Archivo del Autor: David

Curso de Filosofía de la política (Un viaje por la historia de la Humanidad)

 

 

La crisis provocada por el coronavirus va a poner nombre a un nuevo capítulo de la fascinante historia de la Humanidad. Está todavía por ver cuál será la esencia, la textura fundamental, de ese nuevo capítulo, de esa nueva era.

Hoy, ahora mismo, muchos ciudadanos del mundo están asomados, con mirada filosófica, a sus ventanas (a las ventanas de sus casas y a las ventanas de sus dispositivos). Parecería que nos hemos puesto de verdad serios, graves, ante un futuro tan inquietante como fascinante. Hoy quizás sea el momento de plantearnos qué es exactamente eso de “Política”: ¿Cuál es la esencia, el motor crucial, de esos huracanes de ideas, de instituciones, de sueños y de demonologías recíprocas? ¿Cuál el sueño esencial, e irrenunciable, de la Humanidad? ¿Y qué es lo sagrado, lo intocable, de cada ser humano individual?

Este curso es un gigantesco viaje, un vuelo, y también un buceo ilimitado, a través de milenios, civilizaciones y mentes prodigiosas.

30 conferencias. 30 semanas. Todos los martes desde el 8 de septiembre de 2020 hasta el 6 de abril de 2021 (excepto el martes 5 de enero). A las 19:00 horas (Europe/Madrid). A través de la plataforma Zoom.

Puedes inscribirte en cualquier momento, aunque haya empezado el curso. Accederás a todas las conferencias ya grabadas y, de forma presencial, a las que todavía estén por ser impartidas.

El objetivo, aparte del inmenso placer de volar y de bucear, es contemplar bajo la luz descomunal de la Filosofía las distintas ideas políticas y sus creadores, así como los sistemas en los que dichas ideas se han encarnado. O no.

Empezaremos por la China antigua, pasaremos por la India védica, por las antiguas Grecia y Roma y, casi tres mil años después, llegaremos hasta el momento presente. Bueno, mejor dicho: llegaremos a lo que dentro de ocho meses sea el momento presente.

“Bibliografía a la carta”. Esto significa que cada alumno me tendrá a su entera disposición (gratuitamente) para aconsejarle sobre textos que pudieran ser de su especial interés. Así podrá  realizar, por así decirlo, un viaje personal, único, dentro del que ofrece este curso.

Importe de la inscripción para el curso entero: 125 euros. En esta cantidad está incluida la posibilidad de participar activamente (vía chat) en las 30 conferencias, el acceso en diferido a aquellas a las que no haya podido asistir y, como he indicado anteriormente, mi atención personal (vía correo electrónico) para la “bibliografía a la carta”.

Es un honor para mí iniciar con vosotros esta nueva gran expedición a lo más profundo del misterio de eso que llamamos “Política”. Hay en los milenios de nuestra Historia tesoros de ideas y de sentimientos todavía no utilizados. O no lo suficientemente. Y necesitamos esos tesoros para construir nuestro futuro.

[La inscripción se puede realizar desde este enlace]

 

PROGRAMA

1.- Introducción. ¿Qué es la Política? ¿Cuáles son sus presupuestos metafísicos, físicos y antropológicos? El tema de la libertad. El tema del progreso. Sociedad versus individualidad. Libertad versus orden. Creatividad versus tradición. [Ver grabación grátis]

2.- El confucianismo y el taoísmo en la China antigua. Estado versus Naturaleza. Orden social/orden cósmico. 

3.- La regulación de la posibilidad anti-sistema en la India antigua: los renunciantes.

4.- Los sofistas en la Grecia antigua. Escepticismo y nihilismo políticos versus esperanza en las reflexiones sobre política.

5.- Platón: Critón. La sacralización de las leyes. Libertad versus legalidad.

6.- Platón: República. ¿Cuál es el mejor sistema político?

7.- Aristóteles: Política. La facticidad de la esclavitud humana. 

8.- Cicerón. Inteligencia política en la Roma antigua. ¿Hay un Derecho natural -unas leyes eternamente  justas- que el ser humano puede descubrir en su conciencia si su intelecto es potenciado mediante la educación? 

9.- Agustín de Hipona: La ciudad de Dios. La fe en la llegada de un sistema político perfecto, sagrado, final. 

10.- Averroes. Exposición de la República de Platón. Brillantez política y metafísica desde el islam. 

11.- Kant: La paz perpetua. El misterio de la política contemplado desde las alturas de la filosofía kantiana. 

12.– Hegel: Lecciones de Filosofía de la historia universal¿Cuál -y de qué/quién- es el plan secreto que se despliega en la historia?

13.- John Stuart Mill. La sacralización de la libertad (y de la dignidad) humana. La abolición de la enseñanza estatal. La abolición del Estado. ¿Estamos dispuestos a tanta libertad, a tanta responsabilidad? 

14.- El comunismo. Marx. Un análisis metafísico y soteriológico. 

15.- Nietzsche y la teoría de la esclavitud. 

16.- “Sociedad abierta”. Henri Bergson [Leer artículo]. Karl Popper [Leer artículo].

17.- La Escuela de Frankfurt. Horkheimer. [Leer artículo]

18.- Marxismo-leninismo. Nazismo. Fascismo. Una reflexión sobre la violencia. Ideologías contrarias al “No matarás”. 

19.- Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.[Leer artículo]

20.- Simone Weil: El arraigo. Preludio a una declaración de deberes hacia el ser humano. [Leer artículo].

21.- Michel Foucault: Vigilar y castigar. Una teoría reticular sobre el poder. [Leer artículo].

22.- Jean-François Lyotard. La condición postmoderna [Leer artículo].

23.- Jürgen Habermas. La teoría de la acción comunicativa. [Leer artículo].

24.- Noam Chomsky. El socialismo libertario. [Leer artículo].

25.– Fukuyama: El fin de la historia/El fin del hombre. [Leer artículo].

26.- E. O. Wilson: La conquista social de la Tierra. [Leer artículo].

27.- Martha Nussbaum: Political emotions. [Leer artículo].

28.- Yuval Noah Harari. Homo Deus: Breve historia del mañana.

29.- Steven Pinker: En defensa de la Ilustración.

30.- Reflexiones finales. Vislumbres de la esencia y del futuro de la política. Una propuesta personal.

[La inscripción se puede realizar también desde este enlace]

 

 

The logical ballerinas: “State”

 

 

“State”. The Tao Te Ching says that it is a very spiritual apparatus. Very delicate. Is that “apparatus” made with the same material with which, according to Shakespeare, dreams are made? I think so. The world is a network of dreams and dreamers.

But the historic pandemic caused by the coronavirus could transform such dreams into political nightmares. I mean a hypertrophy of the states because the human beings, out of fear, might eventually sacrifice the last cells of his sacred freedom. It could happen that human beings let (and beg) the states enter, and build, and rule, in the most sublime valleys and forests of his soul. That would be a great mistake, a huge sin indeed, since the state, by itself, lacks life, soul, magic, sacredness. It is nothing at all without the prodigy of the individual human being: you and me. The state can be a real threat to the ecology of the soul. But it can also be (before its necessary auto-erase) a guarantor: a kind of macro-priest of that sacred ecology. Our civilization should move in that direction.

“State”. What is that? Has anyone seen it? Has anyone been able to touch it, to smell it… to really love it?

Is the state a human creation or the human being a creation of the state?

The disturbing (but also somehow beautiful) image that lives in the sky of this text corresponds to an astonishing living being called Dictyostelium discoideum. It is also known as “slime mold”. I knew about its very existence reading this book: Emergence: The Connected Lives of Ants, Brains, Cities, and Software, by Steven Johnson. That mold seems to me a perfect image of a state. I will explain later.

Before expressing my ideas about what might be behind the word “state”, I think it can be very useful, as propaedeutic, to walk and listen through the following not exhaustive landscapes:

1.- Tao Te Ching. “The empire is a very spiritual apparatus. You cannot manipulate it. To manipulate it is to spoil it. To take it is to lose it”. I believe that “manipulating” it is simply corrupting it. Not setting it up at the service of the sacralization of -all- human beings.

2.- The sophists of ancient Greece. The state would be equivalent to a mixture of what they called “Polis” and “Nomos”. Is the state –polis/nomos– the enemy of human beings? Is it simply an instrument in the hands of the powerfull ones? Protagoras of Abdera: the state is a collective agreement derived from necessity (of inborn human weakness). Thrasymachus: the one who governs calls fair what satisfies his selfish interest. Gorgias: the state is at the service of the strongest (and the strongest is the one -human being- who dominates the word). We return to our goddess Vak, the word-goddess, who speaks and boasts of her own power in the Rig Veda [See]. As Gorgias seems to have thought, the (powerful/selfish)  human being would consider himself as the owner of that goddess. Michel Foucault or Claude Levi-Strauss, among many others, believed, or at least said, the opposite. Is the human word the one that governs the states, or do these govern human beings by virtue of a statistized word? Regarding the treasures of ideas available in ancient Greece, be sure to read these classic work: W. K. C. Guthrie: A History of Greek Philosophy (Cambridge University Press, 1969).

3.- Plato. Republic. The perfect state is the one ruled by philosophers (men and women).

4.- Augustine of Hippo and The City of God: the state should be a congregation of human beings who have common beliefs, and who share an object of their love. Augustine of Hippo distinguishes between a spiritual celestial city (civitas coelestis spiritualis), a spiritual earthly city (civitas terrena spiritualis) and a carnal earthly city (civitas terrena carnalis). There is a page in the Internet that I find extremely useful for anyone who wants to study this Christian thinker: http://www.augustinus.it/. And a work of great interest on the possible survival and transformation of the concept of “City of God” throughout history is the following: Étienne Gilson: Les métamorphoses de la cité de Dieu (Vrin, Paris 1952).

5.- Thomas Hobbes. Leviathan. The state as necessary and violent monster. That monster might be the only way to stop the “war of all against all”. Sad. Shameful. Don´t you think so?

6.- Baruch Spinoza (A Theologico-Political Treatise, Chapter XX): In a free state everyone is at liberty to think as he pleases, and to say what he thinks. Okay. It sounds beautiful. But an abyssal, wild metaphysical question arises: Are human beings free and powerful enough to master their own thinking-process? Schopenhauer would answer no. No as simple/pure human beings. But we are much more as only that…

7.- Nietzsche: Thus spoke Zarathustra. In the chapter entitled “Of the new idol”, the philosopher of the hammer says this: “There, where the state ends, take a good look my brothers! Don’t you see the rainbow and the bridges of the Super-human being?”  Based on these phrases by Nietzsche, it could be said that every state needs human beings who are able to overstep its frontiers in order to revive itself, from outside, with new ideas, new things to be loved collectively: new dreams to be dreamt in our network of dreamers. And such departure from the state would not necessarily involve a physical, spatial activity. It would be enough a certain mental capacity of auto-deprogramming: lucid and revivifying distance. Nietzsche actually considered himself a kind of therapist, a vitalizer of the human civilization. He believed in creating a radical-healthy logos that might raise up, and eventually transform, the state of consciousness of human beings.  It could be said that a political state is the image, the outcome, of a state of consciousness shared by human beings.

8.- Simone Weil: “A collective life that, while warmly encouraging each human being, leaves space and silence around it”. If you haven´t read these works, please do it: La pesanteur et la grâce (Plon, Paris 1988) and The Need for Roots: prelude towards a declaration of duties towards mankind. 

9.- The slime mold (Dictyostelium discoideum). Steven Johnson´s Emergence. The Connected Lives of Ants, Brains, Cities and Software (Scribner, New York 2001). The fundamental thesis of this work is that systems (such as cities for example) are organized “from the bottom up”, without a superior guide. Everything would work perfectly without anyone -any individual  intelligence- knowing how it works. The slime mold would be a prodigious biological system: a spontaneous congregation of individual living beings that temporarily cease to be several individuals and become one single individual: they start to yearn, to love, to be, the same. It seems to be a biological but also mystical process… That might be the core idea of a state: collective illusion, and also dangerous fusion. Collective, multilateral bewitchment (but also fragile and mutant, even deliquescent, bewitchment).

And now some personal reflections about the state:

1.- The issue of the state seems to me of capital importance. The human being -the individual- is radically social, and society, that multi-human body, is decisive for his development possibilities. And vice versa.

2.- The state as objectification and, at the same time, guarantor, of collective dreams. A bureaucratic god created by human beings (and creator of human beings) who uses violence and love, at the same time, to unite wills and fears and dreams. Let us think of that Escher’s painting in which two hands paint each other.

3.- The state is a very powerful being. It controls, to a large extent, education: the basic program of all human-dreamers. The state installs an entire cosmos in the consciousness of its citizens. It can be said that the so called  “universe” is stateized, because it is an educational, paradigmatic product. We don’t really know what the universe itself is like beyond our stateized models.

4.- The state discursively creates (theorizes) itself, as a god with a certain aseity. But, at the same time, the state ontologically depends on the stateized brains of its citizens to exist at all. The state is something thought, theorized, loved and feared by stateized souls. But once believed, thought, assumed, it deploys a huge physical power.

5.- A good state must create permanent illusions. Possible illusions. Its greatest threat is not, as Hobbes said, civil, permanent war, but boredom: the lack of illusion: the absence of spells capable of mobilizing us biochemically (to use a word accepted today by the educational system of this state of states we vaguely call “international community”).

6.- A disconcerting, metaphysically fabulous phenomenon: the state is a powerful source of emission of Logos (the educational system, the Law, the media, etc.), but that emission, at the same time, is nourished by the logical emission of its citizens. Where is the power? It seems to be ubiquitous.  Maybe God (understood as an infinite power) is whole everywhere. Even in every single word that is said.

7.- What might be the “state in itself”?  I mean: How might it look observed from outside of our stateized eyes?

8.- The state is a myth that makes itself, and also an invisible force that modifies matter at the service of that myth (weapons, for example, are radically material). It is pure pragmatic magic at the service of an idea.

9.- Which are the physical or even spiritual limits of the state? What are the boundaries between the state and “Nature” (as idea, as concept, as model)? None. [See “Nature”]. But it could also be said that the infinite magic burns (with conscious fire) in all the logical, physical and bureaucratic corners of all states. These artificial beings -the states- cannot escape the storm of wonders that shakes every corner of reality. Nothing can do it.

10.- From the Apara-Vidya [See], I would say that every state must have an inescapable objective: to open and free the eyes and the hearths of all human beings. And above all, it must be able to update human beings (to develop them fully). This actualization, as Aristotle would say, occurs when the human being fully activates himself as philosopher.

