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Las bailarinas lógicas : “Libertad”


 

9 de abril de 2020.

Con ocasión de la convulsión civilizacional que ha provocado el corona virus entro de nuevo en el texto, en la carne, de una de mis bailarinas lógicas preferidas: la libertad. Llevo muchos días espacialmente confinado por imperativo legal. Sigo creyendo no obstante en las diosas-leyes, y venerándolas, aunque no sé si tanto como lo hace Sócrates en el Critón, platónico diálogo que nunca dejaré de recomendar lo suficiente.

Ante la amenaza de que los niveles de muerte y de pobreza en la Humanidad desborden lo admisible, los Estados [Véase] están optando, en su gran mayoría, por desactivar la libertad de movimiento espacial de sus miembros. Veo mis amadas montañas desde la ventana, muy lejos. Por primera vez en mi vida (y en la de cualquier ser humano) pasear por ellas es delito.

No puedo ver desde aquí, desde tantos kilómetros de distancia, los manantiales que hay en ellas. Agua que parece venir de otro mundo: limpia, poderosa, crucial para la vida, incluso para la vida del así llamado “Estado”, que no es nada sin seres humanos vivos, sin seres humanos hidratados.

Schopenhauer, como señalo más adelante en el presente texto sobre la libertad, afirmó que el ser humano, como individuo en este mundo (tú, yo), carece por completo de libertad, al igual que carecen de ella los anillos de Saturno o los corazones de las ballenas.  Pero también insistió en que eso que llamamos mundo, este descomunal show, no es todo lo que hay (no agota la totalidad del ser). Y que es precisamente nuestro verdadero ser el que ha creado este show  desde regiones metafísicas que no pueden ser siquiera pensadas desde aquí. No obstante, cabe, dice él, sentir ese lugar impensable en lo más profundo de nuestro pecho. Digamos con Schopenhauer que cabe sentir en nuestra más radical intimidad ese manantial de agua que viene de fuera del mundo para dar vida al mundo. Y la característica fundamental de ese agua sería la libertad (no cabe crear mundo, crear nada, si no es desde una libertad radical, abisal).

Spinoza, dos siglos antes de que Schopenhauer sublimara a Kant, afirmó que los gobiernos (los Estados en definitiva), por su propia supervivencia, deben respetar la libertad de pensamiento y de expresión del pensamiento de sus ciudadanos.

El corona virus empuja esta civilización a un enorme desafío de inteligencia, de valentía y de bondad (de Filosofía en definitiva). Sería un gran error, un error probablemente letal, tapar con cemento, aunque fuera cemento legal, los manantiales de libertad que brotan en las más excelsas montañas de nuestra mente (o de nuestro pecho, o de nuestra alma… Es igual). El movimiento ecológico debe alcanzar también nuestras mentes: lo que brota ahí vivifica y embellece todos los rincones del planeta y del universo entero, y hará posible que volvamos a abrazarnos. Y a besarnos.

Y lo que más me preocupa ahora, mientras espero que amanezca en Madrid y pueda ver, un día más, mis amadas montañas desde la ventana, es que no sean solo los Estados, sino también sus propios ciudadanos, los que (por miedo, o por agotamiento) echen ellos mismos  paladas de cemento en los manantiales de sus propias mentes. Y quizás también en la de sus vecinos, familiares y amigos.

Os dejo ya con el texto original:

* * * *

¿Qué es la libertad? ¿Somos libres? ¿Ser libre es poder hacer lo que se quiera? ¿Ser libre es poder auto-inocularse contenidos de conciencia paradisíacos? ¿Cuánto tiempo se puede sostener un paraíso sin un infierno que lo destaque?

¿Se puede elegir, en libertad, lo que se quiere querer? Mejor preguntado: ¿se pueden elegir formas de querer?

En 1839 la Real Sociedad Noruega convocó un concurso para obtener respuesta a esta pregunta:

¿Se puede demostrar la libertad de la voluntad humana por la autoconciencia?

Schopenhauer, que por aquel entonces agonizaba por un déficit de fama, se presentó al concurso y lo ganó.

Hay una frase en su escrito premiado que lo dice casi todo:

“El ser humano hace en todo momento sólo lo que quiere, y lo hace además de una forma necesaria. Ello se debe a que él es lo que él quiere ser: pues de lo que él es se sigue necesariamente lo que siempre hace.”

Sospecho que ese auto-artesano (ese demiurgo mágico) no puede seguir siendo un ser humano. Sólo Dios puede ser libre (es la aseidad, tal como fue entendida en la escolástica). Pero solo puede ser libre si, siendo Dios, es también Nada. Absolutamente nada. Porque ser algo ya es un condicionante, ya determina lo que se puede o no hacer: lo que se puede o no ser.

