o el artista, o el político-, al notar los límites de su oficio, retroceda al fondo de sí mismo […] No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta ésta pues, no meta-física, sino ante-física.”

11.- María Zambrano. Filosofía y Poesía. Una vez más en este diccionario filosófico. También: Algunos lugares de la Poesía.

12.- Jean-FranÇois Lyotard: Porquoi philosopher?  “Pero nos preguntábamos si sirve de algo filosofar, pues la filosofía, según su propio testimonio, no encierra historial alguno, no concluye ningún sistema y, rigurosamente hablando, no conduce a nada”. Yo recuerdo a una señora que, tras un año de curso de Filosofía, me preguntó: Entonces, ¿qué? ¿Cuál es la conclusión? Yo no supe qué contestar y me limité a compartir una sensación: hemos nadado juntos por la Inmensidad. Hemos braceado por el Infinito. Para mí, al menos, ha sido una experiencia sublime, y no sólo en sentido kantiano.

Ahora procedo a exponer ideas propias. Algunas las he expresado varias veces, incluso han dado título a cursos enteros. Son éstas:

1.- La Filosofía para mí es una experiencia extrema: la más extrema que puede soportar mi mente. A partir de ahí -de ese límite- ubico la experiencia mística: esa llama de amor viva que incinera la nave del filósofo y al filósofo mismo [Véase “Cábala”]. De eso no se puede hablar. Pero de Filosofía sí. Y cuando el lenguaje filosofa construye edificios prodigiosos. Vivificantes para nuestras ilusiones.

2.- “Modelo de totalidad”. Es un concepto que acuñé hace algunos años y que desarrollé a lo largo de un curso entero (cuarenta conferencias creo que fueron). Mi intención era detectar desde dónde -desde qué previa estructura de la totalidad- se creen que están emitiendo su Filosofía cada uno de los grandes filósofos. Y qué se creen ellos ser cuando están segregando ideas. Este concepto, esta herramienta hermenéutica, me ha sido de una gran utilidad para, en lo posible, “entrar” en la mente de los filósofos -y de los “místicos” y de los “científicos”-. No se trata tanto de entender sus propuestas o sus descripciones sistematizadoras, sino su previo hábitat físico y metafísico, tal y como sus mentes lo tienen instalado.

3.- “Obras maestras del arte filosófico”. Es el título de un curso al que dediqué también un año entero. En esa ocasión quise visualizar las propuestas de los grandes filósofos como si fueran obras de arte. Pero no solo de arte “poético”, sino, sobre todo, arquitectónico: me fascinan, además de forma creciente, esos edificios en los que se quiere apresar lo que hay: esos “sistemas” que tratan de sobrevivir, de mantenerse en pie, entre las gigantescas olas físicas y metafísicas que zarandean el Ser.

4.- “Bailarina lógica”. Es otro de los conceptos que han surgido espontáneamente de mi actividad filosófica. En él se basa este diccionario. Sugiero leer la explicaciones y las emociones que comparto [Véase Bailarina lógica].

5.- “Filosofía”. En este momento es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría” (pero desde fuera de la “sabiduría”…. no se puede amar algo desde dentro). [Véase “Concepto” y “Cosmos“]. La Filosofía la entiendo como amor a los hechizos, a los infinitos cosmizados. Amor a la vida. Y, en mi caso concreto, amor -a muerte- hacia la vida que estoy viviendo en este rincón prodigioso de la Inmensidad.

6.- La Filosofía ofrece el espectáculo de los flujos entre la Apara-Vidya y la Para-Vidya [Véase]: es un ojo misterioso que contempla lo que ocurre en el espacio infinito de la mente (por utilizar una palabra que ya presupone un modelo de totalidad).

7.- ¿Qué no es Filosofía? El pensamiento algorítmico que busca sus nutrientes en los discursos que se le van presentando. Aquí hay miedo, hambre, inseguridad: se buscan materiales para solidificar los diques de contención intra-cósmica. No se oye. No interesa ver, sino resguardarse, comer, no sufrir.

8.- Es común decir que andamos buscando, buscando la verdad, y que no la encontramos, pero que la encontraremos algún día (si seguimos subiendo no sé qué escaleras). El buscador en realidad no busca verdades, sino calma, o quizás también, en ocasiones, ilusión, antídotos contra el aburrimiento. La verdadera Filosofía, en mi opinión, se practica desde un encuentro radical y desbordante: la experiencia de la existencia. Repito lo que escribí en “Existencia” [Véase]. No se puede encontrar nada más descomunal. El lenguaje luego, aturdido, sobre-excitado, quiere atrapar lo que le tiene a él atrapado: lo que le envuelve y, a la vez, lo constituye (soy consciente de que estoy tratando al lenguaje, gramaticalmente, como si fuera una persona).

9.- Es común encontrar la palabra “Filosofía” unida a la palabra “problema”. “Problemas filosóficos”. José Ferrater Mora, en su impecable Diccionario de Filosofía, al ocuparse de esta palabra, empieza diciendo: “Entre los problemas que se plantean con respecto a la filosofía figuran […]”. Para mí la Filosofía -siempre en mayúscula- ha sido siempre un regalo, una especie de sustancia mágica, vivificadora. Sé que algunos de vosotros habéis notado, cuando practicamos la Filosofía, como si de pronto desembocara en vuestro pecho un manantial de agua fresca y como si surgieran decenas de arco iris en los horizontes de vuestra mente. Podríamos decir que la Filosofía es el mejor antídoto posible contra la claustrofobia mental, contra el enrarecimiento de la atmósfera de nuestro cerebro. Y de nuestro corazón también. Quizás sea, dicho desde el modelo de totalidad cientista-cerebralista, que la Filosofía propicia, exige, una plasticidad cerebral casi infinita. Y eso no es sino un regreso al prodigioso mundo en el que vivimos cuando éramos niños: cuando el universo no estaba casi seco, reducido.