11.- Not only should Philosophy be fostered and loved by the state, but also the creativity of its individuals. Precisely from there (from the individuals) it obtains its nutrients, its life, its dreamlike texture, its illusionary power.

12.- The so attractive totalitarian, hyper-collectivist states, do first dry up the spiritual springs of their citizens and then they mummify themselves.

13.- In the spiritual state of meditation, the political state fully disappears. Every state must be able to give its citizens space and time so that they can meditate: be radically free. Thanks to those open spaces, to those unlimited silences, the infinite energy of what can´t be said will be able to enter and illuminate (and erase) the state.

14.- A state that fosters, with love and respect, Philosophy and Art and Mystics will have to endure -it and its citizens- very difficult and disquieting mental sets, but that tolerance will eventually facilitate human beings access to the sacred smell of fertility and beauty.  Only this way will be the state sublimated before its final and necessary extinction.

One day states (even the international community of states) will no longer be needed. Hobbes´ Leviathan will be part of our past. I hope so.

Human beings deserve that. And much more.

David López

This Philosophy blog does not have advertising or institutional support. And I don’t have the financial resources to sustain it and to develop it. However, I do have an enormous amount of ideas and philosophical projects still to be developed and communicated. For all these reasons, if you believe that the work I am offering here has value, please consider making a donation (through the “Donate” button). Your help can be decisive for the survival of this project. I give you my word.

Las bailarinas lógicas: “Estado”

 

 

“Estado”. Dice el Tao Te Ching que es un aparato muy espiritual. Muy delicado. ¿Estará -ese “aparato”- también hecho con la misma materia con la que, según Shakespeare, se hacen los sueños? Creo que sí. El mundo es una red de sueños y soñadores.

Pero podría ser que, con ocasión de la histórica pandemia provocada por el coronavirus, esos sueños mutaran en pesadillas, que los Estados se hipertrofiaran y que el ser humano perdiera, por miedo, su sacra libertad: que dejara que el Estado entrara, y edificara, y gobernara, en los más sublimes valles y bosques de su alma. Sería un gran error, pues el Estado, por sí mismo, carece de vida, de alma, de magia, de sacralidad: no es nada sin el prodigio del ser humano individual. El Estado puede ser una amenaza real para la ecología del alma. Pero puede ser también un garante (una especie de macro-sacerdote) de esa sacra ecología.

“Estado”. ¿Qué es eso? ¿Alguien lo ha visto? ¿Alguien lo ha podido tocar, oler?

¿Es el Estado una creación humana o al revés?

La inquietante imagen que vive en el cielo de este texto corresponde a un fabuloso ser vivo denominado Dictyostelium discoideum. También conocido como “Moho del fango”. Supe de él leyendo esta obra: Emergence, de Steven Johnson. Ese moho me parece una imagen perfecta de un Estado. Lo explicaré más adelante. Otra imagen perfecta de Estado es, en mi opinión, la que aparece en el video que incorporé en el texto que explica lo que entiendo por “Bailarina lógica” [Véase].

Antes de exponer mis ideas sobre eso que haya detrás de la palabra “Estado”, creo que puede ser muy útil, como propedéutica, caminar y escuchar por los siguientes parajes:

1.- El Tao Te Ching. “Poder amar al pueblo y gobernar el Estado, sin actuar”./ “El imperio es un aparato muy espiritual. No se puede manipular con él. Manipular con él es estropearlo. Cogerlo ya es perderlo”. (Tao Te Ching, traducción de Carmelo Elorduy, Tecnos, 2000). Creo que “manipularlo” es, simplemente, corromperlo. No ponerlo al servicio de la plenitud, de la sacralización del ser humano. Que el ser humano no sea el fin único del Estado, sino su medio, la materia de la que se nutra.

2.- Los sofistas de la antigua Grecia. El Estado sería equivalente a una mezcla de lo que ellos denominaron “Polis” y “Nomos”.  ¿Es el Estado –Polis/Nomos– el enemigo del hombre? ¿Es simplemente un instrumento en manos del poderoso? Protágoras de Abdera: el Estado sería un pacto colectivo derivado de la necesidad (de la connatural indigencia humana). Trasímaco: el que gobierna llama justo a lo que satisface su interés egoísta. Gorgias: el Estado al servicio del más fuerte; y el más fuerte es aquél -ser humano- que domine la palabra. Volvemos a nuestra diosa Vak (la palabra que habla y alardea de su propio poder en el Rig Veda). Tal como parece que pensaba Gorgias, el hombre (poderoso) se creería dueño de esa diosa. Foucault [Véase], o Levi-Strauss [Véase], entre muchos otros, creyeron, o al menos dijeron, lo contrario. ¿Es la palabra entonces la que gobierna los Estados, o gobiernan ellos en virtud de la palabra… estatalizada? Respecto de los tesoros de ideas disponibles en la antigua Grecia no dejéis de leer  estas dos obras: W. K. C. Guthrie: A History of Greek Philosophy (Cambridge University Press, 1969). Edición en español: Historia de la Filosofía Griega (Gredos, Madrid, 1988); y Sofistas: testimonios y fragmentos (introducción, traducción y notas de Antonio Melero Bellido, Gredos, Madrid 1996).

3.- Agustín de Hipona y la Ciudad de Dios: el Estado sería una congregación de hombres que tienen unas creencias comunes. Y que comparten un objeto de su amor. San Agustín distingue entre una ciudad celeste espiritual (civitas coelestis spiritualis), una ciudad terrena espiritual (civitas terrena spiritualis) y una ciudad terrena carnal (civitas terrena carnalis). Hay una página en internet que me parece de enorme utilidad para quien quiera estudiar a este gran pensador y sentidor cristiano. Es ésta: http://www.augustinus.it/. Y una obra de gran interés sobre la posible pervivencia y transformación del concepto de Ciudad de Dios a lo largo de la historia es la siguiente: E. Gilson:  Les métamorphoses de la cité de Dieu (Vrin, Paris 1952). Edición española: La metamorfosis de la ciudad de Dios (Rialp, Madrid 1965). En mis conclusiones afirmaré que todo proyecto político debe contar con un modelo de “Ciudad” ideal y amarlo. Y que cualquier Estado es, siempre, “civitas spiritualis”.

4.- Thomas Hobbes. Leviathan. El estado como monstruo necesario, y violento. Ese monstruo es es la única forma de frenar la “guerra de todos contra todos”. Triste. Vergonzoso. ¿No crees?

5.- Baruch Spinoza: Tratado teológico-político (Alianza editorial, Madrid 1986). Al final de esta obra se dice que “nada es más seguro para el Estado, que el que la piedad y la religión se reduzca a la práctica de la caridad y la equidad; y que el derecho de las supremas potestades, tanto sobre las cosas sagradas como sobre las profanas, solo se refiera a las acciones y que, en el resto, se conceda a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piense”. Creo que este consejo de Spinoza es de inmensa valía. Sin libertad de pensamiento y de expresión no hay persona humana.

6.- Nietzsche: Así habló Zarathustra. En el capítulo titulado “Sobre el nuevo ídolo”, el filósofo del martillo dice esto: “Ahí, donde termina el Estado, ¡mirad bien hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del Super-ser humano”. (Edición de Colli y Montinari, Deutscher Taschenbuch Verlag, München 1999, p. 64). A partir de estas frases de Nietzsche cabría decir que todo Estado necesita de seres humanos que se aparten de él para, así, revivificarlo con nuevas ideas: nuevas cosas a las que amar colectivamente: nuevos sueños que soñar en red. Y ese apartarse del Estado no tendría que implicar un acto ni siquiera físico. Valdría una cierta capacidad mental de -relativa- desprogramación: de lúcida y revivificante distancia. Nietzsche en realidad se consideró una especie de terapeuta de la civilización: creyó en la creación de algo así como un “logos azul” que podría modificar el estado de conciencia de eso que, desde este nivel de conciencia, llamamos “Ser humano”.

7.- Simone Weil: “una vida colectiva que, aun animando calurosamente a cada ser humano, le deje a su alrededor espacio y silencio”. Creo que no pueden no leerse: La pesanteur et la grâce (Plon, Paris 1988). En español: La gravedad y la gracia (Traducción e introducción de Carlos Ortega, Trotta, Madrid 2007). Y: L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain. En español: Echar raíces (Presentación de Juan-Ramón Capella, Trotta, Madrid 2014).

8.- El moho del fango (Dictyostelium discoideum). Me parece muy interesante este libro: Steven Johnson: Emergence. The Connected Lives of Ants, Brains, Cities and Software (Scribner, New York, 2001). Edición española: Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software (Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid 2003). La tesis fundamental de esta obra es que los sistemas (como las ciudades por ejemplo) se organizan “de abajo arriba”, sin una guía superior. Todo funcionaría perfectamente sin que nadie -ninguna inteligencia particular-sepa cómo funciona. El moho del fango sería un sistema biológico prodigioso: una congregación espontánea de seres vivos individuales que, temporalmente, dejan de ser varios y pasan a ser uno: pasan a querer, a amar, a ser, lo mismo. Yo sostendré que eso podría ser un Estado: ilusión colectiva. Pero frágil. Casi delicuescente.

Ofrezco a continuación algunas reflexiones personales:

1.- El tema del Estado -o la “Ciudad” en sentido amplio- me parece de importancia capital. El ser humano -el individuo- es social y esa sociedad, ese cuerpo, es determinante para sus posibilidades de desarrollo. Y viceversa.

2.- El Estado como objetivización y, a la vez, garante, de sueños colectivos, como una divinidad meta-antrópica, un Dios creado por el hombre y creador del hombre que usa la violencia, y el amor, a la vez, para cohesionar voluntades e ilusiones particulares. Pensemos en el cuadro de Escher en el que dos manos se pintan (se otorgan realidad, se configuran) recíprocamente.

3.- El Estado es un ser muy poderoso: controla, en buena medida, la educación: el programa básico de los soñadores. El Estado instala un cosmos entero en la conciencia de sus ciudadanos. Se puede decir que el universo entero es estatal, porque es un producto educacional. No sabemos como es el universo en sí: solo sabemos cómo es el universo que nos ha narrado el Estado.

5.- El Estado se crea discursivamente (se teoriza) a sí mismo, como un Dios con cierta aseidad. El Estado depende de los cerebros estatalizados de sus ciudadanos para existir en la materia, y también para recibir materia discursiva: el Estado es algo pensado, teorizado, por los ciudadanos estabilizados.

6.- Un buen Estado debe fabricar ilusiones permanentes. Ilusiones posibles. Un estado debe ser algo así como Dream Works. Su mayor amenaza no es, como dijo Hobbes, la guerra civil, sino el aburrimiento: la falta de ilusión: la ausencia de hechizos capaces de movilizarnos bioquímicamente (por utilizar una palabra aceptada hoy día por el sistema educativo de este Estado).

7.- Un fenómeno desconcertante, metafísicamente fabuloso: el Estado es una fuente poderosa de emisión de Logos (el sistema educativo, la Ley, medios de comunicación, etc.). Pero esa emisión, a la vez, está nutrida por la emisión lógica de sus ciudadanos: por lo que piensan y dicen. Estamos ante un flujo lógico impresionante y desbordante para nuestra inteligencia, digamos, estatalizada: el conjunto y la parte se autofecundan permanentemente: no se sabe dónde está el poder.

8.- ¿Cómo será el “Estado en sí”, esto es: no mirado a través de nuestra conciencia estatalizada?

9.- El Estado es un mito que se hace a sí mismo. Una fuerza invisible que modifica la materia al servicio de ese mito (armas, por ejemplo). Es pura magia pragmática al servicio de una idea. El Estado controla incluso la narración histórica. Es su raíz lógica. Su teogénesis. Creo que puede ser útil aquí leer la palabra “Historia” [Véase].

10.- “Ciudad de Dios”. Si por “Dios” entendemos la Idea superior a la que debe estar -o está de hecho- sometido todo lo que se entienda por “real”, cabría afirmar que todo modelo de Estado presupone la creencia en una “Ciudad de Dios”. La sociedad sin clases que soño Marx sería un ejemplo. Otro lo sería ese mundo de paz y armonía globalizada, basada en la Democracia, los Derechos Humanos (con mayúscula), etc. Otro lo sería una Humanidad completamente islamizada, sin un solo “infiel”.

11.- Creo que, mientras vivamos vertebrados con otros seres humanos, es crucial que amemos esa vertebración: que amemos el Estado; y que ese amor nos lleve a querer lo mejor para “él” (la mejor forma para “él” si se quiere, lo cual implicaría una constante vigilancia, y la asunción de algo así como un modelo ideal: una “Ciudad de Dios”). Y el Estado debe amar, incondicionalmente, a sus ciudadanos. A todos.

12.- ¿Cuáles son los límites físicos, o incluso espirituales, del Estado? ¿Cuáles las fronteras entre el Estado y la Naturaleza? Ninguna. Ya afirmé antes que tengo la sensación de que el universo (como modelo, como narración, como Cosmos) es estatal: forma parte de la estatalizada forma de mirar al infinito misterio (la magia) que nos envuelve y que nos constituye. [Véase”Naturaleza”].  Pero podría decirse también que esa infinita magia arde también (con fuego consciente) en todos los rincones lógicos y físicos y burocráticos de todos Estados. Esos seres “artificiales” no pueden escapar de la tormenta de prodigios que sacude todos los rincones de lo real. Nada puede hacerlo.

13.- Desde la Apara-Vidya [Véase] que yo venero, creo que un Estado debe tener un objetivo ineludible: encender los ojos, de los niños primero, y de los que no lo son después. Un Estado debe ser capaz de generar ilusiones sostenibles (para poder seguir soñando). Y, sobre todo, debe ser capaz de actualizar seres humanos (desarrollarlos en plenitud). Esa actualización, como diría Aristóteles, ocurre cuando el ser humano activa plenamente el filósofo que lleva dentro.

14.- Pero no solo la Filosofía debe ser propiciada y amada por el Estado, sino también la creatividad de sus individuos: precisamente de ahí obtiene él sus nutrientes, su vida misma, su textura onírica, su poderío ilusionante.

15.- Los estados totalitarios, hiper-colectivistas, primero secan los manantiales espirituales de sus ciudadanos y después, se secan ellos por completo.

16.- En “estado” de meditación desaparece el “Estado”. Pero, a su vez, un Estado debe ser capaz de entregar espacio y tiempo a sus ciudadanos para que puedan meditar. Pues será gracias a esos espacios, a esos silencios, como podrá entrar en el Estado la energía infinita de lo sagrado.