Creo que somos esa Nada prodigiosa. Esa nada mágica.

Me he asomado a la palabra “libertad” desde estas cuatro ventanas:

1.- Schopenhauer. Sobre la libertad de la voluntad[1]. Se trata de un texto fundamental de la metafísica schopenhaueriana. El tema crucial es la responsabilidad: si no somos libres no podemos pecar. Schopenhauer no va a renunciar a la responsabilidad moral de todo ser humano.

2.- Sartre: hay que ser ateos consecuentes y asumir que el hombre es un ser condenado a la libertad.

3.- La libertad –el Samadhi– como fin último del Yoga. ¿De qué hay que liberarse? Creo que debe leerse este libro ya clásico: Mircea Eliade: El Yoga. Inmortalidad y libertad.[2]

4.- La libertad política. No debe ser olvidada la recomendación que hace Spinoza en su Tratado teológico-político de Spinoza. Los gobiernos deben ofrecer libertad de pensamiento y de expresión del pensamiento para salvaguardar, curiosamente, el propio orden.

Ofrezco ahora algunos esbozos de lo que en un futuro será mi propia teoría de la libertad:

1.- Hay dos tipos de libertad: la absoluta (la propia de la Nada/el infinito/Dios metalógico) y la cosmizada (la que se despliega dentro de las posibilidades algorítmicas de un cosmos concreto, de una creación determinada).

2.- El ser humano –eso que sea el ser humano- no puede existir sin finitud, pero tampoco la soporta. Dicho desde el tema de la libertad: el ser humano está en una finitud elegida –una esclavitud necesaria- y, desde ahí, necesita expandirse, llevar al infinito el algoritmo que estructura, pero que a la vez expansiona, esa finitud (ese cosmos). Sería algo así como un infinito desplegado dentro de una finitud algorítmica.

3.- En política prefiero mantener el nivel de lo que en la filosofía india se conoce como apara vidya (conocimiento inferior, el conocimiento puramente útil, el que permite optimizar el estado de conciencia dentro del sueño de la vida, siempre que uno se siga creyendo que no es un sueño, que no es un autohechizo). Desde este nivel creo que merece la pena destacar que cuanto más débil y yermo es un sistema político, más claustrofobia produce y más violencia exige en su interior. Los totalitarismos (recordemos este neologismo de Hanna Arendt) son huertos yermos: o mentes entretejidas con materiales muertos (materiales poéticos muertos). Dado que ese tejido está seco y quebradizo, sus guardianes vigilan toda forma de arte o de pensamiento (¿hay diferencia?) que pueda dar entrada al peligroso viento del infinito (el Demonio al que se refería Stefan Sweig; la Libertad, podríamos denominarlo ahora). Pero, ¿somos libres para aceptar unas u otras ideas, para ser o no miedosos, para practicar o no la censura y la autocensura? En cualquier caso no cabe ningún tipo de existencia humana –ningún modelo de tribu- sin límite, sin una libertad confinada. Porque la ausencia de límite es ausencia de existencia. Y, sobre todo, impide el respeto –y la fascinación- por la libertad del otro.

Se me ha ocurrido traer aquí una imagen de la película La vida de los otros (escrita y dirigida, magistralmente, por Florian Henckel von Donnersmack): un hombre con el alma vertebrada por el logos marxista y el esqueleto integrado en el esqueleto del Estado de la RDA, vigila, ahíto de fervor religioso, como un aplicado anticuerpo, a un escritor, a un poeta, a alguien cuya mente y cuyo corazón son algo más traslúcidos y expansivos de lo normal.

No obstante sospecho que, desde fuera, todos los mundos, y los sistemas políticos también –sin excluir el democrático- muestran con claridad la solidez de sus barrotes.

Los barrotes son imprescindibles para que haya algo en la Nada. Y saludables. Dejan pasar el aire del infinito. Permiten respirar a los prisioneros. Pero un cosmos se asfixia si esos barrotes son tapiados por el miedo a lo meta-cósmico.

No es grave. Tras la muerte de un mundo, y sobre su muerte, nace otro. Y es que la fertilidad que nos acosa y nos da la vida carece de límite.

Sí es libre de verdad.

David López


[1] Hay una edición es español que se ha realizado a partir de la traducción de Eugenio Ímaz (con introducción y revisión de Ángel Gabilondo, actual ministro de Cultura). Es ésta:  Arthur Schopenhauer: Sobre la libertad de la voluntad, Alianza Editorial, Madrid, 2000.

[2] Este libro monumental está editado en español por la editorial Fondo de Cultura Económica. No es fácil comprarlo.

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