10.- Creo que los “sistemas de verdad” que busca el buscador -esas casitas de chocolate ontológico- no solo pueden necrosear los paisajes de nuestra mente, sino que, además, niegan la libertad y la creatividad del Ser. De lo que hay. Soy consciente de que estoy emitiendo una especie de “Verdad”. Pero no tengo forma de salir del lenguaje si quiero seguir practicando la maravilla de Filosofía.

Alguna vez he confesado a algún alumno, a algún amigo, lo que siento. Ahora lo voy a hacer, digamos, públicamente. Siento una sobreabundancia de “encuentros” y una dificultad, gloriosa pero agotadora, de gestionar esos “encuentros”: de pasarlos a textos, de compartirlos con los seres a los que amo: los seres humanos: vosotros.

Muchas veces  me siento como cuando era un niño y los Reyes Magos habían llenado de tesoros el salón de mi casa. Es como si ese momento se hubiera prolongado eternamente. Y me falta tiempo -y energía- para ocuparme de tanto tesoro. A veces siento incluso cierta ansiedad. Y mucho cansancio. El Yoga es el que se encarga de custodiar mi cordura. O eso espero al menos.

Lo confieso: no sé qué hacer con tanto encuentro: con tantas imágenes prodigiosas de esa Inmensidades que nos rodean y que nos constituyen. Por eso es para mí un verdadero regalo, casi una terapia, casi un sacramento, que haya gente que quiera compartir conmigo esas Inmensidades: y que quiera llevárselas al salón de sus mentes y de sus corazones.

Por último, quiero dar las gracias a la Filosofía, a esa fabulosa bailarina lógica: me ha regalado una vida impresionante; aunque un poco dura, por trabajosa.

Y quiero daros las gracias a todos vosotros (alumnos y lectores) por acompañarme con tanto cariño, con tanta paciencia y con tanto respeto.

Gracias desde el fondo sin fondo de mi corazón.

David López

Las bailarinas lógicas: “Muerte”

 

 

Con un intenso dolor en la carne de mi alma, dedico este texto a mi querido amigo Juan Picón, que falleció hace dos días.

La muerte…

¿Es la muerte, también, una simple palabra? ¿Se trata de una bailarina lógica, un puro hechizo lingüístico?

¿Es un mero concepto, una forma de nuestra mente, entre otras que hay que suponer infinitas? Parece que sí, pues cada discurso, cada cosmos, cada modelo de mente, tiene su propio modelo de muerte y lo siente con convicción… al menos ante la tribu. Otra cosa es lo que sentimos cada uno de nosotros en  nuestra ‘metafísica íntima’: esa zona privadísima que no publicitamos: eso que, según se suele decir, quedaría ‘manchado’ si lo contamos a otros.

La muerte: uno de los más descomunales misterios. ¿Qué es? ¿Por qué es tan misteriosa? ¿Es el fin de una determinada configuración de Materia? ¿Es una transformación de la Materia? Lo que yo creo que es la Materia se puede leer entrando físicamente en este símbolo que he subrayado.

¿Es la muerte una puerta de entrada a otro mundo? ¿Podemos contactar con ese mundo? ¿Nos pueden seguir amando, y ayudando,  nuestros seres queridos, desde esa otra realidad? ¿Y nosotros a ellos desde aquí?

¿Hay vida después de la muerte? Pero, ¿alguien sabe exactamente qué es eso de “la vida”?

¿Cómo podemos saber que no hemos muerto y que no hemos ingresado en otro plano de lo real?

Recuerdo un sueño especialmente angustioso: una especie de samsara acelerado, arrollador, como una catarata de mundos sucesivos. Yo soñaba y creía despertar. Ese despertar me aliviaba porque el mundo en el que ingresaba me parecía sólido, real, fiable: vida verdadera por fin. Pero resultaba que aquello era también un sueño, una farsa de mi mente, y volvía a despertar en otra realidad ya sí verdadera, y de nuevo respiraba aliviado… Y así fui despeñándome entre mundos que parecían infinitos, todos con olor a vida real, todos finalmente convertidos en materia delicuescente.

Materia delicuescente. Eso es un sueño. Eso es la vida.

Hay quien sostiene que las religiones sirven para calmar el miedo a la muerte. Yo creo que se tiene mucho más miedo a la vida. Moksa [Véase] significa precisamente liberación… de la vida: de la vida que hay siempre después de toda vida: la cadena de las reencarnaciones, al parecer movida por implacables leyes morales.

Ante un tema como la muerte voy a sugerir un talante hiper-empírico, esto es: que dejemos ahí, sobre la mesa de nuestro taller de filósofos, todos los hechos que alguna vez se hayan presentado ante nuestra conciencia, no solo los que estén permitidos por uno u otro modelo de realidad. No seamos tan obedientes. La Filosofía es libertad extrema, lucidez extrema, belleza extrema, amor extremo. Por eso en muchas ocasiones es insoportable. Por eso en el fondo muy pocos seres humanos la quieren, la soportan.

Mis dos padres fallecieron hace pocos años. Antes de su muerte nos unía un amor descomunal. Ese amor ha ido creciendo con los años. Y no solo eso: también ha ido creciendo la sensación de llevarlos ‘dentro’ (¿dentro de qué?), como si yo estuviera misteriosamente embarazado de ellos, de los dos. También me ocurre que en ciertos momentos de mi vida siento su voz, su aviso, diciendo sí, o no, o que te vayas ahora mismo, o cuidado, que te están engañando.