17.- Un Estado que propicie, con amor y con respeto, la Filosofía y el Arte sentirá muchos más vértigos, deberá asumir -él y sus ciudadanos- posturas mentales más difíciles, pero disfrutará -él y sus ciudadanos-, todos, del olor de la brisa de la fertilidad y de la belleza infinitas. Estará vivo de verdad: sublimado.

Cabría por tanto acuñar el concepto de “Estado sublimado” y luchar por su materialización: que ese Verbo se haga carne.

David López

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Curso online: Filosofía de la política (Un viaje filosófico por la historia de la Humanidad)

 

 

¿Quieres hacer conmigo un gigantesco viaje filosófico?

Es muy probable que la crisis provocada por el coronavirus ponga nombre a un nuevo capítulo de la historia de la Humanidad. Está todavía por ver cuál será la esencia, la textura fundamental, de ese nuevo capítulo, de esa nueva era.

Hoy, ahora mismo, muchos ciudadanos del mundo están asomados, con mirada filosófica, a sus ventanas (a las ventanas de sus casas y a las ventanas de sus dispositivos). Parecería que nos hemos puesto de verdad serios, graves, ante un futuro tan inquietante como fascinante. Hoy quizás sea el momento de plantearnos qué es exactamente eso de “Política”: ¿Cuál es la esencia, el motor crucial, de esos huracanes de ideas, de instituciones, de sueños y de demonologías recíprocas? ¿Cuál el sueño esencial, e irrenunciable, de la Humanidad? ¿Y qué es lo sagrado, lo intocable, de cada ser humano individual?

Este curso es un gigantesco viaje, un vuelo, y también un buceo ilimitado, a través de milenios, civilizaciones y mentes prodigiosas:

30 conferencias. 30 semanas. Todos los martes desde el 8 de septiembre de 2020 hasta el 6 de abril de 2021 (excepto el martes 5 de enero). A las 19:00 horas (Europe/Madrid). A través de la plataforma Zoom.

El objetivo, aparte del inmenso placer de volar y de bucear, es contemplar bajo la luz descomunal de la Filosofía las distintas ideas políticas y sus creadores, así como los sistemas en los que dichas ideas se han encarnado. O no.

Empezaremos por la China antigua, pasaremos por la India védica, por las antiguas Grecia y Roma y, casi tres mil años después, llegaremos hasta el momento presente. Bueno, mejor dicho: llegaremos a lo que dentro de ocho meses sea el momento presente.

“Bibliografía a la carta”. Esto significa que cada alumno me tendrá a su entera disposición (gratuitamente) para aconsejarle sobre textos que pudieran ser de su especial interés. Así podrá  realizar, por así decirlo, un viaje personal, único, dentro del que ofrece este curso.

Importe de la inscripción para el curso entero: 125 euros. En esta cantidad está incluida la posibilidad de participar activamente (vía chat) en las 30 conferencias, el acceso en diferido a aquellas a las que no haya podido asistir y, como he indicado anteriormente, mi atención personal (vía correo electrónico) para la “bibliografía a la carta”.

Es un honor para mí iniciar con vosotros esta nueva gran expedición a lo más profundo del misterio de eso que llamamos “Política”. Hay en los milenios de nuestra Historia tesoros de ideas y de sentimientos todavía no utilizados. O no lo suficientemente. Y necesitamos esos tesoros para construir nuestro futuro.

[La inscripción se puede realizar desde este enlace]

 

PROGRAMA

1.- Introducción. ¿Qué es la Política? ¿Cuáles son sus presupuestos metafísicos, físicos y antropológicos? El tema de la libertad. El tema del progreso. Sociedad versus individualidad. Libertad versus orden. Creatividad versus tradición.

2.- El confucianismo y el taoísmo en la China antigua. Estado versus Naturaleza. Orden social/orden cósmico.

3.- La regulación de la posibilidad anti-sistema en la India antigua: los renunciantes. 

4.- Los sofistas en la Grecia antigua. Escepticismo y nihilismo políticos versus esperanza en las reflexiones sobre política.

5.- Platón: Critón. La sacralización de las leyes. Libertad versus legalidad.

6.- Platón: República. ¿Cuál es el mejor sistema político?

7.- Aristóteles: Política. La facticidad de la esclavitud humana. 

8.- Cicerón. Inteligencia política en la Roma antigua. ¿Hay un Derecho natural -unas leyes eternamente  justas- que el ser humano puede descubrir en su conciencia si su intelecto es potenciado mediante la educación? 

9.- Agustín de Hipona: La ciudad de Dios. La fe en la llegada de un sistema político perfecto, sagrado, final. 

10.- Averroes. Exposición de la República de Platón. Brillantez política y metafísica desde el islam. 

11.- Kant: La paz perpetua. El misterio de la política contemplado desde las alturas de la filosofía kantiana. 

12.– Hegel: Lecciones de Filosofía de la historia universal ¿Cuál -y de qué/quién- es el plan secreto que se despliega en la historia?

13.- John Stuart Mill. La sacralización de la libertad (y de la dignidad) humana. La abolición de la enseñanza estatal. La abolición del Estado. ¿Estamos dispuestos a tanta libertad, a tanta responsabilidad? 

14.- El comunismo. Marx. Un análisis metafísico y soteriológico. 

15.- Nietzsche y su radical teoría de la libertad y la esclavitud. ¿Es posible crear un sistema político donde quepa el “Súper-ser humano” (el Übermensch)?

16.-  La Escuela de Frankfurt. Horkheimer. Cuando el marxismo ama apasionadamente al ser humano individual. [Leer artículo].

17.- Marxismo-leninismo. Nazismo. Fascismo. Una reflexión sobre la violencia. Ideologías contrarias al “No matarás”.

18.- “Sociedad abierta”. Henri Bergson [Leer artículo]. Karl Popper [Leer artículo].

19.- Ortega y Gasset: La rebelión de las masas. El peligro de los seres humanos-masa. La urgente necesidad de seres humanos-nobles. [Leer artículo].

20.- Simone Weil: El arraigo. Preludio a una declaración de deberes hacia el ser humano. [Leer artículo].

21.- Michel Foucault: Vigilar y castigar. Una teoría reticular sobre el poder. [Leer artículo].

22.- Lyotard [Leer artículo] versus Habermas [Leer artículo]. La condición postmoderna/Teoría de la acción comunicativa.

23.- Noam Chomsky. El socialismo libertario. [Leer artículo].

24.- Fukuyama: El fin de la historia y el último hombre/Nuestro futuro post-humano: Consecuencias de la revolución biotecnológica. [Leer artículo].

25.E. O. Wilson: La conquista social de la Tierra. Un gran sabio sobre el universo de las hormigas proponiendo ideas para la política humana. [Leer artículo].

26.- Martha Nussbaum. Political emotions: Por qué el amor es importante para la justicia. [Leer artículo].

27.- Yuval Noah Harari. Homo Deus: Breve historia del mañana.    

28.- Steven Pinker: En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. El “nuevo libro favorito” de Bill Gates.

29.- Repercusiones políticas de la crisis del corona virus.

30.- Reflexiones finales. Vislumbres de la esencia y del futuro de la política. Un propuesta personal.

[La inscripción se puede realizar también desde este enlace]

 

 

 

El corona virus y los sacros manantiales de la libertad

 

 

9 de abril de 2020.

Con ocasión de la convulsión civilizacional que ha provocado el corona virus, entro de nuevo en el texto, en la carne, de una de mis bailarinas lógicas preferidas: la libertad. Llevo muchos días espacialmente confinado por imperativo legal. Sigo creyendo no obstante en las diosas-leyes, y venerándolas, aunque no sé si tanto como lo hace Sócrates en el Critón, platónico diálogo que nunca dejaré de recomendar lo suficiente.

Ante la amenaza de que los niveles de muerte y de pobreza en la Humanidad desborden lo admisible, los Estados [Véase] están optando, en su gran mayoría, por desactivar la libertad de movimiento espacial de sus miembros. Veo mis amadas montañas desde la ventana, muy lejos. Por primera primera vez en mi vida (y en la de cualquier ser humano) pasear por ellas es delito.

No puedo ver desde aquí, desde tantos kilómetros de distancia, los manantiales que hay en ellas. Agua que parece venir de otro mundo: limpia, poderosa, crucial para la vida, incluso para la vida del así llamado “Estado”, que no es nada sin seres humanos vivos, sin seres humanos hidratados.

Schopenhauer, como señalo más adelante en el presente texto sobre la libertad, afirmó que el ser humano, como individuo en este mundo (tú, yo), carece por completo de libertad, al igual que carecen de ella los anillos de Saturno o los corazones de las ballenas.  Pero también insistió en que eso que llamamos mundo, este descomunal show, no es todo lo que hay (no agota la totalidad del ser). Y que es precisamente nuestro verdadero ser el que ha creado este show  desde regiones metafísicas que no pueden ser siquiera pensadas desde aquí. No obstante, cabe, dice él, sentir ese lugar impensable en lo más profundo de nuestro pecho. Digamos con Schopenhauer que cabe sentir en nuestra más radical intimidad ese manantial de agua que viene de fuera del mundo para dar vida al mundo. Y la característica fundamental de ese agua sería la libertad (no cabe crear mundo, crear nada, si no es desde una libertad radical, abisal).

Spinoza, dos siglos antes de que Schopenhauer sublimara a Kant, afirmó que los gobiernos (los Estados en definitiva), por su propia supervivencia, deben respetar la libertad de pensamiento y de expresión del pensamiento de sus ciudadanos.

El corona virus empuja esta civilización a un enorme desafío de inteligencia, de valentía y de bondad (de Filosofía en definitiva). Sería un gran error, un error probablemente letal, tapar con cemento, aunque fuera cemento legal, los manantiales de libertad que brotan en las más excelsas montañas de nuestra mente (o de nuestro pecho, o de nuestra alma… Es igual). El movimiento ecológico debe alcanzar también nuestras mentes: lo que brota ahí vivifica y embellece todos los rincones del planeta y del universo entero, y hará posible que volvamos a abrazarnos. Y a besarnos.

Y lo que más me preocupa ahora, mientras espero que amanezca en Madrid y pueda ver, un día más, mis amadas montañas desde la ventana, es que no sean solo los Estados, sino también sus propios ciudadanos, los que (por miedo, o por agotamiento) echen ellos mismos  paladas de cemento en los manantiales de sus propias mentes. Y quizás también en la de sus vecinos, familiares y amigos.

Os dejo ya con el texto original:

* * * *

¿Qué es la libertad? ¿Somos libres? ¿Ser libre es poder hacer lo que se quiera? ¿Ser libre es poder auto-inocularse contenidos de conciencia paradisíacos? ¿Cuánto tiempo se puede sostener un paraíso sin un infierno que lo destaque?

¿Se puede elegir, en libertad, lo que se quiere querer? Mejor preguntado: ¿se pueden elegir formas de querer?

En 1839 la Real Sociedad Noruega convocó un concurso para obtener respuesta a esta pregunta:

¿Se puede demostrar la libertad de la voluntad humana por la autoconciencia?

Schopenhauer, que por aquel entonces agonizaba por un déficit de fama, se presentó al concurso y lo ganó.

Hay una frase en su escrito premiado que lo dice casi todo:

“El ser humano hace en todo momento sólo lo que quiere, y lo hace además de una forma necesaria. Ello se debe a que él es lo que él quiere ser: pues de lo que él es se sigue necesariamente lo que siempre hace.”

Sospecho que ese auto-artesano (ese demiurgo mágico) no puede seguir siendo un ser humano. Sólo Dios puede ser libre (es la aseidad, tal como fue entendida en la escolástica). Pero solo puede ser libre si, siendo Dios, es también Nada. Absolutamente nada. Porque ser algo ya es un condicionante, ya determina lo que se puede o no hacer: lo que se puede o no ser.

Creo que somos esa Nada prodigiosa. Esa nada mágica.

Me he asomado a la palabra “libertad” desde estas cuatro ventanas:

1.- Schopenhauer. Sobre la libertad de la voluntad[1]. Se trata de un texto fundamental de la metafísica schopenhaueriana. El tema crucial es la responsabilidad: si no somos libres no podemos pecar. Schopenhauer no va a renunciar a la responsabilidad moral de todo ser humano.

2.- Sartre: hay que ser ateos consecuentes y asumir que el hombre es un ser condenado a la libertad.

3.- La libertad –el Samadhi– como fin último del Yoga. ¿De qué hay que liberarse? Creo que debe leerse este libro ya clásico: Mircea Eliade: El Yoga. Inmortalidad y libertad.[2]

4.- La libertad política. No debe ser olvidada la recomendación que hace Spinoza en su Tratado teológico-político de Spinoza. Los gobiernos deben ofrecer libertad de pensamiento y de expresión del pensamiento para salvaguardar, curiosamente, el propio orden.

Ofrezco ahora algunos esbozos de lo que en un futuro será mi propia teoría de la libertad:

1.- Hay dos tipos de libertad: la absoluta (la propia de la Nada/el infinito/Dios metalógico) y la cosmizada (la que se despliega dentro de las posibilidades algorítmicas de un cosmos concreto, de una creación determinada).

2.- El ser humano –eso que sea el ser humano- no puede existir sin finitud, pero tampoco la soporta. Dicho desde el tema de la libertad: el ser humano está en una finitud elegida –una esclavitud necesaria- y, desde ahí, necesita expandirse, llevar al infinito el algoritmo que estructura, pero que a la vez expansiona, esa finitud (ese cosmos). Sería algo así como un infinito desplegado dentro de una finitud algorítmica.

3.- En política prefiero mantener el nivel de lo que en la filosofía india se conoce como apara vidya (conocimiento inferior, el conocimiento puramente útil, el que permite optimizar el estado de conciencia dentro del sueño de la vida, siempre que uno se siga creyendo que no es un sueño, que no es un autohechizo). Desde este nivel creo que merece la pena destacar que cuanto más débil y yermo es un sistema político, más claustrofobia produce y más violencia exige en su interior. Los totalitarismos (recordemos este neologismo de Hanna Arendt) son huertos yermos: o mentes entretejidas con materiales muertos (materiales poéticos muertos). Dado que ese tejido está seco y quebradizo, sus guardianes vigilan toda forma de arte o de pensamiento (¿hay diferencia?) que pueda dar entrada al peligroso viento del infinito (el Demonio al que se refería Stefan Sweig; la Libertad, podríamos denominarlo ahora). Pero, ¿somos libres para aceptar unas u otras ideas, para ser o no miedosos, para practicar o no la censura y la autocensura? En cualquier caso no cabe ningún tipo de existencia humana –ningún modelo de tribu- sin límite, sin una libertad confinada. Porque la ausencia de límite es ausencia de existencia. Y, sobre todo, impide el respeto –y la fascinación- por la libertad del otro.

Se me ha ocurrido traer aquí una imagen de la película La vida de los otros (escrita y dirigida, magistralmente, por Florian Henckel von Donnersmack): un hombre con el alma vertebrada por el logos marxista y el esqueleto integrado en el esqueleto del Estado de la RDA, vigila, ahíto de fervor religioso, como un aplicado anticuerpo, a un escritor, a un poeta, a alguien cuya mente y cuyo corazón son algo más traslúcidos y expansivos de lo normal.

No obstante sospecho que, desde fuera, todos los mundos, y los sistemas políticos también –sin excluir el democrático- muestran con claridad la solidez de sus barrotes.

Los barrotes son imprescindibles para que haya algo en la Nada. Y saludables. Dejan pasar el aire del infinito. Permiten respirar a los prisioneros. Pero un cosmos se asfixia si esos barrotes son tapiados por el miedo a lo meta-cósmico.

No es grave. Tras la muerte de un mundo, y sobre su muerte, nace otro. Y es que la fertilidad que nos acosa y nos da la vida carece de límite.

Sí es libre de verdad.

David López


[1] Hay una edición es español que se ha realizado a partir de la traducción de Eugenio Ímaz (con introducción y revisión de Ángel Gabilondo, actual ministro de Cultura). Es ésta:  Arthur Schopenhauer: Sobre la libertad de la voluntad, Alianza Editorial, Madrid 2000.

[2] Este libro monumental está editado en español por la editorial Fondo de Cultura Económica. No es fácil comprarlo.

Este blog de Filosofía no cuenta con publicidad ni con apoyo institucional. Y yo no tengo recursos financieros para sostenerlo y para desarrollarlo. Sí tengo, sin embargo, una  enorme cantidad de ideas y de proyectos filosóficos todavía por desarrollar y por comunicar. Por todo ello, si tú crees que tiene valor el trabajo que estoy ofreciendo aquí, por favor, considera la posibilidad de hacer alguna donación (a través del botón “Donate”). Tu ayuda puede ser decisiva para la supervivencia de este proyecto. Te doy mi palabra.

Unas primeras reflexiones filosóficas sobre el coronavirus

 

 

19 de marzo de 2020.

Reviso el texto de mi bailarina lógica “Naturaleza” encerrado en una casa; aunque lo cierto es que no hay rincón del espacio que no tenga un tamaño infinito, sobre todo si en ese espacio hay seres amados. Visibles o invisibles. El amor amplifica y embellece el espacio. Los dos verbos hasta el infinito.

El Estado [Véase] -apoyado incluso en su para él irrenunciable ejército, y también en la práctica totalidad de las mentes que lo alimentan y son alimentadas por él-  no me permite salir de esta casa, salvo por razones de fuerza mayor. Ni siquiera para ir a la montaña. Ni siquiera se me permite pasear por “la Naturaleza”. Y es que al parecer un elemento de eso (de “la Naturaleza”) llamado coronavirus, podría ser una amenaza real para nuestro actual modelo de civilización.

Ese ser (el coronavirus) es invisible para nuestros ojos desnudos, pero, una vez visto con nuestros ¿artificiales? instrumentos [Véase “Maquina”],cabría decir que se trata de una especie de micro-planeta, o micro-monstruo geométrico, del que emergen algo así como llamaradas de fuego sólido, quieto, o cuernos, o quizás dientes, o anzuelos, con los que ese ser trata de agarrarse a ¿nuestro? cuerpo para conseguir vida en él, para reproducirse. Para serlo todo. Todo quiere serlo todo.

¿Es el coronavirus una especie de demonio? ¿Es natural? ¿Es bueno/malo? ¿O es que solo el ser humano puede ser bueno/malo? ¿No somos nosotros también Naturaleza? ¿No estamos nosotros también regidos hasta lo más profundo de nuestras entrañas moleculares por las mismas leyes que estructuran los virus, el vuelo de los pájaros al amanecer o la perfección matemática de los anillos de Saturno? ¿Cómo es posible que, siendo parte de la biomasa de este planeta, se nos acuse a los seres humanos de ser una amenaza para la sacra estructura de dicha biomasa?

Algunas configuraciones biológicas de este planeta afirman que la propia especie humana es un virus para dicho planeta: para esa esfera prodigiosa a la que, por otra parte, se le atribuye consciencia y, a la vez, una sacra mezcla de pureza y bondad, amenazadas ambas, al parecer, por nosotros, los asimétricos, pecadores y viscosos humanos. Y esa cosa (“el planeta consciente”) se estaría enfadando: estaría reaccionado con la furia letal del dios del Antiguo Testamento. ¿Somos entonces un virus consciente? ¿Malo? ¿Por lo tanto libre? ¿Nos  ha creado ese dios-Planeta? ¿Se equivocó entonces al hacerlo? ¿Quiere ahora ese enfurecido/moralista/esférico dios reparar su error, arrancar sin piedad esa página de su novela cósmica (esa en la que nos escribió)  y mandarnos a la nada de la muerte biológica para que, por fin, esa esfera, ese dios/planeta, pueda dar sus vueltas limpio ya, por fin, de pecado, diverso, cuajado de prístinas especies vegetales y animales, ya sí equilibrado, ya por fin de nuevo paradisíaco, en torno a la estrella solar?

¿Cabe por tanto atribuir responsabilidad, margen de maniobra, a un virus (al virus humano)? ¿Cabe libertad en una parte, solo una, de esa inter-penetrada amalgama de materia que se dice que es la biomasa? [Véase “Libertad”]

¿Es el coronavirus natural? ¿No lo es también el flujo de pensamientos que acuden ahora a mi mente y que provocan este golpeteo de mis dedos en el teclado de mi ordenador portátil?

¿Qué demonios es eso de “Naturaleza”? ¿Qué demonios es el coronavirus?

La humanidad, como consecuencia de esta pandemia, está autoinoculándose diversas narrativas, muchas de ellas auténticas demonologías. Y toda demonología presupone (y desencadena) siempre un elevadísimo grado de miedo y de estupidez. La Filosofía, que es la antítesis absoluta del miedo y la estupidez, puede servirnos para mirar a trasluz el tejido de esas secreciones, esos plásticos de palabras, que en muchos casos podrían arruinar los más excelsos océanos de nuestra mente.

En cualquier caso creo que estamos ante un nuevo, vertiginoso giro de ese símbolo descomunal que la antigua filosofía china llamó Taijitu: el que explicita la dinámica Yin-Yang [Véase “Yin-Yang”]. Nos espera una nueva configuración de las luces y las sombras del Ser (toda sombra lleva una intensa luz dentro; y toda luz una intensa sombra dentro). Nos esperan nuevas bellezas en definitiva.  Nuevas grandiosas obras de arte cósmico. Nuevas ocasiones para experimentar ese “estupor maravillado” que Ibn Arabi consideró característico de los grandes filósofos: un estupor maravillado que sin duda cabe sentir contemplando esta increíble -y aterradora- criatura de la “Naturaleza”:

 

“Naturaleza”. Del griego Physis. Del latín Natura.

Un nombre, una bailarina lógica, con la que, desde que dejé la sabiduría de mi misteriosa  infancia, mi mente se ha creído que podía atrapar algo que estaba ahí, ahí delante, y detrás, y alrededor, ¿y dentro?, provocándome grandes sensaciones. “Amar la naturaleza”. Yo la he amado locamente. Y la sigo amando de la misma forma. Ella -¿es hembra?-me ha proporcionado momentos que, por sí solos, han justificado el hecho mismo de vivir. Pero la “Naturaleza” también me ha proporcionado momentos terribles: en alguna ocasión, incluso, estuvo a punto de matarme: de digerirme, de transformarme dentro de su -poderoso, fascinante, sagrado, despiadado- taller de alquimia.   Recuerdo la espantosa belleza de las rocas y de los musgos y del cielo y del agua que me acompañaban, impasibles, mientras me iba muriendo de hipotermia en un paraje natural de sublime belleza, hace ahora trece años. Me salvé de milagro. ¿O realmente fallecí y no lo sé?

“Naturaleza”. ¿Qué se ama cuando se ama eso de la “Naturaleza”? ¿Es lo mismo que amar a “Dios? ¿Qué demonios es eso de la “La Naturaleza”? ¿Tiene acaso un “ser”? ¿Tiene sentido practicar una ontología de la Naturaleza?

Muchos de los pensadores/sentidores que la narración canónica de la filosofía occidental denomina “los presocráticos” titularon sus obras así: “Sobre la naturaleza”. En general quisieron ofrecer frases que simbolizaran el todo: lo que hay, ahí, en su conjunto más omniabarcante, y en su composición más íntima.

La “Naturaleza”. ¿Cómo es posible que haga sentir tanto… tanta “Belleza”… y tanto horror, a la vez? ¿Qué tiene? Para empezar, se podría decir, desde el modelo de mente de los filósofos naturalistas, que nos tiene a nosotros mismos. Y a ellos, claro, con sus propias teorías sobre lo natural. Sería una religiosidad extrema. Un vínculo -inevitable, inmune por completo a la falta de fe- entre el ser humano y todo lo que hay.

Este texto está encabezado por un conocido cuadro de Caspar David Friedrich en el que se representa a un ser humano contemplando “la Naturaleza”. Pero también cabría afirmar que la pintura muestra, simplemente, Naturaleza (ser humano incluido). O más aún: cabría afirmar que es también “Naturaleza” el conjunto formado por ese cuadro, sus óleos, la tela, el bastidor… y los óleos interiores de la fantasía del pintor… y estas mismas frases (como un oleaje de símbolos mojando la retina de quien ahora las lee)… y también los óleos psíquicos que pintan el alma de ese lector.

¿Qué es “Naturaleza”? ¿Qué no lo es?

Naturaleza. Natura. Hay quien ha considerado este concepto como contrario a “Cultura” (los sofistas de la antigua Grecia, o los taoístas, entre otros).

La tesis fundamental que intentaré expresar en este texto (aunque todavía como simple borrador) es la siguiente:

La “Naturaleza” es artificial: es un producto cultural: una opción ideológico-metafísica entre las muchas que ha ido generando y proponiendo el pensamiento del ser humano. La “Naturaleza” es una leyenda, un hechizo, como lo son todos los bailes de todas las bailarinas lógicas que jadean en este diccionario. La “Naturaleza” es el personaje -casi siempre no antrópico- de un cuento: una fantasía, como cualquier cosa que quiera presentarse como no infinitamente misteriosa. Aún así, creo que merece la pena adentrarse en esa leyenda: quizás también las leyendas sean “naturales”, tanto como las algas y los cetáceos que vibran, sueñan y son soñados en los oceános.

Antes de desarrollar con algo más de detalle esta tesis/sensación, creo necesario hacer el siguiente recorrido:

1.- Diferencia entre “naturaleza”, en minúscula, como esencia de las cosas y “Naturaleza”, en mayúscula, como cosmos (complexum omnium substantiarum). La ontología sería la disciplina filosófica que estudia el “qué” de cada cosa, su “esencia”, su “substancia”: su “naturaleza” (con minúscula).  No entro ahora a calibrar y diferenciar esas bailarinas metafísicas. Por otra parte, la “Naturaleza” (con mayúscula) sería, desde algunos modelos de mente,  todo lo que hay (o una región, una parte, de ese todo): un todo, o parte del todo, que estarían determinados por el tiempo, el espacio y la causalidad, siempre bajo el yugo de  leyes deterministas (o estadísticas, si es que se aceptan las propuestas de Heisemberg). Esa “Naturaleza” -esa fantasía en realidad- la estaría estudiando y dominando la Ciencia (la Física, la Biología, la Química, etc.) Así, desde esta cosmovisión (desde este hechizo) la esencia (la “naturaleza”) de todo sería la propia “Naturaleza” -ahora otra vez en mayúscula- según ese hechizo las describe: legaliforme, causal, formada por piezas -o energías, o leyes- inertes, absurdas, pero capaces de fabricar vida, inteligencia y conciencia.

2.- Civilización indo-aria. Las cuatro fases de la vida. Según señala Nikhilananda en la introducción a su edición de las Upanisad (Ramakrishna Vivekananda Center, Nueva York 1949, p. 4) el Veda ofrece un modelo de vida que, en su tercera fase temporal, abriría al ser humano la salida a “la selva” (al “campo” diríamos ahora). Esto está programado para el momento en el que ya han aparecido las primeras canas y la piel se ha arrugado (y los hijos son ya adultos). Del “campo” (de la “Naturaleza”) de esa civilización, tal y como fue vivida por algunos de sus miembros, surgieron unos textos -unas sagradas revelaciones- que llevan por nombre “Aranyaka”. De ellos se derivaron, en muchos casos, las Upanisad. En español hay una cuidada edición, a cargo de Consuelo Martín, de una de las primeras: Brihadaaranyaka Upanisad (Gran Upanisad del bosque), Trotta, 2002. Es curioso: se trataba de retirarse a la “Naturaleza” para contemplar a Brahman (Dios, más o menos), una vez apaciguado (no extinguido del todo) el ruido moral y religioso de la civilización. La Naturaleza como lugar privilegiado para la contemplación del Absoluto. Mucha gente me ha confesado que sólo en la Naturaleza ha podido sentir algo que, quizás, podría ser realmente excepcional, religioso, sagrado, o místico si se quiere. Hay quien ha sentido algo así en el cuerpo -natural ¿no?- de otra persona, gracias a eso que llamamos, muy esquemáticamente, “sexo”.

3.- El romanticismo alemán. Fue, entre otras cosas, una guerra poética para liberar la “Naturaleza” del cepo ontológico que había fabricado el cientismo materialista, el cual habría reducido esa “cosa” que tanto nos hace sentir a una especie de maquinaria de piezas muertas (átomos, moléculas), sacudidas por leyes ciegas e inconscientes. Contra esta -útil, sólo útil, momentáneamente útil- poetización de lo que hay y envuelve al ser humano, los románticos habrían querido recuperar el misterio, la Magia, la consciencia no humana, la inefabilidad, la libertad, la creatividad, lo sagrado: habrían querido hacer un boca a boca, urgente, apasionado, voluptuoso, a todas las hadas cuyo pecho había sido atravesado por los alfileres del materialismo cientista. Sigo recomendado, entre otras, la siguiente obra editada en español: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona, 2009. Mi artículo sobre Rüdiger Safranski puede leerse [Aquí]

4.- Ludwig Feuerbach: La esencia de la religión (Páginas de Espuma, Madrid, 2005; edición y traducción de Tomás Cuadrado). Feuerbach dio comienzo a esta obra afirmando lo siguiente: “El ente distinto e independiente de la esencia humana o Dios (en cuya descripción consiste La esencia del cristianismo), el ente que no posee esencia humana, propiedades humanas, individualidad humana no es otro, en realidad, que la naturaleza”. Y define así Feuerbach esa cosa que no es Dios ni es el hombre: “Para mí “”naturaleza”” (exactamente igual que “”espíritu””) no es más que un término general para designar entes, cosas, objetos que el hombre diferencia de sí mismo y de sus propias producciones y que agrupa así bajo el nombre colectivo de “”naturaleza””; pero en absoluto un ente universal, extraído y separado de la realidad, ni personificado o mistificado.”