Soy plenamente consciente de la facilidad con la que se podría desplegar un modelo de realidad que redujera mis sensaciones a pueriles fantasías, a mecanismos de mi mente capaces de proporcionar sedantes a mi dolor. Pero cualquiera de esos modelos, a su vez, podría ser reducido a una nada de palabras y de leyes huecas si son observados desde las atalayas de la epistemología moderna: la que nos dice, básicamente, que no descartemos ningún modelo de realidad: y que no demos por definitiva, por probada, ninguna ley física ni metafísica (si es que, en realidad, hay leyes que regulan lo que hay y lo que pasa).

Dolor. La muerte de nuestros seres queridos nos causa un dolor atroz. Pero hay quien al morir deja su habitación convertida en un  lago de luz. Fue el caso de mi madre. También ocurre a veces que un dolor puede ser más bello que un placer. La vida es una sofisticadísima obra de arte. La muerte también. Es lo mismo.

Empíricamente solo se ha comprobado la desaparición de lo objetivo, nunca de lo subjetivo: vemos morir a las personas y a otros seres vivos. Vemos que no están más ahí (en lo que se presenta ante nuestros sentidos ordinarios). ¿Veremos cómo muere ese ser (cuerpo-mente) con el que ahora nos identificamos?

Creo que sí.

Muerte. Vida. Los misterios arden –gloriosos, imponentes- en nuestras mentes de filósofos, porque todos somos filósofos, todos podemos activar en plenitud nuestra condición humanísima.

Mi madre, Julia, antes de morir, estaba segura de que se iba a reunir con su marido -Alfonso-, que además era el hombre del que estaba enamorada, aunque no le pudiera ver. Yo sé que ese encuentro ha ocurrido. Y asumo el riesgo –académico, ideológico, etc.- que se deriva de esta afirmación. Pero creo que en Filosofía está antes la honestidad intelectual y, digamos, hiper-empírica, que la buena imagen académica o ideológica.

Creo que se muere de belleza. La razón es simple: parece obvio que cuanto más disminuye el yo, la conciencia del yo, mayor es la belleza que inunda dicha conciencia (recordemos las teorías estéticas de Schopenhauer y de Hegel). La muerte es una radical disminución del yo –aunque solo sea porque se pierde un cuerpo, bienes materiales, etc. Es, por tanto, una forma de hipertrofiar la belleza. Supongo que para que ocurra este prodigio sensitivo será imprescindible morir en paz: contemplar serenamente cómo se extingue la imagen de nuestro propio yo en la imagen, en el espejo de nuestro propio mundo. Supongo que algo igualmente grandioso debe de ser la contemplación de nuestra entrada en un mundo: nuestro nacer.

Algunos apuntes sobre modelos de muerte:

1.- Materialistas/Fisicistas/Cientificistas. Muerte como reorganización de piezas que ya estaban muertas. No hay muerte porque no hay vida.

2.- El alma individual. Su existencia y su inmortalidad. Metempsicosis y palingenesia. ¿Tenemos un alma o somos un alma? ¿Alguien se atreve a pensar qué puede ser exactamente eso de “alma”?

3.- Confucio. Mejor ocuparse del más acá de la muerte, no del más allá.

4.- Panteístas, hilozoístas, panpsiquistas. Todo es vida, consciente, sagrada. Tales de Mileto (el alma entreverada en la Materia; todo está lleno de dioses).

5.- El vedanta advaita de Shankara. No existe en verdad la muerte, porque no hay nada individual que pueda vivir ni morir. Solo existe Brahaman (Dios) y ese es nuestro único y verdadero ser (inmortal). Pero sí existen paraísos para el alma que todavía no ha superado el principio de individualidad. Caben paraísos dentro del Maya prodigioso en el que también está la vida. Pero esos paraísos no ofrecen la libertad. Son sacras fantasías.

Ahora ofrezco un haiku japonés del siglo XVIII que arde eternamente en mi pecho. Lo escribió un poeta llamado Wakyu cuando ya sintió que se moría. No lo leáis. Entrad en él y permaneced un rato largo… sintiendo toda la grandeza de esa muerte serena e ilusionada.

Al fin
me abro paso por la nieve espesa:
el camino del pincel.

Los haikus se escribían –se dibujaban- con pincel. Wakyu comparó el momento de acercarse a la muerte con el camino de la Poesía: con el caminar configurativo del pincel.

Creo que la sacra magia que nos envuelve y que nos constituye permite afirmar que la obra de arte de nuestra realidad (de nuestra vida en el mundo) puede estar siendo asistida desde ‘fuera del mundo’ por seres que nos aman, y que ya fallecieron, los cuales estarían actuando (moviendo sus pinceles) desde lugares cuya belleza solo sería soportable por los dioses; esto es: por los seres humanos en su estado puro.

¡Suerte con el pincel, Juan!

David López

Las bailarinas lógicas: “Lila”

 

लीला

“Lila”. Las dos vocales se pronuncian largas, sin prisa, como si estuviéramos en un ritual de magia sacra. Es una palabra que en sánscrito significa, entre otras cosas, juego. Juego sagrado. ¿Juego de quién? ¿Dónde? ¿Juego de Dios en la mente del hombre? ¿Por qué y para qué ese juego?

¿Y qué es, exactamente, eso de “jugar”?

Una pregunta fundamental en Filosofía es la siguiente: ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es todo esto que se nos presenta como mundo ante la conciencia? ¿Cuál es el gran secreto del mundo? ¿Lo queremos saber?

Quizás esta preciosa palabra sánscrita nos ofrezca una sobrecogedora inmersión en el  corazón del mismísimo Dios.

“Lila”. Ella quiere decirnos que estamos dentro de un juego: dentro del juego de Brahman: dentro de nuestro propio juego. Porque somos, en realidad, en nuestro ser verdadero, un mago descomunal auto-ocultado que opera en su propia carne/mente.

Me encontré por vez primera con una versión escrita de esta idea leyendo un libro de Luis Renou (El hinduismo, Paidós, Barcelona 1991). Y leí lo siguiente:

“El Linga-purana hace hablar a éste [a Brahman] en los siguientes términos: La conciencia fue creada por mí, y también la noción-de-yo en sus tres formas, la cual proviene de la conciencia; de ahí los cinco elementos sutiles, de ahí el espíritu y los sentidos corporales, el éter y las demás esencias, y lo que de ellas ha surgido: todo eso lo he creado yo, jugando” (p. 64).

Jugando…

Y pensé entonces en la seriedad y la inmensidad de mis juegos de niño. Yo recuerdo haber permanecido eternidades en mi habitación, con no más de cuatro años, sintiendo que estaba en el taller de los dioses: una zona muy seria, seria de verdad, fabricando realidad: entrando y saliendo de ella, con mis soldados y mis indios y mis vaqueros de plástico.

Un niño jugando en solitario es un Dios visible, disfrazado de animal vulnerable, que opera -que oficia- en un mundo invisible para los adultos.

Muchos años más tarde -ya autoexpulsado de ese taller sagrado- me sorprendí, casi me asusté, leyendo estas frases de Novalis:

“La naturaleza es, por tanto, puramente poética, y así el cuarto de un mago, de un físico, un cuarto de niños, un trastero y una despensa” (Novalis; Escritos escogidos, edición de Ernst-Edmund Keil y Jenaro Talens, Visor, 1984, p.120).

Y, finalmente, creo que debo decir que he sentido algo inexpresable ante los fenómenos de Second Life o los SIMS.

Este diccionario lo he ido denominando “Las bailarinas lógicas”. El término lo tomé precisamente de la mitología hindú: quería visualizar las palabras-bailarinas como sacerdotisas de un juego que Vak (la diosa de la palabra) juega en nuestra mente. Pero, ¿es nuestra esa mente?

“Lila”. Antes de exponer mis ideas sobre esta palabra crucial, creo que debemos detenernos en los siguientes lugares:

1.- “Lila” en el hinduismo. Se dice que como concepto aparece, por primera vez, en el Brahmasutra 2.1.33. El Gita, por su parte, en mi opinión, explicita una especie de videojuego sagrado. Hay que jugar al karma, pero con distancia, con conciencia de su sagrada artificialidad. Brahman sería el gran mago que se transforma a sí mismo en el mundo. La fuerza dinámica del juego-mundo sería karma (acción condicionada y condicionante… todo conectado con todo en el gran juego del universo). Hay instrucciones para jugar bien. Instrucciones que se envía el Gran Jugador a sí mismo.

2.- El libro de Job (en mi opinión, un desagradable juego entre Dios y el Demonio). Estudié este libro de la Biblia con especial profundidad gracias a un brillante curso de doctorado que impartió la profesora Isabel Cabrera en la Universidad Complutense de Madrid (“Un modelo para el estudio de la mística”). Hoy creo que, dentro de la narración cristiana, la histórica entrada de Dios en el mundo -Jesucristo- podría significar un insólito acto de amor (compasión, identidad incluso) hacia simples criaturas de su propio juego creativo.

3.- Novalis. En el fondo del mundo habría un mago jugando. Recomiendo, aparte de la ya citada, estas dos publicaciones:

  • Novalis (Plilosophical writings), traducción de Margaret Mahony Stoljar, State University of New York Press, Albany 1997.
  • Novalis (Gesammelte Werke), edición de Hans Jürgen Balmes, Fischer Verlag, Frankfurt 2008.

4.- Schiller. “Expresado con toda brevedad, el ser humano sólo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y sólo es enteramente ser humano cuando juega”. Esta frase de Schiller la recoge Rüdiger Safranski en su obra Romantik (Eine deutsche Affare). Edición española: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona 2009. Schiller cree que en el juego del arte el ser humano es verdaderamente libre. La belleza -el arte bello- conduce a la libertad porque aumenta la sensibilidad. Y el juego crea distancia, perspectiva, civilización en su grado máximo. El hombre como “homo ludens”. Safranski utiliza estas palabras (p. 43 edición española): “Por ejemplo, la sexualidad se sublima como juego erótico, ya así deja de ser meramente animal para volverse verdaderamente humana”. Sobre Schiller, aparte la ya citada de Safranski, creo que pueden ser interesantes las siguientes publicaciones:

  • Schiller: Cartas sobre la educación estética del hombre (trad. J.Feijóo y J. Seca), Anthropos, Barcelona 1990. Esta obra está disponible, gratis, y en su versión original aquí: http://gutenberg.spiegel.de/buch/3355/1
  • Rüdiger Safranski: Friedrich Schiller, oder die Erfindung des deutschen Idealismus, Munich 2004. Edición española: Rüdiger Safranski: Schiller o la invención del idealismo alemán, Tusquets, 2006.
  • F. C. Beiser: Schiller as philosopher, Oxford University Press, 2008.
  • Schiller: arte y política, Antonio Rivera García (editor), Editum (Ediciones de la Universidad de Murcia), Murcia 2010.

* Mi artículo sobre Rüdiger Safraski puede leerse [Aquí].

5.- Kierkegaard. Dios creó el mundo por aburrimiento. La palabra “aburrimiento” lleva “horror” dentro. ¿Horror a qué? Quizás lo único de lo que carece Dios es de carencia, y de amenaza, y de otredad. Quizás todo esto, para recibir existencia, requiere una fabuloso acto de auto-engaño, de auto-olvido: la omnipotencia quiere sacar de sí un lugar donde jugar a la impotencia. Y crea un mundo, que no es sino un fabuloso juego sagrado.