La guerra de los poetas por configurar y, después, aquietar, el Kósmos Noetós (la arquitectura ideológica) de la mente humana. Para Feuerbach la “Naturaleza” (sus entes… sus universales en realidad [Véase “Universales]) son el ens realissimum: lo absolutamente real. No hay otra cosa. No cabe lo “sobrenatural”. Pero tampoco se nos aclara qué es lo “natural”.

5.- El movimiento ecologista. Creo que debe leerse -y analizarse críticamente, desapasionadamente- este polémico y conocido libro: Bjorn Lomborg: El ecologista escéptico (editado en España por Espasa, Pozuelo de Alarcón 2oo3). Lomborg sostiene en esta obra que el planeta en el que vivimos no está tan mal como afirma la mayoría de los movimientos ecologistas. Todo lo contrario: está cada vez mejor, y cada vez más gente vive mejor en él, lo cual no significa que no haya problemas y que no haya que seguir luchando para resolverlos. Lomborg -un profesor danés de estadística- se basa en informes oficiales emitidos por organismos internacionales. Carezco de recursos, por el momento, para valorar esta obra. Pero creo que debe ser leída, como praxis de una actitud filosófica que esté siempre atenta a la posibilidad de que las cosas no sean como parecen: una respetuosa, y analítica, y valiente, puesta en cuestión de lo no cuestionado.

6.- Otra obra que recomiendo especialmente, con ocasión de la palabra “Naturaleza”, está escrita, con extraordinaria belleza, por alguien que afirma no amar especialmente la Naturaleza. La obra es ésta: Felipe Fernández-Armesto: Civilizaciones (La lucha del hombre por controlar la Naturaleza), Taurus, Madrid 2002. Se trata, según afirma su propio autor (p. 16), de una “historia de la naturaleza, incluyendo en ella al hombre. A diferencia de otros intentos anteriores de escribir la historia comparada de las civilizaciones, éste está organizado en función de los diferentes entornos y no de periodos o sociedades”. La lucha del hombre contra la Naturaleza. ¿Es eso real? ¿Es eso posible siquiera? Felipe Fernández-Armesto cree que es lo definitorio de las civilizaciones. Y dice (p. 21): “Me emocionan las ruinas porque las veo como heridas que la civilización ha sufrido dentro de una batalla perdida contra la naturaleza. Por otra parte, el conocimiento de lo salvaje me merece todo el respeto e incluso la veneración, y me emocionan igualmente las heridas que el hombre inflige a la naturaleza”. Gran y apasionante batalla. ¿Es real? ¿No es el hombre, también, Naturaleza? ¿La Naturaleza guerreando contra sí misma? ¿O es que hay algo en el hombre -algo no natural, pecaminoso si se quiere- que amenaza el orden natural?

Expongo a continuación algunas ideas provisionales que provoca en mi mente la bailarina “Naturaleza”:

1.- Ya lo he repetido a lo largo de este breve texto: yo he sentido grandes cosas “ahí”. Grandes de verdad. Pero, ¿”ahí dónde”? Respondo -me respondo-: ha sido en lugares solitarios, muy abiertos, poco o en absoluto transformados por el ser humano. Daba igual si era un bosque, un llano desértico, una montaña, un río o una playa salvaje. ¿Por qué ahí? Se me ocurren algunas respuestas para salir del paso: por la cantidad y la pureza del oxígeno; por la “descontaminación” psíquica; por la desactivación de la vigilancia civilizatoria. No sé. Quizás se trate de lugares donde no ruge el alga lógica de la Humanidad (esa red psíquica, esos “ruidos” casi metafísicos, que emana las colectividades humanas y sus obras). Insisto: no sé.

2.- En cualquier caso, es simplemente una opción ideológica (o metafísica) sostener el dualismo que separa ontológicamente al hombre de la Naturaleza (una metafísica que está, curiosamente, implícita en el movimiento ecologista). Así, desde el naturalismo (como corriente filosófica) cabría reducir todo -todo- incluido el ser humano y sus sueños, a la Naturaleza. A “lo natural”. No habría entonces lucha alguna entre el hombre y la Naturaleza. El ser humano no sería -según consideran los movimientos ecologistas- el único malo posible dentro del orden natural: la única amenaza el sagrado equilibrio de la Naturaleza. El comportamiento -“anti-ecológico”- del ser humano sería tan natural y tan armónico como una esperada lluvia de primavera o los primeros brotes de los castaños.

3.- La “Naturaleza”, como adelanta al comienzo de este texto, es un producto cultural. Una fantasía. Una palabra con la que se ha sustituido a otras como Dios o Tao o Brahman (palabras que, por otra parte, nunca pudieron decir nada de su objeto).

Una mirada no ideologizada hacia eso que llamamos “Naturaleza” nos muestra, aquí, en lo que hay, el infinito inefable, que yo siento “sagrado”, por decir algo desde el lenguaje.

David López

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The logical ballerinas: “Nature”

 

 

March 25th, 2020.

I rewrite the text of my logical ballerina “Nature” locked inside a house, although the truth is that there is no corner of space that is not infinite in size, especially if there are loved ones in that space. Visible or invisible. Love amplifies and beautifies the space.

The State, supported even by its for him inalienable army, and also in practically all the minds that feed it and are fed by it, does not allow me to leave this house, except for reasons of force majeure. Not even to go to the inhuman mountains. I’m not even allowed to wander through “Nature”; because it seems that an element, a creature, of that (of “Nature”) called coronavirus, could be a serious threat to millions of humans beings, and ultimately for our current model of civilisation.

That creature (the coronavirus) is invisible to our naked eyes, but, once seen with our artificial  instruments [See “Machine”], it could be said that it is a kind of micro-planet, or a geometric micro-monster, from which emerge something like flames of solid, still fire, or horns, or perhaps teeth, or hooks: biological tools with which that “thing” tries to grip us and get life in our body so as to reproduce itself. To be everything. Every single thing wants to be everything.

Is the coronavirus a kind of demon? Is it natural? Is it good/bad? Morally neutral? Can only human beings be good or bad? Are we not also Nature, or part of it at least? Are we not also governed to the depths of our molecular entrails by the same laws that structure the viruses, the flight of birds at dawn or the mathematical perfection of Saturn’s rings? How is it possible that, being part of this planet’s biomass, we are accused (self-accused indeed) of being a lethal threat to the allegedly sacred structure of such mass?

From some models of mind is being vehemently asserted that the human species is a virus for this planet, whom they ascribe conscience and, furthermore, a sacred mixture of purity and goodness, threatened both, apparently, for us, the humans. And that paramount thing, “the conscious planet”, is said to be getting mad, increasingly mad, and reacting with the deadly fury of the Old Testament’s god. Are we then a conscious virus? A free thinking/acting virus? Has that “Planet-God” created us with its own matter, out of its own sacred flesh? Made that spheric Creator a great mistake creating us? Does now that enraged/moralistic God want to repair his biological/historical error, and ruthlessly tear out that page (the page were we were written) from his cosmic novel and dissolve us in its own flesh so that, finally, that sacred sphere (the planet Earth, that conscious god) can go on flying around the solar star, now once again pure, biologically diverse and balanced, free from the moral and physical human-pandemic?

Is it possible to attribute responsibility, therefore freedom, to that virus (to the human virus)? Is there freedom in one part, only one, of that interpenetrated amalgam of matter that is said to be the biomass? Can we thing that biomass as something with parts, something divisible?

Let’s go on philosophising. Is the coronavirus natural? Isn’t it also natural the flow of thoughts that now come to my mind and cause this tapping of my fingers on the keyboard of my laptop?

What the hell is Nature? What the hell is the coronavirus?

Humanity today, as a consequence of the coronavirus pandemic, is compulsively self-inoculating various narratives, many of them authentic demonologies. Theories about Evil. And the point is that every single demonology does always presuppose (and also trigger) a very high level of fear and stupidity. Philosophy, which is the absolute antithesis of fear and stupidity, can help us to look though the fabric of those blinding linguistic secretions, those plastics of words, which in many cases could ruin the most beautiful and wild and pure oceans of our mind.

Anyway, I think we are facing a new, vertiginous turn of that powerful symbol that the ancient Chinese philosophy called Taijitu: the one that explains the Yin-Yang dynamic [See “Yin-Yang”]. A new configuration of lights and shadows awaits us (all shadows have an intense light inside; and all lights have an intense shadow inside). Definitely new beauties await us ahead. Great new works of cosmic art. New opportunities to experience that “marvelled amazement” that Ibn Arabi considered characteristic of the great philosophers: a marvelled amazement that can certainly be felt while contemplating this incredible -and terrifying- creature of “Nature”:

 

“Nature”. From the Greek “Physis”. From the Latin “Natura”.

A name, a logical ballerina, with whom, since I left the wisdom of my eery childhood, my mind has believed that it could catch something that was out there, there in front, and behind, and around, (and inside?) me, causing me great sensations. “Loving nature”. I have always loved her madly. And I still love her the same way. She (is it female?) has provided me with moments that, by themselves, have justified the very fact of living. But Nature has also provided me with terrible moments. Some time ago, it even came close to killing me: to digest me, to transform me in its -powerful, fascinating, sacred, ruthless- alchemy workshop. I remember the dreadful beauty of the rocks and the mosses and the sky and the water that accompanied me, all of them impassive, while I was dying of hypothermia in a natural place of sublime beauty. I was saved by a miracle. Or did I really die? Are miracles part of Nature, or are they something that comes from beyond Nature? Is Nature the ultimate reality? Is Nature absolutely subdued to dictatorial rules? Is she therefore not free, not really creative? 

Nature. What do we love when we love that of “Nature”? Is it the same as loving God (understood as infinite freedom and creativity)? What the hell is that of Nature? Does it have an essence? Does it make sense to practice an ontology of Nature?

Many of the thinkers that the canonical narrative of Western philosophy calls “the pre-Socratics” titled their works thus: “On Nature”. In general, they wanted to offer phrases powerful enough to symbolized the whole: To say what is there, in its most all-encompassing set, and in its most intimate composition.

“Nature”. How is it possible that she makes us feel so much beauty, and so much horror, at the same time? It could be said, from the model of the mind of some thinkers, that she has, she owns, ourselves. And that she also owns those thinkers, together with their own theories about Nature. We are facing an extreme, inevitable religiosity. A religious link -completely immune to the lack of faith – between the human being and the rest of the reality.

This text is headed by a well-known painting by Caspar David Friedrich in which a human being is depicted contemplating “Nature”. But it could also be said that the painting simply shows Nature (human being included). Or even more: it could be said that “Nature” is also the set formed by that painting, its oils, the canvas, the frame … and the interior oils of the painter’s fantasy … and also these phrases you read now (like waves of symbols wetting your retina) … and also the psychic oils that paint the lenses though which you read and feel this text.

What is “Nature”? What is not? Is it the whole Being? Is the philosophical thought about “Nature” also part of “Nature”?

Nature. Nature. Some thinkers have considered this concept as contrary to “Culture” (the sophists of ancient Greece, or the Taoists, among others).

The fundamental insight that I will try to express in this text is the following:

“Nature” is something artificial. It is, paradoxically, a cultural product: an ideological-metaphysical option among many others that human thought has been generating and proposing. “Nature” is a legend, a spell, as are all the dances of all the logical ballerinas who gasp inside this boundless dictionary. “Nature” is the character -almost always not anthropic- of a story: a fantasy, like anything that wants to present itself as not infinitely mysterious. Still, I think it is worth living into that legend. Perhaps legends are also “natural”, just as the algae and cetaceans that vibrate, dream and are dreamed of in the oceans of this planet.

Before developing this insight in more detail, I think it could be useful to make the following journey:

1.- Difference between “nature”, in lowercase, as the essence of things, and “Nature”, in capitals, as organised set, as cosmos (complexum omnium substantiarum). Ontology would be the philosophical discipline that studies the “what” of each thing, its “essence”, its “substance”: its “nature” (lowercase). On the other hand, “Nature” (in capitals) would be, from some models of mind, everything that exists (or a region, a part, of that whole): a whole, or part of the whole, that would be determined by time, space and causality, always under the yoke of deterministic laws (or mathematical statistics, if the proposals of Heisemberg are accepted). That “Nature” would be studied and mastered by the so-called Science (Physics, Biology, Chemistry, etc.) Thus, from this worldview (from this spell) the essence (the “nature”) of everything would be “Nature” itself -now again in capital letters- as that spell describes them: lawlike, causal, made up of inert pieces -or energies, or laws-, pointless, but surprisingly capable of manufacturing life, intelligence, consciousness… and even models of herself.

2.- Indo-Aryan civilisation. The four phases of life. As Nikhilananda points out in the introduction to his edition of the Upanisad (Ramakrishna Vivekananda Center, New York 1949, p. 4), the Veda offers a model of life that, in its third phase of time, would open up the human being to “the jungle” (to wilderness could be said today). This is scheduled for the moment when the first gray hairs have already appeared in our heads and our skin has wrinkled (and our children are already adults). Out of that Indian jungle, out of the wild borders of that civilisation, emerged some sacred revelations, which are know as the Aranyaka. And from theses galaxies of texts were derived, in many cases, the mighty Upanisad. Human beings retiring to “Nature” in order to contemplate Brahman (the Absolute), once the moral and religious noise of their civilisation has been calmed (not completely extinguished thought). Nature as a privileged place for the contemplation of the Absolute. Many people have confessed to me that only in Nature have they been able to feel something that, perhaps, could be really exceptional, religious, sacred, or mystical if you like. Some people feel the same in the body -natural, right?- of another person, thanks to what we call, very schematically, “sex”.