6.- Sartre. En su obra “La náusea” este filósofo expresa el hastío ante un determinado cosmos, ante una determinada configuración de universales [Véase “Universales”]. Le acecha un aburrimiento pre-creacional. Necesita un juego que le estimule para seguir jugando el juego de la vida. Necesita un nuevo mundo con sus desafíos lúdicos. [Véase “Ser/Nada”].

7.- Emilio Lledó [Véase]. En su obra Ser quien eres (Ensayos para una educación democrática), este autor apuntaba la necesidad de un nuevo discurso.  Nuevos hechizos en realidad (nuevos juegos en nuestra mente). Sugiero la lectura de la crítica que en su día hice de la citada obra de Emilio Lledó. Se puede acceder a ella desde [Aquí].

Lo que el baile -el juego- de la palabra “Lila” provoca en mi mente y en mi corazón es más o menos lo siguiente:

1.- ¿Qué es, exactamente, “jugar”? Creo que con esa palabra nos referimos a la creación de dificultades artificiales, inexistentes, para generar determinadas emociones. Se juega para emocionarse (para provocar determinadas secreciones hormonales, dirían quizás los materialistas/hormonalistas/cerebralistas). Quizás no se pueda vivir, en un cuerpo ‘físico’, sin determinadas secreciones. El sistema humano no estaría preparado para la ausencia de peligros, desafíos, conquistas, victorias, etc. Estamos ante creaciones de realidades virtuales. Jugar sería huir del aburrimiento, del horror del no-estímulo, de la no-vida. Una definición de juego podría ser ésta: “creación artificial de situaciones estimulantes”. En cualquier caso, no debemos olvidar que los animales también juegan.

2.- La clave de un buen juego estaría en ilusionar. La vida es ilusión en el sentido más amplio que pueda tener esta palabra. El mejor juego es el que más ilusiona: el que permite entrar -virtualmente- en un mundo de promesas y de amenazas.

3.- Pero creo que también se juega cuando no se juega. El juego meramente artificial supliría carencias del juego de la vida. ¿Qué juego es ese? ¿A qué estamos jugando? Creo que se trata de la lucha, constante, fascinante, por fabricar nuestro cosmos soñado, por hacerlo visible, habitable, para nosotros, y para nuestros seres queridos. Jugamos a cosmizar el infinito, el caos que nos amenaza. Jugamos el gran juego de la vida, que es jugar con Dios a que se perfeccione su Creación.

4.- El aburrimiento. La gran amenaza (decía Schopenhauer). Creo que dentro de no muchos años habrá seres humanos bostezando de tedio -sufriendo de absurdidad- frente a los ventanales de una casa construida en algún anillo de Saturno, al atardecer. El ser humano rutiniza, banaliza, cualquier prodigio. Por eso tiene que crear nuevos mundos, para no aburrirse. Tiene que crear nuevos cielos y nuevos infiernos muy ilusionantes. Las grandes narraciones de las ideologías políticas juegan ahí: creando grandes malos, grandes amenazas, grandes causas… para jugar, para seguir vibrando de emoción en el juego sagrado de la vida.

5.- En estados de meditación profunda no existe el aburrimiento [Véase “Meditación“]. Se podría decir entonces que solo se aburre la mente, o una determinada función del cerebro. Pero siempre regresamos al mundo -yo al menos-porque amamos este juego, esta ilusión. Lo cierto es que si convertimos la meditación en un elemento fundamental de nuestra rutina diaria, el juego de la vida aumenta su capacidad de fascinarnos. Y no sólo eso, sino que aumentan también nuestras capacidades de jugar bien. Es curioso: el juego de la vida se puede jugar mejor o peor. Si se juega bien, hay grandes premios: grandes experiencias. Y las instrucciones del juego están repartidas en varios soportes. Recordemos el Gita, entre otros manuales de ayuda.

6.- Un juego explícitamente artificial y especialmente exitoso en nuestra tribu es el fútbol. Se podría decir, desde Schiller, que es una muestra de civilización avanzada, de sublimación de fenómenos tan salvajes como la guerra entre grupos humanos. Impresiona ver cómo ese juego sacude y moviliza mentes, corazones y cuerpos. Se producen incluso fenómenos identitarios (de construcción del “Yo”) que, en ocasiones, pueden ser muy denigradores de la condición humana. [Véase “Yo“]. Hace algunos años escribí para el Diario 16 una columna sobre este poderoso juego. Se puede leer [Aquí].

7.- Las bailarinas lógicas. Los hechizos de las palabras. Los juegos del lenguaje. Creo sostenible que el mundo entero que se presenta como tal ante ‘nuestra conciencia’ -el universo, todos los dioses o no dioses, materia o energía, etc.- no es más, ni menos, que un juego del lenguaje: un gran juego de bailarinas lógicas a las órdenes de Vak (que sería uno de los avatares de Brahman; o de Dios, si se quiere). Nuestro mundo es un juego de palabras. Un juego del lenguaje, si se quiere evocar a Wittgenstein.

Y creo que cabe crear nuevos juegos, nuevos mundos, nuevos cielos bajo los que seguir ilusionándose sin perder el respeto al principio de veracidad. Caben honestas irrupciones de prodigios todavía por estrenar. Me refiero a nuevas ilusiones para ser compartidas por eso que llamamos “Humanidad” [Véase].

Porque creo que sin ilusión no hay sacralidad; y que sin sacralidad no hay Humanidad.

David López

Las bailarinas lógicas: “Yin-Yang”

 

 

Yin-Yang”.

Todos contemplamos, atónitos, desconcertados, fascinados también, el giro incesante de nuestras realidades interiores y exteriores. Todos hemos padecido las mutaciones del alma propia y del alma ajena: el bondadoso resulta ser un diablo, y el diablo, de pronto, nos mira con infinita ternura y nos tiende su mano -firme y cálida- cuando ningún santo nos la tiende. La naturaleza, a veces, nos ama y nos sublima con su belleza, y, otras veces, nos tritura y nos denigra sin piedad. Las laderas de las montañas del alma se encienden y se apagan bajo un cielo que no puede quedarse quieto: el estúpido es un sabio descomunal, y el sabio, o el santo, de pronto, se ubican, ante nuestro estupor, en los límites inferiores de la condición humana.

Yin-Yang”. Cambio, interpenetración y complementariedad de los contrarios. Creo que estamos ante una sola palabra que -según la tradición china- simboliza la maquinaria interior que mueve el mundo. Pero dentro de esa palabra única -“Yin-Yang“- en realidad bailan, abrazadas siempre, abrazadas incluso a su vísceras, y a las vísceras de sus vísceras, dos preciosas bailarinas que nacieron en China, en la China antigua, si es que China ha dejado de ser alguna vez “antigua”.

Y ese baile intimísimo refleja una terrible pero fértil tensión: no estamos ante dos fuerzas opuestas, sino complementarias. Ninguna de ellas puede vivir sin la otra. Las dos se desnutren recíprocamente. Nunca crecen ni decrecen juntas: cuando una de ellas se expande es porque la otra se reduce. Pero ese expandirse y reducirse provoca enseguida un cambio a sus contrarios: lo que sube empieza a bajar si alcanza su máximo, y lo que baja, cuando consigue una denigración suficiente, empieza a ascender. La luz se vuelve oscuridad y la oscuridad luz. El infierno se hace cielo. Y el cielo infierno. Todo girando, cambiando, sin que cambie nunca la realidad del cambio ni su lógica interna.

Así, instalando en su conciencia, mediante la palabra, siempre mediante la palabra, la realidad metafísica de este baile eterno, la sabiduría china quizás fue capaz de combinar la esperanza (todo horror transmutará en paraíso) con la prudencia (cuidado, considera que todo cambiará, toma precauciones, no te despreocupes demasiado en los tiempos de vacas gordas). Equilibrio. Prudencia. Templanza. Punto medio. Equilibrio. Evitar los extremos, los excesos.

Antes de exponer mis ideas sobre el Yin-Yang, voy a detenerme en los siguientes lugares:

1.- China. Me llama la atención el hecho de que su programa civilizacional básico siga casi  intacto, y que lo activara, según parece, una familia, los Shang, que dieron su nombre a esa zona del planeta y que la gobernaron entre los siglos XVII y XI a.C. De ellos proviene la escritura china, aún viva: bailarinas lógicas que surgieron del Río Amarillo hace milenios y que, a diferencia de las que aparecen en este diccionario filosófico, están dibujadas de cuerpo entero, no a pedazos, no con piezas lingüísticas inertes. También me parece destacable la relativa autarquía de China. La veo como una especie de animal viejísimo -ya casi un dios- donde el individuo humano, como tal, no habría alcanzado una ubicación ontológica determinante. Quizás China siempre fue, en general, comunista y burocratista. Salvo por la irrupción del budismo, no veo que este fabuloso organismo segregado por el Río Amarillo haya abierto su conciencia a conceptos como el de libertad o el de creatividad. Al ocuparme de Tao [Véase] ya expresé mi sensación de que el taoísmo,  si bien propiciaría una anarquía en lo social, arrojaría al individuo humano a una corriente natural, sí, pero hiper-legalizada: a una fuerza metafísica imparable con la que sólo cabría armonizarse. El budismo, por el contrario, como cosmovisión importada de la India, sí ofrecería a la mente china -y a su corazón- el concepto de la libertad absoluta: la posibilidad de salir de las ruedas de lo real, de liberarse del Tao incluso, entendiendo el Tao como ley universal.

2.- Significados para Yin-Yang. Parece extremadamente complicado fijar un significado único para estos símbolos. Se habla de débil (yin) y fuerte (yang), de femenino (yin) y masculino (yang), de oscuro (yin) y luminoso (yang), de tierra (yin) y cielo (yang).  En el I Ching (o Yijing según la transcripción fonética pinyin) encontramos un uso eficacísimo de dos tipos de trazos: el trazo partido (dos líneas consecutivas) que correspondería al concepto yin (quizás por su similitud con la vagina); y el trazo continuo, que correspondería a yan (quizás por su similitud con el pene). Jordi Vilá, en su introducción a ese libro descomunal  afirma que “el concepto del yin y el yang es una de las aportaciones más universales de la cultura china, que considera este binomio el mecanismo que mantiene el equilibrio de un sistema. Yin y yang no son, en absoluto, fuerzas primarias ni poderes cósmicos, sino “utensilios” de clasificación. Etimológicamente, los conceptos yin y yang se referían exclusivamente a las laderas sombría e iluminada de una montaña […] De esto no debe deducirse una noción antagónica de dualidad, sino un sistema dinámico de complementariedad y equilibrio, una visión cíclica y relativa del Universo, en la que el yin llegado al extremo originará el yang y viceversa; yin y yang no son cosas independientes, sino dos fases de un mismo fenómeno. Los textos canónicos Zhou que exponen la teoría del yin y el yang la relacionan con las diferentes técnicas de adivinación vigentes en tiempos de las antiguas dinastías. Se puede suponer que la teoría del yin y el yang apareció en la Edad del Bronce, en el seno de la casta chamánica, y que desde su origen se asoció con las ideas de adivinación y pronóstico” (Yijing, traducción, prólogo y notas del texto de Jordi Vilà; traducción, prólogo y notas del comentario de Wang Bi por Albert Galvany, Atalanta, Girona 2006, p. 19).