3.- German romanticism. It was, among other things, a poetic war to free “Nature” from the ontological stocks that materialistic scientism had manufactured in order to reduce that “thing” that makes us feel so much into a machinery of dead pieces (atoms, molecules ) shaken by blind and unconscious laws. Against this useful, only useful, momentarily useful, poeticization of what exists and involves the human being, the romantics would have wanted to recover the mystery, the Magic, the non-human consciousness, ineffability, freedom, creativity, sacrality: They would have wanted to make an urgent, passionate, voluptuous mouth-to-mouth method of resuscitation to all the fairies whose chest had been pierced by the pins of scientistic materialism. I recommend the extraordinary book Romanticism, of Rüdiger Safranski. 

4.- Ludwig Feuerbach: The essence of religion. Feuerbach began this historic work by affirming that the entity distinct and independent of the human essence or God, the entity that does not possess human essence, human properties and human individuality is not other, actually, that Nature. But, surprisingly, Feuerbach seems to be as incapable of grasping and defining Nature as theologians are of grasping and defining God, and he confess that it is just a general term, a word used by humans in order to designate things different from himself and from his own human-productions. 

The war of the poets to configure and, later, to calm down, the Kósmos Noetós of the human mind. For Feuerbach “Nature” is the absolutely real. There is nothing else. There is no room for the “supernatural”. But the point is that we are not clarified what it is the natural.

5.- Environmentalism. I think that this controversial book should be read and critically, dispassionately analyzed: Bjorn Lomborg: The Skeptical Ecologist. Lomborg argues in this work that the planet we live on is not as bad as most environmental movements claim. On the contrary: it is getting better, more and more people are living better in it, which would not mean that there are no problems that need urgent solutions. Lomborg supports his ideas on official reports issued by international organizations. I have no resources, at the moment, to value this work. But I think it should be read, as praxis, as workout, for a philosophical attitude that should always be attentive to the possibility that things are not as they seem: a respectful, and analytical, and courageous, questioning the unquestioned.

And now, I convey the core ideas that the dancer “Nature” provokes in my mind:

1.- I have already repeated it throughout this short text: I have felt great things there. Really big. But “there, where”? I answer -I answer myself-: it has been in solitary places, very open, little or not at all transformed by the human being. It didn’t matter if it was a forest, a desert, a mountain, a river or a wild beach (or a wild human, erotic body). Why there? I can think of some aceptable answers: the quantity and purity of oxygen; the psychic decontamination; the deactivation of civil surveillance… I dont know. Perhaps these are places where the logical algae of civilisation does not roar (that psychic network, those almost metaphysical noises that emanate from human communities and their works). I insist: I do not know.

2.- In any case, it is simply an ideological (or metaphysical) option to sustain the dualism that ontologically separates man from Nature: a metaphysics that is surprisingly implicit in the environmentalism. Thus, from naturalism it would be possible to reduce everything -everything- including the human being and his dreams, to Nature. There would be no struggle between man and Nature. The human being would not be the only possible evil within the natural order: the only threat to the sacred balance of Nature. The“anti-ecological” behaviour  of the human being would be as natural and as harmonious as a spring rain or the first buds of chestnut trees.

3.- Nature, as anticipated at the beginning of this text, is a cultural product. A fantasy. A word with which others such as God or Tao or Brahman (words that, on the other hand, could never say anything about its object) have been replaced.

A non-ideological, non-confined look at what we call “Nature” shows us the magic, the brutal beauty -the sacrality- of any form of existence. Ours included.

David Lopez

Unas primeras reflexiones filosóficas sobre el coronavirus

 

 

19 de marzo de 2020.

Reviso el texto de mi bailarina lógica “Naturaleza” encerrado en una casa; aunque lo cierto es que no hay rincón del espacio que no tenga un tamaño infinito, sobre todo si en ese espacio hay seres amados. Visibles o invisibles. El amor amplifica y embellece el espacio. Los dos verbos hasta el infinito.

El Estado [Véase] -apoyado incluso en su para él irrenunciable ejército, y también en la práctica totalidad de las mentes que lo alimentan y son alimentadas por él-  no me permite salir de esta casa, salvo por razones de fuerza mayor. Ni siquiera para ir a la montaña. Ni siquiera se me permite pasear por “la Naturaleza”. Y es que al parecer un elemento de eso (de “la Naturaleza”) llamado coronavirus, podría ser una amenaza real para nuestro actual modelo de civilización.

Ese ser (el coronavirus) es invisible para nuestros ojos desnudos, pero, una vez visto con nuestros ¿artificiales? instrumentos [Véase “Maquina”],cabría decir que se trata de una especie de micro-planeta, o micro-monstruo geométrico, del que emergen algo así como llamaradas de fuego sólido, quieto, o cuernos, o quizás dientes, o anzuelos, con los que ese ser trata de agarrarse a ¿nuestro? cuerpo para conseguir vida en él, para reproducirse. Para serlo todo. Todo quiere serlo todo.

¿Es el coronavirus una especie de demonio? ¿Es natural? ¿Es bueno/malo? ¿O es que solo el ser humano puede ser bueno/malo? ¿No somos nosotros también Naturaleza? ¿No estamos nosotros también regidos hasta lo más profundo de nuestras entrañas moleculares por las mismas leyes que estructuran los virus, el vuelo de los pájaros al amanecer o la perfección matemática de los anillos de Saturno? ¿Cómo es posible que, siendo parte de la biomasa de este planeta, se nos acuse a los seres humanos de ser una amenaza para la sacra estructura de dicha biomasa?

Algunas configuraciones biológicas de este planeta afirman que la propia especie humana es un virus para dicho planeta: para esa esfera prodigiosa a la que, por otra parte, se le atribuye consciencia y, a la vez, una sacra mezcla de pureza y bondad, amenazadas ambas, al parecer, por nosotros, los asimétricos, pecadores y viscosos humanos. Y esa cosa (“el planeta consciente”) se estaría enfadando: estaría reaccionado con la furia letal del dios del Antiguo Testamento. ¿Somos entonces un virus consciente? ¿Malo? ¿Por lo tanto libre? ¿Nos  ha creado ese dios-Planeta? ¿Se equivocó entonces al hacerlo? ¿Quiere ahora ese enfurecido/moralista/esférico dios reparar su error, arrancar sin piedad esa página de su novela cósmica (esa en la que nos escribió)  y mandarnos a la nada de la muerte biológica para que, por fin, esa esfera, ese dios/planeta, pueda dar sus vueltas limpio ya, por fin, de pecado, diverso, cuajado de prístinas especies vegetales y animales, ya sí equilibrado, ya por fin de nuevo paradisíaco, en torno a la estrella solar?

¿Cabe por tanto atribuir responsabilidad, margen de maniobra, a un virus (al virus humano)? ¿Cabe libertad en una parte, solo una, de esa inter-penetrada amalgama de materia que se dice que es la biomasa? [Véase “Libertad”]

¿Es el coronavirus natural? ¿No lo es también el flujo de pensamientos que acuden ahora a mi mente y que provocan este golpeteo de mis dedos en el teclado de mi ordenador portátil?

¿Qué demonios es eso de “Naturaleza”? ¿Qué demonios es el coronavirus?

La humanidad, como consecuencia de esta pandemia, está autoinoculándose diversas narrativas, muchas de ellas auténticas demonologías. Y toda demonología presupone (y desencadena) siempre un elevadísimo grado de miedo y de estupidez. La Filosofía, que es la antítesis absoluta del miedo y la estupidez, puede servirnos para mirar a trasluz el tejido de esas secreciones, esos plásticos de palabras, que en muchos casos podrían arruinar los más excelsos océanos de nuestra mente.

En cualquier caso creo que estamos ante un nuevo, vertiginoso giro de ese símbolo descomunal que la antigua filosofía china llamó Taijitu: el que explicita la dinámica Yin-Yang [Véase “Yin-Yang”]. Nos espera una nueva configuración de las luces y las sombras del Ser (toda sombra lleva una intensa luz dentro; y toda luz una intensa sombra dentro). Nos esperan nuevas bellezas en definitiva.  Nuevas grandiosas obras de arte cósmico. Nuevas ocasiones para experimentar ese “estupor maravillado” que Ibn Arabi consideró característico de los grandes filósofos: un estupor maravillado que sin duda cabe sentir contemplando esta increíble -y aterradora- criatura de la “Naturaleza”:

 

 

“Naturaleza”. Del griego Physis. Del latín Natura.

Un nombre, una bailarina lógica, con la que, desde que dejé la sabiduría de mi misteriosa  infancia, mi mente se ha creído que podía atrapar algo que estaba ahí, ahí delante, y detrás, y alrededor, ¿y dentro?, provocándome grandes sensaciones. “Amar la naturaleza”. Yo la he amado locamente. Y la sigo amando de la misma forma. Ella -¿es hembra?-me ha proporcionado momentos que, por sí solos, han justificado el hecho mismo de vivir. Pero la “Naturaleza” también me ha proporcionado momentos terribles: en alguna ocasión, incluso, estuvo a punto de matarme: de digerirme, de transformarme dentro de su -poderoso, fascinante, sagrado, despiadado- taller de alquimia.   Recuerdo la espantosa belleza de las rocas y de los musgos y del cielo y del agua que me acompañaban, impasibles, mientras me iba muriendo de hipotermia en un paraje natural de sublime belleza, hace ahora trece años. Me salvé de milagro. ¿O realmente fallecí y no lo sé?

“Naturaleza”. ¿Qué se ama cuando se ama eso de la “Naturaleza”? ¿Es lo mismo que amar a “Dios? ¿Qué demonios es eso de la “La Naturaleza”? ¿Tiene acaso un “ser”? ¿Tiene sentido practicar una ontología de la Naturaleza?

Muchos de los pensadores/sentidores que la narración canónica de la filosofía occidental denomina “los presocráticos” titularon sus obras así: “Sobre la naturaleza”. En general quisieron ofrecer frases que simbolizaran el todo: lo que hay, ahí, en su conjunto más omniabarcante, y en su composición más íntima.

La “Naturaleza”. ¿Cómo es posible que haga sentir tanto… tanta “Belleza”… y tanto horror, a la vez? ¿Qué tiene? Para empezar, se podría decir, desde el modelo de mente de los filósofos naturalistas, que nos tiene a nosotros mismos. Y a ellos, claro, con sus propias teorías sobre lo natural. Sería una religiosidad extrema. Un vínculo -inevitable, inmune por completo a la falta de fe- entre el ser humano y todo lo que hay.

Este texto está encabezado por un conocido cuadro de Caspar David Friedrich en el que se representa a un ser humano contemplando “la Naturaleza”. Pero también cabría afirmar que la pintura muestra, simplemente, Naturaleza (ser humano incluido). O más aún: cabría afirmar que es también “Naturaleza” el conjunto formado por ese cuadro, sus óleos, la tela, el bastidor… y los óleos interiores de la fantasía del pintor… y estas mismas frases (como un oleaje de símbolos mojando la retina de quien ahora las lee)… y también los óleos psíquicos que pintan el alma de ese lector.

¿Qué es “Naturaleza”? ¿Qué no lo es?

Naturaleza. Natura. Hay quien ha considerado este concepto como contrario a “Cultura” (los sofistas de la antigua Grecia, o los taoístas, entre otros).

La tesis fundamental que intentaré expresar en este texto (aunque todavía como simple borrador) es la siguiente:

La “Naturaleza” es artificial: es un producto cultural: una opción ideológico-metafísica entre las muchas que ha ido generando y proponiendo el pensamiento del ser humano. La “Naturaleza” es una leyenda, un hechizo, como lo son todos los bailes de todas las bailarinas lógicas que jadean en este diccionario. La “Naturaleza” es el personaje -casi siempre no antrópico- de un cuento: una fantasía, como cualquier cosa que quiera presentarse como no infinitamente misteriosa. Aún así, creo que merece la pena adentrarse en esa leyenda: quizás también las leyendas sean “naturales”, tanto como las algas y los cetáceos que vibran, sueñan y son soñados en los oceános.

Antes de desarrollar con algo más de detalle esta tesis/sensación, creo necesario hacer el siguiente recorrido:

1.- Diferencia entre “naturaleza”, en minúscula, como esencia de las cosas y “Naturaleza”, en mayúscula, como cosmos (complexum omnium substantiarum). La ontología sería la disciplina filosófica que estudia el “qué” de cada cosa, su “esencia”, su “substancia”: su “naturaleza” (con minúscula).  No entro ahora a calibrar y diferenciar esas bailarinas metafísicas. Por otra parte, la “Naturaleza” (con mayúscula) sería, desde algunos modelos de mente,  todo lo que hay (o una región, una parte, de ese todo): un todo, o parte del todo, que estarían determinados por el tiempo, el espacio y la causalidad, siempre bajo el yugo de  leyes deterministas (o estadísticas, si es que se aceptan las propuestas de Heisemberg). Esa “Naturaleza” -esa fantasía en realidad- la estaría estudiando y dominando la Ciencia (la Física, la Biología, la Química, etc.) Así, desde esta cosmovisión (desde este hechizo) la esencia (la “naturaleza”) de todo sería la propia “Naturaleza” -ahora otra vez en mayúscula- según ese hechizo las describe: legaliforme, causal, formada por piezas -o energías, o leyes- inertes, absurdas, pero capaces de fabricar vida, inteligencia y conciencia.

2.- Civilización indo-aria. Las cuatro fases de la vida. Según señala Nikhilananda en la introducción a su edición de las Upanisad (Ramakrishna Vivekananda Center, Nueva York 1949, p. 4) el Veda ofrece un modelo de vida que, en su tercera fase temporal, abriría al ser humano la salida a “la selva” (al “campo” diríamos ahora). Esto está programado para el momento en el que ya han aparecido las primeras canas y la piel se ha arrugado (y los hijos son ya adultos). Del “campo” (de la “Naturaleza”) de esa civilización, tal y como fue vivida por algunos de sus miembros, surgieron unos textos -unas sagradas revelaciones- que llevan por nombre “Aranyaka”. De ellos se derivaron, en muchos casos, las Upanisad. En español hay una cuidada edición, a cargo de Consuelo Martín, de una de las primeras: Brihadaaranyaka Upanisad (Gran Upanisad del bosque), Trotta, 2002. Es curioso: se trataba de retirarse a la “Naturaleza” para contemplar a Brahman (Dios, más o menos), una vez apaciguado (no extinguido del todo) el ruido moral y religioso de la civilización. La Naturaleza como lugar privilegiado para la contemplación del Absoluto. Mucha gente me ha confesado que sólo en la Naturaleza ha podido sentir algo que, quizás, podría ser realmente excepcional, religioso, sagrado, o místico si se quiere. Hay quien ha sentido algo así en el cuerpo -natural ¿no?- de otra persona, gracias a eso que llamamos, muy esquemáticamente, “sexo”.