3.- Yin-Yang en la filosofía china. Estos conceptos alcanzaron un lugar decisivo en el pensamiento de Zou Yan (305-240 a.C.). Pero su desarrollo filosófico fue impulsado sobre todo por Dong Zhongshu (179-104 a. C.), un pensador de la época Han que escribió una obra cuyo título -de sublime belleza- fue algo así como “Rocío exuberante de los anales de la primavera y el otoño” (Chunqiu fanlu). En esta obra se muestra un modelo de totalidad en el que la tierra, el cielo y el hombre están íntimamente conectados.

4.- Yin-Yang en el I Ching (o Yijing).  La idea fundamental de este libro fundamental es la de cambio. Todo cambia sin cesar. Y ese cambio se produciría por la interacción de los opuestos Yin-Yang. El I Ching es un ser extraño, bello y abisal que forma parte de mi vida desde hace muchos años. Yo tengo la edición española de la traducción de Richard Wilhelm (Edhasa, Barcelona 1977). Con este libro, dentro de este libro, he vivido momentos decisivos en mi existencia. El prólogo que en su momento hizo Jung forma parte de las obras maestras del arte filosófico. Creo que, para el tema que nos ocupa ahora, hay dos símbolos fundamentales: Qian y Kun. El primero es Yang puro, es activo y se refiere al cielo. El segundo es Yin puro, es pasivo y se refiere a la tierra. Podemos pensar en la dualidad entre las diosas mediterráneas de la tierra y los dioses del cielo. También cabe pensar en la dualidad purusa-prakriti del Samkya indio. Pero desde la cosmovisión china (al menos la que está implícita en la doctrina del Yin-Yang) no cabe hablar de dualismos: dentro de las diosas de la tierra habría dioses del cielo. Y viceversa. Y dentro de la prakriti india habría siempre, y siempre debería haber, purusa (simplificando cabría decir que desde la doctrina del Yin-Yang no cabría pensar un alma sin cuerpo, ni lo contrario).

5.- Los diagramas. El más conocido es el Taijitu (literalmente “símbolo de lo más elevado, de lo más extraordinario”). Es un símbolo que muestra polaridad y movimiento; y que aparece también, con pocas diferencias morfológicas, en las culturas celta, etrusca y romana. En el caso chino, creo que se ha conseguido una gran expresividad filosófica al incluirse dentro de cada color un círculo del color contrario, el cual, según descubrieron los sabios chinos, siempre podría subdividirse en otro diagrama de dos colores entrelazados. Y así hasta el infinito. Hasta el infinito. Esto no debe olvidarse. Pero cabría, en mi opinión, ensayar un diagrama en el que dentro del Taijitu apareciera un símbolo que representara su otro absoluto… lo que está completamente fuera de esa rueda humana y cósmica y, por tanto, de todas sus leyes. Creo que ese sí sería un símbolo de “lo más elevado”: abarcaría lo que se presenta ante la conciencia y la conciencia misma (ese vacío infinito).

6.- Algunas fuentes sobre la filosofía china en general.

Sugiero estas dos páginas de internet:

–  www.sacred-texts.com (creada por John Bruno Hare)

–  www.sino-platonic.org. Esta última página está editada por Victor H. Mair (Departamento de lenguas y civilizaciones asiáticas de la Universidad de Pennsylvania) y ofrece una gran cantidad de ensayos sobre la cultura china en general.

Y como obras sobre la filosofía china sugiero las siguientes:

– Feng Youlan: A History of Chinese Philosophy, 1934 (Princeton University Press, 1983, traducción de Derk Bodde.).

– Marcel Granet: La pensée chinoise, Paris 1934.

-Needham, Joseph: Science and Civilization  in China, Cambridge University Press, 1954-2016 (7 volumes in 25 books).

– Bauer Wolfgang: Geschichte der chinesischen Philosophie. Konfuzianismus, Daodismus, Buddhismus, München 2001.

– Chantal Maillard: La sabiduría como estética (China: confucianismo, taoísmo y budismo), Akal, Madrid 1995.

– Encyclopedia of Chinese Philosophy (ed. Antonio S. Cua, Routledge, 2002).

Expongo a continuación algunas de mi ideas sobre el concepto Yin-Yang:

1.- Ying-Yang. Cambio permanente. Y reglado. Pero el cambio es imposible -ilógico. Como es imposible -ilógico- el movimiento (recordemos, no dejemos de hacerlo, a Zenón de Elea). En realidad, a mi juicio, todo lo que ocurre es imposible (porque todo lo que ocurre es puramente mágico). En cualquier caso, para que pudiera haber cambio debería mantenerse inmutable un observador (precisamente el que afirmara ese cambio… el que ve que se modifica la estructura de lo que se presenta). Pero ese observador, según la tradición china, al menos hasta donde yo llego, e, incluso, según la propia cosmovisión de la Física actual, está también sacudido permanentemente por el gran baile que lo mueve todo. No habría por tanto dónde ubicar un punto  fijo desde el que afirmar que, hace unos minutos, no había un halcón en el cielo y ahora sí lo hay.

2.- Creo -siento- que el cambio ocurre sólo en Maya (en los espectáculos de nuestra conciencia, o “mente”, “cerebro” si se quiere). El cambio es una fantasía (fantasía químico-biológica, para los que no quieran abandonar la cosmovisión neurofisiológista). Y ahí -en esa prodigiosa fantasía- sí cabe visualizar la tensión de contrarios complementarios. No obstante, esa tensión me parece finalmente lingüística (como todo lo que pueda aparecer en frases): el Yin-Yang presupone una determinada estructura de universales [Véase].  Se dice que Yang sería la ladera luminosa de una montaña, y Yin la sombría. Pero “montaña” o “ladera” son resultantes de una determinada forma mental: son producto de una de entre las infinitas formas de recortar lo que se presenta como real. Lo contrario de algo requiere asumir la realidad ontológica de ese algo. Pensemos en la posible tensión entre Dios y el Diablo (que requiere un teísmo). O en la tensión entre materia y antimateria (una tensión sólo posible si se asumen como reales los bocetos que ofrece la Física). [Véase “Física“].

3.-  Los cambios y su lógica interna sólo acontecen en los teatros de la conciencia. Son necesidades artísticas: resortes necesarios para que ocurra -para que sintamos- mundo en nuestras conciencias. En estado de meditación [Véase], y, por cierto, no sólo en ese estado, puede ocurrir que retomemos la conciencia de que siempre estuvimos quietos, ahí, en un taller meta-espacial y meta-temporal, capaces de cualquier Creación. Creación con mayúscula.

4.- El  modelo de totalidad implícito en la doctrina del Yin-Yang presupone una metafísica legaliforme. Tengo la sensación de que la mayor parte de los planteamientos filosóficos chinos (exceptuando los derivados del budismo, que es una sabiduría “importada”) ofrecen ideas para optimizar la posición del hombre dentro del cosmos. No veo en la filosofía-sotoriología chinas que se aspire a la transcendencia: el sabio chino quiere optimizar su estancia en la inmanencia. Los chinos buscan acomodo en un cosmos cambiante, pero cambiante según un orden que el sabio debe detectar. No se buscan, en general, salidas del sistema, sino optimización en el sistema. Los confucianos incorporarán la sociedad humana e, incluso, su burocracia, en un todo cósmico y sagrado. Los taoístas, en general, rechazarán ese socialismo radical, pero aspirarán a una fusión con una especie de burocracia cósmico-natural. En ambos casos, la libertad individual carecerá de sentido. Estamos ante metafísicas legaliformes. El budismo -esa sotoriología india- sería quizás la única forma de libertad -de libertad en sentido absoluto- que habría conocido el espíritu chino. Cabría afirmar que la sabiduría china es una imponente Apara-Vidya [Véase]. Y, hasta donde yo llego, que no es mucho, esa “sabiduría inferior” de China se basa en la búsqueda del equilibrio -la armonía- dentro de un universo de fuerzas cambiantes; y la búsqueda de técnicas que permitan canalizar, en beneficio del hombre, esas mismas fuerzas.

5.- Desde la cosmovisión de la neurofisiología moderna (que yo no comparto) cabría quizás sostener la hipótesis de que el Yin-Yang esquematiza, de forma rudimentaria, el funcionamiento de las dos partes del cerebro humano y su necesidad, fisiológica, vital, energética si se quiere, de mantenerse equilibrado [Véase “Cerebro“]. En el futuro intentaré investigar algo más esta posibilidad. Cualquier sugerencia o indicación será enormemente agradecida.

6.- Vuelvo a la posibilidad que apunté en los primeros párrafos de este texto: ensayar un Taijitu(el clásico diagrama del Yin-Yang) en el que se mostrara su propio contrario: el contrario del propio modelo de totalidad que ese símbolo quiere sujetar: lo absolutamente otro de lo que es pensado a través de esa tradición de sabiduría china. Quizás la dialéctica hegeliana ofrecería la posibilidad de suprimir y elevar el dualismo cambio-quietud; legaliformidad metafísica/libertad absoluta… [Véase “Aufhebung“].

Dios, como Dios metalógico [Véase], estaría más allá de los contrarios (incluso más allá de la tensión existencia/no existencia de Dios). Pero creo que lo que se nos presenta, ahora mismo, esto mismo, también puede serlo. El sistema Yin-Yang permite sobrevivir en un cosmos de palabras, pero no permite ver.

Para ver hay que estar en silencio. Ser el silencio. [Véase “Silencio“]. Más allá del baile del Yin-Yang.

En cualquier caso, espero tener tiempo para contemplar con sosiego el majestuoso aleteo de la civilización china. Esa mariposa descomunal.

David López

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Las bailarinas lógicas

 

 

En el Rig Veda hay un himno (el 10.125) que ríe y deslumbra desde hace más de tres mil años. En ese himno es la propia palabra la que habla de sí misma y de todo: “Aunque ellos no lo saben, habitan en mí”. Michel Foucault dijo milenios después: “No son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres” [Véase].

Este diccionario lleva por nombre “Las bailarinas lógicas”. Y todas sus palabras/bailarinas están unidas por “manos” o “supercuerdas” que, ante mi sorpresa, están tejiendo, lentamente, apasionadamente, un organismo cuyas dimensiones no puedo prever ahora.

Supongo que dedicaré mi vida entera a este diccionario. A este organismo lógico.

Los textos que he escrito sobre cada palabra son, en muchos casos,  simples presentaciones de conferencias y, en otros, no más que borradores de artículos. Todas las entradas de mi diccionario reclaman una redacción que sea, al menos, provisional. Pero no quisiera que esa redacción -esa imagen del fértil infinito interior de cada palabra- llegara nunca a ser definitiva (finita; final por tanto). Amo la vida (la vida infinita e inefable): y también amo la vida de estas criaturas.

Espero estar siendo capaz de compartir mi estupor maravillado ante  el gran espectáculo de baile que ofrecen las bailarinas lógicas. De baile metafísico si se quiere. Mi intención es dejar que bailen muchas palabras en la pista infinita de nuestra mente. Y de nuestro corazón.

Y creo que en algunos lugares de este diccionario se puede vislumbrar la transparencia -la sublime y casi omnipotente nada- de los cuerpos de estos seres prodigiosos: su temblor ontológico.

Creo que en la fotografía que hay en el cielo de este texto se aprecia esa transparencia. La bailarina que aparece es Wilfride Piollet.

* * * *

Y las bailarinas lógicas que ya viven y sueñan en este diccionario filosófico son las siguientes:

 

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