3.- El romanticismo alemán. Fue, entre otras cosas, una guerra poética para liberar la “Naturaleza” del cepo ontológico que había fabricado el cientismo materialista, el cual habría reducido esa “cosa” que tanto nos hace sentir a una especie de maquinaria de piezas muertas (átomos, moléculas), sacudidas por leyes ciegas e inconscientes. Contra esta -útil, sólo útil, momentáneamente útil- poetización de lo que hay y envuelve al ser humano, los románticos habrían querido recuperar el misterio, la Magia, la consciencia no humana, la inefabilidad, la libertad, la creatividad, lo sagrado: habrían querido hacer un boca a boca, urgente, apasionado, voluptuoso, a todas las hadas cuyo pecho había sido atravesado por los alfileres del materialismo cientista. Sigo recomendado, entre otras, la siguiente obra editada en español: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona, 2009. Mi artículo sobre Rüdiger Safranski puede leerse [Aquí]

4.- Ludwig Feuerbach: La esencia de la religión (Páginas de Espuma, Madrid, 2005; edición y traducción de Tomás Cuadrado). Feuerbach dio comienzo a esta obra afirmando lo siguiente: “El ente distinto e independiente de la esencia humana o Dios (en cuya descripción consiste La esencia del cristianismo), el ente que no posee esencia humana, propiedades humanas, individualidad humana no es otro, en realidad, que la naturaleza”. Y define así Feuerbach esa cosa que no es Dios ni es el hombre: “Para mí “”naturaleza”” (exactamente igual que “”espíritu””) no es más que un término general para designar entes, cosas, objetos que el hombre diferencia de sí mismo y de sus propias producciones y que agrupa así bajo el nombre colectivo de “”naturaleza””; pero en absoluto un ente universal, extraído y separado de la realidad, ni personificado o mistificado.”

La guerra de los poetas por configurar y, después, aquietar, el Kósmos Noetós (la arquitectura ideológica) de la mente humana. Para Feuerbach la “Naturaleza” (sus entes… sus universales en realidad [Véase “Universales]) son el ens realissimum: lo absolutamente real. No hay otra cosa. No cabe lo “sobrenatural”. Pero tampoco se nos aclara qué es lo “natural”.

5.- El movimiento ecologista. Creo que debe leerse -y analizarse críticamente, desapasionadamente- este polémico y conocido libro: Bjorn Lomborg: El ecologista escéptico (editado en España por Espasa, Pozuelo de Alarcón, 2oo3). Lomborg sostiene en esta obra que el planeta en el que vivimos no está tan mal como afirma la mayoría de los movimientos ecologistas. Todo lo contrario: está cada vez mejor, y cada vez más gente vive mejor en él, lo cual no significa que no haya problemas y que no haya que seguir luchando para resolverlos. Lomborg -un profesor danés de estadística- se basa en informes oficiales emitidos por organismos internacionales. Carezco de recursos, por el momento, para valorar esta obra. Pero creo que debe ser leída, como praxis de una actitud filosófica que esté siempre atenta a la posibilidad de que las cosas no sean como parecen: una respetuosa, y analítica, y valiente, puesta en cuestión de lo no cuestionado.

6.- Otra obra que recomiendo especialmente, con ocasión de la palabra “Naturaleza”, está escrita, con extraordinaria belleza, por alguien que afirma no amar especialmente la Naturaleza. La obra es ésta: Felipe Fernández-Armesto: Civilizaciones (La lucha del hombre por controlar la Naturaleza), Taurus, 2002. Se trata, según afirma su propio autor (p. 16), de una “historia de la naturaleza, incluyendo en ella al hombre. A diferencia de otros intentos anteriores de escribir la historia comparada de las civilizaciones, éste está organizado en función de los diferentes entornos y no de periodos o sociedades”. La lucha del hombre contra la Naturaleza. ¿Es eso real? ¿Es eso posible siquiera? Felipe Fernández-Armesto cree que es lo definitorio de las civilizaciones. Y dice (p. 21): “Me emocionan las ruinas porque las veo como heridas que la civilización ha sufrido dentro de una batalla perdida contra la naturaleza. Por otra parte, el conocimiento de lo salvaje me merece todo el respeto e incluso la veneración, y me emocionan igualmente las heridas que el hombre inflige a la naturaleza”. Gran y apasionante batalla. ¿Es real? ¿No es el hombre, también, Naturaleza? ¿La Naturaleza guerreando contra sí misma? ¿O es que hay algo en el hombre -algo no natural, pecaminoso si se quiere- que amenaza el orden natural?

Expongo a continuación algunas ideas provisionales que provoca en mi mente la bailarina “Naturaleza”:

1.- Ya lo he repetido a lo largo de este breve texto: yo he sentido grandes cosas “ahí”. Grandes de verdad. Pero, ¿”ahí dónde”? Respondo -me respondo-: ha sido en lugares solitarios, muy abiertos, poco o en absoluto transformados por el ser humano. Daba igual si era un bosque, un llano desértico, una montaña, un río o una playa salvaje. ¿Por qué ahí? Se me ocurren algunas respuestas para salir del paso: por la cantidad y la pureza del oxígeno; por la “descontaminación” psíquica; por la desactivación de la vigilancia civilizatoria. No sé. Quizás se trate de lugares donde no ruge el alga lógica de la Humanidad (esa red psíquica, esos “ruidos” casi metafísicos, que emana las colectividades humanas y sus obras). Insisto: no sé.

2.- En cualquier caso, es simplemente una opción ideológica (o metafísica) sostener el dualismo que separa ontológicamente al hombre de la Naturaleza (una metafísica que está, curiosamente, implícita en el movimiento ecologista). Así, desde el naturalismo (como corriente filosófica) cabría reducir todo -todo- incluido el ser humano y sus sueños, a la Naturaleza. A “lo natural”. No habría entonces lucha alguna entre el hombre y la Naturaleza. El ser humano no sería -según consideran los movimientos ecologistas- el único malo posible dentro del orden natural: la única amenaza el sagrado equilibrio de la Naturaleza. El comportamiento -“anti-ecológico”- del ser humano sería tan natural y tan armónico como una esperada lluvia de primavera o los primeros brotes de los castaños.

3.- La “Naturaleza”, como adelanta al comienzo de este texto, es un producto cultural. Una fantasía. Una palabra con la que se ha sustituido a otras como Dios o Tao o Brahman (palabras que, por otra parte, nunca pudieron decir nada de su objeto).

Una mirada no ideologizada hacia eso que llamamos “Naturaleza” nos muestra, aquí, en lo que hay, el infinito inefable, que yo siento “sagrado”, por decir algo desde el lenguaje.

David López

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Las bailarinas lógicas: “Ética/Moral”

 

“Moral” (Mos; costumbre). Moralis sería, según Cicerón, la traducción latina de Ethikós.

El caso es que los seres humanos repiten comportamientos sistemáticamente. Y también sistemáticamente emiten juicios de valor sobre los actos cometidos por ellos mismos y por los demás. El “cargo de conciencia”, visualizable con nitidez en obras como Crimen y castigo de Dostoievski, es uno de los huracanes más terribles que puede acontecer en el pecho de un ser humano. Es la “conciencia moral”: un tema crucial en las metafísicas de Kant y de Schopenhauer. Y también en la de Nietzsche, muy a su pesar.

Ser un ser humano es algo extraordinariamente vertiginoso y difícil [Véase “Ser humano”]. Pero sin duda es también un honor, como lo es tratarse con otros seres humanos. Tener siquiera esa opción. Pero ahí la dificultad es casi infinita. Se podría decir que el diario, constante desafío ético, sería algo determinante de la condición humana  y, a la vez, paradójicamente, una exigencia sobrehumana, un esfuerzo sobrehumano al servicio de la belleza. De la Gran Belleza. Quizás efectivamente el mundo solo tenga sentido en cuanto fabulosa, constante, sagrada obra de arte.

La imagen que flota sobre estas frases pertenece a una película de Stanley Kubrick: Eyes Wide Shut. En ella pude ver con claridad la diferencia entre moralidad y ética (al menos tal y como esos dos conceptos tienen tomada mi mente al día de la fecha).

La película es una especie de Bildungsroman (con un muy inelegante final) en la que el protagonista (Tom Cruise), tras ser consciente de una radical inmoralidad que estuvo a punto de cometer su esposa, se deja llevar, aturdido, por callejuelas mojadas por preciosas luces de neón y termina sentado en la cama de una prostituta. Los dos acuerdan, amablemente, una permuta de placer sexual por dinero. Empiezan a besarse. Ella tiene una belleza y una dulzura que sacuden los diques morales de ese marido que está a punto de ser “infiel”. ¿Es la infidelidad una falta de ética o una inmoralidad?

Suena un teléfono móvil. Tom Cruise se levanta para atender la llamada. Es su esposa, que le espera en casa. La moralidad -¿la ética?- activa su imán metafísico. Tom Cruise vuelve a la cama y le dice a la prostituta que él debe irse. No ha habido más contacto sexual que el beso -sublime por cierto. Pero él quiere pagar de todas formas a la prostituta. Ella no acepta. Él insiste. La ética se sublima al mismo nivel de belleza que el beso inmoral que se ofició pocos minutos antes.

La soga del argumento de Eyes Wide Shut arrastrará a su protagonista a una especie de palacio donde hombres escondidos tras lúgubres máscaras participan, fríos, en una gelida ritualización de la transgresión de una determinada moral sexual: la puritana/anglosajona. Entre coreografías pornográficas frías como monedas, rituales de sociedad secreta y máscaras de espanto infantil ocurre otro gran momento ético (ética sublimada en un ritual de sistemática transgresión de la moralidad sexual compartida por los asistentes). Ese otro gran momento ético lo representa una mujer desnuda, sin cara (sin “persona”), que da su vida para salvar la de Tom Cruise: un médico que, según nos es mostrado en la película, ama más a las personas que a los sistemas de moralidad.

Recordemos esa idea de Paracelso de que el médico solo puede serlo, solo puede curar, si ama a su paciente.

Así, cabría afirmar que la moral es un vínculo, una forma de amor si se quiere, entre un ser humano y un modelo de conducta compartido tribalmente (una determinada coreografía, un arquetipo social). La ética, según yo siento este concepto, es un vínculo intersubjetivo de sacralización mutua que trasciende las distintas formas de organización grupal que ha ido adoptando la condición humana para su supervivencia (física y psíquica).

La ética, como sacralización (no utilitarista) de la intersubjetividad, implica un individualismo radical y sagrado: es un guiño entre personas por detrás del telón de la moralidad: es una forma de amor puro y duro que podría encajar en la frase “ama al prójimo como a ti mismo”… sin condiciones, aunque no seas cristiano. Estamos ante un amor meta-cívico, meta-nómico, meta-moral si se quiere. Es esa sonrisa que nos regalamos unos a otros cuando nos cruzamos por los caminos de las montañas [Véase “Humanidad”].

Antes de desarrollar con algo más de detalle estas intuiciones, creo que es necesario considerar los siguientes rincones de la Historia del pensamiento:

1.- Yoga-Sutras de Patañjali: una ética al servicio del poder, la libertad y la inmortalidad. Creo que sigue siendo crucial la lectura de El Yoga (Inmortalidad y libertad), de Mircea Eliade. ¿Por qué una impecabilidad ética nos da poder y libertad? Tat twam asi. La ética, finalmente, se dirige siempre a uno mismo: porque todo -todo lo que existe- sería “uno mismo”. Siempre se escupiría contra el viento…

2.- Sócrates/Platón. El que conoce el bien hace el bien. Intelectualismo moral. El sabio es virtuoso y eso le conduce a la felicidad. ¿Por qué? En este punto me remito a esta obra: Beatriz Bossi: Saber gozar (Trotta); y a mi crítica sobre la misma, disponible  aquí: Saber gozar de Platón

3.- Aristóteles. Ética a Nicómaco. Ética a Eudemo. Magna Moralia. Aristóteles dibujó un modelo de totalidad en el cual el mundo y todas las cosas del mundo se movían irresistiblemente atraídas por un primer motor inmóvil (Dios) o idea del Bien. La ética virtuosa sería aquella que se dirige hacia la idea del bien. Sin más. Pero… ¿cabe resistirse a ese Imán metafísico (en realidad físico) del que habla Aristóteles… y obrar “mal”? Volvemos al problema de la libertad [Véase].

4.- Kant. Crítica de la razón práctica. Los juicios morales no pueden basarse exclusivamente en la experiencia. Se caería en el empirismo y en el utilitarismo. No hay libertad para el ser humano dentro del mundo. Es libre el ser humano nouménico, el que está ubicado fuera del mundo. Ahí sí es responsable por su conducta. El imperativo categórico: debes porque debes. El imperativo hipotético se basaría en un “si quieres… debes”. La conexión con la ética del Gita es evidente: cumplir con el deber sin esperar nada a cambio. Lo curioso es que esta actitud provoca la irrupción de la plenitud (de la “felicidad”)… siempre, creo, en otro mundo (porque el mundo del ser humano feliz es otro, absolutamente, que el del ser humano infeliz).

Dos fórmulas kantianas:

I. “Actúa de modo que la máxima de tu voluntad tenga siempre validez, al mismo tiempo, como principio de legislación universal”.

II. “Actúa de modo que consideres a la Humanidad, tanto en tu persona, como en la persona de los demás, siempre como un fin y nunca como un simple medio”.

Me gusta más esta segunda definición. En la primera estaría legitimada la violencia contra “los malos”. Legitimaría, por tanto, eso que desde “aquí” llamamos “terrorismo”. La segunda sacraliza a todos los seres humanos -buenos y malos- y los ubica en un altar meta-moral (muy nietzschano por cierto; y cristiano a la vez). De Kant quisiera recordar la importancia capital que otorgó -en su “fría moralidad”- al respeto. Yo ubico el respeto por encima del amor: es más sacralizador del otro, menos invasivo, menos interesado: en el amor siempre se busca, de alguna forma, un placer: el placer de amar. El respeto es más grande, más silencioso, más heroico.

Por último, dando por evidente esa conciencia moral, Kant considera necesario postular (“postular”, como hace la ciencia moderna) la existencia de tres cosas: 1.- La libertad humana; 2.- la existencia de Dios (que hace posible que las personas que han cumplido con el imperativo moral sin esperar nada a cambio reciban su premio en la eternidad); y 3.- la inmortalidad del alma para que sea efectivo ese premio.

6.- Schopenhauer. La ética es siempre descriptiva, no prescriptiva. Nadie va a ser virtuoso o no virtuoso por convicción. El intelecto humano está al servicio de la voluntad (algo, abisal, pero inmanetísimo a la vez, que le agarra como por debajo de su ser fenoménico y que le sacude como a una marioneta).

7.- Nietzsche. La moral de los esclavos: el resentimiento contra el que está pletórico de vida (de ilusión): el que culpabiliza de su pequeñez y de su escasez vital a un amo, permanente, que va cambiando de rostro con el paso de la Historia: el que necesita cobijarse en un sistema fijo de verdades inmutables, objetivas, impuestas, de las que el esclavo no es creador ni, por tanto, responsable: el que carece de auto-nomía (capacidad de otorgarse una moral propia y de cumplir con ella heroicamente, más allá del placer y de sufrimiento… siempre teniendo como objetivo la creación de una vida/obra maestra). Recomiendo la -siempre sorprendente y siempre vivificante- lectura de estas dos obras de Nietzsche: La genealogía de la moral y Más allá del bien y del mal. Hay una edición de las obras de Nietzsche en la editorial Gredos con introducción y notas, muy interesantes, de Germán Cano. También sugiero la lectura de mi novela El nuevo filósofo del martillo.

8.- La ética más allá de los límites de lo humano. Los derechos de los animales. Recomiendo esta obra de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Mi crítica puede leerse directamente aquí: Adela Cortina y las bailarinas de hierro.pdf.

Ofrezco a continuación algunas ideas, ya parcialmente diseminadas en los párrafos anteriores:

1.- Parto de una distinción entre ética y moral, tal y como la he enunciado al comienzo de este texto: la moral sería un vínculo con un modelo organizativo de una determinada tribu (que puede ser o no común con otras tribus). La ética es un vínculo interpersonal que transciende las puntuales formas de organizar los comportamientos de los individuos en las colectividades. Cabe incluso que la moralidad -lo social- tenga tanta fuerza que un individuo pueda arrasar -ignorar- éticamente a otro, sintiéndose con ello un auténtico héroe tribal (pensemos en un torturador al servicio de la Democracia).

2.- No obstante lo anterior, creo que hay que tener presente la enorme fuerza configurativa que tienen las moralidades tribales: pueden llegar a convertirse en un órgano -como un hígado- que duele si es agredido. Una pareja de homosexuales, todavía hoy en España, retozando en la hierba, junto a parque de niños, produce dolor a muchas madres (y a muchas más abuelas). Ninguno a los niños, que celebran ubicuamente el sagrado juego nietzscheano (y el de Schiller, y el del Linga Purana también) más allá de las puntuales músicas morales que vayan sonando en las salas de baile civilizacional. Pero la ética, como respeto y sacralización del otro, puede ser un motor, muy bello, que convenza a los homosexuales de que merece la pena evitar daños innecesarios: que las ancianas están sufriendo, que hay sitios más retirados y más románticos en el parque para disfrutar de su recién estrenada moralidad sexual; que las moralidades, cuando han de ser cambiadas, es mejor cambiarlas “éticamente”; esto es: teniendo siempre presente, como el que está ante un altar, la piel exterior e interior de los demás seres humanos. Los principos éticos (los que rigen, o deberían regir, la intersubjetividad humana) pueden ser eternos, inamovibles. Las moralidades, por el contrario, mutan porque se basan en la utilidad.

3.- El ser humano es social. La sociedad es una especie de exo-cuerpo que nutre y que es nutrido por el propio ser humano. Toda sociedad necesita costumbres, morales. El hecho de que sean esencialmente mutantes no les quita a las moralidades -a todas- su dignidad.

4.- La palabra “moral” provoca normalmente una asociación inconsciente con “sexualidad”. Moral es, muchas veces, moral sexual. Creo que en este ámbito, y como he señalado con ocasión de la película Eyes Wide Shut, la tensión entre mis conceptos de ética y de moralidad se hace especialmente visible. Una revolución sexual pendiente, a mi parecer, es la que, trascendiendo cualquier modelo de interacción corporal (bilateral o multilateral, hetero u homosexual) se centrara la ética: la ética sexual. El ser humano, con independencia de qué universo sexual visite u ofrezca, debería -“debería”- sentir que está siempre entre dioses (o entre criaturas divinas, si se quiere bajar el tono). Creo que en nuestros sistemas educativos se ha insistido demasiado en la moral sexual. Falta elevar el tono ético de la sexualidad.

4.- Tengo la -poco original- sensación de que la actual crisis económico-financiera ha sido consecuencia directa de una falta de ética. Solo de ética, no de moralidad. Se han vulnerado principios éticos básicos, incuestionables, universales: no mentir, no robar, cumplir los pactos. La economía requiere confianza entre los seres humanos y fe en la posibilidad de construir y de compartir sueños. También requiere respeto. Lo dice el Tao Te Ching, con palabras misteriosas e inquietantes: “El imperio es un aparato muy espiritual. Cogerlo es ya perderlo”. Mientras escribo esto me doy cuenta, estupefacto, de que me he convertido en un iusnaturalista. Lo asumo sin demasiado problema. En cualquier caso, creo que no es imposible ganar dinero, incluso mucho dinero, desde una ética impecable. Conozco ejemplos. Seamos serios desde un punto de vista empírico y no eliminemos los hechos que no dan la razón a nuestras creencias. Existe también la honestidad intelectual. Es ardua, pero ineludible.

5.- Me inquietan de forma creciente los discursos que demonizan el ego. Creo que la ética, tal y como la estoy desarrollando en este escrito, implica una legitimación total de los egos (por muy fenoménicos u “oníricos” que sean). La ética intersubjetiva presupone un radical “alter-egoísmo” compatible con el “auto-egoísmo” (Ama al prójimo como a ti mismo). Estas reflexiones -estas emociones- nos llevan, creo, a algo que cabría denominar “multi-egoísmo sagrado” (algo insoportable para los colectivistas radicales). La cuestión crucial es si, de verdad, nos gustan, si amamos, si respetamos, a las personas, a los individuos humanos, más allá de toda moral (de toda puntual coreografía tribal).

6.- El gran misterio es que, como afirma el Raja-Yoga, la virtud transforma la materia del mundo (porque transforma nuestra mente, que es el hábitat de eso que llamamos mundo). Impresiona comprobar los efectos que nuestros actos realmente virtuosos (generosos, desinteresandos, amorosos por simplificar) producen en el despliegue del espectáculo de nuestras propias vidas. Kant se vio obligado a postular la existencia de Dios para dar sentido a ese prodigioso fenómeno: al hecho, muy sorprendente, de que la impecabilidad ética tiene efectos desbordantes. No buscados. Ni siquiera deseados. Quizás porque esa impecabilidad implica ya una plenitud previa: son síntomas, no efectos.

La virtud, la ética llevada al extremo, es genésica: es mágica. Eso es lo que no me queda más remedio que decir después de lo hecho, lo visto y lo vivido hasta ahora. También lo es la falta de ética: fabrica el infierno (un infierno siempre nutritivo, un dolor creativo… [Véase “Tapas”]...

Finalmente, quisiera compartir aquí la sensación (la creciente convicción) de que todo lo que hacemos es hecho por algo que conspira a nuestro favor. Los actos que nos llevan al infierno (¿quién no ha estado alguna vez en el infierno?) son pasos hacia el cielo.

David López

Las bailarinas lógicas: “Ser humano”

 

 

Lo que aparece en la imagen es la escultura de un ser que, en 1758, se denominó a sí mismo Homo sapiens. En realidad lo hizo Carlos Linneo. Se ha dicho de este dador de nombres que fue un gran poeta sueco dedicado a la Biología. Rousseau y Goethe le veneraron. No fue Dios quien puso nombre a los animales. Ni siquiera al animal humano, que parece haberse puesto nombre a sí mismo.

Homo sapiens. Ser humano. ¿Estamos ante  bailarinas lógicas, puros símbolos, nadas que quieren ser algo en una conciencia? ¿Las conciencias son siempre “humanas”? ¿Soy yo, el que ahora escribe, un ser humano? ¿Lo eres tú, lector? ¿Qué es eso exactamente?

Antes de exponer lo que ocurre en mi mente cuando baila en ella la bailarina “Ser humano”, sugiero asomarse a las siguientes ideas, preguntas y perspectivas:

1.- El relato cientista-naturalista-evolucionista: a la materia [Véase “Materia”] en la que cree ese relato (a su universo), de pronto, en un punto concreto de su despliegue temporal, le ocurre, le brota, algo prodigioso: el ser humano. Se dice también que ese ser es un “lugar” donde el universo se contempla a sí mismo. Estado actual de esa narración:  en la primera versión de este artículo (2013) esa narración afirmaba que el primer ser humano moderno (con cuerpo y comportamiento igual al nuestro) habría aparecido en la actual Etiopía (hay restos encontrados de 195.000 años). Son los hombres de Kibish, descubiertos en 1967 por Richard Leakey.  Pero, al parecer, desde 2017 hay otro lugar en el planeta (en el universo conocido) que tiene ahora  el honor de ser nuestra primera cuna, nuestro primer brote: Jebel Irhoud, en Marruecos (315.000 años).

2.- El ser humano como secuencia genética. “El genoma humano”. ¿Cuándo empieza exactamente la materia a ser un “ser humano”? ¿Cuándo deja de serlo? ¿Es el código genético la esencia de lo humano? ¿Qué límites de diferencia, de deformidad, de alejamiento del modelo básico de “genoma humano”, son admisibles para seguir hablando de “lo humano”?

3.- El cuerpo humano. Modelos de cuerpo humano. El Hatha Yoga: el cuerpo como lanzadera espiritual. El modelo platónico: cuerpo/malo versus alma/buena). El cuerpo humano y su tensión con la sociedad… Sugiero la lectura de esta obra: Peter Brown, Body and society, Columbia University Press, Londres 1988.

4.-  Shakespeare (La Tempestad): Estamos hechos con la misma materia con la que se hacen los sueños.

5.- Biblia: Corintios 3, 16-17:  “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?  Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”.

6.- El hombre es el templo de Dios. Transcribo a continuación unas palabras de Paracelso sacadas de esta obra: Jolande Jacobi (edit): Textos esenciales. Paracelso, Siruela, Madrid 2007, p. 101. La traducción es de Carlos Fortea, y la obra cuenta con un epílogo de C. G. Jung.  “Qué maravillosamente ha sido creado y configurado el hombre, cuando se penetra en su verdadero ser […] Dios ha construido su cielo en el hombre, hermoso y grande, noble y bueno; porque Dios está en su cielo, es decir, en el hombre. Él mismo dice que Él está en nosotros, y nosotros somos su templo”.

7.- Kant. Somos ciudadanos de dos mundos. Uno de ellos es accesible al conocimiento humano El otro no lo es. Y estamos destinados a volar hacia el infinito. Hacia la Filosofía. No lo podemos evitar.

8.- Otra lectura que considero ineludible: Max Scheler: Die Stellung des Menschen im Kosmos, que creo que debería traducirse como La posición del hombre en el cosmos.

9.- Estructuralistas franceses. El fin del hombre. Todo es estructura meta-humana. [Véase Levy-Strauss].

10.- Humanismo político. Sacralización del ser humano. Construcción y custodia de sistemas políticos basados en el carácter sagrado del ser humano individual. Declaración universal de los derechos humanos. ¿Pero qué ocurre si ya no es claramente identificable un ser humano? Sugiero la lectura de este libro de Francis Fukuyama [Véase aquí]: El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica, Ediciones B, 2002. La sacralización del ser humano (por el ser humano).  Sugiero también esta lectura: Adela Cortina, Las fronteras de la persona, Taurus, Madrid 2009. Sobre esta obra hice una crítica que se puede leer [aquí].

11- Creo también que deben ser leídos estos dos libros de Yuval Noah Harari: 1.- Sapiens: De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad (Debate, 2014). 2.- Homo Deus: Breve historia del mañana  (Debate, 2016).

12.- Pero, ¿qué dice la Ley? ¿Cómo hay que ser para ser un “Ser humano” y, por tanto, ser la pieza clave de todo el ordenamiento jurídico? El artículo 30 del Código Civil español, tras la reforma del 201, dice tan solo lo siguiente:

“La personalidad se adquiere en el momento del nacimiento con vida, una vez producido el entero desprendimiento del seno materno”.

Antes de dicha reforma el citado artículo expresaba lo siguiente:

“Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno”.

¿Ya no es necesaria la “forma humana”? ¿Cómo sería dicha forma? ¿Valdría ser un cerebro en una vasija? ¿Medio cerebro? ¿Qué valdría?

Comparto ahora algunas reflexiones personales sobre ese templo a que se refería Paracelso:

1.- Dijo Michel Foucault [Véase] que no son los hombres los que hacen los discursos, sino los discursos los que hacen a los hombres. Vak dijo algo similar -hace más de tres mil años- en el himno del Rig Veda que inspira mis bailarinas lógicas.

2.- “Ser humano” es una palabra. No somos seres humanos. La Poesía [véase] -el grupo de bailarinas lógicas que hayan conseguido sobrevivir en “nuestra” mente- nos hace vernos como seres humanos. O no. Una cosa es nuestro yo esencial (“metalógico”), y otra nuestro yo “lógico”: lo que vemos de nosotros mismos a través del filtro lingüístico-poético. Pero, ¿de qué abismo innombrable surge ese poetizar que toma nuestra mirada… ese poetizar que nos hace vernos como “seres humanos”?

3.- Como afirmé en Progreso [Véase] creo que lo “humano” no exige una forma concreta -ni siquiera un genoma concreto-, sino una esencia, digamos, metafísica (por no reducirse a las formas de lo físico): filósofos capaces de amar (y de soñar y hacer soñar)… incluso adoptando la forma de centauros, o de nubes, o de lagos perdidos, nunca visitados, pero llenos de mágicos seres. No ofrezco una definición. Se trata de una sugerencia de creatividad, de poetización, de hechizo, de identificación. Lo que somos, más allá de las poesías, es inefable.

4.- Podríamos decir, desde las metáforas, siempre desde las metáforas, que somos una sombra: algo innombrable, impensable, imperceptible, que (creativamente) sueña mundos: que sueña seres humanos. Y que se identifica con ellos. Y se religa con ellos [Véase Religión]. O no se religa. El sistema Samkya de la filosofía india: saber que no se es lo fenoménico (lo que se presenta como objetivo, la “materia”).

5.- No somos los productos de nuestra imaginación. Pero quizás sea más fascinante creer que lo somos.

En cualquier caso yo amo a lo seres humanos, a esas misteriosas creaciones. Y no lo puedo evitar además.

David López